Muerte y redención, parte I.
Cuando la nave estuvo al fin lejos en el hiperespacio, Anakin se planteó sus opciones. Lo primero y más importante ya estaba hecho: poner a salvo a Padmé. Ahora quedaba la parte difícil: destruir a su maestro. No es que sintiera algún tipo de lealtad o piedad hacía él, al contrario. Todos estos años se había sometido a él porque, esclavizado desde niño, había dejado ver las otras opciones. Ahora su esposa le había ayudado a comprender la verdad.
Odiaba a Palpatine por todo lo que le había quitado. Por haberle arrebatado a su infancia y, de modo indirecto, a su madre. Por haberlo convertido en un asesino y obligado a efectuar crímenes que Padmé nunca sería capaz de personar. Ante todo lo odiaba por su pesadilla, por pretender arrebatarle a sus hijos. Y aunque su motivo para desear la matarle no era sólo la venganza, dejaba que la ira y el odio corrieran a través de él, confiriéndole poder, tal cual le habían ensañado.
Creía que Palpatine permanecería en la Estrella de la muerte, al menos, otros tres días. Pero no sabía si lograría reunir suficiente paciencia para esperarle en Corusant. Por otro lado, hacerlo abandonar la estación con alguna mentira era demasiado arriesgado, pues la sorpresa era vital para el triunfo de sus planes. Finalmente se decidió.
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Cuando Padmé abrió los ojos se encontró en un lugar desconocido, y su primera reacción fue buscar el blaster que siempre escondía entre sus vestidos. Entonces, recordó que cuando se había acostado todavía llevaba el camisón. ¿Pero cómo...?
- Padmé – la llamó una voz conocida –. Estás a salvo, tranquilízate.
- Obi-Wan – lo reconoció, pero no se calmó –. ¿Dónde está Anakin? – inquirió con voz tensa, tratando de rechazar un horrible presentimiento.
¡Por la Fuerza! Que no lo haya matado, suplicó.
- Él está a salvo – prometió él hombre, adivinando sus pensamientos –. Al menos por ahora. Ha ido a enfrentarse con el emperador.
Padmé se quedó un instante congelada al escucharlo. Por como se le deformó el rostro, Obi-Wan comprendió que debería haber empleado más tacto al expresarlo. Pero todavía le costaba creer que ella fuera capaz de sentir algo por... por él.
- No puede hacer eso. ¡Lo matará! – exclamó tras recuperar de impactó –. No permitiré que lo haga – añadió, incorporándose dispuesta a encontrar a su marido donde quiera que estuviese y a traerlo de vuelta.
Pero Obi-Wan la sujeto por el brazo, impidiéndoselo.
- Padmé, espera. Le juré a Vader... a Anakin – rectificó – que te mantendría a salvo. Debes quedarte aquí.
Ella frunció el ceño.
- No me importa lo que le hayas prometido – replicó –. Él no tenía derecho a dejarme inconsciente para traerme aquí, y tu no tienes derecho a retenerme. ¡Apártate! – exigió, librándose de su agarre y dirigiéndose por la puerta.
Obi-Wan sabía que era cierto. No podía retenerla a la fuerza.
- Deja al menos que te expliqué... – pero Padmé no lo escuchaba –. ¡No puedes poner en peligro a tus hijos! – exclamó, no viendo otra opción.
Aquello si logró detenerla.
- ¿Qué hijos? – inquirió lentamente, volviéndose hacia él.
El jedi suspiró, acercándose a ella.
- Estás embarazada, Padmé. De gemelos.
Padmé abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero un instante después la volvió a cerrar, demasiado sorprendida para actuar racionalmente.
- Eso no... no es posible – tartamudeó al fin.
- ¿No lo es?
¡No! Quiso gritar, pero algo en su mente la detuvo. Había sido una noche, una sola noche en la que se habían amado. Y sin embargo, una noche podría ser suficiente. Padmé aspiró ampliamente y retuvo el aire en sus pulmones, todavía sin creérselo. Después, casi de forma mecánica, condujo las manos hasta su abdomen.
Un hijo. No. Dos hijos. Obi-Wan había dicho que eran gemelos. ¿Cómo era posible?
- Cuéntamelo todo.
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Conforme uno se acercaba, la estrella de la muerte no parecía algo más que un satélite enorme, y si nunca habías oído hablar de ella, te costaría creer que era el arma más superdestructiva y peligrosa que el mundo había visto jamás. O al menos, lo sería cuando estuviese terminada.
Anakin lo sabía, había pasado años revisando el proyecto favorito del emperador, pero nunca le había impresionado. Para él, la posibilidad de aniquilar un planeta palidecía comparado con el poder de la fuerza. Y aunque nunca se lo hubiera dicho a su maestro, tampoco consideraba a Wilhuff Tarkin el hombre adecuado para dirigirla. Tan falto de corazón como excedente de ambición, el Gran Moff bien podría convertirse en una plaga para la galaxia al mando de semejante poder. Claro, que en aquel tiempo, a Darth Vader eso no le interesaba mucho.
¡Cuánto habían cambiado las cosas desde que había conocido a Padmé! Como un ángel enviado del cielo para restaurar su alma, ella le había hecho recordar la hermosura de las pequeñas cosas, la calidad de la compañía humana, el amor... Y aun más que eso. Le había dado el mayor regalo que podía concedérsele a un hombre: lo iba a hacer padre.
Pero de nuevo, Palpatine amenazaba con destruir todo lo bueno que tenía la vida.
¡No voy a permitirlo esta vez! Se juro a sí mismo, mientras permitía que el rayo tractor lo atrapara. Está vez será diferente.
Claro que tal vez hubiese sido más fácil reconocerse como Lord Vader personalmente antes las tropas de asalto y solicitar después audiencia con el emperador. Pero Anakin preveía que éstas estaría más reacias a servirle una vez descubrieran que había matado a su señor, por lo que confiaba en desactivar a escondidas el rayo tractor para asegurarse una vía de escape.
De cualquier modo, debía volver junto a Padmé y sus hijos. Incluso aunque ésta no lo quisiera, recordó con dolor.
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Cuando Obi-Wan concluyó de hablar, Padmé se derrumbó sobre la cama, incapaz de asimilar todo lo que este le había contado. Debido a su servicio como reina, y más tarde, como senadora, la posibilidad de ser madre sólo había sido para ella un anhelo lejano, profundo pero irrealizable. Tampoco se había planteado el matrimonio. Incluso cuando Palpatine la amenazó y ella accedió a casarse con Dath Vader nunca lo consideró un vínculo verdadero.
Luego las cosas fueron cambiando; de un modo tan lento que ni siquiera se percató de los cambios. Cuando abrió los ojos y se encontró de frente con ellos, allí, en el prado de Naboo, pensó que no era demasiado tarde para frenarlos. Ahora, sabía que se había equivocado.
- Anakin... – comenzó Obi-Wan, dudando ante la fragilidad de su aspecto – también me dejo esto para ti – le tendió el collar –. Dijo que lo había tallado durante y el viaje y me pidió que te lo diera cuando te calmaras.
Padmé acogió con dolor el pedazo de japor, estrechándolo con sus manos, y lo condujo hasta su pecho. De pronto, se sintió egoísta.
Tan centrada en su propio miedo y confusión, se había olvidado por completo de lo que debiera estar sintiendo su marido. Porque Anakin no sólo había hecho frente al hecho de que iba a ser padre y a que su maestro quería arrebatarle a sus hijos, sino que desde el principio había decidido protegerlos, a ellos y a ella, aunque eso supusiera volverse contra todo lo que representaba su existencia, o arriesgar la vida en el intento.
En realidad, él siempre había sido más valiente que ella. Lo había demostrado la noche anterior, frente al fuego, cuando había expuesto ante ella sus más profundos sentimientos, y lo demostraba de nuevo, renunciando a ella y dejándola baja la protección de un jedi, alguien que durante años había sido su enemigo. Alguien a quien le habían enseñado a odiar.
Ahora su esposo volaba por el hiperespacio alejándose de allí, de ella, hacia un destino que probablemente supondría su muerte. Y ella, demasiado cobarde, demasiado sometida a sus propios miedos y a lo que consideraba su deber, jamás tendría la oportunidad de decirle hasta que punto correspondía esos sentimientos, lo necia que había sido al tratar de negarlos, y hasta que punto su alma le pertenecía por completo. Su interior se estremeció con desesperación
No volveré a verlo, pensó; y un escalofrío recorrió su cuerpo, acompañando a esa seguridad. Obi-Wan debió sentirlo porque apoyó una mano en su hombro, en un gesto tranquilizador.
- Padmé, calma; no subestimes sus posibilidades. Anakin conoce a Palpatine mejor que nadie, y la traición lo tomará por sorpresa. Si alguien tiene una oportunidad de vencerlo, es él.
Ella agito la cabeza, percibiendo como varias lagrimas ensombrecían sus mejillas.
- No lo entiendes – susurró con voz rota –. Le quiero. Y nunca se lo dije.
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Una tropa de soldados de asaltó permanecía de pie, vigilante ante la puerta. Anakin sabía que sería más prudente esperar unas horas antes de intentar entrar, hasta el turno de guardia, mas la paciencia nunca había sido una de sus virtudes. También sería más fácil si llevara la máscara, pero se había jurado a sí mismo, no sabía exactamente cuando, no volverla a usar nunca más. Así que todo lo que podía hacer era bajar al máximo la capucha y confiar en que fuera suficiente para ocultar sus rasgos.
Percibió como los soldados se tensaban conforme se iba acercando a ellos con paso seguro, dos incluso sacaron sus blaster, pero no tambaleó.
- ¡Identifícate! – ordenó uno de ellos, cuando se detuvo a su altura.
Tomando aire, se concentró en su ira y acumuló la fuerza a su alrededor, trasmitiéndola a la tropa con un movimiento de mano.
- No necesitáis ver mi identificación.
- No necesitamos ver su identificación – repitió el clón.
- Os retiraréis ahora y os asegurareis de que nadie logré entrar a esa sala hasta que yo indique lo contrario.
- Nos retiraremos ahora e impediremos que alguien entre a esa sala hasta que vos indiquéis lo contrario.
Anakin asintió, satisfecho, y observó como los soldados se alejaban. Esa era la parte fácil. Ahora quedaba lo peor. La sala del trono de aquella nave era exactamente igual a todas las demás. Un lugar amplio, redondeado, con varias ventanas abriéndose al infinito, la Guardia Imperial franqueando la entrada, y un enorme trono móvil en el que descansaba el emperador.
Éste ni siquiera se incorporó cuando lo vio entrar. Sus mejillas deformes se deformaron aún más por la sorpresa, y sus ojos reflectaron odio, pero permaneció inmóvil mientras Vader se arrodillaba, siguiendo su plan.
- Maestro.
- ¿Qué esto? – exigió –. No recuerdo haberte autorizado para abandonar Corusant, Lord Vader, ni tampoco darte permiso para comparecer en mi presencia – advirtió con odio –. ¿O acaso el último castigo no fue suficiente para aplacar tu insolencia?
Anakin mantuvo el rostro inexpresivo, sin dejar traslucir ninguna emoción, pero inclino la cabeza.
- Lamento haberos desobedecido, mi señor – se disculpó –. Seguí al pie de la todas vuestras ordenes pero... sucedió algo... inesperado.
- ¿Inesperado? – Palpatine sintió como la ira se desvanecía y curvó los labios en una siniestra sonrisa –. ¿Lo suficiente para desoír mis instrucciones e irrumpir en mi presencia sin ser llamado? ¿Qué podría excusar algo así?
Pero el ya lo sabía: sus planes se estaban cumpliendo.
-Yo... mi señor, preferiría poder hablaros en privado – expresó casi suplicante.
La sonrisa de Palpatine se extendió aún más, y despidió con un gesto a los guardias. ¡Dejadnos! No nos interrumpáis. Luego se volvió hacia su aprendiz. Consciente de esa mirada, Anakin no dejo traslucir ninguna emoción en su rostro mientras los guardias se marchaban y sellaban las puertas, pero su interior bullía con triunfo. Había sido aún más fácil de lo esperado.
Claro que la Guardía Real, por muy entrenada que estuviera, nunca representaría una amenaza para él. Pero esta vez iba a batirse con Palpatine, y nunca estaba de más proteger su espalda contra posibles ataques añadidos. Además, si conseguía vencer, necesitaría alcanzar la corbata privada del emperador lo antes posible, y así se había librado de potenciales obstáculos.
- Ahora, Lord Vader – comenzó el emperador, una vez estuvieron a solas – espero que tengas a bien explicarme que es aquello tan importante que te impulsó a desavenir mis ordenes.
- Por supuesto, mi señor – accedió él incorporándose y revelando sus rasgos. Después llamó a su sable láser y dijo –: He venido a mataros.
Al principio, Palpatine permaneció inmóvil en su asiento, demasiado sorprendido para asimilar sus palabras. Pero pronto se recuperó, torciendo sus labios en una sádica sonrisa.
- ¿Ha matarme? – se burló –. Te he enseñado todo lo que sabes, nunca vencerás contra mi. Ríndete ahora y quizá decida perdonarte tu insubordinación – ordenó, como si no tuviera otra opción.
Pero Anakin no se movió. Sus ojos se habían nublado amarillo por el odio.
- Sabías palabras maestro – admitió con falso sarcasmo –. Todo lo que sé lo aprendí de ti. Me torturaste cuando era un niño inocente, me empujaste a matar a mi madre cuando aún no controlaba mis poderes, y me convertiste en tu esclavo para que todos estos años asesinara a tu servicio.
- ¡Todo eso lo hiciste tú solo! – replicó el emperador con furia, casi un rastro de miedo. Pero Anakin lo ignoró.
- Y ahora pretendes que traicione a la mujer que amo y que te entregué a mis hijos – continuó, como si no hubiera habido interrupción –. También me enseñaste a emplear y triplicar mi poder en base a la ira, y a exterminar a mis enemigos con el odio. Todos lo que sabes me lo has enseñado. La cuestión es: ¿qué odio es más poderoso? Porque te aseguro que sólo uno de los dos abandonará esta habitación. Él otro acabará muerto.
Palpatine no se movió en un instante, sino que lo contempló inmóvil, con desprecio, como sopesando sus posibilidades. Después todo fue demasiado rápido: se incorporó, su fría y amarga risa resonó en la habitación, llamó a su propio laser, y un instante más tarde, rojo contra rojo chocaban en la habitación.
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Obi-Wan se había retirado del dormitorio, permitiéndole un tiempo a solas para reflexionar. Sus ojos no se apartaban del pedazo de japor que Anakin había tallado para ella, quizá como modo de disculpa o quizá como despedida, pero sus pensamiento estaban muy lejos de ese lugar. Vagaban hacia su esposo, hacía la aterradora posibilidad de que tal vez nunca volvería a verlo.
¡Cuánto habían cambiado las cosas desde que él estaba en su vida! Al principio habría dicho que eran unos cambios negativos, él era un asesino y ella le odiaba. Pero después... Después había conocido al ser humana que habitaba bajo la máscara. Al alma agonizante que había olvidado lo que era vivir, pero que seguía intentando seguir adelante.
Su corazón todavía lloraba cuando recordaba las cicatrices de su espalda, las heridas que el emperador le había infligido por protegerla, o las confesiones sobre su madre que le había susurrado bajo el amparo de la oscuridad de la noche. No podía imaginar cómo un ser vivo que hubiera sufrido todo lo que él había sufrido fuese capaz mantener su humanidad, su compasión, sus ansias de amar. Pero Anakin había sobrevivido.
Escondido bajo profundas capas de odio y desesperación, se encontraba un corazón latente, perdido sin nadie que lo guiara, atrapado en un mundo cruel que no comprendía, con la infancia perdida y sin haber madurado lo suficiente en algunos aspectos, pero pidiendo a gritos ser rescatado por alguien.
En muchas ocasiones, Padmé se había sorprendido de lo joven que parecía – cuando se maravillaba de la belleza de Naboo, al jugar con sus sobrinas, o cuando la contemplaba a ella, con total devoción reflejada en sus ojos azules –. Otras, en cambio, parecía un hombre mucho mayor, con todo el peso del mundo bajo sus hombros. Ella nunca lo había entendido; hasta ahora.
El emperador le había arrebatado la vida, la infancia, la posibilidad de desarrollarse y crecer; todo para convertirlo en un monstruo. Pero Palpatine había subestimado la bondad que brillaba en el corazón de su aprendiz, quizá como resultado de aquellos escasos años que paso con su madre, o quizá como algo natural. Padmé sí la había descubierto y la había ayudado a crecer, descubriendo a un joven solo, perdido, y deseoso de amar.
Ella también lo había amado. Aunque tal vez no hubiera comprendido con cuanta intensidad hasta aquel mismo día, cuando debía afrontar lo posibilidad de perderlo sin habérselo confesado.
Antes de Anakin, ella había sido una reina, y también una senadora. Había luchado desesperadamente para salvaguardar a su pueblo y proteger aquellos valores de la democracia en la que tanto creía. Había sobrevivido a una guerra y había visto morir todos sus esfuerzos con la creación de un imperio. Había resistido la perdida de los sueños y se había prometido a sí misma que iba a permanecer sin rendirse. Costara lo que costase.
Ahora todo eso empalidecía; porque con él, de un modo lento y constante, había aprendido a sentirse mujer. Simplemente eso, mujer. Se había reprochado a sí misma por tratar de avivar el deseo de aquella primera noche con vestidos provocativos y comentarios seductoramente intencionados; había sufrido una presión revoloteante en el estómago junto al nerviosismo de sentir su mirada; se había sonrojado y sentido flotar con cada uno de sus besos; había reído como una niña pequeña mientras rodaban por la pradera de Naboo; había avivado su ingenio en todas de las muchas peleas que habían discutido; y lo más importante, había sentido como su corazón se inflamaba con cada una de las palabras de amor que él le había dedicado la noche anterior, frente al fuego.
Padmé entendía que había sido una ilusa al tratar de negar sus propios sentimientos, porque ahora que Anakin se había marchado, ahora que estaba lejos, un vació aterrador la desgarrada. Y no servía de nada que tratara de escudarse de nuevo bajo su deber y su papel de senadora, o que acallara sus sentimientos a través de la razón.
Padmé Amidala lo amaba, y sin él, no era nada.
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A pesar de su aspecto débil cuando caminaba, Palpatine era rápido y mortalmente feroz mientras escribía su espada; el lado oscuro le daba fuerzas. Pero Anakin no se quedaba atrás. Si bien no hacía gala de ese control perfecto sobre la fuerza como su maestro, lo compensaba con su vitalidad juvenil y un talento innato y sobrenatural para el sable laser.
La lucha era encarnizada y, por el momento, bastante igualada. Destellos de hojas rojas invadían la habitación mientras los movimientos de quienes las empuñaban eran demasiado veloces para ser captados por el ojo humano. Nunca, en toda la historia de los jedi o los sith, se había producido una batalla semejante.
Anakin frenó una estocada que se dirigía a su flanco izquierdo y lanzó a su vez un ataque por la derecha, mientras impulsaba su pierna al frente en una poderosa patada. No obstante, Palpatine logró esquivar ambas con un triple salto mortal hacia atrás, y después le lanzó uno de sus rayos. Anakin no podía enumerar la cantidad de veces que se había retorcido chillando bajo esos rayos cuando era un niño, o los había soportado en estoico silencio ya mayor. Pero podía sentir el dolor de cada una de ellas.
Está vez no, pensó, al tiempo que apagaba su láser y extendía las manos para recibir la descarga.
Todo el odio acumulado durante más de una década bullía en su interior, haciéndole fuerte. ¡Lo odiaba! Quería verlo muerto, retorciéndose en agonía y suplicando una clemencia que no pensaba otorgarle. ¡Quería venganza! La deseaba tanto que no importaba lo que sucediera después.
Anakin percibió como su poder aumentaba en base a esos oscuros sentimientos. Atrapó el rayo y lo desvió contra su señor. Pero fue un segundo demasiado lento. La figura de su maestro había desaparecido del frente situándose a su espalda, como pudo comprobar un instante más tarde, cuando la hoja roja atravesó su costado reapareciendo por la parte derecha de su estómago.
El Sith cayó al suelo.
Konichiwa tomodachis! Hasta se llega con la primera parte de este capitulo... o un poco negro ¿no? Pero habrá que esperar a la semana que viene para ver como se soluciona todo ^^
Asi que... ¿qué os pareció? ¿Interesante la lucha contra el emperador? Nunca he escrito demasiado acción, pero aun así espero que no me halla quedado de mal del todo... ¿Y las reaccione y pensamientos de Padmé? Lo ama y teme perderlo antes de poder confesárselo... ¿O la caracterización de Palpatine? ¿Pensáis que es adecuada o algo sobre actuada? ¡Espero que me digáis para mejorar!
Ahora, por supuesto, debo agradecer a las encantadoras ocho personas que me han hecho feliz con su reviews, a saber Mastrada101, kuxiki, chiia, Mas (jajaja, yo también amo más a Anakin cada día que pasa, aunque es más bien un amor platónico o filial... Digo, él es de Padmé, aunque me encantaría ser su hija XD Me alegro que te vayan gustado los capitulos tomodachi, nos leemos!), Ireth (jeje, ya ves... actualice entre semana porque tenía tiempo y además me dejasteis un montón de apoyos, debía consentiros un poco ^^ Ya ves, por exigencias del guión tuve que separarlos... pero se volverán a encontrar pronto. ¿También te gusta Obi-Wan? Yo es que disfruto de su relación con Anakin... no podía excluirlo! Nos leemos amiga, y gracias de nuevo!), MartaQ (tomodachi! Jejej, en realidad ya pasamos de la mitad... pero por suerte aun quedan algunos capítulos. Creo que me voy a deprimir cuando acabe u.u Tal vez empiece otra... o me dedique a hacer one-shot XD Me alegro mucho de que este gustando el desarrollo, y en cuanto al título de la otra, me parece que ya lo has leido ^^ Saludos amiga, y gracias como siempre), Rous Black, Isabell (konichiwa tomodachi! Me alegro de que hayas decidido leer la historia y te gustara. La verdad, me esfuerzo bastante con los personajes porque siempre tengo miedo de caer en el OCC, así que genial que pienses así ^^ ¿Haber si opinas lo mismo con Palpatine en este capitulo? Nos leemos, isabell, bye!)
Y eso es todo por ahora tomodachis. La segunda parte llegara a más tardar la semana que viene, aunque no os sorprendáis si decido publicarla a mitad de semana (¿se nota que estoy ya de vacaciones? XD). Depende de vosotras, así que ya sabéis... a hacerme mucho la pelota xDD
PD: Para todos los que leen mi otro fic, "Algo que llaman destino" sabed que hoy no voy a poder publicar porque me tengo ir ahora mismo, pero mañan tenéis subido el nuevo capitulo. Palabra.
Y ahora si, saludos a todo/as...
¿reviews?
