Capítulo 14: Atacado por una bludger.

Ginny corrió a reunirse con Harry en el campo de quidditch - tal y como habían quedado – sintiendo que la curiosidad jugueteaba con su estómago como alegres mariposas revoloteando entre las flores. Aún no había aterrizado del todo del maravilloso sueño cumplido que había resultado ser el momento de su boda con el moreno y atractivo auror, y ya otra maravillosa sorpresa la estaba esperando. Sintió que recordaría aquel día como el más perfecto y feliz de su vida, y todo gracias a Harry y a quienes tan amablemente se habían prestado para hacer realidad sus mayores ilusiones. Por un momento la embargó cierta pena; sus padres y hermanos, sus cuñados y cuñadas, no habían podido compartir la magia de aquel inolvidable día junto a ellos. Pero aquello formaba parte de la decisión que su ahora flamante esposo y ella habían tomado. No era tenerlos lejos lo que habían deseado, sino el no ser juzgados en ningún sentido y bajo ningún concepto. Y eso mismo habían conseguido. Radiante de felicidad, se apresuró en llegar al campo de quidditch del Colegio, donde tantos buenos y emocionantes momentos ella misma había vivido en tiempos que ahora le parecían lejanos, algunos de los mejores junto a Harry.

Al acercarse al lugar, observó a varios chicos y chicas, sin duda alumnos de Hogwarts, todos ellos adolescentes y de edades variadas, que parecían escuchar atentamente a alguien situado en el centro del círculo que habían formado; seguramente tomaban buena cuenta de las indicaciones de su entrenador. Todos ellos iban ataviados con las típicas pecheras, coderas y rodilleras propias de los jugadores de quidditch, pero en cambio no fue capaz de identificar su atuendo; este no pertenecía a Gryffindor, ni a Hufflepuff, a Ravenclaw o a Slytherin, sino que parecía una extraña mezcla de todos ellos, con el escudo de Hogwarts como único identificativo brillando llamativamente desde sus espaldas. Aquello le pareció sumamente extraño y contribuyó a aumentar su traviesa curiosidad.

De pronto, un absoluto y respetuoso silencio se hizo en el círculo, y varios de los jóvenes se apartaron para dejar paso a un hombre que emergió de entre ellos, con una sonrisa radiante. Al dirigir su mirada hacia ella, siguiendo los ojos de aquel hombre, todos los alumnos depositaron toda su atención en la chica, y muchos de ellos abrieron los ojos de forma desorbitada.

- Es Ginevra Weasley, la buscadora de las Holyhead Harpies – escuchó la pelirroja decir a una asombrada, menuda y pizpireta chica, mientras susurraba por lo bajo al compañero que estaba justo a su lado.

- Les hizo ganar la liga el año pasado – susurró otro chico, alto y robusto como una mole, adorándola como si se encontrase ante un dios.

Al escucharle, una punzada de dolor atravesó el corazón de Ginny, pero la desechó con ímpetu, recordándose a sí misma que acababa de casarse con el hombre que creyó haber perdido justo por culpa de aquello.

- Chicos, saludad a mi esposa – les pidió Harry, acercándose y besando a la joven fugazmente, lo justo para hacerla estremecer de puro placer.

Tanto los alumnos como ella misma, observaron al auror con los ojos casi fuera de sus órbitas, tan sorprendidos como quedaron por sus palabras.

Uno de los más mayores, y al parecer también de los más atrevidos, intentó decir algo, pero la voz del joven lo interrumpió.

- Tranquila, Ginny. Nuestro secreto está a salvo con ellos. Una de las normas más sagradas de este equipo es ser una piña. Somos una familia, y las familias saben guardar perfectamente un secreto. ¿No es así? – se giró hacia sus alumnos, guiñándoles un ojo pícaro.

Todos sonrieron de forma cómplice.

- Hola. Soy Analía Hopkins, y algún día aspiro a ser como usted – se adelantó una chica, tendiéndole la mano con admiración. A Ginny le recordó en muchos aspectos a Luna Lovegood, por su desenfadada y bohemia actitud, y en parte también por su físico (tenía un cabello rubio y largo, y sus rasgos eran finos).

"Créeme, no quieras ser como yo" pensó Ginny, pero se abstuvo de expresar sus pensamientos en voz alta. No sería ella quien quitase las ilusiones a aquellos adolescentes. Y además, había conocido a compañeros y compañeras de la liga profesional que habían sido capaces de ser felices con el ritmo de vida que llevaban, aunque ella jamás se adaptó del todo a él.

- Mucho gusto – dijo en cambio, y estrechó la mano de la chica con firmeza, sonriéndole afablemente.

Animados por el gesto, todos los demás la rodearon en cuestión de segundos, intentando estrecharle la mano ellos también, pedirle autógrafos y hacerle miles de preguntas sobre su época de buscadora.

- Chicos, chicos, dejadla respirar – intervino Harry, divertido.

- Pero usted y ella rompieron su relación – objetó una de las chicas, mirándolo con suspicacia – El Profeta y Corazón de Bruja lo anunciaron a bombo y platillo, y también todos los periódicos locales.

- La vida nos llevó a romper nuestra relación, cierto, pero no consiguió romper nuestro amor – él le sonrió cariñosamente – Espero que en ese sentido nunca os equivoquéis tanto como lo hice yo.

Todos lo miraron apesadumbrados, sin saber cómo hacer para consolarle, pues realmente deseaban hacerlo.

- Entonces… ¿Es cierto que ahora están casados? – se atrevió a preguntar un chico, alucinado – Y nadie lo sabe… Guau…

- Nadie lo sabe, y por el momento Ginny y yo deseamos que siga siendo así. ¿Guardaréis este secreto que os hemos confiado?

- ¡Por supuesto! – Todos afirmaron, llenos de emoción - ¡Somos un equipo!

- ¡Mucho más que un equipo! ¿Qué sois? – les enardeció él, con pasión.

- ¡Una familia! – corearon al unísono.

- ¡Así me gusta! ¡Vamos! ¡Demostradle a Ginny de qué sois capaces! ¡Quiero dos equipos de entrenamiento! ¡Ahora mismo!

Los alumnos corrieron a dividirse alegremente en dos grupos, emocionados por la expectativa de ser observados y juzgados por una jugadora de la liga profesional.

- ¿Qué es todo esto, Harry? – la chica había tomado la mano a su marido y lo observaba aún sin creer lo que estaba presenciando.

- Acabas de conocer al primer equipo del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería – respondió él con orgullo – Forman parte de él alumnos de las cuatro casas. Vamos a participar en el primer campeonato de Europa de Quidditch de Colegios de Magia. Y si lo ganamos, representaremos al continente entero en el primer mundial. ¿Qué te parece?

Ella se tapó la boca con ambas manos, la noticia era más de lo que se veía capaz de asimilar a bote pronto.

- ¿Cómo no me había enterado de eso? – quiso saber, extrañada.

- Tampoco el Torneo de los Tres Magos es un evento de masas cada vez que se produce, y en cambio para los alumnos de Hogwarts siempre ha sido uno de los actos más importantes que presenciarán jamás en el Colegio – explicó él – Una cosa es el quidditch a nivel profesional, con todas sus implicaciones, y otra muy distinta es este torneo. No hemos querido convertirlo en un circo mediático, la verdad. Lo más importante para los alumnos son sus estudios, y no pretendemos que se desvíen de ellos por culpa de su participación en él, por culpa de ojeadores para equipos profesionales, o de curiosos aficionados a este deporte. Ya habrá tiempo para eso, si realmente lo desean.

Ella quedó en silencio por un momento, totalmente de acuerdo con las palabras de Harry.

- Y tú eres su entrenador… - afirmó, aunque aún no podía creerlo del todo.

Harry asintió tranquilamente.

- Esto es lo que llevo haciendo los sábados por la tarde desde hace varios meses, aunque últimamente no he podido asistir a los entrenamientos todo lo que debiera. Pero ellos han sabido comprenderme. La situación que estamos viviendo en el Ministerio es de extrema gravedad.

- ¿Pero cómo es que has decidido entrenarles? ¿Y cómo has conseguido que alumnos de casas tan distintas entre ellas, y algunas eternas rivales, se comporten como si su pertenencia a ellas no contase? - preguntó; no salía de su asombro.

- No estoy intentando quitarle el puesto a Madame Hooch – rió él – Ella sigue siendo la profesora oficial de quidditch de Hogwarts, pero para esta prueba, ella es la segunda entrenadora. Ella se encarga de los entrenamientos en días laborables, y yo de organizar el equipo, dirigir las estrategias de juego, depurar sus técnicas y fomentar la unidad y cohesión entre sus miembros.

- ¿Pero cómo…?

- Fue cosa de McGonagall. Ella pensó que si Hogwarts pretendía tener un equipo más allá de las casas a las que cada uno de sus miembros pertenece, debía haber alguien para motivarlo y unirlo, que representase al Castillo y los valores que este intenta preservar y transmitir en última instancia. Y aquí me tienes – abrió los brazos, sin hacer ostentación de ello, con la mayor naturalidad – Un día se presentó en mi casa diciéndome que yo siempre sería un estandarte de libertad, orgullo y justicia para los magos de todas las generaciones. Yo la miré pasmado, sin palabras, sin saber si reírme a carcajada limpia o ponerme a llorar. Yo jamás he sentido representar nada para nadie, tú lo sabes perfectamente, pero también soy consciente de que algunas personas ven extrañamente en mí unas cualidades que no sé de dónde demonios las sacan. Antes de saber yo mismo que yo era mago, ya era todo un icono entre los magos, y después de que todos juntos venciésemos a Voldemort, sé que esa imagen que algunos tienen de mí jamás desaparecerá. No digo que tenga que gustarme, sólo que he de aprender a convivir con ella, pues no se extinguirá por mucho que yo lo desee; y te juro que a veces lo deseo con todas mis fuerzas. Y sobre el tema de la unión entre casas, creo que esa fue la peor parte. Nos ha llevado meses conseguir lo que ahora tenemos. Pero aquí están sólo los mejores, no sólo deportivamente, sino también de espíritu. Yo mismo he tenido que dejar de lado algunos de mis prejuicios con Slytherin, por ejemplo – le guiñó un ojo de forma cómplice.

- Y porque te gusta volver a jugar, no lo niegues… - se abrazó a él, mimosa, sonriéndole con picardía – Lo echabas de menos, reconócelo.

- ¡Claro que lo echaba de menos! – aceptó entusiasmado - Pero son ellos los que juegan, no yo. Yo aquí soy un mero guía, un espectador. Y hago lo que puedo, no olvides que yo jamás he sido profesional.

- Porque no has querido.

- Por lo que sea, pero…

Súbitamente ambos fueron rodeados por todos los alumnos, – catorce en total, contó Ginny, suponiendo que Harry haría rotaciones entre ellos durante los partidos – quienes se quedaron mirándolos con cara de expectación, mientras esperaban que uno de ellos se decidiese a hablar.

- ¿Qué sucede? – les preguntó Harry, sorprendido - ¿Ya habéis formado los equipos?

Todos se miraron unos a otros, sin atreverse a pronunciar palabra, hasta que el que parecía ser su capitán, el chico que anteriormente había intentado hablar sin conseguirlo, tomó la palabra.

- Entrenador… Profesor… No todos los días tenemos oportunidad de contar entre nosotros con dos de los mejores jugadores del mundo…

- Una, dirás.

- No, dos. Para nosotros, usted es el jugador más impresionante que podamos conocer jamás – afirmó él, convencido, y todos asintieron. Harry alzó una ceja, suspicaz, mientras Ginny contemplaba la escena, emocionada al ver cuánto habían llegado a quererle y admirarle aquellos chicos, y totalmente de acuerdo con ellos.

- ¿Y qué se os ha ocurrido? Vamos, soltadlo ya. Os conozco demasiado bien como para saber que algo estáis tramando.

Los demás sonrieron de forma traviesa.

- Hemos pensado que usted y Ginevra… y su… esposa… podrían jugar con nosotros también, formando cada uno parte de un equipo, como buscadores.

La sorpresa de Harry fue monumental, pero pronto les mostró una alegre sonrisa, mirando a Ginny en busca de una respuesta.

- ¿Qué dices? – le preguntó a ella, animándola con la mirada - ¿Te atreves a desafiarme, pelirroja?

- ¿Que si me atrevo? ¡No tienes nada que hacer contra mí, Potter! – entró al trapo de la provocación, sonriendo ella también - ¡Ahora sabrás lo que es bueno!

Los alumnos corearon a la chica con vítores, excitados por la promesa de un partido memorable.

- Será un buen entrenamiento para los chicos – afirmó Harry, satisfecho – Y también una experiencia. Podrán decir que han jugado con, o contra, una de sus ídolos. Ahora bien, este partido no puede durar demasiado. Así que ganará el primer equipo que atrape la snitch dorada, por supuesto, o el primero que anote cincuenta puntos. ¿Entendido?

- ¡Cincuenta puntos son muy pocos! – protestó uno de los chicos.

- ¿Ah, sí? ¿Tan poco confiáis en vuestras propias capacidades como para creer que los puntos van a poder ser anotados tan a la ligera? – les retó él.

- ¡Hecho! Cincuenta puntos, entonces – aceptaron ellos, heridos en su amor propio por las palabras de su joven entrenador, y dispuestos a hacerle ver lo que valían.

- ¡Se nos va a hacer de noche jugando! – anunció uno de los porteros con voz arrogante.

- Veámoslo. Todos los buscadores harán de cazadores en esta ocasión. Y los dos guardianes que no jueguen en esa posición esta vez, lo harán de golpeadores, como os he enseñado. Y recordad, al final de todo no importa quién gane o quién pierda, sólo cuánto habéis aprendido y cuánto os habéis divertido jugando.

- Sí, eso dice usted – afirmó una chica con picardía, mirando a Ginny de forma significativa.

Se oyeron por lo bajo varias risitas, y Harry ofreció a la chica una sonrisa socarrona.

- Dadle a Ginny un equipo de protección de su talla. ¡Y a jugar! – gritó él, de pronto, marchándose a equiparse inmediatamente después.

Varios alumnos tomaron a Ginny de la mano y se la llevaron con ellos.

Cuando todos estuvieron preparados y uno de los alumnos liberó las bludgers de la caja y tomó en su mano la quaffle para ponerla en movimiento, dieciséis escobas alzaron el vuelo raudas como centellas, tomando posiciones. Inmediatamente, Harry y Ginny comenzaron a rastrear el campo en busca de la snitch dorada, mientras se controlaban el uno al otro de reojo. Al principio, las bludgers golpearon con ímpetu a un par de jugadores, más atentos en las idas y venidas de los dos buscadores que en el propio juego – como estaba sucediendo a la mayoría de los demás – pero pronto cada cual asumió su papel de forma profesional, sabiendo que lo único que estaba en juego en aquel momento, era su propio orgullo.

- ¡Tramposo! ¡Estás usando una Saeta Etérea, y yo tan sólo una Saeta de Fuego! – Ginny acusó a Harry, bromeando, una de las veces en que sus escobas se cruzaron a pocos metros de distancia.

- ¡Tú me la regalaste, princesa! – gritó él a modo de respuesta, para hacerse oír. Y viró raudo alejándose de nuevo.

Los golpeadores bateaban las bludger sin piedad, en dirección a los compañeros que eran sus adversarios para aquella ocasión. Al ser dos jugadores más dentro del campo, se notaba cierta masificación, pero Ginny notó que aquellos chavales eran completos profesionales y conocían su trabajo a la perfección. Aún a pesar de haber formado dos equipos de forma aleatoria para aquel partido de entrenamiento, se coordinaban como si supiesen de memoria todos los puntos fuertes y débiles de todos ellos, y hubiesen aprendido a sacar partido de ellos, lo que estaba dificultando sobremanera el hecho de anotar tantos, tanto para uno como para el otro equipo.

Por un momento Ginny olvidó dónde se encontraba y con quién estaba jugando, y volvió a sentirse parte de la liga profesional. Una bludger pasó demasiado cerca de su lado, y la chica volvió a concentrarse en su cometido. Le gustaba lo que veía, y se sentía cómoda formando parte de ello, aún más cuando era un hombre al que admiraba tanto como jugador, su mayor rival.

Los cazadores se movían por todos lados, cual un enjambre de abejas guerreras, intentando driblar a sus homónimos contrarios, superar a los golpeadores, y burlar a los guardianes de los aros para colarles los cinco tantos tan deseados que les darían la victoria. Los minutos pasaban, y la snitch dorada seguía sin aparecer, y los dos buscadores patrullaban el campo sin cesar, ojo avizor. Mas de pronto, la pequeña pelotita alada del tamaño de una nuez hizo su aparición en escena, triunfante. Cómo no, Harry fue el primero en localizarla, no en vano Ginny siempre había pensado que el joven habría sido el mejor buscador de la liga si lo hubiera deseado. Pero no era momento para pensar en aquello, así que ella se lanzó en pos de la pelota con ágiles movimientos que imprimieron a su escoba la velocidad que le faltaba, en comparación con la del chico. Ambos protagonizaron un encontronazo espectacular, que dejó sin respiración a los jugadores que en aquel momento los estaban mirando por haberse dado cuenta de que por fin la snitch había sido localizada. Pero ni él ni ella se echaron atrás; durante un par de segundos que a los demás parecieron eternos, golpearon sus hombros entre ellos, decididos a no perder ni un centímetro de terreno frente al otro. Inesperadamente, la pequeña pelota dio un giro brusco, y Ginny, que estaba en mejor posición para seguirla, se adelantó a Harry, lanzándose en picado en su persecución. Harry viró como alma que lleva el diablo y la siguió raudo como una bala, pero todo parecía indicar que sería ella quien conseguiría alcanzar la pelotita en primer lugar, ya que el chico había perdido unos segundos preciosos en el viraje. Mientras, el equipo de Ginny anotó un tanto, que llenó de euforia a sus miembros y les hizo lanzar gritos de alegría.

Todos eran conscientes de que el juego debía continuar, pasase lo que pasase con los buscadores, ya que si ninguno de estos conseguía atrapar la escurridiza snitch, dependería sólo de ellos alcanzar la victoria para sus respectivos equipos. Sabían que Harry les echaría un rapapolvo monumental cuando terminase el encuentro, pero no pudieron evitar quedarse embobados contemplando la evolución de los dos buscadores, que más bien eran centellas, en vez de humanos.

Harry sopesó la situación sobre la marcha. Era consciente de que Ginny estaba apunto de ganarle la partida definitivamente, y se alegraba por ella. Pero no era capaz de rendirse sin luchar, ni ante ella ni ante nadie. No había llegado donde había llegado precisamente por su espíritu de derrota. Así que barajó las posibilidades a la velocidad del rayo, y una idea descabellada se apoderó de su mente. En aquel momento, la snitch seguía una trayectoria de curvas esquivando los postes laterales del estadio; Ginny llevaba a Harry un poste de delantera, y a su vez la snitch le llevaba a ella la misma distancia. Él supo que cualquiera en sus cabales le llamaría loco si supiese qué estaba apunto de hacer, pero el hecho de ser consciente del inmenso riesgo que iba a correr, no hizo más que aumentar su adrenalina y hacérselo desear aún más. Visualizó la escena para crearse en su mente un exacto reflejo de ella, y súbitamente… desapareció.

Ginny notó inmediatamente que algo raro estaba sucediendo, porque el silencio se había apoderado del campo como un manto que lo cubría todo; giró la cabeza para mirar a su espalda, curiosa, pero no vio nada extraño, excepto por el hecho de que Harry ya no la seguía, como ella había esperado que sucediera. Miró al frente de nuevo; pasara lo que pasara, su cometido era atrapar la snitch dorada y eso haría exactamente. Pero al mirar hacia delante, se vio obligada a frenar en seco para no darse de frente con… ¿Harry? Su sorpresa fue infinita. ¿Cómo podía ser? Hacía nada el moreno la seguía varios metros de distancia, y hora él se hallaba ante ella, con la dorada pelota aleteando entre los esbeltos y masculinos dedos de su mano derecha, y mirándola con una radiante expresión de triunfo, tal y como ella lo recordaba cuando él era el buscador de Gryffindor. ¿Pero cómo? Lo miró desconcertada y en un principio con cierta frustración y un poquito de rabia, pero enseguida le ofreció ella también una sonrisa radiante. Estaba claro que él la había superado, y se alegraba por ello. Pero sólo porque era él, y porque lo amaba más y más con cada segundo que ambos pasaban juntos. Si otro la hubiese derrotado de aquel modo tan aplastante, habría deseado convertirlo en ghoul por el resto de sus días.

El campo entero prorrumpió en vítores. Ya no importaba qué equipo hubiese ganado, pues en el fondo todos lo habían hecho, el único equipo que existía en realidad. Y su genial entrenador había conseguido la victoria para ellos.

Chicos y chicas rodearon a Harry inmediatamente, y le hicieron descender para, una vez alcanzado el suelo y desmontado de sus escobas, abalanzarse sobre él y llenarle de abrazos y palmadas en la espalda. Sintieron que aquello era lo más extraordinario que podrían contemplar jamás, y todos desearon llegar algún día a ser sólo la mitad de buenos jugando que lo era él.

Ginny no comprendía porqué tanta euforia, pues realmente no sabía qué había sucedido, aunque creía que era algo grande, porque había pasado de estar segura de que ella ganaría, a haber perdido estrepitosamente, y esperó en un discreto segundo plano a que terminase la sesión de abrazos y felicitaciones. Así que, cuando los ánimos se hubieron calmado un poco, caminó hasta el joven entrenador, y tras estrecharle la mano con fuerza, no pudo evitar preguntarle.

- ¿Cómo lo has hecho? – le preguntó, enarcando una ceja y fijando su mirada en los ojos de él.

Harry se rascó distraídamente la coronilla y sonrió beatíficamente, intentando quitar hierro al asunto, algo que consiguió ponerla en alerta. Ella lo conocía demasiado bien como para saber que, siempre que él adoptaba aquella actitud, era porque sabía que ella se enfadaría al confesarle lo que fuese que había hecho, por ser demasiado peligroso. Habían pasado ya muchas veces por ello, así que ella suspiró, tratando de prepararse para la que se avecinaba.

- Eh… me… me he transportado – confesó – He desaparecido y vuelto a aparecer justo delante de la snitch, cortándole el paso y atrapándola.

Ella abrió los ojos como platos, incrédula. Pero los alumnos que habían visto cómo lo hacía asintieron enérgicamente, emocionados. Lo miró a él, a ellos, y de nuevo a él, y al ir asimilando lo que acababa de escuchar, su rostro palideció.

- No está prohibido por las reglas del juego – argumentó Harry en su propia defensa, al ver que ella no decía nada.

- ¡Porque nadie creía que pudiese existir un demente capaz de intentar semejante locura, pedazo de alcornoque! – le gritó por fin, traspasándole con ojos furiosos - ¡Eso es prácticamente imposible de conseguir! ¡Se necesita tiempo para hacerse una imagen exacta de dónde se está y del lugar donde se quiere volver a aparecer! ¡Y es imposible tenerla sobre una escoba a ciento cincuenta kilómetros por hora! ¡Por Merlín! – dio una patada al suelo, llena de frustración.

- Yo lo he conseguido…

- ¡Y de qué modo! – gritó uno de sus alumnos, alucinado.

Ella los fulminó a ambos con una mirada asesina, y a todo aquél que osase sumarse a su alegría.

- ¿Y qué habría pasado si no lo hubieses hecho, eh? ¿Qué habría pasado si tan sólo hubieses aparecido a medias, o jamás lo hubieses conseguido? – preguntó a su marido, airada - ¡Eres un inconsciente, Potter! – gritó con todas sus fuerzas, y se dio media vuelta para alejarse de todos ellos.

Harry suspiró, abatido.

- Nosotros pensamos que ha sido lo mejor que veremos jamás – lo animó una chica, haciéndose eco de lo que pensaban todos ellos.

- Pero ella tiene razón… Chicos, jamás intentéis imitarme en este caso. En esta ocasión no he sido un buen ejemplo para vosotros. ¿Prometéis que jamás intentaréis reproducir lo que yo he hecho?

Todos se miraron, reacios a prometer algo así. Algunos ya habían comenzado a hacer planes para conseguirlo. Pero al contemplar la dura y preocupada mirada de Harry, no pudieron más que prometerlo.

- Lo prometemos – afirmaron.

- Bien. Y yo os prometo que intentaré hallar el modo de conseguir desaparecer y aparecer en estos casos, sin peligro para el mago o bruja que ejecute el hechizo. ¿Vale? Aunque me temo que si lo encuentro, el Departamento de Juegos y Deportes Mágicos lo prohibirá en sus reglamentos inmediatamente después.

Todos rieron, comprensivos.

- Bueno. Ya ha sido suficiente por hoy. Guardad las bludger, la quaffle y la snitch en su maleta, e id a ducharos y cambiaros.

Todos corrieron hacia las duchas, comentando una y otra vez con excitación la hazaña conseguida por Harry, y él supo que seguirían haciéndolo durante meses enteros. Tan sólo tres alumnos de los más jóvenes se quedaron para guardar las pelotas tal y como él les había ordenado, aunque estaban teniendo problemas para poder dominarlas.

- Cógela con fuerza y sin miedo – indicó el entrenador a un jovenzuelo, casi un niño, que sin duda era el más joven de todos, refiriéndose a una de las bludger que intentaba escapársele de las manos – Eso es… Ahora afianza las correas para que no pueda escapar – se inclinó sobre la maleta para ver cómo lo hacía, y corregirle en caso de que fuese necesario.

Todas las pelotas parecían estar bien atadas, cuando una bludger se liberó súbitamente y emprendió una rauda carrera en busca de una víctima a quien golpear. Golpeó a Harry en el pecho con toda su fuerza, y un sonoro "crack" se escuchó inmediatamente después. El chico cayó al suelo, falto de respiración.

Los tres chicos corrieron para intentar ayudarle, pero él los detuvo con una mano firme, intentando que no le doliese tanto tratar de respirar para poder hablarles.

- Buscad a Ginny. Mis costillas – sólo pudo decirles, antes de quedar sin resuello.

Dos de ellos corrieron como alma que lleva el diablo en busca de la chica, y también de la directora.

Pronto Harry se vio rodeado de Ginny, McGonagall y de Madame Pomfrey. Las tres se arrodillaron junto a él, angustiadas, y la enfermera intentó palpar el pecho del herido con sumo cuidado, allí donde él se cubría con insistencia.

- Por Merlín… tiene al menos tres costillas badadas, y una rota. Debemos trasladarlo a la enfermería con urgencia, para que pueda vendarlo e inmovilizarlo en la medida de lo posible.

- ¿Cómo diantre ha sucedido esto? – interrogó McGonagall a los alumnos que permanecían tras ellas con cara de susto y llenos de culpabilidad.

- El entrenador se había quitado ya las protecciones. Yo estaba guardando las bludger y una se me escapó y le golpeó… - explicó uno de ellos, sintiéndose morir – Yo soy el único culpable de todo esto.

- No les regañe – Harry consiguió articular entre dientes – Lo que quiero es que Madame Pomfrey me cure inmediatamente – miró a la otra mujer, decidido.

- Imposible, Harry. La única poción que repara las costillas es tan dolorosa que algunos magos y brujas han muerto nada más tomarla – objetó la mujer - ¿Tú recuerdas el dolor que sufriste cuando te administramos una poción para hacerte crecer los huesos del brazo? – él asintió levemente - Pues comparado con esto, aquello fue una simple caricia.

- No importa, resistiré.

- No vas a arriesgarte más por hoy – Ginny le ordenó con voz perentoria. Su cara de sufrimiento era mucho más de lo que él podía soportar – Ahora mismo vamos a llevarte a la enfermería, Madame Pomfrey te vendará y tú y yo nos iremos a casa, para que reposes. Y no se hable más.

- Lo que sí puedo hacer es administrarle una poción para que remita la mayor parte del dolor, para que pueda respirar casi con normalidad, y para facilitar el proceso de curación. Pero las costillas deben soldarse por sí mismas – la mujer parecía compungida por no poder ofrecer una solución mejor.

- ¿Podré continuar trabajando? – le preguntó. Ver a Ginny sufriendo por él de aquel modo le había quitado de la cabeza definitivamente el asunto de la poción sanadora.

- Si lo haces en tu sillón de despacho y no te mueves de allí, supongo que podrás. O al menos podrás intentarlo.

- Bien, por ahora es suficiente – aceptó él, decidido – Por favor, ayudadme a ponerme en pie.

- Esperad, voy en busca de una camilla mágica para trasladarlo a la enfermería – pidió Pomfrey – No tardaré.

- Sí, será lo mejor – estuvo de acuerdo McGonagall.

La otra se marchó rauda en busca de la camilla.

- Y vosotros – él llamó a sus alumnos con voz débil – No os sintáis culpables. Esto son cosas que pasan. ¿De acuerdo? – ellos asintieron sin convicción, sintiendo que nada podría hacerles sentir mejor, excepto verle completamente curado.

- Marchaos a las duchas – les ordenó McGonagall – No habrá castigo alguno por esto. Ha sido un accidente.

Harry intentó sonreírles y los alumnos se fueron, cabizbajos.

- Ginny, perdóname – el chico pidió a su esposa, sintiéndose culpable por todo lo que la estaba haciendo sufrir.

Ella tomó una de sus manos y la besó con infinito amor y ternura, y le acarició el rostro suavemente. Sus ojos brillaban por las lágrimas, pero ella consiguió detenerlas y le ofreció la sonrisa más adorable que pudo conseguir en aquella situación.

- Tonto… - volvió a acariciarle – Te amo.

- Te amo – respondió él con ojos de adoración, mientras se llevaba la mano a las costillas; el punzante dolor seguía cortándole la respiración por momentos.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

Nada, comentaros unas poquitas cosas.

La "Saeta Etérea" no existe, quiero decir en el mundo de Rowling (en el real por supuesto que no existe, ya me gustaría a mí). Se me ha ocurrido como una evolución de la Saeta de Fuego, que Ginny le regaló a Harry antes de que acabasen su relación.

Atentos, porque el accidente que acaba de sufrir Harry será muy importante para ciertos acontecimientos que pasarán después. No os digo más (qué mala soy).

Aprovecho para deciros que me extrañó bastante que no hubiese más gente comentando el capítulo anterior. Lo digo porque no fue una boda "típica" y esperaba que levantase "pasiones" tanto para bien, como para mal. Supongo que eso demuestra que las cosas están cambiando en el mundo real más de lo que yo creía, y a mi juicio particular, para bien.

Os mando un abrazo muy fuerte a todos, y espero que este capítulo os haya gustado. ¡En menudo embolado me he metido con el partido de quidditch! ¡Se me da fatal escribir sobre este deporte! Espero que al menos no os haya aburrido. Os prometo que he hecho lo que buenamente he podido.

Hasta pronto.

Rose.