Capítulo 2: Ginny... ¿la buscona?

Instalada ya en su habitación, Ginny no dejaba de dar vueltas bajo la atenta mirada de sus seis cuñadas y sus sobrinos más pequeños. Deshacía a trompicones la maleta y colgaba las cosas con furia en el armario. Abajo, en el salón, Cedric Diggory continuaba encantando a su familia. Pero Ginny estaba cansada con todo lo que tenía que ver con su soltería. ¿Por qué no podían dejarla vivir en paz? Después del día de navidad, hablaría con su madre y le daría un ultimátum.

¿Preferiría una hija soltera a la que ver y llama asiduamente o una hija soltera a la que no ver nunca?

Si, eso es lo que tendría que hacer. Volcar las cartas sobre la mesa. Y el tal Cedric ya se podía estar marchando. Porque a riesgo de resultar infantil, no le perdonaba que le hubiera provocado sus dos primeros traumas y encima que se congratulase por ello. ¡Que desfachatez!, pensó. Sus cuñadas la miraban sin saber qué decir, pero todas compadeciéndola y hasta cierto punto entendiéndola. Molly Weasley era una mujer difícil de complacer en lo referente a la familia, siempre quería más y más. Y aunque Ginny era su única hija, parecía haberse llevado la peor parte.

Finalmente Hermione, que estaba sentada en un lateral de la cama, fue la primera en hablar. Bruno, el hijo de Fred y Angelina de tan solo un año, estaba sentado en su regazo y se estaba quedando dormido con las cariñosas atenciones que le prodigaba la castaña.

- Ginny...Ginny, deja de moverte y céntrate.

- ¿Cómo quieres que me centre, Herm? Siempre encuentra algo con lo que descolocarme. Primero fue el vestido...

- Me habría gustado ver tu cara cuando lo del vestido. –sonrió Dora, pero al ver la mirada que la pelirroja le echó, añadió.- O tal vez no.

- Y ahora esto. –siguió diciendo Ginny.- ¿Qué quiere de mi?

- Que te cases con un bueno hombre, que le des más nietos y seas feliz. –era la primera vez que Penélope, la siempre prudente esposa de Percy, hablaba.- Solo he respondido a la pregunta, no quiere decir que esté de acuerdo con ella ni por asomo.

- Lo más lógico sería hacerle entender que no puede buscarte pareja por su cuenta y obligarte a pasar la noche con ella. –Katie, la esposa de George, se levantó para dejar a su hijo Lucas, de dos años, en la cama con Hermione y Bruno.

- En temas del corazón nadie puede guiarte y menos obligarte. –las palabras de Fleur, la esposa de Bill, tenían más peso porque ella había vivido una situación similar. Hija de aristócratas franceses, sus padres habían intentado casarla con un primo segundo.

- Ahora mismo, lo más importante es: ¿qué hacemos con Cedric? –preguntó Dora.- El hombre está cañón, ninguna de nosotras puede negarlo. Hasta Helena lo ha notado, y eso que tiene novio.

- ¿Helena tiene novio? –la voz de Ginny sonó consternada.

Helena Annabelle Weasley era su sobrina mayor; tenía dieciséis años.

- Si. –sonrió Fleur enternecida.- Mi niña está viviendo su primer amor.

- No. –Ginny zapateó en el suelo.- Dime que mi madre no lo sabe.

- Claro que lo sabe. Lo ha invitado a venir mañana.

- No. No, no, no, no, no. –se llevó las manos a la cabeza y dio un par de vueltas sobre si misma.

- Ginny, para. Tampoco es tan grave. –Hermione parecía ser la única capaz de hacer frente al inestable estado de la pelirroja.- ¿Y qué si mañana viene el novio de Helena?

- Tú no lo entiendes, ninguna de vosotras lo entiende. Todas estáis casadas, joder. Para ella habéis culminado y triunfado en la vida.

- Que tontería más tonta. –observó Penélope moviendo la cabeza.

- Quiere restregarme por la cara que una cría de dieciséis años es capaz de tener novio, y yo, con casi treinta, no. –puso los brazos en jarras.- Es muy lista, sabe cuales son mis puntos débiles.

- ¿Qué tiene que ver mi hija con tus puntos débiles?

- Sabéis, ya había aceptado en que me convertiría en la tía solterona de vuestros hijos, ya casi era hasta feliz. –se sentó en la cama.- Que algunas personas encuentren a su alma gemela, no significa que la haya para todo el mundo.

- Ginny...-Hermione alargó una mano por encima de la cama y apretó la rodilla de su cuñada.

- ¿Y ya está? ¿Vas a dejar que te derrote así? –preguntó Angelina con un tono malicioso en la voz.

- ¿Y qué propones que haga?

- Demuéstrale que se equivoca, pero primero tienes que darle en su punto débil.

- Y yo digo que esta noche su punto débil es Cedric. –se unió Katie.- Ya veo por donde vas, Angie.

- Pues yo no. –suspiró Ginny.- Que alguien me ilumine.

-Cedric es como un corderito que han llevado al matadero y no lo sabe. –explicó Fleur inmersa también en el plan.

- Ginny, ¿sabes esa chica tan sexy que tienes por amiga? La que no deja de tirarle los tejos a Ron a pesar de saber que está casado. –dijo Hermione apoyando la espalda en un cojín contra el cabecero de la cama. Acomodó a Bruno en su pecho y Lucas se pegó a su lado con un dedo en la boca.

- ¿Lavender?

- La misma. Esta noche vas a convertirte en ella.

- No pienso coquetear con mi hermano, Hermione. –Ginny puso cara de asco.

- Con Ron, no, tonta. Con Cedric. –aclaró Dora.

- ¿Cómo de social es tu vida, Ginny? –preguntó Angelina.

- Mucho, hasta tengo un vecino psicópata que está loco por mi.

- ¡Perfecto! –Katie dio un saltito de emoción.

- ¿Y hasta donde estarías dispuesta a llegar por darle a tu madre en las narices? –siguió diciendo Angelina.

- Hasta el fondo. –al cabo de unos segundos de pensar, Ginny añadió.- Ey, un momento. No pienso fingir que soy puta.

- ¡Ginny! –se escandalizó Penélope mientras el resto se echaba a reír a mandíbula batiente.

- ¿De donde has sacado esa idea? –quiso saber Hermione cuando se serenó.

- Pues no se. De algún punto de la frase "hasta donde estarías dispuesta a llegar". No paráis de hablar en clave, y todas parecéis saber a qué os referís.

- Oye, pues lo de fingir ser puta no es tan mala idea. –sonrió Dora.

- Quiero darle una lección a mi madre, no matarla.

- Nada, nada. Aquí nadie te está diciendo que hagas de puta, solo de una femme fatale ligerita de cascos. Y que tu madre entienda que en cuestiones de guerra...tu eres quien manda. –explicó Angelina.- Quien dice guerra dice amor.

- En el amor y en la guerra todo vale, ¿no?

- Exacto. –chocó una mano con Katie.- ¿Ves por donde vamos?

- Lo veo. –sonrió Ginny.

- Bien. Empecemos por el vestuario. –dijo Fleur levantándose y yendo hacia el armario.

- ¿Qué tiene de malo lo que llevo puesto?

- Cielo, me encanta como vas vestida. Pero no dices: aquí estoy. ¿Me entiendes?

- Aquí si que vas a tener que vestirte como una puta. –anunció Angelina.

- ¿Qué? –Ginny abrió mucho los ojos.

- Bueno, como una putilla si lo prefieres. Ya sabes, mucho escote, mucha pierna y marcando curvas. Que quede poco a la imaginación.

- No todas las chicas que se visten así son unas putillas. –declaró Ginny.

- ¿Ah si? Nómbrame a alguna. –pidió Penélope.

- Pues ahora mismo no me viene ninguna a la mente, pero alguna habrá, digo yo.

- Claro. Y habrá alguna monja virgen también. Todos los sectores tienen una oveja negra. –Angelina le guiñó un ojo.

- Angelina tiene ganas de juerga esta noche, uhhh. –silbó la pelirroja.

- No, cielo. La única que tiene la juerga asegurada esta noche eres tú.

- Y dale con eso. Que no me pienso acostar con Cedric. –rodó los ojos con gesto cansino.

- ¿Quién ha hablado de acostarse? Ginny estás poniendo palabras en bocas que no son la tuya. –advirtió Hermione.- ¿No será que en tu subconsciente quieres hacerlo?

- Hermione, no me lo puedo creer. Te has vuelto como ellas. –teatreó Ginny y todas volvieron a reír.

- Chicas, este armario es un caso perdido. –anunció Fleur sacando la cabeza del mueble.- No hay nada ni remotamente sexy.

- Se suponía que venía a casa de mis padres, a pasar unas tranquilas navidades en familia. ¿Qué querías que trajera? –se defendió la pelirroja.

- ¿Te has dejado algo en la maleta?

- Un par de vestidos, pero los he metido en un arrebato de coquetería. No creo que me los vaya a poner ni nada. Ah, y el camisón.

- Oh, echo de menos poder pasearme en camisón. –suspiró Dora.

- ¿Y qué te lo impide? –preguntó Ginny frunciendo el ceño.

- Cielo, cuando hayas tenido dos hijos hablamos.

- Pero si estás estupenda, Dora. –la animó Angelina y todas asintieron.

- Esto si que es estupendo. –dijo Fleur sacando una pieza de ropa negra de la maleta de su cuñada. El raso se deslizaba por sus manos con suavidad, los tirantes eran finísimos y el pronunciado escote estaba ribeteado con puntilla.- Aquí tienes tu atuendo de esta noche.

- Fleur, ese es mi camisón. Para dormir.

- ¿Y?

- ¡No pienso bajar a cenar en camisón! –Ginny se cruzó de brazos.

- Nadie tiene porqué saberlo.

- Si, póntelo. Es perfecto, Ginny. –opinó Katie.

- A Cedric se le van a desorbitar los ojos. –rió Angelina.

- No podéis estar hablando enserio. Hermione, tu siempre eres la más sensata. Diles algo.

- Bueno, Gin, en esta ocasión, ellas tienen razón. Es lo más sexy que tienes en la maleta y el armario. –explicó la castaña parapetándose detrás de sus dos sobrinos.

- Claro que es sexy, es un camisón. –repitió la pelirroja exasperada.

- No, por esta noche será tu vestido sexy. –la contradijo Angelina y todas asintieron.

- Escucha, seguramente estarás pensando que lo hacemos por fastidiarte también, pero solo queremos ayudar. –Fleur le puso una mano en el hombro.- Llevo muchos años viendo como Molly te fastidia. Al principio era divertido, gracioso. Pero ahora no.

- Exacto. Nosotras también queremos nuestra revancha. –Dora le guiñó un ojo.

- Pues yo no veo que ninguna se ponga un camisón como este para bajar a cenar. –rezongó Ginny, más por costumbre que por otra cosa. Lo cierto es que estaba emocionada por el apoyo que le estaban prestando sus cuñadas.

- Es que nosotras nos reservamos para esta noche en los dormitorios. Es una de las restricciones de estar casada: solo puedes flirtear con un hombre...y encima es tu marido. –bromeó Katie y todas rieron.

- Enserio, Gin, ponte el camisón. –la apremió Hermione. Las tiernas caricias que prodigaba a sus dos sobrinos más pequeños no pasaba desapercibidas para el resto de las mujeres.

- ¿No que era un vestido? –la pelirroja enarcó una ceja.

- Oh, pero eso solo lo sabemos nosotras, cariño. –Penélope le dio una palmadita en la pierna.

- Umm, seria conveniente que algunas de nosotras bajáramos. Molly es tan lista como un dragón y tan letal como una leona. Se debe de estar oliendo algo ya. –dijo Hermione pasándole a Bruno a su madre. Luego hizo lo propio con Lucas, o al menos lo intentó, porque el pequeño protestó y se puso a llorar.

- Creo que te lo presto por esta noche. –sonrió Katie antes de salir por la puerta seguida de Angelina, Penélope, Dora y Fleur.

- Hermione, ¿hago lo correcto? –Ginny retuvo a mejor amiga, que se había quedado de pie con Lucas en brazos.

- No lose, Gin. Eso es algo que solo puedes decidir tu. Pero yo si estuviera en tu lugar, también buscaría la forma de terminar con los planes de mi madre. No es justo lo que te hace.

- Gracias, Herm. –dijo Ginny emocionada. Respiró hondo y recogió el camisón de encima de la cama.- Llegó el momento de convertirme en una...una...

- ¿Salida? ¿Buscona? –la ayudó la castaña.

- Estás pensando en Lavender ¿no?

- No. Porque si estuviera pensando en ella habría dicho una zorra o una golfa.

- ¡Hermione! –la pelirroja se tapó la boca con una mano, entre sorprendida y divertida.- Nunca te había escuchado hablar así.

- Bueno, es que todo el mundo tenemos nuestros límites. Y esa mujer no es capaz de aceptar que está casado, muy enamorado de su mujer...

- Y eso te encanta ¿no? –sonrió Ginny.- Lo tienes comiendo de tu mano.

- Para algo es mío y yo lo aguanto.

- Amén a eso último. Dentro de veinte años te propondré para santa.

- Muy graciosa. Pero ahora enserio, me encanta que Ron esté siempre pendiente de mi y no tenga ojos más que para mi.

- Afortunada. –suspiró Ginny.

- Vamos, Gin, no te desanimes. No estoy de acuerdo con tu madre en casi nada cuando se refiere a ti. Pero estoy segura de que ahí fuera, en alguna parte, está el hombre de tus sueños.

- Oh, eso ya lo se, Herm. Hace tiempo que encontré al hombre de mis sueños.

- ¿Tu padre?

- ¿Qué? ¿Por qué piensas eso?

- Bueno, el 75% de las mujeres buscan a un hombre que les recuerde a su padre. Es un hecho contrastado.

- Eso es adulterio, Hermione. ¿Cómo te puede excitar un hombre que se parezca a tu padre o te recuerde a ti?

- Solo he hecho mención de una estadística. Obviamente, yo me salgo de la norma. Ron y mi padre no pueden ser más diferentes entre si. Te juro que es una odisea cada vez que vamos a comer a su casa.

- Ya lo imagino. .Ginny solo había visto una vez al resto padre de Hermione.

- Pero no nos desviemos del tema. ¿Quién es el hombre de tus sueños?

- Hugo Jackman.

- ¿El actor?

- Oh, si. ¿Has visto que músculos tiene? Imagínate rodeada por esos brazos mientras...

- ¡Ginny! –rió la castaña.

- ¿Qué? Tu ha preguntado. En cualquier caso, ahora solo me queda a esperar a que él de conmigo.

- Eres un caso perdido, Ginevra Weasley. –Hermione negó con la cabeza aun riendo.

- Eso es lo que trato de decirle a mi madre cada año.

- Anda, vístete y baja. Yo mientras iré a ver como está tu...pretendiente.

- ¡Hermione! No lo llames así. –gritó la pelirroja, pero su cuñada ya había salido por la puerta dejándola entreabierta.

Ginny miró la fina tela del camisón y pensó que se congelaría con él puesto. Debía de estar como una cabra para aceptar el plan de Angelina. Pero era la única manera de escarmentar a su madre. Molly Weasley tenía que aprender, y lo haría por las malas. Se cambió de ropa rápidamente y se puso unas medias negras de encaje. Con los zapatos rojos de tacón quedaban de lo más sexy. Después deshizo el recogido y aventó su melena hacia arriba y hacia abajo, dejando una maraña de bucles salvajes. Acentuó más su maquillaje y se pintó los labios de un rojo intenso.

Miró su imagen en el espejo pensando que Hermione tenía razón. Con un look como ese, parecía una buscona. Sonrió al pensar que había escogido casi el título de una de las películas favoritas de su madre. Solo que en vez de "Marnie, la ladrona", por una noche iba a ser "Ginny, la buscona". Sin poder contenerse, soltó una estridente carcajada que fue acallada cuando sintió unos tímidos golpecitos en la puerta. Todos sus sentidos se pusieron alerta. ¿Y si era su madre?

Helena Weasley era una copia casi perfecta de su madre Fleur, aunque poseía el cuerpo alto y desgarbado de su padre. Desde el quicio de la puerta, miraba con sus grandes ojos azules a su tía favorita. Sonrió al ver como se maquillaba, sentada en su tocador. Era una imagen que Helena tenía grabada en la memoria desde siempre. Recordó que cuando era pequeña, tía Ginny la maquillaba durante las fiestas de navidad. Y ella se sentía mayor por llevar colorete y un poco de pintalabios. Pero esos tiempos ya habían pasado y se le antojaban muy lejanos. Estaba creciendo...y madurando. Se mordió el labio inferior insegura. Estaba deseando contarle a su tía de su novio, bueno, decirle que tenía novio, primeramente.

- Hola tía. –saludó la joven ya colándose del todo en la habitación.

- Lena, cariño. ¡Que guapa estás! –Ginny se levantó y corrió a abrazar a la joven. Con todo el lío formado por su madre, sumado a que había llegado tarde, no había tenido tiempo de buscarla.

Helena sonrió, tía Ginny era la única que le llamaba 'Lena'. Era un apelativo cariñoso que había quedado así cuando la propia Helena comenzó a hablar. Con un nombre tan largo, solo atinaba a decir las dos últimas sílabas. La joven miró a su tía de arriba abajo y enarcó una ceja. Nunca había visto a la pelirroja vestida así. Ginny se sonrojó primero, se sintió como una estúpida después y maldijo a todas sus cuñadas finalmente. En especial a la madre de Helena.

- ¡Wow! Tú si que estás...sexy. –advirtió Helena.- Te has vestido muy provocativa, tía. ¿Y eso? ¿Tiene algo que ver con el hombre que ha traído la abuela?

- ¿Sabes? Eres demasiado lista. ¿Estás segura de que eres una Weasley?

- ¡Tía Ginny! –gritó divertida la joven, apartó un mechón rubio de su frente y volvió a mirar a la más mayor.- Venga, responde a mi pregunta.

- Si, tiene que ver con él. –Ginny jugó con la cenefa de encaje con la que termina el exiguo camisón.

- ¿Te propones seducirlo?

- No. –el tono de voz de Ginny fue rotundo esta vez.

- ¿Entonces? Si vas vestida para seducir. –Helena parecía confundida ahora.- Cualquier hombre que tenga ojos acería rendido a tus pies.

- Oh, cariño, que preciosa eres. –Ginny le dio un toquecito de agradecimiento en la mano.- La verdad es que todo esto es un plan de tu madre y tus tías.

- ¿Enserio? Suena interesante.

- Supongo que si no eres la que tiene que llevarlo a cabo, suena muy interesante. –Ginny suspiró.- Aunque yo no estoy muy segura.

- ¿Es por lo que hace la abuela Molly? –Ginny miró a Helena con la boca abierta, a lo que la joven medio sonrió.- Todo el mundo lo sabe. Hasta Henry, y eso que es pequeño y es chico. –refiriéndose a su hermano de doce años.

- Vaya, no tenía ni idea.

- La abuela Molly siempre intenta emparejarte con alguien y no para de decirte que cómo puedes estar sola, sin un hombre. Para ella lo más importante es encontrar a tu media naranja.

- Ya. –dijo Ginny secamente.

- Pero... ¿y si no hay una media naranja para todo el mundo? ¿O y si la hay pero no la encuentras nunca? –Helena respiró hondo.- La abuela no entiende nada de eso. Y por eso siempre anda intentando liar a todo el mundo.

- Bueno, ella solo quiere que seamos felices. –Ginny se encontró defendiendo a su madre, aunque no sabía porqué. Suponía que era más fácil eso que asimilar que sus pensamientos eran los mismos que su sobrina de quince años.

- Se puede ser feliz de muchas maneras.

- Así es. –la pelirroja pasó un brazo por el hombro de Helena.

- ¿Y qué piensas hacer con ese hombre?

- No tengo la menor idea. Tan solo quiero dejarlo claro a la abuela que ya estoy cansada de que ningunee mi vida sentimental.

- ¿Nunca has pensado en decirle que eres lesbiana? A lo mejor así te dejaría en paz.

- No, por Dios. No tengo nada en contra de las lesbianas pero si dijera eso...la próxima vez que viniera tendría una cita con una mujer.

- ¿De verdad?

- Tu abuela lo único que quiere es que deje de ser una solterona, le da igual con quien. –Ginny suspiró de nuevo y se llevó una mano a la frente.- Bueno, será mejor que vayamos bajando.

- Si, ya todos deben de estar desesperado por comer. Sobretodo Theo y el tío Ron. –sonrió Helena.

- La única diferencia es que Theo tiene solo siete años y tu tío Ron treinta y uno, y sigue comportándose como un crío.

- Pobre tía Hermione. Cuando tenga un bebé habrá dos en casa.

- Si. Escucha, cielo...no te creas nada de lo que diga esta noche durante la cena. Y no te sorprendas, solo sígueme la corriente. –Ginny hizo un gesto para colocarse mejor sus pechos y respiró.

- Vale. –Helena le guiñó un ojo. Salieron de la habitación y caminaron hacia la escalera.- Tía Ginny...

- ¿Si, cariño?

- Esto...quería decirte que...tengo novio. –dijo la adolescente con un hilo de voz.

- Ya lo sé, cariño. Y me parece perfecto. ¿Es el primero? –Ginny le sonrió e intentó no pensar en lo vieja que le hacia sentir esa conversación. Se alegraba por Helena, pero eso no significaba que la noticia le hiciera especialmente feliz.

- Si. Llevamos dos meses juntos. Se lo dije a la abuela y...-se mordió el labio inferior-...lo ha invitado mañana a comer.

- Así que mañana lo conoceré.

- Si. –Helena miró a su tía a los ojos.- ¿No te importa?

- Me importa porque se trata de ti, pero no me importa en el sentido que tu piensas que me importa. ¿Entendido?

- Si.

- Bien. Y ahora despidamos a tía Ginny y demos la bienvenida a Ginny, la buscona. –hizo una reverencia mientras bajaba la escalera.

- Suenas como una peli antigua.

- Eso mismo he pensado yo.

Llegaron a la planta de abajo y se toparon con el señor Weasley, que le echó una mirada entendida a su hija. Era un hombre tranquilo y reservado, que tenía su propia opinión sobre la felicidad de su hija. Pero su esposa era igual que un ciclón cuando se le llevaba la contraria. Así que fingía no saber nada del tema. De seguro que esa noche se iba a divertir un rato. Le dio un beso a Ginny en la mejilla y siguió caminando hacia el comedor. Ya el resto de sus hijos, nueras y nietos estaban sentados. Incluyendo a ese joven tan perfecto por fuera e impertinente por dentro.

Helena se esfumó justo detrás de su abuelo y se sentó junto a su divertida tía Angelina. Estaba segura de que todo había sido idea suya. Intercambiaron una mirada y escondieron una sonrisa que tenía todos los números para ser contagiosa. Tía Hermione había sido la más lista de todas y sostenía a Lucas en su regazo. Así siempre podía esconderse detrás del niño para sonreír. Tía Dora y tía Penélope atendían a los más pequeños mientras tío Fred salía de la salita de al lado donde había dejado a Bruno dormido. La abuela Molly estaba sirviendo, de lo más solícita, el primer plato al invitado.

En la escalera, Ginny respiró hondo, se colocó de nuevo los pechos hacia arriba, gracias a Dios que la naturaleza había sido generosa con esa parte de su cuerpo, y caminó con resolución hacia el comedor. Los tacones anticipaban su llegada y los murmullos de conversaciones iban bajando. Ginny sabía que todo el mundo posaría su mirada en ella. Y que serían miradas de admiración y ánimo, estupefacción y confusión. La única que precisamente no se había percatado de su presencia era su madre. Así que caminó hacia ella y colocó su tono de voz más meloso.

- Cedric, querido, si quieres...-estaba diciendo la señora Weasley. Pero el castaño había levantado la vista, había mirado a Ginny y se estaba relamiendo los labios como un sabueso. A la pelirroja le dieron ganas de no continuar con el plan.

- Ehh...pues...-Cedric no sabía qué decir. La señora Weasley levantó la cabeza y siguió su mirada. Si no hubiera sido por los rápidos reflejos de Charlie, la fuente sopera se habría caído al suelo dejándolos a todos sin primer plato. El segundo hermano de Ginny escondió una sonrisa mientras alejaba lo más posible la sopera de su madre. Enarcó una ceja mirando hacia su esposa, pero Dora se limitó a sonreír también.

- Siento haber tardado tanto, pero es que tenía que arreglarme. Muchas gracias por servir a nuestro invitado, mamá. A partir de ahora me puedo hacer cargo yo. –con mucho tacto y una sonrisa quilométrica, Ginny se las ingenió para mandar a su madre a la otra punta de la mesa.- Tú ve a sentarte con papá, mamá.

- Ginny... ¿puedo hablar un momento contigo en la cocina? –la señora Weasley se resistía a marcharse. No entendía el atuendo de su hija y, mucho menos, le parecía gracioso.- Ginny...

- Enseguida, mamá. Pero antes déjame que sirva a Cedric unos cuantos canapés de salmón, paté y queso fresco. –Ginny se inclinó hacia delante, dejando sus pechos muy cerca del rostro de Cedric y provocando un respingo en la figura de su madre.- Georgia, no seas tacaño. Pásame la bandeja, cariño.

- ¿Desde cuando soy Georgia y me trata de cariño? –preguntó el aludido en voz muy baja a su esposa. Pero Katie se limitó a hacerlo callar.

- Ginny...

- Ya voy, mamá. Cedric ¿te gusta el salmón? –batió sus ojitos bien perfilados en dirección hacia el castaño y apoyó un brazo en el respaldo de la silla para poder inclinarse mejor hacia delante.

- No lo se. Nunca lo he probado. –respondió un sorprendido Cedric. Habría jurado que al reencontrarse de nuevo, Ginny lo había mirado con odio.

- Pues va siendo hora de remediar eso, ¿no crees, cielo? –Ginny cogió un canapé y lo llevó hasta la boca de Cedric. El castaño se vio obligado a abrirla, morder y tragar. Todo sin apartar los ojos de los labios de la pelirroja.

- Delicioso. –continuó diciendo Ginny y se pasó la lengua por esos labios rosados que estaban haciendo subir la temperatura corporal de Cedric. A su otro lado, la señora Weasley estaba a punto de desmayarse.

- Muy bueno, si. –convino Cedric finalmente. Aunque estaba más complacido con las atenciones de Ginny que otra cosa.

- Yo siempre he creído que es bueno probar cosas nuevas. –la pelirroja habló directamente sobre la oreja izquierda de Cedric y hasta se atrevió a rozarla con sus labios. Cedric se agarró a la mesa con persistencia.- ¿Tú qué opinas?

- Yo...so-soy de la misma opinión.

- Perfecto, porque esta noche es la indicada para probar...-dio un lametón a la oreja del castaño.- Cuando todos se hayan dormido a dormir, quizás...tú y yo...podríamos probar alguna de esas cosas nuevas.

- M-me gustaría mucho.

- Umm, que mono eres. –Ginny apoyó una mano en la mejilla del castaño y se incorporó. Bastó una mirada a sus cuñadas para que estas comenzaran una cháchara sin sentido que mantuviera entretenidos a sus maridos. Por desgracia, eso no funcionó también con su madre.

- Ginevra, por favor, acompáñame a la cocina. –dijo la señora Weasley de manera cortante y, sin esperar respuesta, cruzó las puertas del comedor.

Ginny respiró hondo y la siguió con aparente inocencia. Contoneó sus caderas de una forma exagerada, sabedora de que los ojos azules de Cedric estaban puestos en ella. Seducirlo estaba siendo infinitamente más sencillo de lo que había pensado. Incluso, de alguna forma, se estaba divirtiendo. Cuando cerró la puerta detrás suyo, Ginny encontró a su madre con el cuchillo de trinchar el pavo en la mano, y por un momento sintió miedo. Pero la señora Weasley solo cortaba el lenguado para servirlo en platos individuales. Ginny sintió nauseas al ver al pobre animal abierto por la mitad. Tenía la manía de no comer nada proveniente del mar. Aun así, hizo de tripas corazón y ayudó a su madre arreglando los platos ya servidos.

- ¿Se puede saber qué estás haciendo? –preguntó la señora Weasley enfadada.- ¿A qué viene ese comportamiento de ahí fuera?

- No sé a qué te refieres, mamá.

- Oh, claro que lo sabes. Desde que has bajado no has dejado de comportarte como una pequeña furcia.

- ¡Mamá! –gritó Ginny sonrojada.

- Invito al encantador Cedric para que conozca a mi encantadora hija y...y se encuentra con semejante embuste. ¿En qué estabas pensando?

- No sé en qué estaba pensando, mamá. –Ginny dejó los platos y se cruzó de brazos.- Tal vez estaba tan...

Pero la señora Weasley la interrumpió y no le dejó continuar.

- Así no habrá forma de que encuentres un marido. ¿Y ese camisón? Pensabas que no me daría cuenta, eh. Sé perfectamente que es uno de esos camisones libidinosos que te pones en tu piso de Londres. ¡Que vergüenza! ¿Qué habrá pensado Cedric?

- ¿Qué habrá pensando Cedric? –repitió Ginny incrédula y dolida.- ¿Y yo, mamá? ¿Qué habré pensado yo al ver que me habías organizado una cita a ciegas de nuevo? ¿Qué habré pensado yo al saber que da igual lo que haga que siempre termino decepcionándote? ¿Qué habré pensado yo al ver que te avergüenzas de mi porque aun estoy soltera?

- Oh, Ginny, no digas tonterías. –la señora Weasley estaba más tensa que antes y sus rechonchas mejillas lucían arreboladas.- No cambies de tema. Estamos hablando del pobre Cedric.

- No quiero hablar más, mamá. –Ginny se dio la vuelta para marcharse. No esperaba que su madre corriese tras ella, sabía de sobra como era Molly Weasley. Pero eso no quitó que al salir de la cocina se sintiera devastada.

Se apoyó en la pared más cercana y dejó caer la cabeza hacia atrás. Estaba segura de que esas iban a ser las últimas vacaciones que pasaría con su familia. Siempre se había considerado una persona fuerte, pero todo tenía un límite. Respiró hondo, se colocó mejor el camisón y decidió seguir adelante con su plan. Que aquellas fueran sus últimas navidades no significaba que no pudieran terminar a lo grande. Además, una de sus canciones favoritas rezaba en el título que el show debe continuar. Pues señoras y señores, demos la bienvenida de nuevo a Ginny, la buscona.

Sin embargo, cuando ya había comenzado la marcha hacia el comedor, se encontró con la única persona que todavía creía en ella: su padre.

Arthur Weasley era un hombre sencillo, sin pretensión alguna. Era feliz sabiendo que sus hijos eran felices. No le importaba como, solo que lo fueran. Se ajustó mejor las gafas de montura metálica y abrió los brazos para acoger en ellos a su única hija. A la niña de sus ojos. Ginny no se lo pensó dos veces y corrió a refugiarse en los brazos de su padre. El show podía continuar en pausa unos minutos más. Enseguida se sintió reconfortada por la fragancia masculina de Arthur. Era la misma de siempre y la transportaba a su niñez, cuando las cosas eran más simples.

- Lo siento, papá. –susurró la pelirroja contra el jersey de lana roja.

- ¿Qué es lo que sientes, cariño?

- Todo. Mi comportamiento de esta noche, ser como soy, no cumplir las expectativas de mamá... –Ginny se detuvo, porque sino terminaría llorando.

Arthur la apartó suavemente de su cuerpo y la obligó a mirarlo.

- Escúchame bien, Ginevra, porque solo voy a decirlo una vez: eres la clase de hija que cualquier padre desearía tener. Nunca me he sentido más orgulloso que cada vez que conseguías tus logros académicos y todo lo que te proponías en la vida. Eres mi mayor tesoro, Ginny. No lo olvides.

- Oh, papá, vas a conseguir que me eche a llorar.

- Se que tu madre te está haciendo pasar un mal rato, no soy ciego.

- Ya, bueno...

- Pero también sé que saldrás airosa de esta.

- ¿Tu crees? –preguntó la pelirroja no muy convencida.

- No lo creo, lo se. Arthur le tocó la nariz como cuando era pequeña.- Ahora dime, ¿de quién ha sido la idea de que te presentaras como una mujer fatal?

- De Angelina, pero todas la apoyaron, sin excepción.

- ¿Incluso Hermione?

- Incluso Hermione. –admitió Ginny con resignación.

- ¿Cuándo creer que nos harán partícipes de la noticia?

- ¿Tu también lo sabes? –Ginny miró a su padre con cara de sorpresa.

- Claro, lo saben todos. Los únicos que aun piensan que no sabemos nada, son los propios Ron y Hermione.

- Estoy muy contenta por los dos.

- Todos los estamos. –Arthur atrajo a Ginny y la abrazó.

- Supongo que mañana será el gran día.

- Eso espero, porque es imposible mantener a tu madre por más tiempo callada. El señor sabe que no es una mujer de paciencia.

- Dímelo a mi. –suspiró ella.

- ¿Vas a seguir con tu alocado plan de seducción?

- No me queda otra si quiero darle una lección a mamá.

- Bueno, esto no es lo que le diría un padre una hija en circunstancias normales, pero como no lo son: adelante, cielo. Ves a por él.

- Papá. –sonrió Ginny.

- ¿Qué? ¿No lo he dicho bien?

- Claro que si. Solo que es...raro.

- Pásate casado 40 años con tu madre y tendrás una idea ligeramente diferente de lo que es raro y lo que no. –dijo Arthur con actitud resignada.

- Te quiero, papá. –Ginny se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla.

- Y yo a ti, calabacita

- Hacia tiempo que no me llamabas así.

- Hacia tiempo que no nos poníamos tan sentimentales.

- Tienes razón. –Ginny respiró hondo otra vez y se compuso para volver al comedor.- Deséame suerte.

- Suerte.

Arthur Weasley vio como su única hija caminaba hacia el comedor y pensó que era un buen momento para charlar seriamente con su esposa. No era muy frecuente verlo en esa situación. Normalmente dejaba que su esposa dirigiera a vida de todo el mundo. Pero esta vez se había pasado de la ralla. Además, tampoco quería ser testigo del todo del plan de seducción de su hija. Eso era algo que los padres no veían. Caminó hacia la cocina, tranquilamente, y cerró la puerta detrás suyo. No habría gritos ni lamentaciones, pero Molly Weasley cambiaría la imagen que tenía de su marido por la de un hombre todavía mejor.

Mientras, Ginny regresó al comedor y se quedó mirando el cuadro apoyada contra el marco de la puerta. En momentos como aquellos, en que todos estaban juntos y en armonía, se daba cuenta de que amaba a su familia. Bill y Charlie mantenían una acalorada discusión sobre fútbol; Percy se afanaba en enseñarle a usar los cubiertos correctamente a su hijo; Fred y George jugaban con los suyos y la comida; Fleur cuchicheaba con Helena, seguramente sobre el novio de la chica; Dora, Penélope, Angelina y Katie reían por algo que había dicho esta última; Ron acariciaba distraídamente el cabello de Hermione mientras ella le miraba con un brillo cómplice. Y finalmente, el invitado de la noche, que era el único que se había dado cuenta de su presencia, la miraba fijamente a ella.

Ginny tuvo que echar mano de todo su saber estar. Estaba decidida a que la discusión con su madre no le afectara, pero era difícil. Respiró hondo y retomó la actitud provocativa que se suponía que debía manifestar para Cedric. Le devolvió la mirada y se pasó la lengua por labio superior, pintado para la ocasión con carmín rojo jungla. Movió sus caderas hacia un lado y a otro hasta que le dolieron los huesos, pero consiguió llegar hasta el castaño.

- Oh, Cedric, cariño, siento muchísimo haber tenido que dejarte. Espero que en mi ausencia me hayas echado de menos. –la pelirroja batió sus pestañas mientras le acariciaba la barbilla.

- Eh...esto...-el mismo Cedric no sabía qué decir. Cuando Molly Weasley lo invitó a pasar la víspera de navidad con su familia, jamás imaginó que Ginny se hubiera convertido en una mujer tan sexy y fascinante. Le estaba costando mantener el tipo y aguantar toda la noche sentado con esa ruidosa familia cuando de verdad lo que quería era acostarse con la pelirroja.

- Oh, cariño, dime que si. Porque yo te he echado mucho de menos. Mi corazón no ha dejado de llorar el tiempo que hemos estado separados.

"Pero qué estoy diciendo, Dios mío. Este imbécil va a pensar que estoy majadera perdida", pensó Ginny.

Pero una cosa eran sus pensamientos y otra cosa muy diferente eran sus acciones.

-Mira, siéntelo tú mismo. –le cogió la mano y la colocó sobre su pecho izquierdo.- Aquí, justo aquí. ¿Lo sientes?

- ¿Si siento el qué?

- Mi corazón, Cedric. Siente mi corazón. Ya no llora porque volvemos a estar juntos. –se sentó en el regazo del moreno y miró sus bonitos ojos azules.

- Papá, ¿qué hace ese señor tocándole el pecho a tía Ginny? –preguntó Theo, el hijo mayor de Charlie y Dora. A sus siete años de edad miraba todo con mucha curiosidad.

- Ehh...pues...

- No es nada, cielo. –Dora acudió al rescate de su esposo, que se había quedado momentáneamente mudo.- A tía Ginny le dolía el pecho y Cedric está ayudándola a sentirse mejor.

No muy convencido, el niño se marchó a jugar con su primo. Sus padres intercambiaron una mirada y respiraron tranquilos. Aunque Charlie no se pudo contener, e inclinándose hacia su esposa, dijo:

- ¿Debo suponer que te duele el pecho muy a menudo?

- ¿Qué? –Dora se sonrojó enseguida y le dio un toquecito por debajo de la mesa.- Tonto.

- Afortunado más bien, diría yo. –se inclinó y la besó en los labios levemente.

Ginny siguió 'torturando' a Cedric. Hizo que apoyara la cabeza entera en el valle de sus pechos, se movió repetidas veces en su regazo y susurró palabras non gratas para menores en su oído. Y todo ello delante de su familia. No parecía importarle que los vieran de aquella manera. Pero Cedric estaba comenzando a cambiar de opinión. En realidad casi no conocía a la Ginny que tenía en su regazo. Al principio le había hecho gracia reencontrarse con la niña pecosa y espigada de su infancia, solo que esa niña ya no existía. Se había convertido en una auténtica...provocadora. Cuando notó que el bulto de sus pantalones pasaría de ser leve a muy visible, se disculpó con Ginny y corrió hacia el cuarto de baño.

- Pobre imbécil confiado. –susurró Ginny a Hermione.

- Lo importante es que está funcionando. –contestó la castaña apartando un plato de sus narices y pasándoselo a su marido.

- Supongo. –Ginny se encogió e hombros.- ¿Cómo me libraré de él?

- Oh, de eso no tienes que preocuparte. –anunció Bill con una sonrisa.- Nos ocupamos nosotros, ¿verdad, Angie?

La aludida se limitó a asentir con entusiasmo.

- Pero... ¿qué...cómo...qué vais a hacer? –preguntó Ginny no muy segura de querer saberlo. El único consuelo era que se trataba de Bill y Charlie, y no de Fred y George. Acto seguido, los dos hermanos mayores se levantaron y fueron a esperar a Cedric a la salida del cuarto de baño.

- Listo. –afirmó Angelina y sonrió.

- ¿Qué es lo que van a decirle? –Ginny repitió la pregunta y miró a su mejor amiga.- Hermione...

- No es nada, Gin. Angelina pensó, bueno todos pensamos, que sería más creíble si la información venía de parte de Bill y Charlie. Ya sabes, porque de niños fueron amigos. –llegados aquí, la castaña guardó un silencio nervioso.

- ¿Qué clase de información?

- Sobre tu locura.

- ¿Mi qué?

- Escucha necesitábamos algo que hiciera que Cedric...-comenzó a decir Dora, pero fue interrumpida por el regreso de Bill y Charlie.

- Se ha ido. Cedric se ha marchado. –anunció el hermano mayor.

- ¡Eso! Eso era lo que queríamos conseguir. –gritó Angelina emocionada.

- Pero... ¿cómo que se ha ido Cedric? –Ginny estaba confusa.

- Pues por lo que le hemos dicho. –dijo Charlie picando algo de ensalada.

- Ginny, cariño, no creerías que íbamos a dejar que te acostaras con él al final de la noche ¿no? –preguntó Katie.

- ¡Claro que no! Nunca iba a hacer tal cosa.

- Cedric no pensaba lo mismo. –dijo Bill.

- Si, ha sido traumático ver a un tío cachondo por tu hermana. –apostilló Charlie.

- ¿Qué le habéis dicho a Cedric? –exigió Ginny en un tono que no admitía discusión alguna.

- Oh, bueno, ya sabes, sobre tu locura. Y que en Bedlam te habían dado permiso para pasar las navidades con tu familia. Pero que después de año nuevo tendrías que volver. –Charlie atacó sin miramientos la fuente de salmón y pepinillos.

- ¡¿Le habéis dicho a Cedric que vivo en un manicomio victoriano y que estoy loca?

- Era la única manera de justificar tu comportamiento sin que parecieras una...ya sabes...-Bill señaló su atuendo y Ginny corrió a ponerse una servilleta sobre el escote. Ahora que Cedric ya no estaba, no tenía sentido seguir vestida como una furcia.

- Vamos, Gin, anímate. Te has librado de él...y de mamá. –habló por primera vez Percy.

- Ya, pero...-se vio interrumpida por Bill y Charlie, que estaban entusiasmados con su aportación a la aventura de la noche.

- Tendríais que haberle visto la cara. –rió Charlie.- Eso si, nos pidió que nos disculpásemos con mamá de su parte, y a ti, Ginny, te deseó buena suerte.

- Yo creo que cuando le hemos hablado del intento de asesinato hacia Tommy, ya estaba con un pie en la puerta. Pero a Charlie se le ocurrió decir que te gustaba ir al cementerio de noche y que ya te habíamos pillado dos veces desenterrando al chico que te llevó al baile del instituto.

- Que murió en extrañas circunstancias, por cierto, cuando estaba contigo.

- Pobre Tommy. –Bill meneó la cabeza, aunque tenía una gran sonrisa en los labios.

- Durante un año, todas las noches de luna llena te levantabas e ibas hasta el cementerio. Desenterrabas a Tommy y bailabas con él hasta el amanecer. Su muerte te volvió más loca aun.

- ¿Y Cedric se lo tragó todo? –preguntó Hermione, que junto con la pelirroja era la más sorprendida. El resto solo asentía y sonreía.- No me lo puedo creer.

- Es más tonto de lo que pensaba. –declaró Bill.

- Increíble, he pasado de ser una furcia a ser una loca. –reflexionó Ginny. En otras circunstancias se habría enfadado con sus hermanos, pero esa noche no. Gracias a ellos se había librado de seguir haciendo su papel para con el castaño.- Gracias, chicos.

- ¿De verdad hacías eso, tía Ginny? –preguntó Theo, que aun era muy impresionable.- Yo también quiero ir al cementerio a bailar con los muertos.

- No, tonto. ¿No te has enterado de nada? A tía Ginny no le gustaba ese señor que ha invitado la abuela. Así que tu padre y el mío le han contado esas mentiras para que se fuera. ¿Lo he contado bien, tía Ginny? –Henry, de doce años de edad, se creía un entendido en todos los temas.

- Si, cielo.

- ¿Entonces no estás loca? –insistió Theo.

- Bueno, un poco de locura no viene mal de vez en cuando. Pero definitivamente, no voy al cementerio para bailar con muertos por la noche. –sonrió la pelirroja.

- A ver si mamá se...-estaba diciendo Fred cando apareció la aludida con el lenguado y el señor Weasley detrás.- A ver si mamá se da prisa con el lenguado, eso iba a decir.

- ¿Dónde está Cedric? –preguntó la señora Weasley. Estaba más calmada que cuando su hija había dejado la cocina. Lo que Arthur le había dicho había sido muy importante para ella.

- Ha tenido que marcharse, mamá. Una emergencia familiar. –dijo Percy. Era el indicado para contestar, ya que la señora Weasley nunca sospecharía que su perfecto hijo Percy estaba metido en algo contra ella.

- Que lástima. Espero que no fuera nada grave.

- Seguro que no, mamá. –contestó Bill esta vez.

El señor Weasley ya estaba en la cabecera de la mesa y, con la ayuda de Dora, repartía los platos con el lenguado. La señora Weasley suspiró y paseó la mirada por cada uno de sus hijos. Estaba orgullosa de todos ellos, pero en especial de Ginny. Nunca se lo había dicho y se había dejado guiar por los convencionalismos sociales. Pero no quería ver a su hija solo, quería que Ginny tuviera el amor de un hombre bueno y juicioso. Tal y como ella lo tenía en Arthur.

- Ginny, ¿puedo hablar contigo un momento?

- Claro. –la pelirroja se levantó y siguió a su madre hasta el salón. La señora Weasley se detuvo de cara a la chimenea y de espaldas a su hija.

- Siento haber invitado a Cedric sin consultártelo.

Ginny estaba anonadada, no esperaba eso de su madre.

- También siento que pienses que me avergüenzo de ti, porque no es así. –se dio la vuelta para mirar unos ojos idénticos a los suyos.- Eres mi única hija, Ginny. Y yo solo quiero que seas feliz. Que cuando tu padre y yo no estemos, no te sientas sola. Que tengas el calor de tu propia familia rodeándote. Seguramente ya son pensamientos del pasado, pero aun así...una madre nunca deja de preocuparse por sus hijos.

- Yo...-Ginny seguía sin saber qué decir.

- Eso no significa que desfallezca en mi intento de encontrarte cal hombre ideal. Pero quería que supieras que no me avergüenzo de ti. –ya volvía a ser la misma Molly Weasley de siempre.- Ahora vayamos a cenar.

Ginny se echó a reír sin poder evitarlo. Por un momento había pensando que su madre había sido suplantada por otra persona. Pero no. Cejar en su empeño de emparejar a su hija sería lo último que haría Molly Weasley. La pelirroja movió la cabeza y siguió a su madre hacia el comedor, donde sus hermanos ya se estaban quejando de su tardanza.

Cenaron en armonía, como las familias suelen hacer durante las fiestas de navidad. Y antes de las doce se fueron a dormir para tranquilidad de los más pequeños, que esperaban ansiosos la llegada de Santa Claus. Ginny compartió su habitación con Helena y, en algún momento de la noche se le unió Theo.

Si bien las cosas no estaban saliendo como ella pensaba, tampoco estaban yendo del todo mal.

A la mañana siguiente, Ginny se despertó sola en su habitación.

"Al fin sola para reflexionar", pensó.

Pero tan pronto como esas palabras cruzaron su mente, la puerta se abrió y apareció Hermione. Ya iba completamente vestida y tenía una enorme sonrisa en su rostro que no podía borrar. Se sentó en el borde de la cama y miró a la pelirroja expectante. Ginny colocó la almohada contra el cabecero y se apoyó en ella.

- ¿Ocurre algo, Hermione?

- Ehh...bueno...verás...-el nerviosismo teñía la voz de la castaña, algo no muy frecuente.

- Oh, no, dime que no es cierto. Dime que mi madre no me ha organizado otra cita a ciegas para el día de navidad también. –había comenzado a decirlo en broma, pero conforme lo iba pensando, el pánico se adueñó de ella.- Ah, no, no pienso pasar...

- Ginny, no...

- Se acabó. No voy a volver a ser Ginny, la buscona, también el día de navidad. No es justo, Hermione. Mi madre no puede volver a hacerme algo así. Creí que se lo había dejado claro anoche, pero...

- Ginny...-Hermione comenzaba a impacientarse. Sobretodo porque sabía que cuando la pelirroja se ponía en marcha, nadie podía detenerla.

- Es que me la cargo, enserio. Me la cargo. ¿Quién es ahora? ¿Un antiguo compañero de la guardería? ¿De donde saca los nombres y los teléfonos? Oh, Dios mío, mi madre me espía, Hermione.

- Ginny, no... ¡Ginny!

- ¿Hasta donde piensa llegar en su afán de verme casada? –Ginny se levantó de la cama y comenzó a caminar por la habitación.

- Ginny, tu madre no te ha organizado ninguna cita a ciegas otra vez. –la castaña rodó los ojos.- Soy yo, esta vez se trata de mi.

- ¿Tu me has organizado una cita?

- No, tonta.

- ¿Entonces? –Ginny se sentó en el borde de la cama, a su lado.

- Estoy embarazada.

- ¡Hermione! –Ginny se tiró a abrazarla.- Eso es genial.

- ¿De verdad? –preguntó su cuñada mordiéndose el labio inferior.

- ¡Pues claro! Un bebé, Hermione. Tuyo y del idiota de mi hermano, pero aun así...-sonrió a más no poder.

- Bien, vale. Suéltalo. ¿Desde cuando lo sabías?

- ¿Desde cuando sabía el qué? –preguntó Ginny rehuyendo la mirada de su cuñada y mejor amiga.

- No te hagas la tonta, Gin. ¿Desde cuando sabías que estaba embarazada?

- ¿Dos o tres semanas?

- ¡Tres semanas! ¿Por qué no me lo dijiste? –Hermione se levantó de la cama y la miró con los brazos en jarras.

- Tu tampoco me dijiste que estabas embarazada.

- Pero si ya lo sabías.

- Claro. Porque no era normal que de repente comieras más que el glotón de mi hermano.

- No es verdad. No como tanto como él.

- ¿De cuanto estás?

- De casi 3 meses. No queríamos decir nada hasta estar seguros. –Hermione recuperó su sonrisa.

- ¿Y Ron como está?

- Imagina. Como loco de contento.

- Me alegro mucho por los dos, de verdad. –Ginny abrazó de nuevo a su amiga.

- Gracias. Y ahora te dejo para que te arregles. El novio de Helena está a punto de llegar.

- ¿Tan tarde es?

- Después de lo de anoche, pensamos que te vendría bien dormir hasta tarde. Así coges fuerzas para la comida de hoy. –Hermione no podía evitar estar radiante. Llevaba puesto un pantalón negro y una blusa blanca, con el cabello castaño recogido hacia atrás.

- Gracias, supongo. –dijo Ginny ya despierta del todo.- Feliz navidad, Herm.

- Feliz navidad, Ginny. –la castaña se levantó y caminó hacia la puerta. Afuera se escuchaban los gritos y las risas de los más pequeños, salpicados por alguna que otra frase materna.

- Y Hermione...enhorabuena de corazón.

- Gracias, Gin. Nos vemos abajo. –Hermione se marchó y Ginny se dejó caer de nuevo sobre la almohada.

Volver a dormirse estaba descartado, tener unos minutos de paz y relajación también, pero aun no estaba preparada para enfrentarse de nuevo a su madre. Además, el novio de Helena no tardaría en llegar. Se volteó y hundió la cara en la almohada. ¿Había algo más patético? Hasta su sobrina de quince años le había tomado la delantera. Al menos, después de lo ocurrido la noche anterior, para ese día no esperaba sorpresas. Solo algunas agradables, se dijo pensando en el futuro bebé de Ron y Hermione. Estaba deseando poder comentarlo abiertamente con el resto de la familia. Mantener la boca cerrada durante tres semanas había sido duro hasta para ella.

Salió de la cama y corrió hacia su cuarto de baño. Ser la única chica en una familia de siete hermanos, tenía que tener una ventaja. Dejó caer el pijama al suelo y se metió bajo la ducha. La fuerza del agua contra su espalda hizo que se relajara y no pensara en nada. Disfrutó de una ducha agradable, sin restricciones ni de agua ni de tiempo. En el fondo, sus hermanos sabían que no convenía meterse con ella. Cuando salió de la ducha y regresó a su cuarto envuelta en una toalla. Viruta, el labrador de la familia, estaba tumbado en su alfombra. Ginny ahogó un gritito y corrió a abrazarlo. Viruta era un perro de color marrón chocolate muy paciente, cariñoso y juguetón. Pero ya se estaba haciendo viejo. Tenía 11 años perrunos.

Después de jugar con Viruta durante unos minutos, Ginny se vistió, maquilló y peinó. Eligió para la ocasión un tejano y un jersey de cuello alto de color caramelo. El cabello rojo le caía suelto por la espalda. Se agachó para abrazar de nuevo a Viruta e hizo la cama. Tantos años de práctica servían para tenerla inmaculada en un santiamén. Llevó las toallas mojadas al cesto de la ropa sucia que había en el baño y salió de la habitación en compañía de Viruta. Estresado, y también asustado, por la algarabía de los niños, el labrador desapareció escaleras arriba, hacia el ático.

Ginny suspiró, pero no le dio tiempo a echarlo de menos. Alguien había llamado a la puerta principal y la excitación se palpaba en el ambiente. Desde lo alto de la escalera, Ginny se agachó para mirar. Lo primero que percibió, unas bambas enormes y unos pantalones caídos, no le gustó nada. Pero ya sabía de quien se trataba: el novio de Helena.

- ¿Quieres que te ayude? –dijo una voz muy cerca de su oído. No se lo esperaba, así que con el corazón latiendo a mil por hora, Ginny dio un traspiés y estuvo a punto de caerse. Suerte que esa misma persona la agarró.

- ¡George! Me has dado un susto de muerte. –la pelirroja le dio un golpe en el hombro.

- ¿Qué estás mirando que parecía tan interesante?

- Ha llegado el novio de Helena.

- ¿Enserio? ¿Y como es? –preguntó George emocionado.

- Pues no lo se. Estaba a punto de averiguarlo cuando alguien me interrumpió. –acusó achicando sus ojos marrones.

- Perdone usted, majestad. –se burló George haciéndole una reverencia.- Siento haberme interpuesto en su ángulo de visión.

- ¡George! –esta vez no fue Ginny la que gritó, sino Katie.- ¿Podrías traerme el biberón de Lucas?

- Enseguida, cariño. –contestó George y, antes de que Ginny pudiera comentarle nada, desapareció escaleras abajo.

Ginny suspiró y lo imitó. Pensaba que ya había sido un logro haber esquivado a su madre, cuando de repente apareció Helena. Iba de la mano de un chico al que Ginny no le habría ni pedido la hora. ¿Qué habría visto Helena en él? Para empezar era más bajito, llevaba una gorra en la cabeza y piercings en la ceja y el labio inferior. Su ropa era, al menos, cuatro tallas más grandes, de color blanco azul y negro. ¿De donde había salido ese proyecto de hombre?, se preguntó forzando una sonrisa.

- Tía Ginny, me gustaría presentarte a mi novio: Justin Jones. –dijo Helena con una inmensa sonrisa en los labios.

'Pobrecilla', pensó la pelirroja.

- ¿Enserio, Justin? –no sabía porqué pero el nombre le hizo gracia.

- Si. –respondió el chico, que arrastraba la "s" y denotaba una gran confianza en si mismo.

- ¿Cómo Timberlake?

- No, como Bieber. –Justin miró a Helena confundido.- ¿Quién es ese Timbercake? –su novia se encogió de hombros.

- No lo se.

- Oh, Dios mío, no conocéis a mi Justin. –Ginny exageró su sorpresa.- Que vieja soy.

- ¿Qué dices, tía Ginny? Tú no eres vie...

- Pues yo creo que se conserva muy bien. –Justin le guiñó un ojo de manera disimulada. Estaba claro que pensaba que le había hecho un cumplido.

- ¿Enserio? –lástima que Ginny no pensara igual. Puso los brazos en jarras.- ¿Qué edad dirías que tengo?

- No se. –el chico se encogió de hombros despreocupadamente.- ¿Treinta y cinco, treinta y seis?

Ginny abrió los ojos sobremanera y apretó sus labios para no soltar nada de lo que más tarde tuviera que arrepentirse. Helena, que conocía a su tía, cogió a Justin del brazo y lo sacó de su campo de visión. Ginny se quedó junto a la escalera, esperando a que la herida en su orgullo propio se disipase.

- Ginny, ¿qué pasa? –preguntó Bill, que pasaba por allí.

- El novio de tu hija es un piltrafa, eso es lo que pasa.

- Así que has conocido a Justin, eh. –sonrió Bill.- Es todo un personaje.

- A mi no me ha hecho ninguna gracia. ¡Me ha puesto seis años de más!

- Jajaja. Es un crío, Gin, no le hagas caso.

- Es un piltrafilla, que encima... ¡me ha guiñado un ojo! ¿Qué hace Helena con él? –preguntó a nadie en particular, porque Bill ya se había ido. Viruta apareció a su lado y se sentó en la escalera con ella con la misma expresión de cansancio matinal. Y eso que el día no había hecho más que empezar.