El despertar de un nuevo hombre.

Obi-Wan observó preocupado a la mujer, que todavía no se había movido de su sitio. Habían transcurrido veinticuatro horas desde que asaltaron la estación espacial que, todavía a medio construir, se asemejaba al esqueleto metálico de un pequeño satélite. Y el jedi seguía sin comprender cómo es que habían llegado a tiempo.

Tras encargarse de la tropa de asalto con insultante facilidad – ningún clon era rival para él, y menos aún contando con una excelente tiradora franqueándole las espaldas –, habían llegado a tiempo para ver como el emperador era carbonizado con su propio rayo de energía reflectado, y Vader... no, Anakin caía al suelo.

Anakin. Durante unos instantes, Obi-Wan percibió un poder tan intenso emanando del cuerpo del joven que casi lo deslumbró. Pero no tenía nada que ver con el Lado Oscuro. Era una energía pura, luminosa... y, sino fuera porque lo sabía imposible, el jedi hubiera jurado estar contemplando a la misma esencia de la fuerza.

Después se había desvanecido, al mismo tiempo que el joven padre caía al suelo. De no ser por el impacto que había producido en él esa aura magnifica, Obi-Wan hubiera jurado que todo había sido una fantasía, un producto de su imaginación.

Con la ayuda de Padmé, había recogido el cuerpo inconsciente y despegado la nave antes de que llegaran más guardias a detenerlos. Pero el estado de Anakin era crítico. No sólo diversas quemadoras de distintos grados surcaban su cuerpo, también había un terrible corte en el costado, como su un láser lo hubiera atravesado.

El jedi no conseguía explicarse cómo había resistido la pelea, más aún, cómo había vencido en semejante condición, pero estaba convencido de que no sobreviviría al viaje. Y se había equivocado. En estado crítico pero estable, el joven habían resistido hasta llegar a Alderaan, donde los droides le habían sumergido en un tanque de bacta como único remedio para salvarlo.

Padmé permanecía a su lado desde entonces, negándose a dormir y alimentándose sólo porque él le traía la comida y le recordaba el bienestar de sus hijos. Obi-Wan rezaba a la fuerza porque Anakin se recuperaba, porque sino mucho temía que su joven esposa seguiría su mismo destino. El evidente y profundo amor que compartían, había dejado de cuestionárselo hacía tiempo.

- Padmé – avanzó hasta ella, aún sabiendo que era inútil – llevas casi dos días sin dormir. Piensa en tus hijos, no le hace bien. Ve a acostarse.

La terca senadora sólo sacudió la cabeza, sin moverse un milímetro.

- Dormiré cuando él se despierte.

Obi-Wan se arrodilló a su lado, tratando de ser comprensivo. Poco quedaba en ella de la imagen fuerte e inamovible que solía presentar ante el senado. Tenías los ojos rojos de tanto llorar, profundas ojeras violáceas enmarcado sus mejillas y los labios hinchados y acartonados.

- Padmé, se razonable. Los droides prevén que permanecerá inconsciente durante al menos una semana, ya es un milagro que haya sobrevivido. Debes descansar... a él no le gustara verte en este estado cuando despierte.

- ¿Y si no despierta?

La profunda oleada de terror que conllevaba esa pregunta, hizo estremecer al jedi a través de la fuerza. No obstante, se obligó a ser fuerte.

- Despertará. Tú lo conoces mejor que yo. Es fuerte, y no habría llegado tan lejos sólo para perderos ahora.

Padmé asintió con nuevas lágrimas galopándose en sus mejillas. Necesitaba con tanta desesperación creer lo que él decía, creer que Anni se recuperaría.

- Vamos – Obi-Wan apoyó una mano en su hombro – yo me quedaré con él y te despertaré al menor signo de cambio. Pero tienes que descansar.

- Está bien – accedió incorporándose –. Sólo... ¿puedes dejarme unos minutos a solas para despedirme?

- Claro – el jedi asintió, y después se retiró de la sala.

Padmé se incorporó y se acercó al contenedor de bacta con pasos tambaleantes; realmente él no dormir le había afectado. Observó la figura de su esposo, ligada al respirador artificial y cubierta por una suave capa de tela. Contrariamente a la realidad, Anakin apenas aparentaba ya mal herido, y su rostro portaba una expresión tan calmada que casi parecía irreconocible; como si hubiese quedado en paz con todos sus demonios.

Cerrando los ojos, apoyó la mejilla contra la frialdad del cristal, buscando acercarse más a él a través de ese contacto.

- Anni... te quiero. Tienes que despertar, ¿de acuerdo? Por mi... por tus hijos... – rogó –. Te necesitamos.

Con un hondo suspiró y dos nuevas lágrimas rodando por sus mejillas, Padmé se alejó de su lado, perdiéndose tras la puerta. No obstante, apenas un instante después, una punzada en alguna parte del pecho le advirtió que algo ocurría, haciéndola retroceder sobre sus pasos.

- Anakin... – lo contempló, sin terminar de creérselo –. ¡Fuerza, Anakin! – sólo la Fuerza podía haber efectuado ese milagro –. Obi-Wan... ¡Obi-Wan! – exclamó alterada.

El jedi llegó corriendo, percibiendo su agitación y temiendo lo peor.

- Padmé, ¿qué ocurre?

- Es Anakin... – lo miró, tratando vanamente de contener la inmensa sonrisa –. Ha despertado.

- ¿Qué? Pero eso es... es imposible.

Padmé se encogió de hombros, demasiado extasiada para razonar y limitándose a pedirle que lo comprobara el mismo. Efectivamente, los ojos azules de Anakin los observaban a ambos desde el interior tanque bacta, con un toque confuso y cansado en sus pupilas, pero despiertos.

- ¡Imposible! – el jedi apenas podía creérselo –. ¿Pero cómo...? – sacudió la cabeza confirmando sus sospechas. Las cosas no era normales cuando se trataba de Anakin –. Bueno... será... será mejor que ordene a los droides su retirada – añadió, tratando de actuar racionalmente, en vista de que Padmé era incapaz de apartar los ojos de su marido.

Padmé no se movió de su lado mientras los droides lo retiraban del tanque de bacta para depositarlo en la camilla. Apenas podía contener la felicidad. Anakin viviría. Su familia estaba a salvo.

Los ojos azules del joven se abrieron levemente y una pequeña pero radiante sonrisa se instalo en sus labios al reconocer a su esposa. No obstante, ésta se veía cansada, observó preocupado. Era impensable que al bebé le hubiera ocurrido algo.

- Padmé... ¿estás bien? ¿nuestros hijos están bien? – se cercioró con esfuerzo, semi incorporándose.

- Tonto Anni – se burló ella, posando una mano sobre su frente y apartando algunos mechones de pelo con dulzura –. Nosotros estamos bien, eres tú quien nos preocupa.

Anakin dejo caer la cabeza sobre la almohada y respiro aliviado, cerrando los ojos por un instante.

- Yo también estoy bien – la tranquilizó, volviendo a mirarla.

Padmé abrió la boca para decir algo más, pero Obi-Wan llegó en ese momento, deteniendo su declaración. No importaba. A partir de ahora, tenía todo el tiempo del mundo.

- Anakin – el jedi cabeceó levemente, deteniéndose al lado de la camilla –. Me alegra ver que te has recuperado.

El joven asintió, sintiendo una especie de camarería extraña entre ellos. Después de todo, el jedi le había salvado la vida cuando cualquier otro le hubiera dejado morir. No sólo eso, también aceptaba llamarlo por su verdaderamente nombre. Era, por decirlo suavemente, extraño.

- Gracias por cuidar de Padmé – se vio obligado a decir.

- Debo decir que no me lo puso fácil – bromeó, con una medio sonrisa –. Pero al final mereció la pena. Ganaste. Ganamos– se corrigió –. Palpatine esta muerto.

- Si... – Anakin apenas podía crecerlo. Casi dos décadas de esclavitud... y por fin era libre –. Él está muerto.

Un silencio algo incomodo se instaló entre ellos. Ambos habían recuperado algo importante, pero ninguno de los dos sabía muy bien que decir. Hasta hacía unos días era enemigos mortales. Seguían siendo, más que nada, desconocidos.

Anakin desvió la vista hasta posarla en Padmé, tratando de encontrar en ella las palabra, pero sólo halló su figura dormida. Junto a él. De rodillas, con la cabeza reposando sobre su pecho y el rostro iluminado con paz. Era una imagen tan tierna, tan especial... Se pregunto que significaba. Seria acaso qué...

- Se negó a dormir mientras estabas inconsciente – las palabras de Obi-Wan llegaron desde muy lejos, sacándolo de sus reflexiones. Era tan fácil olvidar el mundo que le rodeaba cuando se trataba de Padmé –. Tal vez sea mejor que os deje descansar.

- No – Anakin lo detuvo –. En realidad, tengo algo que hablar contigo. – El jedi frunció el ceño, curioso –. Sobre algo que me dijo mi madre.

- ¿Tu madre? – se extrañó.

Anakin asintió lentamente. Sería duro, pero algo le decía que el jedi tenía derecho a saber la verdad.

Cuando el joven concluyó la historia, Obi-Wan hacía tiempo que se había derrumbado sobre la silla. Era tan difícil de creer. Prácticamente derribaba cada una de las creencias que habían sostenido su vida. Y sin embargo, la fuerza misma reafirmaba la verdad de cada una de esas palabras.

- Yo... no puedo hacer frente a esto. No puedo.

- Difícil de afrontar la verdad es, pero lograrlo debemos – resonó una voz desde la puerta.

- ¡Maestro Yoda!

Anakin observó con sorpresa y curiosidad a la pequeña figura verde que había entrado por la puerta, apoyada en su típico bastón. Lo conocía. Palpatine siempre hablaba de él, o mejor dicho, lo maldecía. Era el jedi al que más odiaba de todos, algo que Anakin nunca había entendido. El calvo de aspecto arrogante siempre le había parecido mucho más aborrecible.

No obstante, al verlo se tenso un poco. Yoda había sido un gran maestro, y sin duda debería odiarle por haber destruido su orden. Y ahora él no se encuéntrala en condición de defenderse, precisamente. Tampoco quería hacerlo. Las muertes que había cometido pesaban sobre su conciencia constantemente, pese al consuelo que le había ofrecido su madre. No se mancharía las manos con sangre inocente de nuevo.

- Maestro Yoda, ¿cómo nos ha encontrado?

- Ayuda de un viejo amigo recibido he – respondió calmadamente el ancestral jedi –. De él también escuche la verdades que el joven Skywalker te ha rebelado.

Obi-Wan frunció el ceño. Él nunca había revelado a nadie su posición. Por su bien y el de los demás, prefirió guardarla en secreto.

- ¿Tantos años han pasado que ya no me recuerdas, viejo padawan?

Por un segundo, Obi-Wan hubiera jurado que dicha voz familiar, que seguía cargando el sarcasmo de siempre, resonaba sólo en su cabeza. Como una alucinación. Pero un instante más tarde, la figura de su antiguo maestro se materializó en la habitación, a la vista de todos. Más brillante, más etérea... con los rasgos exactamente igual a los que recordaba.

- ¡Qui-Gon Jinn! – apenas podía creerlo.

¿Sería estos los fantasmas de la fuerza a los que se había referido Anakin?

- Es bueno volver a verte, Obi-Wan – sonrió el hombre –. Te has convertido en el excelente jedi que siempre supe que serías – después giró la cabeza hacia el más joven de la sala, que observaba al desconocido con una mezcla de interés y extrañeza –. Anakin, también es un placer conocerte en persona. Mi nombre es Qui Gon Jinn.

Anakin asintió, demasiado perplejo por la familiaridad con que era tratado para responder nada.

- Maestro, ¿cómo es posible?

- Demasiado escéptico para tu propio bien, padawan – bromeó el viejo jedi –. Parece que algunas cosas no cambian con los años.

Obi-Wan se sonrojó levemente, sintiéndose de verdad como un padawan regañado. ¡Pero era tan sorprendente! Y mentiría al decir que no se sentía feliz por ver a Qui-Gon, lo había necesitado tanto durante la guerra. Su guía, su consejo...

- Creo que tienes razón, maestro. Pero sea como sea, es maravilloso volver a verte.

Qui-Gon no respondió con palabras, pero le sonrió con una sonrisa que reservaba exclusivamente para él. Una que se asemejaba demasiado a la sonrisa que dedica un padre a un hijo del que se siente especialmente orgulloso.

- Hermoso el reencuentro entre dos viejos amigos es – admitió el pequeño jedi verde que hasta entonces había permanecido al margen –. No obstante, mucho trabajo que hacer todavía tenemos.

- ¿Trabajo? – Obi-Wan frunció el ceño – ¿A que te refieres? Palpatine ya está muerto.

- Umm... Algo que decir tú todavía tienes, ¿no es así, joven Skywalker?

Anakin se estremeció un tanto ante la reflexiva mirada con la que Yoda lo observaba. Algo tenía ese jedi que... a pesar de ser tan pequeño... le infundaba respeto.

- Bueno... realmente... Vera, maestro – aunque le costó horrores pronunciar ese nombre, un sentido extraño le había obligado a hacerlo. Y para su sorpresa, descubrió que no era tan horrible. De hecho, no se asemejaba en lo absoluto a cuando dirigía ese título a Palpatine –. Me preocupa el imperio – continuó con más entereza –. Es cierto que el emperador ha sido destruido, pero eso no erradica la amenaza completa del sistema. Ahora el liderato fluctuara sin control entre los grandes Moff y los gobernadores regionales más importantes. A no ser que hagamos algo para solucionarlo, podría fácilmente desembocar en una nueva guerra civil.

- ¿Otra guerra? – el rostro de Obi-Wan parecía repentinamente demacrado.

- Y hay otra amenaza aun más grande – continuó Anakin, implacable –. La estación donde destruía a Palpatine, la Estrella de la Muerta. Todavía no esta concluida, pero cuando finalice su construcción se convertirá en una superarma con potencia suficiente para destruir un planeta.

- ¡Imposible!

- Era el proyecto favorito de Palpatine, y tras su muerte queda a cargo del Gran Moff Tarkin. Tarkin es un hombre ambicioso y sin remordimientos. Si ve su posición amenazada, lo más probable es que huya al borde exterior a completar la estación, y entonces...

No fue necesaria concluir la frase. Todos captaron su significado. Entonces regresaría y sería el fin para la galaxia.

- No podemos permitir que eso ocurra.

- No – Yoda, cabeceó hacia Obi-Wan –. Destruida ese arma debe ser, si una oportunidad queremos para la paz en la galaxia. Destruida con presteza.

- Si, ¿pero cómo destruir un monstruo tecnológico semejante? Apenas tenemos recursos...

Qui-Gon alzó la mano con calma, silenciando la urgencia de su aprendiz. Las miradas de Obi-Wan y Yoda se clavaron en él, atentos a lo que tenía que decir. El jedi sonrió, sabiendo que el destino de la galaxia estaba ahora en buenas manos.

En manos del Elegido.

- Creo que Anakin ya ha pensado algo sobre eso, ¿no es así?

xXxXxXx

Habían transcurrido varias horas desde que Anakin había ultimado los detalles del plan con ayuda de los otros tres jedi, y ahora era el momento de contárselo a su esposa, que como había supuesto, no se mostraba tan receptiva. Acababa de despertar, pero ya parecía respuesta con todas sus energías.

- Anakin, no quiero que lo hagas – suplicó preocupada..

- Pero sabes que tengo que hacerlo – odiaba contradecirla, especialmente en su estado, pero disfrutaba de un modo sano y privado que ella mostrara tal preocupación por él –. No sucederá nada Padmé, te lo prometo.

- No puedo perderte – confesó ella, con los ojos de nuevo plagados de lágrimas. Parecía que se había vuelto una costumbre. O quizá se debiera a la presión de los últimos días, y a las hormonas descontroladas del embarazo –.Si te pierdo me muero.

Y era cierto. En el escaso tiempo que habían compartido, él se había convertido en su vida. En sus tristezas y alegrías, y sus sonrisas y llantos. Necesitaba su presencia para seguir adelante.

- Jamás me perderás – prometió él, añadiendo una suave caricia a su rostro –. ¿Me escuchas? Nunca. Te pertenezco por completo. Me siento atraído a ti desde el primer día que clave la mirada en tus ojos, incluso si entonces no sabía porque el corazón me temblaba de esa manera el verte, o no podía identificar el sentimiento. Pero siempre te he pertenecido. Y siempre voy a volver a ti. Siempre. Sin importar lo lejos que me vaya.

Padmé asintió. El miedo todavía seguía presente pero sus palabras lo aliviaban. Tan hermosas palabras. Y, de algún modo, tan verdaderas. Porque ella creía cada sílaba que él había dicho, por inverosímil que pareciese. Lo creía, lo necesitaba, lo amaba... y eso no iba a cambiar.

- Anakin, te quiero – confesó, sintiendo la necesidad de decirlo en voz alta –. Te quiero de verdad, profundamente. Mi corazón te pertenece. Necesitaba decírtelo... necesitaba que lo supieses.

Anakin sonrió ampliamente, como nunca había sonreído, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro y acompañaba la nueva luz de sus ojos. Él ya lo sabía... lo sentía en la fuerza, pero que ella se lo confesara le otorgaba una felicidad que nunca se había creído capaz de sentir.

Cientos de palabras y reacciones cruzaron su mente. Existían cientos de posibilidad que deseaba efectuar en ese mismo momento: decirle hasta que punto agradecía la declaración, prometerle que él la cuidará siempre, a ella y a sus hijos, repetirle la intensidad de sus propios sentimientos...

Pero cuando la miró a los ojos, y vio en ellos el reflejo de un amor tan profundo que sólo era posible compararlo al que él mismo sentía, su cerebro se quedo en silencio, y únicamente pudo acercar su rostro al de ella y volver a besarla, saboreando las mieles infinitas que únicamente esos labios eran capaces de otorgarle.

Padmé correspondió gustosa, envolviendo su cuello alrededor de sus brazos, pues ella también ansiaba ese delicioso contacto. Sus labios se acariciaron, y sus lenguas se tentaron la una a la otra, y por un momento, todo lo ajeno a ese beso, todo lo que cargaba el mundo – preocupaciones, conflictos, ansiedades – quedó excluido de sus conciencias. Sólo existían ellos, ellos dos y ese amor tan profundo cuya intensidad había obrado para salvar el fatal destino de toda una galaxia.

La necesidad de respirar los hizo separarse finalmente, resollando, y Padmé acostó la cabeza en el cálido y confortable pecho de su esposo. Él la estrechó con fuerza exquisita, rozando con sus manos la longitud de su espalda, deseando fundirse con ella y cuestionándose a sí mismo como un ángel como ella había sido destinado a amar a un ser tan imperfecto como él, pero jurándose a sí mismo que, no importa cuanto costara, algún día se haría digno de ese amor.

- Yo te escuche, ¿sabes? – susurró él, lentamente, mientras seguía acunándola –. Cuando luchaba con el emperador... Él me había herido y estaba a punto de rendirme, pero entonces escuche tu voz diciéndome que me amabas y que me necesitabas... que tenía que volver a tu lado, con nuestros hijos. Sólo entonces encontré la fuerza que necesitaba para vencerle... Sólo entonces pude librarme del odio y ver más allá. Tú me distes las fuerzas, Padmé. Sin ti, hoy estaría muerto.

- Anakin... – Padmé sintió que su corazón se estrechaba ante la confesión de su esposo; ante su vulnerabilidad, ante lo cerca que había estado de perderlo y lo afortunada que había sido de encontrarlo. Ante el recuerdo de que pronto, resurgiría la posibilidad de no verlo de nuevo. Aquello volvió a avivar el temor en su interior, pero lo rechazó de plano. No quería estropear ese hermoso momento –. Anakin bésame de nuevo – suplico, a sabiendas que sólo sus besos le aportarían la paz que necesitaba –. Bésame y nunca me sueltes.

Anakin siempre había odiado recibir ordenes, por lo que nunca pensó que se sentirían tan feliz y tan presto de atender los deseos de otra persona. Claro que ella no era cualquier persona. Ella ni siquiera entraba en la calificación de persona. Ella era un ángel. Su ángel. Sólo suyo.

Sus labios volvieron a contactar y después del nuevo beso vino otro, y luego otro, y otro y otro. Ardientes y apasionados. Febriles y ardorosos. Necesitados. Las delicadas caricias del principio también adquirieron un mayor tinte audaz.

Padmé disfrutaba de cómo él la tocaba, con la delicadeza que se sostiene la pieza de porcelana más valiosa, y el amor que sólo un completo enamorado es capaz de impartir... como si fuera la estrella más luminosa del cielo y todavía no creyera su suerte al haber sido bendecido por ella entre sus brazos. De ese modo rozaba su cuello, sus caderas, sus pechos... De ese modo infundía en ella corrientes de placer incontenibles. Tampoco se esforzaba por contenerlas. Ella era suya y no había motivo para esconderlo.

Y ella era tan hermosa. Él la veía, y le era imposible no continuar maravillándose por su hermosura. Y todavía se maravillaba por el hecho de que respondía a sus caricias y se las devolvía. Sus labios se deslizaban más allá de su boca y descendían por su espalda como si no hubiera nada de que repugnarse. Un beso por cada cicatriz. Un nuevo recuerdo para que supliera cada una de ellas. Y continuaban por su torso, su cintura... y lo hacían jadear. Y entonces retornaban a su boca y él volvía a regocijarse con la visión de ese ángel que misteriosamente había accedido a amarle.

- Padmé...

- Anakin... – gimió –. Anakin, hazme tuya... Quiero ser tuya de nuevo... por siempre y para siempre.

Y él se apresuró a complacerla, como siempre hacía. Deleitándose en la fusión de sus cuerpos, en el latir de sus corazones, en sus gemidos, sus palabras... Por siempre y para siempre. No se conformaría con menos.

xXxXxXx

La noche había llegado y él se marcharía al día siguiente, volverían a separarse; tal vez por eso, ninguno de los dos conseguía dormir. Pero permanecía quietos, inmóviles, arropados entre las sábanas con el calor que sólo el cuerpo desnudo del otro podía proporcionarles. Y sus respiraciones al unísono...

Habían hecho el amor tres veces, y Anakin sabía que no sería la última. Agradecía ahora la resistencia física que su duro entrenamiento como Sith le había propiciado, aunque, realmente, jamás pensó emplearla para fines tan provechosos y satisfactorios. Su maldito maestro se revolvería si no estuviese en la tumba.

Sonrió levemente y se mordió el labio. Seguro que Padmé se hubiera sonrojado de acceder a sus pensamientos. Por suerte, todavía no tenía ese don. Ella era tan única. Era imposible cansarse de ella, de su contacto, de sus besos, de la fragancia que destilaba su piel.

Alzó la mano y recorrió con ella su brazo sin ansiedad, con infinita ternura. Y después, lentamente, descendió las caricias hasta su estómago. Allí habitan sus hijos. Su conexión con ellos estaba ya tan establecida que podía sentir su presencia sin apenas concentrarse. Y era tan cálida, tan especial... Un verdadero milagro. Dos seres puros en esencia, tan alejados de todo rastro de maldad que todavía le resultaba difícil creer que él fuese su padre. Pero sus auras les delataban, y también su extraordinaria firma en la fuerza.

- ¿Piensas en ellos?

La voz de su esposa lo sobresaltó ligeramente, y retiró la mano avergonzado, como si hubiera sido pillado in fraganti en medio de una travesura. Pero Padmé le sonrió dulcemente cuando giró el cuerpo para quedar frente a frente, y sus ojos relucían con un brillo especial.

Anakin asintió, todavía sin saber muy bien que decir.

- Si pudieras sentir sus auras, Padmé... Son tan puras... tan frágiles y tan luminosas. Todavía no termino de creer que alguien como yo haya tomado parte en la creación de esos seres, o cómo un ángel como tú ha decido quererme. Y sin embargo... es tan maravilloso.

Padmé sonrió dulcemente, acariciando con sus labios la piel de su esposo. Comprendía sus miedos, y lo admiraba por su valor al exponerlos frente a ella. También deseaba aliviarlos, porque ya no importaba cual fuera su pasado. Él no era Darth Vader. El hombre que había a su lado era Anakin Skywalker, y representaba su futuro.

- A mi siempre me gustaron los niños – confesó suavemente –. Disfrutaba mucho jugando con mis sobrinas... pero nunca creí que algún día tendría dos de ellos creciendo en mi interior. Es tan... mágico y especial. Y has sido tu quien lo ha hecho posible, ¿entiendes? Siempre sido reina, o senadora... pero tú me has convertido en esposa y en madre. Por eso eres todo lo que quiero, Anakin, y todo lo que voy a querer. Por ser quien eres. Porque yo no podría amar a nadie más.

Anakin sonrió agradecido, sintiendo confort en sus palabras, y beso tiernamente sus labios.

- Habrá que buscar nombres...

Padmé lo miró, sonriendo.

- ¿Se te ocurre alguno?

- Tal vez... Leia, para la niña. Significa luz en el idioma natal de mi madre... y es lo que siempre reflejan tus ojos – concluyó con una sonrisa.

Su esposa lo meditó unos instantes, con el ceño fruncido.

- Leia me gusta, pero entonces el niño debería llamarse Luke, que también representa luz en el naboo arcano.

- Leia y Luke. Luke y Leia...

- Luke y Leia. ¿Suenan bien juntos, verdad?

Anakin besó su frente como respuesta.

- Más que bien. Serán unos niños maravillosos.

- ¿No estábamos hablando de los nombres? – bromeó con una sonrisa.

Su esposo le sacó la lengua, en un gesto muy infantil, pero luego se puso serio.

- Padmé, escucha... Yo había pensado esperar, porque se que este no es el mejor lugar, ni tampoco el mejor momento, y ni siquiera tengo una anillo para ofrecértelo, pero te me ofrezco yo mismo. Te quiero más que nada, a ti y a nuestros hijos, y me has hecho el hombre más feliz del mundo correspondiendo mi amor... Pero me harás todavía más feliz si aceptas casarte conmigo.

- Pero Anakin, ya estamos casados...

- No – rechazó –. Tú estás casada con Darth Vader, y lo que tuvimos no fue una boda, y tu ni siquiera fuiste allí por voluntad propia. Quiero que te cases conmigo libremente, en los lagos de Naboo, y quiero jurar amarte y respetarte por el resto de mis días mirándote fijamente a los ojos, y deseo que tú prometas lo mismo frente a tus seres queridos, y sellar la promesa con un beso. Se que tal vez sea una tontería, pero...

- Calla – Padmé lo silencio posando un dedo en sus labios –. No es ninguna tontería. ¿Por siempre y para siempre?

- Si – Anakin asintió –. Por siempre y para siempre.

- Entonces me convertiré en tu esposa, Anakin Skywalker. Y tú también me has hecho la mujer más afortunada de la tierra al proponérmelo.


Hasta aquí este nuevo capítulo. Espero que lo hayáis disfrutado y que no consideréis que me he pasado un poco de empalagosa al final. Por mi parte estoy bastante satisfecha con el resultado del nuevo capítulo, y decir que con este, ya sólo quedan dos para el final, uno más y el epílogo. No habría llegado ni la mitad de lejos sin vuestro apoyo, y por eso he de daros las gracias encarecidamente.

En especial, por este capitulo, agradecer sus comentarios a Valdelmar, Kuchi-san, MartaQ, The darkness princess, Sakura Northman Cullen, Warminadore, Princesita Orgullosa, claudia skyangel, Yesenia Rocio, mAfER BlAcK, Seewind. Puede que no tenga tiempo para contestaros a cada uno de vosotros, pero os agradeco en el alma vuestro apoyo. Y este capítulo va dedicado a vosotros!

Y por ahora eso es todo lo que me resta tomodachis... nos vemos para la próxima...

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