¡SALUDOS!
YOSHI LES TRAE EL SEGUNDO CAPÍTULO DE ESTA LOCA FRIKI HISTORIA.
PRIMERO QUE NADA QUIERO AGRADECER A TODOS QUIENES LEYERON EL PRIMER CAPÍTULO Y TODAVÍA MÁS A QUIENES ME DEJARON SU OPINIÓN EN UN REVIEW…DE VERDAD SE LOS AGRADEZCO :) ME DAN FUERZAS PARA ESCRIBIR (Y ME ENTUSIASMAN COMO UNA ORATE XD!)
SEGUNDO, Y RESPONDIENDO A LOS REVIEWS, PRECISAMENTE BUSCABA QUE ESTE FIC TUVIERA UN NUEVO ENFOQUE DE LA VIDA DE SEVERUS, ASÍ COMO TAMBIÉN HABRÁ MÁS ADELANTE UNA INMERSIÓN MENOS "HOGWARTSENSE"EN LA VIDA DE OTROS PERSONAJES QUE JUEGAN UN PAPEL IMPORTANTE EN EL DESARROLLO DE LA PERSONALIDAD DEL PRÍNCIPE MESTIZO (SUS PADRES, LILY, LOS MERODEADORES, LUCIUS MALFOY, ENTRE OTROS QUE NO DIRÉ PORQUE LES ARRUINO LA SORPRESA XD! )
PD.
LEÁNLO HASTA EL FINAL…AL PRINCIPIO PUEDE RESULTAR CONFUSO, PERO AL FINAL SE EXPLICA TODO :D
Y BUENO, PARA DEJAR DE ABURRIRLOS, LA HISTORIA:
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Capítulo 2:
El carruaje de la reina
La tarde estaba, fuera de su casa, bastante helada. Nada tan helada como para compararse con la mañana de aquel día, no obstante, Severus acabó estremeciéndose de frío apenas habiendo caminado dos cuadras lejos de su vivienda.
Sentía el viento helado castigando sus fosas nasales a cada momento de inhalación, para luego torturar a sus pulmones, y sus dientes estaban castañeando terriblemente. Una molesta vocecita en su cabeza le sugirió que renunciara a su paseo vespertino, pero él la ignoró rebeldemente.
No había visto la hora antes de dejar su hogar, sin embargo, el color del cielo y la posición del sol y de su propia sombra; le aseguraban no tener más de dos horas para jugar antes de que oscureciera y estuviera obligado a regresar.
Se abrazó a sí mismo para ceñirse aún más el largo abrigo contra el pecho y continuó su camino por la congestionada y eterna Spinner's end.
No había mucho para mirar en torno a Spinner's end. Si no eran las casas, las únicas opciones que quedaban eran: el suelo, el cielo y la grotesca chimenea de la fábrica de acero.
El suelo, equivalía a la acera mugrienta y a la calle adoquinada, y ninguna de estas cosas era bonita ni interesante.
El cielo, sólo era interesante de madrugada; cuando las emisiones de humo negro y rojizo cesaban.
Y, por último, la gran y vieja chimenea – databa de principios del siglo XX y había sido readecuada para la acerería pues antes había servido a una fábrica textil – de aquella anticuada siderúrgica era definitivamente lo que menos dejaría gusto en los ojos de cualquier espectador forastero, peor para los habitantes del barrio que tenían que vérselas día a día con la pestilencia que esta derrochaba.
Visto de esa manera – y precisamente esa era la manera en la que Severus veía a su barrio – lo único menos malo por contemplar eran las casas; todas ellas similares con sus ladrillos arrebolados, sus estrechos dormitorios y sus austeros moradores.
Las casas, nada independientes unas de otras, cada una más parecida a la anterior; se repetían incesantemente a lo largo de toda la calle, afirmando la sensación del caminante de no avanzar nunca.
Para Severus, cuyas piernas, en algunas ocasiones, apenas podían con su propio peso, este camino resultaba todavía más tortuoso de lo que podría ser para cualquiera. No obstante, el destino que le aguardaba al terminar la calle, bordear la escuela y cruzar tres grandes lotes vacíos; era suficiente recompensa para que el chiquillo no abandonara la empresa de aquella tarde.
Hacía un mes atrás, el muchacho había descubierto que, en una parte del muro de contención del río, el cual separaba a su barrio del inicio del bosque, había una pequeña abertura por la cual, afortunadamente, él podía pasar con no mucha dificultad.
Desde entonces Severus podía acceder al bosque, el cual estaba negado para todos los demás; siempre que quisiera, y siempre que su madre le diera permiso.
Severus sonrió para sí mismo. Tenía locas ganas de visitar el bosque, pues no había podido salir en semanas, por su enfermedad y por el clima.
Además, sin saber por qué; tenía, esa tarde, el corazón inusitadamente inflamado de emoción. Una emoción extraña y sin fundamento, algo indescriptible que se agitaba cálido en su pecho y le anunciaba parabienes.
Un buen presentimiento.
Algo bueno le esperaba. Un regalo, tal vez…El día anterior su magia le había sido arrebatada, entonces, el actual debía compensárselo…Era su derecho… ¡Era su cumpleaños, después de todo!
Anduvo presuroso y anhelante, durante lo que a él le parecieron horas – y que en realidad fueron veinte minutos – antes de detenerse en su primer punto de descanso.
Las grandes, pesadas y metálicas puertas de la única droguería en su barrio eran el indicador que anunciaba a Severus haber cubierto recién la mitad de su camino. Se detuvo en seco, en medio de la transitada acera, para frotarse las manos y recuperar el aliento.
La gente pasaba masivamente por allí, y mientras lo hacían, muchos de ellos prácticamente le atropellaban.
Severus les esquivaba lo mejor que podía, pero dejaban tan poco espacio en la acera, que, más de una vez, Severus sintió que daba a alguien un buen pisotón. A nadie pidió disculpas el muchacho, así como también ninguno de entre quienes le apartaban rudamente tirándole del brazo, o quienes le asestaban algún golpe con el bolso – conscientes o no – le ofreció una a él.
La mayoría de los transeúntes, muchos de los cuales eran vecinos suyos, le lanzó breves miradas de algo que Severus reconocía como una mezcla de asco y lástima, antes de alejarse totalmente indiferente de él.
Era realmente agobiante el ritmo en ese punto de la calle, mejor dicho; en aquel punto de la acera. La gente se aglutinaba siempre en la vasta, pulcra y perturbadoramente sombría droguería. Esto a Severus siempre le parecía demasiado extraño.
Si las frecuentes visitas al lugar correspondían al elevado número de enfermos en el barrio, resultaba poco creíble cada vez que Severus notaba lo sana que lucía la abundante clientela del señor Wenders, el dueño de la droguería. Además resultaba todavía más extraño que la clientela se mantuviera así de abundante todos los años, devotamente mes a mes.
Sus propios padres solían frecuentar mucho la droguería para abastecerse de medicinas para él. Sin embargo, su número de visitas era bastante menor que el del resto del vecindario. Y esto era bastante intrigante, si se tenía en cuenta que el único hijo de los Snape pasaba más días enfermo que sano.
Claro que el pequeño era consciente de que él no podía ser el único chico del barrio propenso a enfermarse, pero, aún así, era rotundamente imposible que los otros chicos del barrio se la pasaran enfermos todo el año. Aquello le quedaba totalmente demostrado por aquellos años que había asistido a la escuela, dentro de los cuales había sido el estudiante con más alto índice de ausentismo de su promoción, por cuestiones de salud.
Y sobre todas las cosas que más le intrigaban respecto a la droguería, estaba el dueño de la misma, el doctor Balthus Wenders.
A Severus no le agradaba Wenders en lo absoluto.
Severus, quien estaba ahora de espaldas contra una de las puertas de la droguería para evitar el atropello de la concurrencia, se permitió echar un cauteloso vistazo al interior. El doctor Wenders se hallaba atendiendo a la señora Rivers, otrade las personas menos favoritas de Severus en todo el barrio.
No había en todo el lugar una mujer más chismosa y petulante. La señora Keith Rivers: una cuarentona viuda, de cabello rubio, muy espeso, y saltones ojos azules, que no dejaba nunca de hablar mal de su madre a todo el mundo. En otra circunstancias hasta podría haberse dicho que era bonita, pero cada vez que Severus la veía no podía evitar que su estómago se revolviera de la ira, y que en su rostro se formara un grotesco gesto que evidenciaba toda la antipatía que sentía hacia la mujer. Y era precisamente por esta razón, que la señora Rivers le acusaba de maleducado y todas las otras "ilustres damas" del barrio le concedían toda razón.
A Severus le daba igual cómo le llamaran, simplemente no podía ocultar cuánto la odiaba y, al menos, no pecaba de hipocresía, pues aunque Rivers no lo confesara con palabras, no era desconocido para nadie que ella les detestaba también: a él y a su familia.
Siempre estaba criticándoles y ofendiéndoles cada vez que tenía oportunidad; y lo que Severus más odiaba: a veces tenía la osadía de decirle que lo compadecía. ¡Que lo compadecía!
– ¡Vieja estúpida!– pensó el niño, mientras, olvidándose de Wenders por completo, ahora miraba con furia a la esbelta rubia. Una mirada penetrante, fulminante y asesina.
Quizás era cosa de que Severus fuera mago pero, cada vez que el niño lanzaba ese tipo de miradas con sus intensos ojos negros, era imposible no notarlo.
La señora Rivers sintió de inmediato la punzante mirada de odio sobre su nuca e irrefrenablemente miró sobre su hombro. Al mismo tiempo Wenders detuvo las cuentas que realizaba y direccionó sus ojos acertadamente hacia la puerta tras la cual, ahora, el niño se ocultaba.
Rivers al no encontrar nada regresó su atención a sus asuntos con Wenders, el cual no dejó de mirar directamente hacia Severus –Aún tras la pared– hasta que se hubo marchado de allí.
Totalmente incómodo Severus retomó su camino.
Dejó de abrazar su pecho pues sentía sus brazos engarrotados por haber estado doblados tanto tiempo. Los dejó caer libres y continúo caminando; pensando en Wenders, mientras las mangas de su largo abrigo se arrastraban de vez en cuando.
Wenders le aterraba porque siempre parecía saber cosas que los demás no.
Severus sentía verdadero pánico cada vez que ese sujeto le miraba, porque no le miraba como los demás; era el único que no le lanzaba esas miradas de repulsión o lástima a las que ya se había acostumbrado. Sin embargo, le miraba siempre fijamente, y cada vez que aquello acontecía, a Severus le quedaba una paranoia pertinaz – que podía durarle días – de que el tipo siempre le estaba vigilando.
Y es que el doctor Wenders tenía una mirada que daba terror: unos grandes ojos marrones grandes y muy abultados con negras ojeras resaltándolos. El rostro era alargado y sonrosado –lo cual contrastaba horriblemente con sus ojeras – llevaba el pelo siempre corto y pegado fuertemente sobre el cráneo.
Dicho cabello, para acentuar su rareza, era totalmente blanco, aunque Wenders no era ni anciano ni albino. Las cejas eran muy finas, poco espesas e imperceptiblemente marrones, aunque de lejos parecía habérselas rapado. Era altísimo y tenía la contextura muscular de un titán y, si bien su rostro no era muy agraciado, quizás su físico les resultaba muy llamativo a Rivers y a otras solteronas del barrio, que no dejaban de coquetearle siempre. Eso sin mencionar que era propietario del local de su negocio y de una casa cercana, en la que residía completamente solo.
Wenders era neumólogo y, aunque no era el único doctor en el barrio, era el más solicitado a la hora de las consultas.
Era un tipo poco paciente y casi siempre estaba de mal humor, pero su gran dominio de la medicina general – aparte de su rama de especialidad – le había dado bastante popularidad a pesar de sus ríspidas maneras para con la gente.
Tenía cierto aire de superioridad que sólo podía competir con su alta estatura. Solía mirar a todo el mundo con expresión de estar mirando a insectos desagradables, incluso a sus colegas.
El doctor Leonard Huske y su esposa Rose –quien era enfermera y jefa del departamento médico de la escuela a la que Severus había asistido alguna vez– eran los únicos a los que Wenders se dirigía con algo de respeto. En cambio, el viejo doctor Malloney, famoso por su floja memoria y su característico olor a ungüento mentolado, era su objeto de burlas por excelencia.
A diferencia de los anteriores, Wenders no tenía un consultorio donde atender a sus pacientes. Si se requería de sus servicios era necesario ir hasta su casa, la cual quedaba a cuadra y media de la droguería; en Bazin et Renoir, paralela a Spinner's end.
Severus sólo había pisado esa casa dos veces en su vida, según lo que recordaba o le habían dicho.
La primera vez había sido cuando él tenía dos años de vida y por supuesto que no la recordaba. La segunda vez era reciente: hacía escasas tres semanas se había puesto muy mal; en medio de la noche había dejado de respirar y sus padres le habían tenido que llevar con Wenders de urgencia, muy a su pesar, pues ni a Tobías ni a Eileen les agradaba, más de lo que a Severus, el arrogante hombre.
Severus se detuvo por segunda ocasión, esta vez para arremangarse su, exageradamente más grande que él, abrigo color gris ratón, cuyas puntas estaban mojadas y sucias por la nieve de la acera. Notó cómo en su caminar, el arrastre de la cola de su abrigo había dejado una estela en medio de la nieve.
Exprimió sin esmero la parte trasera de su abrigo y luego se subió aquella prenda hasta el pecho y se ciñó las ataduras de la misma lo más alto y fuerte que consiguió.
Siguió avanzando esta vez con más prisa, pues con sus manos mojadas, tenía ahora un frío casi paralizante, aún así, contempló complacido: A unos cuantos metros de distancia ya se avistaba su segundo punto de referencia: la escuela.
Su alegría desbordó sobre su rostro en la forma de una sonrisa completamente abierta. Su reciente incomodidad por culpa de Rivers y de Wenders quedó inmediatamente olvidada.
Todavía estaba el sol brillando y él ya casi había alcanzado la escuela.
Tenía tiempo aún, y ahora en verdad estaba cerca de llegar a su destino.
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Una brisa bastante helada le pegaba de lleno sobre la cara.
Tenía la sensación de estar flotando. Sentía el vacío a su alrededor, tan amenazante como placentero. Extendió sus brazos y estiró sus piernas como para caminar en puntas.
Tenía, en ese momento, el mismo sentimiento que habría experimentado una bailarina de ballet danzando sobre las nubes.
Bajo sus pies, la sensación de vacío era todavía más intensa.
Estaba etérea.
Algo dolía en su corazón, algo indescriptible, un sentimiento hecho de fuego.
Su corazón estaba envuelto en llamas, pero por alguna extraña razón no sentía miedo.
Aquel fuego dolía, la mataba, pero al mismo tiempo la elevaba. Era como si alguien le hubiera cosido un par de alas con hilos de fuego a su corazón.
¿Qué podría ser esa sensación?
Entonces recordó, sólo un poco.
No siempre había sido así.
Antes había experimentado temor, temor verdadero.
Un temor silbante. Un brillo verde.
Pero ese miedo ya no habitaba en su corazón desde hacía eternidades.
No ahora que ella misma parecía danzar de júbilo, habiendo cumplido su misión.
¿Qué misión?
Lo ignora.
Pero entonces, un recuerdo…
Sólo uno.
Una promesa…
Suena una voz en su memoria. Una voz que ella conoce.
¡Jamás la ha oído! Pero…
Sabe bien que lo conoce.
Lo.
A él.
Su cuerpo continúa tan volátil como vaporoso, se siente como una ligera pluma mecida en el viento frío.
No quiere abrir los ojos. No quiere despertar, despertar significaría comprender que aquella sensación fascinante era tan solo un sueño.
Sueño…
No está dormida.
¿O sí?
No lo sabe.
Y entonces…
De pronto, los hilos que sujetan las alas de su corazón, se rompen.
Desciende.
Se precipita sin control.
Caerá…
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– ¡Lily!–La voz de su hermana la hizo despertarse de golpe.
Todavía desubicada, abrió sus ojos. Parpadeó varias veces antes de comenzar a frotarse los ojos para aclararse la vista.
Transcurridos unos minutos, la pequeña pareció orientarse un poco.
Se hallaba en el interior de un auto. El cinturón de seguridad todavía hacía presión contra su pecho.
Miró el rostro de quien la había despertado.
Había una niña pequeña que la miraba desde afuera por la ventana abierta del auto. Su rostro esbozaba una sonrisa franca mientras la observaba. Usaba un hermoso suéter color violeta, sobre un vestido blanco y pantalones color violeta. Encima de todo el atuendo un extraño, artesanal y enorme bolso multicolor se ceñía sobre su pecho. Tenía el pelo rubio recogido en dos coletas bajas y una mirada de bienvenida clavada sobre la pelirroja.
La pequeña pelirroja, en cambio, todavía parecía confundida. La miró silenciosamente unos segundos. Luego analizó sus propios pensamientos. Tenía la sensación de haber aterrizado desde muy alto y muy intempestivamente. Una caída tan fuerte que le dolía con fuerza todo el pecho.
No podía recordar nada antes de ese momento.
Cerró los ojos, y el dolor del pecho se intensificó a la menor tentativa de recordar.
Abrió sus ojos nuevamente y la pequeña rubia seguía allí.
– ¡Al fin!– Dijo ella resoplando.
La pequeña todavía confundida, no respondía. Miraba hacia la rubia, con sus verdes ojos muy abiertos.
– ¿Qué ocurre? ¿Aún no despiertas bien?– La niñita rubia llevó sus manos a ambos lados de sus caderas. Al verla la niña pelirroja sintió una punzada extraña en el fondo de su pecho, como si alguien tirara de su alma.
– ¿Despertar?– Lily susurró. El dolor en su pecho comenzaba a aminorar.
Ahora recordaba.
Ese día, martes 9 de Enero era el día que había estado esperando con ilusión. Ella y su familia al fin se mudaban a su casa propia.
– ¿Tuney?– Llamó la pequeña, frotándose sus ojos nuevamente.
Era Tuney, era Petunia. Los ojos de la niña se enrojecieron cual si estuvieran a punto de llenarse de lágrimas. Tenía ganas de llorar y no tenía idea del porqué. Se rió de sí misma.
Había tenido una pesadilla, seguramente.
Se quitó el cinturón de seguridad y bajó del auto. Al salir tuvo una completa visión de su nuevo entorno:
Estaban frente a una casa color amarillo muy claro, con sus tejas marrones cubiertas de blanca nieve y sus, igualmente blancas, cercas de jardín.
– ¡Oh, cielos!– suspiró la chiquilla del cabello de fuego. Había nieve por encima de todo el lugar, pero lo que le había causado emoción era saber que ahora tenían jardín,jardín que, sin duda, debía estar allí debajo de toda esa nieve.
Alrededor de la casa distinguió a sus padres hablando entre ellos, y a los señores encargados de la mudanza, bajando sus pertenencias de un enorme camión gris. Su padre estaba sonriente, radiante; justo como su madre.
Petunia estaba frente a ella y todavía la miraba algo desconcertada.
– Te quedaste dormida a mitad del camino – Por fin habló la rubia. Lily suspiró con resignación. Había estado esperando ese día tanto tiempo, que había jurado que no iba a perderse ni un detalle del primer viaje.
El primer viaje a su nuevo hogar.
Petunia ya había viajado dos veces antes hasta allí, pero para Lily aquella era la mera primera vez. Aún así ambas habían estado muy ilusionadas con ese día.
Juntas habían empezado todo tipo de rituales para honrar aquel acontecimiento:
Habían tachado día tras día – durante tres meses – en el calendario hasta que al fin había llegado la fecha de mudarse, y habían comprado un álbum de fotos, con los ahorros de ambas. Habían dibujado su nueva casa muchísimas veces en casi todos sus cuadernos de la escuela, Petunia según sus recuerdos y Lily siempre según su imaginación pues no la conocía todavía.
Pero como deseaban hacer algo todavía más solemne y como Petunia había aprendido recientemente a tejer, habían tejido juntas un gran bolso con lana de todos los colores. Les había tomado dos meses completos terminarlo. Hubo incluso días en los que dejaron relegadas sus tareas de la escuela, con tal de avanzar el tejido, pero al final su esfuerzo dio buenos frutos: lograron acabar cuatro días antes de la mudanza.
Por todo esto, aquel bolso era el orgullo de ambas, a pesar de que su aspecto final no había quedado como el que ilustraba el libro de patrones del cual habían sacado la idea.
Petunia era en realidad quien lo había tejido, Lily sólo había ayudado en lo que podía: sujetando las madejas y desenredando los nudos. Por eso – y aunque habían decidido que ambas serían dueñas del bolso – Lily dejó que ese primer día en la nueva casa, lo usara Petunia. Ya le tocaría a ella otro día.
El "Bolso Ceremonial"– así lo habían bautizado por acuerdo mutuo – constituía el sueño de ambas de encontrar valiosos y raros – más raros que valiosos – tesoros en su nuevo vecindario y guardarlos dentro de aquel sagradísimo contenedor.
Ahora que al fin estaban allí, había llegado la hora de hacer recuerdos.
– ¡Mira!– La pequeña Petunia señaló con el índice hacia la casa que tenían en frente – ¡Es nuestra casa!– la chica echó a correr, en medio de contagiosas carcajadas. Lily la siguió lentamente girando sobre sus pies conforme avanzaba, mirando a uno y otro rincón de su nuevo vecindario. Su cabello rojo oscuro, ensortijado y suelto; latigueando libre sobre el viento frío.
– Aún no, Petunia – Su padre la detuvo antes de que pudiera hacerse camino a la entrada de la casa, para luego auparla en sus brazos – Deja que los señores terminen su trabajo – Su padre hizo un gesto hacia dos hombres que cargaban un pesado sofá hacia dentro de la casa.
– ¿Cuánto más van a tardar, papi?– El rostro de Petunia hervía en impaciencia. Su padre le dio un sonoro beso en la frente y la bajó de sus brazos.
– ¿Por qué no vas con tu hermana a mirar el vecindario? – Sugirió el señor Evans a la mayor de sus hijas – Seguro que han acabado de mudarnos para cuando regresen –
Petunia miró sobre su hombro, Lily estaba a unos pasos de ella mirando perdidamente a un gran árbol que se veía a varios metros de distancia, tras los grandes portales que separaban la urbanización de la avenida principal.
– ¿Cuánto?– La pequeña rubia sujetó una de sus coletas con ambas manos, mirando suplicante a su padre.
–Diez minutos, cariño – Contestó la señora Evans, uniéndose a la enternecedora escena.
–¡Está bien!– La niña se abalanzó a su hermana menor, la tomó por la mano y comenzó a guiarla lejos de la casa.
Lily no se opuso, pero la miraba desconcertada. Petunia avanzaba por delante, a grandes zancadas.
– Daremos un paseo, Lily – Explicó Petunia deteniéndose, ahora miraba indecisa a las distintas direcciones que podía tomar. Lily aún miraba extrañada a su hermana mayor.
–Papá ha dicho que podíamos…– Aseguró Petunia a Lily, y esta al escuchar que tenían permiso, relajó su preocupación, ahora ella era quien se apresuraba, justo por delante de Petunia, llevándola de la mano hacia algún sitio que ni ella misma conocía.
–¡El parque, Tuney! ¡El parque! – Lily tiró más del brazo de su hermana, pero la chica se puso rígida sobre sus pies frenando el caminar de ambas.
–No, Lily…Espera…
–Me dijiste que había un parque… – Lily curvó sus labios en una mueca de decepción.
–¡Sí que lo hay!– Petunia se apresuró a confirmar.
–¿Entonces? –Lily todavía parecía escéptica.
–No es por ahí…Es por acá – Petunia levantó su mano para señalar en dirección opuesta a la gran avenida que daba a las puertas de la urbanización.
–Pero sólo jugaremos diez minutos ¿Entendido? – Petunia colocó las manos sobre sus caderas, y se elevó sobre toda su estatura adquiriendo un porte de autoridad, que a Lily le recordaba mucho a su madre. El Bolso Ceremonial, aún vacío, bailaba sobre su pecho del mismo modo que le bailaban los ojos a Lily mientras lo observaba.
– ¿Entendido? – Repitió Petunia sin notar el embelesamiento de su hermana.
– ¿Ah? ¡Oh!, sí, lo prometo – Respondió la pequeña niña de cabello rojo oscuro y ensortijado, dedicándole una amplia sonrisa a su hermana.
–Sígueme –Ordenó ella y, soltando la mano de Lily, echó a correr.
Al cabo de unos minutos estuvieron frente a un patio de juegos muy amplio. Varios chicos, algo mayores que ellas, ya se encontraban allí, adueñados de casi todos los juegos.
Sólo los columpios estaban libres.
Lily y Petunia los miraron ávidamente y luego se miraron con complicidad, durante una fracción de segundos.
Al rato ambas corrían desaforadamente hacia ellos.
–¡Primera!– Gritó Petunia orgullosamente, colgándose de las cadenas del columpio de en medio y tomando su lugar en el asiento. Al sentarse puso extremo cuidado en no aplastar su bolso.
– ¡Eres muy rápida, Tuney! – Aplaudió Lily, exageradamente feliz y bulliciosa, para luego sentarse en el columpio de la izquierda. Para Lily, no existía una persona más hábil y lista que su hermana mayor. La admiraba muchísimo.
Petunia era muy buena estudiante, mucho más rápida que cualquier niño de su edad y por sobretodo era su mejor amiga. Al principio, cuando le informaron que se mudarían, Lily había estado muy triste por dejar a sus amigos del barrio; pero saber que al menos su hermana, la mejor de sus amigas, estaría a su lado le dio muchas fuerzas.
Por todo aquello Lily idolatraba a Petunia. Eso además de que sus manos habían tejido el glorioso Bolso Ceremonial que Lily adoraba también.
– Vamos, Lil, veamos quien puede columpiarse más alto …
Petunia empezó a darse viada y Lily la imitó, luego de unos impulsos; ambas estuvieron muy alto en el aire en un vaivén vertiginoso.
– ¿Qué tal lo hago, Tuney? – La dulce y un tanto ronca voz de Lily rasgó sonoramente el aire. Había algo de risa contenida en medio de sus palabras.
– Lo haces muy bien, Lil… ¡Pareces volar!...
– ¡No es gran cosa! – Una voz despectiva que venía desde atrás de Lily interrumpió el cumplido de Petunia, echándole un cubo de agua fría a la alegría de la pelirroja. Una niña de largo cabello rubio platinado, que llevaba un hermoso abrigo de lana blanco a juego con sus pantalones, guantes y bufanda, se acercó a ellas conduciendo una bicicleta plateada llena de cascabeles alrededor de la campanilla.
La campanilla tintineó graciosamente con los cascabeles cuando se detuvo frente a ellas para estacionar. Ajustó el seguro de su bici, luego concentró toda su atención en ellas y las miró con desprecio.
–¿Qué has dicho?–Preguntó Lily ofendida. La muchacha la ignoró y caminó directamente hacia Petunia.
– ¡Ese es mi columpio! – Escupió la desconocida, que a juzgar por su estatura debía tener la misma edad de Lily. Se acercó a Petunia y tiró de una de las cadenas con brusquedad.
– ¡Largo de aquí, mocosa maleducada! ¡El parque no es tuyo!– Refutó Petunia colorada de la rabia, aferrándose con más ganas a las cadenas del columpio. La pequeña rubia volvió a zarandear el columpio, con sus enguantadas manos. A esto, Petunia cedió mucho menos que antes.
Lily estaba estática incapaz de soltarse de su columpio. Sólo observaba con terror a las dos niñas.
–¡Ustedes no viven aquí! ¡No pueden usar los juegos! – La desconocida, incapaz de deshacer el agarre de Petunia sobre las cadenas, arremetió jalándola por el bolso.
– ¡Acabamos de mudarnos! – La voz llena de pánico de Lily que intentaba razonar con la desconocida hizo que algunos de los otros chicos en el parque se voltearan a mirar la escena. No hicieron nada por detener la pelea, más bien empezaron a reirse como idiotas.
–¡Mentirosas!– La desconocida redobló la fuerza con la que jalaba de Petunia.
– ¡Suéltalo!– Ordenó Petunia, y, viendo cómo el esfuerzo de dos meses se retorcía entre las manos de aquella extraña, lanzó sus brazos hacia el bolso para arrebatárselo. Pero la niña, al forcejear sin sujetarse de las cadenas, inmediatamente perdió su estabilidad y cayó al suelo golpeándose la cabeza con el duro metal del columpio.
–JA-ja –Se burló la desconocida, arrojó lejos el bolso sin el menor interés y, pasando por encima de Petunia, ocupó el columpio por fin vacante.
–¡Deja en paz a Tuney!– Lily salió de su estupor, saltó fuera de su columpio y se interpuso entre la desconocida y su hermana. Luego empezó una batalla con la actual ocupante del columpio. Petunia gateó hasta el bolso y lo puso seguro bajo su suéter. Entonces se puso de pie y, en menos de un segundo, las tres chiquillas estuvieron forcejeando sobre las cadenas.
En poco tiempo todo fue un verdadero pandemonium. Las risas de los muchachos se intensificaron ante la violencia que iba ganando la disputa por el columpio.
Los gritos e insultos entre las chiquillas iban aumentando de nivel cada vez más.
Petunia bufaba de la furia y el golpe en su cabeza empezaba a tomar forma de un enorme chichón. La otra rubia gritaba improperios a cada rato y su liso cabello estaba ahora tan enmarañado como un estropajo.
Por último, Lily, quien había caído en una histeria preocupante; lloraba del coraje mientras reñía, sin dejar de gritar una y otra vez –¡Deja en paz a Tuney!–
Al final la desconocida, al verse superada en número, abandonó el columpio, reconsiderando.
–¡Adiós Tuney!– La rubia imitó con bastante acierto la voz de Lily, echó hacia atrás su cabello, subió a su bicicleta y se alejó de las hermanas groseramente. Acabada la pelea los curiosos volvieron a sus actividades pero Lily y Petunia no bajaron la guardia hasta que el tintineo de la campanilla dejó de ser audible.
–¿Estás bien Tuney? – Lily preguntó a su hermana, la cual estaba resoplando de rabia. Lily aún temblaba y lloraba descontroladamente. Su hermana se acercó y la abrazó por largo rato hasta que se hubo tranquilizado.
–Si-sigamos jugando ¿Sí?– Respondió ella, acomodando con dignidad su suéter violeta y respirando agitadamente. Sacó el Bolso Ceremonial y lo planchó varias veces con la mano examinándolo. Lily esperaba el diagnóstico con preocupación.
–Descuida, Lily, no le pasó nada– Alivió a Lily, luego se echó el bolso encima y se dirigió nuevamente al columpio. Entonces echó un vistazo a su hermana menor. El cabello ensortijado estaba muy revuelto y su color rojo oscuro hacia juego con sus ojos rojos de tanto haber llorado. Un pequeño rasguño se veía en su frente.
Petunia tuvo un momento de decisión mental y entonces se quitó de encima el bolso y se lo extendió a Lily.
Lily sonrió negando con la cabeza.
–Te lo has ganado Lil, has sido muy valiente –
La tristeza de Lily se borró de inmediato ante estas palabras. Petunia sacudía frente a ella el bolso tejido indicándole que lo tomara.
Lily sonrió y estiró su mano para recoger el bolso, pero antes de que pudiera sujetarlo, una mano enguantada pasó rauda como un bólido y se lo llevó. A lo lejos la misma pequeña de antes, se burlaba de ellas ondeando la prenda en el aire, montándose en su bicicleta.
Petunia y Lily corrieron hacia ella para perseguirla y la pequeña niña emprendió la huida pedaleando a toda velocidad.
En su desesperación por alcanzarla ni siquiera notaron cuantas calles se alejaron de su casa. Sólo fueron conscientes de haber dejado el parque cuando vieron a la fastidiosa niña tomar una curva y detenerse frente a una loma que parecía conducir a un bosque profundo. La niña entró en él llevando a cuestas su reluciente bicicleta, y desapareció por largo rato. Lily se apuró para seguirla, pero Petunia habiendo recuperado un poco la cordura y su sentido común, la sujetó firmemente por el hombro, impidiéndole ponerse en peligro.
Mientras la espera se hacía eterna Lily se frotaba nerviosamente las manos, susurrando una plegaria. Petunia esperaba resignada, presintiendo lo peor.
Hacía frío.
Ahora que el calor de la adrenalina se había esfumado, las niñas fueron conscientes de que había empezado a nevar fuertemente hacía ya bastante rato y además estaba poniéndose de noche.
Debían de haber regresado a la casa hacía mucho tiempo. No obstante, no querían irse de allí hasta no saber qué había ocurrido, así que esperaron.
Muchos minutos después, la niña rubia salía nuevamente montando su bicicleta; pero ya no llevaba consigo el bolso. Lily y Petunia la miraron suplicante, como preguntando con sus ojitos tristes acerca de la suerte del bolso. Ella simplemente respondió a ello con una mirada cargada de malicia.
–Adiós, Tuney –Repitió burlonamente, imitando de nuevo la voz de Lily. Las miró con antipatía e hizo su camino de vuelta.
No lo dijeron, pero en ese momento, ambas supieron muy en el fondo que no recuperarían el "Bolso Ceremonial" nunca más.
Los ojos de Lily se llenaron de lágrimas y su rostro se arrugó en amargura. Petunia también lloraba, pero intentando mostrarse fuerte – siendo la mayor – lo hacía con menos ruido y sentimiento que su hermana pequeña.
–Volvamos, Lily –Dijo Petunia dando unas palmaditas reconfortantes en la espalda de su hermanita. Lily asintió y obedeció a su hermana.
Y así ambas retomaron el camino de regreso.
Tuvieron que preguntar a una anciana por el número de su actual vivienda, para ubicarse. Cuando llegaron a casa, ésta ya estaba completamente habitable y amoblada.
Sus padres las recibieron entre molestos y avergonzados – en parte se sentían culpables por haberlas dejado ir solas a recorrer un lugar que todavía no conocían bien – y les hicieron todo tipo de preguntas. Ellas tan solo dijeron que habían perdido la noción del tiempo jugando en el parque e inventaron excusas poco creíbles para justificar la contusión en la cabeza de Petunia. Ambas mantuvieron todo detalle del incidente en secreto, incluso so pena de ser castigadas por no querer confesar.
Escondieron sus rostros descompuestos en falsas sonrisas y no disfrutaron para nada de aquel día, el cual, soñaron por casi tres meses, iba a ser el mejor día de sus vidas.
Sin embargo, para Lily Evans el día todavía no había concluido…
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Eileen estrellaba la puerta mientras el pálido niño tartamudeaba su explicación. Ella levantó su mano y señaló hacia el reloj. El aparato marcaba las siete menos quince de la noche, dando testimonio de su desobediencia.
– ¡Estás hecho un asco! ¿Dónde te metiste todo este tiempo? – Eileen zarandeó al niño por el cuello de su abrigo, mirando furibunda el fango que lo cubría.
– ¡Te ordené regresar antes de que oscureciera! –Los gritos de Eileen fueron audibles para todas las casas contiguas.
– Lo sé…ma-mamá…lo que pasó es que…yo estaba…yo vi…– Severus intentaba explicarse, pero sus nervios se lo impedían.
–El carruaje…yo vi…la Reina…
Estaba pálido al punto de parecer un inferi. Jadeaba con fuerza, y en medio de sus jadeos se oía a su pecho silbar. Había corrido con todas sus fuerzas en un intento desesperado por llegar a tiempo a su casa, pero sólo había conseguido extenuarse peligrosamente.
– ¿Reina? ¿Quieres morir? ¿Eh? ¡Estúpido!– Su madre se alzaba ante él iracunda. Severus ahora respiraba entrecortadamente, con claros síntomas de estarse ahogando.
– ¡Corriendo bajo la nieve! – Continuó Eileen rodeando a Severus mientras caminaba, agachándose a cada momento hacia el pequeño, para continuar escupiéndole su reprimenda – ¿Crees que eres de acero?… ¿crees que eres inmortal?– Eileen vociferó, levantó su mano y la agitó rígidamente en el aire, como si estuviera conteniendo con mucho esfuerzo una bofetada.
El niño se encogió del miedo y sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Ahora no solo se ahogaba, sino que también se estremecía violentamente.
–Lo sé…Lo sien-siento…P-pe-pero es que yo…
– ¡Pero nada! – Le cortó la mujer, totalmente histérica, agarrándolo por el cabello, el cual estaba lleno de hojitas congeladas y nieve. No había dolor físico todavía, sin embargo el aterrado niño rompió a llorar de inmediato. Lloraba escandalosamente, su pecho silbando con fuerza. Un llanto en extremo agudo y desconsolado.
– ¡Cállate! –Ordenó ella remeciéndole por los cabellos, a lo que Severus respondió triplicando la fuerza de su llanto.
– ¡CÁLLATE! –Eileen volvió a gritar. Esta vez Severus sorbió sus lágrimas e intentó contenerse. Su pecho le dolía y su respiración casi inexistente le quemaba en la garganta. Estaba bastante mareado y su vista estaba tornándose borrosa.
– Mamá…mamá…mami…por favor, yo…– El niño estaba poniéndose morado. Su madre sumergida en una histeria delirante parecía incapaz de notarlo. Seguía zarandeando al chiquillo por el cabello, sin darse cuenta de que Severus ahora sólo se mantenía en pie por la fuerza de su agarre.
–Me lastimas…– fue el último pensamiento que cruzó la mente del niño antes de desplomarse desmayado por la falta de oxígeno. Nunca llegó a convertirlo en palabras…
– ¡BLAM! – La puerta de la casa se abrió de par en par. Tobías Snape acababa de regresar de dónde sea que hubiera pasado todo el día. Estaba ebrio, pero no lo suficiente como para no notar lo que ocurría. Los gritos se habían escuchado desde afuera y él se había apresurado en alcanzar la puerta de su casa…La escena ante sus ojos le mandó la sangre a los pies:
Su esposa estrujaba con ambas manos el cuerpo de su hijo, que yacía en el piso, sin signos de estar respirando. El rostro y las manos de Severus estaban morados y Eileen parecía ida, mientras aún castigaba a su hijo. Tobías entró a toda velocidad a la casa, cerrando la puerta tras de sí. Tambaleándose se abalanzó sobre su mujer y la apartó del niño con un fuerte golpe sobre la cabeza.
El frágil y menudo cuerpo de Eileen quedó tendido inmóvil junto al de su hijo, ambos inconscientes. Tobías se apeó hasta su hijo y torpemente llevó su boca a la del niño, luchando por suministrarle aire. Severus no estaba reaccionando.
Tobías se puso de pie desesperado, miraba en toda dirección buscando algo que pudiera salvar la vida de su hijo. Entonces una ráfaga de lucidez le dio una respuesta:
– ¡La poción! –Farfulló y corrió hasta la cocina. Rebuscó en la alacena y allí estaba aquel frasco, pequeño y negro, en el que Eileen se había gastado toda la última paga de su último trabajo.
Tobías se apresuró a volver con su hijo.
– Sólo cuatro…sólo cuatro…– Tobías recordaba a Eileen diciéndole esto un par de semanas atrás. Destapó el frasco y temblando vertió cuatro gotas del espeso líquido directo en la garganta del niño. Al cabo de unos minutos, el pequeño tosió fuertemente y volvió a respirar.
Conforme el niño se aliviaba, el hombre a su lado respiraba aliviado también. Ahora se detenía a contemplar su obra: Severus estaba a salvo…Eileen estaba…
El hombre se echó el niño a los brazos y le llevó hasta el sofá. Le retiró la ropa húmeda que traía y se la sustituyó por su camisa y su abrigo. Luego de dejar a Severus a salvo y recostado, se dirigió a su mujer.
Estaba inconsciente. Tobías la tomó en sus brazos y la llevó hasta la cama de su dormitorio. Quiso hacer algo por aliviar el golpe que él mismo le había propinado, pero simplemente se sentó en el suelo a un costado de la cama, velándola hasta que el sueño le rindió; sintiéndose asqueado de sí mismo por su reciente accionar.
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Despertó, e incluso antes de abrir sus ojos, supo que no estaba en su cuarto. Asustado miró a su alrededor. La primera cosa que tuvo ante sus ojos fue el viejo reloj de pared, batiendo lentamente las manecillas al pasar del tiempo. Era muy entrada la noche; diez y media, precisamente.
Estaba en la planta baja, en la pequeña sala, recostado en el sofá. Al levantarse una brisa helada le hizo consciente de que sus piernas estaban desnudas. Palpó con sus manos y supo que traía ropa seca. Traía encima la ropa de su padre; la camisa blanca le llegaba casi a las rodillas, y el largo del abrigo caía hasta el suelo.
¿Su padre había vuelto?
Severus no recordaba haberlo visto regresar. Lo único que recordaba era…
El niño recordó y sus mejillas volvieron a poblarse de cálidos riachuelos salobres. Recordar era volver a vivir y su vida no solía ser muy feliz.
Si tan sólo hubiera regresado a tiempo a casa nada de aquello habría ocurrido.
–Es mi culpa –susurró el niño secándose las lágrimas. Se le hacía muy difícil creer que, hasta hacía unas horas, había sido muy feliz.
Esa tarde, el pequeño había divisado su sueño más anhelado; había vislumbrado entre las blanquísimas ramas congeladas de los árboles del bosque, el fulgurante carruaje de la reina de las nieves.
Había estado jugando en el pequeño tramo del bosque que había descubierto hacía poco. Severus estaba subido en un árbol cuando había empezado a nevar, así que el pequeño emprendió su regreso por el camino por el cual había llegado; sin embargo un ruido le hizo detenerse. Algo como campanitas sonó al tiempo que un trapo voló en el aire y aterrizó en el muro de contención del río que atravesaba el bosque.
Desde lo alto, Severus buscó la fuente de aquellos sonidos, y vislumbró en la lejanía, una hermosa motita blanca deslizándose en medio de una luz brillante y plateada que desprendía hermosos tintineos a su paso. Severus no lo dudó ni por un segundo: esa debía ser la reina de las nieves.
El carruaje iba tan rápido que sólo fue capaz de verlo unos segundos. Sin embargo, para Severus esos pocos segundos fueron el mejor regalo de cumpleaños de toda su corta vida. No pudo ver el hermoso rostro de la reina, pero estuvo seguro de haber avistado la albura de su carruaje.
El niño se había dispuesto a buscarla pero, para cuando logró descender del árbol, la reina ya se había esfumado – seguramente ya se habría ido volando a su palacio de hielo en el polo norte – sin dejarle a Severus oportunidad de colgarse del carruaje e irse con ella.
La buscó en el bosque, pero no la encontró. Se subió nuevamente al árbol para buscarla en los cielos, mas tampoco la encontró. Entonces miró hacia el trapo multicolor enredado en los alambres de púas del muro. Viéndolo con más calma pudo comprender que se trataba de un bolso. Y entonces supo que todavía había esperanza.
Pensó en quedarse allí esperando a que la reina volviera para recoger aquel bolso – que sin duda debía de habérsele caído en pleno vuelo – pero entonces recordó a su madre y a su padre, y dudó sobre si es que de verdad deseaba marcharse para siempre.
Al final decidió que extrañaría a sus padres, así que, eligió regresar.
Pero era tan tarde…
Cuando regresó supo que habría sido mejor marcharse.
Pero quizás aún no era tarde. Tal vez la reina aún no había vuelto por su bolso.
El pequeño, totalmente determinado, agarró su morral de cuando iba a la escuela, metió un par de abrigos dentro, subió a la habitación de sus padres y se despidió en silencio de ellos.
Tomó las llaves de la casa pero, no le hicieron falta. La puerta no estaba asegurada, de modo que pudo salir sin usarlas.
Una vez fuera sintió el helado viento nocturno hiriéndole la piel y un fuerte deseo de quedarse, pero, entonces, pensó en todas las frases que había crecido oyendo en boca de sus padres. Frases que hablaban de sus problemas y limitaciones, de sus angustias y su infelicidad. Frases que siempre concluían con un "por culpa del niño"
–Yo sólo les causo desgracias, estarán mejor sin mí…– susurró, haciéndose a la calle.
Buscaría a la reina.
Se iría para siempre.
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El camino al bosque fue todavía más difícil de noche, de lo que era en el día. Entre el frío, la distancia, la mirada de los extraños y su temor de no hallar a la reina, Severus no encontró una excusa para claudicar.
No se detuvo a descansar, ni en la droguería, ni en la escuela.
Nevaba demasiado fuerte como para detenerse. El frío era absolutamente criminal, pero sabía que si alcanzaba a la reina, ella se llevaría su frío con solo besarle la frente, justo como le había sucedido al niño del cuento.
Al fin sus ojos avistaron la abertura en el muro. Se deslizó a través de ella, retirando la nieve que le dificultaba el paso. Cuando estuvo del otro lado, no perdió tiempo, subió al árbol y miró hacia el alambrado sobre el muro. El bolso todavía estaba allí.
Aún tenía una última oportunidad para colgarse del carruaje volador. Sólo debía esperar.
Y esperó.
Pero en la helada copa del árbol, el viento golpeaba a Severus todavía más impío que antes. Severus sacó todos los abrigos que llevaba en su mochila y se los echó encima. Con ambas manos aferraba su cabello sobre sus orejas para intentar abrigarse. La nariz le dolía muchísimo, justo como le dolía el pecho al respirar.
Si descendía del árbol tal vez la reina se le escaparía de nuevo, sin embargo, si se quedaba arriba de ese árbol, por más tiempo, moriría congelado. Severus ya no sabía qué hacer. Tampoco podía regresar a casa, si volvía sus padres le castigarían.
Y entonces sucedió.
Una brillante y transparente figura caminó a través de los árboles congelados. Era menuda y refulgentemente azul. Su cabello en rizos, ondeaba libre sobre su cabeza y parecía hecho de plata. Traía encima una bata que parecía tejida de la misma sustancia de la que están hechos los sueños.
Era toda en conjunto, un espléndido sueño. Severus no supo porqué pero empezó a llorar emocionado. Se lanzó del árbol sin importarle hacerse daño al caer y corrió a su encuentro.
Se situó frente a ella y se encogió, clavando sus ojos en el suelo. Tenía ganas de arrodillarse ante ella.
¿Cómo atreverse a mirarle?
¡Ella era la reina de las nieves!
¡La que ha vivido desde siempre! ¡La guardiana del espejo de lo bueno y de lo malo!
¡Qué pequeño se sentía el pobre niñito!
¡Qué indigno, con sus mundanas vestiduras, indignas incluso para los mortales!
La reina se acercaba lentamente hacia él. Su corazón parecía a punto de salírsele por la boca, tanto así que lo sentía latir con fuerza en su garganta.
El niño ahora temblaba más de emoción que de frío. Pronto el frío cesaría.
Ahora comprendía el sentimiento de añoranza que había experimentado todo el día. Era ella. Ella, quien no sabía de él, que no venía por él. Pero era su destino coincidir, y había llegado la hora. Las promesas empezarían a cumplirse.
Ella se llevaría su dolor, su tristeza y su soledad. Vaciaría su corazón para llenarlo de su divina esencia.
Y él no tenía nada digno para ofrecerle. Sólo su compañía y devoción.
Severus elevó sus ojos para mirarla. Y entonces lo supo. Desde ahora ya no podría estar lejos de ella.
La amaría para siempre.
Y sí, esa helada noche el pequeño Severus Snape no se equivocaba en nada. Todo era cierto. Ella llenaría su corazón y él la amaría para siempre.
No se equivocaba en nada, excepto en una cosa: Aquella enigmática presencia no era la reina de las nieves.
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AVANCES: EN NUESTRO PRÓXIMO CAPÍTULO: "SE LLAMA LILY", SEVERUS DESCUBRIRÁ LA VERDAD SOBRE LA REINA Y DEBERÁ LUCHAR POR SALVAR SU VIDA Y LA DE LA IMPOSTORA.
BIEN AHÍ LO TUVIERON, ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO TANTO COMO A MÍ ME GUSTÓ ESCRIBIRLO. DISCULPEN SIEMPRE LA CACOGRAFÍA, LO QUE PASA ES QUE SOLO ESCRIBO DE MADRUGADA Y PUES A VECES SE ME PASAN LOS ERRORES…
ESPERO QUE NO SE SIENTAN MUY CONFUNDIDOS, YA EN EL SIGUIENTE CAPI LAS DUDAS SE DESPEJARÁN ( Y CON UNA BUENA EXPLICACIÓN, LO JURO XD! )
COMO DIJE UNA VEZ, ESTA HISTORIA SERÁ CANON CASI EN SU TOTALIDAD, ASÍ QUE SI LA SIENTEN AU DE MOMENTO, DESCUIDEN TENGO BUENAS EXPLICACIONES QUE DAN PRUEBA DE QUE SIGUE SIENDO CANON XD! ( SÓLO QUE ME GUSTA DARLE ALGO NUEVO AL LECTOR DE FICS)
YA SABEN, CRÍTICAS, COMENTARIOS, SUGERENCIAS = REVIEWS :)
¡SEV X LILY!
