Declaimer: Los personajes de esta historia no son míos. Son del cartoon ¡Hey Arnold!; este fic es sólo para leer y divertirse leyendo.

Summary: Una noche me bastó para dejarme atrapar por el brillo de tus ojos. Cinco años después intentas arrebatármelo peor no te dejaré. Lucharé por ti. Lo juro.


2 . Capítulo

Cuando lo leyó no podía dejar de creer su mala suerte. Se iba. Dejaría el teatro. El periódico sólo decía que ella lo dejaba para dedicarse más a otras áreas de su vida; estaba feliz por ella, por supuesto ¿Qué clase de admirador sería si no se alegrara por la felicidad de su actriz favorita? Uno muy raro… pero no era el cambio de carrera lo que le preocupaba, era el cambio en su propia vida ¿Cómo sabría de ella de ahora en adelante? ¿Cómo la vería ahora? El teatro era su única oportunidad para verla y enamorarse cada día más… porque si algo debía hacer era no mentirse a sí mismo: estaba enamorado.
¿Cómo había conseguido enamorarse de una mujer a la que veía siete noches cada dos meses durante dos horas y una distancia lo suficientemente lejana para que ella ni lo notara? No lo sabía. Pero se había enamorado, cada pensamiento estaba dirigido a ella, cada prenda de vestir comprada preguntándose si a ella un día le gustaría. Estaba loco, lo sabía pero no uno peligroso (al menos para nadie más que para sí mismo), no era como esos acosadores que vigilaban y creían que la persona que vigilaba sentía lo mismo. No, él era realista, él sabía que ella nunca sería nada para él, nunca sentiría nada por él porque simplemente ella no sabía que existía él.

Simple y a la vez doloroso.

Dejó el cuerpo un poco más expuesto a la calle y observó al auto irse y doblar a la lejos, por un breve segundo le pareció atisbar algo en su mirada pero no, era imposible ¿Quién se iba a fijar en un hombre parado en una esquina? Al menos que fuera un supermodelo a todo terreno, como decían sus amigas en sus fastidiosas tardes de chicas. No él, sólo era él. Arnold ¿Quién? Ni siquiera el apellido importaba, sólo era un hombre de 25 años, rubio, un cabeza de balón como solían llamarle hasta ayer. Hoy sólo era un patético hombre que se fijó en un imposible.

- ¡Qué noche! La mejor obra que ha protagonizado y decide marcharse ¿Qué se le habrá pasado por la cabeza? – bufó fastidiado.

Esa era otra de las razones por las que sabía que su sentimiento era real. A veces se enojaba con ella, había aprendido a averiguar algo de su carácter en las entrevistas que había ofrecido y las dos veces que se ganó un pase al camerino, lo malo de esas veces es que fue una en el primer año y la segunda hace cuatro, tiempo suficiente para que se olvide quién la había visto hace un año.

- No hay de otra…

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- ¿Acabas de llegar?

La luz de pronto se encendió y él tuvo que taparse los ojos, se había acostumbrado mucho a la oscuridad de la calle como para que vengan a iluminarlo en su casa.

- Sí… ¿Qué haces aquí?

Gerald Johannsen, su mejor amigo, se rió entre dientes mientras se bajaba del sofá donde había estado cómodamente sentado viendo TV hasta que llegó su amigo.

- Pues esperándote ¿Qué otra cosa iba a hacer?

Arnold lo miró con las cejas arqueadas mientras se retiraba el saco y caminaba directo a su nevera tomando de ella un refresco y un trozo de pizza helado.

- Creo que fue un error darte una llave. Era para casos de emergencias ¿recuerdas?

- ¡Bah! Olvida eso. Vengo a sacarte el espíritu aventurero que llevas dentro – sonrió de una forma que le dio miedo – saldremos con los muchachos, iremos por ahí a ver qué hay y luego cada uno se irá por lo suyo… si es que me entiendes – arqueó las cejas de forma suspicaz.

Claro que le entendía pero sólo le provocó más risa, esa actitud era tan de Gerald y al mismo tiempo no, que dedujo que sólo porque era su amigo es que lo distinguía. Gerald daba el tipo de ser un hombre "aventurero" como se llamaba a sí mismo, daba la impresión de saberse cada pillería y por lo tanto nadie podría sorprenderle pero la realidad era que sólo era un chico divertido como él con el que se podía charlar y que llevaba enamorado de la misma mujer por más de cinco años. A veces se preguntaba a sí mismo cuando asentaría cabeza pero ni siquiera el mismo Gerald parecía tener la respuesta.

- No tengo ganas de salir Gerald, no hoy al menos – se movió lánguidamente hacia el sofá donde antes había estado su amigo – estoy muy cansado – y coordinando acto con oración se tiró y pareció que no se volvería a mover jamás.

Gerald lo miró de forma extraña como sopesando la información.

- Vaya, estás peor de lo que esperé.

- ¿Ah?

- Nada que… bueno venía a ver si estabas bien, has estado muy distraído estos días digo más de lo normal – aclaró cuando vio que su amigo iba a protestar.

- ¿Y eso qué significa?

- Significa que debes sacarte eso que te está carcomiendo por dentro, como sea. Viejo, te estás arruinando. ¡Mírate!

Arnold hizo lo que le pidió y se vio reflejado en la pantalla algo iluminada de su televisor. Era verdad, mostraba un aspecto nada saludable, pero no era la vestimenta que parecía ser la misma de siempre sino su cara, su expresión, parecía como si un camión le hubiera pasado por encima, o al menos como si acabara de recuperarse de una enfermedad especialmente contagiosa.

- Estoy hecho un asco…

- Tus palabras, no las mías.

- Da igual de quien sean – se revolvió el cabello – da lo mismo, el resultado sigue siendo el mismo…

- ¿Quieres dejar de repetir la palabra mismo aunque sea un minuto?

- ¿Mismo?

Hizo una mueca ante la sonrisa sin vida de Arnold.

- Muy gracioso.

- Ya, Gerald déjame en paz ¿Quieres? Por lo general, uno al llegar a casa cansado espera descansar y vivir con sus pensamientos sin embargo me encuentro contigo invadiendo mi sala, viendo mi televisión y acabándose mi pizza.

El chico sonrió dubitativo.

- ¿Qué tienes, viejo?

- Ya te dije que me dejes en paz.

- No, en serio ¿Tienes algún problema? Porque si es así, dímelo y veré como ayudarte. – Arnold rió. – Es en serio – gruñó.

- Ya lo sé, por eso me río.

- ¿Entonces?

- No es nada amigo, nada que no pueda solucionar por mí mismo.

- Entonces sí que hay un problema – no preguntó, lo afirmó.

- No exactamente, pero gracias por el ofrecimiento; ahora vete, quiero dormir.

- Arnold…

- En serio, Gerald, si no te vas ahora mismo me voy a enfadar en serio.

El aludido soltó un suspiro y aceptó. Se puso en pie, recogió su chaqueta tirada sobre un florero pero antes de atravesar la puerta dijo:

- Algo te pasa, lo sé, pero no tengo ni la menor idea de por qué no me lo quieres decir. Intentaré averiguarlo y cuando lo consiga no te librarás de mi tan fácilmente.

- Ge…

No terminó su reclamo pues su amigo ya había cerrado la puerta.

- Genial, sólo esto me faltaba…

Suspiró nuevamente y se levantó con las pocas fuerzas que guardaba, se dirigió a su habitación, cerciorándose primero de que Gerald haya cerrado bien, y acto seguido abrió un cajón grande que estaba en el último lugar en su armario. Encendió las luces y sonrió cuando sacó el álbum. Se dirigió a la cama sin dejar la sonrisa de lado, ese era su álbum especial, era el álbum de ella, donde había colocado cada recorte, cada fotografía, cada nota de prensa dirigida hacia ella; incluso estaban cada uno de los boletos usados para cada función, no tenía ni idea de por qué los había guardado desde el principio cuando sólo descubrió sus sentimientos unos meses atrás. Instinto quizá. Algo en su interior al parecer le había dicho desde antes que su corazón iba a estar ligado a ella.

No era un loco, como se repetía constantemente. Había tenido más novias pero ellas siempre pasaban a segundo plano cuando se trataba de ese ángel rubio que lo cautivaba con tan sólo una mirada de sus ojos. Dejó de intentar salir con chicas al darse cuenta de que le era imposible concentrarse en la cita al mismo tiempo que pensaba qué papel representaría su amada en la siguiente obra.

- Lo siento, pero no puedo – le dijo a la última, la cual sólo se marchó indignada con el coste de la cuenta en su mesa.

No puedo…

He ahí el problema. Hace días se había decidido, intentaría averiguar la manera, podía escribir una carta pero no sabía si llegaría a sus manos, podía hacer una llamada anónima pero no serviría porque él quería que ella supiera que estaba esperándola; era por eso, que era tan necesario que fuera personalmente. Decirle lo que sentía aunque no fuera correspondido, decírselo y avanzar. No podía luchar por un imposible y su abuelo siempre había dicho que las cosas no resueltas eran cosas mal hechas. Lo haría, pero el problema no era ese, el problema era hallar el valor, o tan siquiera el momento, estaba siempre tan rodeada de tanta gente que a veces se preguntaba si era una niña mimada a la que le gustaba la atención; le gustaba pensar que así era para no tener que sufrir tanto por ella pero en su interior sabía que no era así, por lo tanto, tendría que seguir amándola en silencio, en las sombras como esa noche, viéndola a lo lejos esperando ver algún atisbo de reconocimiento, el suficientemente duradero para calarle hasta los huesos y sacudirlo entero.

Estar enamorado era un verdadero fiasco.

Cerró el álbum de un solo golpe.

- Soy un estúpido, estúpido teatro, estúpidas obras, estú… - no pudo, sacó el portarretrato que guardaba en su mesa de noche, lo colocó frente a él como hacía cada noche y murmuró: – Buenas noches, mi amor.


¡Hola!

Aquí estoy de nuevo, creo que algo que olvidé poner en el prólogo es la descripción de la historia jajaja. En el cartoon y en la mayoría de fics datan del amor de Helga hacia Arnold, lo cual no escapa de la realidad pues esa es la idea del programa, lo que tengo aquí es un caso contrario ¿Qué pasaría si el que viviera obsesionado fuera Arnold? Este fic trae algunas sorpresas, nada fuera del cliché mismo del programa pero si en cuestión de cosas que tengo planeadas.

Bueno, eso es todo, espero que con la marcha los capítulos se vayan alargando jijiji, estoy tan acostumbrada a los capítulos largos que siento que este está incompleto pero lo dejo así porque interrumpiría el hilo que tengo planeado para este proyecto.

Eso es todo.

Att.

Clyo-Potter