Bueno, pues aquí estoy de nuevo. Como siempre, espero que os guste. Este capitulo es un poco más largo que el anterior, pero no tanto como a mí me hubiera gustado que fuera, problemas de tiempo de nuevo (¡no se si alguna vez estaré libre de los problemas de tiempo! Parece que me persiguen jajaja).
¡Y gracias a todos los que han dedicado un poco de su tiempo a leer lo que escribo! Y gracias dobles a los que han dejado reviews¡no me esperaba tantos! Jaja. Esta vez intentaré contestarlos, hasta ahora no he podido. Ya sabeis, cualquier crítica será bien recibida.
¡Saludos!
Disclaimer: naaaaada me pertenece, todo el mérito es de Stephenie Meyer.
Primeros cambios
BPOV
Me llevé una de las manos al cuello. No se parecía ni de cerca al dolor que había pasado esos tres días, pero la garganta me ardía y la sentía oprimida, como si alguien invisible me estuviera estrangulando. Tenía la boca seca.
Edward observó mis movimientos y la comprensión hizo que desaparecieran las arrugas de preocupación que habían aparecido en su frente hacía unos segundos.
-Es normal tener sed recién convertida, no te preocupes. Al principio, durante el primer año, la sed es más fuerte. Tendremos que salir de caza más a menudo, si queremos evitar incidentes- dijo, intentando que su voz sonara casual para que no me impresionara demasiado lo que acababa de insinuar.
Pero no lo consiguió. Me estremecí con la última palabra. Incidentes. Ugh. Edward advirtió mi preocupación y se acercó más para poner mi cara entre sus manos, mientras miraba en el fondo de mis ojos. Me pregunté si serían ahora mismo de un color rojo intenso, como los de los Vulturi o como los de Victoria.
-Bella, cariño, no voy a dejar que hagas nada de lo que te puedas arrepentir, te lo prometo. No hay necesidad de preocuparse.
No le respondí. Me incorporé un poco en la cama y me acurruqué contra su regazo. Él me rodeó con sus brazos. Se me hacía raro no notarle tan frío y duro como antes.
Recordé la apuesta que habían hecho Jasper y Emmett, sobre "el número de veces que la pifiaría durante el primer año", como me había explicado Edward. Me pregunté por qué cantidad habría apostado cada uno. Me anoté mentalmente que se lo preguntaría en cuanto tuviera la ocasión.
Mi garganta seguía ardiendo. Así que de esa forma se sentía uno cuando estaba sediento. Era realmente incómodo, como cuando se pasa demasiadas horas sin beber agua. Solo que lo que yo ahora necesitaba no era precisamente agua. La idea de tener que ir de caza me inquietaba bastante. Sin más remedio, tendría que matar animales. Según Edward, cuando cazaban, se abandonaban a sus sentidos y se regían menos por sus mentes. Esperaba que aquello me lo hiciera más fácil a mí también, ya que normalmente no era capaz ni de matar una mosca. Aun así, sabía que lo peor de ir de caza no era aquello, si no lo que venía después. Pero en ese momento preferí no pensar en el asunto de la sangre.
Una preocupación distinta me asaltó entonces en ese momento.
-Edward…- comencé, echando la cabeza un poco hacia atrás para poder mirarle a la cara- Sigues sin poder leerme la mente ¿verdad? – él frunció el ceño con confusión-. Quiero decir…que ya no sea humana no cambia nada¿no?
-Pos supuesto que no- respondió, y después se rió-. Cualquiera diría que te aterroriza la sola idea que de pueda oír lo que piensas… ¿Hay algo que me estés ocultando?- bromeó.
Le hice una mueca, y después miré alrededor, observando la habitación. Estábamos en el "nuevo" cuarto de Edward. Poco después de nuestra boda habíamos tenido que marcharnos de Forks, ya que yo quería ser transformada los antes posible (antes de mi cumpleaños, por supuesto) y el tratado con los Quileutes no permitía que nadie fuera mordido en aquel lugar. Aún recordaba el momento en el que tuve que despedirme de Charlie y Renée. Fue unos de los peores momentos que había pasado en toda mi vida, y cada vez que lo recordaba me entristecía. Pero lo pasaba peor aún si pensaba en Jacob. Se había vuelto incluso uno de mis pensamientos tabú. Por supuesto, él no había acudido a la boda. Y tampoco pude despedirme de él antes de marcharme, aunque lo había intentado. Según Charlie, Billy le había dicho que esos días no estaba en La Push. Me dolió volver a pensar en él, así que busqué algo que me distrajera.
-¿Tengo que recordarte que me pone un poquito nervioso cuando te quedas tan callada¿En qué piensas?- me preguntó Edward, que por supuesto había estado observándome, impaciente.
Me entró un poco de pánico al darme cuenta de lo que él pudiera haber visto en mi cara mientras mis pensamientos vagaban sobre Forks y La Push. Aquel tema le dolía recordarlo a él también, así que me apresuré a inventar cualquier otra cosa. Aquella era una de las buenas razones por las que detestaría que pudiera escuchar mis pensamientos.
-Me estaba preguntando dónde estaban los demás… - le contesté, intentando sonreír de forma natural.
Escrutó mi cara, sin creerse del todo que fuese aquello en lo que verdaderamente estaba pensando. Pero pareció dejarlo pasar y contestó a la nueva duda que me había surgido.
-Están de caza.
Le miré las ojeras de nuevo con desaprobación.
-¿Y tú por qué no has ido? No tienes buen aspecto – le reproché, pasando los dedos por las marcadas sombras oscuras que tenía debajo de los ojos.
-No pensarías que me iba a separar un solo segundo de tu lado durante estos tres días¿no? – sonrió, y antes de que pudiera interrumpirle para reprocharle aquello, continuó – Además, Alice y yo tendremos que acompañarte dentro de poco a tu primera caza.
Antes de que pudiera notar mi preocupación respecto a aquel tema, le pregunté sobre la única cosa que me interesaba sobre el asunto de ir de caza.
-Ahora sí que podré verte cazar¿verdad?
Me respondió con un asentimiento de su cabeza. Aquella idea parecía seguir sin hacerle demasiada gracia. Por otro lado, para mí era una idea bastante atractiva, siempre había sentido curiosidad sobre aquel tema. Me pregunté en ese momento si yo también tendría ciertas preferencias con respecto a mi alimento. Me estremecí también ante aquella palabra, y quise disimularlo intentando levantarme de la cama. Para probar mi recién adquirida fuerza, no esperé a que Edward me liberara de su abrazo, contra el que normalmente no tenía nada que hacer. Le empujé un poco hacia atrás de una forma que intenté que pareciera ser suave. Pero, para mi sorpresa, Edward salió despedido desde el borde de la cama hasta chocar con la pared de enfrente, a un par de metros. Me llevé las manos a la boca y le miré con los ojos como platos a causa de la impresión. Desde luego, aquello me había tomado por sorpresa.
Una sonora carcajada me llegó a los oídos, proveniente de la puerta, a la cual ahora yo estaba de espaldas.
