Capitulo 6

Sueño hecho realidad y ¿una boda?

Durante 2 días tuvo el próximo domingo en la mente pero ocurrió algo antes. Había visto a Annie en el gimnasio. Las dos iban a la misma hora, después de hacer un recorrido con zapatillas deportivas. En invierno acudía a la universidad, y en verano era raro si estaban siempre juntas.

Aquella mañana de jueves, Annie le reprocho en voz baja:

-No te he visto por las tardes ningún día de estos. El domingo no has ido, ni el lunes, ni el martes... la pandilla se pregunta qué te ocurre y he encontrado a Anthony sereno sin preocuparse. Dijo que no te había visto y que te dejara en paz… yo creo que estas encerrada en tu cascarrón como si estuvieras a punto de sufrir una depresión…

-No tengo ganas de hablar, Annie.

-Eso es lo peor- y tras una pausa, sin dejar de correr rítmicamente, pregunto- ¿es por el gasolinero?

-¿Qué le pasa al gasolinero?

-No, nada, que yo sepa. Te pregunto a ti. El domingo lo vi fui a poner gasolina solo para verlo. No creo que nos asocie a ti y a mí como amigas, por lo tanto, como no me moví de lauto y a mi lado iba Archie, nos sirvió la gasolina y nos cobro sin pronunciar una palabra.

-No quiero hablar de eso…

-Ándate con cuidado Candy, tu sabes que te quiero y me doy cuenta de demasiadas cosas, no resbales en ese sentido… tus padres…

-Basta-

Candy se detuvo bruscamente y miro a su amiga de frente.

-Deja de sermonearme para eso tengo a mis padres, Annie.

-Tus padres nunca te permitirían casarte con un don nadie y si aun así te casas, te expones a demasiadas cosas negativas, como son que no te quieran en casa, que de su fortuna te den lo que te corresponde por la ley, pero sea alguien ajeno el beneficiario de esa parte de libre responsabilidad, y eso te haría mucho daño. Tu sabes muy bien que tus padres fueron educados en una escuela reaccionaria, una se que tu no la compartes, pero es la suya y estas obligada a respetarla; por encima de los sentimientos están los deberes y tú tienes uno como hija única.

-Prefiero no continuar hablando, Annie.- exploto Candy se alejo de Annie, sentía un rencor hacia ella que no entendía.

Y es que le daba horror pensar que tendría que destruir su destino, torcer toda su vida para dar gusto a dos personas que, por mucho que ella las amase y las amaba, nunca podrían pensar del mismo modo.

Annie la siguió y seguía hablando de lo mismo, pero ella ya se limito a escucharla, porque cuanto más hablaba Annie, mas se cerraba en sí misma, mas se obsesionaba y mas comprendía que nunca podría casarse con nadie, porque el pensamiento de tener que acostarse con su Supuesto prometido le daba repulsión indescriptible. Y en cambio cuando su mente acudía una cama y una compañía como el gasolinero, se rompían en ella todos los esquemas y se convertía en el objeto amado y en el objeto amante. Se había dejado enamorar sin enterarse, había sido seducida seguramente y además intuía que se había enamorado de un hombre noble, educado y fiel, un hombre sencillo dentro de su marcada personalidad, un hombre capaz de llenar sus vacíos y cumplir profunda y abundantemente sus ansiedades femeninas.

Con esta convicción dejo de correr, se vistió después de darse un baño en la piscina del polideportivo y pensó que sería un gran refugio como lao había sido aquellas tardes aquel lugar lejos de sus aristocráticos amigos, aquellos que solían casarse entre sí para no perder sus privilegio.

Ella prefería el pueblo y ser del pueblo, y eso solo ocurría desde que por primera vez vio al gasolinero…

Fue por esa tarde del mismo jueves. El teléfono en su casa sonó toda la mañana y parte de la tarde. Había pedido a Molly, la muchacha de confianza de toda la vida, la que la crío realmente, que dijera que no estaba, aprovechando que sus padres se habían ausentado para ir de compras a la capital próxima: "tú diles que no estoy", le recomendó. Y Molly hizo lo que le mandaba, así que a las cuatro de la tarde de aquel jueves decidió ir al polideportivo. Allí se sentía libre, nadaba, corría, jugaba al tenis con cualquiera de los que se hallaban en la pista. Prefería estar con desconocidos.

Al salir de su casa entro un automóvil un BMW igual al de ella pero color negro. De él salió un rubio de pelo largo con esmoquin y anteojos oscuros. Candy salió corriendo hacia él, lo abrazo con todo el cariño que podría sentir por su tío Albert.

-Creí que vendrías temprano tío…

-Estoy aquí desde la mañana pero tenía asuntos importantes que atender querida. Pero ahora que me he desocupado vine a verte para saber como estas. ¿Y bien?

-Estoy feliz tío, porque estás aquí.

-Yo también estoy feliz. Y ¿adonde vas?

-Al polideportivo.

-Mira qué casualidad, yo te venia a traer para que fuéramos al polideportivo.-Albert sonrió añadiendo- súbete.

Candy obedeció a su tío.

Lo vio de súbito. Nada más llegar al polideportivo, y cuando estacionaba Albert el auto alineado a los demás, a punto estuvo de decirle a su tío que pusiera en marcha el auto o salir corriendo de ahí: pero una fuerza superior la contuvo. Estaba viendo por el espejo retrovisor a Terry Greum que descendía de la moto, que se quitaba el casco y se estiraba y miraba al frente, con aquel gesto suyo altivo, alzando la cabeza.

Al girar los ojos, creyó que él la había visto ya que el inmediatamente camino hacia "ella".

-¡Vaya!- exclamo – Hoy te he visto ya muchas veces Albert.

Candy quedo en shock, Terry conocía a Albert y ya se habían visto varias veces hoy. Vio a su tío que sonreía maliciosamente. Mientras estrechaba a Terry…

-¡Vaya!- volvió a exclamar cuando vio a Candy- Hoy no te has ido a la elite.

Candy dijo en tono bajo, más bien cohibida y titubeante:

-Tampoco venía a buscarte a ti…

-Lo sé. Estas huyendo Candy. Huyes de algo que ya abulta demasiado. Y lo peor de todo es que esos sentimientos que no se notan están dentro de uno. Además, vine a ver a Albert ¿cierto?

-Cierto, Terry, todo según lo hablamos.- los dos rieron con complicidad.

-Tío, de ¿donde conoces a Terry?-

Terry le lanzo una mirada a Albert, una amenazadora como que no dijera nada.

-Bueno lo conocí en uno de sus trabajos, todo un rebelde sin causa.

Seguidamente Terry alzo el brazo y se lo paso por los hombros a Candy.

-Vamos, comportémonos si quieres como dos amigos, que aunque tienen muchas cosas que decirse no se las van a decir. Yo quiero respetar tu silencio, pero ti no te enfades si yo lanzo exclamaciones y te hablo de esos sentimientos que están dentro de mí.

Andrea se detuvo y alzo la cara. Le pareció que Terry era gigantesco.

-Tengo novio te lo he dicho Terry.

-Si ya lo sé- y hundiendo la mano en el bolsillo trasero del pantalón, extrajo una cartera y la extendió ante los ojos de Candy- Mira ¿ves esta mujer, esta jovencita? También era mi novia. Yo también tenía novia, pero le he dicho que no puedo casarme con ella, ni siquiera seguir saliendo a su lado. Cuando los sentimientos mandan, de poco sirve todo lo demás.

Candy se separo de él girando en redondo, esa foto que le mostro era de la rubia una que solo conocía de vista Susana Marlow.

-No te vayas- le dijo- y… sobre tu novio creo que ya lo sé "todo".

Candy se sobresalto. Alzo de nuevo la cara.

-¿Por qué estás aquí? ¿No haces guardia toda la semana por las gasolineras de los Grandchester.

-Tiene algunos días libres al mes, y aunque son los lunes hoy ha pedido el jueves, porque quería buscarte y en vez de eso me encontró a mí.

-Lo siento Candy, esto me entro demasiado fuerte y tu sabes muy bien que yo no lo busque. Fuiste tú aquella mañana de domingo. A punto estuve este último domingo de cambiar con otro empleado e irme a cualquier otra gasolinera de la ciudad, pero no pude. Tampoco soy tan valiente. En el fondo pienso que soy tierno y que me gusta además serlo.

-Ustedes dos traman algo ¿cierto?- pregunto Candy sospechaba algo.

-Bueno, tú me hablaste de un chico que se llamaba Terry Greum y bueno…

-Me llamo, yo no sé porque ustedes dos hablan de mi como si estuviera muerto.- Terry había interrumpido a Albert.

-Se llama Terry Greum, y pues yo conocí a Terry hace dos años y cuando me hablaste de él lo contacte y me dijo todo lo que sentía por ti. Pero que tú ponías por delante tu posición social y tu "compromiso" con Anthony. Además me entere también de que Anthony está saliendo a escondidas con Susana Marlow la antigua novia de Terry hace un año. Ellos son amigos ahora ella le conto su relación con Anthony…

-Bueno no todo solo que se amaban y se iban a casar.- dijo Terry defendiendose de la palabra "relación".

Candy dio media vuelta, quería irse de allí su tío la había traicionado con el gasolinero.

-¿A dónde vas? ¿Con tus amigos o con tu "novio"?- remarco novio con comillas.

-O a casa- replico ella.

No sería fácil de olvidar la conversación sostenida en el polideportivo, cayó en una trampa pero no se arrepentía, él la tomo del brazo y la beso en la boca largamente. No pudo rechazarlo. Jamás nadie la había besado así, jamás nadie la había estremecido de pies a cabeza, jamás nadie la había hecho sentir tanto placer, tanto goce con un simple beso que fue, digamos, como si la hubiese poseído allí mismo, a la vista de todos, pero para ella, imaginariamente, en la intimidad.

No supo en que instante Terry la colocaba en su moto.

-A donde vamos?

-Vendrás conmigo…

Candy volteo a ver a su tío, quien estaba con una gran sonrisa de felicidad.

-Nos vemos Albert…- dijo Terry subiéndose a su moto.

-Cuídala.- dijo Albert apuntándolo y añadió- no te preocupes querida les llamare a tus padres y les diré que estás conmigo.- y le guiño un ojo.

Candy no sabía que pasaba, su tío llamaría a sus padres para decirles que estaba con él, y Terry aparcaba una casa casi antigua que estaba cerca de la gasolinera de la playa. La ayudo a bajar y entraron, le pareció preciosa y acogedora, tenia muebles rústicos preciosos, un mueble que llegaba hasta el techo con estanterías, libros y en medio una televisión y un video, y al otro lado la alcoba, la cocina, los baños, todo separado entre si y todo con distintos niveles y pequeñas escaleras, como si se diferenciaran así unas estancias de otras. Le pareció de un confort especial, intimo, pintada con fuertes colores y contrastando con la madera, las alfombras, que eran muy especiales.

Terry la volvió a besar con tanta pasión que se la transmitió a ella.

-Se que me amas, puedo sentirlo en tus besos.- dijo dándole pequeños besos.

-Si, te amo Terry.-

Terry tomo la delantera y la jalo hacía el, hasta quedar sus rostros a pocos centímetros. Candy se deslumbraba en sus avellanados ojos. Se sorprendió muchísimo. Él ya la estaba besando en la boca, la sujeto por la nuca y con la otra mano la atraía por la cintura. Le pedía permiso para que su lengua entrara y ella no dudo ni un segundo, le gustaba, le gustaba y ella lo sabía y no era fuerte para negarlo

No era fácil, negarse a su encanto, tenía un gran atractivo. Y correspondió su beso con todas sus fuerzas.

Sus lenguas se entrelazaron, danzaban ante los toques, se volvían uno solo. Él le mordisqueo el labio y a ella le gusto. Llevaba años que no sentía un beso así. Ella lo besaba con tanta pasión que él la sintió, sintió su amor, su calidez, su olor, sus dedos acariciando su pelo castaño y le gustaba.

Terry la separo un poco para volver a verla. Le deshizo el cordón que ataba su pelo, y su grueso pelo rubio se extendió.

-Me gusta tu pelo, Candy. Es precioso. Además, siempre huele bien, muy bien.- y la volvió a besar, la separo y añadió- Quiero oscurecer contigo, comer contigo, amanecer contigo.

Candy se sorprendió cuando él le dijo eso parecía un dejavu, todo lo que había soñado estaba pasando y ella no lo podía creer.

Candy se hallo tendida en un sofá y pudo ver la felicidad en los ojos de su querido obrero, estaba dispuesta a entregarse a él. Terry le subía lentamente su blusa hasta quitársela y aventarla muy lejos. Candy se sentía excitada, la beso en sus labios carnosos y sensuales nuevamente le encantaba hacerlo. Luego bajo los besos hacia su garganta, haciendo camino hacia un objetivo sus pechos. Candy al sentir tal calidez que bajaba curvo la espalda y sobaba el pecho bien marcado de él. Terry llego a su objetivo, poso su boca en uno de ellos y lo beso, delicada y suavemente. Antes de cubrir completamente con su boca uno de los pezones endurecidos de Candy.

La joven se retorció debajo de Terry mientras él la acariciaba y le chupaba los tersos senos. Los miedos que la embargaban pronto se vieron anulados por la pasión. Tímidamente al principio, con descaro después, Candy empezó a acariciarle la amplia espalda y los fuertes brazos. El tacto de la piel tibia de su gasolinero, que cubría los poderosos músculos, no hizo más que acrecentar su deseo.

Terry le acarició los muslos de tal manera que le produjo una extraña pesadez en las piernas.

No supo cómo pero ella ya estaba sin brassier, sin jeans y sin bragas. El había sido rápido y muy rápido pensó Candy. Y también el estaba desnudo ya… su sueño mas erótico se estaba haciendo realidad y ella esperaba que fuera con su gasolinero y así fue.

Candy se dio cuenta de que no tenía escapatoria. Su cuerpo le ordenaba entregarse. Terry dibujó caminos de besos calientes y húmedos entre su boca y sus senos, caminos maravillosos, de ida y vuelta. Las caricias de la joven se volvieron, de alguna manera, frenéticas. Candy estaba tan inmersa en las sensaciones que se apoderaban de su cuerpo que no se dio cuenta del cambio de posición de Terry. Cuando sintió contra ella la potente y sólida prueba de la excitación de su marido, gimió y frotó su cuerpo contra el de él, en un arranque de pasión. El joven empezó a abrirse paso dentro de ella y Candy pudo comprobar el alcance de su pasión. Un vértigo, un placer desconocido, la invadió.

Terry se aferró a sus caderas y la inmovilizó. Decidió que un dolor era más fácil de soportar cuando pasaba con rapidez, de modo que la penetró con la mayor velocidad que pudo. Hizo una mueca cuando Candy gritó ligeramente. Sintió que alcanzaba la barrera de su inocencia, y la atravesó.

Temblando por el esfuerzo, se quedó quieto, manteniéndola muy pegada a él, mientras trataba de reavivarle el deseo.

Candy se quedó inmóvil, mirando a Terry, a quien se le habían oscurecido los ojos hasta el punto de tenerlos ahora casi negros. Algo había alisado las arrugas de su rostro y parecía ligeramente ruborizado. El dolor que le había causado había sido fugaz y agudo. Ella tomó fiera conciencia de la íntima unión de sus cuerpos, de cómo eran un solo cuerpo en ese momento. El extraño calor que él era capaz de causarle empezó a recorrerla de nuevo, reavivado por los besos suaves pero candentes de Terry. Apoyado sobre los antebrazos, Terry la observó, mientras

Luchaba por mantener un ritmo suave y lento.

—Responde a mis movimientos, cariño. Sí, así.

Candy se agarró más a Terry y pronto acompasaron el ritmo de sus movimientos. Los del hombre se tornaron más fieros, pero ella no se quedó atrás. Una tensión desconocida la invadió y la obligó a acelerar. Llevó las manos a las caderas de él y las agarró con fuerza, al tiempo que apretaba cuanto podía las piernas a su alrededor. Trató de que la penetración fuera más profunda. Una pequeña parte de ella era consciente de que le estaba clavando las uñas en la piel, pero no fue capaz de detenerse. De repente, algo estalló dentro de ella y se escuchó a sí misma gritar el nombre de Terry, luego perdió toda conciencia. No se dio cuenta de que Terry deslizaba un brazo bajo sus caderas para mantenerla firmemente unida a él.

Los repentinos movimientos salvajes de Candy advirtieron a Terry que el clímax era inminente. Cuando Candy lo alcanzó, Terry se vio arrastrado por ella y rugió su nombre, enloquecido en la cumbre del éxtasis. Un segundo después se desplomó sobre ella. Vagamente, advertía cómo temblaban sus cuerpos y cómo la respiración se había convertido, para los dos, en un caos de jadeos roncos y temblorosos.

Poco a poco, Candy recuperó el sentido de la realidad. Se perdió en su abrazo y escondió la cara de nuevo, esta vez entre la gruesa pelambre del pecho de su marido.

Terry levantó a Candy y la puso sobre su cuerpo, de tal manera que se quedaron nariz contra nariz. Luego le puso las manos, con delicadeza, en sus dulces mejillas.

—Nunca me había gustado tanto hacer el amor. —La besó suavemente—. La verdad es que he disfrutado tanto que deseo probar otra vez cuanto antes.

Candy sintió que la pasión se reavivaba en su vientre, y se arqueó, moviendo el cuerpo de manera tan inconsciente como insinuante.

— ¿Ahora mismo?

— ¿Estás dolorida, amor?

—No, no es nada.

—Eso es todo lo que necesito saber.

Y una vez más, Terry la llevó a las más altas cimas de la pasión. Como ya sabía lo que le esperaba, a Candy se le fueron desvaneciendo los temores, lo que le dio una mayor libertad para disfrutar del encuentro carnal. Gozó con las increíbles sensaciones que su marido provocaba en ella.

Terry le hizo el amor con menos restricciones y precauciones que la primera vez, y dejó que la pasión lo gobernara. Conocía un poquito mejor su cuerpo, lo que le gustaba a la joven. Y ese conocimiento lo embriagó. Su flamante pecosa era una auténtica droga del placer.

Todo para Candy era novedoso y se daba cuenta a medida que lo vivía que se le iba a ser para siempre necesario. El goce emocional y físico, y cuando empezó a amanecer de nuevo y el sol iluminaba la estancia a través de las ventanas, miro a Terry y lo vio dormido a su lado. Parecía un muchacho. En su boca había una sonrisa larga de quien se siente feliz.

Se despertó besándolo en la mejilla. Ya no le daba vergüenza tomar la iniciativa con él, pues había sido su amante toda la noche y había sido un amante deseado y placentero. Salvaje pero le gusto.

-Eres la mujer de mi vida- le dijo- Ya no tengo dudas de equivocarme Candy. Contigo quiero compartirlo todo y dejar atrás la sociedad.

Candy no supo responderle. Estaba envuelta en sus brazos y solo sabía besarlo y abrazarlo.

Terry se acostó de medio lado, junto a ella, y recorrió con el dedo la mancha de rubor que coloreaba sus mejillas.

— ¿Por qué estás tan callada esta mañana? ¿No tienes ni un beso para tu gasolinero?

Un poco vacilante, Candy pasó los brazos por detrás del cuello de Terry y acercó la cara del hombre hacia ella. Por un momento, él se sintió satisfecho con el beso tímido, dulce y aún inexperto que le dio la joven. Luego lo profundizó. Le metió la lengua hasta los más recónditos rincones de su boca de miel, y para cuando levantó la cabeza, estaba sin aliento. Le alegró ver que ella estaba en las mismas condiciones.

Acarició a su joven pecosa la punta de uno de los pezones, y se excitó al notar que se iba endureciendo por la caricia. Cuando puso los labios sobre uno de los senos de Candy, notó que se abrasaba por dentro. La joven se estremeció de placer cuando su esposo puso la boca sobre su pezón endurecido y chupó despacio, delicadamente. Después, lo acarició con la lengua, rodeándolo y lamiendo la punta. Con mucha seguridad, Candy le acarició la espalda. Y en un arrebato cada vez más ansioso, se retorció debajo de él, pasó la mano hacia delante y lo acarició entre los muslos.

Un crudo gemido brotó de lo más hondo de Terry cuando la mano de Candy alcanzó su miembro palpitante. El cuerpo se le estremeció por el placer que sintió. Ella se sobresaltó y se apresuró a quitar la mano, pero él detuvo esa mano en retirada y volvió a ponerla sobre sus genitales.

—Sí, dulce Candy, tócame así. —El deseo le alteraba la voz y despertó una creciente ansiedad en sus caricias—. Siento un placer cercano al dolor. Sí, amor, sí.

Acaríciame; Pon esos bonitos dedos ahí alrededor.

A pesar de los esfuerzos de Terry por contenerse, la salvaje pasión que sentía le hacía perder contacto con la realidad. Las caricias de su mujer lo hicieron ir más allá de cualquier precaución. Para su infinito gozo, Candy lo igualaba en ardor.

A ella le parecía increíblemente placentera la creciente ferocidad de su hombre, a pesar de que esta vez el acto sexual casi parecía un asalto. Ahora, la posesión fue ligeramente dolorosa, pero Candy se deleitó con ella. El clímax los alcanzó a los dos a la vez.

Terry tardó unos instantes en recuperar los sentidos. Cuando lo logró, se levantó sobre los antebrazos y miró hacia abajo a la mujer con quien todavía estaba íntimamente entrelazado. Hizo una mueca cuando vio las marcas rojas que le había dejado en la piel por las bruscas caricias. Sin embargo, el movimiento de las manos de ella sobre su pecho y la amplia sonrisa que le dirigió no mostraron dolor, miedo ni furia, sólo un dulce letargo satisfecho.

Candy se rio de nuevo, y una vez más se perdió entre los brazos de Terry. Sin duda, eran los brazos en los cuales estaba predestinada a acurrucarse. Tras hacer el amor con él estaba plenamente convencida de que había encontrado a su hombre, al único que podía amar.

A medida que el sueño se fue apoderando de ella, se imaginó cómo serían los hijos que tendrían y el futuro sosegado que se dibujaba en su horizonte. Estaba segura de que Terry acabaría compartiendo esos sueños.

Candy y Terry hablaron mucho en aquel amanecer y quedo claro que no regresarían y no aparecerían ante nadie hasta no haberse casado, en silencio, sin alborotos, sin multitudes, ellos solos con su amor.

Terry Greum, al día siguiente, llamo a Albert, su amigo con quien habían planeado todo.

Y tres días después, ante Albert Ardley, Stear Cornwell, Patricia O´Brian Anthony Brown y Susana Marlow, celebraron una sencilla ceremonia en una capilla que estaba en las afueras de la playa.

Después comieron los siete juntos y al atardecer, Terry y Candy regresaron a la casita.

-Lo hemos hecho- dijo Terry mirándola dulcemente.

-Si, ahora nadie nos va a separar- dijo y algo nervios añadió- Solo falta decírselo a mis padres, para saber cómo reaccionan.

-No te preocupes, ahora solo importamos tu y yo,- y guiñándole un ojo – nuestra luna de miel.

Candy se rio débilmente. Ya que las palabras de ahora su esposo la empezó a excitar.

Emitió un gruñido de placer cuando Terry bajó la mano para acariciarle las nalgas debajo del vestido que llevaba. No supo cómo pero siempre su esposo era hábil para quitarse la ropa y la de ella muy rápido. Empezó a retorcerse bajo las caricias de su marido. Se subió a la cama. Con facilidad, Terry subió a Candy sobre su cuerpo, le puso las manos en las caderas y presionó los genitales de ella contra los suyos. La forma suave y erótica en que Terry frotaba su cuerpo contra ella la hizo jadear ligeramente.

Terry fue subiendo las manos por el esbelto cuerpo de Candy, hasta que le rodeó el rostro con ellas y la atrajo hacia su propia cara. Empezó a darle besos suaves sobre los labios y ella enterró las manos en el pelo del hombre y pegó su boca contra la de él en silenciosa exigencia de un beso completo. Manteniéndola cerca, Terry respondió con un gruñido de placer. Ambos se besaban ahora casi con ferocidad. El poco control que el caballero hubiera podido tener sobre su ardiente necesidad se evaporó cuando Candy continuó frotando su cuerpo contra el de él. Terry bajó la mano por el torso de la joven y se abrió paso entre sus inquietas piernas; no necesitó oír el ronroneo de la hembra para saber que ya estaba preparada.

—Monta a tu hombre, pequeña. —Y agarrándola de las caderas la puso en la postura adecuada para lo que él quería.

Candy se sonrojó, aunque no pudo discernir si el color ardiente de sus mejillas se debía a la vergüenza por lo soez de las palabras de él, o al deseo que le producía su voz ronca. Entonces lo miró a través de la cortina que formaba su pelo revuelto.

—No sé muy bien qué quieres que haga.

—Quiero que dirijas el baile. Deja que entre en ti, cariño.

Lentamente, Candy hizo lo que Terry le pedía, y se sentó sobre él, uniendo sus cuerpos. La pasión, que había menguado por un instante, se reavivó de pronto y ardió con rapidez cuando Candy sintió que él la llenaba. Con cuidado, se movió sobre el miembro del marido. El profundo gemido de Terry le indicó que para él la posición era tan excitante como para ella. No podría explicarlo con palabras, pero estaba segura de que en ese momento se hallaban más unidos de lo que nunca habían estado.

Se movió con prudencia y delicadeza. Fue sólo un movimiento suave, pero la dejó jadeante; la sensación fue tan exquisita que le quitó el aliento. No necesitaba que las manos de Terry se apretaran sobre sus caderas para sentir que le urgía hacerlo de nuevo. Su cuerpo se lo exigía.

A pesar de que el placer amenazaba con cerrarle los ojos, Terry se obligó a mantenerlos abiertos. Verla sentada a horcajadas sobre él, con el placer tan claramente dibujado en su bello rostro, le complació tanto que se sintió a punto de perder el sentido. Levantó las manos y le acarició los senos, lo que hizo que ella acelerara el ritmo. Y a pesar de que quería que durara lo más posible, Terry sabía que ninguno de los dos tenía la fuerza o la voluntad suficientes para controlar el ansia de alcanzar la cima del placer.

Cuando sintió que Candy estaba próxima al clímax, la atrajo hacía sí y la abrazó mientras le cubría la boca con un beso. La forma en que ella acompasaba el movimiento de su cuerpo con las embestidas de su lengua lo hizo perder completamente el control. Se aferró a las caderas de la mujer y la mantuvo firmemente pegada a sí, hasta que el gemido de la culminación le llenó la boca. Entonces la levantó ligeramente para penetrarla con mayor profundidad, mientras se le unía en un orgasmo asombroso, enloquecedor.

Habían perdido la noción del espacio y del tiempo. Con cuidado, el caballero se salió de ella, rompiendo la intimidad del abrazo, y acomodó el cuerpo de la mujer, ahora relajado y somnoliento, a su lado. La cálida satisfacción sensual era evidente en cada una de las respiraciones de Candy, se notaba hasta en la manera en que lo abrazaba. Como siempre, lo había complacido y sorprendido por igual. No podía dejar de preguntarse cómo una belleza delicada como ella podía encontrar un placer tan grande.

Tres días pasaron en la casita de nuevo y Candy decidió ir hablar con sus padres y decirles de la boda con Terry…

No le importaba que pasara, si la desheredaban ya no le importaba nada.

Solo el amor que sentía hacia su gasolinero solamente eso.

¿Una boda? acababa de darse cuenta de que se habia casado se sorprendia, ya que siempre decia que no lo haria.

-Una boda.- rio con picardia- Mi boda. Mi boda...