Declaimer: Los personajes no son míos sino del cartoon Hey Arnold de Nikelodeon. Esta historia es para leer y divertirse leyendo.
Summary: Un teatro. Un amor. Un hombre enamorado. Una acrriz desdichada ¿Qué hará Arnold para conseguir el amor de esos ojos? ¡No se lo pierdan!
4. Capítulo
El tiempo pasaba espantosamente lento para su gusto. La vida en Hillwood desde que la conocía era la misma de siempre, aunque no fueran una ciudad grande tampoco eran un pueblo pequeño, se podría decir que el ochenta por ciento de la población se conocía y el otro veinte por ciento estaba formado por aquellos "nuevos" del vecindario como le gustaba llamar a muchos. Bueno, que llegaba mucha gente peor muy poca e quedaba y quienes lo hacían sólo daba un significado más a ese lugar. Alguien se iba. Siempre era así. Era como una especie de ley natural o algo por el estilo: se iban a la universidad, regresaban con familia, regresaban y alguien moría… lo que fuera y ese verano, no fue la excepción.
Arnold se encontraba recolectando imágenes, y tratando de acomodarlas de acuerdo a un estilo o al menos en un perfil; no encajaba muy bien que digamos pero siempre conseguía ponerlas en el orden correcto, o uno que se pareciera en mayor medida a una especie de orden; después de todo eso era lo que hacía. Era un fotógrafo, uno de los grandes… del pueblo. A Gerald le encantaba bromear con eso preguntándole a su vez por qué no se iba del sitio; el pueblo era un buen lugar para hacer familia pero no para quedarse eternamente y cada vez que lo hacía Arnold le rebatía con la misma pregunta, pero el siempre tenía la respuesta sin siquiera pensarla y eso al rubio lo ponía de los pelos, Gerald destilaba tanta miel que a veces le era imposible aguantarlo, parecía uno de esos románticos locos sacados de las novelas de siglos XIX, por momentos se planteaba la posibilidad de decírselo y era cuando recordaba lo que estaba en su armario bajo tres llaves: la del armario, la del cajón y la de su corazón… ¡Bah! Era tan meloso como su mejor amigo pero al menos Gerald sí tenía suerte y él no.
- Vamos, hombre, sal de aquí… diviértete… ¡Se feliz! – agregó con una carcajada, lo había oído en un anuncio comercial.
- No tienes que hacer algo, no sé, alejarte mientras termino de trabajar.
Gerald frunció el ceño pero no se dejó amedrentar.
- Para tu buena suerte, no. Estuve hablando con Phoebe el otro día.
- ¿En serio? – preguntó sarcástico y esta vez Gerald sí que frunció el ceño. Arnold rió internamente, era fácil molestarlo con ese tema, si alguien le hablaba de ella, tenía que ser en buen sentido, de forma amiguera nada romántica, la más neutral posible pero si lo hacías en malos términos…
- Arnold… - siseó como advirtiéndolo y él supo inmediatamente que ahí paraba la broma. Todo era tan predecible que aburría.
- Lo siento. Ahora si me disculpas tengo que imprimir algo y ajustar otra cosa.
- ¿No te cansas todos los días de lo mismo? – le preguntó mientras Arnold se metía a una especie de armario buscando unos folios.
- Es lo que hago por si no te has dado cuenta.
- No me refiero a eso, me refiero a tu vida. Eres una especie de obseso…
- ¿Obseso?
- Sí, un obseso, últimamente sólo ves los anuncios artísticos como esperando algo y si no ves nada te quedas como ido hasta que vuelves a empezar, es… enfermizo – dijo en voz baja temiendo molestar a su amigo, pero él lejos de molestarse le sonrió de la forma más frustrante y tranquilizadora que fastidiaba.
¡Agh! Era verdad, Phoebe tenía razón y Arnold necesitaba ayuda urgente, ella decía que tenía una especie de plan peor seguía sin decirle en qué consistía porque según ella todos los hombres eran unos chismosos y no perdería oportunidad en mencionárselo a Arnold, él se enojaba por eso, no sabía por el resto de hombres pero él no era ningún chismoso.
- Deja de pensar en Phoebe y pon esto en esa mesa por favor – le enseñó la mesa y él cogió lo que le pasaba.
- ¿Cómo sabías que…
- ¿Pensabas en Phoebe? – Enarcó una ceja – pues porque siempre tienes esa cara que grita "Miren lo que estoy pensando y la respuesta es: Phoebe?" – rió falsamente y el otro frunció el ceño – en el buen sentido, claro.
- Yo no hago eso.
- ¿Ah no? Niégame en mi cara que eso era lo que estabas haciendo.
Gerald dudó pero se rindió al fin, era inútil negar lo evidente. Arnold rió, seguro y con eso lo dejaba de molestar en lo que quedaba de mañana.
Phoebe… ella tenía loco a Gerald, no era que le disgustara pero agradecería tener algo así con alguien y más si era la su chica del teatro, como le gustaba llamarla. Phoebe había sido y seguía siendo la novia de Gerald desde el final de la preparatoria, al contrario de lo que muchos hacían no lo aceptó hasta que acabaron, su teoría era (y vaya que era una chica de teorías) que si duraban con todo y cambios luego de la preparatoria ella seguiría a su lado, si no, al menos lo habían intentado. Ninguno de los amigos había estado muy convencido de eso: Gerald cuando la oyó y Arnold cuando Gerald le contó pero para sorpresa de ambos había resultado y muy bien. Habían pasado exactos cinco años y parecía que iban de largo. Suspiró. Cinco años, casi el mismo tiempo que tenía de disfrutar el teatro, el teatro al que asistía cada vez para mirarla a ella.
- ¡Hey Arnold! ¡Hey Arnold!
- ¿Ah?
Alzó la cabeza y vio a Gerald parado frente a su escritorio con cara de querer matarlo, ahora de seguro pensaba que en verdad necesitaba ayuda.
- Estoy bien – murmuró.
- ¿En serio? Yo no he dicho nada.
- Bueno, por si lo decías – suspiró y Gerald se sentó en frente, en la única silla disponible del lugar porque el resto estaba ocupada con una y mil cosas a la vez.
- Necesitas ayuda, hombre.
- Aquí vamos de nuevo… - rodó los ojos.
- Es en serio.
- No lo dudo ¿o acaso crees que me desespera porque sí?
- Hazme caso.
- Gerald. No voy a salir en una cita a ciegas con una amiga de Phoebe sólo porque tú y ella creen que necesito distraerme – dijo duramente.
- Si al menos me dijeras por qué estás así te haría caso ¡Pero no dices nada! – Se desesperó y empezó a andar por la oficina - ¡Has estado así por meses! Al principio creí que se te pasaría, que era algo pasajero, ¡Pero mírate! Sólo estás ahí sentado, taciturno como esperando que algo maravilloso pase. Nunca te había visto de esa manera, ni siquiera cuando tus abuelos perdieron la casa, ahora están bien y eso pero ni siquiera ahí estuviste así, seguiste siendo optimista como siempre y no te dejaste abatir porque luego encontraron otro lugar y más bonito según tus palabras… y ahora… nada. Cero optimismo, cero aliento. Cero… nada ¿Dónde dejaste a mi amigo y qué hiciste con él?
Gerald dijo todo eso de sopetón, no paró ni siquiera para respirar y Arnold se sorprendió. La preocupación era genuina, incluso sus abuelos lo habían notado así pero habían optado por darle su espacio; no parecía que Gerald fuera a hacer lo mismo, al menos ya no. Suspiró una vez más dando vuelta en su silla lentamente. No podía hacer nada, no había querido decirle al principio creyendo que se le burlaría en la cara, luego simplemente fue la costumbre pero ahora, tenía tantas ganas de gritarlo… pero si lo decía pensaría en verdad que estaba loco. ¿Quién iba a decirlo alguna vez? Él, enamorado de un imposible con nombre y apellido propio a quien sólo veía en una tarima de algún teatro. La vida apestaba, eso era seguro pero no podía hacer nada al respecto.
- Está bien. – Aceptó con una mueca.
- ¿En serio? – el rostro se le iluminó, debía haber estado muy mal para alegrarse por algo como eso.
- Pero con una condición.
- La que quieras.
- Si no me gusta, me voy.
- No te irás. Phoebe dice que es su mejor amiga y que es perfecta para ti.
- Si ella lo dice…
- Ya verás. Te agradará. Ahora si me disculpas, tengo trabajo.
Lo sabía, había venido a fastidiarlo.
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- ¿Te gustan estas flores?
- ¡Agh!
- Lo sabía, muy rosas.
Olga Pataki siguió revisando una y otra vez las flores que ya tenía en la mano. Helga la observaba maravillada, no porque la admirara sino porque no podía concebir que alguien se pasase el día entero observando flores, sin ningún tipo de sentido, para ella eran sólo flores aunque con su trabajo tuvo que aprender el nombre de al menos diez flores, era difícil rechazar adornos florales cuando ni siquiera podías decirle al encargado las flores que querías que retirasen.
Helga Pataki solo disfrutaba esos días porque no tenía nada más que hacer que ver el paisaje, oír a los pájaros y escuchar. No podía creer que estuviera ahí parada junto a una de sus personas menos favoritas: su hermana Olga; la quería, pero bien lejos. Ella nunca podría entender realmente como se sentía, para Olga todo era felicidad y felicidad y creía que si la gente se veía o aparentaba ser feliz es porque todo estaba bien. Odiaba de ella esa forma tan simple de ver el mundo, y la odiaba más por haber acaparado la atención y cariño familiar que a ella le faltó; la soportaba pero no quería decir que con eso se solucionaran las viejas heridas del pasado.
- Helga…
- ¿Qué?
- ¿Acaso has escuchado algo de lo que te he dicho?
- No – respondió llanamente.
Olga frunció el ceño por un segundo pero en seguida se relajó y empezó con su perorata de siempre. Helga puso los ojos en blanco mientras se giraba y buscaba a la culpable de su sufrimiento de la tarde. La vio. Estaba allá, a lo lejos con teléfono en mano. Resopló. Últimamente todo era así, no sabía qué se traía Phoebe desde hace días, le preguntaba acerca de todo: gustos, colores, palabras ¿Para qué preguntaba eso si ya lo sabía? No tenía ni la más remota idea de lo que sucedía y no había querido decirle ni una pizca y eso la ponía de los nervios.
- Muy bien ¡Sí!... ¡Lo sabía! Déjame ver como lo arreglo… no, déjamelo a mí. Fantástico. Te quiero – murmuró sonrojada.
¡Agh! Lo sabía, estaba hablando con Gerald, no sabía qué le veía; no era mal sujeto pero le fastidiaba la manera tan melosa que tenían de tratarse, no sabía qué le provocaba exactamente pero era lo suficientemente fuerte como para querer asesinarlo a él y asfixiar todo aquello que trajera consigo. Consecuencia: Phoebe no la dejaba acercarse a su nuevo gato ni a los adornos florarles de su departamento. Helga siempre se quejaba y decía que el gato le provocaba alergia pero ella le respondía que no era más que capricho y que la conocía lo suficiente como para saber que la alergia no era precisamente su problema.
Era un fastidio. Estúpido Gerald, estúpido gato, estúpido mundo. Todo era estúpido.
- Deja de poner esa cara, te vas a arrugar.
- Métete en tus asuntos, Olga.
- ¿Crees que a mami y a papi le gusten los claveles? – preguntó olvidándose del tema. Helga volvió a rodar los ojos por segunda vez en lo que iba de la tarde y algo le decía que lo seguiría haciendo el resto de la tarde.
- ¡Madura, Olga, deja de llamarlos así, no tienes quince años!
- Ay, Helga – se rió – siempre tan graciosa.
Su hermana la miró indignada.
- ¡No pretendo ser graciosa!
- Responde
- ¿Qué?
- ¿Les gustarán los claveles?
Helga se quedó estupefacta, admitía que de niña había creído que a Olga se le había zafado un tornillo pero ahora estaba pensando seriamente que se le habían zafado todos.
- ¡Hermanita bebé! ¡Responde! – gritó al ver como se alejaba.
Helga simplemente se retiró antes de soltarle alguna palabrota, estaba segura que no lograría contenerse por mucho tiempo, así que se dirigió hacia la única persona con la que era capaz de descargarse sin sufrir un colapso cerebral en el proceso. Intentó oír algo del contenido de la conversación pero desistió de inmediato, no era más que la típica charla fastidiosa y melosa de siempre.
Llegó a su lado y empezó a hacer ruido con el pie, tenía los brazos cruzados y el ceño muy fruncido. Phoebe la vio y se rió a la par que negaba cansinamente con la cabeza.
- Te dejo Gerald, el fastidio en persona acaba de llegar.
- Tenías razón, son tal para cual…
Phoebe rió ante lo dicho y su mejor amiga frunció el ceño ante la frase dicha, no estaba al teléfono pero la voz de Gerald era tan fuerte que era capaz de oírlo a la distancia ¿Qué había querido decir con eso?
- Adiós – se despidió ella rápidamente - ¿sí?
Su amiga enarcó la ceja.
- "¿Sí?" ¿Con quién crees que hablas? ¿Qué te traes entre manos, Phoebe? ¿Por qué me trajiste aquí? ¿De qué hablabas con Gerald? ¡Responde!
- Vaya… por la forma en que preguntas parece que te hubieran estado matando de desinformación, Helga.
- No digas tonterías y no te hagas, que bien que sabes de lo que te estoy hablando. Si no me quieres responder a todo, perfecto, pero sólo dime una sola cosa que es la que me interesa: ¿Qué se traen entre manos tú y el mentecato de tu novio?
Phoebe iba a quejarse pero se resignó, no es como si fuera la primera vez que Helga hablaba así de Gerald, nunca le había caído del todo bien, no era a propósito sólo que no le gustaba como la acaparaba. En el fondo, sabía que lo que sentía Helga no era va animadversión, eran celos por falta de compañía, celos por no tener lo que ella tenía, en el buen sentido claro. Por eso se había propuesto hacer feliz a su amiga, hacerla tan feliz como nunca lo había estado; cuando era niña Helga se había enamorado de un imposible, se había enamorado de Arnold, el mejor amigo de Gerald, pero el tiempo y la distancia hicieron que sólo se quedara en ilusión por parte de ella y desconocimiento por parte de él pues nunca había reparado en ella más de lo necesario y dado lo mal que se llevaban Helga y Gerald, Arnold nunca había conocido o recordado a Helga.
Sabía por palabras del mismo Gerald que su amigo había estado decaído los últimos meses, como si le hubiesen roto el corazón o algo, su novio no sabía explicar bien porque no le había conocido ninguna novia capaz de dejarlo en ese estado y Phoebe creía saber cuál era la solución perfecta. Dudaba mucho que alguno de los rubios se acordara del otro pues no convivieron más que en la primaria, ya hace más de quince años y esa sería la ocasión perfecta para sacar del pozo a Arnold y darle algo de vieja vida a Helga. Sí, su plan era perfecto, sólo faltaba ponerlo en práctica.
- Hey, hermana, despierta, chasqueó los dedos frente a ella – te pedí una respuesta, no tu abstracción.
- ¿Qué?
- Contesta Phoebe – se cruzó de brazos - ¿Qué se traen entre manos tú y Gerald?
- Nada en especial Helga
-No me hagas reír.
- Te lo digo en serio – dijo esperando que se lo creyera, era muy pronto para empezar a hablar, aún faltaba preparar el terreno.
- Sí, y yo soy la reina de Inglaterra – se rió de forma ácida – Empieza, y será mejor que sea bueno.
Phoebe empezaba a vérselas negras hasta que de repente como llamado del cielo, el teléfono sonó. Salvada por la campana.
- No te libras tan fácil – siseó antes de contestar - ¿Hola? Ah, Jason dime.
Phoebe miró al cielo pensando que no había sido una salvada después de todo, lo último que le faltaba era que Jason se metiera como el idiota que era.
- Sí, mañana… a las cinco, no lo olvido. Claro. Adiós.
- ¿Qué quería?
- Tengo una rueda de prensa por la última obra, a las cinco y tengo que llegar antes para analizar las preguntas – soltó un suspiro – no veo la hora de que todo esto acabe – sonrió ligeramente – espero empezar a dedicarme a mi propio proyecto – rió alegre hasta que recordó lo que estaba hablando con Phoebe - ¿Y bien?
- ¿Por qué no seguimos con esto después? Acabo de recordar que iba a cenar con mis padres.
- Sí, claro.
- Anda Helga, te prometo que te cuento pero hoy no.
- ¿Admites que hay algo?
- Más o menos.
- De acuerdo, pero que no pase de esta semana.
- Perfecto-
A continuación se rieron y se fueron a enfrentar lo que quedaba de jornada con Olga y sus flores, una boda no era tan fácil de preparar después de todo.
¡Hola!
¿Cómo están? Espero que bien, para los que me preguntaron si Arnold y Helga se conocían aquí les dejo la respuesta, se conocían pero ninguno se acuerda muy bien y en el caso de Arnold ni un poco porque ¿Quién se acuerda de alguien que conoció a los nueve años? Personalmente, a duras penas recuerdo las caras de gente que conocí a los once, ni se diga a los nueve. Así que este es el caso, más o menos. Espero sus opiniones. Déjenme reviews ¿sí?
Muy bien, me despido.
Att.
Clyo-Potter
