Con diez disclaimers por banda,
Advertencia de derechos a toda vela,
No corta el mar sino recuerda,
Que la obra no me pertenece a mí.
No hay lugar en la Tierra donde no pueda llegar el brazo de los Vulturis, ni existe refugio en que los Cullen puedan esconderse de Dimitri. Abandonar el planeta puede ser la clave de la salvación, pero tal vez ni siquiera el espacio sea frontera para su imperio. Y todos saben que un cazador nunca renuncia a una presa.
Exilio
Capítulo 5: Himno a la alegría.
El crucero espacial I.S.V. Hope Bringer orbitaba alrededor de la luna Pandora, que a su vez orbitaba alrededor de un gigantesco planeta gaseoso de color azul intenso, Polifemo. Mantener un vehículo de semejantes proporciones en un lugar estable no era tarea fácil, pues había que calcular la atracción gravitatoria de dos estrellas del tamaño del Sol, de la luna del tamaño de la Tierra que tenía debajo, y de la enorme bola azul de gas que cubría el horizonte.
En ese momento la actividad a bordo de la nave era frenética. La esperada llegada a Pandora implicaba que, en vez de diez, ahora había más de doscientas personas despiertas en su interior. Era necesario pasar lista y realizar un chequeo médico superficial para estar seguros de que se encontraban en condiciones de realizar la entrada en la atmósfera. Volver a adaptarse a la gravedad podía ser muy problemático para algunos individuos.
Si el examen fuera más riguroso, con análisis de sangre incluido para detectar casos graves de anemia, probablemente el ajetreo hubiera dado paso al caos, ya que los pasajeros con 25 pares de cromosomas llamarían bastante la atención. Los Cullen no podían evitar sonreír con incredulidad ante la facilidad con la que estaban atravesando todos los controles que podían delatarlos.
El siguiente punto del día era el aterrizaje en la luna. Para ello cada pasajero debía montar en unas enormes aeronaves, llamadas Valkyrias, que eran liberadas sobre el satélite y comenzaba una caída libre más o menos descontrolada. Tras atravesar la atmósfera envueltas en una bola de fuego, activaban los motores para controlar la caída y aterrizar con la suavidad de una pluma.
Los tres vampiros varones más jóvenes viajaron en el primer vuelo, los primeros de la familia en descender. Al cabo de unos minutos notaron con alegría como una creciente gravedad les atraía más y más hacia el suelo de la nave. O hacia el asiento más bien, pues caían prácticamente en picado.
La vista desde las pequeñas ventanas fascinó por completo a los ocupantes del vehículo, pero solo los vampiros pudieron apreciar algo más que un bonito manto verde. Bajo ellos se extendía una selva de proporciones colosales, tan absolutamente salvaje y pura que las mejores selvas artificiales de la Tierra parecían una parodia de mal gusto de la naturaleza. Estaban demasiado lejos como para ver detalles, pero podían captar lo suficiente como para saber que todas sus expectativas se habían quedado pequeñas, raquíticas, insultantes.
Pandora era un colosal monumento a la vida.
Pero la selva ya no era virgen. Había sido mancilla desde el primer momento en que un humano pisó su suelo. Un banco de nubes se apartó, dejando ver en el horizonte la inconfundible huella humana. Un agujero de varios kilómetros de anchura y otros tantos de profundidad, que con su color marrón tierra rompía la homogeneidad del tapiz verde que cubría esa zona del astro. A su lado, la base Hell's Gate parecía diminuta.
Era casi tan indignante como sobrecogedor. Una gigantesca máquina excavadora, tan grande como varios rascacielos juntos, horadaba y acuchillaba la luna, arrancando cada segundo toneladas y toneladas de material sin procesar. Casi todo el mundo había oído hablar de ella, el ingenio mecánico más grande construido por el hombre (excepto los cruceros espaciales), pero verla en persona era tan impresionante que las palabras se quedaban cortas. Incluso los vampiros, acostumbrados a manejar fuerzas que a los humanos les parecían enormes, contemplaron con admiración la mole de metal mientras profundizaba lenta pero imparablemente en las entrañas del satélite.
Los ocupantes de la Valkyria, sesenta soldados nerviosos, estaban sentados, distribuídos como en un avión de transporte militar, y con los cinturones de seguridad bien apretados. Edward iba sentado entre Jasper y Emmett. Para cuando penetraron en la atmósfera, la atracción gravitatoria era tan solo un poco más suave que en la Tierra, y entonces los efectos de la ingravidez comenzaron a pasar factura a los viajeros espaciales. La excitación que sentían en ese momento rivalizaba con la sensación de debilidad y mareo.
Entonces Edward notó algo muy extraño. A medida que descendían, su mente se veía invadida por un zumbido extraño. Pero no lo percibía con los oídos, sino con su don. Como si algo o alguien estuviese provocando interferencias en su radar de pensamientos.
— ¿Qué demonios? —masculló entre dientes.
Por un momento pensó que podría ser un efecto de la gravedad en su propio cuerpo, que castigaba sus sentidos atrofiados, pero le pareció poco probable. No había más estudios médicos sobre vampiros que los pocos que había hecho Carlisle, pero dudaba que su don dependiera de ningún órgano físico al que la ingravidez pudiera afectar.
Repasó rápidamente las mentes de los otros soldados de la nave, por si alguien estaba originando el ruido, aunque fuera inconscientemente. Nada, todos estaban concentrados en analizar las incómodas respuestas de su cuerpo a la ingravidez. Se fijó en sus hermanos, por si acaso, pero ellos ni siquiera se habían percatado de que sucediera algo extraño.
Examinó todas las mentes a su alcance, pero nadie parecía tener nada que ver. Es más, es como si viniera desde abajo, desde el… aunque no fuera técnicamente correcto, Edward pensó en Pandora como un planeta.
—Ed, ¿te pasa algo?
Jasper había notado el cambio en el ánimo de Edward. Emmett le miró con curiosidad.
—No sé que ocurre. Oigo… —reparó de pronto en que debía bajar la voz para hablar de este tema— oigo un ruido de fondo con mi don. Como si alguien emitiera interferencias mentales. Puedo oír con claridad a todo el mundo si me concentro en ellos, pero aún así sale ruido de alguna parte.
—¿Es doloroso? ¿No puedes bloquearlo?
—Tan solo es molesto. Supongo que podría acostumbrarme a soportarlo, pero de momento…
Edward quedó boquiabierto de pronto.
— ¡Cielo Santo!
— ¿Eh? ¿Qué ocurre? —se inquietó Emmett.
Algunos soldados les miraban con curiosidad y poco disimulo desde sus asientos, a pesar de que no podían oír lo que hablaban. De todos modos era difícil que no llamaran la atención los tres juntos.
—Es un ser vivo. Son los pensamientos de un ser vivo. Estoy oyendo fragmentos incompletos de pensamientos.
Jasper y Emmett aguardaron expectantes una explicación más detallada.
—Probablemente desde tan lejos solo pueda oír una pequeña parte de su pensamiento, pero no tiene sentido. Quizá su cerebro es muy primitivo.
— ¿Tal vez alguien con un don defensivo latente, como Bella? —aventuró Emmett.
—No, no es humano —negó Edward con los ojos cerrados, concentrado—. Ni siquiera piensa con palabras. Es casi como ver los unos y ceros de un programa informático, pero bastante más confuso. Aunque tal vez… —esbozó una sonrisa— creo que podría intentar desencriptarlo con un poco de tiempo.
El soldado que se sentaba al lado de Jasper comenzó a cuchichear con el de al lado, creyendo que sus murmullos eran inaudibles. Al parecer había captado algo de la conversación de los Cullen.
— ¿Has oído al crío ese? Dice que oye pensamientos.
—No me fastidies —respondió el otro—, menudo chiflado. Hoy en día se alista cualquiera. Seguro que es el típico niño pijo que va a las duchas cuando no hay nadie.
Ambos rieron por el comentario, y Edward pensó que probablemente tuvieran razón. Hacía siglos que no se duchaba, pero tendría que buscar una manera de evitar las duchas comunes. El papel de niño mimado con miedo a desnudarse en público sería una buena excusa, igual que para sus hermanos. Seguramente se reirían bastante de ellos, pero ser poco populares resultaría más una ventaja que un inconveniente.
La voz del comandante de la nave anunció que estaban a punto de aterrizar en Pandora. En esos momentos sobrevolaban el complejo, y la nave se colocaba en posición para tomar tierra en la pista de aterrizaje descendiendo verticalmente. El descenso final se produjo con total suavidad, y un leve crujido recorrió la nave cuando se apoyó por fin en su tren de aterrizaje.
—A ver, atención todo el mundo.
Un oficial había entrado en la sala. Vestía el uniforme militar regular con la insignia que indicaba su rango de sargento, y llevaba puesta una máscara de plástico transparente que le cubría toda la cara.
—La atmósfera de Pandora es altamente tóxica y necesita filtrarse. Poneos vuestros respiradores y aseguraos de que no entra ni una gota de aire. Bastaría una sola inhalación para dejaros inconscientes, y si nadie os ayuda en unos minutos moriríais. Y francamente, sería una cagada hacer este pedazo de viaje para morir de una forma tan ridícula.
Los soldados rieron de buena gana, aunque en el fondo les inquietaba la posibilidad de ponerse la mascarilla mal y meter la pata el primer día. Tras soltarse los cinturones de seguridad y estirar las piernas, cada cual se aseguró de coger su respirador y ajustarse bien la goma que se amoldaba a la forma de la cabeza, apretando las correas todo lo que podían.
Los tres vampiros notaron con desagrado que su olfato quedaba prácticamente inutilizado con la mascarilla puesta. Todavía podían reconocer la mayoría de los olores, pero eran incapaces de identificar su procedencia. ¿De qué soldado era cada olor? Era como si todos los efluvios surgieran de un mismo punto, del filtro de aire que quedaba bajo su barbilla.
—Al menos así es más fácil estar entre humanos —comentó Jasper con resignación—. Ya no huelen tan bien.
El oficial habló de nuevo.
— ¿Todos tenéis vuestras máscaras puestas? ¿Algún torpón necesita ayuda con la suya?
Hubo un coro de negativas como respuesta. El sargento se aproximó a la enorme compuerta de la nave y accionó los controles que la abrían. Se escuchó el chasquido de los mecanismos y el característico e inquietante sonido de succión de la descompresión. La puerta hermética se abrió y la luz del día entró arrolladora en el habitáculo, obligando a parpadear a todos los humanos.
Hell's Gate, la única base humana en Pandora. Un esqueleto de cemento y metal en medio del vergel. Cientos de soldados y decenas de vehículos se movían por el enorme patio como una colonia de hormigas atareadas. Todos cargando su fusil automático y sus máscaras transparentes.
El sargento saludó con total formalidad a los dos hombres que habían subido por la rampa de acceso, que un momento antes hacía de puerta. Realizaron las presentaciones protocolarias mientras los dos veteranos pensaban en lo ridículo que resultaba el sargento con sus aires de estirado en un lugar como ese.
—Están todos con los nervios de punta —susurró Jasper.
—Cobardicas —comentó Emmett.
—Puedo oler toda la adrenalina que están generando. Diría que tienen poca o nula experiencia de combate.
—Claro —explicó Edward—. Han oído mil historias sobre este sitio, y ninguna es buena. Y ahora les toca meterse de lleno en el cuento de terror. Si no fuera inmortal yo también estaría asustado.
—¿Seguro que no lo estás ya? —le provocó Emmett con una sonrisa burlona.
—Emmett, no tienes por qué hacerte el duro. Puedes sentarte en mis rodillas y contarme tus miedos.
Jasper soltó una carcajada. A Emmett le fastidiaba que le dijeran que se hacía el duro. ¡Como si no fuera el más duro de la familia por derecho propio!
Tomaron la primera bocanada de aire. A través del filtro era más difícil identificar los aromas, pero desde luego el ambiente era radicalmente diferente al de la Tierra, con un ligero olor a almendras. Hacía tiempo que no respiraban un aire tan puro, a pesar de encontrarse en medio de una especie de recinto industrial. Las tenues fragancias de mil millones de plantas inundaban la atmósfera, creando la ilusión de que toda la base humana era un espejismo y que en realidad se encontraban rodeados de árboles frutales y flores silvestres. Unos olores que anticipaban la enorme abundancia de vida animal, que no tardarían en conocer. Y degustar.
Sin embargo el molesto ruido de la maquinaria y las voces de cientos de personas a la vez hacían pensar en el familiar ajetreo de la vida en las ciudades de la Tierra. El sonido de la jungla no llegaba hasta ellos.
— ¡Eh, novatos, moved el culo de una vez! —les gritó un oficial.
Sin decir nada siguieron al resto del grupo cruzando el aeródromo, en dirección a uno de los edificios de la base. Cuando las puertas se cerraron a sus espaldas se quitaron las máscaras con alivio. El módulo al que entraron al parecer hacía las veces de dormitorio para el personal militar. Procuraron no perder detalle del lugar, memorizando la estructura del lugar con todas sus salidas y pasillos. El hecho de que todo el lugar estuviera aislado herméticamente del exterior les iba a dificultar bastante salir sin llamar la atención, pero ya encontrarían la manera.
Cada dormitorio tenía dos literas, cuatro plazas en total. Un panel en la puerta de cada habitación indicaba la identidad de los ocupantes, de modo que cada uno iba entrando donde correspondía al leer su nombre.
—Mirad —señaló Edward tras un rato—. Nos han puesto a los tres juntos.
Efectivamente, el panel de la habitación 168 listaba los nombres de los tres vampiros junto con un tal Jeremiah Higgins. Entraron en el dormitorio cerrando la puerta tras de sí.
—¡Me pido arriba! —exclamó Emmett subiendo a la litera de un salto.
—Yo la otra —dijo Jasper, subiendo también de un salto y dejando caer su mochila al suelo.
—Cualquiera diría que de verdad pensáis pasaros la noche sin moveros de la cama —ironizó Edward, dejando su mochila en la cama debajo de la de Emmett.
—No, pero al menos tengo una excusa para saltar —rió éste.
Quedaron un momento en silencio, en el que nadie tenía nada que decir. Estaban asumiendo su nueva su situación, considerando los pros y los contras.
—Escuchad, hay un problema —dijo Jasper—. O quizá puede serlo. Tendrá que venir un humano con nosotros, y probablemente nos toque pasar varias horas encerrados con él en esta habitación.
—Puedes soportarlo, Jasper —le animó Emmett—. Hace tiempo que no tienes problemas para andar entre humanos.
—Ya... eso creo. De todos modos es una lástima que no podamos abrir la venta para ventilar —bromeó, aunque no tardó ni un segundo en —. ¿Pero qué pasa si viene herido de alguna misión? No sé vosotros, pero mi autocontrol tiene ciertos límites, y oler una herida reciente durante horas es uno de ellos.
—Mmm… tienes razón —reconoció Edward—. A mi tampoco me haría ninguna gracia. Tendríamos que procurar no respirar si eso sucediera, pero tarde o temprano tendríamos que tomar aire para poder hablar.
—Crucemos los dedos para que el tal Higgins sea un tipo duro intocable como los de películas —dijo Emmett, medio preocupado, medio divertido.
Alguien tocó la puerta. Jasper pudo sentir el tremendo nerviosismo de quien estaba al otro lado, y Edward leyó una serie de pensamientos apresurados de los que rescató las palabras "espalda recta y frente alta" y "causar buena impresión", junto con varias especulaciones atemorizadas sobre cómo serían sus compañeros de cuarto.
La puerta se abrió lentamente y asomó la cabeza un joven de rostro casi tan pálido como los propios vampiros. Tenía los ojos abiertos de par en par y se mordía ligeramente el labio inferior, como si tuviera miedo de descubrir lo que había dentro de la habitación. No tendría mucho más de veinte años. Tragó saliva audiblemente incluso para un humano y abrió por completo la puerta, revelando su figura delgaducha y de aspecto frágil. Se enderezó como si fuera a saludar a un alto mando, con la espalda recta y la frente bien alta, y dio unos pasos al frente mientras comenzaba a hablar.
—Buenas tardes. Mi nombre es Jeremiah Higgins, aunque podéis llamarme… ¡Auch! —no terminó la frase porque tropezó con la mochila de Jasper y cayó al suelo, lanzando su propio equipaje por encima de su cabeza—. ¡Ay, me he torcido el tobillo!
Edward escuchó atónito sus pensamientos. "Mierda, ahora van a pensar que soy un inútil. Voy a ser el hazme reír de la base, maldita sea, maldita sea… tienes que arreglar la situación, que piensen que soy guay hasta cuando meto la pata, como cuando me clavé el tenedor en la rodilla en el comedor del cuartel. Venga piensa alguna frase ingeniosa, piensa…".
Los tres vampiros se miraron entre sí con perplejidad. Si alguien había querido gastarles una broma al escuchar el comentario de Emmett, se había pasado. No tenía gracia, maldita sea. Los temores de Jasper acababan de materializarse. "Este tío es más torpe que Bella cuando era humana, con los ojos vendados y las piernas atadas. Edward, ¿apuestas algo a que esta noche ya habrá encontrado una manera de autolesionarse?".
—Bueno, menos mal que no soy equilibrista de circo —dijo Higgins desde el suelo con una media sonrisa nerviosa.
Jasper dejó caer la cabeza, cerró los ojos y se golpeó fuertemente la frente con la palma de la mano. Emmett optó por dar un cabezazo contra la pared. Edward por su parte se sentó en su cama, apoyó los codos las rodillas y enterró la cara en las manos suspirando con resignación.
—¿Tan malo es el chiste? —preguntó Higgins preocupado.
NOTAS DEL AUTOR: Los Cullen han llegado a su nuevo hogar. ¿Encontrarán la manera de cazar antes de que la sed les empuje a matar humanos? ¿Cuánto tiempo sobrevivirá Higgins en Pandora? ¿Logrará Carlisle engañar a las mentes más brillantes de la humanidad o será descubierto? Lo veremos en el próximo capítulo.
Disculpad la tardanza de esta actualización, y ya pido disculpas anticipadas por lo que voy a tardar en subir el siguiente capitulo. Es lo que tienen los exámenes :(
