¡Hola a tods!

Sólo quiero agradeceros una y mil veces que estéis leyendo este fic, y sobre todo lo agradezco a quien me ha avisado de que lo sigue, a través de:

- Sus reviews: J0r, Krisy Weasley, milapotterweasley, susy snape, Nat Potter W y ginalore28.

- Añadiendo esta historia a sus favoritas: -aguusblack, J0r, Magiiebl0od, Medea Circe, milapotterweasley, Nyra Potter y vps.

- Añadiendo esta historia a sus alertas: -aguusblack, J0r, Jose-black, KazeLylianPotter, Nat Potter Weasley y susy snape.

(Algunos aparecéis tres veces, eso sí que es amor, jeje, y yo os adoro más todavía)

¡Sois todos maravillosos!

Quiero agradecer especialmente a todos los que me habéis enviado mensajes de apoyo y felicitación por el triunfo de "La Roja" en el pasado mundial. Me llegaron al alma. No podéis imaginar cuánto os lo agradezco y cuánto han significado para mí. La verdad es que se ha cumplido uno de los sueños que durante mucho tiempo creí que jamás vería cumplidos, así que podéis imaginar cómo me siento.

Y nada más. Espero que os guste este capítulo y que me dejéis reviews con vuestras opiniones. ¡Eso sí que me hace feliz!

Un abrazo.

Rose.


Capítulo 2: Frente a frente.

Hermione y Ginny entraron, serias y preocupadas, en la antesala que conducía al despacho del Ministro de Magia. Inmediatamente, una rubia con cara de muñeca y aires de superioridad las miró con desgana desde detrás de su mesa de oficina, esperando a que le dijesen para qué estaban allí.

- Venimos a hablar con el Ministro – anunció Hermione sin ceremonia, fingiendo no haber notado el desprecio que la otra les mostraba.

- Eso es imposible – negó la rubia, tajante, mientras se cruzaba de brazos como si de un auror protegiendo el despacho se tratase.

- Mira, no tengo el ánimo para jueguecitos. Vengo a tratar con Kingsley, – remarcó esta última palabra para hacer notar claramente a la chica su amistad personal con el Ministro – un asunto oficial, y no serás tú quien me lo impida.

Ginny contempló a su amiga estupefacta: no comprendía lo que estaba presenciando y presentía que, en el pasado, ambas mujeres debieron haber sufrido algún encontronazo.

Al escuchar las últimas palabras de Hermione, la secretaria del Ministro bajó los humos y relajó su postura, pero no cambió de parecer.

- El señor Ministro está reunido con el Jefe, y nadie, ni siquiera tú, puede molestarlos ahora – explicó, llena de satisfacción. Se notaba que realmente estaba disfrutando con aquella situación.

- ¿El "Jefe"? – Ginny interrogó a su amiga, llena de curiosidad.

Pero Hermione no tuvo oportunidad de responder, ya que la rubia se apresuró a hacerlo por ella.

- El señor Potter, por supuesto – miró a la pelirroja como si esta no supiera nada de nada en este mundo.

- "Jefe" es el apodo con que casi todos llaman a Harry cariñosamente en el Ministerio de Magia, desde que accedió al puesto de Director del Departamento de Seguridad Mágica. Él es muy querido aquí – le explicó Hermione.

- ¡Faltaría más! ¡No existe nadie como él! – afirmó la rubia con pasión.

La castaña la traspasó con la mirada, mientras todas las alarmas saltaban en el corazón de la joven periodista.

De pronto, la puerta del despacho del Ministro se abrió de forma impetuosa, y Harry salió por ella, airado. Inmediatamente, todas las chicas centraron su atención en él.

- ¡Por Merlín! ¡Compréndeme! – se oyó la voz de Kingsley desde dentro - ¡Ya sé que el director de El Profeta nos ha tendido una trampa! ¡Si accedí a conceder el reportaje fue porque en ningún momento se la mencionó a ella como el reportero que se encargaría de escribirlo!

Harry se detuvo, girándose hacia su amigo con la furia reflejada en el semblante.

- ¡No puedo comprenderte! ¡Por lo que más quieras, Kingsley! ¿Qué demonios esperabas de ese embaucador? – respondió de forma acusadora.

- Tienes razón, Harry. Pero el Ministerio ya ha empeñado su palabra. No podemos desdecirnos ahora, perderíamos muchísima credibilidad – intentó razonar para calmarlo.

- ¡Lo sé! ¡Maldita sea! – el moreno volvió a entrar en el despacho y se encaró con el Ministro – Si lo hago, lo hago por ti – concluyó, señalando a Kingsley con su dedo índice.

- Gracias, muchacho. Sé lo doloroso que todo esto va a resultar para ti – le ofreció una sonrisa amable.

- No tienes ni idea – respondió Harry con voz seria y melancólica, pero ya más calmado – Te mantendré al tanto.

Y sin añadir nada más, abandonó el despacho caminando de forma decidida. Harry pasó ante las tres mujeres sin prestarles la más mínima atención, y ya iba a abandonar la estancia, cuando la voz de su amiga lo detuvo.

- Harry… - lo llamó Hermione.

Él viró, sorprendido, buscando el origen de aquellas palabras. Al localizar a su mejor amiga, caminó hacia ella, mientras suavizaba la dura expresión de sus rasgos.

- Perdona, no te había… - paró en seco al percatarse de por quién estaba acompañada la castaña.

Su verde y profunda mirada se clavó en Ginny con tanta intensidad, que la chica se vio obligada a contener la respiración.

- Hola, Ginevra – la saludó con cortesía; aunque la frialdad de su voz denotaba el profundo disgusto que le había producido aquel encuentro – Veo que ya estás aquí. Te quiero en mi despacho dentro de diez minutos. Tenemos mucho que hablar sobre el "trabajito" que te han encomendado.

Ginny no pudo articular palabra. Sólo supo que estaba allí, ante él, de pie como una estatua a no ser porque sus rebeldes ojos se empeñaban en recorrer al chico de arriba abajo con emocionada avidez. Pronto comprobó deleitándose de forma dolorosa, que aquellos bellos rasgos, con los que tanto soñaba y que atesoraba en sus recuerdos, mostraban el mismo atractivo de siempre, sino mayor, definidos y acentuados por la seriedad que ahora los enmarcaba. La camisa blanca que él llevaba - pulcramente adornada por una elegante corbata - y su pantalón de traje, no permitían traslucir su musculatura, pero en cambio la hechura de su espalda dejaba bien claro que aquel cuerpo practicaba deporte con mucha frecuencia. Todo él se veía más fornido, algo que encandiló a la pelirroja.

- Harry, quería hablar contigo sobre… - Hermione llamó la atención del chico nuevamente, intentando echar una mano a su amiga.

- Y yo necesito que usted me de la postura definitiva que adoptará el Departamento de Seguridad Mágica en materia de… - interrumpió la secretaria con descaro, sonriéndole lánguidamente para intentar adueñarse de la situación.

- Ahora no – sentenció él, reforzando sus palabras con un ademán de negativa – Estoy muy ocupado – depositó un cariñoso beso en la mejilla de Hermione – Me alegro de verte. Si quieres, podemos comer juntos hoy.

- Claro. Ya sé que has enviado a Ron al quinto pino en misión oficial – su amiga le dedicó un gesto de reproche que no iba en serio.

Él sonrió por primera vez desde que ellas lo habían encontrado.

- Bien. Entonces, nos vemos luego.

Y reanudó su camino con rapidez, dejando a las tres chicas solas de nuevo.

Ginny exhaló de forma escandalosa, sin importarle que la rubia la amenazase con la mirada, resentida porque Harry la había ignorado; no sabía desde cuándo había estado conteniendo la respiración. Hermione le indicó que la siguiera y las dos amigas se marcharon también, sin dedicarle a la otra ni una palabra de adiós. Cogieron el ascensor para bajar al segundo piso. El cubículo iba atestado: varias personas, que se dirigían a pisos distintos, se acinaban casi pegadas unas a otras, mientras varios sobres portadores de distintos documentos revoloteaban entorno a ellos, a la espera del piso que los conduciría hasta su destinatario. Al salir de él, ambas respiraron aliviadas y comenzaron a caminar de nuevo, comenzando a cruzarse con personal diverso del amplio Departamento de Seguridad Mágica, pero no se fijaron en ningún rostro con el que se encontraban, no tenían el ánimo para ello.

- ¿Quién es esa chica? – preguntó Ginny, mientras caminaban.

- Es Beatrice Blacksoul, la secretaria de Kingsley; y a veces también de Harry, ya que este se niega a tener una propia. No sé quién la ha colocado aquí, pero sí que no ha entrado a trabajar en el Ministerio por méritos propios – respondió la otra.

- No te gusta, ¿eh? – la pelirroja sonrió de forma socarrona.

- ¿Acaso se nota? – Hermione la miró con fingida candidez.

- ¿Es… la novia de Harry? – preguntó a bocajarro, tras detener a su amiga cogiéndola por el brazo. La observó sin pestañear, temerosa de la respuesta.

- Lo pretende, y eso es lo que intenta hacer creer a todo el mundo – a Ginny le cayó el alma a los pies – pero no. Aunque se comporta con él de una forma tan solícita y adorable, que no sé si a la larga acabará consiguiéndolo – miró a su cuñada con pesar – Harry ha estado solo desde que tú y él… Pero ya ha pasado todo un año y… ¡Bueno! – concluyó, nerviosa - ¡Sabes de sobra lo que intento decirte!

- Lo sé… - Ginny sonrió con amargura – He intentado odiarlo, y dejar de quererlo, pero aunque no sé si podré perdonarle por lo que hizo, estoy segura de que siempre le querré. No estoy preparada para esto. No lo estoy.

- Mira, voy a hablarte claro: reconquístalo u olvídate de él.

- ¿Reconquistarlo? – se sorprendió la otra, mostrándose más indignada de lo que realmente estaba.

- No tienes más opciones lógicas – se encogió de hombros con naturalidad – Tú verás. Bueno, ya hemos llegado al Cuartel General de Aurores, donde Harry ha establecido su despacho. Supongo que es el lugar donde más cómodo se siente. Desde aquí, has de seguir tú sola. Yo me marcho a casa antes de que mi jefe me encuentre en el edificio y me haga quedarme. Si fuera por él, nunca tendríamos vacaciones.

Dio un cariñoso beso a su amiga y un abrazo de ánimo, y se marchó.

Al quedarse a solas, Ginny miró a su alrededor por primera vez desde que había llegado al Ministerio de Magia. Dentro de aquel inmenso edificio, que había recordado de un modo mucho más familiar – dados los acontecimientos pasados que ella misma había vivido allí y la proximidad a él por el trabajo de su padre – ahora se sentía como una extraña, como si todo dentro de él hubiese evolucionado al margen de ella, como de hecho había sucedido. Aún alucinaba al recordar cómo Harry, hacía tan sólo unos minutos, daba órdenes con tanta autoridad, tan seguro de sí mismo, en el sancta sanctorum de los magos, allí donde tan mal se le había tratado en el pasado y tanto se había cuestionado su actitud con respecto a su enemigo mortal: Voldemort. Donde hace años no era bien recibido por la mayoría, ahora su palabra era la ley. Definitivamente, nada era ya tal y como ella lo recordaba, y en su fuero interno deseó que al menos el despacho de su padre permaneciese invariable para poder aferrarse a algo conocido, para conseguir esa seguridad que ahora le faltaba. Así que decidió que, en cuanto hubiese terminado su "charla" con Harry, le haría una visita urgente a su padre, mucho más que urgente, necesaria.

Al entrar en el Cuartel General de Aurores, una amplísima sala diáfana plagada de puestos de despacho que pertenecían al escuadrón de aurores, con tan sólo un gran despacho al fondo – que debía ser el de Harry – los pocos aurores que estaban en la oficina en aquel momento la observaron llenos de curiosidad. Ella les devolvió la mirada tímidamente, pero no vio a nadie conocido entre ellos. Pronto una chica morena, menuda y pizpireta se acercó a ella, solícita, y le estrechó la mano sonriente.

- Ginny Weasley, ¿no? ¡Perfecto! Acompáñame, el Jefe te está esperando.

La tomó por una mano y la arrastró tras ella hacia el despacho del fondo, mientras Ginny no podía evitar recordar a Tonks con una punzada de dolor, pues aquella chica se mostraba tan afable y despreocupada como ella. Cuando notó que la morena dejaba de tirar de su mano, ella se detuvo y volvió a centrarse en el lugar donde se encontraba.

- Hemos llegado – anunció la otra con una amplia sonrisa – Ánimo, no muerde.

- Eso espero – susurró, sin dejar que la chica la escuchase – Muchas gracias – le devolvió la sonrisa mientras ella se marchaba.

Respiró hondo, intentando contener su nerviosismo para no translucir sus sentimientos, pero no se demoró mucho en llamar, ya que seguía siendo observada por el cuartel en pleno, e hizo sonar sus nudillos contra la puerta con firmeza.

- ¡Adelante! – no tardó en escuchar.

Entró sin dudarlo, ya que sabía a la perfección que, si lo hubiese hecho tan sólo por un segundo, sus piernas ya no le habrían respondido. Cerró la puerta tras ella: pasase lo que pasase allí en aquel momento, no deseaba que nadie lo supiera.

La chica se dio cuenta de que Harry la observaba con detenimiento, pero pronto corrigió su apreciación inicial: él observaba con detenimiento su rostro, sin duda la estaba evaluando. Si en algún momento había fijado su vista en el resto de su figura, desde luego ella no pudo notarlo. El chico todavía tenía entre sus manos el documento que había estado leyendo hasta que ella entró, la existencia del cual ahora parecía no recordar.

- Aquí estoy, tal y como me has pedido – anunció ella.

Inmediatamente, Ginny se maldijo para sus adentros. La primera frase que le dedicaba en todo un año, y había sido "Aquí estoy", sin duda algo innecesario por la evidencia de su presencia allí. Seguramente él estaría pensando en aquel mismo momento que ella se había vuelto tonta debido a algún golpe recibido por una bludger.

Él se limitó a indicarle que tomase asiento en una de las dos sillas que había frente a su mesa. El joven aguardó a que lo hiciese, y cuando la tuvo donde quería, dejó el documento que llevaba en la mano encima de la mesa pausadamente, sin dejar de mirarla.

- Bien. ¿En El Profeta queréis saber de mí? Pues sabréis de mí, lo que yo desee y cuando lo desee. Este es el plan de actuación: durante cuatro semanas – ya que ese es el acuerdo que Kingsley ha firmado con tu jefe – investigarás sobre mi vida y mi trabajo. En cada una de ellas, dos días los pasarás conmigo fuera de aquí para conocer mi vida privada, mejor dicho, la parte de mi vida privada que yo desee mostrarte. Estos días serán, por lógica, en fin de semana, ya que en los días laborables, mi vida se compone tan sólo de lo que puedas ver aquí. Otros dos días los pasarás aquí, observando cómo trabajamos en el Departamento. Y haz lo que quieras con los otros tres días: escribe, vete de compras, haz lo que te venga en gana, pero no molestes. Tanto mis hombres como yo, tenemos demasiado trabajo como para andar haciendo de cicerone para un periodista. ¿Alguna pregunta?

Ella lo miró, totalmente indignada, no sabía si más por el trato frío, distante y lleno de desprecio que le estaba dando o porque él en absoluto valoraba el trabajo que ella iba a desempeñar.

- ¡No aceptaré órdenes tuyas, Potter! ¡Yo no soy uno de tus hombres, ni trabajo para ti! – sentenció ella.

A diferencia de la voz de Harry, que se había mostrado fría y modulada, la suya era pasional, cargada de sentimiento, y muy, muy enfadada. Sus ojos destilaban chispas que lo traspasaron de parte a parte sin compasión.

- ¡Merlín me libre de que algún día lo seas! – respondió él, irritado. Ella supo que, sin duda, algo de lo que le había dicho había dado en el clavo - ¡Pero mientras estés conmigo, harás lo que yo diga! ¡O mi colaboración en esta locura se ha terminado! ¿Entendido?

- ¡Ja! – se burló ella, arrogante - ¿Acaso crees que te necesito para poder escribir sobre ti? ¡Yo soy quien mejor te conoce en este mundo!

- ¡Pues muy mal que lo demostraste! – si de causar heridas se trataba, ambos sabían bien cómo hacerlo. No en vano habían sido novios durante muchos años - ¡Pero claro! ¡Se me olvidaba! ¡Ahora trabajas para El Profeta! ¡Por supuesto que no me necesitas para publicar una sarta de mentiras y manipulaciones sobre mí! ¡Que te cunda lo que escribas! ¿Crees que me importa?

Ginny se puso en pie, humillada y ofendida; lo encaró llena de furia y de reproche, pero no dijo nada, tan sólo se marchó. Las lágrimas estaban apunto de saltarle, mas ni loca se permitió desbordarlas hasta que se hubiese alejado lo suficientemente, del Cuartel – donde todos la observaban ahora con infinita curiosidad - tras caminar sin rumbo fijo y sin mirar atrás. Anduvo con rapidez durante un par de minutos, casi corrió, sin reparar en su destino, ya que lo único que deseaba con todas sus fuerzas en aquel momento era no haberle vuelto a ver jamás, alejarse de él lo máximo posible. No supo si en su camino se encontró con una persona o con mil de ellas, pues nada le importó, y cuando cansada por la carrera y por el llanto que estaba intentando evitar halló un recodo apartado en uno de los pasillos, dejó de correr y se pegó con fuerza a la pared, apoyándose en ella, llena de desesperación. Sólo entonces el llanto surgió de forma libre y espontánea, y ella se entregó a él, harta de huir.

- Lo siento – escuchó a su espalda.

Dio un respingo, pues una voz conocida y anhelada había sonado prácticamente pegada a ella, pero en cambio no sintió contacto alguno. Se maldijo para sí misma, pues estaba deseando como loca sentirse abrazada por el propietario de aquella voz.

- He sido injusto contigo – continuó la voz, con un ligero tinte de disculpa.

- Yo no soy El Profeta, Potter – respondió ella, negándose a girarse para mirar al joven, se dijo a sí misma que por indignación, pero la verdad era que se habría echado en sus brazos si lo hubiese hecho.

- Lo sé – hubo silencio durante un momento – Vamos a ver si soy capaz de arreglar esto…

Sin previo aviso, Harry la tomó por los hombros de forma suave pero firme, y la obligó a que se diese la vuelta. Ella intentó resistirse en vano, pues la determinación que él mostró era inquebrantable. Al darse cuenta de que la chica había estado llorando, el moreno secó con sus dedos suavemente las últimas lágrimas que recorrían su rostro, y al mirarla a los ojos de nuevo, sonrió.

- Empecemos otra vez. Mucho gusto, señorita Weasley. Soy Harry Potter. ¿Por qué no me expone su plan de actuación y lo comentamos? – le tendió la mano con amabilidad, sin abandonar su leve sonrisa.

Ella la estrechó por fin, aún enfadada, y el calor de aquel contacto recorrió su cuerpo como una descarga de energía pura y excitante. Intentó disimular, con la esperanza de que él no notase que ella había enrojecido como una adolescente.

- No tengo ningún plan de actuación – casi murmuró.

- ¿Y entonces por qué demonios te ha sentado mal el que he propuesto yo? ¿Tan malo es? – preguntó él, súbitamente sorprendido.

- ¡Lo tuyo ha sido una orden! ¡No una proposición! – se defendió ella con indignación.

- Oh, Dios… - él suspiró, exasperado – Está bien. Basta de órdenes por el momento – al escucharle, ella lo taladró con la mirada, pero él fingió no haberse dado cuenta – Volvamos a mi despacho, Ginny.

Ella creyó haber alcanzado el cielo al escuchar cómo él, por primera vez desde su reencuentro, la había llamado por su nombre familiar.

- ¡Menuda has montado en el Departamento! – casi gritó, más divertido que enfadado, mientras caminaban juntos de regreso al despacho de Harry.

- Todos pensarán que me has pegado, por lo menos – se burló ella, mordaz.

- ¡Al demonio lo que piensen todos! – gritó él, molesto.

Ginny sonrió abiertamente al escucharle. Definitivamente, Harry continuaba siendo el hombre que ella tan bien conocía.

- Ninguno de los dos hemos pedido esto – argumentó el chico – Será mejor que ambos intentemos sobrellevarlo del mejor modo posible. ¿Tregua? – fijó sus ojos en los de ella con sinceridad.

- Tregua, si no cuestionas de nuevo la profesionalidad de mi trabajo – respondió la pelirroja, decidida.

- No lo haré.

Ambos siguieron caminando hacia el despacho de Harry, en silencio, y cuando cada uno creyó que el otro no podía verlo, los dos sonrieron. Harry la miró con suspicacia: la última frase pronunciada por Ginny le había dado algo muy importante sobre lo que meditar.