La verdad tras la máscara.

Palpatine caminaba de un lado a otro de la sala del trono, totalmente furioso. No sólo tres días consecutivos de castigos no habían sido suficiente para obligarlo a cumplir sus propósitos, sino que ahora su aprendiz se consideraba lo suficiente audaz para dejar escapar a Kenobi y no informarle al respecto. Sin ninguna duda, necesitaba un recordatorio de quien era el maestro

Tampoco se preocupaba mucho al respecto, porque sabía que tarde o temprano Vader se doblegaría sus exigencias y entonces él sería el amo indiscutible de toda la galaxia.

¡Oh, si! Sus visiones se lo había mostrado. La poderosa descendencia de Vader y Amidala sería la clave, el instrumento para reafirmar aún más su poder todo el universo. Hijos del Elegido, engendrados por un Sith y educados por él mismo desde sus primeros días de nacimiento. Incluso su padre podría ser desechable una vez los tuviera.

¡Pero antes debían ser concebidos!

Había pensado que con orquestar ese patético matrimonio sería suficiente, pero nunca se le pasaron por la cabeza las reticencias de su aprendiz de tomar a la indispuesta novia. Y eso era precisamente lo que impulsaba su decisión. Un Sith como él no debería tener ese tipo de reparos. Pero parecía que haberlo entrenado desde los cincos años no había sido suficiente. En cambio cuando tuviera a los gemelos...

- Majestad – lo interrumpieron por el comunicador –. Lord Vader ya ha llegado.

Palpatine sonrió. Los inapropiados remilgos de su aprendiz no bastarían para frustrar sus planes. No. Lo que ocurría es que se había vuelto demasiado permisivo con el joven, demasiado tolerante con sus desplantes, pero en cuanto corrigiera ese error todo estaría listo...

Y precisamente ese era el momento de solventarlo.

Activo el comunicador:

- Dígale que pase.

Los desgarradores gritos que siguieron después se escucharon por todo el edificio del Senado.

xXxXxXx

Padmé Amidala leía un tranquilamente libro en una de las habitaciones comunes del palacio. El humor de su esposo parecía haber empeorado en el día transcurrido desde el incidente con Obi Wan, porque no lo había visto en todo ese tiempo. Aún confundida por el accidente, en un principio había intentado buscarlo para darle las gracias, pero finalmente había desistido.

¿Agradecer por qué? Todavía no comprendía porque lo había perdonado. En un primer momento creía que era por lo que le había prometido a cambio, pero después él había rehusado tomarlo. ¿Entonces? ¿Sólo porque ella se lo había pedido? Resultaba demasiado extraordinario para considerarlo.

La puerta de la entrada se abrió, y sabiendo quien era, ella decidió ir a recibirle. Pero la figura de su esposo no mantenía la misma postura de siempre. Parecía más debilitado, como si le costara caminar.

- ¿Estás bien? – preguntó preocupada.

Él ni siquiera la miro.

- Metete en tus asuntos.

Padmé frunció el ceño, disgustada.

- Muy bien.

Enfadada de que echara por tierra su buena fe, se volvió dispuesta a obedecer, cuando un ruido seco la detuvo en su espalda. Se giro de nuevo, sólo para descubrir su cuerpo desplomado en el suelo. Asustada, corrió hasta él.

- Fuerza... – murmuró horrorizada, al fijarse en las hileras de sangre que escurrían de su espalda, a través de la armadura.

Inmediatamente se dispuso a ayudarle, pero algo la detuvo.

Él es un monstruo, reflexionó. Ha cometido más atrocidades de las que puedas imaginar, y serán solo las primeras. Ahora tu puedes remediar eso. Esta inconsciente, nadie te detendrá. Ante su indecisión, una voz interior, muy parecida a la que ella usaba durante sus actuaciones como senadora, insistió. Sabes que es lo que correcto.

Pero no podía hacerlo. Imágenes de lo escasos momentos que había compartido con él llenaban su mente. Lo vio bajando el láser ante Obi-Wan, permitiendo que escapara. Lo vio diciéndole que él no era ningún violador. Y comprendió que ella tampoco era una asesina a sangre fría. Por más que lo mereciera, no podía matarlo.

- M7 – se dirigió al droide –. Tu amo ha perdido el conocimiento, ayúdame a llevarlo hasta mi dormitorio – con mucho esfuerzo, ambos consiguieron arrastrarle hasta dejarlo en la cama -. Ahora ve y trae un botiquín de emergencias – ordenó –. Rápido.

Cuando el droide salió, Padmé volvió a quedarse a solas con su esposo inconsciente, pero su mente estaba demasiado preocupada para reflexionar en tales menudencias. La sangre seguía chorreando de su espalda y le preocupaba no ser capaz de curarle por sí misma. Pero también sospechaba que él se opondría a la idea de trasladarse a un hospital. Además, todavía no sabía quien le había hecho esto.

De cualquier modo, si quería tratarle, lo primero que debía hacer era quitarle la armadura.

La expresión del rostro de Padmé fue demudando, poco a poco, mientras apartaba los diversos engranajes que lo cubrían. Nunca, en todos sus años de vida, había imaginado una crueldad semejante. Profundos cortes en carne viva surcaban su espalda, algunos trasparentando hasta el hueso, y también había varios trozos de piel carbonizada. Pero eso no era lo peor.

Enormes cicatrices, algunas de varios años de antigüedad y otras recientemente cerradas, acompañaban las heridas abiertas. De hecho, Padmé no pudo encontrar más de un centímetro de piel sana en toda la espalda. Sintiendo como las arcadas se apoderaban de ella, tuvo que apartar el rostro, para no vomitar.

M7 llegó en aquel instante, trayendo consigo el botiquín, y afortunadamente, una fuente de bacta. Padmé se levanto para recibirlo, más que nada porque necesitaba alejarse de esas heridas, y después lo despidió, deseando privacidad.

De nuevo, arrodillada frente a la cama, decidió que lo primero era desinfectar las heridas. Pero algo la detuvo: el casco que seguía ocultando el rostro de su esposo.

Necesito verlo, pensó. Necesito ver el rostro del hombre al que voy a sanar. La cara del desdichado que ha sufrido esta atrocidad.

Tomando aire, deposito los enseres médicos de vuelta a la mesilla y acercó las manos a su casco. Sentía los desbordados latidos de su corazón golpeando contra su pecho. Entonces, antes de ceder a la indecisión, retiró la máscara de golpe. Y después ésta resbaló de sus manos.

¡Por la fuerza! Es sólo un niño, comprendió horrorizada.

El rostro que había quedado al descubierto era mucho más hermoso de lo que ella había esperado, pero también mucho, mucho más joven. No debía superar la veintena, y sin duda era algunos años menor que ella. Sus cabellos castaños claro permanecía cortos, y sus facciones, incluso dormido, mostraban una dureza que no era natural.

Padmé volvió a desviar la vista a las cicatrices, comprendiendo que muchas de ella debieron infligírsele siendo apenas un niño. Cerro los ojos con fuerza, mientras las lagrimas emergían por sus mejillas. De pronto, muchas de sus palabras y acciones comenzaban a cobrar sentido.

¿Pero qué bestia podría hacerle algo así a una criatura inocente? ¿Corromperlo de esa manera?

Casi instintivamente, alzó una de sus manos hasta dar con su mejilla, en una nueva caricia. Pero, de nuevo, lo subestimo.

Al menor signo de contacto, él abrió los ojos, incorporándose y extendiendo el brazo hacia ella, hasta sujetarla por el cuello. Padmé sintió en seguida como se quedaba sin aire, mientras él la miraba acusatoriamente con unos espeluznantes ojos amarillos que parecían ir en desacorde con el resto de sus rasgos.

- ¿Tratabas de matarme, senadora? – inquirió peligrosamente cerca, sin soltarla.

Padmé trato de explicarse, pero no podía articular nada. Desesperada, dirigió la vista a la mesilla, donde descansaban los instrumentos de curación, y de nuevo a él, rezando porque entendiera. Finalmente, él frunció el ceño, y la liberó lentamente.

Ella tosió varias veces, llevándose las manos a la garganta, mientras él permanecía inmóvil.

- Te desmayaste – aclaró al fin, cuando pudo reunir oxígeno suficiente –. Vi tus heridas. Sólo quería ayudarte.

Su explicación no pareció convencerlo del todo, porque siguió a la defensiva.

- ¿Por qué? – exigió.

- Estabas herido...

- ¿Y qué? La reacción normal sería que hubieses aprovechado para escapar, a no ser que quisieras debilitarme para entregarme a alguno de tus amigos rebeldes – añadió con sospecha.

Padmé frunció el ceño, enfadada.

- ¿Cómo puedes pensar eso? No dejabas de perder sangre. Pensé que morirías si te trataban las heridas, y por alguna razón no te imagine muy satisfecho con la idea de despertar en un hospital – se defendió, acalorada.

- Por supuesto que no hubiera muerto – se indignó él –. No soy tan débil. Y me he recuperado de heridas peores sin la ayuda de nadie – Padmé abrió la boca para protestar, pero la volvió a cerrar, horrorizada, cuando recordó sus cicatrices. Él no pareció darse cuenta –. Todavía no has respondido a mi pregunta. Y qué si creías que iba a morir. ¿Por qué me ayudaste?

De pronto, Padmé sintió como la furia acumulada por sus acusaciones disminuía. De hecho, ya no le parecía tan rara su desconfianza, o sus reacciones instintivas ante cualquier toque. El enfadado fue sustituido por la pena.

- Porque no puedo quedarme quieta viendo como alguien muere si tengo la oportunidad de ayudarle – respondió calmadamente –. Ni siquiera si... – se interrumpió.

- ¿Si soy yo? – concluyó él por ella, en apariencia complacido.

Padmé ignoró su sonrisa.

- Ni siquiera si se trata de alguien que ha cometido los crímenes que tú has cometido, si – rectificó en cambio.

Él la miro inmóvil varios segundos y ella aguanto su mirada, aún a pesar de los escalofríos que le producían sus ojos. Finalmente se apartó, satisfecho al parecer de lo que había encontrado.

- Eres una tonta, senadora – dijo entonces, casi con un deje de incredulidad.

A juzgar por el tono, no parecía un insulto, sino más bien la constatación de un hecho.

- Es comprensible que tú me veas de ese modo – replicó ella sin alterarse –. Ahora, ¿puedo curar tus heridas?

Él frunció el ceño, pero no respondió. En cambio, parecía muy concentrado examinando su rostro.

- ¿Quién ha sido? – cuestionó con ira, unos segundos más tarde –. Alguien te ha atacado, ¿quién?

¿Aparte de ti? Pensó ella con sarcasmo. Pero contestó:

- No me ha atacado nadie.

- ¡No mientas! – exigió furioso – Lo veo en tus ojos, están rojos. ¿Quién ha sido?

Padmé sacudió la cabeza, cada vez más confusa, especulando si la perdida de sangre hubiera podido afectarle al cerebro.

- He estado llorando, esto es todo.

- ¿Llorando? – de pronto, él ya no parecía furioso, sino confuso –. Llorando... ¿Por qué, si no te ha atacado nadie?

Ella frunció el ceño, sin terminar de creerse que tuviera que explicarle esto. Pero a diferencia de otras ocasiones, percibía sinceridad tras su confusión.

- La gente no siempre llora porque este herida. A veces hay... sentimientos muy fuertes de dolor o tristeza, incluso alegría, y las lágrimas son un modo de desahogarlos.

Él la contempló estoico, e instantes después, alzó la mano hasta su mejilla lentamente, como pidiendo permiso, declarando que esta vez no pretendía atacarla. La retiró inéditamente, tras acoger una lágrima entre sus dedos.

Padmé permitió la acción en silencio, y de pronto él le pareció aún más joven, más que eso, desprotegido. Recordó los horrores que debió haber sufrido de niño.

- Lagrimas... las recuerdo... de cuando era un niño. No se por qué, pero... – se llevó las manos a la cabeza, como si su intento por recordar le produjera un dolor insoportable.

Instintivamente, Padmé apoyó una mano en su hombro, tratando de reconfortarle. Funciono, porque él la miro más relajado, y por un instante ella creyó ver un resplandor azulado en sus iris amarillos. Pero fue tan breve, que después supuso que lo había imaginado.

- Es normal que llorarás de niño – lo tranquilizó, en cambio –. Todos lo hacemos. Las lagrimas son un don de los seres humanos, sirven para aliviar las más profundas penas de nuestro corazón.

Él compuso una sonrisa torcida.

- A mi maestro le disgustaba cuando lo hacía – dijo –. Y tras unos días con él, aprendes que es mejor no contrariarlo.

- ¿Él te hizo todas esas cicatrices? – Su esposo asintió –. Eso es monstruoso.

- No – rechazó él –. Me hizo fuerte. Él es todo lo que tenía.

- ¿Y tus padres?

- Nunca tuve un padre.

Padmé frunció el ceño, pero decidió insistir a pesar de la evasiva.

- ¿Tú madre, entonces?

- Prefiero no hablar de ella – dijo, cuando unos dolorosos destellos cruzaron su mente. Una mujer arrodillada. Gritos de terror. El sable en sus manos. Y su maestro diciendo: esta será tu primera lección. – Esta muerta, de todos modos – agregó.

Padmé decidió no seguir indagando en el tema. En cambio pregunto:

- ¿Por qué te atacó hoy?

Él entendió a qué se refería.

- Digamos que descubrió la visita del jedi y no le complació demasiado que lo dejara escapar.

Ella abrió la boca, espantada y sintiéndose terriblemente culpable. Pero él no parecía estar acusándola de nada.

- ¿Quién es tu maestro? – indagó, con la boca seca.

- ¿No lo adivinas? – la tentó él, sonriendo.

Entonces la verdad cayo sobre ella, y era tan obvia que debería haberla adivinado desde el principio.

- Palpatine – dijo, y no era una pregunta.

Aún así, él asintió, confirmándolo, y ella sintió como su odio hacia el hombre aumentaba inmensurablemente. Él es el auténtico monstruo, pensó. Él y no Vader. Vader es sólo una herramienta manipulada, como todos nosotros.

Su esposo la contempló en silencio, esperando que hiciese alguna pregunta más; pero la revelación parecía haberla sumido en un mutismo inesperado. Frunció el ceño. No sabía porque, pero deseaba escucharla de nuevo. Había un extraño placer derivado de sus molestas conversaciones. Una emoción que nunca había sentido, aunque... si lo pensaba bien, tampoco resultaba del tono desconocida. Como si la hubiera experimentado antes, en otra vida...

- No has asistido al senado estos días – observó tentativamente, abriendo un nuevo tema.

- No...

- ¿Por qué? – insistió, sin parecer exigente.

Padmé lo miro, sorprendida por su interés, y después lo analizó seriamente, tratando de dilucidar si había algún razón escondida detrás de su pregunta. Finalmente decidió contestar, pero sólo a medias.

- Resulta duro ir allí, sólo para ver como se extiende esa patética farsa de democracia.

Él frunció el ceño.

- No lo entiendo – dijo sin enfadarse –. Tú mejor que nadie sabes que la Republica no funcionaba. Se había vuelto demasiado grande para ser atendida, la mayoría de los senadores estaban más interesados en atender su propio bolsillo, y la burocracia lo dominaba todo. Tú propio planeta fue abandona a su suerte. Tú misma reconociste la corrupción e ineficacia del senado. ¿Por qué sigues abogando por ese sistema?

- Te lo explicaré si me dejas atender tus heridas – respondió ella, sorprendiéndolo.

Al principio, frunció el ceño, incrédulo porque ella creyera que podía chantajearlo de esa manera. Pero después se encogió de hombros. Qué más daba.

- Haz lo que quieras – dijo.

Padmé sonrió, satisfecha de sí misma. Aunque tuvo cuidado de que él no viera esa sonrisa.

- Entonces túmbate y date la vuelta – indicó.

- ¿Qué? ¿Por qué?

- Porque sentado como estás me será imposible colocarte las placas de bacta y vendarte – aclaró ella paciente, acostumbrándose a su desconfianza.

Él frunció el ceño una vez más, pero finalmente hizo lo que le decía. No era tan difícil, se felicitó Padmé a si misma. Sin perder tiempo, tomó el agua oxigenada y el paquete de gasas de la mesilla, y comenzó a desinfectarle. Una vez habituado al trabajo comenzó a hablar:

- Siempre, especialmente tras mis mandatos como reina de Naboo, he reconocido que la Republica tenía sus fallos – dijo despacio –. Pero aun así, lo que significa... – se detuvo, buscando las palabras adecuadas –. Es difícil de entender. Su mera mención era una canto a la libertad e igualdad de todos los seres de la galaxia. Cuando un planeta era parte de la Republica, todos sus habitantes colaboraban conjuntamente, sin prejuicios, sin daños... Y cada quien expresaba a gritos su pensamiento. Era el pueblo quien decidía y nadie podía arrebatarle ese derecho – expresó con pasión –. Ahora todo eso está extinto... Los medios de comunicación difuminan e inviertan la verdad a placer, manipulando la opinión pública. Y cuando alguien destaca de los demás por sí mismo es llevado a los campos o eliminado... ¿De verdad me preguntas por qué prefiero un sistema sobre otro? Creo que es fácil saberlo – concluyó.

Él la había escuchado atentamente y ahora reflexionaba sobre sus palabras, pero enseguida sacudió la cabeza.

- Hablas así porque eres una idealista – declaró –. Tu planeta es uno de los lugares más pacíficos y afortunados de la galaxia y nunca has tenido que afrontar la miseria. De otro modo tu pensamiento sería distinto.

Ella frunció el ceño ofendida, pero él la interrumpió.

- No estoy diciendo que no te preocupes por lo demás, al contrario. Eres la persona más honrada y compasiva que conozco – declaró con sinceridad, y ella lo miró sorprendida –, pero nunca has experimentado el hambre o la pobreza. Cuando no tienes nada, y cada día es una lucha por sobrevivir, no sólo tu, sino la gente que quieres... Entonces todas esas cosas que has mencionado antes dejan de importante. En los dos años que han pasado desde la formación de Imperio se han construido más hospitales, refugios y orfanatos que en quince años de Republica – continuó –. En mi opinión lo entregado a cambio en un pequeño costo si lo comparas.

- ¿Hablas de un pequeño costo cuando te refieres a los miles de jedi asesinados? – cuestionó sin creérselo.

- Como ya te dije, eso fue un mal necesario – respondió él, con voz extrañamente mecánica.

Padmé tuvo su sospecha.

- ¿Lo dices tú o lo dice tu maestro? – inquirió con audacia.

Él se volvió para mirarla con una sonrisa, casi orgulloso, antes de volver a recostar la cara contra la almohada.

- Reconozco que él los odiaba – admitió –. Quería verlos muertos casi más que gobernar el imperio. Pero eso no invierte la cuestión. Ellos estaban desfasados, al igual que la republica. Desfasados y demasiado orgullosos para darse cuenta. De lo contrario habrían visto antes el peligro, tampoco es que se les ocultara demasiado... Su muerte fue el capricho de mi maestro, pero no tiene nada que ver con el imperio.

- Y sin embargo, esa es la causa central de mi resistencia – señaló ella –. Yo nunca podría apoyar un sistema sustentado en esa clase de principios.

Él no dijo nada, pero Padmé supo que no lo había convencido. Decidió probar otro modo, mientras terminaba de colocar los vendajes.

- Un sabio dijo una vez, que la democracia era menor de todos los males. El imperio, regido por una sola persona, es mucho más rápido en resolver sus conflictos y, probablemente, también más efectivo. Podría definirse, a escala humana, como el gobierno ideal para los hombres, siempre que estuviera regido por un hombre sabio, prudente, lo bastante fuerte para tomar duras decisiones, pero lo suficiente compasivo para no perder su humanidad. Lo que yo me pregunto – concluyó, con voz fuerte –, es qué puede tener de bueno un imperio gobernado por el monstruo que te impuso estas heridas.

Él elevó la cabeza, sorprendido tras su conclusión, y por primera vez desde que se inició la discusión, Padmé supo que lo había dejado sin palabras.


Aquí está el nuevo capítulo... ¿qué os ha parecido? Poco a poco Vader va mostrando más de sí mismo y Padmé comienza a desvelar el misterio que es su esposo... Para el próximo capítulo más y mejor xD Os dejo con la intriga.

Mil gracias a MartaQ (justamente Vader le hará a Padme esa misma pregunta que dices, así que tendremos que esperar a ver que contesta ella ^^ Me alegro de que te gustara el capítulo y espero que hayas disfrutado este. Nos leemos amiga!) y a Ireth (¿eres adivina? Supiste las intenciones de Palpatine y ahora te interesas por lo más interesante xD Si, Padmé descubrirá el sacrificio que hace V por ella y su reacción sorprenderá a todos, incluida a ella misma; pero eso es para el próximo capítulo ^^ Me alegro mucho de mantener "atrapada" con mi forma de escribir y espero no decepcionarte en próximos capítulos. Mil garcias por tus alavos tomodachi, nos leemos!), os debo a vosotras la continuación de este fanfic.

Y eso es todo por ahora... conversaciones muy reveladoras, ¿no? Pues en el próximo capitulo la cosa sube de tono... así que ya sabéis... si lo queréis leer pronto os toca...

¿reviews?