El amanecer de una era.
El caza de combate modelo AT26 se imbuyó por sí sólo en el espacio, aun cuando el corazón del piloto permaneciera en el planeta azulado que se desdibujaba tras él, donde, se consoló, su mujer y sus hijos no natos lo aguardarían hasta su regreso.
No es que tuviese miedo de fracasar, sabía, la fuerza se lo decía, que volvería a verlos. Aun así no podía evitar que la separación lo dejase en un estado ansioso. Habían disfrutado de tan escaso tiempo juntos...
Pero la misión era lo más importante. La misión aseguraría que la galaxia pudiera disfrutar por fin de la paz y la libertad que por tanto tiempo le habían sido negadas. La misión lo redimiría, en gran parte, de la propia culpa que lo acosaba. Y como argumento de mayor peso, la misión acabaría con los mayores peligros que se cernían peligrosamente sobre su recién formada familia.
Anakin no podía, y no tenía intención, de arriesgarse a que ésta sufriera el más mínimo daño. Sólo de recordar como Padmé había accedido a convertirse en su esposa hacía apenas unas horas, la sonrisa afloraba en sus labios y sentía impulsos de acelerar aún más la nave y dibujar piruetas en el aire con ella.
Pero todavía no era el momento. Esperaría. Y una vez la Estrella de la Muerte quedara hecha pedazos podría empezar a celebrar.
FLASH BACK
En aquella habitación de hospital, donde de forma predestinada se había reunido ese pequeño grupo de cuatro jedis, si es que podía considerarse a un muerto y a un ex-sith como tales, la exposición de Anakin fue acogida con atónito silencio. Tal como él esperaba, Obi-Wan fue el primero en reponerse.
- Entonces, si te he entendido bien – pronunció lentamente –, lo que pretendes es destruir tú mismo, con única ayuda de una astronave monoplaza y un droide astromecánico, ese monstruo imperial equipado con centenas de torpedos de protones, turbo láser, iones, cargas magnéticas, cañones, cuatro súper destructores y millones de cazas estelares. ¿Correcto?
Anakin asintió, satisfecho de que hubiese captado su idea tan rápidamente. El jedi lo miró como si el accidente le hubiese arrebatado todo rastro de cordura.
- Ten en cuenta que la mitad de esas armas todavía no están en funcionamiento, y descuenta de tu ecuación los súper destructores y los cazas. Ellos no atacarán.
Obi-Wan frunció el ceño.
- ¿Cómo estás tan seguro?
- Bueno... – el joven sonrió prepotente –. Tal vez a los jedi nunca os llegó la noticia, pero Palpatine lo dejo todo dispuesto para que el imperio continuara funcionando con normalidad si en algún caso acaecía su muerte. ¿Adivinad a quién nombro su heredero?
Los ojos de los jedi que todavía respiraban se clavaron en él con sorpresa. En cambio, a Qui-Gon no pareció afectarle la noticia. Únicamente sonrió satisfecho de que su sospechas llegaran a buen termino. Anakin pensó que se hubiera llevado bien con él, si sus caminos se hubieran cruzado en vida como algo más que enemigos naturales.
- Tú... – Obi-Wan no salía de su asombro.
El joven sacudió la cabeza.
- Yo no. Vader – puntualizó –. Y podemos aprovecharnos de ello para asestar el golpe definitivo.
- ¿Estás seguro, Anakin? – Qui-Gon se dirigió directamente a él –.Incluso con los clones forzados a obedecerte, sigue siendo un plan arriesgado.
El joven afrontó su mirada sin tambalear.
- Tengo que hacerlo. Soy el único que puede.
- Lo que todavía no entiendo – intervino Obi-Wan –. Es porque el emperador no solucionó dicho problema cuando tú se lo comunicaste tras revisar los planos.
- Con los jedi ya extintos, se negó a considerar que una pequeña astronave monoplaza tuviese una oportunidad contra su arma definitiva – sonrió de lado –. Tampoco es que yo me esforzara mucho por convencerle.
- Propio de Sidius perderse en su orgullo es – intervino Yoda por primera vez –. Y derrotados sus planes caerán a causa de ello. Algo más que agradecerte tenemos, ¿no es así, joven Skywalker?
Anakin se sonrojo ligeramente, apartándola vista de esos enormes ojos verdes que lo veían sin reproche alguno, con agradecimiento, por mucho que él no se creyera merecedor de ello.
- Aun así – Kenobi no se daba por vencido. Tal vez porque en su mente permanecía claro el recuerdo de una esposa desesperada, velando el sueño inconsciente de su marido, sin saber si éste llegaría alguna vez a despertar. Tal vez porque, de alguna manera, había llegado a sentir algún tipo de extraño aprecio por ese Sith renegado que los había salvado a todos al caer en el amor –. Todavía tenemos que decir quién...
- No – Anakin se mantuvo firme, aun cuando por dentro se sintiera agradecido; casi conmovido. No era capaz de entender como un jedi como él, a quien había estado a punto de asesinar en multitud ocasiones, podía guardar algún tipo de aprecio, o interés en preservar su vida. Al margen de Padmé, habían transcurrido décadas desde la última vez que sintió una preocupación semejante –. Debo ser yo quien lo haga.
FIN FLASH BACK
Finalmente Kenobi había cedido, y Anakin se dirigía ahora atravesando el espacio a la estación espacial, donde por orden de Darth Vader, el nuevo emperador, todos los más altos y ruines cargos del imperio se habrían reunido para determinar el futuro y la sujeción de la galaxia. Sería un golpe contundente y definitivo. Si todo resultaba bien, el presente sistema habría quebrado antes de concluir el día.
El resto, sería cosa de Padmé.
Anakin se preparó para abandonar la velocidad luz, a sabiendas de que la rapidez y la sorpresa serían elementos esenciales para el buen tino de su plan. La orden ya estaba dada. Todos los clones debían permanecer inmóviles hasta su llegada, y evacuar la estación una vez los altos cargos dieran orden de defenderla.
Podría haber optado por ordenarles que permanecieran en la Estrella, impidiendo con sus armas el escape de los generales y los grandes moff, pero Anakin había rechazado la idea de plano. Incluso bajo la personalidad de Darth Vader, su relación con los clones había sido amena, muchísimo más que con los altos cargos, y sacrificarlos ahora en base al Bien Mayor sería, según su punto de vista, la perpetuación del sistema que trataba de destruir, sólo que enmascarado por una fachada más noble.
Ni hablar. Emaestro Yoda y Obi-Wan podrían opinar lo que quisieran, pero él, Anakin, haría las cosas a su manera. Y pensaba hacerlas bien.
- ¿Preparado, R2?
Un pitido entusiasta resonó como contestación. Anakin sonrió y se apropió de los controles.
R2-D2 era un droide astro mecánico que pertenecía a Padmé y que, según ésta le había contado, llevaba a su lado desde sus tiempos como joven reina, habiéndole salvado varias veces la vida en el proceso. Recientemente, antes de despedirse, la joven le había suplicado que lo llevara consigo en aquella misión, confiando en que el pequeño pero prodigioso droide fuera tan útil para él como lo había sido para ella.
En el poco tiempo que llevaba juntos, Anakin y R2 había congeniado muy bien, y éste se prometió a sí mismo que, si ambos sobrevivían, construiría para él un complemento... Tal vez un simpático droide de protocolo, que pudiera ayudar en la crianza de sus hijos. De niño siempre había querido construir uno para que ayudara a su madre con las tareas del hogar. Ésta era su oportunidad. Además, sería un excelente regalo de bodas para Padmé.
Sonriendo de medio lado e impulsado por esa idea, Anakin salió del hiperespacio y se introdujo de lleno en la lluvia de neones y rayos láser que lo recibieron.
En su tiempo como Darth Vader, las escasas batallas estelares en las que había participado habían sido lo más cercano a un juego para él. Sentir la ingravidez en su propia carne, volar libre, esquivar, disparar, vencer… En el aire sentía que no había nada que pudiera frenarle.
Ni siquiera el conocimiento de todo lo que estaba en juego impidió que sus labios se curvaran en una sonrisa mientras esquivaba con facilidad los torpedos de protones y entraba de lleno en el circuito que lo conduciría a su destino final. Hasta ahora ningún caza había aparecido para perseguirle, pero Anakin presintió que se le acababa la suerte. El gobernador Tarkin y los demás perros falderos se habrían recuperado ya de la falta de clones y algunos de ellos habrían decidido pararlo por sus propios medios.
Bien. Torció los labios con esa medio sonrisa tan característica de él. Que vinieran cuantos quisieran. El juego acaba de comenzar: sin límite de competidores y con sólo un ganador. Él.
Desdeñando el control automático, se valió de la fuerza para esquivar los primeros disparos. Ocho cazas eran los que le perseguían. Cuatro más habían permanecido en la retaguardia. Una pequeña pirueta fue suficiente para confundir a uno de ellos, que sucumbió bajo su propio fuego. Un giró mortal provocó que dos más chocaran contra sí mismos en el aire.
La competición continuaba.
- Muy buena esa, R2 - felicitó al pequeño astrodroide, que había propulsado parte de su carga de combustible contra el visor de una nave enemiga, protegiendo así su flanco izquierdo de un descuido -. Ya sólo quedan cinco. Cuatro – se corrigió así mismo cuando una nueva atrevida maniobra había acabado con la vida de otro caza -. Parece que la retaguardia se suma a nuestra persecución – comprendió, tras un aviso de la fuerza -. ¿Crees que puedes aumentar la velocidad?
Un entusiasta pitido del droide fue toda la confirmación que necesitaba. Anakin sonrió, y en seguida sintió como la nave aceleraba hasta alcanzar sus propios límites. Nadie en su sano juicio emplearía tal velocidad en un campo de maniobra tan pequeño, sumado al gasto extra de combustible, que se reducía a la mitad rápidamente, pero cuando volaba Anakin se entregaba totalmente a sus instintos, obviando cualquier tipo de racionalidad.
Los cuatro cazas restantes trataron de imitarlo, pero sólo dos de ellos consiguieron mantenerse a flote. La adrenalina fluía por sus venas como nunca antes. Se sentía furiosamente vivo. Skywalker en plena potencia.
- ¿A qué distancia estamos ahora? – R2 trasmitió las coordenadas a la computadora de la astronave, quien a su vez las reflejo en su pantalla.
Menos de un minuto y el objetivo estaría a tiro. Anakin aspiro profundamente, concentrándose y liberando toda su tensión a la fuerza, un sencillo truco jedi que Obi-Wan le había recomendado antes de partir. Era hora de deshacerse de los cazas que faltaban. No podía fallar.
Giró la nave en una voltereta mortal, suspendiéndola boca abajo un instante en el aire, y con una ágil pirueta volvió a introducirse en el circuito. El momento sirvió para que los imperiales le adelantaran y se colocaran a tiro de su objetivo.
Ya no quedaban obstáculos. Únicamente él, la nave, el recorrido, y el reactor principal. Anakin se hundió en la fuerza buscando aquella fusión que había sucedido durante su enfrentamiento con Sidius, y la fuerza lo recibió abriéndole las puertas de los confines del universo. Vestigios del pasado, presente y futuro. Ya nada le estaba velado. Pero Anakin rechazó ese conocimiento y se concentró en el ahora.
El objetivo apareció ante su vista. La misma fuerza guió sus acciones.
Un disparo.
Un acierto.
Una explosión.
La destrucción un imperio.
El triunfo de una galaxia.
….
Los asientos del senado no habían vuelto a estar tan rebosantes desde la proclamación del mismísimo imperio, media década atrás. Una proclamación que había supuesto el fin de una era, el anochecer de una civilización, el crepúsculo de los jedi. Una proclamación que fue recogida bajo un estruendoso aplauso.
Muchas cosas han cambiado desde aquel preciso momento, tan determinante en la vida de billones de seres alrededor de la galaxia. Muchísimas más cosas iban a cambiar. Porque ahora, en este instante, el futuro, la libertad, la democracia, vuelven a estar en juego. Este es el instante en que todo cambia, el instante en el que el ahora se convierte en pasado.
El instante en que una nueva esperanza surge de nuevo.
El palco del emperador, antaño conocido con el benévolo canciller, se alza por encima de los demás asientos. Los senadores contienen la respiración, y no son los únicos. Millones de seres, familias, ancianos, niños, sentados en sus hogares les imitan sin ser conscientes. La reunión de hoy, convocada con máxima urgencia, está siendo grabada y retransmitida en cada planeta, en cada nave, en cada casa. Y sin saber por qué, todos presienten en cambio. Los esposos se estrechan las manos con fuerza prometiéndose superar juntos lo que venga, y los niños se abrazan a sus padres con un resquicio de incomprensión en los ojos.
La figura encapuchada, el centro de todo aquel espectáculo, da un paso al frente, y deja que la túnica que cubre su rostro caiga. Ahora las respiraciones contenidas se convierten en sus exclamaciones y gritos de espasmo. Ella se mantiene serena, erguida, sin demostrar un ápice de incomodidad pese a las decenas de capas que cubren su piel y el elaborado peinado que da realeza a su titulo. Ella fue una reina en otro tiempo. Ella fue una senadora. Ella es una emperatriz.
Y únicamente cuando todos los murmullos que su aparición ha causado se apagan, ella da un paso al frente, con la barbilla en el alto y los ojos brillantes, y su voz resuena en los cuarteles del senado. Y en cada hogar, en cada nave, en cada planeta… sus palabras se escuchan.
Y con ellas retorna la esperanza.
- Senadores, delegados y demás miembros del senado. Muchos de vosotros me conocéis desde hace más de diez años. Sabéis que serví como reina electa en mi planeta durante dos legislaturas. Serví como senadora de Naboo en los gloriosos días de la Antigua Republica, y continué desempeñando mi cargo como miembro del Senado Imperial. Mis ojos vivieron el último esplendor de la democracia y contemplaron en primera persona la decadencia que, en última instancia, supuso su destrucción. Ahora me presento ante ustedes por una causa gravísima: el Emperador, el Supremo Gobernante Galactico, ha sido asesinado.
La explosión que siguió a dicha declaración se alzó por encima de sus propias palabras, obligándola a guardar silencio. Rostros horrorizados, exclamaciones incrédulas, sonrisas victoriosas, ojos esperanzados… Ante todo, incertidumbre. ¿Qué ocurriría ahora?
Cuando transcurridos unos minutos, el ambiente te fue calmando, Amidala pudo retomar su discurso.
- Si, también a mi me costó asumirlo cuando ésta verídica información llegó a mis oídos. Pero la negación no nos ayudará a superar esta crisis, senadores. La negación no ayudará a la galaxia en estos tiempos de incertidumbre. Pues la tragedia todavía no concluye aquí. Lord Vader, mi esposo, designado como su sucesor por el propio emperador, también ha caído. Y junto a él, cada Gran Moff y cada gobernador regional de los conclaves más selectos del imperio.
De nuevo, palabras de negación se alzaron por toda la sala. Gritos y abucheos. Exclamaciones de terror y de alivio. Únicamente tres seres permanecieron estoicos e inmutables, con expresiones serenas, sin apartar la vista de la plataforma del canciller. Dos jedi, uno alto y humanoide y otro de baja estatura, y un joven sin clasificar cuya actuación había cambiado el destino de la galaxia entera.
Amidala retomó la palabra.
- Lloró la pérdida con vosotros senadores, especialmente aquella que me afecta más personalmente. Pero es nuestro deber continuar la labor que ellos empezaron sin pausa y sin dilación. Por ello, y de forma inmediata, hago entrar en vigor el testamento de mi esposo, donde Lord Vader, como su última voluntad, me declara heredera y única sucesora al trono de este Supremo Imperio Galáctico.
Tras unos instantes de silencio, donde cada cual se esforzaba por digerir esas palabras, el griterio fue atronador. Pero Amidala no permitió que las exclamaciones y juramentos de apoyos alteraran la grávida expresión de su rostro. Cada vez se encontraba más cerca de a cumbre de su discurso.
- Tomado conocimiento sobre esto, os informo, en mi primera actuación como Emperatriz, me propuse encontrar a los asesinos y hacerlos pagar por su crimen. Y tras largo tiempo de investigación descubrí que los asesinos descubrieron la ubicación y la fecha de una importante reunión, en la que todos los altos cargos del imperio estarían presenten, y aprovecharon tal evento para, cobardemente, volarlo todo en pedazos. ¡La reunión tuvo lugar en una enorme estación que nuestro emperador construía en secreto! ¡Una estación militar conocida como Estrella de la Muerta y también designada como "el arma definitiva"! ¡Una estación militar de medidas extraordinarias y diseñada estratégicamente con potencia suficiente para destruir un planeta entero sin esfuerzo aparente!
Amidala pausó un momento, dejando espacio para que sus palabras calaran hondo en los espectadores, sin que ningún sonido interrumpiera tal momento.
- ¡Un planeta entero senadores! - retomó entonces la palabra -. ¡Un planeta! ¡Un mundo! ¡Millones y millones de vidas! Nos, vosotros, vuestras familias… aniquilados en el espacio de tiempo que dura un pestañeo. Sin opción. Sin dilación. Sin culpa. ¡El arma definitiva de nuestro Sacro Imperio! Y superada la incredulidad, superado el horror, superado el miedo… me pregunte a mí misma: ¿realmente es mi deber castigar a los que libraron a la galaxia de tan pesada carga? ¿Realmente debo yo erigirme juez sobre quien bien pudo salvar mi planeta de su aniquilación total? ¿Mi amado Naboo? ¿Nuestros queridos hogares?
Hábilmente, Amidala detuvo su discurso llegada a esa parte, permitiendo que respuestas de negación y alivio se extendieran por toda la sala, enciendo el animo de los presentes. Después su voz volvió a alzarse por todo los rincones de senado, lenta, pesarosa, persuasiva.
- Hubo un tiempo, senadores, en que la mera mención de un arma como aquella hubiera horrorizado a esta augusta cámara. Hubo tiempo… un tiempo muy lejano, donde el control y la dominación bajo los cuales fue forjado este imperio eran palabras ajenas. ¡Un tiempo de democracia! ¡Un tiempo de igualdad! ¡Un tiempo de paz! Un tiempo en el cual se cometieron errores, muchos errores… ¡Pero un tiempo del que yo me siento orgullosa!
La explosión de aplausos fue instantánea. Gritos, exhumaciones, emoción… Alegría multiplicada por mil. Porque todos ellos, todos los que antaño habían aplaudido al imperio, habían sufrido en sus propias carnes lo que esa institución realmente significaba. Y las suaves pero determinadas palabras de Amidala habían abierto el apetito de algo mejor.
- Lo ha conseguido - había una pizca de incredulidad en su tono -. La cámara entera la apoya.
- Por supuesto que sí - a diferencia de Obi-Wan, Anakin no parecía para nada asombrado. Sus ojos tampoco se apartaron ahora de su esposa, a quien contemplaba con completa admiración y apoyo.
El jedi lo miró divertido.
- ¿Sabes? Podrías haber sido emperador.
- La política nunca ha sido lo mío - replicó el otro con un gesto despectivo, sin apartar los ojos de su esposa, que continuaba hablando -. Senadores codiciosos, aduladores cobardes, e interminables reuniones sin sentido ni conclusión… Padmé dice que mi talento se enfoca más en… negociaciones agresivas - sonrió travieso, para después recuperó el gesto serio -. Además, ella nunca me hubiera perdonado de aceptar ser emperador.
- Y tu harías cualquier cosa por ella - sentenció el jedi con seguridad, pero como si todavía le costara entender tal sentimiento.
Anakin lo observó divertido.
- Pensé que eso había quedado claro.
- Poderoso sentimiento amor es - intervino el pequeño duende verde, que hasta entonces había permanecido en silencio -. Quizá subestimarlo en el pasado los jedi hicimos. Error mío eso es.
Obi-Wan giró el rostro hacía él confuso.
- Maestro Yoda, ¿qué…?
Yoda golpeó el suelo con su pequeño bastón.
- Redimido al joven Skywalker el amor por su esposa ha. ¡Redimido! Así pues, apego, amor, posesión, tal vez un camino hacía el lado oscuro no sean. Enseñar a controlar tales sentimientos nosotros debimos, en lugar de condenarlos. Muchas cosas podrían haber evitado entonces… - sacudió la cabeza con pesadumbre -. Muchas cosas.
- Tal vez sea cierto maestro - accedió el jedi -, pero ninguno de nosotros tenemos poder para cambiar lo ocurrido. Nuestro poder está en el ahora.
- Palabras sabías son esas, Obi-Wan. Meditar nucho sobre está nueva compresión de la fuerza yo haré, antes de que la Nueva Orden sea forjada.
Obi-Wan asintió y ambos volvieron a centrarse en el discurso que estaba desarrollando Amidala.
- ¡A pesar de nuestro anteriores fallos, se que juntos podremos lograrlo! Por ello, confiando en ustedes y en que el sistema puede ser mejorado, renuncio con acción inmediata a todos los poderes extraordinarios que conlleva mi cargo, y de vuelvo al senado la completa autoridad legislativa bajo la cual fue concebido. Propongo también, para evitar una catastrofe de proporciones semejantes a la que hemos vivido, una enmienda bajo la cual el poder ejecutivo sea divido en un triunvirato, tres miembros para ejercer en cooperación el papel de Cancilleres de la Republica.
La moción fue recibida entre aplausos y más aplausos.
- Así mismo, para la protección de todos los habitantes libres de esta galaxia, propongo el mantenimiento del Ejecito Clon, cuyo aumento anual de nuevas unidades se verá reducido en tres cuartas partes. Su tutela continuara perteneciendo al Senado como unidad, y en tiempos de paz se ocupara de realizar tabores comunitarias en los planetas menos afortunados, así como de reparar el mal cometido en estos años al servicio exclusivo del imperio.
Todos los rostros expresaron su conformidad.
- Por último, es mi intención y mi deber recordar a un grupo, amante de la paz, que ayudo a formar la Republica desde sus más humildes orígenes, y que se mantuvo a su servicio durante varios miles de años. Durante milenios ellos fueron conocidos como sus guardianes más leales, y durante las Guerras Clon lucharon con arrojo y valentía como generales en el frente. Lucharon por defender unos valores por los cuales merece la pena morir: democracia, justicia, igualdad, libertad, paz.
Nuevos aplausos, exclamaciones de asentimiento y la palabra "jedi" comenzaron a ser pronunciadas por la multitud, a pesar de que Amidala todavía no los había identificado como tales.
- Por desgracia - continuo plagando su tono de tristeza tras unos instantes -, ellos también fueron los primeros en comprender la verdadera amenaza que se cernía sobre dichos valores y no dudaron en actuar en su contra, sin temor a las represalias. Acorralados a traición, fueron eliminados por los mismos hombres con quienes habían compartido su hombro en la batalla. ¡Fueron traicionados, senadores! ¡Fueron aniquilados! Y lo que es peor, ¡fueron condenados por esta misma cámara! ¡La augusta cámara a la que habían entregado su lealtad y su vida por varios miles de años!
Ahora los senadores se revolvían en sus asientos, y muchos de ellos portaban expresiones que se debatían entre la rabia por lo ocurrido y la culpa por haber formado parte.
- Es tarde para arrepentirse. Yo misma fui engañada y creí en el falso complot que se les adjudicó para destruirles. Es tarde para arrepentirse… ¡pero no para rectificar! ¡Ni para compensarles por nuestro error! Por ello, senadores, yo propongo buscar a los supervivientes y, con su aprobación, restaurar la Orden Jedi. Un elemento independiente del Senado, pero voluntariamente a su servicio. Un elemento libre de facciones políticas, que persigue el beneficio de todos. Un elemento incorruptible, libre, sereno, democrático. ¡Los guardianes de la paz!
Rugidos de aprobación condecoraron toda la sala. No había duda. Cada uno de los presentes lucharía por hacer realidad las palabras de Amidala sin dudarlo un instante.
- También ha conseguido esto - en la voz de Obi-Wan ya no había incredulidad, únicamente alegría y admiración.
Anakin asintió.
- Ella es increible.
El jedi centró su atención en él.
- ¿Y tú qué harás? Supongo que no te interesa unirte a la Nueva Orden.
El joven sacudió la cabeza.
- No nací para ser un jedi, Obi-Wan. Al menos no en esta vida. Incluso si ella no estuviera - miró a Padmé -, he vivido demasiado tiempo sumergido en el Lado Oscuro.
- Comprendo. De todos modos tú eres el Elegido, la fuerza fluye en ti de un modo diferente a nosotros, no estoy seguro si nuestra lecciones pueden aplicarse a ti en su totalidad - reflexionó un momento -. ¿Y qué hay de tus hijos?
Anakin sonrió con cariño al pensar en ellos.
- Padmé me arrancaría la cabeza si permito que la Orden los aparte de ella - bromeó, pero después se puso serio -. Mi madre dijo que era mi destino traer el equilibrio a la fuerza a través de mi descendencia, pero… no voy a obligarles. No voy a planear su vida antes de que nazcan, o antes de que sean lo suficientemente maduros para decidir por sí mismos. Voy a criarlos con Padmé, y haré que crezcan en un hogar rodeado de amor. Y cuando llegue el momento… será su elección.
El jedi asintió. A pesar de que le fuera ajena, admiraba su decisión. La escuchaba, y casi no podía evitar sentir un resquicio de envidia. Tal vez el maestro Yoda tuviera razón. Tal vez fuera hora de cambiar algunas cosas. Tal vez la Nueva Orden no tuviera que ser la Vieja Orden resurgida. Tal vez debieran aprender de errores pasados y superarse a sí mismos.
Tal vez el apego no fuera tan malo.
- Obi-Wan - el jedi diluyó sus pensamientos erráticos al sentir su llamada, encontrándose con un paz de ojos azules que lo miraban intensamente -. Necesito que me ayudes.
- ¿Cómo…? - arrugó el ceño sin entender.
- A pesar de lo que he dicho, la fuerza estará en su sangre profundamente arraigada. Será parte de ellos como podrían serlo sus ojos, o sus manos. Es un privilegio. Un don. Y deben aprender a desarrollarlo, independientemente si después eligen ponerlo al servicio de la galaxia o guardarlo para sí mismos. Quiero que me ayudes.
Obi-Wan lo miró curioso.
- ¿Por qué yo?
- Porque eres un gran jedi. Y serás un gran maestro para mis hijos. Mucho mejor de lo que yo podría llegar ser.
Obi-Wan posó una mano sobre su hombro, conmovido por esa repentina ola de confianza. Desde el primer momento había sentido un extraño y errático lazo con ese hombre, como si sus destinos hubiesen estado unidos por la fuerza desde mucho antes, pero había estado demasiado asustado, o desconfiado, para aceptarlo. Quizá hubiera llegado el momento.
- Será un placer y un honor para mi entrenar a tus hijos, Anakin, siempre que cuente con tu ayuda en todo momento. Dos pequeños Skywalker darán mucho trabajo, especialmente si se parecen a su padre, y digas lo que digas, estoy seguro de que nadie mejor que tú sabrá como tratar correctamente con ellos.
Anakin asintió con la cabeza, levemente sonrojado.
- Gracias por eso, señor - agradeció, demasiado tímido para enfocarle a los ojos.
- Obi-Wan - corrigió el otro.
El joven hizo un esfuerzo por enfrentar su mirada y se sorprendió de la sinceridad que halló en ellos, además de algún otro sentimiento. Quien sabe. Cosas más raras habían pasado. Y lo sentía en la fuerza, el lazo entre ellos ya había empezado a formarse. Tal vez algún aquel estoico jedi pudiera convertirse en su primer amigo.
Por ahora, asintió con confianza y sonrió levemente, aceptando su nombre.
- Obi-Wan.
…
-Para aquellos que tengan dudas, la Nueva Republica no será un calco de la antigua - continuaba Amidala, acercándose a la conclusión de su discurso -. Mi intención, nuestra intención, no debe ser olvidar estos terribles años que hemos vivido, ni los errores que nos condujeron a ellos. ¡Nosotros debemos recordarlos! ¡Nosotros debemos aprender sobre ellos! ¡Nosotros debemos superarlos! Construir juntos una Nueva Republica donde los intereses comerciales estén siempre sometido a la moral y a la ética. Un Republica igualitaria donde el bien común nunca sea aplastado por la corrupción y la codicia. ¡Una Republica de la que todos los pueblos querrán formar parte!
- Así pues - prosiguió, cuando el nuevo estallido de aplausos se hubo calmado -, en pro de la democracia, renuncio desde ahora a mi cargo público, y solicito proceder a las elecciones del nuevo triunvirato, dando mi voto personal a Mon Mothma de Chandrila, Bail Organa de Alderaan, y a Bel Iblis de Corellia.
A pesar de las protestas generales contra el retiro de Amidala, casi la totalidad de ellos hubieran deseando contarla a ella entre los miembros del nuevo triunvirato, los tres nombres fueron acogidos entre aplausos y exclamaciones de conformidad y de apoyo.
Anakin supo que lo había logrado. La influencia de su esposa era tal, que sin ocupar ya ningún cargo público, lograría que fueran ellos los elegidos. Mothma, Organa e Iblis. Parecía tan lejano el tiempo en que había desconfiado de ellos, sospechoso de su participación como líderes de la Alianza… Su maestro no le había escuchado, e irónicamente ahora se alegraba de ello.
Harían un buen trabajo. Eran de hecho el equipo perfecto. Bel Iblis proveería sus excelentes consejos tácticos y estratégicos, tan vitales para la conversión pacifica que la galaxia necesitaba; Organa aportaría acceso a los recursos y a la inteligencia necesarios; y Mon Mothma se convertiría en la cara pública de la Nueva Republica, con su habilidad de inspirar y unir a las personas.
El resto era cuestión de tiempo.
…
- ¿Estás segura de que no quieres replantearte la decisión? Todavía queda mucho trabajo por hacer y nos serías de gran ayuda.
Padmé sacudió su cabeza, mirando con cariño a su vieja amiga. Como era de esperar, la sesión se había alargado hasta casi entrada la noche, pero por fin el debate había concluido y los senadores y demás asistentes habían abandonado sus asientos, hasta el día siguiente, y se habían unido al resto de alborozados seres que celebraban el regreso de la libertad y la Republica alrededor de la galaxia.
Mothma, sin embargo, la había interceptado antes de que ella pudiera abandonar los cuarteles del senado con su esposo, que la había estado esperando y ahora se mantenía unos pasos al margen, discreto.
- Te lo agradezco Mon. Pero sé que lo haréis bien sin mi. La galaxia está en buenas manos - afirmó con confianza -. Y yo ya he luchado suficiente, al menos por ahora.
Su amiga asintió, comprensiva.
- ¿Y qué harás ahora?
- Volver a Naboo - respondió sin dudar -. A casa. Ser simplemente Padmé. Criar a mis hijos… y estar con el hombre que amo - sonrió, el mero pensamiento la maravillaba -.
- ¿Familia? ¿Hijos? ¿De qué estás hablando Padmé?
Padmé únicamente sonrió y se giró hacía la figura encapuchada que esperaba unos pasos por detrás, haciéndole un ademán para que se acercara. Anakin obedeció, algo tímido, pero Padmé le tomó de la mano para colocarlo junto a ella.
- Mon, te presento a Anakin Skywalker. Anakin, está es la senadora Mon Mothma, una muy buena amiga mía.
Con algo de vergüenza, Anakin estrechó la mano de la mujer, quien parecía demasiado impactada para decir nada.
- Encantada de conocerte, Anakin - se repuso al fin.
- El honor es mío, senadora. Canciller, quiero decir - se corrigió al recordar el nuevo título que se le había asignado -. Padmé asegura que harás un gran trabajo a favor de la galaxia.
Mon sonrió, aceptando el cumplido, pero en seguida giró su rostro hacía Padmé quien decidió poner fin a su confusión.
- Anakin y yo vamos a casarnos. Y estamos esperando gemelos - su rostro se ilumino al pronunciar la última palabra, e inconscientemente condujo las manos hacía su estómago en un reflejo instintivo.
- ¿Gemelos? - Momtha no cabía en sí de su asombro -. Pero yo creía… Darth Vader…
Padmé interrumpió sus balbuceos con firmeza.
- Darth Vader era sólo una máquina sin sentimientos creada por el emperador para estar a su servicio. Nuestros caminos jamás se entrelazaron más allá del nombre. Por el contrario, Anakin - dio un paso hacía él, colocándose a su sombra, y lo miró sonriente - es el hombre que amo. Nuestros hijos son fruto de ese amor. Y mi deber ya no pertenece a la Republica, sino únicamente a ellos. Al igual que mi corazón - concluyo sinceramente.
- Comprendo - y a través del brillo de sus ojos, Padmé vio que la comprendía de verdad -. Y soy feliz por ti, Padmé - Mon sonrió -, de verdad. En cuanto a ti Anakin, más vale que la cuides bien. Tienes un tesoro en tus manos.
Anakin asintió, totalmente de acuerdo, e inclinó la cabeza para depositar un suave beso en los labios de su esposa, mientras la rodeaba protectoramente con sus brazos.
- El tesoro mas valioso que pude encontrar - corroboró al cabo de un instante -. Mi ángel - añadió en un susurró para que sólo ella pudiera escucharle.
No se demoraron más. Mon se despidió de ellos y los observó marcharse hasta que desaparecieron a lo lejos, tomados de la mano, más allá de las escalinatas que daban paso al senado.
Anakin y Padmé. Dos únicos seres en una galaxia infinita. Ambos vivieron vidas totalmente diferentes. Ambos sufrieron. Ambos lucharon. Ambos temieron haberse perdido a sí mismos. Pero estaban destinados.
Y a pesar de todo lo ocurrido, a pesar del dolor y de las lágrimas, de los amigos perdidos, ambos coincidían en una cosa: pues no cambiarían ni un instante, ni uno sólo, por la esperanza de llegar a ese momento. El momento en que el futuro se habría ante ellos.
Guerreros, amantes, padres.
Unidos por la fuerza.
Almas gemelas.
Hasta aquí hemos llegado tomodachis. Apenas puedo creerlo. El último capítulo. Así acaba está historia. No se si es buen momento para disculparme por mis continuos altibajos en su publicación, y mis demoras. Pero se que no habría llegado tan lejos sin vuestro apoyo, sin vuestro entusiasmo y vuestros continuos comentarios.
Ocho meses han transcurrido desde que publique el primer capítulo. ¡Y pensar que había planeado esta historia como un breve relato, de no más de cinco o seis capítulos!
Aun así todavía no es momento de depresiones. ¡Aun queda el epilogo! ¡La verdadera conclusión de esta historia!
Espero de verdad traeroslo pronto para que lo disfrutéis sin demora. Pero hasta entonces, espero que hayáis disfrutado de éste y que continués ansiosos por el final.
Nos vemos en mi próxima actualizacion, amigo/as! ¡Será la última!
Sayonara... y como siempre:
¿reviews?
