Débora regresó aquel día al castillo, muy feliz: No importaba si Caspian no la quería, pero si mantenía lejos a Susan, y Caspian se enamoraba de ella, se casarían y le daría un hijo, tendría derechos, y su hijo heredaría todo.
- ¿En dónde estabas? -Preguntó Caspian.
- En casa de mis padres. -Respondió Débora, sonriente.
- ¿Por qué tan feliz? -Preguntó él, riendo.
- Pues... estoy feliz de verte de nuevo... Mi Rey -Dijo ella con una mirada coqueta, y muy segura, lo abrazó.
- ¿Qué haces? -Dijo Caspian, muy sorprendido ante la reacción de ella; lo que al mismo tiempo le pareció divertido, por lo que rió.
- Nada.. ¿Qué crees? -Dijo ella.
- No lo sé... -Dijo Caspian, con una mirada pícara.
- ¡Mi Señor! -María, la sirvienta, entró a la sala. -Tenemos listas sus cosas.
- ¿Qué cosas? -Preguntó Débora.
- Iré de cacería. -Respondió Caspian.
María salvó a Caspian una vez, pero con Débora, iba a ser la primera y última.
Caspian salió de cacería, y no volvió hasta la noche.
Luego de tomar un baño, Caspian entró en su habitación, y encontró a Débora en ella, de espaldas, observando una de las mesas que él tenía.
- Buenas noches. -Saludó ella, dejando nuevamente en la mesa un retrato que tenía en la mano.
- Buenas... Noches... Débora, ¿Qué haces aquí? -Preguntó, bastante tranquilo.
- Quería saludarte... perdón si te molesta... -La muy astuta caminaba lentamente hacia Caspian, lo abrazó del cuello y se le quedó viendo a la cara.
- No me molesta... pero... -Él intentó alejarla, pero ella fue más rápida, lo tomó de la cara y lo besó. Lo besó con pasión, lo besó asquerosamente, con desesperación. Cualquiera que lo viera, diría que se comió a Caspian. En ese mismo instante, en lo que duró ese beso, Susan, que dormía en Cair Paravel, se despertó repentinamente.
- Ahora puedo irme... si quieres... -Dijo ella sonriéndole, una vez que se separaron. Caspian la miró atónito.
- Buenas Noches. -Dijo con seriedad, desviando la mirada a otro lado.
Al día siguiente desayunaron juntos. Caspian preparó su caballo para ir a ver a Susan, pero Débora se adelantó, pues ya tenía su caballo también para ir a pasear.
- ¿Listo? -Preguntó ella, muy sonriente, como siempre.
- Eso creo, ¡Me ha costado levantarme hoy! -Dijo él mientras reía.
Ambos pasearon casi toda la mañana, hasta que pararon cerca del río.
Susan también había salido, pero sin acompañante.
- Y dime... ¿Qué piensas de mí hasta ahora? -Preguntó Débora, tomando la mano de Caspian.
- Pues... eres... -Caspian no podía encontrar una palabra adecuada.
Mientras tanto, Susan se acercaba lentamente en su caballo. Al escuchar una risa, evidentemente de Débora, se acercó pero se ocultó detrás de un árbol, sosteniendo las riendas del animal en sus manos.
- Vamos... dime... -Dijo Débora, quien estaba dispuesta a hacerse pasar por una niña inmadura, con tal de obtener respuesta.
- Pues... eres muy bonita, no hay duda. Eres simpática... realmente me gustas... -Caspian apretó su mano.
¿¡Qué era todo esto! Susan estaba paralizada. Segundos le tomó reaccionar... pero su caballo, alterado, se soltó y se echó al trote. Caspian y Débora lo advirtieron.
- ¿Qué ha sido eso? -Preguntó Débora, mirando hacia los arbustos. -¡Al parecer ha escapado alguien! -Dijo luego.
- Parece que algún animal andaba por ahí -Dijo él. -...Pero eso ya no me importa, si estás aquí... -Siguió, sonriendo.
Estaba tocando fondo. Susan huyó lejos, sigilosamente. ¿Caspian con doble discurso?
Días pasaron y Susan empeoraba, su carácter era muy malo. Los hermanos decidieron reaccionar.
- ¿Qué sucedió, Susan? ¿Qué te ha hecho Caspian? -Preguntaba Peter, sentado al frente de Susan en la sala.
- Cuéntanos, Su, lo arreglaremos. -Siguió Edmund.
- Al parecer el Rey tiene ...un doble discurso... -Dijo ella mirando el suelo, concentrada.
- ¿Doble discurso? ¡Con qué? No entiendo... -Dijo Lucy con inocencia.
Susan no contestó más, pues no quería hablar y sus hermanos no entenderían, o al menos eso creía.
Edmund, si bien no era el mayor, actuó como tal. Luego de la cena, llevó a Susan al balcón.
- ¿Qué sucedió en verdad, Susan? Estoy preocupado. -Dijo el castaño con seriedad.
- Caspian me dijo que me quería, y que renunciaría a su trato por mí, pero al parecer también le dice cosas bonitas a Débora. -Dijo Susan, mirando el horizonte.
- ...¡Eso no puede ser! ¡Es un Rey! ¿Qué pasa con él? -Preguntó Edmund, muy confundido.
- Creo que yo sé la verdad. -Dijo una vocesita conocida. Lucy apareció.
- ¿Qué sabes, Lu? -Preguntó su hermano.
- Los enanos me dijeron que Débora era hija de una hechicera. Que eran capaces de hacer lo que sea para que Caspian se enamorara de Débora. -Explicó la pequeña.
- Esto... ¡Podría ser un hechizo! -Dijo Susan. -¿¡Qué clase de... -La jóven calló.
- ¡Hay que averiguar cómo terminar con eso! -Dijo Edmund.
- Creo que yo puedo averiguar eso. -Contestó Lucy. -Mientras tanto, hay que esperar lo mejor.
- Así lo creo, Lu... -Dijo Susan pensativa, sin poder dejar de imaginar lo que sucedía.
Al día siguiente, ella fue la que decidió ir a ver a Caspian.
Entró al castillo, pero las sirvientas le informaron que Caspian estaba en el jardín.
Se encontraba junto a Débora. Ambos reían y ella tenía una flor adornando su cabello.
- ¿Caspian? -Susan se acercó lentamente. La expresión de Caspian cambió.
- ¡Susan! ¡Bienvenida! -Dijo, acercándose a ella.
- Buenos Días, Reina Susan. -Saludó Débora, abrazándose a Caspian.
- Buenos Días. -Saludó Susan muy seria.
- ¿Quieres acompañarnos, Su? -Preguntó Caspian, entrando a la sala.
- Claro. -Dijo, mirando a Débora con asco.
Caspian invitó la invitó a sentarse. Los tres tomaron té, mientras charlaban. Caspian era otra persona, evidentemente las cosas no estaban bien. Susan sólo lo dejaba hablar, sin pronunciar ni una palabra.
La visita fue rápida, Susan no lo soportaba. Volvió a Cair Paravel.
- ¡Su! ¡He ido con los enanos! -Dijo Lucy, corriendo hacia ella.
- ¿Y? ¿Saben algo? -Preguntó Susan, con esperanza.
- ¡Saben cómo romper el hechizo! -Dijo la niña, sonriente. -¡Los padres de Débora estan cautivos! Se supo de su mentira y han confesado que sólo el perfume de las flores doradas harán que Caspian reaccione.
- ¿¡Cómo! ¿Estás segura? -Preguntó Susan, pues no entendía que rápido había sido todo.
- ¡Segura! ¡Edmund ha ido a buscar las flores! -Dijo Lucy.
Esa misma noche, Edmund volvió con las flores. Todos estaban dormidos ya, excepto Susan, que lo esperaba con ansias.
- ¡Ed! ¡Por fin! -Sonrió al verlo entrar.
- Sí, aquí estoy. -Dijo el muchacho. -Y aquí tengo las flores. -Dijo, entregándole un saco cerrado a Susan.
- Oh, te lo agradezco tanto. -Dijo ella abrazándolo con fuerzas.
- No es nada, Su. -Dijo él abrazándolo de igual forma.
Ambos se fueron a dormir.
Al otro día, Susan se presentó en el castillo de Caspian con las flores doradas. Débora no estaba allí, lo que le facilitó el trabajo a Susan.
- ¿Me permites? Quiero hablar contigo a solas. -Dijo a Caspian. Esto quería decir que debían ir a la otra habitación, sin las sirvientas.
- Claro, Su.
Ambos fueron a otra habitación, que parecía ser una biblioteca pequeña. Susan tomó las flores y las puso cerca de Caspian. Éste se quedó mirándola sorprendido.
- ¿Caspian? ¿Estás bien? ¿Qué sientes? -Preguntaba ella.
- Pues... no sé qué intentas hacer, Su. -Dijo él, riendo, mirándola como a una loca.
Definitivamente, ésta no era la cura, lo que hizo que Susan se viera patética.
- Demonios, no tiene caso... -Reprochó ella.
- ¿Qué cosa? ¿Qué pasa? -Preguntó Caspian, sin entender.
- Olvídalo. -Dijo una Susan muy molesta.
Luego de esto, ella se retiró, y en el camino a Cair Paravel...
- ¡Susan! -Gritó Débora, quien venía cabalgando detrás de ella. Ambas bajaron de sus caballos.
- ¿Débora? ¿Qué sucede? -Preguntó Susan.
- Pues... Te has enterado de mi secreto, al parecer. -El tono de su voz cambió mucho. Muy seria, se acercó a Susan lentamente.
- Así que vienes de la casa de tus padres... ¡No dejaré que te salgas con la tuya! -Dijo Susan, sin imaginar lo que pasaría luego.
Débora abrió una cartera que traía atada a su cintura, sacó una daga y sin dar más vueltas, la clavó en el pecho de Susan, que se llevó la mano al pecho, intentando arrancarla.
- No creo que llegues a mucho, Susan. ¡Dije que no me rendiría, no me importa quién seas! -Dijo Débora con una sonrisa en sus labios.
Débora continuó su camino, dejando a Susan tirada en el suelo.
La joven Reina hizo lo que pudo quitándose la daga ensangrentada... algunas lágrimas salieron de sus ojos, pero no demoró mucho más en desmayarse.
