Capítulo 16: Temores.
Aún no repuestos del todo de la impresión vivida, todos quedaron pendientes de Harry, el único que en aquel momento podía saciar su infinita curiosidad. Por un momento, él se pasó una mano por el rostro, preocupado y perdido en sus propios pensamientos, pero pronto se hizo cargo de la situación. Miró a sus cuñados y cuñadas con una sonrisa amable, y constató lo que ya todos sabían.
- Sí, Ginny y yo nos hemos casado. Fue ayer por la tarde, en Hogwarts, antes de que yo sufriera este inoportuno y desafortunado accidente – por un momento, se miró el pecho con fastidio - Pero qué le vamos a hacer, las cosas son como son – añadió, refiriéndose a sus fracturas. - Nos casó mi amigo Phineas Argorus, con la profesora McGonagall y Neville como testigos. Nadie más presenció el enlace, excepto Elliadora Orts, pero esa es otra historia algo larga de contar.
Durante unos segundos, ninguno supo qué decir. Había sido tan grande la sorpresa, tan inesperada la noticia y tan distinta a como siempre la habían imaginado, que les llevó su tiempo reaccionar. De pronto, Ron se sentó junto a su mejor amigo y lo miró alucinado.
- Tío, qué fuerte… Nosotros aquí – señaló a Hermione y a él mismo, - creyéndonos los más decididos del mundo por estar preparando una boda en un mes, y vosotros os habéis reconciliado y casado en tan sólo dos semanas. Harry, no te reconozco.
Harry le devolvió la mirada con todo el cariño del mundo.
- ¿No te enfadas? – preguntó al chico, agradecido por su reacción tan serena.
- ¿Cómo voy a enfadarme? ¿Crees que para mí era mejor veros separados, el uno sufriendo por el otro, como auténticos idiotas? Esto es lo mejor que ha podido pasarnos a todos.
- La necesidad de unirnos para siempre era más fuerte que nosotros dos, más fuerte que cualquier otra cosa en este mundo. No puedo explicarlo de otro modo.
- Eso podemos entenderlo – dijo Hermione, quien no se mostraba tan contenta como Ron - Pero, ¿por qué a solas? ¿Por qué no hacerlo en familia, rodeados de quienes os quieren?
- ¿Quieres saber la verdad? – él preguntó a su vez, con una sonrisa - Porque queríamos ser sólo nosotros quienes eligiésemos el momento y el lugar, los trajes, nuestros votos, las prendas de intercambio… todo. Si os hubiésemos avisado, todos hubieseis querido opinar. Molly habría dicho que la boda se celebraría en La Madriguera, y a ver quién le contradice; tú y ella habríais querido ayudar a Ginny a elegir su vestido, y mi traje, si me apuras; - Ron y George rieron por lo bajo - y ya no digo nada sobre las prendas de intercambio: todos habríais tenido algo que decir en ello; incluso todos habríais tenido algo que opinar sobre el horario de la boda: que si mejor por la mañana, o por la tarde; sin olvidar el tema de los invitados: que si al tío "tal" no se le puede dejar fuera, porque nos invitó a todos a la boda de su hijo, que si a la tía "cual" tampoco, porque no estaría bien, que si esto, que si lo otro… No hemos querido enfrentarnos a toda la familia una y otra vez para conseguir una boda a nuestro gusto, consiguiendo al final un "acuerdo amistoso" que en el fondo no nos habría hecho felices. Con una vez que lo hagamos, ahora, es suficiente.
- No me digas nada – lo apoyó Ron entre dientes con cara de fastidio, sintiendo en sus propias carnes todo lo que el chico acababa de enumerar. Harry le sonrió más abiertamente, comprensivo, mientras Hermione lo fulminaba con la mirada.
- Nosotros no deseábamos nada de eso, Hermione. No te ofendas, pero lo único que necesitábamos para casarnos ya lo teníamos: ella y yo. Ya habrá tiempo para celebrarlo en familia.
- Pero…
- Además, como os he dicho, Ginny y yo queríamos casarnos ya, sin esperar ni un solo día más. Ron y tú acababais de anunciar vuestra boda. ¿Qué habría pasado si nosotros hubiésemos anunciado la nuestra también?
- Podríamos habernos casado los cuatro juntos… Habría sido tan bonito… - la castaña replicó, aún poco convencida de los argumentos de su mejor amigo.
- Bonito, seguro. Pero no lo que nosotros deseábamos, y tampoco lo que vosotros habíais deseado en un principio. Vosotros os merecéis ser los protagonistas absolutos de vuestra boda, de un acto de amor tan puro y sublime como ese, que sólo se vive una vez y que recordaréis siempre como uno de los días más felices de vuestra vida, y que sea enteramente a vuestro gusto. Y nosotros, o cualquiera, merece lo mismo. Al menos yo lo veo así, y Ginny también.
- Desde luego, lo tenéis claro – afirmó Bill, admirado – Y habéis tenido un buen par de narices para conseguir lo que queríais, ni más, ni menos.
- En ningún momento hemos pretendido ofender a nadie, os lo prometo.
- Eso ya lo sabemos. Y en el fondo, mamá también lo sabe. Sólo se ha puesto así porque lleva años ilusionándose, imaginando y preparando mentalmente la boda de su única hija; y ahora de pronto se ha encontrado con que jamás podrá llevar a cabo ese sueño, al menos no como ella lo deseaba. Pero cuando consiga calmarse, se dará cuenta de la felicidad que ambos habéis traído a esta familia con vuestra boda, se haya celebrado como se haya celebrado.
- Yo no habrgía podido deciglo mejor – Fleur se sumó a su marido - ¡Felicidades! – abrazó a Harry con mimo y le besó en la mejilla.
- ¡Felicidades! – Angelina coreó – imitando a su cuñada.
- ¡Por supuesto que felicidades! – gritaron Ron y George, entusiasmados.
- Sí, felicidades – a Hermione le resbaló por la mejilla una pequeña lágrima de emoción, y abrazó al chico mientras lo miraba como si él fuese su querido hermano – Por lo menos habrá fotos, ¿no? – le preguntó con un mohín.
- Por supuesto. Phineas me las hará llegar mañana al Departamento – él le dio un cálido beso en la mejilla. - Gracias a todos. Sois la mejor familia que jamás hubiese podido desear – añadió, sintiendo que realmente tenía una grande y hermosa familia. – Si me disculpáis un momento, voy a ver cómo está Ginny. Está tardando demasiado en volver – comenzó a ponerse en pie lentamente, y enseguida los tuvo a todos alrededor, dispuestos a ayudarle. – No os preocupéis, puedo hacerlo solo, en dos horas, pero solo – sonrió con buen humor – Ahora mismo vuelvo.
- ¿Te acompaño? – se ofreció Hermione, solícita.
- Mejor, no. Primero quiero hablar yo a solas con ella. Luego la tendréis toda para vosotros. Ella os lo contará todo con pelos y señales, seguro – sonrió a modo de disculpa y se marchó en busca de la chica, caminando con cuidado.
Sabía mejor que nadie dónde encontrarla. Se dijo a sí mismo que conocía a aquella adorable pelirroja como si hubiese pasado todas las noches soñando con ella durante los últimos diez años y tuvo que controlarse las ganas de reír, ya que exactamente así es como había sucedido. Temía que los nervios hubiesen revuelto el estómago de la chica por el fortísimo encontronazo que acababa de protagonizar con su madre, tan fuerte de carácter como eran ambas, y que este le hubiese pasado una mala factura. Había esperado encontrarla nerviosa, quizá incluso hubiese vomitado, pero lo que halló le hizo estremecer de forma involuntaria. Efectivamente, Ginny estaba en el baño, sentada en el borde de la bañera - aferrada más bien - intentando no caerse; su tez, pálida como la cera, hacía resaltar con fuerza aún más sus grandes y bellos ojos, ahora llenos de dolor y sufrimiento, él supo que no sólo por lo sucedido con su madre. Verdaderamente la chica se encontraba mal, muy mal. Él caminó a su encuentro tan rápido como se vio capaz de hacerlo, maldiciéndose para sus adentros por no poder levantarla en brazos en aquel mismo momento para obligarla a ir a San Mungo, a pesar de todos los reproches que ella pudiese hacerle por ello. Le puso detrás de la oreja un rebelde mechón de cabello que le cubría los ojos de forma incómoda mientras se sentaba junto a ella.
Al notar su presencia, Ginny levantó la cabeza inmediatamente y lo miró preocupada.
- Mi amor, no… Vuelve al sofá, por favor. No te conviene andar por ahí – le pidió con voz tenue, sin apenas fuerza.
- Deja de preocuparte por mí y dime qué te pasa – él le ordenó, intentando no parecer demasiado autoritario – Quiero la verdad – no pudo evitar añadir.
- No lo sé, Harry. Deben ser los nervios. Normalmente, después de vomitar, sea por el motivo que sea, mi estómago se siente mejor, como si se hubiese quitado un peso de encima. Pero hoy no ha sucedido así – negó con la cabeza en un acto reflejo y se vio obligada a cogerse de la bañera aún con más fuerza. Finalmente apoyó la cabeza en el hombro de él, sintiendo que si no lo hacía, en cualquier momento se iba a desmayar. – Siento un mareo que no me permite siquiera ponerme en pie. Pero dame un momento, un minuto nada más, y volveré con vosotros al comedor. Anda, vuelve con los demás. No está bien que se queden solos.
- Ni lo sueñes, princesa. ¡Ron! – gritó como un poseso - ¡Ron, ven, por favor!
Sus gritos fueron tan potentes, tan enérgicos, que inmediatamente después tuvieron junto a ellos a toda la familia. Bill fue el primero en entrar al cuarto de aseo y alcanzarles.
- ¿Qué sucede, Harry? – preguntó, mirándolos a ambos con preocupación.
Los demás no tardaron en llegar también, y los rodearon, dispuestos a ayudar en lo que fuese necesario.
- Por favor, Bill, lleva a Ginny a San Mungo – pidió a su cuñado, mientras se sujetaba las costillas intentando disimular lo mejor posible el fuerte dolor que le habían causado los gritos al expandir los pulmones - Se siente enferma. Yo os alcanzaré en un segundo.
- No – la pelirroja levantó una mano para detener a su hermano, que ya iba a cogerla en brazos – No es nada, sólo son los nervios – le aseguró, intentando parecer lo más resuelta posible.
- De eso, nada. Te conozco demasiado bien como para saber que a ti te sucede algo más – replicó Harry – Bill, hazme caso.
- ¡Te aseguro que no es nada, Harry, por favor! – casi le gritó, nerviosa, y las náuseas regresaron con toda su fuerza. Apunto estuvo de volver a vomitar.
- Está bien, está bien, tranquila… - él negó levemente con la cabeza, mientras Bill y él se miraban, desesperados - No iremos a San Mungo – aceptó Harry con voz suave, mientras la acurrucaba en su pecho con cuidado y le sujetaba la frente, en un intento de que remitiese el intenso mareo que ella aún sentía – Pero al menos permitirás que Bill te lleve a la cama… - le pidió, con su voz más dulce y persuasiva.
Ella asintió quedamente. Ahora todo su cuerpo estaba bañado en sudor. Harry y Bill se entendieron sin palabras, con tan sólo una mirada, y el mayor cogió a la chica en brazos y se encaminó con ella hacia la habitación de matrimonio.
- Tranquilo, Harry, nosotras le ayudaremos – Hermione le aseguró – La discusión con Molly ha sido demasiado fuerte para ella. Necesita descansar.
- Está bien. Pero no le administres ningún tipo de poción, ni siquiera tranquilizante, podría dañarla – su amiga lo miró, extrañada - Sé que le pasa algo más, Hermione, la palidez extrema de su rostro no es normal, y esos mareos tampoco. En cuanto se encuentre mejor, no se librará de que la lleve a San Mungo para que le hagan un chequeo – sentenció él, decidido – Hablad con ella, tranquilizadla, a ver si conseguís que se duerma y descanse un rato.
La castaña asintió, mirando a Harry con suspicacia, pero no objetó nada. Fleur ya había ido en pos de Bill para ayudarle a acomodar a su cuñada en la cama, y Angelina y Hermione la siguieron poco después.
Ron cogió a Harry por un brazo y le ayudó a levantarse.
- Vamos de vuelta al comedor. Ya no hacemos nada aquí – le pidió.
- Sí, vamos – aceptó el moreno.
George, Ron y Harry volvieron al comedor y se sentaron en los sofás, a esperar noticias de las chicas.
- ¿De verdad crees que le pasa algo más? – quiso saber Ron, lleno de inquietud.
Harry asintió.
- Yo también la he visto demasiado pálida – opinó George. – Y ese mareo…
- Ojalá me equivoque – deseó Harry, muy serio.
- Bueno. Sea lo que sea, seguro que es una tontería – les animó Ron – Ya veréis.
- Seguro – Harry repitió, pero en su voz se notaba una inmensa inquietud.
Los tres quedaron en silencio hasta que regresaron Bill, Fleur y Angelina y se sentaron junto a ellos.
- Los esfuerzos y el constante mareo la han dejado agotada – anunció el hombre – Cuando hemos salido de vuestro cuarto, Ginny estaba apunto de caer rendida de sueño. Hermione se ha quedado para cuidarla, no ha consentido que nadie más lo hiciera. Si hay novedades, ella nos avisará inmediatamente. No te preocupes, Harry, por favor.
Harry asintió, pero no dijo ni media palabra; su mente iba a cien por hora, analizando una y otra vez lo que había visto, y decidiendo cómo haría para conseguir que ella aceptase ir a San Mungo para someterse a una revisión médica.
- Vamos a quedarnos hoy, Harry – le anunció Angelina – Nosotras haremos la comida, cuidaremos de Ginny y de ti. No vamos a permitir que os quedéis solos.
- No me hagáis sentir como un inútil – les pidió, molesto.
- ¿Qué inútil ni qué crup muerto? – se ofendió Ron - ¡Nosotros hemos venido a pasar el día en vuestra compañía, y eso es lo que vamos a hacer! ¡Así que ve olvidando la idea de echarnos de aquí!
- Gracias – les dijo – de verdad.
- No las merece. Bueno, va, a ver, suelta ya lo de la boda con todo lujo de detalle – le pidió el pelirrojo con descaro, y no te dejes ni una coma, que aquí, las señoras se mueren por el chisme.
- Y tú no… - se burló George.
- Yo me muero de envidia – Ron aseguró.
Harry no tenía ganas de hablar, pero se dio cuenta de que hacerlo le alejaría durante un rato de la obsesión por el malestar de Ginny, y a los demás también, así que les contó todo lo que él creyó importante, que no era ni de lejos, la mitad de lo que las mujeres se morían por saber, y mucho menos incluía los detalles "jugosos" que ellas deseaban que les revelase. Por ello, durante un rato las dos le acribillaron a preguntas, algunas de ellas que él recibió con gran sorpresa, del tipo "qué peinado se había hecho McGonagall para la ocasión" o "si los zapatos de la novia eran acabados en punta o redondeados". ¿A él qué demonios le importaba eso?, se dijo para sí mismo, anonadado. Y tuvo que confesar que, de la mayoría de todas esas extrañas respuestas que le pedían, no tenía ni idea, para gran frustración de las damas que lo escuchaban. Finalmente, la hora de la comida lo salvó del interrogatorio en tercer grado. Ellas se fueron a la cocina a prepararlo todo, y los hombres quedaron solos. Harry suspiró, aliviado.
- Alucinante – dijo sin más.
- Ya te digo – le apoyó Ron.
- Flipante – se sumó George.
- No ha sido peor que en otras ocasiones – afirmó Bill con naturalidad.
- ¿Tú habías asistido a un interrogatorio de este tipo alguna vez? – George preguntó a su hermano, aún con la boca abierta.
- Alguna. Como Fleur y yo somos mayores que vosotros, casi todos nuestros amigos se han casado ya. No veas lo que he podido escuchar antes, durante, y después de sus bodas, y de la nuestra, claro. La avidez de detalles tontos que tienen las mujeres, es impresionante. Por muchas veces que las escuche, nunca dejará de parecerme curioso.
Los tres lo miraron como si no pudiesen creer lo que acababan de escuchar, y él rió, divertido por la situación.
- ¿Cómo estará Ginny? – se preguntó Harry, intranquilo – Voy a verla.
Hizo ademán de levantarse, pero Bill lo detuvo.
- Por favor, déjala que descanse, no la agobies – el moreno lo miró con cara de reproche – No quería decir que tú la agobias. Sé que sois recién casados, que habéis pasado demasiado tiempo separados y os necesitáis a todas horas. Yo también tengo la mejor esposa del universo, Harry, y sé lo que sientes en este momento – le sonrió de forma cómplice. – Pero lo que Ginny necesita ahora es descansar. Si te ve entrar en el cuarto con esa cara de sufrimiento, no harás sino conseguir que se sienta peor.
- Pero ella me necesita – objetó el otro, tozudo.
- Tranquilo, que en cuanto te necesite, ella misma te buscará. ¿O acaso crees que puede pasar un solo minuto sin ti? Está tan tontita contigo como tú con ella – sonrió, comprensivo.
- Yo no estoy tontito – replicó Harry, molesto.
- Enamorado, subyugado por sus encantos, loco por ella, ebrio de amor… Llámalo como quieras.
George y Ron rieron.
- Iros todos a bañaros con un ghoul – les dijo con fastidio.
Sus risas se intensificaron, y al final también Harry se contagió de su buen humor.
- En serio, hermanito, ya verás cómo a Ginny no le pasa nada – le aseguró Bill – Mamá y ella jamás habían tenido una pelea tan fuerte, a pesar de que ambas tienen las mismas malas pulgas. Lo que a mí me preocupa, es en qué quedará esto – se lamentó – Jamás he visto a mamá tan ofendida.
- Ni yo – añadió George – Pero tiene que comprender que ya no somos unos niños, ninguno de sus hijos. Ella decidió cómo hacer su vida con papá y ahora no pretenderá decidir también qué hacer con las nuestras. ¡Mierda! – gritó de pronto, sorprendiendo a los demás - ¡A nadie duele más que a mí haber perdido a Fred! ¡Pero ella no puede comportarse de esa manera con nosotros! ¡Desde que él murió, nos trata como a niños pequeños! ¡Y ya hace diez años de eso! ¡Maldición!
- Todos somos conscientes de lo que hace, incluso papá se da cuenta de que ella no puede continuar así toda la vida. El otro día hable con él y me dijo que temía que algo parecido a lo que ha sucedido hoy aquí, pasaría tarde o temprano – les explicó Bill – No te sientas culpable, Harry. Si no hubieseis sido vosotros, cualquiera de nosotros habría chocado con ella. Era cuestión de tiempo. El otro día se pilló un cabreo monumental con Fleur y conmigo porque no quisimos llevar a Victoire a San Mungo por un simple constipado. Conoceremos mi mujer y yo a nuestra hija mejor que nadie… - ironizó, abatido - Todos intentamos ser pacientes y comprensivos con ella, tú también lo haces, pero esos arrebatos de ira ponen nervioso a cualquiera. Quizá esto le haga reflexionar de una vez por todas. Antes ella no era así, todos la recordáis.
- Es cierto. De pequeño, para mí fue como esa madre que perdí. Y aún lo sigue siendo – le apoyó Harry – Por eso me duele tanto verla sufrir.
- Algo se nos ocurrirá para que Ginny y ella se reconcilien – dijo George con su mejor voluntad.
- Seguro que sí – se sumó Ron.
- Chicos… - Hermione llamó su atención con voz traviesa. Ninguno de ellos se había dado cuenta de que ella había entrado en la sala – Mirad quién está aquí…
Tras ella, Ginny entró en el cuarto con una sonrisa cariñosa, caminó hasta Harry y se sentó a su lado, abrazándose a él suavemente. El le acarició el pelo con ternura, lleno de alivio.
- Mi amor, ¿cómo te encuentras? – le preguntó, mirándola enamorado.
- Mucho mejor – sonrió dulcemente – Siento haberos preocupado. No ha sido nada, de verdad. Tengo el estómago revuelto, eso es todo, pero ya me encuentro muchísimo mejor. Las chicas han preparado una comida especial para estos casos. Y dentro de nada estaré repuesta totalmente.
Harry no quiso discutir con ella en aquel momento, pero en ningún modo había quedado tranquilo con las palabras de la chica. Decidió que ya habría tiempo para poner las cosas en su lugar, y se dedicó a abrazarla y mimarla con ella deseaba.
- Ya me han contado que tú eres un completo desastre relatando bodas – Ginny le pellizcó el moflete alegremente.
- Es que lo que ellas piden no son detalles, son tonterías – se defendió el chico, divertido.
- Uyuyuy… Acabas de crearte cuatro enemigas, colega – Bill le advirtió mientras le guiñaba un ojo.
- No podría enfadarme con él. Lo quiero tanto… - Ginny suspiró, y Harry dedicó a Bill una sonrisa de triunfo.
- Recién casados – dijo el mayor sin más, encogiéndose de hombros.
- Oye, ¿por qué no te quedas unos días con mi novia, a ver si la amansas un poco? – George le pidió a su cuñado, bromista.
Hermione no pudo evitarlo y le dio una colleja correctiva.
- Y con esta también, de paso – añadió el pelirrojo – Ron debe ser un esclavo con ella.
La chica iba a soltarle otra, cuando la misma Angelina se la dio; acababa de regresar de la cocina apunto para escucharle.
- Más os vale que las miméis – les aconsejó su hermano mayor – Haced como Harry, él es el más inteligente. Debemos parecer esclavos de nuestras mujeres, pero sólo parecerlo, que conste. Así luego hacemos lo que queremos y ellas siempre están contentas.
- Ah, ¿sí? – Fleur le acarició el cogote de forma dulce y amenazadora. También acababa de incorporarse a la conversación.
Todos rompieron a reír.
- No me hagáis reír, capullos – les pidió Harry, lo que sirvió para que todavía riesen más.
ooo00O00ooo
El señor Weasley tomaba una cerveza de mantequilla, ojeando El Profeta distraídamente. Estaba solo, en la cocina, y presentía que así sería durante el resto de aquel día. Sus pensamientos vagaban, errantes, entre recuerdos del pasado, sentimientos, deseos e inquietudes. Se mostraba sereno, no en vano había vivido dos guerras, la pérdida de amigos, familiares, de un hijo… Pocas cosas podían alterarle el ánimo ya, pues la vida le había obligado a aprender a ser prudente, reflexivo, positivo… y paciente.
Sabía que obligar a Molly a que hablase con él, no haría más que propiciar un mal encuentro en un momento poco oportuno. Se decía que todo tenía su momento, su lugar, y su porqué. Así que se dedicó a dejar pasar el tiempo sin más; a veces esa era la única receta para la cura más eficaz a muchos problemas. Como él había esperado, El Profeta no contaba nada nuevo: se entretenía en ensalzar o vilipendiar a magos y brujas según sus propias inclinaciones o a ofrecer noticias sesgadas, algo que al hombre entretenía en el fondo, desde el punto de vista de saber que, quien tomase en serio aquel periódico en algunos aspectos, se perdería una realidad muy rica en matices, mucho más de lo que esas páginas repletas de opiniones subjetivas y prejuiciosas querían hacer ver. Pero eso era sólo decisión de cada quien.
Sin embargo, algo que no esperaba, o al menos no tan pronto, es que Molly entrase en la cocina, arrastrando el ánimo más que los pies; la derrota de sus maneras era desmentida, en cambio, por un semblante altivo y orgulloso. Le desafió con la mirada, al verlo observarla con tranquilidad.
- ¿Has comido? – la mujer le preguntó con voz cortante.
Él asintió, sin inmutarse.
- Por fin te has dignado a hablar conmigo – afirmó. No había provocación en el tono de sus palabras.
- Podrías haber entrado en el cuarto, si hubieses querido, con un "Alohomora" y poco más – respondió ella con dureza.
- Cierto. Pero al hacerlo no habría respetado tus deseos.
Ella fingió no haberse dado cuenta de que tras las sencillas palabras de su marido, había un mensaje que ella no estaba dispuesta a recibir.
- Sea como sea. ¿Has comido?
- He comido, y te he preparado también comida a ti. Todavía está caliente, si te apetece.
Lejos de agradecérselo, ella caminó hasta los fogones y cogió una vieja olla que había sobre ellos, la destapó, y sirvió en un plato la comida que, como él bien había dicho, aún humeaba. Se esforzaba con todo su afán en parecer serena, orgullosa, pero el temblor de sus manos delataba la zozobra que anidaba en su interior. Dándose cuenta de que había estado apunto de derramar descontroladamente la sopa que se estaba sirviendo, se vio obligada a dejar el plato sobre al mesa con rapidez, y al intentar tapar la olla de nuevo, sus torpes y nerviosos movimientos consiguieron algo que sus temblorosas manos no habían logrado: tanto la olla como el plato acabaron en el suelo, y la sopa que se derramó por encima de ella, alcanzando sus brazos desnudos, le quemó la piel.
El dolor producido por la quemadura fue el detonante para que perdiese el poco control que aún mantenía sobre sus nervios, y ella misma se dejó caer en una silla, vencida, llevándose las manos a la cara y rompiendo a llorar. Arthur, que había observado la escena pasivamente, se puso en pie con lentitud, en silencio; caminó hasta ella y con un ágil movimiento de su varita hizo que el estropicio fuese reparado. Tomó a Molly de la mano con firmeza, hizo que esta se pusiese en pie y él tomó su lugar en la silla, obligándola a que se sentase después encima de él.
- A ver esas quemaduras.
Ella le mostró los brazos sin oponer resistencia. En verdad se mostraba hundida, acabada. A él le bastó un encantamiento "Salvio Hexia" para eliminar la quemadura sin dejar rastro. Luego la acunó entre sus brazos, consiguiendo que el llanto se convirtiese en berrinche.
- ¡Ya no cuentan conmigo para nada, Arthur! ¡Ya no significo nada para ellos! – se lamentó, desconsolada.
- Vamos, vamos, señora Weasley, sabes que no es cierto lo que acabas de decir. Todos tus hijos te adoran. Y digo "todos", incluido Harry.
- Ah, ¿sí? ¿Y por qué él y Ginny no me han tenido en cuenta para celebrar su boda?
- ¿Por qué deberían haberlo hecho? – preguntó él a su vez, con naturalidad.
Ella lo traspasó con la mirada.
- ¿Por qué Bill hace oídos sordos a mis consejos? – insistió - ¿Por qué Percy jamás me cuenta dónde está, o cómo le van las cosas? ¿Por qué Charlie sólo viene a verme por Navidad? ¿Por qué George me sonríe como si estuviera loca? ¿Y por qué Ron suspira por lo bajo con fastidio, cuando cree que yo no puedo escucharle? ¡Soy su madre! – sentenció, como si dicho aquello no hubiese nada más que explicar.
- Exacto. Eres la madre de Bill, de Charlie, de Percy, de George, de Ron, de Ginny y de Harry. Pero no eres Bill, Charlie, Percy, George, Ron, Ginny ni Harry – le sonrió con dulzura y ella lo miró como si estuviera loco.
- Simplemente estoy tratando de decirte, que tal y como tú has tomado tus propias decisiones, y con ellas has acertado y herrado en esta vida, ellos deben tomar las suyas propias. No te piden más que lo que tú misma has tenido, que lo que tú misma pediste con su edad. ¿Qué hay de malo en ello?
- ¡Yo no era una desagradecida como ellos! ¡Yo hacía caso a mis padres, y a los tuyos también!
- Sí, claro… Sobre todo el día en que tú y yo nos fugamos para casarnos, hartos de que nuestros padres nos quisieran obligar a esperar, creyéndonos demasiado jóvenes – la estrechó contra su pecho, recordando aquellos días tan felices para ambos.
- ¡Pero nuestros padres se equivocaban! – protestó enérgicamente - ¡Yo sólo intento protegerlos!
- ¿Y qué crees que intentaban ellos? – la besó en la mejilla, divertido. Después la tomó por los brazos e hizo que ella se girara para mirarlo directamente a los ojos – Los estás protegiendo tan bien, Molly, que incluso estás consiguiendo protegerlos de ti misma. Si no relajas tus ansias de control hacia ellos, acabarás por alejarlos de tu lado.
Ella lo miró con espanto. Pero pronto recordó cómo Ginny le había hablado, y el orgullo volvió a adueñarse de su razón.
- Tu hija no tiene excusa. Me ha echado de su casa, a su madre, que lo daría todo por ella.
- Estás siendo egoísta, Molly. Tú ya me tienes a mí para darlo todo por ti. Ahora ella debe darlo todo por su marido y por los hijos que un día tendrá con él, tal y como tú hiciste conmigo y con tus hijos. Es ley de vida, cariño.
- Tú lo has dicho: yo lo he dado todo por ellos, y así me lo pagan. Sólo intento protegerlos. ¿Es que es tan difícil de entender? – volvió a gritar, frustrada.
- Quizá ya no necesitan alguien que los proteja, sino alguien que sólo los quiera. Estás centrándote en tus propias necesidades, no en las suyas.
- Eso es absurdo – protestó, molesta – Yo sólo pienso en su propio bien, en lo que es mejor para ellos – se puso en pie y se alejó del hombre, como si su contacto quemara – Pero desde luego, no voy a ser una madre floja y consentidora, como te has vuelto tu con ellos. Claro que te quieren, claro que te escuchan – le reprochó – porque de tu boca no sale nada más que lo que ellos quieren oír.
- Ahora es a mí a quien estás juzgando injustamente, y en el fondo de tu corazón, también lo sabes. Quizá lo que te molesta es que yo he sabido adaptarme a ellos, a sus necesidades, y he aprendido a confiar en sus decisiones, y tú no. Yo también perdí a Fred, Molly, jamás lo olvides.
De pronto su voz enmudeció, por fin le había dicho a su mujer aquello que tanto tiempo había callado y que le quemaba por dentro. Se había prometido a sí mismo callarlo para siempre, pero no había sido capaz de soportar aquella situación por más tiempo.
Intentó abrazar a su mujer, conciliador, pero ella rechazó su contacto con un ademán dolido, y salió de la cocina sin mirar atrás. Él se dejó caer pesadamente en la silla donde antes ambos habían estado sentados, con la mirada perdida en el vacío.
- ¿También yo te estoy perdiendo, Molly? ¿También yo? – preguntó a la nada.
Comentarios de la autora:
Sí, es muy inusual en mí publicar dos capítulos de un solo fic tan seguidos, pero en este caso he podido hacerlo, y además lo necesitaba. Así que aquí lo tenéis tan sólo tres días después de haber publicado el anterior. Espero que os guste, ya que va cargado de mis propios sentimientos.
Se lo dedico a Cirze. Querida amiga: ¿cómo enfadarme con alguien como tú, que me dice lo que piensa, que jamás me miente, desde el más absoluto respeto, con tanto tacto, tanta honestidad y tanta educación? ¿y cómo hacerlo encima, si mi opinión coincide con la suya? Eso es lo que me pasa a mí contigo, así que no temas por mi reacción a los dos mails que me has enviado. Al contrato, si alguien me apoya incondicionalmente, si alguien me valora, me quiere y me respeta tal y como soy, esa eres tú. Espero merecer siempre tu amistad, que es mucho más que un tesoro, lo es todo para mí. Espero que el hecho de estar sensible, como me contabas que estás estos días, no signifique que estés triste. Aunque pueda parecerlo, no tienes motivos para ello. En cuanto pueda, responderé tus mails como mereces. Pero si lees este capítulo antes de que haya podido hacerlo, quería que sepas que te adoro.
Os anticipo que a partir del próximo capítulo, las cosas se van a poner muy, pero que muy chungas. Empezamos el final.
Un abrazo muy fuerte y hasta pronto.
Rose.
