Dale al disclaimer alegría, Macarena,
Que'l disclaimer es pa'darle alegría y cosa buena…
No hay lugar en la Tierra donde no pueda llegar el brazo de los Vulturis, ni existe refugio en que los Cullen puedan esconderse de Dimitri. Abandonar el planeta puede ser la clave de la salvación, pero tal vez ni siquiera el espacio sea frontera para su imperio. Y todos saben que un cazador nunca renuncia a una presa.
(NA: sugiero leer el capítulo en formato 3/4. Se puede cambiar la apariencia de la página con los botones que aparecen justo encima del menu de selección de capítulos)
Exilio
Cap 3: Alguien voló sobre el nido del cuco
Bella cerró por un momento los ojos e imaginó que se encontraba en una playa desierta, tumbada sobre la fina arena dorada, con el Sol calentando su frío cuerpo y haciendo brotar hermosos destellos diamantinos de su piel como la nieve. Y no estaba sola, pues Edward y Reneesme yacían a su lado, compartiendo un idílico descanso. También el resto de los Cullen se encontraba allí, felices, e incluso los aquelarres que había conocido en sus primeros años de vampiresa.
Tener la memoria de un vampiro era un arma de doble filo, y es que toda moneda tiene dos caras. Podía recordar con total claridad los momentos más felices de su vida, como si hubieran sucedido ayer. Siempre tendría grabado en su memoria el momento en que abrió los ojos tras tres días de dolor, y pronunció las primeras palabras con su nueva voz angelical: "Te amo".
Pero también era consciente en todo momento de que no volvería a ver a su hija. No podía olvidarlo, por más que lo intentase. Si no tuviese a Edward a su lado, la desesperación habría hecho pedazos su cordura…
Había suplicado a Alice que le asegurara que su hija no correría ningún peligro, a sabiendas de que no podía tener ninguna visión de ella. Le había pedido que buscara la manera de llevarla con ellos al espacio, consciente de que nunca podría a alejar a Nessie de Jacob ni a Jacob de su manada.
Al no encontrar manera de aligerar su angustia, inventó una fantasía en la que pudiera encontrar consuelo. Tenía la esperanza de que, si se concentraba en ella lo suficiente, podría engañar a su cerebro para que la confundiera con un recuerdo real. Al menos a los humanos les funcionaba.
Llevaban trece días viajando continuamente, de avión en avión, de un aeropuerto al siguiente. Bella había recorrido más kilómetros en dos semanas que en toda su larga vida; los suficientes como para viajar a la Luna. Y todavía tenían que planear el detalle más delicado de todo el plan: dejar atrás a los Vulturis. No debían seguirles hasta el lanzamiento, o todo habría sido en vano.
Por primera vez desde que empezó la pesadilla, Alice tenía la cabeza lo suficientemente despejada como para participar en una lluvia de ideas. Edward era el moderador, por razones evidentes, y ella se encargaba de comprobar si realmente eran viables. Habían descartado propuestas como comprar una lanzadera de misiles tierra-aire, contratar terroristas que derribaran el avión, robar un caza de combate y abatirlos en medio del mar, cambiarles el carburante por algún explosivo líquido… de cualquier manera Dimitri podía avisar a los otros escuadrones de Tierra para que les interceptaran.
Esme tomó la palabra.
— Creo que deberíamos replantearnos las premisas del problema, como un ejercicio de pensamiento lateral —sugirió—. Estamos dando por hecho que Dimitri puede rastrearnos con la exactitud de un dispositivo GPS, pero tal vez no sea cierto. Si hacemos memoria, en algunas ocasiones los Vulturis han tardado más tiempo en adivinar nuestra localización exacta.
Hizo una pausa para que todos se plantearan la cuestión. Jasper pudo sentir en todos una breve chispa de entusiasmo, que apagaron rápidamente para mantener la calma sin hacerse falsas ilusiones. Ni siquiera Edward sabía lo que iba a decir Esme a continuación.
— Cuanto más terreno nos ganan, más rápido adivinan nuestro rumbo exacto. En cambio, cuando les hemos sacado ventaja porque debían parar a repostar, han tardado más de lo normal en adivinar nuestro rumbo y dirigirse allí en línea recta. Tan solo unos minutos, pero es una diferencia. Gracias a Alice lo hemos podido comprobar. Creo… —los vampiros se inclinaron inconscientemente hacia ella— creo que el don de Dimitri pierde mucha precisión a medida que aumenta la distancia.
Eso no era difícil de imaginar. Emmett no pudo evitar alzar una ceja ante lo evidente del comentario. Esme se apresuró en explicarse, y en cuanto ordenó sus pensamientos la cara de Edward se iluminó. Eso siempre era una buena señal para la familia; como saber de antemano que la historia tiene un final feliz.
— Podemos hacer que nos sigan hasta las antípodas de la base de lanzamiento, al otro lado del planeta. Si conseguimos que se queden retenidos allí, con un jet supersónico podríamos llegar a Cabo Cañaveral en pocas horas. Sincronizando esa táctica con el despegue de la nave espacial…
—¡…tendríamos el margen temporal necesario para que podamos subir a bordo del transbordador! Dimitri no podría averiguar nuestra posición exacta desde tan lejos —completó Carlisle emocionado.
Fue como incendiar un polvorín. El entusiasmo que los vampiros habían perdido durante los tensos días huída regresó con la fuerza de una estampida de neófitos iracundos. Todos los medios que habían ideado para ralentizar a los Vulturis habían sido desechados por no detenerlos el tiempo suficiente como para escapar con éxito. Pero ese planteamiento de Esme, tan sencillo en sí mismo que parecía evidente, les infundió nuevos ánimos que reavivaron su instinto de supervivencia.
— ¿Cuál es el punto antipódico de Cabo Cañaveral? —preguntó Carlisle.
—Las antípodas de Florida están cerca de Australia Occidental —recordó Bella. Sorprendentemente este recuerdo era de su época de humana—. Diría que se encuentra a unos mil o dos mil kilómetros de la costa.
Rosalie tuvo una súbita iluminación.
— Hay una base naval china en esa zona —recordó—, aunque no sé la ubicación exacta. Derribar nosotros a los Vulturis podría ser muy difícil, y tendríamos que acercanos demasiado. Pero si les atraemos hasta el espacio aéreo restringido —sonrió con malicia, saboreando la idea— podríamos provocar que los militares los abatieran con misiles antiaéreos.
Una luz al final del túnel, por fin. Los Cullen estaban eufóricos. Alice comenzó inmediatamente a explorar las posibilidades, mientras seguía atenta a las aportaciones de sus hermanos.
— Hay que preparar el avión privado más rápido que podamos conseguir —declaró Rosalie.
— Tendremos que dejar que se acerquen mucho —calculó Jasper—. Deben estar seguros de que esta vez nos van a cazar.
— No creo que sepan hablar chino, pero conviene que no sean capaces de comunicarse con la base naval —opinó Bella—. Si reciben una advertencia pueden descubrir la treta.
— No habrá advertencia —aseguró Edward—. No sería el primer avión que derriban sin aviso previo. Con la tensión militar entre la Unión Europea y la Alianza del Sudeste Asiático, cualquier intrusión no autorizada es volatilizada, literalmente.
— ¿Seguro que dispararán? —preguntó Emmett a Alice.
— Sí —respondió ella—, y aunque no lo viera podría asegurarlo igualmente. Además, las rutas comerciales dan un rodeo demasiado largo —prácticamente había memorizado todas las rutas aéreas del planeta durante esos días— y nos alcanzarían. Debemos hacer ese trayecto en jet privado.
— ¿Cómo evitamos que nos derriben a nosotros? —preguntó Bella.
— Sus misiles antiaéreos todavía son rastreadores de calor —dijo Jasper—, por lo que unos simples señuelos deberían bastar. Hay dispositivos fáciles de implementar en aviones civiles, así que no será problema.
— Silencio, azafata —advirtió Alice.
Estaban solos en la sección de primera clase del avión, donde nadie podía oírles. Desde luego su conversación resultaría lo suficientemente alarmante como para que alguien los acusase de ser terroristas.
Una azafata, entrada en años pero de porte elegante, se acercó por el pasillo del avión para hablar con los Cullen.
— En 20 minutos tomaremos Tierra en el aeropuerto de Madrid Barajas. Ya que no han consumido nada durante el viaje, les recuerdo que los pasajes de primera clase incluyen comida y bebida gratis. Si lo desean, están a tiempo de pedir algún refrigerio.
— Muchas gracias, señorita —contestó Carlisle con una sonrisa afable—, pero no tomaremos nada. Gracias por su atención.
Todos oyeron como un corazón se aceleraba violentamente. La azafata se retiró educadamente, procurando ocultar que se había ruborizado por la sonrisa de Carlisle. De alguna manera su intervención había pinchado la burbuja de entusiasmo de los vampiros. Acababan de recordar que, una vez que aterrizaran solo dispondrían de 10 minutos para montar en el siguiente avión o lo perderían, y los Vulturis los capturarían en terminal. Por un momento no supieron como retomar el tema.
Carlisle respiró para poder hablar. Había agotado el aire de sus pulmones con la azafata y no se había acordado de llenarlos de nuevo.
— Es hora de hacer gestiones —sentenció—. Jasper, llama a Lawrence. Tiene trabajo que hacer.
Se acercaba el sprint final.
Lawrence paseaba de un lado a otro por la pista de un pequeño aeródromo privado a cierta distancia de Zagreb. A cada minuto que pasaba le inquietaba más que los Cullen no estuvieran satisfechos con su trabajo cuando llegaran. Había repasado una y otra vez todos y cada uno de los objetivos que le habían encomendado, pero su intranquilidad no había hecho sino aumentar en las últimas semanas. La naturaleza de los encargos no ayudaba a calmar la inquietud. ¿Para qué demonios querían miles de litros de sangre de animales?
Miró de nuevo el flamante jet plateado de veinte metros de largo, que esperaba con los motores encendidos en medio de la pista a que alguien lo hiciera despegar. Contrastaba enormemente con las modestas instalaciones de la pista y el resto de pequeñas avionetas. Varios empleados se habían acercado con gran curiosidad haciendo preguntas ininteligibles en croata, y Lawrence no podía hacer otra cosa que pedir inútilmente en inglés que no tocaran el aparato.
Se trataba de una auténtica joya de la ingeniería aeronáutica, uno de los aviones civiles más caros del mundo. Gracias a una innovadora línea aerodinámica que reducía la resistencia al avance al mínimo, los potentes motores eran capaces de alcanzar los 3,200 kilómetros por hora, desarrollando una cómoda velocidad de crucero de 2.500. Además podía transportar varias toneladas de carga adicional sin perjudicar el rendimiento del aparato ni su maniobrabilidad.
Pero los añadidos especiales, convenientemente disimulados, habían costado mucho más que el propio avión. Dos sistemas antimisiles automatizados, y un distorsionador de señales militar que había conseguido después de unos sobornos muy arriesgados. El conjunto superaba los diez millones de dólares, y el señor Jasper ni siquiera había hecho comentarios sobre el precio.
Lawrence miró con impaciencia su reloj. Según le habían comunicado por teléfono, los Cullen llegarían en exactamente un minuto y medio. Entró en el avión apartando a los observadores curiosos, y despachó al técnico del aeródromo que lo había revisado y puesto en marcha, dándole un fajo de billetes enrollados como propina. El piloto, que nunca había tenido tanto dinero en sus manos, posteriormente experimentó un shock cuando calculó el cambio de dólares a euros con ayuda de una calculadora.
No tuvo tiempo de acomodarse en los cómodos asientos del aparato cuando la familia Cullen al completo entró como una exhalación por la compuerta del jet. En cierta ocasión había ordenado espiar a la familia, por lo que reconocía todas las caras. Consideró que sería acertado presentarse al señor Carlisle, el cabeza de familia, para mantener la cortesía en la negociación.
Sin embargo un joven, al que reconoció como Edward, le obligó a sentarse:
— Más tarde. Abróchese el cinturón.
Lawrence advirtió con creciente alarma como una rubia escultural, la chica más hermosa que había tenido oportunidad de contemplar, retiraba la escalerilla de acceso al avión y cerraba herméticamente la compuerta. En cualquier otra situación no le hubiera importado quedarse encerrado con ella, pero tenía pensado permanecer en tierra.
— Disculpen, pero yo…
— Calla y abróchate el cinturón —le espetó Jasper con impaciencia. No hizo falta repetirlo.
El hombrecillo obedeció apresuradamente, a la vez que la fuerte aceleración del avión le hundía en el asiento con relleno de látex. Alguien estaba pilotando el aparato, y no sabía quién. Miró por las ventanas para hacerse una idea de la velocidad a la que avanzaban.
Algo llamó su atención. Entre los árboles del pequeño bosque artificial que discurría paralelo a la pista podía distinguir unas figuras oscuras moviéndose a la misma velocidad del jet. Cuando salieron a la pista de despegue, el corazón le dio un vuelco: ¡eran figuras humanas! Decenas de hombres encapuchados perseguían al avión, corriendo en paralelo a él pero acercándose lateralmente metro a metro.
— ¡Acelera! —gritó Edward, que de alguna manera lograba estar de pie sin perder el equilibrio— ¡Van a destrozar las ruedas!
— ¡Ya casi despegamos! —respondió la voz de Bella desde la cabina.
En efecto, las turbinas redoblaron su empuje, incrustando en el asiento a Lawrence, quien volvió a mirar por la ventana. El bosquecillo se había convertido ya en un borrón, y las misteriosas figuras encapuchadas se quedaron poco a poco atrás, incapaces de igualar la velocidad del avión.
A los pocos segundos el jet despegó, dejando en tierra a los perseguidores. La vibración del suelo se disipó, al igual que la tensión del momento. Lawrence se dio cuenta de que estaba jadeando y se esforzó por normalizar su respiración. A medida que el aparato se elevaba y la repentina situación de alarma se desvanecía, multitud de preguntas se amontonaban en su cabeza. ¿Qué está ocurriendo?, ¿quién o qué les perseguía?, ¿por qué demonios estaba mezclado en esto?
"Ah, por los 100 millones de dólares, claro".
Carlisle le indicó con un gesto que se sentara con ellos en una zona con los asientos enfrentados, ideal para hablar de negocios o charlar en grupo. Hasta diez personas podían sentarse allí cómodamente. Se levantó de su sitio y se sentó con cierta indecisión en uno de los asientos libres, entre la rubia, Rosalie, y otra muchacha a la que identificó como Alice. En frente tenía a los cuatro hombres de la familia, que le observaban con mirada entre divertida y compasiva.
Carlisle hizo un gesto a Jasper, al que éste contestó con un leve asentimiento. Inmediatamente Lawrence sintió su miedo desvanecerse como por arte de magia, dando paso a una extraña sensación de tranquilidad y felicidad. Sin embargo su hábil intelecto seguía perfectamente despierto, y no tardó en comprender que, de alguna manera misteriosa, Jasper era capaz de controlar su estado de ánimo. Debería haberse alarmado, pero estaba tan tranquilo…
— Señor Lawrence, lamento que nos conozcamos en estas circunstancias. Soy Carlisle Cullen, el padre de Jasper.
Lawrence estrechó de buena gana la mano que Carlisle le tendía. El contacto con la piel fría le pareció curioso, y probablemente en otra situación hubiera sospechado que había algo extraño.
— Encantado de conocerle a usted y al resto de su familia —vio como Edward arqueaba una ceja con ironía y esbozaba una media sonrisa.
— No contábamos con tener que llevarle con nosotros —continuó Carlisle—, pero la urgencia de la situación lo requería. Necesitamos que nos ponga al corriente de los preparativos que ha hecho para el viaje, con todo detalle.
Lawrence había pasado horas ensayando la explicación, preparándose para este momento.
— Será un placer. Si es tan amable de alcanzarme ese maletín…
Lawrence resumió las gestiones que había hecho. Al tener a toda la familia pendiente de él se envalentonó, e incluso comenzó a tutearles sin darse cuenta. Parecían todos tan jóvenes que tenía la impresión de que él era un veterano instruyendo a unos aprendices.
— Todo está preparado para que lleguéis a la base de lanzamientos y subáis a bordo de la lanzadera espacial. Tan solo tendréis que atravesar controles rutinarios para comprobar vuestra identidad, pero no encontrarán nada irregular. Aquí tenéis vuestras documentaciones.
Repartió varios sobres cerrados con los nombres de cada miembro de los Cullen. Dentro había diferentes documentos y tarjetas electrónicas, algunas de altísima seguridad, con las que podrían viajar sin inconvenientes.
— En realidad no viajáis con documentación y permisos falsos, sino que todo es absolutamente reglamentario, así que no debéis tener miedo de que nadie revise vuestros papeles.
Además, la tripulación os indicará todo lo que tenéis que hacer cuando lleguéis a la nave. La única excepción es la señorita Alice —y la señaló con un elegante gesto de la mano—. Al llegar al crucero espacial tendrá que ponerse el uniforme de tripulante y desempeñar su papel. ¿Leyó la información que le envié? —preguntó a Alice, queriendo asegurarse.
— Sí, sé lo que tengo que hacer —respondió Alice—. Hizo un gran trabajo —dijo con una gran sonrisa. A Lawrence se le aceleró el pulso, pero la expresión súbitamente seria de Jasper le hizo centrarse en el tema.
— Como iba diciendo, una vez en el crucero espacial les acomodarán a todos en cápsulas de criosueño, y pasarán ahí dentro los seis años de viaje —volvía a tratarles de usted—. Hay una curiosidad, y es que aunque el viaje dura seis años para un observador terrestre, debido a la ley de la relatividad para los que vayan a bordo tan sólo serán algo menos de cinco años.
Los vampiros sopesaron el dato. Eso significaba que les sobrarían unos cuantos cientos de litros de sangre. Habían estudiado la teoría de la relatividad una y otra vez en el instituto, ¿cómo lo podían haber pasado por alto? Visto por el lado bueno, al menos tendrían una reserva de sangre hasta que lograran adecuarse al ritmo de vida en Pandora. Tal vez no fuera tan fácil alimentarse como en la Tierra, donde las zonas forestales eran repobladas periódicamente con animales clonados.
— ¿Y qué pasa con nuestro contenedor? —preguntó Emmett— ¿Alice podrá acceder a él durante el viaje?
Lawrence se aclaró la garganta. Ignorando por un momento la pregunta de "¿para qué demonios quieren la sangre?", comunicó la mala noticia.
—En teoría las bodegas de carga permanecen cerradas durante todo el trayecto, y los sistemas de seguridad son insuperables. Tuve que hacer un pequeño arreglo, y lo almacené en la despensa de la nave, accesible a la tripulación que viaja despierta. No fue fácil introducirlo. El problema es…
—… que cualquiera puede descubrirlo —terminó Carlisle—. Estoy seguro de que Alice sabrá manejar la situación. Hablemos ahora del avión. ¿Qué hay del sistema defensivo?
—Se han instalado dos sistemas antimisiles diferentes, pero no ha habido ocasión de probarlos, como comprenderá. En cambio el distorsionador de señales funciona perfectamente, con un radio máximo de dos kilómetros. Está en el compartimento de carga, sujeto con arneses y preparado para funcionar. Hay que tener en cuenta que inutilizará la conexión por satélite y con ella el piloto automático, así que el piloto tendrá que hacerlo todo manualmente.
—No será inconveniente —aseguró Edward.
Nadie dijo nada más, así que Lawrence permaneció en silencio, un tanto incómodo. Sin embargo la situación no parecía resultarle tensa a nadie más. ¿Qué clase de familia podía estar acostumbrada a silencios tan absolutos?
Bella lanzó una advertencia desde la cabina.
—Los tenemos a pocos kilómetros. ¿Cuánto tiempo falta para llegar?
No sabían exactamente donde se encontraba la base naval china, pero Alice podía ver el momento en que intentarían derribarlos. Respondió con un volumen de voz tan moderado que el humano pensó que Bella no podría oírlo desde la cabina.
—Trece minutos. Debes volar bajo, pero no dejes que se pongan encima de nosotros.
Esto pilló por sorpresa a Lawrence.
— ¿De qué están hablando? —preguntó alarmado.
—Te basta con saber que dentro de muy poco comprobaremos cómo funcionan los sistemas antimisiles —comentó Edward con desgana—. Espero por nuestro bien que no hayas dejado ningún cabo suelto, o moriremos todos hoy.
Lawrence empezaba a preocuparse seriamente. La situación era demasiado surrealista. ¿Con que clase de gente trataba sin saberlo?
— ¿Qué estoy haciendo con mi vida? —murmuró enterrando la cara en las manos.
Alice le puso una mano en el hombro para infundirle ánimos. El gesto era de por sí insuficiente, pero la influencia de Jasper bastó para calmarle. Esme le sonrió con dulzura.
—No te preocupes, todo saldrá bien. Dentro de unas horas estarás de vuelta en los Estados Unidos con cien millones de dólares deseando que los gastes.
El pensamiento materialista devolvió un poco de la alegría a Lawrence, que recuperó la compostura. Estar rodeado de semejantes bellezas también ayudaba. Edward regresó de la cabina. Lawrence dio un respingo, pues hace unos segundos estaba delante suyo y no le había visto ni oído marchar.
—Vamos a necesitar que nos enseñe a utilizar el distorsionador de señales.
Lawrence asintió. Se levantó y se dirigió a la bodega de carga en la parte trasera del avisón, seguido por Edward y Jasper. El resto de los Cullen se quedó en la lujosa estancia.
—Falta poco para que empiecen los fuegos artificiales —comentó Emmett—. Odio no participar en la fiesta.
—No seas infantil —le reprochó Rosalie—. Si te portas bien después te compramos caramelos.
Alice, Esme y Carlisle rieron de buena gana, pero su risa se vio ahogada por el creciente rugido de los motores. El aparato estaba acercándose a su velocidad punta, tan rápida que todo el avión vibraba.
Alice se dirigió a la cabina, coincidiendo con Edward, que abandonó rápidamente la bodega. Edward sustituyó a Bella a los mandos del avión. El avión de los Vulturis les perseguía tan de cerca que podía oír los pensamientos de sus tripulantes.
—Jasper ha activado ya el distorsionador de señales. Ellos lo han notado, pero no creen que represente algún peligro. Aro cree que lo hacemos para que no pueda molestarnos a través de la radio.
—Perfecto —opinó Bella—. Supongo que esperarán a capturarnos cuando nos veamos obligados a aterrizar.
—Cierto. Además sospechan que vamos cortos de combustible. No estoy seguro de como han llegado a esa conclusión, pero nos viene bien —quedó en silencio unos segundos—. Aro nos manda saludos —más que hablar escupió las palabras con rabia.
A lo lejos pudieron ver un pequeño punto oscuro sobre el mar, que en realidad era una superestructura metálica de varios kilómetros cuadrados. Edward torció ligeramente el rumbo para no sobrevolarla directamente, pero asegurándose de que el avión ocultaba la base a la vista del otro piloto. Fue fácil, ya que podía leerle la mente para ajustar la maniobra.
—Están mandando avisos por radio en todas las frecuencias —informó Alice—. No creen que seamos peligrosos pero sospechan que somos espías o algo parecido. Van a disparar contra los dos aviones en diez segundos. Acelera al máximo y prepárate para girar 180 grados.
— ¿Saldrá bien? —preguntó Bella.
—Sí —respondió Alice.
De pronto varios misiles emergieron del mar. Probablemente habían sido disparados desde submarinos. Varios de ellos empezaron a hacer movimientos extraños y cayeron de nuevo al agua en cuestión de segundos.
—Esos estaban guiados por GPS. Ahora saben lo del distorsionador de señales —explicó Edward con calma. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para leer las mentes de decenas de personas bajo el agua, aunque le costaba entender los pensamientos en chino.
Edward hizo girar el avión en una complicada maniobra ascendente, intentando dar media vuelta en el aire para alejarse de la zona restringida sin perder velocidad. El avión de los Cullen gimió con un preocupante chirrido metálico cuando la torsión del fuselaje amenazó con partir en dos la nave. Pero aguantaría lo suficiente, Alice estaba segura.
Nada más alcanzar la trayectoria deseada enderezó el avión. El avión de los Vulturis había intentado girar en la otra dirección y Edward ya no podía oír sus pensamientos. Pocos segundos después oyeron a lo lejos una explosión brutal, seguida de otra muchas explosiones menores. Los vampiros pudieron percibir un desgarrador sonido de gritos, ahogado bajo el estruendo de las detonaciones.
—Los han derribado, misión cumplida —exclamó Alice.
—Todavía tenemos que salir de aquí —replicó Edward—. Concéntrate en los misiles.
Alice se concentró en visualizar los misiles que perseguían a su propio avión. Viajaban tan rápido que era difícil mantenerlos enfocados. Guiándose por la mente de Alice, Edward puso de lado el avión abruptamente, creando unas inercias tan grandes que las alas crujieron amenazando desprenderse. Una décima de segundo después, tres misiles les adelantaron como una exhalación, pasando a escasos centímetros del aparato.
Vieron a través del cristal como describían un amplio círculo para volver a perseguir al avión. Mientras tanto pudieron oír un sonido metálico desconocido en la parte trasera del avión. Escasos segundos después, unas potentes explosiones sacudieron el aparato de arriba abajo como si se tratara de un terremoto. Las bengalas señuelo del primer sistema antimisiles habían funcionado perfectamente, eliminando los misiles buscadores de calor antes de que alcanzaran el avión.
Pero quedaban los misiles que les habían adelantado. Por algún motivo no habían activado las defensas automáticas. Probablemente se trataba de una tecnología muy superior. Alice podía ver que en la segunda vuelta los derribarían sin remedio, y además las bengalas no funcionarían aunque las activaran manualmente.
— ¡Jasper! —Gritó Edward— ¡Tienes que activar la defensa secundaria manualmente! ¡Espera mi señal!
Edward tenía ya los ojos cerrados. Se guiaba por las visiones de Alice, y el resto de información sensorial era prescindible. Vio claramente los misiles completando el amplio rodeo y colocándose detrás de ellos. Estaban a más de un kilómetro, pero su sistema propulsor era tan potente que podían acelerar de una manera espectacular. Justo antes de que se colocaran en la trayectoria final, dio la voz de alarma.
— ¡Ahora, Jasper!
Un sonido metálico indicó que Jasper había cumplido su trabajo. Al activar el sistema secundario, se abrió un compartimento en la popa del avión liberando decenas de miles de diminutas bolitas metálicas, que se esparcieron como si fueran el humo de un tubo de escape. En ese instante los misiles aceleraron a su velocidad máxima, recorriendo la distancia que les separaba del avión en menos de un segundo.
La explosión fue más violenta que las anteriores. Los misiles se detonaron al chocar con los pequeños perdigones metálicos, que golpearon las espoletas explosivas a una velocidad combinada de casi 500 kilómetros por hora. La mayor parte de la fuerza de la explosión se perdió en el aire, pero la poderosa onda expansiva alcanzó al avión, zarandeándolo violentamente. El timón de cola y los alerones traseros resultaron dañados, igual que el reactor izquierdo y el tren de aterrizaje trasero. Sin embargo, la estructura reforzada del moderno jet permaneció intacta.
Unos últimos chirridos metálicos se extinguieron cuando Edward redujo la velocidad. Y después vino la calma absoluta.
Pasaron varios minutos hasta que todos comprendieron que el peligro había terminado, y aún así seguían expectantes. Viajaban a tanta velocidad que ya estaban a decenas de kilómetros de la base naval china, fuera de su alcance. Por otro lado, el avión de los Vulturis había sido derribado, llevándose con él a la mayor parte de la guardia de élite.
El plan había funcionado, y muchísimo mejor de lo que hubieran esperado. Pero era tan difícil de procesar… Después de dos semanas escapando una y otra vez de la muerte por pocos minutos, todo había terminado en menos de treinta segundos.
El cielo estaba totalmente despejado, y un sol radiante se reflejaba sobre la superficie del mar. Por primera vez en dos semanas, los Cullen podían respirar tranquilos. De hecho, resultaba increíblemente tentador relajarse y olvidarse de los problemas, pero todavía quedaban cosas que hacer. Como mucho dispondrían de un día hasta que los vampiros derribados se reorganizaran.
No había tiempo que perder. No volverían a disponer de otra oportunidad para abandonar el planeta. Con renovada determinación, Edward orientó el avión hacia Florida. Si todo iba bien, en unas horas estarían viajando rumbo a su nueva vida.
NOTAS DEL AUTOR: Un pequeño rayo de luz se abre paso entre las nubes que cubren el cielo. ¿Qué ha sido de los Vulturis? ¿Cuántos Valium tendrá que tomar Lawrence para dormir? ¿Cómo afecta el criosueño a alguien que no puede dormir? Lo veremos en el próximo capítulo.
Mini enciclopedia ilustrada:
*La antípoda de un lugar es el punto más alejado de él, exactamente al otro lado de la Tierra. Es bastante probable que Bella conociera donde están las antípodas de Florida, ya que vivió allí el suficiente tiempo como para enterarse del curioso dato. De todos modos hubiera podido calcularlo aunque no lo conociera.
*Actualmente los aviones comerciales más grandes vuelan a una velocidad de crucero aproximada de 1.000 Km/h. El Concorde podía alcanzar los 2.200 Km/h pero les retiraron la carta de vuelo tras varios accidentes.
Si no se fabrican aviones más rápidos no es porque no tengamos motores lo suficientemente potentes, sino porque todavía hace falta diseñar aeronaves capaces de resistir la enorme resistencia del aire. Como curiosidad, el avión no tripulado más veloz hoy por hoy alcanza 7 veces la velocidad del sonido (más de 8.000 Km/h).
*Los misiles rastreadores de calor apuntan a las fuentes de calor más intensas, que en condiciones normales serán los motores del avión. Las bengalas de señuelo emiten un calor muy intenso para desviar la atención de los misiles hacia ellas, provocando la explosión a una distancia prudencial del avión. Existen en la realidad.
*El sistema antimisiles basado en perdigones metálicos lo he sacado de la película Air Force One, protagonizada por Harrison Ford. La película es mala de narices a muchos niveles, pero la idea me gustó. En la realidad se utilizan ametralladoras de altísima cadencia de fuego (del orden de 900 disparos/minuto), pero son poco efectivas, igual que la gran mayoría de los sistemas antimisiles.
