Capítulo 5: Quédate conmigo.
Un temprano rayo de sol se coló por la ventan, posándose, juguetón, en el rostro de Ginny. La joven abrió los ojos lentamente, remolona, mientras se desperezaba. Se acercó la mano al rostro, para masajearse los ojos, en un intento de acabar de despertarse, cuando un aroma sensual y varonil inundó sus fosas nasales: olía a Harry. Sin duda, estaba aspirando con deleite el atrayente aroma de Harry. Aquello la despejó de golpe y los recuerdos de la noche pasada golpearon su mente de forma impetuosa. ¿Cómo había llegado a su piso? Recordaba a Harry conduciendo hacia él con semblante serio y preocupado, pero de los sucesos acaecidos después, no tenía ni la más remota imagen. ¿Podía ser que él y ella…? ¡No! ¡Eso era imposible! Se obligó a sí misma a recordar que el chico ya no sentía nada por ella, y que ella misma se había empeñado en ocultarle sus sentimientos lo mejor que había podido. Entonces… ¿De dónde provenía aquel aroma? Devanándose los sesos para conseguir una respuesta, se rascó un brazo distraídamente. "Qué tela más suave" – pensó – "Me encanta la seda de este… ¿pijama?".
Se incorporó de un salto para observarse, y al hacerlo, un fuerte dolor traspasó sus sienes, sin duda fruto de la borrachera de la que acababa de despertar. Pero el dolor no impidió que mirara su cuerpo, llena de sorpresa. ¡Por Merlín! ¡Llevaba puesto un pijama masculino! ¡Y aquel no era su dormitorio! ¿Dónde demonios estaba? Presintiendo que conocía perfectamente la respuesta, se acercó de nuevo la mano hacia la cara, temerosa. Inmediatamente, una oleada de aquel aroma que la hacía delirar, se coló muy dentro de su cuerpo, haciéndola estremecer.
- Este pijama es de Harry… - susurró – y esta es mi habitación en su casa – comprendió rápidamente, al echar un rápido vistazo a su alrededor. Una amalgama de sentimientos y sensaciones se adueñaron de todo su ser - ¡Echa el freno, Weasley! ¡Ni esta es tu habitación ni pintas nada ya en esta casa! – se obligó a recordar. Pero entonces, ¿qué estaba haciendo allí?
Ni harta de alcohol ella misma habría accedido a ponerse aquel pijama, sabía cuánto dolor le causaría hacerlo. Pero la otra opción era más preocupante: si no había sido ella quien se había vestido de aquella guisa, sin duda fue Harry quien lo hizo. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin? O… ¿después de qué? Se tapó el rostro con las manos. Aquello era más de lo que se veía con ánimo de soportar.
Decidió que debía encontrar a Harry, él tendría que contarle con pelos y señales qué había sucedido la noche pasada después de la cena. Si ella no lo recordaba, si había perdido la noción de la realidad debido al alcohol, era responsabilidad de él permitirle conocer la verdad, por muy dura que esta fuera. Lo maldijo para sus adentros, pues si él había sido capaz de conducir hasta su casa, era lo suficientemente consciente para haber evitado lo que demonios hubiese sucedido, si hubiera querido. Salió de aquel cuarto como alma que lleva el diablo, con la firme promesa de que, si él se había aprovechado de la situación, lo mataría.
Caminó por el pasillo descalza y bajó las escaleras, quizá atraída por el dulce aroma a bollería recién horneada, procedente del piso de abajo. Sus pasos decididos la condujeron hacia la cocina, donde irrumpió hecha una furia.
- ¿Qué significa esto, Potter?
El tono de su voz era cortante como un afilado cuchillo, pero el apuesto joven que leía el periódico tranquilamente sentado en una silla frente a ella, tras una mesa dispuesta con un copioso y apetecible desayuno para dos, ni se inmutó. Sin pretenderlo, ella lo observó. Harry iba vestido de un modo informal, con unos vaqueros desgastados, una camiseta de manga corta y unas zapatillas de deporte. Aquello le hizo recordar bellos momentos ya perdidos, pero sacudió la cabeza para alejar de ella los recuerdos, y volver a concentrarse en lo que le había llevado a aquel cuarto, y en nada más.
- Buenos días, Ginny. Veo que te has levantado de buen humor – sonrió él, apartando el periódico que cubría su rostro parcialmente, para doblarlo con cuidado y dejarlo a un lado de la mesa.
- Te repito la pregunta. ¿Qué significa esto, Potter? – se señaló el pijama con vehemencia y giró sobre sí misma, haciéndole entender que tampoco comprendía el hecho de su presencia en aquella casa – Tú y yo no habremos…
- ¿Habremos, qué? – él la observó alzando una ceja, haciéndose el ignorante.
- ¡Maldita sea! ¡Ya sabes! ¿Tú y yo no habremos hecho…? – no pudo terminar la frase, temía demasiado su respuesta.
- ¿El qué? ¿El amor? ¿Tanto asco te dan esas palabras cuando van unidas a mí? Tranquila, Weasley, no es borracha como una cuba como yo deseo tenerte entre mis brazos.
La sorpresa de la chica frenó en seco cualquier intento de réplica que se le hubiese podido ocurrir en aquel momento. ¿Había escuchado bien? ¿Acaso él había querido decir que deseaba tenerla entre sus brazos? Intentó serenarse, pero su cerebro se había bloqueado completamente. Ese era el verdadero poder que ejercía Harry Potter sobre ella: tenía el don de dejarla sin palabras.
- Te olvidaste el bolso en casa de tus padres, y yo no quise regresar contigo a recogerlo porque sé que te habría dolido que ellos te viesen en tal estado de embriaguez. Y tampoco quise ir solo a llevármelo porque les parecería rara la situación y habrían acabado sonsacándome la verdad – le explicó con frialdad – Y yo soy mago, pero no hago milagros. No conozco tu piso, así que tampoco pude transportarte a él. ¿Alguna duda más?
- Tú me pusiste esta ropa… - sonó a modo de reproche, pero en el fondo ella se sentía encantada de llevarla. Por eso todavía no se la había mudado por una propia.
- El vestido que luciste anoche es precioso, pero muy incómodo para dormir – se encogió de hombros – Sólo intenté que descansases lo más cómodamente posible. Puedo asegurarte que no soy un violador.
Al mirarle a los ojos, Ginny descubrió un profundo dolor oculto en ellos, después de haber concluido su última frase. Aquella actitud le pareció muy extraña, pero pensó que no era oportuno profundizar en ella.
- En ningún momento he pensado que lo fueses – no supo porqué, pero necesitó hacérselo saber, como si aquella frase fuese a resultar importante para él. Y así fue. Rápidamente él mudó su semblante serio y frío por otro más acogedor.
- ¿Quieres acompañarme con el desayuno? Hay suficiente para ambos – le ofreció, invitándola a que se sentase frente a él – Y te hará bien, terminará por curar esa resaca.
Ella asintió, en silencio; se sentó al otro lado de la mesa y comenzó a servirse una tostada con mantequilla y mermelada. La mirada del chico se centró en su propio desayuno.
- No sé si hice bien trayéndote aquí, Ginny – la sorprendió él, dirigiéndole aquellas palabras – Pero pensé que venir a esta casa era la opción que menos odiarías en aquellas circunstancias.
- Y tuviste razón, Harry. Gracias. Es sólo que me he sorprendido al despertar, nada más. Siento haberte causado problemas. No pretendía emborracharme, pero se me fue la mano y cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde – se disculpó, ofreciéndole una sonrisa amistosa.
- No te preocupes. Durante el trayecto en coche te mostraste muy conversadora, todo un encanto – le aseguró él, devolviéndole la sonrisa.
¿Cómo que se había mostrado conversadora? ¿Qué narices le había dicho a aquel hombre, si lo único que en el fondo deseaba decirle era lo que ya nunca podría confesarle? Sintió cómo su pulso se aceleraba, temiendo haber sido grosera, maleducada, o aún peor: que le hubiese revelado su verdad. Pero él continuó desayunando tranquilamente, ajeno a todas las preocupaciones de ella, algo que la tranquilizó en parte, o al menos la serenó.
- Debo marcharme dentro de nada – continuó – Voy a llevarme a Teddy a pasar el día en el campo. ¿Te apuntas?
¡De nuevo lo había hecho! ¿Le estaba insinuando que la quería a su lado aquel día? ¿Qué deseaba pasarlo junto a ella? ¡Sintió que se estaba volviendo loca! ¡Y que su corazón iba a marcharse de su pecho con cualquiera de los tremendos latidos que lo agitaban!
- ¿Tú… quieres que os acompañe? – preguntó ella, intentando parecer sorprendida, en vez de emocionada, que era exactamente como se sentía.
- ¿Qué tiene de malo? Te servirá para escribir tu reportaje, ¿no? Aunque te pido que dejes a Teddy al margen de todo esto. Sé que él se alegrará de verte. Te echa de menos.
¡Claro! ¡Cómo no! ¡El reportaje! Y por otro lado el niño, a quien hacía tanto tiempo que no veía, y a quien también ella había extrañado. Sintió cómo el alma descendía a sus talones.
- Aún deseas hacer el reportaje, ¿no? – la sorprendió con aquella pregunta, suspicaz.
- ¡Claro que deseo hacer el reportaje! ¡Para eso estoy aquí! – respondió ella con rapidez, sin comprender a santo de qué venía aquello – Está bien, os acompañaré. Tampoco a mí me vendrá mal un día tranquilo y relajado. Y podré entrevistarte en algún momento, digo yo.
- Por supuesto, hoy soy todo tuyo. Y de Teddy, claro – le sonrió de forma arrebatadora - ¡Perfecto! Te espero dentro de media hora en el hall. Y te sugiero que elijas para la ocasión algo cómodo del arsenal de ropa que guardas arriba y te lo pongas.
Ella intentó responder de forma mordaz, o agresiva, diciendo algo que le hiciese sentir que no era él quien manejaba la situación. Pero ya Harry se había levantado de la mesa y caminaba fuera de la cocina, hacia su despacho.
- ¡Nos vemos luego, Weasley! – le gritó desde el pasillo, saludándola con una mano.
Y de nuevo ella se sorprendió a sí misma maldiciéndolo con la boca pequeña, para no reconocer que se sentía excitada como una niña con la inminente llegada de su cumpleaños. Como sumida en un sueño, se levantó ella también y caminó de regreso a su cuarto para hacer tal y como había quedado con él. Por el camino, no pudo evitar ejecutar unos tímidos pasos de baile.
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Harry llevó a Teddy y a Ginny a orillas de un hermoso río de agua fresca y cristalina, a lo largo de cuyos bordes crecían viejos y frondosos árboles, con miles de hojas que filtraban el sol de forma intermitente, movidas por una suave y agradable brisa. Una tupida hierba cubría el suelo, allá donde abarcaba la vista, invitando de forma acogedora a acomodarse en ella para dejar pasar el tiempo bajo el influjo del constante y embriagador murmullo del río. Todo en aquel lugar era paz, algo que Harry apreció inmediatamente, ya que desde que Ginny y él habían llegado a casa de Andrómeda para recoger a Teddy, este no había parado de gritar y alborotar, emocionado por reencontrarse con la chica, a quien no había vuelto a ver desde que la pareja se separó; y por supuesto, excitado porque iba a pasar todo un día con su padrino. Así que el moreno extrajo una manta de viaje de la cesta que Andrómeda amablemente les había preparado con todo lo necesario para pasar un tranquilo día fuera de casa, la extendió bajo un árbol que arrojaba una sombra particularmente grande, e indicó a su ahijado y a Ginny que se sentasen. Mientras, él caminó tranquilamente hasta la orilla del río, se agachó e introdujo su mano en el agua, dejándose mecer por ella. Cuando regresó, ya los otros dos yacían tumbados sobre la manta, contemplando el vaivén de las hojas de los árboles, hipnotizados.
- Este lugar es precioso – susurró Ginny, al darse cuenta de que Harry se había sentado junto a ellos.
- Lo es… Fue uno de los lugares donde tu hermano, Hermione y yo estuvimos acampados unos días durante la época en que estuvimos huyendo de los secuaces de Voldemort – respondió él con tristeza – De vez en cuando regreso aquí, no sé muy bien para qué, sólo siento que necesito hacerlo. Es un modo agradable de no olvidar jamás lo que sucedió – su mirada se hallaba perdida en el vacío.
Ginny sintió cómo el corazón le sangraba de nuevo a través de los recuerdos, cuánto habría deseado poder compartir lo que él sufrió. Pero también entonces fue alejada de su lado. Una rabia sorda se apoderó de sus sentidos, como entonces…
- ¿De qué hablas, padrino? – preguntó el niño, irrumpiendo en los recuerdos de ambos, que pronto se convirtieron de nuevo en eternos girones de niebla.
- Algún día te lo contaré – le sonrió Harry – Bueno, enano, este día es para ti. ¿Qué quieres hacer?
- ¡Juguemos al escondite! ¡Y al frisbee! ¡Y a contar historias! ¡Y a pillar! ¡Y….!
- Espera, espera – le detuvo su padrino, ampliando su sonrisa – Con que todo eso quieres hacer, ¿eh? ¿Y qué tal si te hago cosquillas? – lo cogió en brazos sin darle tiempo de escapar, y comenzó a hacerle reír.
El niño se revolvió y gritó, encantado, intentando contraatacar, y los dos rodaron por la hierba entre risas, mientras Ginny los observaba embelesada, sin poder evitar entristecerse pensando que era aquello, y mucho más, lo que había perdido por culpa de su maldito trabajo.
La mañana transcurrió rápida, entre juegos, gritos y risas, que los tres compartieron como una familia normal, como cualquier familia.
Durante la comida y ya terminada esta, el niño se mostró más calmado, tras no haber parado de jugar en toda la mañana, pero en cambio su mente tomó el control de sus impulsos.
- Tía… - pidió a Ginny tímidamente, consiguiendo captar toda la atención de esta - ¿Por qué no has venido a verme antes? – le preguntó, clavando en ella sus profundos e infantiles ojos - ¿Te habías olvidado de mí?
- No cariño. Te he echado mucho de menos – le sonrió ella, acariciándole el rostro con ternura – Tú sabes que tu padrino y yo hemos estado peleados, y yo no he querido molestarle yendo a verte. Perdóname.
- A quien debe perdonar es a mí, por no haber pensado en ello – los interrumpió Harry – Ginny, me hará muy feliz que vayas a verlo cuando quieras. Él también te ha echado de menos, y te necesita.
- Gracias… - apenas susurró ella, mirando a Harry emocionada.
- Si ya no estáis enfadados, ¿por qué no os casáis? – les sorprendió el niño con aquella pregunta - Viviríamos juntos, y por fin yo tendría un papá y una mamá y…
- Eh, eh, eh, pequeñajo – le interrumpió Harry, mirándole con seriedad - Tú y yo ya hemos hablado antes sobre esto. Sabes que te quiero como a un hijo; para mí lo eres. ¿Pero no crees que sería totalmente injusto para tu padre y tu madre que nosotros te adoptásemos? Mientras ellos vivieron, te amaron con locura; tú fuiste lo más grande en el mundo para ambos, y lo creas o no, siguen amándote y velando por ti desde donde están ahora. Tú tienes un apellido que llevar con la frente muy alta. No te hace falta ningún otro. La adopción es sólo un papel, pero el amor de una familia se lleva en el corazón. Tú no necesitas que te adoptemos para que te sintamos como a un hijo.
- Lo sé, padrino. Perdona… - se disculpó el niño, compungido – Es que me encantaría vivir contigo.
- ¿Y tu abuela, qué? Ella se desvive por ti – le reprendió el moreno.
- ¡No entiendo porqué ella no quiere que los dos vayamos a vivir contigo! ¡Sabe que es lo que yo más deseo en este mundo! – se quejó, enfadado.
- Teddy… Andrómeda tiene su propia casa, su propia vida, y te adora. No es justo que se lo agradezcas queriendo abandonarla.
- ¡Pero yo no quiero abandonarla! ¡Quiero que todos vivamos juntos! ¡Y ella me lo impide!
- Deja de gritar, jovencito – le ordenó el chico, severo - Cuando tú seas mayor, podrás hacer lo que desees, vivir conmigo si te apetece. Pero hasta entonces, cumplirás los deseos de tu abuela, que merece mucho más respeto y consideración del que tú estás mostrando por ella ahora mismo.
Teddy, avergonzado, bajó la cabeza. Pero pronto volvió a la carga con otra cuestión.
- ¿Pero la tía y tú vais a casaros o no? – quiso saber, cruzando los brazos y observando a su padrino, a la expectativa.
Los ojos de Ginny y Harry se encontraron fugazmente, pero fue tiempo suficiente para decírselo todo sin palabras.
- Ese no es un tema que deba a importar a un niño de tu edad – respondió Harry, evadiendo la pregunta.
- Pues si no te casas con ella, eres tonto. La tía Ginny es buenísima, y la mujer más guapa que conozco.
- Tienes toda la razón – el moreno revolvió el pelo de su ahijado, mostrándole una gran sonrisa, mientras Ginny los miraba a ambos llena de sorpresa – Y ahora, duérmete. Ya sabes lo enfadado que te pones cuando no has podido disfrutar de una buena siesta.
El pequeño se tumbó cual largo era, apoyando la cabeza en el regazo de su padrino, y pronto cayó en un sopor dulce y tranquilo, mientras Harry le acariciaba el cabello suavemente, contemplándolo con cariño.
Durante un rato, Ginny intentó disimular, mirar hacia otro lado, fingir que contemplaba el paisaje, intentando ocultar todas aquellas emociones que llenaban su corazón de amor, dulzura y tristeza. Tampoco Harry pronunció palabra. Y aunque aquel silencio resultaba cómodo entre ambos, no podía ser eterno; y tampoco ellos deseaban que lo fuera.
- Bueno, ¿qué ha sido de tu vida desde que…? – preguntó Ginny, pero de pronto calló, consciente de lo que había estado apunto de decir – Quiero decir… ¿qué hay de nuevo en tu vida que yo no…? – se mordió los labios, sabiendo que había metido la pata de nuevo.
- Tranquila, Ginny, no tienes porqué sentirte incómoda conmigo por lo que pasó, si tú no lo estás. El pasado, pasado está – él sonrió levemente, mientras desviaba su mirada hacia la lejanía para luego volver a posarla en el rostro de ella – Quieres saber qué puedo contarte sobre mi vida que tú no conozcas – ella asintió, azorada - A eso te refieres. Veamos… ¿Te has enterado de que me he convertido en el Director General del Departamento de Seguridad Mágica? – bromeó, divertido, mientras ella ponía cara de enfado pensando que él no pretendía contarle nada finalmente – Vamos, no te enfades – la tranquilizó, recuperando su semblante serio – En realidad no hay mucho que contar. Mi prioridad es cuidar de Teddy, intentar ser un buen padrino para él. Siento que se lo debo, ya que en parte soy culpable de la situación que le ha tocado vivir. Y además porque lo adoro.
- ¡Pero tú no eres culpable de que muriesen Remus y Tonks, Harry! – Ginny levantó la voz, sintiendo que lo que él había dicho era totalmente injusto e irreal.
- ¡Shhhhhh! Baja la voz, por favor, o lo despertarás – le pidió él, mientras acariciaba con mimo el pelo de su ahijado, quien se revolvió, inquieto, pero siguió descansando plácidamente sobre su regazo – Sé que no lo soy. Pero no puedo evitar culparme por no haber sido capaz de impedir que sucediera. Cuando Teddy era más pequeño, yo era capaz de manejar mejor la situación. Pero ahora él se hace preguntas, me hace preguntas… que me parte el alma responder. Yo sé lo que es ser huérfano, Ginny, demasiado bien que lo sé. Por eso me desvivo por hacerle feliz. Y porque Teddy es el niño más bueno y adorable del mundo; lo merece todo, tanto lo que yo pueda darle como lo que no. Pero no puedo hacer nada por conseguir lo que más desea y necesita, que es tener a su lado a su padre y a su madre.
Sin darse cuenta, Ginny le acarició el rostro con delicadeza.
- Tú eres el mejor padrino que Teddy pueda desear – afirmó, totalmente convencida.
- ¿En serio lo crees? Yo no estoy tan seguro…
- Hazme caso: lo sé. Y él también lo sabe.
Por un segundo los ojos de ambos se encontraron de nuevo, y hubo mucho más que amor en aquellas miradas. Pero pronto cada cual desvió la suya para posarla bien lejos del otro.
- Hay otra cosa que deseo contarte, pero prefiero que la veas por ti misma – anunció él, ya más tranquilo.
- ¿Qué es, Harry? – ella volvió a posar su vista en el rostro de él, dueña ya de sus propias reacciones.
- Lo siento, pero como te he dicho, prefiero que la veas por ti misma. Así que tendrás que esperar hasta el próximo sábado para conocerla – respondió él con picardía.
- ¿Por qué hasta el próximo sábado? ¿Por qué no antes?
- Porque es imposible, te lo aseguro. Ten paciencia, te gustará.
- Sé que valdrá la pena – afirmó ella de forma melancólica.
- ¿Por qué lo dices de ese modo? – quiso saber Harry, sorprendido.
- Porque hoy ha valido la pena. Porque venir aquí… me ha hecho feliz.
Por primera vez desde que ambos se reencontraron, fue Harry quien acarició el rostro de Ginny suavemente, lleno de ternura.
- A mí también me ha hecho feliz. Anda, descansa un rato tú también – le sugirió – Pronto tendremos que marcharnos.
Sonriendo, Ginny se tendió al lado de él, y pronto se sumió en un sueño relajado, mientras Harry lo velaba, sin dejar de observarla con un brillo especial en los ojos.
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Al final de la tarde, Harry y Ginny llegaron a Godric´s Hollow agotados, pero contentos. Ambos sentían que aquel día había sido maravilloso, especial; por ello, al salir del coche de Harry, que los había traído de vuelta desde el hogar de Andrómeda, los dos caminaron lentamente hacia la puerta de la casa, con un oculto deseo de que aquel mágico encuentro no terminarse, de que jamás lo hiciese, en realidad. Pero continuaron caminando hacia su destino sin mirar atrás.
- Bueno… - Ginny rompió el silencio que tanto los había separado y unido a la vez durante aquel día – Gracias por todo. Nos veremos en el Ministerio de Magia, supongo.
Él, que se había adelantado para abrir la puerta de la casa, se giró lentamente al escucharla, mientras fijaba en ella sus profundos ojos verdes, ahora de nuevo melancólicos, apagados. Caminó hasta ella, quedando a escasos centímetros de su cuerpo, sin dejar de mirarla; su rostro pálido, su ademán triste, su pose atormentada pero firme. Tomó una mano de la chica entre las suyas, y ella sintió cómo su propia tristeza se derretía en aquel contacto, con sus ojos atrapados en aquella mirada que no podría olvidar jamás.
- No te marches, Ginny. Quédate – le pidió él, quedamente.
Ginny se sintió desfallecer. ¿Había escuchado bien? ¿O era su mente, alimentada por sus nervios desbocados, quien acababa de jugarle una mala pasada? No pudo más que continuar mirándolo e intentar que él no notase los temblores que todo su cuerpo estaba sintiendo.
- ¿Co-cómo? – balbuceó, profundizando en aquellos ojos esmeralda con su mirada.
- He pensado que, si pasas una semana entera viviendo aquí, conmigo, podrás reunir toda la información necesaria para escribir tu reportaje sin tener que dejar pasar todo un mes antes de hacerlo. Si te quedas esta semana, pronto podrás deshacerte de mí – argumentó él lógicamente, como si hacerlo fuese lo más normal del mundo en la situación que ambos estaban viviendo.
- Ah, comprendo… - ella retiró la mano con firmeza, sintiéndose una idiota por haber permitido de nuevo que él la desarmase con tanta facilidad. Sintiendo rabia, se obligó a recordar que los sueños son sólo embustes para niños, nada más. - Y tú podrás deshacerte de mí del mismo modo – argumentó con la mayor frialdad que se vio capaz de mostrar.
- Los dos podremos retomar nuestras vidas normales, sí – Harry sonrió tranquilamente, sin atisbo de rencor - ¿Qué te parece?
¿Que qué le parecía? Una locura, una inmensa sinrazón. Pero cuando quiso darse cuenta, sus labios habían cobrado vida propia, traicionándola sin piedad.
- Que tienes razón, Potter. Me quedaré esta semana a vivir contigo. Cuanto antes acabemos con todo esto, mejor para los dos – afirmó con convicción, desafiándolo con aquellos ojos que hacía nada lo habían acariciado llenos de amor.
- Perfecto. ¿Quieres que te lleve a tu piso para que recojas lo que necesites?
- No hace falta. Me apañaré con lo que tengo aquí. Cuanto antes comience a trabajar, antes pondremos fin a esta historia – sentenció ella con dureza - ¿Qué te parece si cenamos? Deseo comenzar a escribir esta misma noche.
- Maravilloso. Yo mismo iba a proponértelo. Vayamos a la cocina, entonces.
Antes de que él se diese la vuelta de nuevo para entrar en la casa, Ginny pudo notar de forma inequívoca cómo todo el cuerpo de él mostró una especie de alivio, de relajación, como si ella al acceder a su propuesta le hubiese quitado de encima una inmensa preocupación. Aquella actitud le pareció muy extraña, pero no quiso preguntar sobre ella, porque en aquel momento no supo cómo enfocar ante él una cuestión que ni ella misma tuvo claro cómo interpretar. En cambio, la pelirroja decidió centrarse en su propio estado de ánimo, una extraña mezcla de alegría y zozobra interior, una amarga felicidad, un bello sueño amenazado por el cruel velo de una horrenda pesadilla. Deseó con todas sus fuerzas ser consciente realmente de dónde se había metido al aceptar la petición que él le había hecho de forma tan pretendidamente lógica y natural, pero en el fondo arrebatadora. No puedo evitar preguntarse si aquel apuesto hombre estaba jugando con ella, si había decidido vengarse de lo sucedido en el pasado, de un modo tan retorcido, y decidió que, fuera como fuera, ella estaba obligada a averiguarlo, ya que libremente había aceptado entrar en su juego.
Comentarios de la autora:
Ya sé que estoy actualizando demasiado amenudo, y que luego, cuando vuelva al trabajo y no pueda seguir este ritmo, os va a saber fatal. Y a mí también. Pero al terminar este capítulo, he sentido una inmensa necesidad de publicarlo, porque ha resultado ser mucho más especial para mí de lo que pude imaginar antes de escribirlo. A mí me parece especialemnte bello, par qué negarlo. Ojalá vosotros, al leerlo, hayáis opinado lo mismo que yo.
Pues sí, Harry y Ginny van a vivir juntos durante tooooooda una semana. Imagináos todas las situaciones que van a compartir, jeje.
Quiero hacer notar un tema, que va un poco a modo de respuesta a un comentario que me ha hecho Jor. Ella me ha dicho que Harry ni siquiera le dio un beso a Ginny, al acostarla en la cama cuando ella estaba borracha, que es un hombre tan caballeroso y correcto, que ni eso ha querido permitirse. Pues bien, os adelanto que ese hecho no ha sucedido sin motivo, que forma parte de un tema que va a ser muy importante en el desarrollo de este fic. Harry tiene un gran peso en el corazón, y pronto os enteraréis de qué se trata. Por ello, de vez en cuando Ginny observa en él actitudes tan extrañas, por ejemplo, el hecho de que él se haya sentido tan aliviado cuando ella ha aceptado en pasar toda la semana a su lado. No lo hace sólo porque la ama, o porque sí, os lo puedo asegurar. Y no os adelanto nada más.
Aprovecho para daros de antemano todo mi agradecimiento porque estéis leyendo este fic, y cómo no, os ruego que recordéis dejarme reviews con vuestras opiniones, porque ellos me dan fuerzas cuando siento que me faltan, son un dopaje natural y sano, jeje, el mejor; y una fuente inagotable de inspiración.
Un abrazo y hasta pronto (espero y deseo).
Rose.
