CAPITULO 8: EL PRADO
Constanza e Isabel llegaron al Prado. La segunda, preocupada por que pudiera aparecer Ares, no se separaba de su amiga. Compraron las entradas y pasaron al museo.
-¿Te dijo donde? El museo es enorme- dijo Isabel.
-Pues no...- dijo Constanza, y comenzó a caminar por el largo pasillo, mirando a su alrededor y mirando las pinturas- no sé cómo, pero sé que me va a encontrar...-
"Lo sé" dijo Isabel, mientras las dos chicas daban vuelta hacia la izquierda, "Hades siempre te encontrará..."
En ese momento, todo el museo se vio envuelto de una espesa niebla. Las dos chicas se alarmaron.
-¿Qué crees que esté pasando?- preguntó Constanza.
-Esto no es normal- dijo Isabel- cita o no cita, es mejor que salgamos de aquí...-
A Constanza no le hizo mucha gracia, pero pensó que lo que decía Isabel tenía sentido: si aquel sitio se estaba incendiando o había una fuga, era mejor salir. Era una pena que su encuentro con el chico del parque se arruinara.
-Esta bien, te sigo- dijo Constanza.
-Ven, es por aquí- Constanza escuchó la voz de Isabel, pues el humo era tan denso que no la dejaba ver más allá de su nariz. Estiró la mano y sintió que alguien tomó la suya- vamos, date prisa-
Constanza se dejó guiar por los pasillos.
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Isabel, por su parte, había tomado de la mano a Constanza y la guiaba por los pasillos, aunque ella no veía nada. Por fin, encontraron a uno de los vigilantes del Museo.
-No se preocupen, señoritas- dijo el vigilante- fue una pequeña fuga de vapor, pero ya está todo en orden. Por favor, disfruten del museo-
Isabel dudó.
-No, la verdad creo que será mejor que nos vayamos- dijo Isabel.
"Tengo un mal presentimiento de esto", se dijo.
-Bueno, si tienen que irse- dijo el vigilante- la salida es por allá, bajando las escaleras-
-Gracias- dijo Isabel, y se dirigió hacia las escaleras, seguida de Constanza.
Bajaron las escaleras y te encontraron con un pasillo corto que terminaba en una bóveda abierta. Sobre la entrada de la bóveda, había un letrero que decía "Tesoro del Delfín".
-¿La salida está por allá?- preguntó Constanza.
-No creo- dijo Isabel- las cosas están cada vez más raras...-
-No tienes idea- dijo Constanza, con voz grave, no propia de ella.
Isabel la miró sorprendida.
-¿Qué...?- comenzó Isabel, pero Constanza la hizo caer dentro de la bóveda de un empujón, entró detrás de ella y cerró la gruesa puerta de metal.
-Hora de pagar la afrenta, humana- dijo Constanza. Isabel la miró con verdadero horror.
-No...- susurró.
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En otra parte del museo, Constanza se había dejado guiar por la voz de Isabel. Recordaba haber subido unas escaleras y pasado por varias salas. De pronto, el humo se dispersó.
-Vaya, que extraño ha sido todo esto...- comenzó a decir, pero de pronto se encontró sola en una enorme sala- ¿Isabel?-
Pero no había nadie con ella. Estaba completamente sola, salvo un par de vigilantes de seguridad, rodeada de pinturas. En el centro de la sala había una estatua. Y la pintura más grande de la sala le llamó la atención.
Esa pintura ya la había visto antes. Las Meninas de Velazquez. Odiaba esa pintura en la que salía una niña, una princesa, que se parecía a su prima Eloísa, volteándose groseramente mientras su sirvienta arrodillada le ofrecía de beber. Suspiró. Miró a la otra dama de la pintura, la de cabello negro que se inclinaba solo levemente hacia la princesa, y quedó boquiabierta.
-¡Isabel!- exclamó.
-Shhhh...- dijo uno de los vigilantes.
-Perdón- susurró Constanza, y fijó su atención de nuevo a la pintura. La chica de pie junto a la princesa de la pintura se parecía bastante a su amiga. Escuchó un ruido a sus espaldas.
Constanza miró hacia atrás, y vio a una chica de cabellos negros salir de la sala a toda prisa.
-¿Isabel?- se preguntó en voz baja, y se apresuró a seguirla.
Bajó tras ella unas escaleras y se encontró en una enorme sala, parecida a la anterior, pero esta vez llena de estatuas. Eran nueve estatuas griegas con forma de mujer, todas vestidas con atuendos griegos. Todas parecían volverse a ella y sonreírle.
-Son las musas...- susurró para sí misma.
Recordaba haber escuchado de ellas en la academia de música. Las diosas de las artes. Todas las estatuas tenían un brazo extendido, y señalaban a la sala contigua.
-¿Quieren que vaya hacia allá?- se preguntó Constanza, y caminó hacia la sala señalada.
Al entrar pudo ver que había una salida, que se trataba de la puerta principal del museo, raramente abierta, y había cuatro enormes estatuas, una en cada esquina. Pero la que estaba a su derecha fue la que la dejó sin aliento.
-¿Mamá?- susurró, boquiabierta. Ni siquiera se preocupó por ver si había vigilantes o no a su alrededor. Miró embelesada la estatua que tenía frente a ella, que guardaba un impresionante parecido a su madre. Incluso el vestido griego que traía puesta la estatua se parecía mucho a los vestidos que le gustaban a su madre. Suspiró ahora llena de tristeza.
-No es mi mamá- dijo en voz baja para sí misma tristemente. Miró la identificación de la estatua. Demeter, diosa de la tierra cultivada. Suspiró tristemente y se dio la vuelta para seguir buscando a Isabel, cuando una voz la detuvo.
-No te vayas- susurró. Constanza se quedó helada. Era la misma voz de su madre. Se volvió hacia la estatua, la cual movió los labios- no te vayas, hija mía, necesito hablar contigo-
-¿Quién eres?- preguntó ella cuando salió de su sorpresa.
-Yo soy tu madre, hija mía- dijo la estatua de la diosa-soy la madre de tu alma, Kore-
Constanza la miró sin entender. Dio un paso atrás, insegura.
-Tu cuerpo es humano, pero tu alma es la de una diosa- explicó la estatua de Deméter- tu verdadero nombre es Kore... o mejor dicho, como el nombre que te puso Hades, eres Perséfone-
Constanza dio otro paso, y chocó contra la helada pared del museo. ¿Hades? ¿Que tenía que ver Hades en todo eso?
-Oh, ¿ese tonto de Hades no te dijo quien eres?- continuó Deméter, al ver la cara de sorpresa de su hija- eres Perséfone, la reina del mundo de los muertos...-
-No es posible...- dijo ella.
-Es la verdad- dijo Deméter- y me extraña que no haya abierto el suelo y te haya llevado con él a la fuerza como hizo la primera vez...-
-El chico del parque... el señor Edgar Alan... es...- comenzó Constanza, sin estar segura de haber escuchado bien.
-Hades, dios y rey del Inframundo- dijo Deméter. Miró fijamente a Constanza- pero esta vez te has salvado. Hades prometió no obligarte a ser su esposa si no lo querías- extendió la mano hacia ella- ven conmigo, al Olimpo, y haremos que el mundo prospere, que la primavera dure para siempre...-
Constanza miró la mano de Deméter y quiso dar otro paso hacia atrás, pero la pared se lo impidió. El hombre del que se había enamorado el día anterior era Hades, el rey del mundo de los muertos. Aquello la llenó de temor. Volvió a mirar la mano extendida de Deméter.
-Vamos, no tenemos mucho tiempo- la urgió.
-¿Porqué?- preguntó Constanza.
-Porque no fue fácil entretener a Hades y engañar a tu amiga para que nos dejara solas- dijo Deméter.
-¿Fuiste tú la que provocó la niebla?- preguntó Constanza, y la estatua asintió- ¿y dónde está Isabel?-
-En un lugar del museo, Ares tiene una cuenta pendiente con ella- dijo simplemente la diosa.
"Ares... dios de la guerra", pensó Constanza "¿acaso me protegió de él? Y ahora ella..."
Se dio la vuelta y comenzó a correr por el pasillo, alejándose de la estatua.
-¡Espera!- le gritó Deméter- ¿a dónde vas?-
-A buscar a mi amiga- dijo Constanza.
-No llegarás a tiempo- dijo Deméter, y Constanza se detuvo- Ares juró que acabaría con ella. Tu amiga morirá por contradecir la voluntad de los dioses...-
Constanza sintió un vuelco.
-No. No dejaré que muera por mi culpa- dijo Constanza- se arriesgó para defenderme de él. No lo permitiré-
Y volvió a correr por el pasillo. La estatua de Deméter se quedó pensativa unos momentos.
-Sabía que era inútil, el alma de Kore ama a Hades- dijo para sí misma la estatua, derramando una lágrima- aunque muestre ese rostro horrorizado, su alma se derrite al verlo- frunció el ceño- no tengo nada más que hacer aquí...-
Y la estatua se quedó inmóvil.
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Constanza corrió por los pasillos del museo. No había ningún vigilante, lo que le pareció bastante extraño, pero no se preocupó más por eso y siguió corriendo. Tenía que encontrar a Isabel pronto, el tiempo se le acababa.
Los cuadros mitológicos y las estatuas la seguían con la mirada. Todo aquello era demasiado escalofriante. Recorrió los cuadros de Velazquez y de Goya, cuando encontró una pequeña abertura en la pared que conducía a una rampa hacia el piso de arriba.
Entró a una sala circular, llena de pequeños bocetos. Hubo 4 que llamaron su atención. Primavera, Verano, Otoño, Invierno. Leyó su descripción. Invierno: tiempo que Perséfone debe pasar en el Inframundo con Hades, su secuestrador.
Constanza se llevó las manos a la boca, cerró los ojos y siguió corriendo. Bajó por la misma rampa y, mientras corría, chocó contra alguien. Era el hombre en quien más había pensado ese día.
-¡Tú!- exclamó ella, apartándose de él- ¡aléjate de mí!-
-¿Qué sucede?- preguntó Hades, sorprendido por su actitud.
-¡Eres Hades!- dijo ella en voz alta- ¿porqué no me lo dijiste antes? ¿Pensabas decírmelo alguna vez?-
Hades se quedó helado, pero reaccionó rápidamente.
-Por supuesto- dijo Hades- pensaba decirte todo hoy. ¿Crees que te iba a ocultar algo?- Hades miró hacia el otro corredor y lo comprendió- Demeter habló contigo, ¿verdad? No deja de jugar sucio desde los tiempos mitológicos. Quiere que vuelvas al Olimpo a vivir con ella y te olvides de mi-
Constanza iba a decir algo, pero recordó a Isabel y, apartando a Hades, siguió su camino.
-Espera, ¿a donde vas?- preguntó Hades.
-Por mi amiga Isabel- dijo Constanza- mi ma... quiero decir, Deméter me dijo que Ares la tenía...-
-¡Ares!- exclamó Hades lleno de furia. Encendió su cosmo y a sus lados aparecieron Hypnos y Thanatos. Constanza los miró asustada.
-¿Cómo...?- comenzó ella.
-Busquen a su amiga- les dijo Hades- al parecer Ares fue quien nos engañó, y la tiene en alguna parte del museo. Encuéntrenla antes de que...- pero se interrumpió.
Los dioses gemelos lo comprendieron, así que solo asintieron y desaparecieron. Constanza se dejó caer de rodillas y comenzó a llorar. Tenía miedo. Hades no supo que hacer. Se puso de rodillas también y la abrazó, mientras esperaba que Hypnos y Thanatos volvieran.
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Isabel había corrido hasta el fondo de la sala, pasando por todos los estantes llenos de tesoros y objetos valiosos, pero no había otra salida más que la puerta de metal. La Constanza de voz grave se convirtió en Ares, el dios a quien más temía.
-Detente, por favor- dijo Isabel.
-Me extraña que te hayas perdido aquí, Isabel- dijo Ares- sobre todo tú, que conoces bien este museo. ¡Cuantas veces no has venido aquí a ver a Las Meninas, orgullosa de ver a esa mujer, tu antepasado más ilustre, en la pintura!-
Isabel no respondió, quedó contra la pared mientras Ares se acercaba a ella. Estaba realmente asustada. ¿Qué le había dicho Hypnos? ¿La ayudaría? No, solo le había agradecido y había puesto una estrella en su frente. Isabel se tocó la frente sin saber que hacer.
-Oh, no temas, tu amigo no nos interrumpirá esta vez- dijo Ares, adivinando sus pensamientos- tiene otros asuntos que arreglar en el mundo de los muertos. Engañé a los dioses del Inframundo para mantenerlos ocupados mientras le daba una oportunidad a Deméter con su hija, y para darme tiempo de acabar contigo, lenta y dolorosamente como te prometí-
Isabel lo miró asustada. Ares la miró con una amplia sonrisa. La chica se dio la vuelta y corrió para alejarse de él, pero no podía dar dos pasos cuando de nuevo se encontraba frente a frente con él. Al cuarto intento, Ares la tomó por el cuello.
-Débil, débil humana- dijo Ares.
-Suéltame...- dijo Isabel casi sin aliento.
Ares esbozó su sonrisa malévola, cuando de pronto notó la estrella de plata brillando en la frente de la chica. La soltó, dejándola caer al suelo sin aliento. Isabel se llevó las manos al cuello. Le dolía.
-¿Qué tienes de especial, humana?- dijo Ares de pronto, e Isabel lo miró sin entender- claramente no tienes un alma divina... ¿quién eres? ¿Porqué Hypnos te marcó?-
Isabel no respondió. Ares se acercó a ella y se inclinó, quien seguía en el suelo. Con su mano derecha la hizo levantar la mirada. Ella lo miró un poco menos asustada y un mucho más molesta. No le estaba gustando nada esa mirada.
-Tengo algo que proponerte, si quieres salvar tu vida- susurró Ares, acercándose cada vez más a ella, hablando directamente a su oído- únete a mí. Eres cercana a Perséfone. Ayúdame a arruinar a Hades-
Isabel intentó apartarse, pero el dios se lo impidió.
-Medita bien en tus siguientes palabras, Isabel- dijo Ares, acariciando el rostro de la chica- que podrían ser tus últimas...-
-No te voy a ayudar a lastimar a Constanza- dijo Isabel con convicción, apartándose de él.
Ares frunció el entrecejo y se levantó, levantándola a ella también por el cuello.
-Respuesta equivocada- dijo Ares- ahora muere...-
El dios lanzó a la chica hacia un lado, haciéndola chocar contra un estante de vidrio, el cual se quebró. Algunos de los objetos de metal exhibidos le cayeron encima. Isabel se llevó la mano a la frente, y sintió entre sus dedos el calor de la sangre.
-No...- susurró.
No tuvo mucho tiempo, pues una de las estatuas negras que estaban exhibidas voló hacia ella. Isabel se giró en el suelo para apartarse del camino de la estatua, aunque se clavó varios cristales en los brazos mientras lo hacía. Se levantó e intentó de nuevo correr hacia la entrada, pero Ares volvió a aparecer delante de ella.
-Te dije que de aquí no ibas a salir con vida- dijo Ares, apartándola de un golpe.
Isabel chocó contra la pared, se golpeó en la cabeza y quedó inconsciente. Ares se acercó para darle el golpe final, pero la estrella en su frente brilló con intensidad y apareció Hypnos frente a ella, apartándola de Ares.
El dios del Sueño miró la sala con el estante destrozado, las estatuas y los cristales en el suelo lleno de sangre. Y después miró a Isabel, inconsciente con lágrimas en los ojos.
-Así que fuiste tú el que nos engañó y nos hizo volver al Inframundo para alejarnos de las dos chicas y que tu tuvieras una oportunidad de hacerle daño- dijo Hypnos.
-No es mi culpa- dijo Ares- Deméter quería hablar con su hija-
Hypnos lo miró con furia.
-¿Qué quieres decir?- dijo el dios del Sueño.
-Nada, solo que Deméter tenía que tener su oportunidad de hablar con Perséfone, ¿no crees?- dijo Ares- la chica tiene que conocer sus opciones. Quien sabe, tal vez le gusta más el Olimpo que el Inframundo... como al resto de los dioses-
Hypnos apretó los dientes y lo miró con verdadera furia.
-¿Cómo te atreviste?- rugió Hypnos.
Ares le dedicó una sonrisa socarrona. Pero Hypnos miraba tristemente a la chica quebrada en el suelo, cubierta de sangre.
-Les prometí que la destruiría- dijo Ares, señalando a Isabel y sonriendo maléficamente- y mi promesa sigue en pie. Nos veremos pronto, Hypnos- y desapareció.
Hypnos se olvidó de Ares y se arrodilló junto a Isabel.
-Has sido valiente, y estás así de nuevo por intentar proteger a mi reina Perséfone- dijo Hypnos- los dioses de antiguo recompensaban a los humanos transformándolos, pero creo que será mejor que sigas con mi reina, porque se afligirá mucho si no regresas a su lado, aunque estés en los Campos Elíseos... así que despierta...-
Las heridas en el cuerpo de Isabel desaparecieron, y ésta despertó y miró a Hypnos con una sonrisa.
-Me salvaste de él... otra vez- susurró- gracias-
Hypnos le sonrió también y le ofreció su mano para ayudarla a levantarse. Ella la aceptó y, una vez que estuvo sobre sus pies, abrazó al dios. Este se ruborizó.
-Eh, vamos...- dijo Hypnos- Constanza debe estar muy preocupada por ti-
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CONTINUARÁ…
¡Hola! Espero que estén disfrutando de esta historia. Yo disfruté mucho escribiéndola. Hasta el próximo capítulo.
Abby L. / Nona =)
