Capítulo 3: Jamás te he olvidado.
- Ven, voy a presentarte a E.J. Ella acaba de salir de la Academia y es nuestra última incorporación. Durante esta primera semana, E.J. se encargará de guiarte por el Departamento y de responder a todas tus preguntas – indicó Harry a Ginny, mientras se levantaba de su sillón de despacho, tomaba a la chica por un brazo suavemente y la acompañaba fuera – Siento no poder acompañarte personalmente, pero me temo que voy a pasar poco tiempo aquí, mientras no resolvamos el caso que llevamos entre manos.
Harry caminó delante de ella hasta alcanzar el escritorio ocupado por la chica que antes había ayudado a Ginny tan amablemente.
- E.J., te presento a Ginevra Weasley, la periodista que se encargará de hacer el reportaje al Departamento.
- Lo sé, Jefe. Nos hemos conocido al llegar ella – volvió a mostrar una sonrisa afable a la pelirroja, quien respondió del mismo modo.
- Genial, porque tú te encargarás de guiarla y ayudarla en su trabajo mientras ella esté aquí.
- ¡Pero Jefe…! – protestó la joven con fastidio.
- Sin peros. Ya conoces mis órdenes. Acátalas sin rechistar – él se mantuvo inflexible, mirándola con seriedad.
- ¡Pero yo quiero colaborar en la captura de ese hijo de puta! – se rebeló.
- Y yo te prohíbo que lo hagas hasta que estés preparada – negó él, tajante.
- ¡Ya estoy preparada! – alzó tanto la voz que todos sus compañeros se giraron para saber qué estaba sucediendo.
- Yo decidiré cuándo estás preparada – zanjó el tema con tono de advertencia – Eugeene Joyce, acabo de encomendarte una tarea, cumple con tu obligación.
- Sí, Jefe – bajó la cabeza, en parte avergonzada y en parte para que él no notase la rabia que la corroía por dentro.
- Bien. Ginny, por si no nos vemos en lo que queda de semana, te dejaré una nota para indicarte dónde, a qué hora y cómo nos entrevistaremos el próximo sábado. Una cosa más: todos mis hombres tienen orden de colaborar completamente en tu investigación, pero seré yo quien revisará el texto y dará el visto bueno a tu trabajo, antes de que puedas publicarlo – ella lo miró a la defensiva, sintiendo de nuevo que él amenazaba y coartaba su trabajo - Recuerda que vas a manejar información privilegiada, que en parte no puede ni debe trascender a la prensa, y que sólo deberás usar para hacerte una idea general sobre nuestro funcionamiento aquí.
Al escuchar la última frase del chico, ella se sintió culpable por haber pensado mal de sus motivos, y asintió con firmeza.
- Ha sido un placer, Weasley – tendió la mano a Ginny nuevamente, que ella estrechó con cierto despago pintado en el semblante – Y tú, E.J., no me decepciones.
Harry se marchó con paso decidido, mientras ambas chicas lo observaban irse, sin decir palabra.
- No te ofendas, Weasley, pero esto es injusto – afirmó E.J. cuando creyó que su jefe ya no podía oírle.
- No me ofendo. ¿Se comporta siempre así? – quiso saber Ginny.
- ¿Con tanta dureza? ¡Conmigo sí! ¡Desde luego! ¡No me quejo de que sea un mal jefe! ¡Sólo digo que todos los demás tienen sus misiones fuera de la oficina! ¡Que ha dado a todos una oportunidad excepto a mí! – se lamentó - ¡Él fue quien me entrenó en la Academia! ¡Sabe perfectamente que estoy preparada para cumplir mi primera misión, sea la que sea! ¡Y sin embargo me la niega una y otra vez! ¡No soy capaz de entenderlo! ¡Y por eso no puedo aceptarlo!
- Lo siento – intentó reconfortarla la otra, pues no supo qué decir.
- No te preocupes. De un modo u otro, le haré entender que se equivoca. Vamos te enseñaré todo esto. No voy a permitir que tú pagues mis malos rollos.
- Está claro que eres una mujer positiva, y luchadora – la chica asintió rotundamente – Seguro que nos llevaremos bien.
Las dos chicas comenzaron su visita mientras charlaban animadamente.
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A la hora de la comida, Hermione y Harry compartieron mesa en un pequeño y acogedor restaurante muggle, adonde tanto ellos como Ron solían ir a comer a menudo, ya que se encontraba muy cerca del Ministerio de Magia y servía una gran variedad de platos deliciosos. Hermione observaba a su mejor amigo con detenimiento, mientras él se dedicaba a ojear un periódico esperando que les sirviesen la comida, consciente de que la chica no le quitaba ojo de encima.
- ¿Cómo estás? – comenzó ella finalmente, con los ojos clavados en los de él.
- Bien. ¿Y tú? – respondió el chico, mientras cerraba el periódico y lo dejaba encima de la mesa.
- Vamos, Harry, sabes bien a qué me refiero – insistió ella.
- Sé perfectamente a qué te refieres, y no quiero hablar del tema.
- Pero no puedes eludirlo eternamente…
- Por supuesto que puedo – mantuvo su mirada, en la que vio tristeza y preocupación – No me pongas esa cara, sabes que no puedo soportar verte sufrir – le pidió, frustrado.
- Sufro por ti – ella acarició el rostro de su amigo con ternura.
- ¿Y no crees que, con que sufra uno de los dos, ya es suficiente? – Harry sonrió con amargura - ¿Por qué está sucediendo esto? ¿Por qué?
- Tú sabes porqué. Está claro lo que busca el director de El Profeta, al menos para mí.
- ¿Pero cómo puede ser tan retorcido? ¿Cómo? No estará Ginny metida en esto, ¿verdad?
- ¡Por supuesto que no! ¡Ella está tan sorprendida y dolida como tú! – casi gritó su amiga, ofendida.
Él se pasó la mano por el cabello distraídamente, intentando calmarse.
- ¿Por qué demonios ella se ha hecho periodista ahora?
- Lo ha hecho por ti.
- ¿Por mí? ¡Eso es mentira! – miró a la chica, lleno de incredulidad - ¡Si no fue capaz de hacerlo por nosotros cuando éramos novios, mucho menos lo hará ahora, que ya no nos une nada en absoluto! ¡El quidditch es su vida!
- No, Harry. Tú eres su vida, no el quidditch. Lo que pasa, es que se ha dado cuenta demasiado tarde. Ha descubierto que ser jugadora profesional ya no le llena, si no puede compartir sus triunfos contigo.
- ¿Te lo ha contado ella?
- No hace falta que lo haga.
- ¡Por Merlín, Hermione! ¡Deja de atormentarme! – le reprochó de forma acusadora.
- No intento atormentarte… Oh, Harry, perdóname. Sólo deseo veros felices a ambos – le apretó la mano con fuerza, transmitiéndole todo su calor y su apoyo.
- Pues entonces mantente al margen de todo esto – le pidió, rotundo.
- Lo haré si es lo que deseas, pero no sin antes decirte que vas a perder una inmensa oportunidad de ser feliz si no hablas con ella claramente – declaró la castaña, tozuda.
- Tuya ha de ser siempre la última palabra, ¿verdad? – sonrió él, de forma cariñosa.
Ella le devolvió la sonrisa con picardía.
- Anda, comamos. Por cierto, el próximo sábado, todos, y digo todos porque por supuesto, Ginny también lo está, estáis invitados a cenar en La Madriguera. Ron y yo tenemos algo que comunicaros.
- ¿Qué es? – quiso saber él, lleno de curiosidad.
- Ah… Tendrás que venir, si quieres enterarte.
- No será una de tus tretas para aprovechar esta situación y reunirnos a Ginny y a mí… - enarcó una ceja, sospechando de las intenciones de su amiga.
- Ni ella ni tú sois el centro del universo, Potter – le guiñó un ojo, mordaz.
- Está bien – se rindió – Allí estaré.
- Así me gusta. Se te está enfriando la comida.
- Sí, mamá…
Los dos rieron y comenzaron a dar buena cuenta de lo que habían pedido, que acababan de servirles.
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Terminada una primera visita rápida al Departamento de Seguridad Mágica, E. J. se despidió de Ginny, marchándose a comer. La joven Weasley quedó a solas por un momento en el Cuartel General de Aurores, ensimismada en sus pensamientos.
- ¿Qué hace una pelirroja tan guapa como tú en un sitio como este? – escuchó a su espalda, sin poder evitar dar un respingo, ya que se había creído sola en la gran sala.
- ¡Ron! – ella corrió hacia su hermano para abrazarlo con fuerza. Por fin había encontrado una cara amiga de verdad.
- ¿Qué haces sola aquí, Gin? ¿A qué has venido? Sabes que él regresará de comer en cualquier momento. Deberías marcharte si no quieres encontrarlo.
- Demasiado tarde, Harry y yo ya hemos hablado.
- ¿Cómo? ¿Qué ha sucedido? ¿Te ha pasado algo? – se alarmó su hermano.
Ella le relató con pelos y señales todo lo que había sucedido aquella mañana, mientras el joven la observaba sin dar crédito a lo que estaba escuchando.
- Vamos, te invito a comer – él decidió por fin – Tenemos que hablar de todo esto con más tranquilidad.
- ¿Pero tú no estabas de misión en el quinto pino? – le preguntó Ginny, suspicaz, a lo que Ron la observó enarcando una ceja.
- Las cosas no han salido como todos esperábamos – sacudió levemente la cabeza, preocupado - Vamos a comer, hermanita – la abrazó por la cintura y ambos caminaron hacia la salida.
Ron la condujo a un restaurante que Hermione, Harry y él frecuentaban cuando se cansaban de su primera opción, temiendo que sería en el otro lugar donde se encontrarían con su novia y su mejor amigo. Y en aquella ocasión especial consideró que no sería la mejor elección hallarlos. Los hermanos tomaron asiento en una mesa tranquila y alejada del barullo, en una esquina discreta, y continuaron con su conversación mientras comían.
- Cuidado con Harry, hermanita. Él jamás habla de ti, pero sé perfectamente que todavía se siente herido por lo que pasó.
- ¡Yo debería estar herida, no él! ¡Fue él quien me dejó! – repuso ella, enfadada.
- No me grites, enana. Ya sabes lo que yo pienso sobre ese asunto.
- Lo sé, y en parte tienes razón. ¡Pero sólo en parte! – añadió con vehemencia, negándose a claudicar.
- Sea como sea. No creo que Harry sea capaz de hacerte daño conscientemente, pero lleva mucha amargura por dentro. Y se niega a compartirla. Ten cuidado, no sea que por error, o por lo que sea, consigas que estalle.
- ¿Crees que todavía puedo causar ese efecto en él? – inquirió, fijando sus ojos en su hermano mayor, sorprendida.
- No lo creo, lo sé. Mira, hermanita. Si no le importases, no se negaría a hablar de ti del modo en que lo hace.
- Quizá no quiere hablar de mí porque no tiene nada que decir, porque ya me ha olvidado…
- Y quizá las vacas vuelan, pero yo jamás he visto a una vaca volar. Por lo que más quieras, Ginny, no le hagas más daño.
- ¡Yo no quiero hacerle daño!
- ¿Y qué es lo que quieres, entonces?
- ¿En serio piensas que he montado todo esto para dañarle? – acusó a su hermano, incrédula.
- Yo no he hablado de que hayas montado todo esto, y aún menos de que lo hayas hecho para dañarle. Pero mi pregunta sigue en pie, y es bien sencilla. Has elegido aceptar el trabajo, pudiendo haberte negado a hacerlo, sabiendo que cumplirlo te llevaría al lado de Harry de nuevo. ¿Qué es lo que quieres conseguir con ello?
- ¡Convertirme en una buena periodista! ¡Nada más!
- Eso podrías haberlo logrado trabajando para cualquier otro periódico, si es lo que deseas. Quizá no sería un periódico para magos, pero sí podría serlo para muggles. Sé que existen muy buenos periódicos para ellos, y muchos de estos son más profesionales que El Profeta, algo que en demasiadas ocasiones no es muy difícil de conseguir – le rebatió él con seriedad – Sin embargo has elegido poner a Harry contra la espada y la pared. ¿Por qué?
- ¡Por Merlín, Ron! ¡No me interrogues como si fuese uno de los delincuentes que persigues! – intentó hacerse la ofendida, sin contestar.
Ron, rendido, negó con la cabeza, y finalmente decidió cambiar de tema, dándose cuenta de que en aquella ocasión no podría conseguir nada de su hermana sobre aquel asunto, que a él tanto preocupaba.
- Hermione y yo hemos organizado una cena en La Madriguera para el próximo sábado; queremos comunicaros algo muy importante después. Quiero que vengas. ¿Lo harás?
- ¿Qué es lo que vais a contarnos? ¡Dímelo! – preguntó ella a su vez, llena de excitación.
- Tú no has querido responder a mi pregunta, así que yo me reservo el derecho a no responder la tuya. Ven el sábado a cenar con todos y te enterarás.
- Eres perverso… ¡Claro que iré! ¡No me lo perdería por nada del mundo! – afirmó con rapidez, pero de pronto se tapó una mano con la boca, cayendo en la cuenta de algo importante - ¿Él irá también?
- ¡Por supuesto! ¿Qué esperabas? ¡Él es nuestro mejor amigo! ¡Y forma parte de la familia!
- Lo sé… Iré. No pienso abandonaros en lo que sea que hayáis decidido hacer – respondió ya más calmada, pero ahora lo observaba con semblante preocupado.
- Perfecto. He de volver al trabajo, necesito hablar con Harry urgentemente. ¿Vienes conmigo?
- N-no. He quedado con E. J. en que regresaré mañana para comenzar la investigación seriamente.
- ¿Va a ser esa cabezota quien te ayude? – rió, divertido.
- ¿Qué problema tiene Harry con ella? – quiso saber, cada vez más intrigada.
- ¿Es ella misma quien te ha dicho que Harry tiene un problema con ella? Desde luego, no se entera de nada.
- ¡No me digas que él y ella…!
- ¡Por Merlín, no! Harry la ve como a una hermana pequeña, y además, él sigue estando por ti, enana cabezota. Por eso te he pedido que no le hagas daño – abrazó a su hermana con ternura y se puso en pie para ir a la barra y pagar la cuenta – Nos vemos pronto. Cuídate.
Y se marchó del local con premura, dejando a la chica con más preguntas de las que había traído con ella.
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El resto de la semana transcurrió rápidamente. Ginny recabó información en el Departamento de Seguridad Mágica el miércoles y jueves siguientes, pero en ninguna de las dos ocasiones pudo ver a Harry, ya que él se encontraba ausente, enfrascado en algún tipo de misión que nadie allí le supo o quiso comentar. El jueves a última hora, una lechuza llegó para ella al propio Cuartel General de Auores, portando una nota clara y escueta: "Estaré en Godric´s Hollow el sábado por la tarde. Si te viene bien, pásate por mi casa sobre las siete. Avísame si te surge algún problema. Harry"
Al leer el mensaje, el corazón de Ginny latió desbocado. Él le había citado con toda naturalidad en el que debió haber sido su hogar de casados, la casa donde ella había soñado con volver tantas y tantas veces, negándose a aceptarlo. Sintió que sus huesos se hacían gelatina, que sus músculos eran poco más que goma elástica demasiado dada de sí… Durante un momento, se vio incapaz de parpadear siquiera. ¿Cómo iba a poder regresar a aquella casa, de la que él mismo la había echado hacía un año? ¿Qué iba a sentir al hacerlo? Se planteó ignorar la invitación, pero no pudo, ya que su conciencia le recordó que había sido ella misma quien lo había buscado a él para entrevistarlo; ahora no podía volverse atrás. ¿Pero realmente deseaba hacerlo? Hubo de aceptar que ni loca iba a perderse la oportunidad de volver allí. Si era su destino sufrir aún más de lo que ya lo estaba haciendo, no sería ella quien huyera como una cobarde.
Así que, el sábado a las siete de la tarde, la chica se presentó en Godric´s Hollow, en casa de Harry, con el ánimo por los suelos y el temor royendo cada una de sus terminaciones nerviosas. Ya se había arreglado para la cena en La Madriguera, - no demasiado, porque su hermano le había prometido que sería una encuentro familiar, informal – ya que en cuanto se marchase del hogar de Harry, se vería obligada a coger el autobús más próximo que le llevase lo más cerca posible de la casa de sus padres. Se recordó con fastidio una vez más, que había sido una inmensa cabezota al no haber solicitado conectar la chimenea de su piso a la red flu, ansiosa de proteger su intimidad frente a sus padres y hermanos, ya que todavía no controlaba el arte de la aparición con la suficiente maestría como para asegurarse un transporte sin incidencias; y su maldito traslador se había estropeado justamente aquella tarde, sin darle tiempo de poder preparar uno nuevo.
Para su sorpresa, nadie la estaba esperando en la casa, algo que la indignó. Si Harry creía que iba a poder tomarle el pelo a su antojo, iba listo. Antes de marcharse, se permitió dar rienda suelta a su melancolía observando la casa que tanto había aprendido a amar. Aparentemente, nada en ella había cambiado en absoluto durante aquel año, al menos por fuera, se dijo. Cuando ya estaba dispuesta a caminar hacia la calle con cara de fastidio, Harry apareció de pronto ante ella de la nada. La chica se llevó un buen susto, pues había olvidado que, a diferencia de ella, él sí era todo un maestro en el arte de la aparición, al igual que lo había sido Dumbledore.
Vestido de chándal y aún sudoroso, Harry la saludó alzando una mano.
- Siento haberte hecho esperar. Un asunto me ha retenido más de lo esperado – le ofreció una sonrisa de disculpa.
- Vamos, has estado haciendo deporte y se te ha ido el santo al cielo – replicó ella con enfado.
- Correcto, pero no lo he hecho solo – él mantuvo su sonrisa encantadora.
- ¿Con quién, entonces?
- Ah, ah… Todavía no deseo revelarte eso, señorita periodista. No quieras ir tan deprisa. ¡Por Merlín! ¡Qué tarde se ha hecho! – cayó repentinamente en la cuenta de ello - ¡Tenemos el tiempo justo para arreglarnos y acudir a La Madriguera! – abrió la puerta rápidamente y entró sin dar tiempo a la chica de replicar.
- Yo ya estoy arreglada. Sólo tengo que ir a coger el autobús que me lleve allí – reconoció con vergüenza.
- ¿Autobús? – Harry enarcó una ceja, mientras se dirigía a la cocina para servirse un vaso de agua.
Cuando el moreno abrió el grifo de la pica, un chorro de agua salió disparado hacia él, proveniente de la tubería adyacente. Él intentó detenerlo con la mano y redirigirlo hacia el fregadero, pero el agua fluía con tanta presión que quedó empapado al instante.
- ¡Tu varita, Ginny! ¡Usa tu varita! – pidió a la joven, que se había quedado observándolo sorprendida - ¡Yo no tengo la varita a mano! ¡Ginny! ¡Usa tu varita!
La chica corrió hacia él para intentar ayudarle, mientras extraía su propia varita de un bolsillo, pero al llegar cerca de él, no se dio cuenta de que en el suelo había un gran charlo de agua y resbaló, perdiendo el equilibrio; se agarró fuertemente de Harry para no caerse, pero tan sólo consiguió arrastrarlo a él en su caída y ambos acabaron en el suelo, ella sentada sobre el chico, bajo el incesante chorro de agua. Los dos se miraron: estaban empapados como conejos. Al verla calada hasta los huesos, Harry estalló en carcajadas, que pronto contagió a la pelirroja, ya que él presentaba la misma penosa estampa. Rieron hasta que les dolieron todos los músculos del estómago. Agotado y aún sonriente, Harry tomó la varita de Ginny de su mano, la dirigió hacia el origen del estropicio y pronunció:
- ¡Glacius!
Inmediatamente, la tubería quedó congelada y el agua dejó de manar por ella. Harry intentó levantarse con cuidado, mientras ayudaba a Ginny a ponerse en pie. La tomó de la mano para que ambos se alejasen del charco de agua.
- ¡Fregotego! – ordenó – E inmediatamente después, una fregona y un cubo de agua, salidos de uno de los armarios inferiores, comenzaron a encargarse de limpiarlo todo.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Ginny, todavía cogida de la mano de Harry, sin reparar en ello.
- El grifo se ha estropeado esta mañana y yo no recordaba que no he tenido tiempo de repararlo. Lo siento, te he estropeado el vestido. Podrías secarlo con un encantamiento, pero me temo que quedaría todo arrugado – le explicó él, compungido.
- ¡Mierda! ¡No me queda tiempo para volver a casa a cambiarme! – se lamentó ella con fastidio.
- No tienes que volver a tu casa para hacerlo. Todavía conservo la ropa que tú dejaste aquí. Puedes usarla si te apetece. Sigue siendo tuya.
Ginny lo miró estupefacta. Ella siempre había pensado que lo primero que hizo Harry después romper con ella, fue deshacerse de todas las pertenencias de la chica. Aún empapada, notó que él todavía la tenía cogida de la mano, y retiró la suya con rapidez.
- Sígueme, te guiaré hasta la habitación donde está guardada. Aunque tú conoces el camino perfectamente, ya que todo está tal y como tú lo dejaste. Yo no he tocado nada – dijo él con naturalidad – Mientras, yo aprovecharé para darme una ducha, afeitarme y arreglarme también. Por cierto, ¿cómo es eso de que quieres ir a La Madriguera en autobús? – fijó su verde mirada en ella, mientras la conducía escaleras arriba, hacia el piso superior.
- Mi traslador se ha estropeado – intentó responder tranquilamente, pero se sintió estúpida al hacerlo.
- ¿Y la red flu? – él seguía observándola, intrigado.
- Esa es una historia muy larga de contar – le miró enfurruñada.
- Está bien. Se supone que quien hace las preguntas aquí, eres tú. Así que no insistiré – ambos caminaron por el pasillo del primer piso, hasta llegar a una pequeña y coqueta habitación, que había servido como cuarto personal de la chica durante sus estancias allí, a pesar de que jamás la había usado para dormir, ya que siempre había compartido el cuarto de él al hacerlo – Bien, creo que aquí encontrarás todo lo que necesitas para cambiarte de ropa. Ponte lo que quieras, el resto puedes llevártelo la próxima vez que vengas a entrevistarme – le anunció - Por cierto, me parece una soberana tontería que pretendas ir a casa de tus padres en autobús, siendo que yo sí dispongo de la red flu; además de que podrías trasladarte conmigo, si quisieras.
Dicho esto, el joven abandonó la estancia, cerrando la puerta tras él.
- Maldito Potter – refunfuñó en voz baja, cuando él se hubo marchado – Maldito creído, orgulloso, petulante y chulito Potter. Siempre tan perfecto, siempre tan poderoso… ¡Y cuánto te he echado de menos! Piensa, Weasley, piensa qué vas a hacer, o este hombre te robará el alma de nuevo – se ordenó con ímpetu, mientras abría las puertas del armario ropero y, tal como él le había indicado, hallaba su ropa perfectamente colgada y ordenada en las perchas - ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Mi alma siempre ha sido suya! ¿A quién estoy intentando engañar?
Cogió uno de sus viejos vestidos con fastidio, uno azul por el que él había sentido predilección en otros tiempos, cuando ella lo lucía para agradarle.
- No se lo pienso poner tan fácil – tiró el vestido encima de la cama, resuelta – No pienso caer a sus pies, y mucho menos sabiendo que él ya no siente nada por mí – pero inmediatamente después volvió a tomarlo en sus manos – Pero este vestido es tan hermoso… ¿Qué mal puede hacerme ponérmelo, si él ya no recuerda nada de lo que vivimos? ¡Ni siquiera se tomó la molestia de deshacerse de mis cosas! ¡Esa es la importancia que les dio!
Dolida, se quitó rápidamente la ropa mojada, se secó con una toalla de tocador que había colgada junto a un coqueto espejo, y se enfundó en el vestido azul. Caminó hasta el espejo para observarse: decididamente, le quedaba como un guante. Ahora debía hacer algo con aquel cabello húmedo, aunque aquello no suponía problema alguno para ella: cogió el bolso que había dejado encima de la cama y extrajo de él un pequeño bote de espuma fijadora que siempre llevaba con ella para ocasiones especiales: se puso boca abajo, hizo que una pequeña bola de espuma cayese sobre sus manos y la extendió cuidadosamente por todo su cabello. El efecto fue encantador: pequeñas ondulaciones otorgaron a su pelo un volumen atractivo, que ella domó con sus expertos dedos hasta dejarlo a su gusto. Se veía arrebatadora.
- ¡Auch! ¡Maldición! – retumbó con fuerza desde el fondo del pasillo.
Alarmada, salió del cuarto como alma que lleva el diablo y corrió hacia el origen de los gritos, sin pensar en nada más. Sabía muy bien de dónde procedían, pues conocía aquella casa a la perfección. Por ello, a pesar de encontrar el cuarto de Harry con la puerta cerrada, entró en él. No era momento para pensar en permisos o intimidades. Sintió que, si él la necesitaba, fuese como fuese ella debía entrar. Al hacerlo se encontró con que, aparentemente, no había nadie dentro, y por un momento se llenó de desconcierto; mas pronto recordó que aquella habitación tenía un cuarto de aseo propio y, decidida, buscó la puerta de acceso a él para traspasarla de nuevo sin dudar. El portazo que dio cogió a Harry completamente desprevenido, y el chico apunto estuvo de practicarse un nuevo corte en la barbilla con la maquinilla de afeitar, como el que había ocasionado sus gritos de dolor y enfado. Al girarse hacia la pelirroja lleno de estupor, ella vio cómo la sangre resbalaba por su cuello hacia su pecho desnudo.
- ¡Por Merlín! ¡Ginny! ¡Qué susto me has dado! – le reprochó él, enfadado.
- ¿Por qué narices das esos gritos? ¡Parecía como si te estuviese atacando un dragón furioso! – ella le devolvió una mirada que pretendía ser furiosa, pero que no se alejaba del hilillo de sangre que se escurría por el cuello de él.
- ¡Estoy en mi casa! ¡Y en ella hago lo que me apetece! – le gritó sin contemplaciones, posando su mirada en el vestido que ella acababa de ponerse.
- Por supuesto… - admitió la pelirroja apenas sin voz.
Ginny no podía dejar de mirar esa sangre, no podía. Verlo sangrar había removido en ella recuerdos lejanos y dolorosos, comenzando por aquellos principios de curso, en los que Harry tenía la mala costumbre de llegar sangrando al Gran Comedor de Hogwarts; pasando por las innumerables veces que lo había visto sangrar debido a sus constantes peleas con Malfoy o a su lucha contra los secuaces de Voldemort que se infiltraban en el Colegio; y acabando con la pelea que mantuvo con el mismísimo Señor Oscuro, que lo llenó de cortes y magulladuras, cuando ella lo creyó muerto.
Sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a brotar desde sus ojos, e intentó salir del cuarto, con el ánimo destrozado. Pero Harry, quien prácticamente no la había visto llorar desde que la conocía, y en cambio en tan sólo una semana ya había conseguido que lo hiciese dos veces, corrió hasta ella y la retuvo entre sus brazos.
- ¿Qué te pasa, Ginny? ¡Por favor! ¡Dime qué te pasa! – buscó sus ojos con la mirada, inmensamente preocupado.
- No es nada. No te preocupes – le aseguró ella, entre sollozos.
Había intentado calmarse para dejar de llorar, pero el abrazo de él había hecho aflorar toda su sensibilidad y no había conseguido más que el llanto se desbordase sin que ella pudiese ejercer ningún control sobre él.
- ¿Cómo que no es nada? ¿Te has puesto así por nada? ¡No puedo creerlo! ¡Tú eres una de las mujeres más fuertes que conozco! Dime qué te pasa, por favor… - le suplicó también con la mirada.
- La… la sangre – ella señaló el hilillo carmesí que comenzaba a coagularse en el cuello de él.
- ¿La sangre? ¡Nunca te ha molestado la sangre! – se asombró él – De hecho, durante mucho tiempo, tanto tú como yo estuvimos rodeados de ella a dos por tres y jamás te inmutaste – De pronto una idea traspasó su mente como un rayo - ¿Estás embarazada? No sabía que tuvieses novio… - la soltó con rapidez, como si se hubiese quemado con su contacto.
- ¡No tengo novio, Potter! ¡Y no estoy embarazada! – le gritó ella, indignada. ¿Acaso aquel chico se había vuelto idiota con el tiempo? ¡Ella allí, sufriendo por él, y él pensando que iba a tener un hijo de otro! Deseó darle dos buenas sacudidas, a ver si espabilaba.
- Pues ahora sí que no entiendo nada… - la miró lleno de frustración.
- ¡Arrrrg! – volvió a gritar, aún más frustrada que él - ¡Ven aquí a que te cure eso, patoso! – lo tomó por una mano e hizo que se sentara en el borde de la bañera. Mientras él la observaba aún anonadado, ella tomó todo lo necesario del botiquín que había preparado en un estante del armario y regresó a su lado, dispuesta a no dejar traslucir de nuevo su debilidad por él - ¿Serás bruto? ¡Te has hecho un buen corte en la barbilla! – lo acusó - ¿En qué demonios estabas pensando? – lo curó con maestría y rapidez, mientras él permanecía en silencio.
- En ti – respondió él con firmeza una vez ella hubo terminado; se puso en pie y caminó fuera del pequeño cuarto de aseo, sin volverse para mirarla – Será mejor que termines de arreglarte, si no quieres que lleguemos tarde a La Madriguera.
Ella quedó petrificada, incapaz de moverse o pronunciar palabra. Cuando pudo caminar ella también fuera del cuarto, Harry había desaparecido dentro del vestidor privado. La chica salió de la habitación como si hubiese entrado en un extraño trance, sin fijarse hacia dónde se dirigía, permitiendo que sus sentidos más básicos la guiasen. Sintió que aquel joven, con tan sólo una pequeña sonrisa, una mirada, un grito… o chasqueando un solo dedo si él lo hubiese deseado, ponía todo su mundo patas arriba. Supo que lo seguía amando como siempre, que lo amaba más que nunca; pero aquella calidez que embargó su corazón, la llenó también de miedo y amargura.
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Media hora después ambos aparecieron en La Madriguera a través de la chimenea. Ginny entró primero, seguida por Harry, y el rostro de los presentes fue digno de ver: todos los allí reunidos los observaron con la boca abierta, sin dar crédito a lo que estaban viendo; la animada charla que estaban manteniendo hasta el momento se paró en seco, sólo tenían ojos para ellos.
- ¿Llegamos tarde? – preguntó Harry, intentando disimular, mientras besaba a las mujeres en la mejilla de forma cariñosa.
- No, hijo, no… - negó Molly, todavía estupefacta – es que no esperábamos… - hizo un ademán a ellos y a la chimenea, incapaz de continuar.
- Ah… Supongo que Ginny les habrá explicado que El Profeta le ha encomendado escribir un reportaje sobre mí con motivo de mi ascenso. Me temo que va a ser bastante común vernos juntos durante este próximo mes. Espero que eso no les moleste – explicó él con toda la naturalidad que fue capaz de reunir. Las piernas casi le temblaban, pero nadie pareció notarlo.
- ¿Y esa ropa? – preguntó Hermione a Ginny – Me dijiste que se había quedado en casa de Harry – su mirada suspicaz se clavó en la chica de forma maliciosa.
La pelirroja enrojeció como la grana y no supo qué decir, abrumada por todas las miradas, que seguían clavadas en ambos con demasiada insistencia.
- Un accidente doméstico – se vio obligado a continuar explicando él, más sereno que la chica – Ginny vino a hacerme la primera entrevista para la parte del reportaje que reflejará mi vida privada, yo me estaba peleando con un grifo de agua… y bueno, el grifo acabó ganándonos a los dos – sonrió con candidez.
- Un grifo – repitió George de forma maliciosa – ya…
- Bueno, algún día ella tenía que llevarse todo lo que dejó en mi casa, ¿no? No se iba a quedar allí eternamente.
Ginny miró a Harry con una fugaz mueca de dolor, pero consiguió que nadie lo notase, excepto Hermione.
- Chicos, me muero por saber cuál es esa noticia con la que nos habéis mantenido en vilo toda la semana – se apresuró a cambiar de tema el moreno, apelando a sus dos mejores amigos – Teddy me ha exigido que vaya a dormir a casa de Andrómeda hoy, así que no podré quedarme mucho tiempo – concluyó con una gran sonrisa, a modo de disculpa.
- Empecemos a cenar, entonces – los apremió la castaña – Tendréis la noticia después de la cena, no antes.
- ¿Pero no faltan Percy y Charlie? – se extrañó Ginny, ya más calmada.
- No han podido venir. Charlie tiene problemas en la reserva de dragones y no ha podido abandonarla ni siquiera durante un rato. Y Percy está en misión diplomática para el Ministerio de Magia – les explicó Ron, con mirada triste.
- Es verdad… - afirmó Harry – No lo recordaba. Percy está haciendo una increíble labor limando asperezas con el Ministerio francés.
Al escucharle, Molly y Arthur sonrieron, orgullosos de su hijo.
- ¡Bueno! ¡A comer! ¡No se hable más! ¡Que me muero de hambre! – gritó Ron.
Todos rieron con ganas y se sentaron alrededor de la mesa, ya dispuesta para la cena.
Comentarios de la autora:
Os dejo este capítulo de forma rapidita, ya que he de salir corriendo a resolver un asunto. Pero no quería marcharme sin publicarlo, ya que no sé sí hoy podré hacerlo, si no lo hago ahora mismo. Y me muero porque lo leáis. Para mí ha sido muy emocionante escribirlo.
Agradezco infinitamente a todas y cada una de las personas que me habéis dejado reviews sobre el capítulo anterior, y también a las que habéis añadido esta historia a favoritos.
Por lo que me decís, creo que este fic está teniendo buena acogida, algo que me hace muy feliz. Por ello deseo de todo corazón que os haya gustado este capítulo. La cosa se está poniendo interesante. Actualización: pronto. ¡Prometido!
Por favor, comentádmelo, necesito conocer vuestras opiniones.
Un abrazo.
Rose.
