Más vale disclaimer en mano que denuncias volando.

No hay lugar en la Tierra donde no pueda llegar el brazo de los Vulturis, ni existe refugio en que los Cullen puedan esconderse de Dimitri. Abandonar el planeta puede ser la clave de la salvación, pero tal vez ni siquiera el espacio sea frontera para su imperio. Y todos saben que un cazador nunca renuncia a una presa.

Exilio

Capítulo 4: Seis años de soledad

La base espacial Cabo Cañaveral era una de los lugares mejor tecnológicamente dotados de la Tierra. Era el orgullo de los Estados Unidos en la Edad Espacial que acababa de nacer. El centro constituía en sí un monumento a la ciencia y la razón, que habían llevado al hombre a colonizar las estrellas. Atrás quedaban los largos siglos en que la magia barata y la ignorancia pretendían explicar el mundo a través de mitos y leyendas de monstruos y gigantes. Viendo las avanzadas instalaciones de la base espacial, no cabía duda de que ahí no quedaba lugar para las historietas fantásticas sobre seres sobrenaturales.

Pero en realidad si que había sitio. En concreto, había ocho plazas reservadas para un aquelarre de vampiros en el siguiente lanzamiento. Era una lástima que nadie pudiera apreciar la ironía…

En la entrada del complejo, fuertemente protegida por gruesos muros y cientos de vigilantes, Lawrence se apresuraba a dar las últimas instrucciones a los Cullen. Estaba tan impaciente por terminar con el maldito asunto que no veía el momento de perder a los vampiros de vista. No respiraría tranquilo hasta que estuvieran metidos en la lanzadera espacial.

—Creo que ya está todo dicho. A partir de aquí cualquier duda la podrán consultar con el personal de la base. Nadie espera que estén familiarizados con los viajes espaciales, así que no es extraño que tengan preguntas.

—Gracias Lawrence —contestó Carlisle—. Has hecho un trabajo absolutamente magnífico. Ten esto —sacó una tarjeta de crédito negra de un bolsillo interior de la chaqueta que llevaba—. No tiene clave. Considéralo una compensación por las molestias que te hemos ocasionado.

Lawrence la aceptó sin hacerse de rogar. Estaba seguro de que todo lo que le pagaran por este trabajo sería poco, aunque Alice sabía que cambiaría de opinión cuando intentara contar cuántas cifras tenía el saldo de esa cuenta corriente. Los Cullen presentaron sus distintas tarjetas de identificación en varios puestos de control hasta entrar en el recinto.

Todo cuanto podían ver sus ojos les hacía sentirse en un mundo diferente, mil años en el futuro. No es que nunca hubieran visto aparatos de alta tecnología en la ciudad, pero aquí todo ofrecía un aspecto futurista. Desde la decoración de las paredes hasta el aspecto de los suelos, todo el conjunto parecía traído de una época donde la elegancia y las superficies de cristal líquido formaban un mismo concepto.

Edward percibió unos pensamientos de alguien que gritaba mentalmente su apellido. No tardó en localizar su origen. Dos hombres con bata blanca corrían hacia ellos con la urgencia impresa en el rostro.

—¡Señor Cullen, por aquí! —gritó uno haciendo señas— Por el amor de Dios, llegan todos tardísimo. Deben embarcar urgentemente en la nave espacial o los preparativos del lanzamiento se retrasarán.

—Ni siquiera hay tiempo para los chequeos médicos. Dense prisa —añadió el otro.

Los Cullen se miraron entre ellos conteniendo una sonrisita incrédula. ¿De verdad iba a ser tan fácil? Se dejaron guiar por el complejo sin decir una palabra, aprovechando para mirar a su alrededor con curiosidad. Carlisle estaba francamente fascinado por el modo tan equilibrado en que los avances tecnológicos se habían integrado en el lugar.

Pero no tuvieron demasiado tiempo de apreciar el escenario antes de llegar a la zona de lanzamiento. Un transbordador espacial más parecido a un avión que a un cohete se alzaba en medio de la gigantesca pista, a cuarenta metros de altura sobre la superficie. Resistentes grúas lo mantenían elevado sobre el suelo, y un sistema de ascensores permitía el acceso a su interior.

Probablemente no era normal que nadie entrara en el transbordador de una forma tan apresurada, sino después de varios exámenes médicos y muchas autorizaciones firmadas, pero los hombres que guiaban a los Cullen tenían tanta prisa que el protocolo ahora mismo no resultaba demasiado importante.

Mientras les mostraban el camino les daban una serie de instrucciones sobre lo que debían hacer cuando entraran a la nave y lo que no debían hacer salvo que quisieran morir en el despegue. Los Cullen ya sabían lo que tenían que hacer gracias a la información que Lawrence había recogido para Alice, pero en teoría debían desconocer el procedimiento, así que se dejaron instruir. Se introdujeron en el ascensor, que comenzó a ascender lentamente hacia la entrada del transbordador.

Todo estaba sucediendo tan rápido que a los vampiros les costaba hacerse a la idea de que su vida estaba dando un giro de 180 grados. Lo normal era tomarse las grandes ocasiones con calma y ceremoniosidad, para hacer evidente la transcendencia del acontecimiento, pero lo que estaban viviendo rallaba en lo cutre. Iban a abandonar su planeta en breve y ni siquiera habían tenido una escena de despedidas. Eso recordó a Bella que no se había despedido todavía de su hija. Extrajo su teléfono móvil y marcó apresuradamente el número de Reneesme, que respondió a la llamada en el primer tono.

—Reneesme, hija… —comenzó Bella con la voz cargada de emoción. Edward se acercó a ella.

—Mamá, ya lo sé. No te preocupes, estaré bien, de veras. Sé cuidarme sola, y además estoy con Jacob y su manada.

—Lo sé. Es solo que… Al final la huída ha salido bien, dejamos atrás a los Vulturis el tiempo suficiente. Pero te voy a echar tanto de menos…

—Y yo a ti y a papá. No me gusta esto, en absoluto, pero comprendo que es la única opción. Es raro que te lo diga yo, pero... tenéis que ser fuertes. Esto no será así siempre. Tarde o temprano podréis volver.

Bella suspiró con un poco más de alegría. Al menos su hija era fuerte, y estaría segura junto a Jacob y los suyos. En esos momentos comprendía por qué Edward había sido tan protector con ella cuando era humana. Los inmortales sufren demasiado ante la perspectiva de que sus seres queridos sufran daño. Las palabras de esperanza de Reneesme eran el clavo ardiendo al que se aferraría cuando no pudiera saber cómo estaba.

—Bella y yo estaremos bien —dijo Edward cogiendo el teléfono—, aunque no sé cuando podremos volver. Tan sólo asegúrate de mantenerte a salvo hasta que las aguas vuelvan a su cauce, ¿de acuerdo? Te queremos… —las últimas sonaron como un balbuceo a causa de la emoción que ya no podía controlar.

Al otro lado de la línea pudieron oír sollozar a Reneesme, incapaz de contener las lágrimas por más tiempo. Carlisle y Esme se acercaron a los apesadumbrados padres para apoyarles. Todos adoraban a Reneesme desde que había nacido y desearían poder llevársela con ellos, pero no era siquiera una opción. Tan sólo podían solidarizarse con Bella y Edward, y esperar que superaran la tristeza lo antes posible. Se turnaron para despedirse de ella, intercambiando buenos deseos y palabras de afecto que taladraban la entereza de Bella.

Y justo cuando terminaron de hablar, el ascensor llegó a su destino. Estaban a treinta metros de altura, frente a una compuerta abierta que conducía al interior de la nave. La versión vampírica del Arca de Noé.

Una hora después, la nave espacial despegó y abandonó la atmósfera, dejando tras de sí una estela kilométrica de fuego y humo.

* * *

Al otro lado del planeta, cierto vampiro rastreador notaba con desconcierto cómo los objetivos que había estado persiguiendo durante dos semanas desaparecían sin explicación, como el sonido de un coche que se aleja por la carretera hasta que no se oye más. Si hubiera tenido más tiempo para pensar hubiera intentado buscar una explicación lógica a lo que estaba ocurriendo, pero se encontraba demasiado ocupado buceando hacia la costa australiana mientras trataba de dar esquinazo a los barcos de reconocimiento del ejército chino.


La ingravidez es una sensación extraña para todo el mundo, ya que nadie la experimenta hasta que sale al espacio. Cuando se flota suspendido en el aire no hay ningún punto de apoyo sobre el que ejercer fuerza. Aunque intentes caminar, no hay un suelo inmóvil que traduzca esa fuerza en movimiento, produciendo una ligera sensación de impotencia.

Sin embargo, cuando tienes una fuerza casi infinita, la sensación es de frustración total. Un técnico de mantenimiento bastante estresado había chocado con Alice en medio del pasillo que llevaba a los módulos de cápsulas de criosueño, y habían quedado ambos atascados.

— ¡Oh, Cullen! Lo siento —se disculpó el hombre —, no había mirado.

—Gibson, ¿con cuánta gente te has chocado en el último mes? —le reprochó Alice.

—No me lo tengas en cuenta. Llevo doce horas seguidas reparando una placa solar y estoy agotado.

—Da igual… anda, estírate.

Ambos alargaron el brazo todo lo que podían para agarrarse por las manos. Tras estirarse hasta que a Gibson le sonó una vértebra, llegaron a entrelazar el dedo índice. Los dos tiraron de la mano del otro a la vez, acercándose lo suficiente para poder empujar con fuerza el cuerpo del otro, consiguiendo así cierta aceleración que les permitió llegar a las paredes del corredor. Desde ahí ya era fácil impulsarse en cualquier dirección.

Alice miró a Gibson al tiempo que alcanzaba también la pared, y pudo ver cómo contenía una risita traviesa. Entonces cayó en la cuenta: no había sido un accidente. Al verla pasar había decidido tratar de chocar con ella, por eso no había podido anticipar el encontronazo.

—Gibson, tienes una manera muy peculiar de llamar la atención.

—Tú sí que llamas la atención, encanto.

Alice puso los ojos en blanco, un gesto que normalmente sólo hacía cuando trataba de vestir a Bella como Dios manda. La mayor parte de los técnicos de la nave ya habían intentado flirtear con ella al principio, pero ninguno de una forma tan invasiva. Al menos no le había retirado la palabra, como los demás. Prosiguió su camino con un suspiro de fastidio. En cuestión de unos minutos llegó al módulo de pasajeros, donde cientos de personas reposaban en un estado parecido al coma, alimentados por sondas de suero intravenoso.

Tenía que suministrar bolsas de sangre a los vampiros. Al principio fue un asunto bastante delicado, pero logró inventar una excusa y que pareciera creíble. Por lo que sabían sus compañeros, algunos de los pasajeros necesitaban un suero alimenticio especial. De momento nadie sabía lo especial que era.

Al llegar a la cápsula de Emmett, la abrió mientras sacaba una bolsa de sangre de la mochila que llevaba en la espalda. El enorme vampiro sacudió la cabeza como si estuviera aturdido. El criosueño tenía un efecto curioso en los vampiros. Aunque no conseguía dormirlos, los aletargaba como si hubieran alcanzado un nivel de relajación muy, muy profundo. Además eso debía ralentizar su metabolismo, porque no necesitaban sangre tan a menudo como en la Tierra.

—Justo a tiempo —celebró Emmett—. Últimamente me venían pensamientos muy extraños sobre sangre. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez?

—Tres semanas —contestó Alice.

—Cada vez aguantamos más tiempo —observó Emmett—. Parece que al final nos va a sobrar un montón. Aunque no sé por qué, eso no me consuela. Tal vez sea porque esta sangre es… ¿cómo se dice "más que asquerosa" en una sola palabra?

El insustituíble humor ácido de Emmett la hizo sonreír.

—Yo tengo que tomarla más a menudo, no te quejes. Por lo que cuentan los demás, en Pandora hay fieras salvajes enormes. Ya tendremos ocasión de probar la gastronomía de la zona cuando lleguemos.

Emmett arrancó con los dientes una esquina de la bolsa de plástico y sorbió rápidamente el contenido. Cuanto menos tiempo lo tuviera en la boca menos desagradable sería la experiencia.

— ¡Ag! —masculló.

—Nadie dijo que cambiar de sistema solar fuera fácil —bromeó Alice.

Emmett la miró pensativo unos segundos. Mientras estaba en ese extraño estado mental provocado por el criosueño, había tenido tiempo de pensar en la precipitada cadena de acontecimientos que les había llevado a abandonar su hogar. En ese sentido, se agradecía tener tiempo para poner los pensamientos en orden.

— ¿Crees que todo esto es una buena idea?

Alice también había tenido tiempo para reflexionar.

—Sí —afirmó convencida—. Lo único que tenemos realmente es nuestra vida, y en la Tierra nos hubieran matado. Incluso aunque quisiéramos volver y plantar cara a los Vulturis, necesitaríamos planear un ataque a gran escala, y ya sabes que eso era totalmente imposible en aquel momento.

—Lo sé. En realidad no tengo ninguna razón especial para quedarme allí, salvo quizá ver a algunos amigos de vez en cuando. Mi hogar está donde esté Rose —acompañó la declaración con un sencillo encogimiento de hombros—. Pero si pienso en Bella y Edward… no suelo ponerme sentimental, pero sé que esto les debe estar destrozando por dentro. No había visto a Edward tan angustiado desde la transformación de Bella, por mucho que se esfuerce en poner cara de póquer.

—Tarde o temprano se adaptarán, dales tiempo. Separarse de su hija les seguirá doliendo, pero aprenderán a soportarlo —recordó de pronto que había algo que Emmett no sabía—. ¡Ah!, a ti no lo he contado. Rastreé el futuro de los Vulturis mientras salíamos de la atmósfera, y no vi ninguna partida de caza hacia los quileutes, aunque eso no garantiza nada. Al parecer el incidente del avión animará a muchos vampiros a crear sus propios ejércitos de neófitos contra los italianos. Probablemente ningún ataque les cause un daño dramático, pero hace pensar que estarán demasiado ocupados como para perseguir a una manada de hombres lobo.

—¡Eso es fantástico! ¿Cómo no me lo habías contado antes?

—Te recuerdo que la última vez me arrancaste la sangre de las manos y cerraste la cápsula. No estabas particularmente hablador.

—Ni tú muy puntual. Llevaba varios días con una sed terrible. Un poco más y salgo yo a buscarte.

—Ya sé que lo hubieras hecho, lo vi. Así me di cuenta de llevarte la ración.

—¿En serio? —preguntó divertido— Creía que al final no tendría valor para hacerlo.

Alice puso los ojos en blanco

—Anda, vuelve a tu crisálida, grandullón. Van a monitorizar esta zona en diez minutos, y todavía tengo que ver a Edward. Nos vemos en unas semanas.

Emmett tendió a Alice la bolsa vacía y se acomodó en la cápsula.

—Más le vale a Edward estar más contento cuando le vea o le sacudiré hasta que sonría. Díselo de mi parte.

—Ya te está leyendo el pensamiento. Buenas noches —y Alice cerró la cápsula.

El siguiente paso era llevar a Edward su ración, tan solo a treinta metros de Emmett. Se impulsó en la pared con cuidado y llegó a la cápsula en una sola maniobra.

En cierto modo, moverse en gravedad cero resultaba bastante interesante. Era algo distinto a lo que estaba acostumbrada, y para moverse con destreza había que practicar. Muchos tripulantes utilizaban botas magnéticas para desplazarse por la nave pegados a las paredes, sobre todo a la hora de hacer reparaciones, pero a ella le gustaba sentirse más liviana que una pluma. Cuando no se quedaba atascada, claro. Maldito Gibson.

Abrió la cápsula de Edward y sonrió al aturdido ocupante.

—¿Desea tomar algo el caballero? Le recomiendo la especialidad de la casa, sangre de cerdo de primera calidad.

Incorporándose, Edward cogió la bolsa que le tendía Alice y la bebió rápidamente, igual que Emmett. Hizo un gesto de asco cuando terminó.

—La próxima vez que hables con el grandullón dile que ya estoy más tranquilo. Y estoy de acuerdo en que tener reservas de esta sangre no es un consuelo. Cuando salgamos de aquí nos va a costar resistirnos al olor humano.

—No creo —opinó Alice—. Nos estamos acostumbrado al sabor de la sangre de peor calidad que hemos probado nunca. Incluso Jasper lo lleva bien. Aunque tengo que reconocer que echo de menos cazar carnívoros —admitió.

—Recuerda que tú no llevas cinco años sin oler a uno... Pero ya llegará el momento de cazar. Aunque últimamente me estaba preguntando cómo metabolizará nuestro cuerpo la sangre de alienígenas. Por lo que puedo leer de la mente de Carlisle, todas las formas de vida de Pandora están basadas en el carbono, y biológicamente son parecidas a las de la Tierra. Sin embargo hay algunas diferencias cruciales que no sabe cómo nos afectarán.

—Tampoco es que podamos intoxicarnos… —observó Alice— aunque tal vez nos debilite un poco. Quién sabe. En cualquier caso, está claro que los animales autóctonos son mucho más fuertes que los de la Tierra, así que tal vez sea más apetecible. Lo que me preocupa es la raza de humanoides, los na'vi.

—Temes que nos atraigan como los humanos —leyó Edward en su mente—. No lo creo. Al fin y al cabo los humanos son nuestra presa natural. Por mucho que la sangre de esos seres sea agradable, no puede ser más tentador que lo que ya conocemos.

—Tú te casaste con tu "cantante", para ti no va a haber nada más tentador —dijo Alice con una risita.

—Tienes razón —admitió sonriendo.

Quedaron en silencio unos segundos. Alice no necesitaba su don para saber lo que iba a preguntar Edward a continuación.

— ¿Cómo está ella? —preguntó con preocupación.

Alice no lo dijo en voz alta, pero no era necesario. Bella seguía sin creerla. Pensaba que la visión de Alice sobre el futuro de los Vulturis era tan solo una mentira piadosa para que no se preocupara por su hija. De hecho sospechaba que Edward había sido quien había convencido a la pequeña vampiro para que la engañara.

—¿Tan sobreprotector soy que cree que la engañaría en algo tan importante? —dijo con exasperación.

—Reconócelo, nunca has dejado de verla frágil como una humana.

—Yo… —quiso defenderse, pero la acusación era demasiado acertada—. Sería más fácil si me dejara leerle la mente más a menudo. Es capaz de hacerlo, ¿por qué no me deja mirar y tranquilizarme? No voy a discutir que me preocupo demasiado, pero si tan solo me dejara…

—Edward —interrumpió Alice, seria—, ella teme igual por ti, y ni siquiera tiene forma de saber cómo te sientes más que por tus palabras. Ella debe confiar en tu fortaleza y limitarse a esperar que no sufras demasiado. ¿Por qué no aprendes a hacer tú lo mismo? Estás acostumbrado a leer la mente a todo el mundo, a que no haya misterios ni secretos para ti, pero no olvides que tu don es tremendamente invasivo —le advirtió.

Edward reflexionó las palabras de su hermana. Eran incómodamente certeras.

—Creo que entiendo lo que quieres decir. Es demasiado egoísta pedirle que renuncie a su intimidad solo para quedarme tranquilo.

—Al menos eso creo yo. Y sobre todo cuando la razón es que no la crees capaz de sobrellevar la situación. Piensa en como debe sentarle que la infravalores así.

De pronto se sentía tremendamente cansado. Necesitaba sumergirse en el criosueño de nuevo. Ahí las cosas eran más sencillas, o tal vez él era más inteligente y las comprendía mejor. La simple idea de no ser un buen marido para Bella le aterraba. Ella había sacrificado su humanidad por él, y casi su vida para darle una hija. Edward no tenía ningún derecho a exigirle que sacrificara también la privacidad de sus sentimientos.

Por mucho que Bella creyera lo contrario, era ella quien había ofrecido más.

—Me rindo, tienes razón.

Alice asintió en silencio.

—Tendré que pedirle disculpas cuando lleguemos. Supongo que es inútil que hagas de recadera ahora —entonces captó una visión que acababa de llegar a la mente de Alice—. O puede que me equivoque. Me quedo más tranquilo ahora.

—Hablaré con ella, descuida. Ahora métete ahí dentro, que todavía nos van a pillar por entretenernos.

Toda la nave estaba bajo video vigilancia las 24 horas del día, así que Alice tenía que aprovechar los momentos en que el personal de seguridad dejaba de mirar los monitores de la sala de control para llevar la sangre a su familia. Con su don era una tarea relativamente fácil, pero aún así los intervalos de tiempo eran bastante cortos.

De vez en cuando los vigilantes se ausentaban por períodos más largos, pero esas ocasiones se las reservaba para estar a solas con Jasper. El celibato no se inventó para los vampiros, y hacer el amor en gravedad cero era toda una experiencia.

El crucero espacial I.S.V. Hope Bringer era una obra maestra de la ingeniería humana, y formaba parte de una flota de catorce naves idénticas que recorrían cíclicamente la distancia entre el sistema Alfa Centauri y el Sol. Combinaba prácticamente todos los avances tecnológicos y científicos de los últimos siglos para recorrer una distancia de más de tres años luz y medio en un período de seis años terrestres.

Era tan grande y pesado que, a pesar de la inmensa potencia de sus motores de antimateria, tan solo podía incrementar su velocidad 15 km/h por segundo. Incluso un coche del siglo XX podría superar esa marca. Pero mantenía el ritmo de aceleración durante casi seis meses, llegando a alcanzar una velocidad igual al 70% de la velocidad de la luz. Se movía tan rápido que al principio Alice tenía enormes problemas para enfocar la nave con su don.

A bordo de semejante joya de la tecnología no había muchos pasatiempos posibles para un vampiro. Alice había memorizado los apuntes de ingeniería genética que había conseguido Carlisle en el primer año de viaje. Después había tenido que distanciarse un poco del resto de la tripulación cuando advirtió que todos los hombres la miraban como si estuviera desnuda, y las mujeres con odio por acaparar la atención.

Sola y sin nada que hacer, con pocos momentos para estar con Jasper, pasaba la mayor parte del tiempo en la habitación mirador. Una enorme sala circular con paredes de grueso cristal, que permitía tener una visión perfecta del universo. Era un espectáculo lo suficientemente bello como para que el tiempo entre reparto y reparto pasara volando.

Admirar el espacio infinito con una vista más aguda que el más preciso de los telescopios. Alice no había contemplado mayor belleza en su vida. Y tampoco mayor esperanza. Desde hacía unas semanas un nuevo objeto se había hecho visible, una silueta casi totalmente ahogada por el fulgor de las estrellas: un gigantesco planeta gaseoso de color azul intenso, orbitando alrededor de las estrellas binarias de Alfa Centauri. Tan solo una pequeña parte de él era visible, y sólo para el ojo de un vampiro, pero su significado era clarísimo: un nuevo hogar.

Solo quedaban cuatro meses para llegar al destino, una de las lunas del planeta. Entonces se acabaría el tener que beber la sangre rancia de animales clónicos de granja, podrían volver a caminar juntos sobre tierra firme, podría pasar con Jasper cada noche, podría…

Podría recuperar su vida.

—Hogar, dulce hogar —susurró.

La luz de sus nuevas estrellas, debilitada por la distancia, arrancó bellos destellos de su piel blanca. Pronto podría sentir también su calor.


NOTAS DEL AUTOR: ¿Cómo encajaran los vampiros en un planeta que no fue creado para ellos? ¿Qué se siente al hacer el amor en gravedad cero? ¿Qué efecto tendrá la sangre alienígena en el organismo del los vampiros? Lo veremos en el próximo capítulo.

Título original: "100 años de soledad", de Gabriel García Márquez.

Por cierto, no hace mucho murió Miguel Delibes (de quien adapté el título del segundo capítulo) mientras empezaba a desarrollar este capítulo. En paz descanse, gran escritor.

Este capítulo parecía condenado a ser una transición casi burocrática entre la Tierra y Pandora, pero al final no ha quedado tan mal. Incluso me atrevería a decir que es interesante, aunque sobre esto la última palabra la tienen los lectores.

La conversación con Edward es un guiño a todas las lectoras que afirman que es un machista controlador. Tal y como lo veo, desde mi perspectiva de hombre, simplemente quiere proteger a la persona que ama, aunque a veces no sepa como hacerlo sin resultar sobreprotector/controlador.

Mini enciclopedia ilustrada:

*La base espacial de Cabo Cañaveral, una isla cercana a la costa de Florida, es el punto neurálgico de las actividades espaciales de los Estados Unidos hoy en día, y no me cuesta imaginar que lo seguirá siendo en el futuro. Como referencia, el primer viaje a la Luna despegó allí.

*Según las leyes de la física, ningún objeto puede viajar a una velocidad superior a la velocidad de la luz. De hecho, acercarse requiere cada vez más energía. Pasar de 0 a 100.000 km/s requiere menos energía que pasar de 280.000 a 290.000, por ejemplo. Por eso la nave no acelera más: porque consumiría demasiada energía.

*Los datos sobre la duración y la velocidad del viaje los he sacado de la wiki oficial de la película, en inglés. Resulta fascinante, pero no quiero pasarme con los datos científicos porque no estoy seguro de que a los lectores les guste "tanto" el rollo ciencia ficción. Es un género muy distinto a la novela romántica, y no es fácil mezclarlos de forma equilibrada.

*El sistema Alfa Centauri es un sistema de tres estrellas. Dos de ellas son muy parecidas al Sol y giran en torno a un punto medio entre ellas en una órbita de 80 años. La tercera estrella es una enana roja, muy pequeña, que gira muy en torno a las otras a una distancia enorme, y de la que todavía se sabe muy poco. No se han encontrado planetas, aunque se ha llegado a la conclusión de que podrían existir. Fue difícil hacer el cálculo, porque al haber 3 estrellas en juego la gravedad hace estragos en las órbitas..

Cabe decir que es el sistema más próximo al Sol, y el único al que sería posible llegar en un futuro próximo. En ese aspecto la película de Cameron es bastante realista.