Capítulo 13: Amor por siempre.

Neville ajustaba la corbata del elegante traje a un nerviosísimo Harry, ambos frente a un espejo de cuerpo entero que habían hecho aparecer en la Torre Griffindor para la ocasión. Milagrosamente, aquella mañana no había ni un solo alumno merodeando por ella, y aunque Neville afirmaba de forma tozuda que era debido a que todos habían ido de visita a Hogsmeade, Harry sospechaba que su alto y esbelto amigo, ahora profesor de Herbología en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, tenía mucho que ver en ello. No sabía cómo el chico lo había conseguido, pero le agradecía en el alma poder pasar sus últimos minutos de soltero en aquella torre, donde tantos buenos y malos momentos de su vida había pasado, la mayoría de ellos junto a algunas de las personas a quienes más quería. Aquel era un lugar especial para él, realmente todo Hogwarts lo era; ya una vez fue testigo obligatorio de un punto de inflexión en su vida, y ahora él, por propia elección, lo iba a convertir de nuevo en un marco protagonista de ella.

El moreno no hacía más que tirar del cuello de su camisa, sintiendo que se ahogaba, mientras se observaba en el espejo sin dejar de moverse.

- ¿Pero quieres parar, por Merlín, y dejarme que termine de una vez? – le reprendió su amigo, medio fastidiado y medio divertido.

- No puedo, Nev, no puedo. Voy a casarme con ella, ¿puedes creerlo? – Harry respondió, con voz trémula debido a la emoción.

- Claro que puedo creerlo. Parece ser, que el único aquí que no es capaz de creerlo, eres tú mismo – le sonrió con cariño.

- Ella es mi diosa, el sueño de mi vida, lo es todo para mí – explicó al otro una vez más, mirándole como si no fuese capaz de entender nada.

- Y te ama a ti, sólo a ti. Por eso deberías estar eufórico, y no comportarte como un niño temeroso e incrédulo – terminó de ajustarle la corbata y se apartó unos pasos, para que el joven pudiese contemplarse – Estás hecho un pincel, como siempre. Nunca he sabido cómo te lo montas para que tantas brujas estén loquitas por tus huesos – bromeó, intentando que Harry se relajase, pero el chico lo miró con cara de reproche.

- Mira quién fue a hablar. No te quejes, que tú te has casado con tu Hufflepuff favorita. Por cierto, ¿cómo está Hannah? Hace tiempo que no sé nada de vosotros.

- Oh, maravillosa… y embarazada – le mostró una radiante y pícara sonrisa.

- ¿Cómoooooo? – sus ojos brillaron por la alegría cuando lo miró.

- Nos lo confirmaron ayer, así que tú eres el primero en saberlo. Ella habría querido venir, pero las nauseas no la dejan en paz por las mañanas. Además, como tú me dejaste bien claro que sólo McGonagall y yo podíamos asistir… Y me da la impresión de que porque nos necesitáis para haceros de testigos, que si no…

- No te enfades, amigo. Tampoco Ron ni Hermione, ni siquiera Teddy o la familia de Ginny, van a asistir.

- ¿Por qué nosotros, Harry? – lo interrogó con sinceridad.

- Porque no vais a juzgarnos – Neville pudo ver un infinito agradecimiento en su semblante - A la directora y a ti os he explicado el motivo oficial: que Ginny y yo no hemos querido enturbiar la boda de Ron y Hermione. Pero en el fondo de mi corazón sé que hay algo más. Anoche Ginny y yo nos sinceramos sobre eso y sobre muchas cosas más – su amigo lo miró con suspicacia, al darse cuenta de la pose seria que había acompañado a aquellas palabras – creemos que nuestra unión será más pura si no hay nadie de por medio, nadie que tenga nada que decir, ni para bien ni para mal. Es nuestra decisión, Nev, no sé cómo explicártelo para que me entiendas. Ginny hoy no viene aquí como hija de los señores Weasley, ni como hermana o amiga de nadie. Ni yo vengo como amigo, yerno o jefe de nadie. Hoy sólo somos Harry y Ginny, sin apellidos, sin ataduras ni responsabilidades con ninguna persona que no seamos ella y yo, tan sólo el uno para el otro, y nada más. Aunque sea sólo por un día, por una vez en toda nuestra vida. Yo le pertenezco por entero, y ella me pertenece a mí. Y hoy no existe nada más que esa unión. Te parecerá egoísta, pero es lo que ambos sentimos. Hemos decidido que, dentro de un tiempo, haremos una especie de celebración para todos quienes nos queréis, y a quienes queremos. Pero no hoy – lo miró con cariño, necesitado de su comprensión - Por favor, felicita a Hannah de nuestra parte. No sabes cuánto me hace feliz lo que me acabas de contar.

- No voy a juzgarte, Harry, no soy quién para hacerlo. Y además, ahora mismo sería el hombre más envidiado de este mundo si alguien aparte de nosotros supiera lo que va a suceder aquí esta mañana, así que no sería justo que lo hiciese – sonrió con picardía – Pero desde luego, tenéis narices para hacer lo que estáis haciendo. No quisiera estar en tu pellejo cuando tengas que encarar a Molly para decirle que no fue invitada a la boda de su adorada hija menor – sentenció, burlón.

- ¿Serás capullo? ¡Tú no quieres tranquilizarme, quieres matarme! – sintió cómo el nudo de la corbata estaba apunto de ahogarlo.

- ¡Vamos, Potter! ¡No es para tanto! – palmeó su espalda, complacido. Tras lo cual le colocó la capa de gala sobre los hombros. Harry se veía realmente imponente – Sea como sea, es todo un honor para mí que me tengas por un amigo capaz de guardar semejante secreto.

- Ten claro que, si en le mundo existen hombres fieles a sus amigos, tú eres el más grande de ellos – afirmó el moreno, clavando se verde mirada en los ojos del joven profesor – Y si existen hombres conscientes de la suerte que tienen por ser tus amigos, ten por seguro que yo soy el más agradecido de todos. Dame un abrazo.

Ambos se abrazaron con fuerza, emocionados.

- ¿Por qué me sorprendo? – le dijo Neville con afecto, mientras se separaba de él con un ademán que simulaba ser de enfado por tanta sensiblería – Ginny y tú nunca habéis sido lo que se dice… típicos. ¿Por qué deberíais serlo ahora? Bueno, ha llegado la hora – concluyó amablemente, fijando sus ojos en los de su amigo.

- Sí, ha llegado. Merlín, no me sostienen las piernas.

Neville rió, disfrutando de la situación.

- ¡Esto es increíble! ¡Harry Potter temblando como un adolescente!

Harry rió también, mirándolo con cara de circunstancias.

- Vámonos antes de que Ginny salga de los dormitorios de las chicas. Recuerda que es el novio quien debe esperar a la novia, no al revés.

Él asintió, y los dos chicos se marcharon hacia el despacho de McGonagall, quien ahora ocupaba el que ambos recordaban tan bien como el sancta sanctorum del fallecido Albus Dumbledore, y que tradicionalmente había pertenecido a todos los directores de Hogwarts desde la creación del Colegio.

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Mientras, en el dormitorio de las chicas, Ginny giraba sobre sí misma, sintiéndose una princesa.

- Para, chiquilla, o vas a marearte – le ordenó McGonagall, con voz severa, pero desmentida por su espléndida sonrisa.

- Minerva, déjala que lo disfrute. No todos los días una mujer puede sentirse la reina del universo – Eliadora guiñó un ojo a la otra mujer, sonriendo también.

- Tú y yo somos demasiado viejas como para recordar qué se siente – sentenció Minerva con voz socarrona.

- Habla por ti, vejestorio. Yo estoy en mi mejor momento.

McGonagall puso los ojos en blanco, negando con la cabeza y dando a su vieja conocida como una causa perdida.

- ¿Le gustará a Harry? – les preguntó Ginny, mirando a ambas con ojos brillantes de ilusión.

- Si es cierto que lo conozco bien, y me jacto de hacerlo, en cuanto te vea, caerá rendido ante ti - afirmó la directora, rotunda – Estás preciosa – la mujer caminó hacia una de las ventanas y les dio la espalda para mirar a través de ella. Las otras dos la observaron, no sin cierta preocupación, pues de pronto había mudado su semblante amable por otro serio y lejano. – Aún recuerdo como si fuera ayer, las primeras ocasiones en que os sorprendí besándoos por los rincones – Ginny desvió la vista, sonrojada, aunque la mujer no habría podido verla, pues continuaba mirando por la ventana, a lo lejos - Nunca os lo dije, pero ser testigo de vuestra ilusión, de vuestra alegría, entonces me causaba un profundo dolor, al pensar en el duro destino que aguardaba a Harry en su dura batalla contra el Señor Oscuro – nuevamente se giró hacia la chica, y caminó hasta ella para tomarla de la mano y estrecharla cariñosamente entre las suyas – Tampoco te he dicho esto jamás, pero quiero que sepas que te considero una de las mujeres más fuertes de espíritu que conozco. No es fácil ser la mujer de Harry James Potter, y tú lo llevas siendo con orgullo desde hace años.

- Usted sabe que le fallé – Ginny bajó la cabeza, sintiendo una punzada de dolor, pero Minerva la obligó a que sus ojos se encontrasen de nuevo, alzándole la barbilla.

- Detalles, simples detalles. Lo que cuenta es la historia en sí, no un pequeño retazo de ella. Y vosotros dos todavía tenéis la mayoría de páginas por escribir en la vuestra.

- Minerva me ha dicho que tú lo amas desde niña – comentó Eliadora, curiosa.

- Sí, siempre lo he querido – afirmó la pelirroja, mostrando vergüenza – Cuando era muy niña, me enamoré de él sin conocerle. Para mí era un príncipe de cuento, valiente, guapo, triunfador… Y el día en que le conocí, supe que lo querría para siempre. Usted pensará que sólo fue una ilusión de niña, pero yo lo supe. No me pregunte cómo.

La anciana mujer asintió, sin despreciar ninguna de sus palabras, dándole a entender que podía comprenderla.

- ¿Y él a ti?

- Oh, sí – respondió McGonagall por la chica – Desde que comenzó a salirle barba, sí. Los dos tuvieron sus escarceos preadolescentes con otras personas, no creas – Ginny la miró con cara de reproche, que la mujer desechó con un alegre ademán – Pero en cuanto Harry comenzó a tener algo más que pelo en la cabeza, se enamoró de esta niña perdidamente. No le hizo falta conquistarla, todo sea dicho, aunque eso no significa que ella se lo haya puesto fácil. Y ya nunca han dejado de quererse.

- Ojalá ese amor tan hermoso os dure toda vuestra vida. Te deseo lo mejor, pequeña – la señora Orts abrazó a Ginny efusivamente, con cariño.

- Gracias. Estar siempre a su lado es lo que más deseo en este mundo.

- Lo tendrás. Sé que lo tendrás – afirmó la directora, emocionada - ¡Bueno! ¡Creo que ya hemos mantenido en vilo al novio enamorado durante tiempo suficiente! ¿No estáis de acuerdo? ¡Es hora de que la radiante novia haga su aparición!

- Cójame del brazo, directora; cójame del brazo y no me suelte – le pidió Ginny, sintiendo que todo su cuerpo temblaba como una hoja.

Minerva hizo como le pedía, con un abrazo maternal, y ambas caminaron fuera del cuarto, seguidas de cerca por Eliadora.

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En el acogedor despacho de la Directora, situado en una de las torres más altas de Hogwarts, aguardaban Harry, Neville y el druida miembro del Wicengamot que oficiaría la ceremonia. Por muchas veces que ambos chicos hubiesen entrado en él desde la trágica muerte del director Dumbledore, siempre sentían acogimiento y pena al estar allí. No había cambiado prácticamente nada. Los retratos de los viejos directores seguían pendiendo de las paredes, con una notable diferencia: también el mismo Dumbledore tenía el suyo propio entre ellos. Aquel día, ningún director dormitaba en su marco; la mayoría de ellos aguardaban en silencio, expectantes, conscientes de que el acto que iban a presenciar allí, era todo un acontecimiento en el mundo de los magos. Algunos trataban de aparentar desdén o indiferencia, y otros se mordían la lengua para no vitorear a Harry, como habían hecho nada más entrar él en la sala, cuando Neville se vio obligado a poner orden en la algarabía de gritos y risas que habían montado. De vez en cuando, Harry y Dumbledore cruzaban una breve mirada de sereno y cariñoso entendimiento, que Neville seguía admirando desde lo más hondo de su corazón, como hacía cuando era sólo un niño y contemplaba al viejo profesor y a un jovencísimo Harry hacerlo una y otra vez de forma espontánea.

El ancestral Sombrero Seleccionador, que parecía aún más viejo y ajado desde que Voldemort intentó eliminarlo incendiándolo sobre la cabeza del propio Neville, yacía ahora tranquilamente en su estante, tras el gran escritorio con patas semejantes a garras, ajeno a todo, consciente de que sus servicios no serían necesarios en aquella ocasión. Los instrumentos plateados, que siempre habían emitido divertidos soplidos llenos de humo desde su pequeña mesa de una sola pata, habían desaparecido. En cambio, su lugar había sido dominado por un montón de libros de consulta sobre la transformación, que decían mucho del actual ocupante del mágico santuario. También el vetusto pensadero seguía allí, pero tampoco el atemporal Fawkes había vuelto a honrarles con su presencia. Todo era igual, y no lo era. El tiempo, la vida, seguía pasando por allí, tal y como lo hacía implacablemente con todas las personas que alguna vez lo habían ocupado o visitado, o con quienes lo seguían haciendo. Y ojalá fuese así por mucho, mucho, tiempo más, fue el deseo de todos los corazones allí presentes.

- ¿Qué me das para que no lo cuente? – sonó con picardía la voz del vetusto y pequeño hombre que, tras unas minúsculas gafas que apenas cubrían sus ágiles ojos, observaba a Harry con descaro.

- ¿Usted también? – se indignó el chico, mirándolo como si no pudiese creer lo que acababa de escuchar - ¡El miembro más digno del Wicengamot, el druida más respetado, y al que más admiro! ¡No puedo creerlo!

- No hay manera, Albus – Phineas Argorus se dirigió a su viejo amigo, localizándolo en la pared – Por mucho tiempo que pase, este jovencito nunca tendrá sentido del humor – se lamentó con un cómico ademán de derrota.

Al escucharle, Harry bufó, nervioso, mientras Neville le daba una palmada en la espalda, intentando calmarle.

- Quizá hoy no sea el mejor momento para festejar tus bromas, Phineas – respondió Dumbledore con voz amable – El joven y brillante Potter se nos casa. Eso no sucede todos los días.

- Por la cuenta que le trae, sólo sucederá una vez en esta vida – afirmó el otro rotundamente.

- Por Merlín – susurró Harry – que Ginny llegue ya o me van a volver loco entre todos.

- ¿Cómo? – le interrogó Neville, quien no había alcanzado a escuchar sus palabras.

Pero el moreno no pudo responder, ya que en aquel preciso momento, la irrupción en la sala de Eliadora Orts consiguió que se hiciese un inmediato y expectante silencio. Al ver a la mujer, Harry abrió los ojos como platos; su presencia allí era totalmente inesperada para el chico y ella, consciente de aquel hecho, le sonrió con picardía.

Inmediatamente después, tras ella apareció Ginny, cogida del brazo de la directora McGonagall, que sonrió a los presentes con formalidad, asumiendo su papel de anfitriona.

En aquel mismo momento, al contemplar a la que en breves instantes sería su esposa, Harry sintió cómo su respiración se detenía, cómo su corazón daba un enorme vuelco en su pecho, cómo sus verdes ojos parpadeaban, incrédulos, ante el sueño que creían estar viendo, presos de un extraño encantamiento. El joven había reconocido aquel vestido nada más verlo, aún sin haberlo contemplado antes ni una sola vez; pero era su vestido, el sueño que él mismo había imaginado para ella, su ilusión. No pudo evitar que sus ojos se llenasen de lágrimas, que consiguió retener, mientras Ginny, al mirarlo a los ojos y darse cuenta del efecto que acababa de causarle, contenía las suyas también. La chica lentamente caminó hasta él y lo tomó suavemente de la mano, llevándola a su propio rostro, para sentir que todo aquello era verdad.

- Eres un sueño – apenas articuló él, pues se había quedado sin palabras.

- Soy tu sueño, hecho realidad. Gracias, Harry. Gracias por esto, por todo, por ti – respondió ella con dulzura – Y tú eres mi mejor sueño, que hoy mismo va a cumplirse. Eres el hombre más guapo y maravilloso que he conocido jamás – afirmó, cautivada por su impresionante belleza y elegancia.

Phineas Argorus tosió levemente, tratando de captar la atención de todos los presentes.

- ¿Comenzamos? – preguntó con voz ceremonial.

Harry y Ginny se miraron a los ojos y asintieron, radiantes de emoción. Cogidos de la mano, se adelantaron hasta colocarse ante el druida, Ginny flanqueada por la directora McGonagall, y Harry por Neville. La señora Orts quedó en un discreto segundo plano.

- Antes que nada. Harry, Ginny, sé que conocéis perfectamente las implicaciones del acto de amor que vais a ofrecer hoy aquí, pero me veo en la obligación de recordároslas – Phineas se dirigió a la pareja, con voz seria. Los dos asintieron, preparados – Las prendas, tanto personales como de pareja que os exigí, no eran como pago a mis servicios, sino como ofrenda a los poderes a los que servís por el hecho de ser magos. Sois conscientes de que sólo los iniciados en los rituales de unión somos capaces de celebrar tales vínculos, dado que no sólo vais a quedar unidos por el conjuro que yo voy a pronunciar, sino que este es sólo la última parte, el último acto, de un complejo ritual que yo he realizado durante la pasada noche a petición vuestra, y que una vez completado, os unirá inseparablemente para siempre.

- Lo sabemos – afirmaron los dos como una única voz.

- Y sabéis también que, si intentarais, por los medios que fuese, deshacer vuestra unión una vez realizada, el castigo a vuestra perjura será la desaparición de todos vuestros poderes mágicos de por vida. Vuestro vínculo es uno y único, así lo exigen los altos poderes, y así os lo transmito yo. Por eso os pregunto una vez más: ¿Estáis preparados para entregaros el uno al otro?

- Lo estamos – dijeron firmemente, sin atisbo de duda en sus voces.

- Bien. ¿Quién va a entregar a este hombre y esta mujer, entonces? – preguntó en voz alta.

- Yo entrego a esta mujer, Ginevra Molly Weasley – se adelantó Mc Gonagall con un firme paso adelante, señalando a Ginny con decisión – como fiel testigo que da fe de sus nobles e inquebrantables sentimientos por el hombre de su vida, Harry James Potter, a quien da gustosamente su alma y su magia como prenda de su amor eterno.

- Y yo entrego a este hombre, Harry James Potter – Neville dio un paso al frente, resuelto, señalando a Harry de forma ceremonial – como fiel testigo que da fe de sus nobles e inquebrantables sentimientos por la mujer de su vida, Ginevra Molly Weasley, a quien da gustosamente su alma y su magia como prenda de su amor eterno.

- Así pues – continuó el druida – Harry James Potter y Ginevra Molly Weasley, ¿aceptáis la entrega de vuestros testigos, y recibís el precioso don que os ofrecéis el uno al otro?

- Aceptamos – dijeron los dos al unísono.

- ¿Y os comprometéis así a cumplir los ancestrales mandamientos de los magos, bajo pena de conversión en muggles para el resto de vuestras vidas y condenando a vuestros testigos a la tristeza eterna, si osaseis desafiarlas?

- Nos comprometemos – se sonrieron el uno al otro, enamorados.

- Intercambiaos los presentes – ordenó.

Harry extrajo del bolsillo de su elegante chaqueta una pequeña cajita, que abrió delicadamente; tomó de ella algo entre sus manos. Se colocó frente a Ginny y con sumo cuidado, le abrochó al cuello una cadena de oro, de la que pendía un colgante de diamantes en forma de rayo, exactamente igual a la cicatriz que él conservaba en su frente. Después tomó a la chica de la mano, y buscó sus ojos, lleno de amor.

- Te entrego mi alma, mi alegría y mi tristeza, todo lo que fui, todo lo que soy y lo que seré, hasta el final de los tiempos – besó su mano dulcemente, con ternura.

Antes de poder entregarle a él su presente, Ginny se vio obligada a tragar con fuerza, para que el aire pudiese volver a alcanzar sus pulmones. Sentía que la emoción le impedía respirar, y mucho más hablar. Lentamente, casi temblando con cada movimiento, se quitó un bellísimo anillo que hasta el momento había llevado en su dedo pulgar. La joya refulgió con un brillo dorado en su mano, resaltando dos letras mayúsculas entrelazadas, una F y una G. Tomó la mano izquierda de Harry y se lo colocó en su dedo anular, le quedaba como un guante. Aún con la mano del chico entre las suyas, buscó de nuevo su mirada.

- Te entrego mi alma, mi corazón es tuyo, mi felicidad, mi dolor, aquello que fui, que soy y que llegaré a ser contigo a mi lado, más allá de la muerte – le acarició el rostro levemente.

- Por el poder que me otorga la ancestral sabiduría mágica, yo os declaro unidos para siempre. Tomaos de las manos – ellos hicieron como Argorus les ordenó, el menudo hombre levantó su varita y los apuntó con ella – ¡Eternum Amore! – exclamó con pasión.

De la varita surgió una luz tenue, plateada, chispeante y transparente, que alcanzó a los recién casados y los envolvió por un momento en un suave y cálido abrazo, para luego difuminarse poco apoco hasta desaparecer.

- Bueno, ¿no piensas besar a la recién casada? – Phineas hizo un ademán significativo a Harry, acompañando sus palabras.

El chico le ofreció una radiante sonrisa, después contempló a Ginny con ojos de adoración, y envió sus anhelantes labios al encuentro de los suaves y sonrosados labios que lo aguardaban con ilusión. El beso fue largo, profundo, tan profundo que les alcanzó el alma, todo su ser. Al separarse, juntaron sus frentes sin dejar de mirarse a los ojos, sonriendo.

- ¡Dicha por siempre! – gritó Eliadora, haciendo brotar de su varita pequeñas flores que cayeron se derramaron por toda la estancia como dulce y hermosa lluvia.

- ¡Dicha por siempre! – corearon Neville y Minerva, uniendo sus hechizos a los de la vieja costurera.

- Te amo, señora Potter – susurró Harry a Ginny, manteniendo aún su mirada.

- Te amo, señor Potter – susurró ella, besándolo con los ojos.

Enseguida fueron rodeados por los demás, y envueltos en cálidos y emocionados abrazos y besos.

- Gracias – les dijo Harry cuando fue capaz de hablar – No podéis imaginar cuánto significa para nosotros lo que habéis hecho hoy aquí. Habéis hecho posible que nuestra unión sea especial, tan especial como la deseábamos, incluso más. Jamás lo olvidaremos.

- Vosotros sois los que habéis hecho la parte importante – afirmó Neville, exultante de alegría.

- Pero tú y la directora habéis aceptado ser nuestros testigos, a sabiendas de que caerá sobre vosotros una maldición de tristeza que os durará hasta el final de vuestras vidas, si os fallamos.

- Bueno, tú hiciste lo mismo por mí – el chico palmeó la espalda de su amigo con cariño.

- Y con respecto a mí, si alguna vez os veo de nuevo separados, no hará falta una maldición para que la tristeza me acompañe día y noche – añadió McGonagall como quien no quiere la cosa – a mi edad, ya no quedan muchas alegrías que vivir, salvo contemplando las de los seres queridos.

Harry asintió, con un nudo en la garganta; luego se acercó a la señora Orts y la abrazó con infinito cariño. La mujer se dejó hacer, devolviéndole el abrazo como si de su nieto se tratara.

- Lo guardó – dijo él sin más, sobraban palabras.

- Soy culpable – afirmó la mujer, sonriéndole llena de orgullo.

- Gracias – volvió a abrazarla, tembloroso de emoción.

- ¿Qué podemos hacer para agradecéroslo? – les preguntó Ginny, paseando su mirada por todos ellos y sintiendo que nada de lo que ella o Harry pudiesen hacer, sería suficiente.

- Ser felices – respondieron los cuatro al unísono, como si se hubiesen puesto de acuerdo previamente. Luego rieron, divertidos.

- ¿Qué tal un par de fotos de recuerdo? – ofreció Phineas, haciendo aparecer una pequeña cámara de fotos mágicas – Tranquilo, joven amigo – indicó a Harry con un ademán amistoso, viendo su cara de rechazo – que nadie, a parte de los presentes, obtendrá jamás una copia de las fotos que se creen hoy aquí. Una sólo de los novios, y otra junto a los padrinos.

- Y otra los seis juntos – pidió Ginny, encantada.

- Eso está hecho.

Phineas Argorus colocó la cámara en un trípode, la preparó, y corrió a ocupar su lugar junto a los demás.

- ¡Decid Hogwarts!

Todos rieron, mientras se hacían unas cuantas fotos de recuerdo.

- Profesor Potter – interrumpió McGonagall de pronto – si no se da prisa, llegará tarde a su clase de hoy – fingió estarle regañando.

- ¿Profesor Potter? – Ginny miró a Harry y a McGonagall de hito en hito, sorprendida e incrédula.

- ¿Preparada para tu sorpresa? – le preguntó su flamante esposo, mientras la abrazaba por la cintura pícaramente.

- ¡Mi sorpresa! – exclamó la chica, súbitamente impaciente - ¡Casi la había olvidado!

- ¡Corre! ¡Ve a cambiarte de ropa! ¿No querías una boda especial? ¡Pues esto aún no ha acabado! ¡Te espero en el campo de quidditch en quince minutos! - gritó él, entusiasmado - ¡Vamos, corre! ¡Tu sorpresa te espera!

- ¡Sí! – gritó ella, y se marchó como alma que lleva el diablo, pero de pronto se dio la vuelta, corrió de nuevo hasta alcanzar a Harry y le estampó un beso en los labios, tras lo cual comenzó a correr de nuevo.

Harry la contempló marchar, sintiendo que aquella pelirroja mujer era todo su mundo. Sonrió como sólo puede hacerlo un recién casado.


COMENTARIOS DE LA ESCRITORA:

Nada, pues aquí tenéis la tan ansiada boda. No sé lo que os habrá parecido, pero es justo como yo la había imaginado. Quiero resaltar un par de puntos sobre ella. en primer lugar, que he querido hacerla especial, no sólo por ser entre magos, sino por incorporar un vínculo real entre la pareja: si por alguna razón se separan, no en la distancia, sino si pierden su amor, también perderán su magia para siempre. Eso sí es un compromiso real, con consecuencias reales, tangibles, y crueles. He dado por hecho que ningún mago que se casa lo hace a la ligera, pues se juega demasiado, y no ya sólo su alma y esas cosas (que para quien cree bien, pero para quien no...) sino en este mundo, en su vida. El segundo punto es un comentario sobre las prendas que Harry y Ginny se han entregado: él le ha dado un colgante en forma de rayo y ella le ha dado un anillo con las letras F y G (Fred y George). Quiero haceros notar que se han intercambiado un símbolo de aquello que más dolor ha causado en sus corazones, porque compartir lo bueno es muy fácil, pero compartir el dolor, el sufrimiento, ahí sí se demuestra el verdadero amor. No sólo se han intercambiado sus alegrías, sino también sus cargas, sus penas. Se han comprometido a compartirlo todo para siempre. Como véis, he creado un ritual especial para los magos, y muy profundo. Al menos para mí lo es.

En cuanto a dedicatorias, este capítulo lo dedico a la vida, a la amistad, al amor, al conocimiento de uno mismo, al sol, a las nubes, y al estar aquí. Me tomaréis por loca, pero esta semana ha sido una de las más estrambóticas de mi vida. El pasado jueves falleció en un accidente de trabajo el marido de una de mis mejores amigas. Su matrimonio les ha durado sólo un año, justo el añito que tiene su bebé. Y a mí me ha pillado escribiendo sobre amor y matrimonio, sobre alegría y esperanza... Me planteé dejar de escribir este capítulo, pero mi corazón, a pesar del dolor, me decía que la vida sigue, que hay que continuar caminando, que el tiempo no se detiene hasta que hayamos conseguido calmar el dolor. También en el trabajo y en mi vida familiar esta semana ha sido muy... de contrastes. Y me ha hecho pensar, como hacía tiempo que no lo había hecho.

Bueno, no os molesto más.

Ya me contaréis lo que os ha parecido. Pero estoy segura de que no ha sido lo que esperábais... o quizá sí. Quién sabe.

Un abrazo muy fuerte, y hasta pronto.

Rose.