¡HOLA! ¡HOLITAS!

YOSHI LES TRAE UN NUEVO CAPÍTULO DE ESTE FRIKI FIC XD!

MUCHAS GRACIAS A jqblackslytherin Y ATODO AQUEL HA ESTADO PENDIENTE DE LEER ESTA HISTORIA. ME GUSTA PENSAR QUE POR AHÍ ESCONDIDO HAY ALGUIEN QUE LA LEE TODAVÍA :)

TAMBIÉN QUIERO AGRADECER A GreenIllusionsPUES GRACIAS A LEER SU BELLO FIC "Reminiscencias" (NO POR HACER PUBLICIDAD PERO ES UN RELATO MUY BONITO, SI PUEDEN PÁSENSE POR ÉL :D) ENCONTRÉ DE NUEVO LA INSPIRACIÓN PARA SEGUIR CON ESTE FIC, SEP HE ANDADO UN POCO ATASCADA CON LAS IDEAS, POR ESO HE TARDADO TANTO EN ACTUALIZAR…

RECUERDEN COMENTAR…YA VEN QUE SIGO EL FIC CON O SIN REVIEWS, PERO YA SABEN QUE UN REVIEW –POR PEQUEÑO QUE SEA – PUEDE AYUDARME A ACTUALIZAR CON MÁS PRISA :)

BUENO, YA NO LES ABURRO MÁS; LA HISTORIA:

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Capítulo 3:

SE LLAMA LILY

Para su sorpresa, su cuerpo sucumbió tardíamente, y encima, aquel desfallecimiento no fue del todo debido al frío como se había estado temiendo.

Su pecho parecía albergar un calor asfixiante, el cual, incapaz de ser liberado, le hacía sentir como si estuviera a punto de estallar.

Tenía de nuevo, la cabeza revuelta en pensamientos bastantes indeterminables.

Si segundos atrás se había sentido investido con la emoción; lo que experimentaba ahora que estaba tendido sobre la gruesa capa de nieve que cubría el suelo del bosque, era todavía más sobrecogedor.

¿Sería acaso esta sensación lo que el libro de cuentos describía como "el beso de la reina"?

El pequeño Severus se cuestionaba aquello, mientras los estremecimientos de calor que le agitaban el alma competían contrastantes con los escalofríos que padecía su ser de carne y hueso, recostado en la mortífera cama de nieve pura.

¿Beso?

No era como si ella le hubiera dado un beso, en realidad; más bien ella le había atravesado el pecho.

Sí, extraño como sonara, la reina había entrado y salido a través de él, apenas segundos atrás.

Encogido ante ella, él había esperado inmóvil por el beso en la frente que el cuento prometía. Sin embargo, la reina simplemente había seguido su andar directo hacia él, sin inmutarse; como si no hubiera advertido su presencia, pasándole a través como si se hubiera tratado de un fantasma.

La breve fundición de sus cuerpos en uno solo, había provocado en Severus la sensación más extraña que hubiera sentido antes; incluso más extraña, y totalmente distinta, a la sensación de muerte con la que había despertado al iniciar el día. Su cuerpo tan helado y pálido como la nieve parecía estarse reformando a cada sacudida que le recorría de pies a cabeza. El chico, demasiado perdido dentro de esa misteriosa y novísima sensación, no podía distinguir nada a su alrededor.

Cerca de él, y deslizándose indecisa en el congelante viento nocturno; la pequeña figura refulgente batallaba con hilachas de su propia entidad que parecían querer desprenderse y abandonarla. No brillaba azul como antes, sino de un cegador dorado rojizo.

Y si Severus sentía que todo su ser se estaba reestructurando; la presencia que se debatía a unos pasos de él, tenía visibles signos de estar experimentando lo mismo, sólo que mucho menos metafóricamente que él. Su etéreo cuerpecillo parecía deshacerse en brillantes hilos vaporosos, mientra a su rostro una notoria capa de dolor le arrugaba todo intento de impasibilidad.

Al parecer la fundición momentánea de ambos, hacía instantes, había tenido sobre ella un efecto evidentemente más desastroso que sobre él. No obstante, el niño no se percató de aquello sino hasta muchos minutos más tarde; cuando hubo él mismo recobrado estabilidad en su cuerpo y plena consciencia de sí.

Se levantó como impulsado por resortes, cuando la oyó gritar en desesperado dolor. Abandonó su cama en el suelo nevado y corrió hacia el punto en el que la reina se retorcía en suspensión. Las brillantes hebras doradas que escapaban de ella la jalaban en toda dirección, cual marioneta; tan cegadoras que parecían lenguas de fuego.

Severus, paralizado y sin saber qué hacer, sólo observaba mientras; un grito tras otro, el sufrimiento de la reina le desgarraba el alma.

—¡Haz que pare, Dios! Por favor…

Severus se cubría los oídos con las manos temblorosas. Con sus ojos desorbitados por el terror observaba la gravedad de la situación. La luz brillante que la reina irradiaba le hería los ojos y, aún así, luchaba por mantenerlos fijos en ella.

—¡Por favor, ayúdala!—Suplicó el pequeño con voz apagada, entrelazando los dedos de las manos, como quien eleva una plegaria. Nervioso comenzó a pasear de un lado a otro, mirando aquí y allá, buscando que alguien le diera una respuesta.

¿Qué podía hacer? ¿Cómo ayudarla?

Un último y potente grito hizo eco en el oscuro boscaje anunciando lo peor: la reina se precipitaba a tierra, como una chispa a punto de extinguirse.

Luego de caer, la pequeña todavía se movió angustiosamente en el suelo, pero, antes de que Severus encontrara su voz para gritar, ella se quedó muy quieta…

—¡Resista!— Gritó, por fin, y corrió hacia ella.

Con sus manos temblorosas –– de temor y de frío –– intentó levantarla del suelo tomándola por los hombros. Pero, al igual que antes había ocurrido, sus manos atravesaban el cuerpo de la reina cada vez que lo intentaba.

No podía tocarla.

— ¡Reina! ¿Me escucha? —

¿Reina?

La niña pareció reaccionar ante el llamado de una voz apagada por la distancia. La voz de un niño.

Su cuerpo apenas se movió sobre la cama. En la habitación, una lamparita color violeta iluminaba el pálido rostro de la niña. El calor era asfixiante para ella. No obstante, su cuerpecito envuelto en las cobijas estaba paradójicamente helado…

Un osito blanco y felpudo era su única compañía en la habitación. Fuera de allí, su familia dormía profundamente en calma, sin adivinar ni de lejos el padecimiento silencioso de la pequeña Lily.

Sentía como si le estuvieran arrancando la piel…

En el bosque, ella gimoteaba y se retorcía de dolor, sin embargo, sobre su cama sólo dormía.

Ella volvió a gritar entonces, mas sus gritos resonaron tan lejos…tanto, que nadie en la silenciosa casa pudo oír su pedido de auxilio.

No había nadie que escuchara.

Nadie para salvarla.

No había mamá, ni papá…

No había hermana…

Sólo un aterrado niñito de negro y largo cabello enmarañado, en lo profundo del bosque, tan moribundo como ella; fue capaz de sentir el alarido de Lily taladrando en sus oídos. Pero ella no lo sabía…

— ¡Reina!— Gritó el pequeño una vez más. Las agudas notas en la voz de Severus, tan afirmadas de pánico llegaron con impresionante calidad a los oídos de la agónica niña, y aunque distante, el grito al fin captó toda la atención de la pequeña.

La niña sabiéndose escuchada, sintió esperanza en aquella voz lejana. No estaba sola, alguien más estaba allí. Alguien que quizás podía ayudarla.

—¡Ayúdame!— Gritó Lily desesperada y extendió sus brazos temblorosos hacia el lugar donde la voz nacía.

Lily, en el calor de su hogar, en su cómoda cama, sólo consiguió mover sus dedos. Sin embargo, ella misma en el profundo bosque, logró aferrarse al aterrado niño, echándole los brazos al cuello.

Entonces, por segunda vez, el fuego encontró al hielo…

Él robó su calor; y, su vida que peligraba marchitarse por la helada, echó raíces en ella.

Ella, por su parte, aplacó el fuego que la consumía con solo envolverse en el helado dueño de aquella voz lejana y misteriosa. Su cuerpo dejó de brillar dorado intenso, para volver al azul plata y recuperando uniformidad, incluso pareció solidificarse.

Severus pudo sentir aquello.

Las manos de la reina eran ahora tan sólidas como las suyas propias. Las sentía cálidas sobre su cuello. Y aquello era en verdad extraño, pues la Reina de las nieves, se decía, era tan helada como el hielo perpetuo de los polos.

¿No era acaso la reina?

Entonces, si no era ella…

Lo que antes le hubiera aterrado, de repente carecía de importancia.

Aunque al principio sólo se trataba de salvar la vida propia, ambos niños pronto se perdieron en aquella interacción.

Aquello era un abrazo. Uno fortuito, pero al fin y al cabo, un abrazo. Era cálido y les reconfortaba.

Severus ya no sintió miedo. Se perdió en la emoción del ser abrazado. Y ya ni siquiera le importó si se trataba de la reina o no. Todo se reducía a aquel extraño milagro.

Recordaba pocos abrazos así en su vida. Los de sus padres parecían tan distantes y perdidos como las estrellas del nublado cielo de aquella noche. Fuera de ellos no recordaba que alguien le hubiera abrazado nunca, ni mucho menos así.

La plateada figura también halló un nuevo bienestar en aquel abrazo. Sintió la mejoría y el alivio en aquel nuevo refugio. Era una sensación nueva, muy nueva pero a la vez tan familiar…

Permanecieron allí largo rato. Juntos, olvidaron por completo del motivo que les había llevado hasta ese bosque, en aquella fría noche de tormenta.

Y entonces, sin tregua ni avisos una pesada somnolencia cayó sobre ambos. Severus sin romper el abrazo se desplomó, profundamente dormido, y la niña junto a él también. Tan pronto como su cuerpo se derrumbó sobre la congelada nieve y fue capaz de sentir aquella textura y el frío que despedía, Lily en su cama ya no se movió más…

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Les había llegado la mañana, sin ellos notarlo.

Yacían en el centro de un gran agujero en medio de casi un metro de nieve. El intenso calor de Lily había derretido la nieve en derredor a ellos.

El sol ya brillaba sobre sus cuerpos, a través de un cielo al fin despejado. Un cielo, limpio y azul.

Ya no había tormenta, aunque aún caían unos leves y esporádicos copos de nieve.

El primero en despertar fue el niño.

Cuando abrió sus ojos, pensó por un breve momento que vería su habitación. Pero lo que primero halló su mirada fue nieve por todos lados. El niño sacudió la cabeza y lentamente se puso en pie.

Muros de nieve.

Estaba hundido en medio de la nieve y sin embargo hacía un calor apacible. La reina debía de haberlo besado.

Por un momento la criatura, en su inocencia, llegó a creer que al fin la reina y él habían llegado al gran palacio del polo norte.

Sin embargo, no tardó mucho en reconocer el bosque de su reciente aventura nocturna. Una aventura muy peligrosa.

Había sobrevivido.

La reina le había salvado la vida.

¿Reina?

El niño buscó la figura plateada rápidamente y en su lugar lo que halló fue una pequeña niña pelirroja junto a él, a sus pies. Se veía bastante pálida, hermosa y frágil, hecha un ovillo en el suelo de hierba que parecía haber reverdecido gracias a su calor.

—¿Dónde está la reina?— Susurró por lo bajo.

Se agachó hasta ella y acercó su rostro para mirarla. De inmediato, el calor agradable se intensificó en sus mejillas. Ella no era de plata, ni era de hielo. Era muy cálida y el espeso cabello rojo oscuro acentuaba aquella impresión todavía más. Parecía más reina del fuego que de las nieves.

Severus inhaló el aire cerca de ella y sus pulmones se llenaron de aquella tibieza. Aquella niña era la fuente del calor que le había protegido.

Severus la observó por unos instantes, atando cabos. La túnica hecha de sueños que creyó ver antes, ahora no era más que una pijama lila con pequeñas estrellitas estampadas. Una pijama de aspecto evidentemente muggle. Severus, en su mente, comenzaba a tener una respuesta a los sucesos de la noche pasada.

Con curiosidad y un poco de recelo extendió su brazo para tocarla. Al principio la rozó sólo con la punta de sus dedos; pero, al cabo de un rato, una inusitada confianza lo envolvió. Movió a la niña con ambas manos: un poco, una vez y otra; todas las veces que fueron necesarias hasta que ella despertó.

Ella abrió sus ojos y el niño vio con asombro que no habían pupilas en ellos. En su lugar había un hermoso haz de luz dorada. Luz dorada que hizo que finalmente Severus confirmara sus sospechas sobre el fenómeno que había tenido lugar en aquel bosque.

—No puedo ver— Susurró Lily muy bajito, todavía adormilada. Todo lo que la niña podía distinguir era un delicado color azul, el color del tumbado de su habitación. Pero su cuerpo le decía que no se hallaba tumbada sobre su cama, ni mucho menos en su habitación. Levantó sus manos tanteando su alrededor y las detuvo al encontrar el rostro del chiquillo. En ese momento Severus se estremeció y dio un pequeño brinco, sobresaltado.

Ella era real, pero no era la persona por la que él había esperado. Y, aunque había sobrevivido, su vida no iba a cambiar del modo que él había deseado.

Otro ligero temblor sacudió a Severus, y aquello pareció despertar mejor a la niña, quien soltando un pequeño suspiro de susto retiró sus manos del rostro del niño. En ese preciso momento el calor que les envolvía se disipó sin más.

Severus, por un instante, casi quiso abrazarla contra él. No quería que ella desapareciera de un momento a otro. Ahora que sabía que la reina no vendría. Porque Severus finalmente se daba cuenta: ella no era la reina de las nieves.

El entendimiento llenó su cabeza. Ahora sabía del peligro al que habían estado expuestos antes, ahora comprendía la magnitud de sus acciones. ¿Qué iba a hacer ahora?

¿Sabría ella cómo salir de aquel predicamento?

El niño volvió a mirar a la criatura, analizándola.

La pequeña parecía tener de su misma edad. Usaba una pijama lila y no traía zapatos. Una bandita curativa con estampados de gatito estaba pegada a una esquina de su frente. Un olor a lavanda y fresa persistía en su cabello rojo que se notaba húmedo, como si se hubiese dado un baño hacía no muchas horas.

—Aparición accidental…— Farfulló sin dejar de mirarla.

Por sus vestimentas, debía de tratarse de una chica muggle, definitivamente. La ropa era una muy buena prueba de ello, además de que ningún mago usaría banditas curativas pudiendo desaparecer — literalmente — cortes y rasguños en la piel con apenas media gotita de díctamo. Si no era muggle, entonces debía de ser mestiza, pero de que era bruja, era bruja. Y una bruja muy poderosa, porque no cualquiera se aparece a tan corta edad.

¿Sabría ella lo que había hecho? Severus aspiró el intenso olor a shampoo de lavanda que el cabello húmedo de la niña despedía.

Posiblemente no.

Nadie saldría de casa en medio de una tormenta de nieve y menos por la noche. Nadie saldría de casa tan tarde, usando apenas una pijama. Al menos no por voluntad propia.

—El mal uso de la magia novata— Susurró, recordando una de las charlas de su madre, y por primera vez, luego de horas lejos de casa; el pequeño sintió que extrañaba locamente a su mamá. Casi quiso echarse a llorar.

Quería regresar a casa. Quería no haberse ido nunca.

El frío ya comenzaba a inundar el ambiente de nuevo. Y el niño esta vez ya sabía. Ya entendía porqué.

Estaba metido en un lío, y, su única compañía y esperanza en aquel lugar, seguramente no tendría la mínima idea de cómo había llegado hasta allí.

Hacía frío ahora. Muchísimo frío, y la criatura junto a él ni siquiera traía abrigos.

Severus, casi instintivamente, se ajustó más sus abrigos, posesivamente; como temiendo que de un momento a otro la niña se lanzara hacia él para robarle alguno. Y fue justo allí, casi en una graciosa coincidencia; que la niña intentó levantarse…

—¿Dónde estoy?— Preguntó ella, mucho más consciente que antes. Hizo ademán de moverse y de repente pareció asustada. El niño, por su parte, retrocedió un poco más hasta chocar con la nieve tras sus espaldas.

—¡¿Dón-dónde estoy? ¿Quién está ahí? — Clamó la niña una vez más, ahora notoriamente aterrada.

Severus tragó saliva, mientras debatía internamente, sobre lo que debía hacer. Miró hacia la criatura y luego dejó vagar su mirada nerviosa por el alrededor: el agujero en el que se encontraban, había permanecido libre de la caída de la nieve, durante toda la noche. Ella no era la reina, pero era su magia la que le había mantenido a salvo de la nieve. A los dos. Claro que eso ni ella lo sabía.

¿Qué debía hacer?

Regresar a pie hasta su casa parecía una locura. Si lo hacía…

En ese momento el niño reprimió un temblor.

¿Cómo reaccionaría su madre?

Y ahora, para colmo su padre también estaría allí.

Severus no quería volver, pero era claro que no había otro camino. Tenía que irse de allí cuanto antes, intentar volver a casa. Con suerte, si llegaba antes de que sus padres despertaran, no recibiría ningún castigo.

Sí, eso debía hacer. Pero… ¿y ella?

¿Qué pasaría con la chica muggle?

Cuando Severus había creído que ella era la reina, él había intentado protegerla…¿Y ahora? ¿Por qué debía de ser diferente?

"Ella no puede cumplir mi sueño" pensó. Pero casi al instante una voz dentro de su cabeza le refutó: "Ella te ha salvado la vida".

—No conscientemente…Ella no es la reina. No puede cumplir las promesas que…—Susurró para sí mismo, apretando los párpados, mientras trataba de luchar contra su propia consciencia.

"Sí ha cumplido, aunque sea tan sólo una: Te salvó del frío" Le respondió esa misma voz desde lo hondo de su mente.

—Pero, pero…—Seguía murmurando por lo bajo.

¡Ni hablar!

¿Cómo iba a ayudarla?

Tendría primero que explicarle que era bruja…Y explicar semejante cosa no iba a ser nada fácil…

¿Cómo se lo iba a decir sin que le creyera loco?

¿Cómo iba siquiera a hablarle? Si en la escuela nunca pudo cruzar más de tres palabras con los otros niños, antes de que se alejaran de él diciéndole cosas horribles.

—¡Ni hablar! ¡No puedo!— Gruñó para sí mismo, mordiéndose el labio inferior. Frente a él la niña se iba desesperando cada vez más y más, incluso más que él, pero el chico no lo notaba.

Desde luego que estaba desilusionado, pero…

"Te ha salvado la vida"

—Está asustada…tanto como tú…¡más que tú!…— Al fin Severus la miró. Cerró sus puños con fuerza, en un momento de férrea decisión, y caminó de nuevo hacia la pequeña. Si iba a hacerlo, tenía que hacerlo rápido. Entre más tiempo perdiese no conseguiría llegar a su casa a tiempo. Ninguno podría. Tenía que ser valiente por los dos. Tomó aire y respondió muy determinado:

—No temas…— dijo él intempestivamente, con la voz muy fuerte, tanto que Lily soltó un alarido de susto. La voz del niño por primera vez sonaba alta y clara en los oídos de Lily.

—Estás en el bosque, no tengas miedo — La tranquilizó Severus, suavizando un poco la voz.

—¿Quién eres tú?— Preguntó la niña incorporándose muy erguida, aunque todavía lucía medio dormida y desconcertada.

—Eso no importa — Dijo él con los labios muy juntos, y añadió sin perder más tiempo — ¿Vives cerca del bosque?…

La niña asintió con una nerviosa cabezada.

—Bien…escucha, debes volver a tu casa cuanto antes, porque si no lo haces…

—¿Que vuelva? —Respondió jadeante —Pero…pero ¿cómo?...No recuerdo cómo volver — Se angustió Lily, la petición del chiquillo la había despertado totalmente.

—No, sin mi hermana…—Continuó —Además ¡no puedo ver nada! Creo que estoy ciega…yo no…

—Escúchame…por favor, escúchame…—Severus tan sólo le tomó las manos y , aunque las de él también temblaban, ella se tranquilizó casi al instante.

—¿Qué te trajo aquí?— Preguntó el niño.

—¿Eh?— Lily no comprendía el porqué de la pregunta. Parpadeó un par de veces y Severus observó con interés de gatito curioso, como en el lugar de los ojos todavía emanaba aquella luz cálida y brillante.

—¿Por qué viniste?— Insistió Severus, sin poder dejar de mirar la destellante luz.

—Yo no…

—Debiste pensar en este bosque, de otro modo no hubieras venido aquí en primer lugar.

Entonces Lily se esmeró en recordar…

—¡El bolso!...—Gritó la niña echándose una mano en la frente.—¡Quería recuperar el bolso de Tuney! ¡El bolso de mi hermana!—Gritó sorprendida. Cada recuerdo en su cabeza comenzaba a ocupar su sitio.

Y mientras la niña se aclaraba, Severus comprendía todavía más. La desilusión llenó cada gesto de su rostro. Soltó lentamente las manos de Lily y la niña lanzó un gemido ahogado, asustada al sentir que él la abandonaba.

—No temas…¡escúchame!...Te enseñaré cómo volver…— Dijo él con tanta seriedad, con tanta sinceridad, que Lily hizo silencio de inmediato y puso toda su atención en él.

—Cierra tus ojos — Lily pareció querer protestar pero el niño continuó.

— Ciérralos hasta que no puedas ver nada. Entonces piensa en tu casa, y desea con fuerza estar allí — Severus le tomó las manos una vez más.

—Tienes que desearlo de verdad — Le dijo sumamente serio — Si no lo haces , no podrás volver.

—Pero… ¿Y si no puedo? — La niña le apretó las manos con fuerza.

— Sí podrás…sé que podrás — Le aseguró el muchacho.

—¿Cómo puedes estar seguro de que…

—Porque yo sé…yo sé lo que eres — Afirmó el pequeño con un dejo de tristeza en la voz. La niña sin embargo, recordó cómo él la había llamado antes. La había llamado Reina.

¿Reina? De ningún modo…Lily, aunque medio dormida, todavía sabía bien quién era ella. Ella era Lily Evans, tenía siete años —casi ocho — vivía con su mamá, su papá y hermana; odiaba las cebollas y los brócolis; y, aunque era una fanática a rabiar de los cuentos de princesas y hadas, estaba bien segura de que ella no tenía linaje real de ningún tipo.

—¡No!...Te equivocas yo no soy ninguna reina…—Protestó de inmediato.

— Ya lo sé —Le interrumpió Severus y sonrió con tristeza. Se sentía tonto. Siempre supo que había una línea entre la fantasía y la magia pero él simplemente se había negado a verla.

—¿Pero entonces cómo…?—Inquirió Lily. Cómo podía un extraño saber lo que ella era si no la conocía.

— Ve a casa — Severus soltó sus manos una vez más.

—¿Y tú? — Exclamó Lily con su vocecita ronca y dulce. Como un susurro cálido.

—Yo no puedo ir…

—¡Pero!...¿Va a venir a verte, verdad?…Esa reina…¿La reina vendrá por ti?—Lily le buscaba las manos, pero el niño ponía todos sus esfuerzos en rehuir de su contacto.

—No deberías preocuparte por mí…ahora vete, o será muy tarde…—Severus instó a la pequeña. Sabía que si no se apuraba, la niña ya no podría aparecerse hasta su casa.

—¡No podré! ¡No podré hacerlo!

—Sí podrás.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?…nunca me ha pasado esto antes…Yo nunca…

—Porque estás soñando — Volvió a interrumpir Severus con aquella voz muy seria de antes.

—Esto es sólo un sueño. Y en los sueños todo es posible, por eso sé que podrás.

—¿Un sueño?— Lily se lo pensó un rato. Aquello sonaba razonable y lo explicaba todo, y, a pesar de que la niña se sentía atemorizada, comenzó a creer que quizás podría lograr regresar.

—Sí, es por eso que podrás volver a casa…Sólo cree en eso y volverás…

—¿Despertaré?

—Sí. Y cuando despiertes todo estará bien — Severus respondió aliviado de que ella le creyera. Lo había logrado. Podría ayudarla a volver. Podría pagarle lo que ella había hecho por él sin siquiera saberlo.

—¿Lo prometes?

—Lo juro

—¿Y tú?— Lily volvió a preguntar. Con todo lo que sus padres le habían dicho acerca de hablar con extraños, Lily debía de temer a aquel chico. Debía de prestarle nula atención a sus palabras. Debía desconfiar. Sin embargo, la pequeña no podía evitar tener ese sentimiento de gratitud que la embargaba ahora. Y, lo que más, aún más fuerte era la curiosidad que sentía por descubrir la identidad de su salvador.

—Yo estaré bien — Aseguró Severus, poco convencido. Sabía que no había manera de que eso fuese a convertirse en verdad.

—¿Esperarás a tu Reina?— La niña le preguntó mientras se frotaba los ojos con las manos. Hacía rato que la visión permanente del tumbado de su alcoba le había empezado a fastidiar, en especial ahora que lo que más quería era descubrir la cara de su misterioso interlocutor.

—No, ya no. Creo que tendré que regresar a casa — Respondió Severus, sin ánimo, jugando con los bolsillos de su larguísimo abrigo, mirando el despejado cielo matutino, pensando.

Pensando en que quizás su pequeña excursión podría haber sido placentera en otras circunstancias. Quizás si estuviera, por ejemplo, con sus padres. Acampando, tal vez… Contando historias y encendiendo fogatas. ¡Ah! Si le hubieran visto sus padres ahora, metido en problemas, por tonterías como las que le habían llevado hasta allí.

¿Qué le dirían sus padres?

¿Se burlarían o se enfadarían el uno con el otro? ¿Se echarían la culpa por tener un hijo tan tonto, tan falto de sentido común? ¿Alguno de ellos se pondría de su parte? ¡Cómo habría de ser eso posible! Si todo aquello tenía que ver con magia. Con magia y fantasía. Y lo que era peor, fantasía muggle. Cómo podía ser posible, si a su madre le gustaba la fantasía tanto como a su padre le gustaba la magia…

Pero ¿qué podía hacer él? La magia y la fantasía eran parte de sí mismo. Ambas le proporcionaban aquel mundo que tanto anhelaba habitar. Un mundo al que sí podía pertenecer. Porque sin importar cuánto discutiesen sus padres el no podía ser cambiado. Era lo que era y punto. Incluso lo muggle era una parte de él. Innegable, totalmente innegable. La parte de él que le ataba a su padre, un vínculo que apreciaba; pero también la parte que lo alejaba de su madre. La parte que le ataba al penoso mundo donde la magia y la fantasía eran sólo meras cursilerías.

—¿Tú también vives cerca?...¿Vas a estar bien? — Insistió la niña, y su voz preocupada repitió varias veces aquellas palabras, sacando a Severus de su ensimismamiento. Había algo en la voz del niño que la hacía sentir preocupación por dejarlo solo. Había algo en sus silencios. Había algo...

—Sí…aunque…—El pequeño delató su temor cuando empezó a titubear — En realidad…no lo sé…

—¿No sabes cómo volver?

—Supongo que sí… Es decir…Debo hacer lo mismo que tú…—El niño seguía sonando poco convencido. Sabía que era imposible hacer lo que la misteriosa niña había hecho, pues nunca lo había intentado antes y sabía que, ahora que había perdido su magia, era irremediablemente imposible tener éxito. Severus estaba convencido de que ya no era un mago, así como definitivamente sabía que la niña frente a él no era la reina de las nieves. Sólo era una muggle; o mejor dicho, una bruja de orígenes muggles. Tal vez, igual que él, una mestiza.

Todo el espanto que había resistido desde el día anterior pareció golpearlo al fin, tanto que el pequeño no pudo resistir más. Quiso decir algo pero la voz se le ahogó hasta que comenzó a sollozar en silencio, esperanzado de que ella no pudiera oírle. Pero no tuvo mucho éxito…

Al escucharlo, Lily se angustió de nuevo, caminó hacia él, todavía ciega, y lo abrazó. Al sentirse consolado Severus no pudo contenerse y rompió a llorar a todo pulmón.

—¡No llores, por favor! Estarás bien…¡Estaremos bien! —La niña le daba pequeñas palmaditas en la espalda intentando reconfortarlo, pero Severus estaba muy lejos de calmarse.

—Es un sueño ¿No es así? Incluso si no lo consigues, cuando abras tus ojos estarás en tu cama y todo estará bien. ¡Ya lo verás! — La voz dulce de la niña retumbó en sus oídos, ella realmente confiaba en lo que él le había dicho.

—Tú lo prometiste, ¿no? No mentías, ¿cierto?— Los haces de luz en el rostro de la pequeña empezaron a tomar forma de dos ojos almendrados y en aquel momento la niña casi fue capaz de distinguir una borrosa figura delante de ella.

Severus observó cómo sucedía y supo de inmediato que no tenía mucho tiempo. Tenía que ser fuerte por ella. Se lo debía. Habría muerto en la helada si ella no los hubiera cubierto a ambos con su calor.

—¡Vete! Vete ahora, por favor…¡Tienes que darte prisa!— Urgió Severus notando con temor como los ojos de la niña se estaban formando cada vez más reales sobre su pálido rostro.

—¡No!— Se negó la pequeña.

Lily no iba a dejarlo solo. Él la había ayudado antes cuando nadie lo había hecho. No iba a dejarlo solo. Tenía que asegurarse de que el niño lograra regresar a su casa. Aunque fuera sólo un sueño, no lo iba a dejar sólo.

—No seas tonta, ¡vete! —El niño ahora forcejeaba por zafarse de los brazos de la niña.

—¡No hasta que tú vayas a casa!

—¡Yo no podré!

—¡Entonces yo tampoco!

—¡No! ¡Tú no entiendes! Yo ya no…¡yo ya no soy como tú!...

Lily cada vez distinguía más a la borrosa silueta frente a ella. Tanto que casi pudo ver la angustia en el delgado rostro. Lanzó sus brazos hacia su rostro y palpó sus facciones. Era un humano, un chico casi de su estatura y probablemente de su misma edad. Estaba tan helado como ella lo estaba ahora. Tenía miedo y ella también. ¿Cómo podían ser distintos?

—¡No siento que seamos diferentes para nada!— Le dijo alzando su voz ronca en medio de sus sollozos.

—Ahora— Continuó la niña con recia voz de mando— vas a ir casa y que despertarás a salvo, porque yo también lo haré!

El niño quiso protestar pero ya casi atisbaba un par de perfectos ojos verdes clavados en él.

—¡Ahora cierra los ojos!—Ordenó ella. Severus los cerró inmediatamente. La niña ahora también cerraba los suyos.

—Piensa en tu casa— Lily ordenó repitiendo las mismas instrucciones que el niño le había dado antes a ella. Las pronunciaba muy alto, más de lo necesario; y, mientras las decía, ella también las obedecía con prisa.

—¡Ahora desea estar allí!— La niña gritó cada palabra de la última orden y la tensión y su miedo a fracasar la hizo duplicar la fuerza del abrazo.

—¡No!— Chilló el pequeño entre sus brazos.

—¡Sí! No tengas miedo ya verás que…

—¡NO!... Tienes que soltarme o lo arruinaremos para ambos — dijo él sin abrir los ojos.

—Oooh…— Escuchó la exclamación de entendimiento. Casi al instante sintió cómo los brazos de la pequeña iban liberándole.

—¿Ahora podemos?...

—Sí — Respondió Severus. El niño escuchó a medias a Lily repitiendo una nueva y, probablemente, última vez la orden final.

Esta vez era la definitiva. Se marcharían, o al menos ella lo haría. Severus sabía que quizás él no iba a lograrlo pero juró mentalmente por ella, que lo intentaría con todas sus fuerzas. Porque ella confiaba en él y se preocupaba por su suerte. No iba a defraudarla. Y, aunque quizás ya no era un mago, todavía le quedaba el último recurso de los muggles; Severus todavía creía en los milagros…Había sobrevivido ¿no?...Aunque hubiera sido sólo gracias a…

Severus sintió algo extraño que lo hizo sonreír sin motivos. El niño dudó un momento pero luego ya no pudo evitar quedarse callado —¡Oye!...—La llamó atropelladamente, cuidándose de no abrir los ojos.

—…Gracias— Exclamó el pequeño, totalmente sincero.

— Gracias a ti — Respondió ella con una gran sonrisa en sus labios. Severus no pudo verla pero la intuyó, y ese sentir le dio la fuerza que necesitaba.

Iban a lograrlo. Los dos. No sabía cómo, pero sucedería.

Entonces rompieron el abrazo y esta vez fue Severus quien dio la última orden, la de volver a casa. Ambos experimentaron la extraña sensación de ser comprimidos en el espacio, justo cuando la oscuridad comenzaba a formarse ante ellos.

—Por cierto, soy Lily E…—El pequeño grito de Lily ya no alcanzó a terminarse.

Se escuchó un fuerte "crack" en medio del bosque. Algunos pájaros volaron lejos, bastante asustados. Lily y Severus lo habían conseguido.

En medio de la nieve sólo un agujero, que mostraba el verdor del bosque, quedaba revelando los extraños sucesos de la noche anterior. Revelando un secreto guardado por siglos.

Porque, en medio de seres incrédulos, la magia se encendía en silencio. Justo como en aquellos inocentes pequeños , la magia ardía de repente y ya no se apagaría jamás.

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—¡CRACK!—

El crujir del piso de madera le informó que había aterrizado en su habitación. Trastabilló un poco antes de caer de bruces al suelo.

Lo había conseguido. El corazón le latía con fuerza de la emoción, estaba mareado y tenía nauseas, pero aquello no mermaba su felicidad.

¡Lo había conseguido!

—¡Soy un mago!—Gritó casi llorando de felicidad. Revoloteó alrededor de la habitación, olvidándose del ruido que causaban sus pasos sobre la madera. Nada podía frenar su alegría. ¡Tenía que celebrarlo!

Subió a su cama y saltó en ella como una docena de veces. El ruido era infernal, pero ya ni siquiera le importaba ser descubierto.

—¡Soy un mago!—Vitoreó una vez más como deseando que todo el mundo se enterara.

Qué diablos le importaba el estatuto del secreto. ¡Todavía era un mago!

Y no un mago común, sino uno de los buenos, porque no cualquiera se aparecía a los ocho años.

—¡Soy un mago!—Gritó todas las veces que quiso, y sin censurarse de correr, esta vez, por toda la casa. Si con todo el alboroto que había armado sus padres no habían despertado, era obvio que no se encontraban allí. Habrían salido a hacer compras quizás.

¡Qué más daba!

Tenía la casa para él solo y de paso había recuperado la magia.

Severus estaba loco de la emoción.

Rodó unas mil veces en la cama de sus padres, y pataleó eufórico una eternidad. Tanta algarabía al fin hizo que las nauseas le ganaran la batalla, y el pequeño sólo alcanzó a sacar la cabeza lejos de la cama antes de devolver todo el escaso contenido de su estómago.

—¡Puaj!—Exclamó con disgustó. Tendría que limpiar eso. Pero ya habría tiempo más tarde. Por ahora, sólo quería disfrutar. Dando brinquitos bajó las escaleras y se dirigió a la sala.

Arrastró una sillón y se trepó como pudo a las altas repisas donde su madre guardaba los libros de magia. Rebuscó entre los gruesos libros hasta que encontró el título que buscaba.

"Aparición y métodos de traslación mágica"

Subió el libro hasta su habitación y lo ocultó bajo la almohada. Más contento de lo que nunca hubiera imaginado estar, limpió la habitación de sus padres y rehizo la cama reparando en cada pequeño detalle para que no se notase su intrusión.

Se encerró en su cuarto y comenzó con su lectura.

—Ya, ya…es por eso que he vomitado— Hablaba consigo mismo en un bizarro pero alegre monólogo. En las páginas que hablaban de la aparición, encontró un artículo que decía que por lo general los adolescentes vomitaban en su primera aparición. Con todo y lo vergonzoso que aquello debía resultar Severus estaba irónicamente orgulloso, pues demostraba que sin lugar a dudas se había aparecido por primera vez.

—¡Y eso que sólo tengo ocho!— Presumió ante sí mismo.

Leyó sin parar toda la mañana. En algún punto, se encontró con el capítulo dos: "Peligros comunes al aparecerse" y casi se muere del susto cuando vio las ilustraciones que habían debajo de un gran titular: "Escisiones comunes en la aparición".

Para cuando sus padres regresaron, el niño ya había leído siete capítulos completos del libro. Habían ido de compras, por lo que un nada habitual ambiente de abundancia reinaba en la casa, aumentando así el buen humor de Severus.

Sus padres no le hicieron preguntas, así que el niño estuvo seguro de que ellos no se habían enterado de su pequeña fuga de la noche anterior. Actuaban como siempre, aunque estaban algo callados. Sólo un poquito más de lo normal, pero Severus no tenía ganas de enterarse acerca de los motivos, así que no preguntó.

Para Severus todo parecía haber vuelto a la normalidad. Sin embargo, había algo que había cambiado. Tenía una inquietud.

La niña muggle… ¿Lo habría logrado?

Severus no se la podía sacar de la cabeza. Ella era, de alguna manera, la causa por la cual sus poderes habían regresado; y lo menos que podía hacer era desear que hubiera llegado a su casa a salvo. Y para ser muy honesto, sabía que estaba en verdad muy preocupado por ella; pues en el libro había encontrado respuestas a lo que había sucedido en el bosque:

"Escisión del alma"

Una peligrosa técnica que realizaban los magos adultos para desdoblarse en entidad física y entidad espectral. Accidentalmente realizada podía tener efecto nefastos. No había registros de que le hubiera ocurrido aquello a un niño, sin embargo había todo un capítulo dedicado a la escisión accidental del alma en magos sonámbulos. Habían algunos casos de muertes por escisión del alma.

Severus tenía terrible miedo de que le hubiera pasado algo malo a la chica muggle. Todo lo que quería ahora era saber si estaba bien. Quería volver a verla.

Porque Severus tenía ahora una nueva teoría respecto a la misteriosa niña. También tenía una nueva teoría sobre la reina de las nieves. Efectivamente, el chico no había dejado de creer en la reina. Después de todo, había visto el carruaje…

En el libro que Severus ocultaba bajo su almohada, había una hoja escondida. Una hoja de cuaderno en la que había un dibujo hecho con crayones:

En el suelo, unos rayones de crayón verde representaban el bosque. Y, en medio de ese bosque, habían dos manchitas garabateadas. La primera era un mancha de crayón negro. La otra era una mancha de crayón rojo.

La reina en su carruaje de hielo, era una mancha blanca y redonda surcando el cielo, por encima del bosque. Un ridículo bocadillo —similar al de las historietas— había sido dibujado saliendo de la boca de la reina. Dentro de este se leía una frase:

Feliz cumpleaños Severus, se llama Lily.

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—¡CRACK!— El sonido repentino perturbó por unos instantes el sueño de su hermana en la habitación contigua.

—…Evans— Se escuchó a si misma decir, antes de sentir el impacto.

Lily sintió su rostro golpeando el alfombrado piso de una cálida habitación.

¿Estaba al fin en casa? ¿De verdad?

El lugar olía a desinfectante de fresa, igual que su habitación. La textura de la alfombra se sentía idéntica a la de su habitación. Tenía que ser…

Aún así no quiso abrir los ojos todavía. Los apretó con fuerza y se llegó hasta donde recordaba su cama debía estar, a tientas. Cuando la encontró, sonrió aliviada y se subió a toda prisa. Todavía no sintió confianza de mirar, se echó encima todas las cobijas recordando.

"Y cuando despiertes todo estará bien"

La voz de aquel niño todavía le sonaba en los oídos. Tenía que hacerle caso. Debía despertar y entonces todo estaría bien. Giró un poco hacia el centro de su cama y sintió que chocaba con algo. Luego ya no supo más.

Una hora más tarde, la niña abría los ojos perezosamente.

Lily se frotaba sus ojos y, por primera vez luego de casi seis horas de separación, su cuerpo y su alma volvían a ser un todo de nuevo. Claro que ella no lo sabía, y probablemente no lo sabría nunca.

Se sintió un poco extraña toda la mañana. Entre una alegría demasiado exagerada por volver a ver a Petunia y a sus padres, y haber encontrado varias ramitas enredadas en su pelo mientras se peinaba; la niña no supo decidir qué era lo más extraño.

Todo el día en la escuela se la pasó somnolienta y fenomenalmente cansada, como si no hubiera dormido bien. La única explicación medio creíble que halló medio convincente fue la que propuso Petunia: que la pelea con la niña del parque y la pena por la pérdida del bolsito la habían afectado mucho. Y sí, podía ser eso muy cierto; pero no encajaba del todo porque, de algún modo, Lily ya no se sentía triste por la pérdida del Bolso Ceremonial.

¿Qué soñabas anoche?— Petunia le había preguntado de camino a la escuela, para luego contarle que había escuchado un ruido que venía desde su habitación y que indicaba que tal vez podía haberse caído de la cama.

Lily se había encogido de hombros ante la pregunta.

Y es que la niña no se acordaba mucho de la noche anterior, aunque, sí que se sentía como si hubiese soñado algo raro…

Ese mismo día, antes de acostarse a dormir, Lily hizo un esfuerzo supremo por recordar; pero ninguna imagen de su sueño regresó a su memoria. Aunque…

— ¡Tuney! ¡Tuney! ¡Creo que he recordado! — Llamó la niña con prisa, como temiendo que el recuerdo se le esfumara en un segundo.

—¿Qué cosa has recordado?— Respondió Petunia entrando en la habitación con paso perezoso.

— He soñado con una reina…—Respondió con los ojos iluminados de emoción. Petunia la miró un tanto extrañada y levantó una ceja. Iba a responderle algo pero entonces los ojos de Lily lanzaron otro destello de emoción.

—No, espera…no era una reina, más bien era…¡Había un príncipe!…aunque…— Lily frunció el ceño en su concentración y rasqueteó su barbilla. Petunia ahora la observaba con impaciencia.

—Lily, debo recordarte que tenemos clases mañana…— Exclamó su hermana mientras se cruzaba de brazos con el ceño fruncido.

— Bueno, he soñado con eso…—Lily sonrió disculpándose mientras se metía de lleno a su cama. — Una reina, o un príncipe, o algo por estilo …

Petunia puso los ojos en blanco y apagó la luz de la habitación antes de irse.

Lily se durmió casi al instante.

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AVANCES: EN NUESTRO PRÓXIMO CAPÍTULO "BUSCANDO A LILY" SEVERUS INICIA SU BÚSQUEDA DE LILY, MIENTRAS QUE PETUNIA EMPIEZA A NOTAR LOS PEQUEÑOS EFECTOS DE LA PRIMERA APARICIÓN DE LILY.

BIEN, AHÍ LO TUVIERON JEJEJ, SÉ QUE DEMORÉ EN ACTUALIZAR… ESPERO QUE LO HAYAN DISFRUTADO, A MÍ ME ROMPIÓ LA CABEZA ESCRIBIR ESTE CAPI (SE ME BORRÓ DOS VECES––¡MALDITOS VIRUS!––) ESPERO NO ESTAR CONFUNDIÉNDOLOS CON LA HISTORIA, CUALQUIER SUGERENCIA PUES ME PUEDEN ENVIAR UN MP O UN REVIEW XD!

RECUERDEN SER INDULGENTES CON LA CACOGRAFÍA, PERO ES QUE ESCRIBO DE MADRUGADA Y A VECES SE ME PASAN LOS ERRORES.

NOS LEEMOS, ESTA VEZ TRATARÉ DE ACTUALIZAR CADA DOS SEMANAS.

SALUDOS,

YOSHI