Capítulo 3: Conocerás al hombre de tus sueños.
Con una mala sensación en el cuerpo, Ginny entró en la cocina. Estaba claro que el novio de Helena no le caía bien. ¿De donde lo había sacado? Recordó a su primer novio, Michael Corner, que era un chico muy agradable, aunque algo a simple. Daba igual. El caro era que Justin "como Bieber" no era lo que esperaba para su preciosa sobrina. Helena tenía que abrir los ojos y darse cuenta de que un chico que flirteaba con su tía no era su tipo. Sintió como la puerta se abría y se cerraba a su espalda y se dio la vuelta muy lentamente. Ya se estaba mordiendo el labio inferior cuando descubrió que solo se trataba de su hermano Ron. Sacó todo el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta y sonrió.
- ¡Ron! –dijo acercándose a él con los brazos abiertos.
- ¿Ginny? –respondió un sorprendido pelirrojo, pero correspondió al abrazo de su hermana.
Ginny nunca se había alegrado tanto de ver a su torpe hermano. Pero no podía decirle que se había atrincherado en la cocina huyendo del novio de Helena. Lo cierto es que se sentía amenazada por él. Ridículo. Lástima que eso solo serviría para que Ron se riera de ella. Por eso escogió un tema que atraparía la atención de su hermano por completo.
- Hermione ya me lo ha dicho. –declaró con una sonrisa.
- ¿Si? –Ron la miró con sus bonitos ojos azules. Se notaba que era muy feliz.
- ¡Siiii! Oh, Ron, estoy muy contenta por vosotros dos. –volvió a abrazarlo y le dio un beso en la mejilla.
- Gracias. Yo estoy todavía que no me lo creo. Pasó todo tan rápido. Un día estábamos hablando de tener un bebé y dos meses después ya estaba en camino. –se pasó una mano por el cabello rojo, echándoselo hacia atrás.
- Tan solo una cosa te pido: que se parezca a Hermione, por favor. –pidió Ginny con las manos apoyadas en los hombros de Ron.
- Créeme, ahí estoy contigo.
Se estaban riendo cuando repararon en la presencia de la señora Weasley. La mujer estaba apoyada en el vano de la puerta, feliz de ver a sus hijos sonreír juntos. Claro que en su mente continuaba muy presente el problema de Ginny, como había comenzado a llamarlo. Conocía a su hija mejor de lo que esta pensaba, por eso tenía un plan B. Lo ocurrido la noche anterior con Cedric había sido imperdonable, y esperaba que el invitado de ese día no se llevara la misma mala impresión. Consultó su reloj de pulsera, aún tenía tiempo.
- Veo que alguien se ha despertado con buen humor esta mañana. –dijo refiriéndose a su hija.
- Bueno, aunque la mayor parte del tiempo me lo paso huyendo de ellos, soy afortunada de tener unos hermanos como los que tengo. –declaró Ginny abrazando a su hermano por la cintura.
- Es bueno saber que todo lo que hace una madre, en el fondo, es apreciado. –la señora Weasley se lavó las manos en la fregadera y comenzó a moverse por la cocina buscando ingredientes.
- Claro, mamá. –afirmó Ron antes de que Ginny pudiera contradecir a su madre.
- ¿Se puede saber porqué estáis los dos tan felices hoy?
- El sol brilla, es navidad y estamos todos juntos. –contestó Ginny.
- ¿Qué estáis tramando? –inquirió la pelirroja señora dejando lo que estaba haciendo a un lado y mirando a sus hijos con los ojos entrecerrados.
- Nada. –se defendió Ron, aunque no pudo evitar ponerse rojo. No quería contarle lo del embarazo de Hermione antes de hora porque sabía que su madre no podía mantener la boca cerrada.
- ¿Qué es esto? –dijo Ginny antes de que su madre pudiera protestar.- Te pasas el tiempo queriendo que seamos felices y estemos unidos, y cuando lo estamos, cuestionas el motivo. ¿Por qué tiene que haber un motivo para que abrace a mi hermano?
- Bueno, puedo entender que Ron esté feliz, al fin y al cabo, está casado con la mujer que ama. Pero cariño, sabes que me duele tener que ser yo siempre la que te lo recuerde, tú aún sigues soltera. ¿Qué razón tienes para estar tan feliz? –el tono de voz de la señora Weasley era el mismo que usaba cuando hablaba con un niño.
- ¡Mamá! –se indignó Ron.- ¿Cómo puedes decirle eso a Ginny?
- Ron, querido, tú eres un hombre, nunca lo entenderías. Pero Ginny sabe que tengo razón, ¿verdad cariño?
Ginny sabía que no debería de sorprenderle esa salida de tiesto de su madre, que Molly no cejaría en su intento de verla...colocada. Pero aun así dolía. Estaba más que claro que el concepto de felicidad de ambas estaba a años luz de parecerse. La pelirroja mantuvo la boca cerrada porque no quería iniciar una nueva discusión el día de navidad. Aunque cada vez tenía más claro que aquel iba a ser el último. Acabaría pasando las fiestas navideñas en una isla del Caribe, bebiendo ron con cola y paseándose en bikini por la playa.
- Pero no te preocupes, corazón. Ya se que mi intento de anoche no salió nada bien. Cedric no era el hombre adecuado para ti. Ahora lo sé. –continuó diciendo la señora Weasley, ajena al nudo que se había formado en el corazón de su hija.
- Mamá, esto se pasando de castaño a oscuro. –opinó Ron. Ginny siempre había sido su hermana preferida, aquella a la que cuidar, y no podía permitir que su madre le dijera esas cosas tan feas y punzantes.- ¿Cómo te atreves a poner en duda si Ginny es feliz o no?
- Soy su madre, Ronald. Y te recuerdo que la suya también.
- Eso no te da derecho a avergonzarla en todo momento. –el tono de voz del pelirrojo subió.- Deberías sentirte orgullosa de ella.
- Ya me siento orgullosa de ella. Para de decir tonterías, Ron.
- Mamá, Ginny encarna al prototipo de mujer independiente y segura propia del siglo XXI.
- Sigues diciendo tonterías, hijo. –quitó importancia la señora Weasley agitando sus brazos y mirando fijamente a su hijo. El pelirrojo, que aunque no lo reconociera le tenía miedo a su madre, hizo ademán de amedrentarse. Sin embargo, debió cambiar de opinión, porque abrió la boca para hablar de nuevo.
- Ya está bien, mamá. ¿Nunca puedes dejarnos pasar unas navidades en paz?
- No me gusta tu tono, Ronald. –acusó su madre.
- Y a mi no me gusta tu actitud con respecto a Ginny y a su vida.
- ¿Vida? ¡Pero si no tiene vida! Eso es lo que intento que comprenda. Vale, tiene un trabajo estupendo y no depende de nadie. ¿Pero qué mérito es ese? ¿Qué gana con eso? Cuando llega a casa por la noche no tiene a nadie con quien hablar ni amar. –gritó la señora Weasley exasperada, provocando que Hermione, que estaba en el comedor, asomara la cabeza por la puerta y mirase a los tres de manera alternativa.
La señora Weasley lucía altiva, desafiante, mientras seguía mirando a su hijo. Era una mujer pequeña, pero eso no era ningún impedimento para ella a la hora de imponerse. Ron tenía sus ojos azules muy abiertos y las orejas rojas como un tomate. Miraba de manera acusatoria a su madre y parecía estar pensando qué contestarle. Y Ginny... Hermione miró a Ginny y se le cayó el alma a los pies. La pelirroja se encontraba algo apartada de su madre y su hermano. Con la cabeza gacha y las mejillas coloradas, se notaba q ue se estaba controlando para no saltar sobre su madre. Hermione era su mejor amiga y sabía interpretar pequeños gestos que al resto le pasaban desapercibidos. Sintiendo la tensión en cada recodo de la cocina, la castaña entró y cerró la puerta a su espalda para que el resto de la familia no escuchara nada. Retornó sus ojos hacia Ron. Su marido nunca se había mostrado tan enfadado, al menos ella nunca lo había visto así.
- Molly, ¿quieres que te ayude con la comida? –dijo para distender el ambiente, aunque su voz sonó inusualmente temblorosa.
- No es necesario, querida. –la señora Weasley se volvió hacia ella y le sonrió.- ¿Por qué no vas a tumbarte un rato? Necesitas descansar. –añadió con intención.
- Estoy bien así, Molly.
- Las mujeres de hoy día queréis abarcarlo todo. Yo solo quería ayudar.
- Y yo te lo agradezco, pero me acabo de levantar como quien dice. Y me encuentro perfectamente. –esta vez el tono de voz de Hermione fue más seguro.
- Como quieras.
Hermione miró a Ron y después a Ginny. Se mordió el labio inferior y suspiró.
- ¿Puedo hablar con vosotros dos un momento?
Sin embargo, antes de que alguno pudiera decir algo o moverse, la señora Weasley se les adelantó.
- Ron, querido, ¿por qué no vas a dar un paseo con Hermione? Ya que se encuentra tan bien...algo de aire fresco le irá perfecto para arrebolar sus pálidas mejillas. Ginny se queda aquí ayudándome con la comida.
- Mamá, Hermione ha incluido a Ginny en...-rebajada ya la tensión, Ron había recuperado su tono de voz pausado y el color de la cara.
- Tonterías. Ginny sabe perfectamente que tres son multitud en una pareja. No le importará quedarse conmigo aquí en la cocina. –el aguijón de la señora Weasley parecía no tener fin y seguía penetrando en la piel y el corazón de su hija, ajena al dolor que producía.
Cansada ya de permanecer en un segundo plano, la pelirroja se levantó de la silla que había junto a la mesa de la cocina y, sin dirigirle la palabra a nadie, salió de la estancia con la cabeza bien alta. Siempre había intentado justificar las palabras hirientes de su madre, había intentado contentarla, había intentado no perderle el respeto... Pero mientras caminaba hacia el recibidor y descolgaba el abrigo del perchero, Ginny llegó a una conclusión: nunca conseguiría que su madre se sintiera orgullosa de ella en el aspecto sentimental. Y para su sorpresa, no se sintió triste ni afectada. Eran ya muchos años con el mismo problema y ella tenía que dejar de sentirse angustiada por él.
- Perfecto, Ginevra, has subido otro peldaño más en la escalera hacia la soltería absoluta. –se dijo a si misma mientras abría la puerta de la calle y salía hacia el frío exterior.- Eres una solterona, ¿y qué? A disfrutarlo.
Eso era lo que tenía que haber hecho desde el principio. Agradecía el cariño y el apoyo de su familia en esa guerra particular que llevaba contra su madre. Pero Ginny había decidido que ya no tenía motivos por los que luchar. Al igual que ella había aceptado que nunca conocería al hombre de sus sueños ni contentaría a su madre en ese sentido, Molly debería aceptar que su hija sería una solterona, por los siglos de los siglos.
- ¡Tiene otros seis hijos y seis nueras! ¡Tampoco es que su linaje se pierda conmigo, coño! –Ginny se sentó en el último escalón del porche y sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo del abrigo. No era una fumadora compulsiva, tan solo se encendía un pitillo a modo de inspiración cuando pintaba o cuando estaba sobrepasada, como esa mañana.
El humo del cigarro calentó el aire helado que entraba hacia sus pulmones. Ginny consumió la mitad antes de apagarlo. En cierto modo, se sentía mejor allí fuera que en el asfixiante interior de la casa de sus padres. Sonrió al recordar como Ron había salido en su defensa en la cocina. Le habría costado lo suyo desafiar a su madre. Pero cuando se trataba de Ginny, nadie podía pararlo. Sentía una inclinación innata a protegerla. Tal vez por eso era su hermano favorito, aunque nunca se lo había dicho.
Levantó la cabeza para mirar el paisaje blanco y hermoso que se extendía a su alrededor. Durante la noche, el manto blanco que caía del cielo se había posado sobre el jardín y los prados que rodeaban la granja. Los pinos que de pequeña había plantado con sus hermanos también lucían blancos, incluso el columpio de madera que colgaba de la rama de un roble exento de hojas. El gorjeo de un pájaro la distrajo. Miró hacia el cielo y lo vio. Estaba apostado en una de las aristas del tejado. Era azul, con el pico rojo, y emitía un sonidito intermitente, como si estuviera llamando a alguien. Estaba tan solo e indefenso, que Ginny se compadeció de él. Entró de nuevo en la casa y subió las escaleras lo más deprisa que pudo hasta su habitación. No se dio tiempo a disfrutar del calor interior al contraste con el frío exterior. Fue directa hacia la ventana y la abrió de par en par. El pequeño pajarillo seguía en su sitio.
El repentino afecto que sintió por el pequeño pajarillo era difícil de explicar. Pero conforme iba sacando su cuerpo por la ventana y se agarraba a las tejas con dedos y uñas para no caer, Ginny se convenció de que estaba haciendo lo correcto. Porque si conseguía rescatar al pequeño pajarillo y ver como emprendía el vuelo solo, metafóricamente, ella también estaría extendiendo las alas de su soltería. Era una forma extraña de demostrarle a todo el mundo que estar solo no significaba el fin de mundo. Pero era su forma.
- En el mundo hay millones de personas solas como yo. –se dijo a si misma.
Gateó por el tejadillo, aun cuando la nieve hacia más dificultosa su tarea. Estaba totalmente concentrada en su "misión", así que no se dio cuenta del par de ojos negros que la observaban desde la lejanía. Ni la sorpresa que se adivinaba en ellos. El pajarillo seguía gorjeando cada vez con más insistencia y Ginny sudaba bajo el abrigo marrón. ¡Y eso que debían de estar a cinco grados bajo cero!
- Tranquilo, pequeñín. Tía Ginny va al rescate. Unos metros más y ya estoy allí. –le dijo al pajarillo como si este pudiera entenderla.
Lo que Ginny no sabía era que el animal se estaba poniendo más nervioso a medida que ella se acercaba. Cuando ya les separaba tan solo un metro, el pajarillo abrió sus alas azules y las batió. Pero algo le impedía alzar el vuelo. Y ese algo, como Ginny vio, era la propia patita del pájaro que había quedado atrapada entre dos tejas. Ginny avanzaba despacio para no caer. Aunque por mucho empeño que se ponga, si el destino tiene escrito que te caigas...te caerás. Y si encima recibes una ayudita extra, mejor que mejor. Viruta acababa de colarse en la habitación y siguiendo el rastro de la pelirroja, asomó su hocico marrón por la ventana. El perro tenía la lengua fuera y las orejas en punta.
Ladró.
Ginny dio un respingo y resbaló.
Por suerte para ella, consiguió aferrarse a las tejas en el último momento. Pensando que tendría que haberse quitado el abrigo antes de salir por la ventana, retomó la operación rescate del pajarillo. Respiró hondo y avanzó el trecho que le faltaba. Con la mano extendida acarició el pelaje azul del animal, que se dio la vuelta y comenzó a picotearle los dedos. Ginny apartó la mano con presteza y miró al pajarillo con ojos acusatorios.
- ¡Oye, que solo quiero ayudarte! ¿Y así es como me lo pagas?
Con medio cuerpo sobre el alfeizar de la ventana, Viruta ladró de nuevo. Y esta vez fue más fuerte y con más insistencia. Ginny terminó de ponerse nerviosa al ver que no podía controlar a ninguno de los dos animales.
- ¡Callaos los dos de una vez! –gritó por encima de los ladridos y los gorjeos. Luego, para si misma, añadió.- Genial, ya has comenzado a hablar con los animales. Otro escalón más hacia el podio de la soltería, Ginevra. Lo próximo será que te compres un gato.
- Quizás sería más acertado decir que estás a un paso de manicomio ¿no crees? –dijo una voz masculina totalmente nueva, que procedía del jardín. La sorpresa de la pelirroja fue tal que esta vez cuando dio un respingo y resbaló, se precipitó por la cornisa y cayó al suelo alfombrado de nieve. Con lo cual la caída no fue tan dolorosa.
De hecho, no fue para nada dolorosa. Era como si tuviera un mullido cojín debajo.
¡Un cojín que se movía! ¡Que respiraba!
- Auch. –escuchó debajo suyo a modo de confirmación.
Pero... ¿qué...quién...? ¿Quién estaba debajo suyo?
Ginny se movió lo más rápidamente que pudo. Acompañada por los quejidos del desconocido, salió de encima suyo y se quedó sentada en la nieve. El corazón le latía muy deprisa, y entre el calor y el sonrojo, pensó que se desmayaría, pero no lo hizo. ¿Por qué no se desmayaba? Solo tenía que perder el conocimiento durante unos minutos. El tiempo suficiente como para que cuando abriera los ojos la situación embarazosa hubiera pasado. ¡Que injusta era la vida!
Por una vez que quería desmayarse...no lo conseguía.
Chasqueó la lengua de manera imperceptible y volteó la cabeza dejándola en un ángulo ladeado. El desconocido la estaba mirando con inusitada curiosidad y una sonrisa ligera estaba apareciendo en su rostro de ébano. Era un hombre joven muy guapo y esperaba no haberle fastidiado su capacidad respiratoria o incluso reproductiva. Sería toda una lástima, pensó.
- Genial. Ginevra. Te estás convirtiendo en una asesina de posibles en potencia. –se dijo en su mente.
- ¿Hola? –dijo el hombre moviendo una mano por delante del rostro de ella.- ¿Sigues ahí?
- ¿Eh? –Ginny lo miró confundida.- ¿Quién eres tú?
- Blaise Zabini. –le tendió la mano, que ella educadamente estrechó.- ¿Y tú?
- Yo vivo aquí. –no era del todo cierto, pero quería averiguar más cosas del hombre antes de revelarle su nombre.
- ¿Y qué hacías ahí arriba? Podrías haberte partido la crisma.
- Ah, si, eso. Gracias por pararme la caída. –sonrió algo avergonzada.
- Para eso estamos.
- Intentaba ayudar a un pajarillo atrapado entre las tejas.
- Muy loable hazaña. Pero la próxima vez intenta no ponerte tú en peligro. El mundo y yo te lo agradeceremos. –se llevó una mano al abdomen y se incorporó apretando los dientes.
- ¿Te duele? –preguntó Ginny con un tizne de preocupación en la voz.
- Me ha caído una chica encima desde el tejado. –bromeó él.- ¿Tu qué crees?
- Ey, que no peso tanto. –la pelirroja también sonrió.
- Estoy bien, tranquila.
Ginny se quedó algo obnubilada por la sonrisa de Blaise. Sus dientes blancos contrastaban encantadoramente con su tez negra. Además, daba la sensación de tener la piel muy suave al tacto. Y encima era guapo, amable, con sentido del humor, caballeroso...
- Para el carro, Ginevra. –se dijo mentalmente.- ¿Qué hace un hombre como ese aquí y en un día tan señalado como hoy? No. No, no, no, no. Ella no puede habérmelo hecho otra vez después de lo que pasó anoche. No puede...no puede...
- Emm, todavía no me has dicho tu nombre. –dijo Blaise.
- Ginny Weasley. –contestó recelosa de nuevo.
- Ah, así que tú eres Ginny.
- Si, soy yo. ¿Por qué? ¿Es que nos conocíamos de antes? ¿Quién eres? ¿Qué has venido a hacer aquí hoy? ¿Quién te ha invitado? –Ginny se movió por la nieve poniendo distancia entre los dos.
- Me parece que estás un poco nerviosa. –observó Blaise.
- ¿Nerviosa? No me has visto nerviosa. Estoy cabreada. –se puso de pie.- ¿Quién te ha invitado?
- Una señora muy amable. Se llama Molly y, por el parecido y la edad, deduzco que es tu madre. –Blaise también se puso en pie y Ginny calculó que debía medir un metro noventa aproximadamente.
- Bien, céntrate, Ginevra. Respira hondo, tranquilízate. No pasa nada malo. –se decía a si misma bajo la divertida mirada de Blaise.- ¿Te ha invitado como posible pareja para mi?
- Mencionó que tenía una hija muy guapa, si. Y que era soltera a pesar de tener casi treinta años.
- ¡Arrgg! Me la cargo, me la cargo, me la cargo. –Ginny se llevó las manos a la cabeza y comenzó a dar vueltas sobre si misma.- ¿De qué la conoces? ¿Dónde la encontraste? ¿Dónde te encontró ella?
- Fue un poco extraño porque ella me llamó por teléfono primero. Dejo que lo había encontrado en una de las agendas escolares de los gemelos. Fuimos juntos al instituto. –Blaise se rascó la cabeza.- Y cuando me dijo quien era y que me invitaba a comer el día de navidad, no pude resistirme. Me picó la curiosidad por conocer a su hija y saber que había sido de la vida de los gemelos.
- ¿Es que se ha propuesto traer a todos los ex compañeros de mis hermanos? –preguntó mirando al cielo.- Porque si así es... ¡DETÉNLA, COÑO!
- Esto...Ginny...
- ¡¿Qué?
- ¿Con quien hablas?
- Contigo no, eso seguro. –le espetó y dio media vuelta para subir las escaleras del porche y entrar en la casa.
Blaise estaba de lo más desconcertado. Definitivamente, Ginny Weasley era una mujer muy especial.
El sonido de la puerta principal al abrirse y cerrarse puso a todos en alerta. Los hermanos Weasley salieron en tromba del salón y algunas mujeres bajaron del piso de arriba. También Helena y su novio hicieron acto de presencia al asomar la cabeza desde el armario ropero que había en el recibidor. No había que pensar mucho para saber lo que habían estado haciendo. Bill le echó una mirada al novio de su hija que hizo que Justin se encogiera aun más. Los últimos en aparecer fueron Ron y Hermione, que salieron de la cocina muy juntos. Todos observaron a la pelirroja que, del enfado, tenía dificultades para respirar. Ginny miró a un lado y a otro, rebuscó entre las caras buscando la de su madre.
- ¡¿Dónde está? –preguntó con bastante ira en la voz.
Sin embargo, antes de que nadie pudiera contestarle, la puerta de la calle volvió a abrirse de nuevo. El frío se coló momentáneamente hasta que Blaise Zabini la cerró de nuevo. Se dio la vuelta para encontrarse con las sorprendidas caras de los hermanos Weasley y sus familias. Estos lo que vieron fue un hombre alto, fornido, guapo y bien vestido al que no conocían.
- Siento interrumpir. Es que...Ginny me dejaste solo ahí fuera. –dijo Blaise con tranquilidad.
- ¿Quién es ese? –le preguntó Bill a Percy, el cual se encogió de hombros.
- ¿Blaise? –dijo uno de los gemelos algo dubitativo.- ¿Blaise Zabini?
- Hola, George. –sonrió el aludido.
- No soy George, soy Fred. Pero... ¿qué haces aquí, tío?
- Hacia años que no te veíamos. –añadió George y se acercó para estrecharle la mano.- ¿Qué es de tu vida, tío?
- Bueno, soy abogado, estoy soltero, sin hijos y trabajo para un importante bufete de Londres.
- ¡¿A quién le importa qué ha sido de su vida? –gritó de nuevo la pelirroja.- Estoy segura de que ha comprobado todos los datos antes de invitarlo.
- Familia, este es un antiguo compañero de instituto: Blaise Zabini. –anunció Fred.- Pero... ¿cómo nos has encontrado, tío?
- Oh, por favor, podéis dejar de decir "tío" y… ¡escucharme a mí! –gritó Ginny.
- Tu madre me llamó hace una semana y me invitó. Y como yo no tenía ningún compromiso para el día de hoy...pues acepté.
- ay, señor. –corearon todos.
- ¡Exacto! –exclamó Ginny.- ¿Dónde está? Que me la cargo.
- Ginny...-intentó tranquilizarla Hermione.
- No, Hermione, no. –se alejó de la castaña y siguió hablando a voz en grito.- Uno pensaría que después de lo de anoche, habría cancelado todos sus planes futuros entorno a ese respecto. Pero nooooo. Ella nunca cancela nada. ¿Para qué? La única perjudicada soy yo.
- ¿No crees que exageras un poco, Ginny? –dijo Percy, que se tuvo que escudar tras Charlie para no ser atravesado por la mirada asesina que le otorgó su hermana.
- Estoy segura de que solo vive para atormentarme. –se lamentó Ginny.
- ¿Por qué no vamos a sentarnos al salón y hablamos con más tranquilidad? –propuso Angelina en un arranque de evitar que la sangre llegara al río.
- Si, Ginny, estás muy alterada. –convino Penélope.
- ¡¿Cómo no voy a estar alterada? ¡Si tengo casi 30 años y estoy soltera, coño! ¡Y soy feliz, soy feliz así! –a pesar de que estaba en su derecho, la pelirroja había comenzado a perder los papales.
- Ginny, por favor...-Hermione lo intentó de nuevo, pero Ginny se alejó de ella.
- No te acerques a mí ahora, Hermione. No se como voy a reaccionar físicamente y no quiero hacer algo perjudicial a tu estado. –dijo Ginny mirando fijamente a la castaña y respirando hondo al ver como su hermano Ron se ponía delante de su esposa.
Casi todos se quedaron mirando Hermione tras lo que había dicho Ginny. La castaña se sonrojó un poco, pero no le dio tiempo a confirmar, al fin, el pensamiento de todos los presentes. La señora Weasley salió de la cocina, con su vestido azul marino y su delantal rojo. Sus pequeños ojillos marrones, tan parecidos a los de su hija, miraron entusiasmada al invitado. Blaise Zabini tragó saliva y se preparó para recibir a la señora que se le acercaba con los brazos abiertos.
- Blaise, querido, que bueno que hayas podido venir. Espero que no te hayas perdido. La granja está un poco aislada del resto, es que nos gusta la tranquilidad. –iba diciendo la señora Weasley.
- Encantado de volver a verla, señora. –declaró el invitado.
- Ha sido una agradable sorpresa para todos, ¿verdad? –la señora Weasley se volteó para mirar a sus hijos y nueras.
- Suéltame, Charlie. –pidió Ginny entre dientes. Su hermano mayor la tenía agarrada por la cintura evitando que pudiera lanzarse contra la madre de ambos.
- Ginny, no podemos montar un espectáculo cada vez que a mamá se le ocurra hacer de mamá. –dijo Bill bajando la voz.
- Claro, como vosotros no habéis sufrido esta clase de acoso, derribo y persecución… -acusó la pelirroja con los ojos llenos de rabia.
- Ginny, es el día de navidad. Deja que haga lo que quiera y mañana...-comenzó a decir Katie. Ginny se sintió traicionada en lo más hondo.
- Así que la culpa es mía ¿no? Claro, todos estáis felizmente casados y sentís lástima por la hermana pequeña y solterona. –Ginny consiguió soltarse de los brazos de Charlie y elevó la cabeza con orgullo.
- No es eso, Ginny. Pero…es navidad…los niños…-Dora también se unió a las suplicas que intentaban evitar un nuevo enfrentamiento y espectáculo entra las dos pelirrojas.
- Pues anoche bien poco que os importaba mientras me azuzabais a vestirme y a comportarme como una puta. –escupió Ginny obligando a todos a callarse y bajar la cabeza.
- Ginny…
- No me digas nada, Hermione. No podría soportar que tu también me echases la culpa.
- Nadie te está echando la culpa o acusando de nada. –la cara de Hermione se contrajo en una mueca de dolor. Ninguno había prestado atención, pero su color de piel era ligeramente más pálido que una hora antes.
Y mientras sus hijos discutían de manera susurrante y entrecortada, Molly Weasley agasajaba a su invitado estrella. En ningún momento se arrepentía de lo que había provocado con su plan. Y estaba más que convencida de que ella tenía la razón. Ginny contaba con su orgullo y admiración, pero hasta que no encontrara a un buen hombre con el que casarse y tener hijos, no sería absoluta. Era una suerte que preparando el ático para sus nietos, hubiera encontrado la caja con los retazos escolares de sus hijos. Si Blaise tampoco encajaba, tenía ya a otros dos candidatos, antiguos compañeros de colegio de Percy y Ron, para noche vieja y año nuevo.
La perseverancia es el origen de todo triunfo, se recordó mentalmente.
Y cuando todos pensaban que la situación no podía ponerse más tensa…
- ¿Te he presentado ya a mi hija, Blaise? –dijo la señora Weasley bien alto para que todos la escucharan.
…se puso. El rostro de Ginny parecía más iracundo a medida que pasaban los segundos. Sus hermanos se debatían entre agarrarla o dejarla hacer lo que quisiera. Ninguno quería ser objeto de la ira de la pelirroja por error.
- Nos hemos conocido ya fuera, Molly. Se podría decir que su hija me ha caído del cielo. –explicó Blaise guiñándole un ojo a la regordeta señora.
- Caída del cielo, pero que cosas más maravillosas dices, Blaise. –la señora Weasley lo cogió del brazo.- Aun así, insisto en hacer una presentación formal.
- No…
- Tonterías. Ginny, cariño, hay aquí una persona a la que te quiero presentar. Tenéis muchas cosas en común.
Lentamente, Ginny se dio la vuelta para encontrarse cara a cara con su madre. Molly tenía una sonrisa radiante y esperanzadora en el rostro y a Ginny no le pasó desapercibida. Intentó concentrarse y odiar a su madre con todas sus fuerzas, pero se dio cuenta de que no podía.
- ¿Y qué es eso que tenemos en común, mamá? –preguntó apretando los dientes y manteniéndose en su sitio. No la odiaba, pero si que le sacaba de sus casillas.
- Que los dos sois solteros y sin compromiso. –soltó la señora Weasley con entusiasmo inusitado.- ¿Te parece poco?
Ginny se lo pensó unos segundos.
Uno…dos…tres…
Pensándolo bien, ¡si que podía odiarla! ¡La odiaba!
- Menuda noticia ¿no, mamá? Dos solteros coincidiendo el día de navidad en la casa de uno de ellos. –Ginny comenzó a hablar de manera grandilocuente.- ¿Te gusta como futuro yerno, mamá? ¿O prefieres al de ayer? Cedric se llamaba ¿no?
- ¿Se puede saber qué estás haciendo, Ginevra? –ahora fue el turno de la señora Weasley para hablar entre dientes.
- Haciéndome eco de que tu único deseo para conmigo pasa por buscarme al pretendiente perfecto. Así que me aseguro de que también sea de tu agrado. Creo que es muy considerado por mi parte, ¿no te parece?
- Ginny…
- Te vas superando con cada candidato, mamá. Blaise me parece más agradable de trato que Cedric. –y para corroborarlo, le pasó una mano por el cabello al susodicho.
- Haz el favor de comportarte y tener un poco de respeto por tu madre. –el regordeto rostro de la señora Weasley mostraba los primeros signos de la sofocación.
- Ten un poco de respeto tú por tu única hija. –los ojos de Ginny, esta vez si que estaban inyectados en sangre y rabia.
- Siempre te he respetado. Quisiste marcharte a Londres y no pusimos ninguna pega. Quisiste estudiar dibujo y arte y no pusimos ninguna pega, a pesar de que nosotros queríamos que fueras médico. Sigues teniendo por amigos a un conjunto de fracasados, locos, furcias y homosexuales, y no hemos puesto ninguna pega. ¿Por qué te comportas así ahora?
- Efectivamente esa es mi vida, mamá. Vivo en Londres, trabajo en lo que me gusta y mis amigos son maravillosos y leales, me quieren tal y como soy y no me presionan para que conozca a un hombre y me case con él.
- Pero es que tu vida no tiene porqué ser así. Yo no te traje al mundo para que lleves ese tipo de vida. –se impuso la señora Weasley.
- No, tú me trajiste al mundo para hacerme la vida imposible. Querías una niña para hacerla como tú; pues tal vez te habría ido mejor con un séptimo hijo varón y no conmigo.
- No sabes lo que estás diciendo, Ginevra.
- ¡¿Qué no se lo que estoy diciendo? –la pelirroja se rió amargamente.- Hace cuatro días me mandaste el vestido de boda de la bisabuela Prewett para que me hiciera reflexionar sobre mi soltería.
- Es que ya tienes casi 30 años. ¡Se te va a pasar el arroz!
- ¡Es que no hay ningún arroz que se pase, mamá!
- No digas tonterías. Las mujeres no somos como los hombres; no podemos tener hijos cuando queramos.
- Es que yo no quiero tener hijos. –declaró Ginny convencida.
- ¿Qué? –la señora Weasley se quedó estupefacta durante unos segundos.- No digas más tonterías, Ginny. ¡Todo el mundo quiere tener hijos!
- Yo no soy todo el mundo, mamá. ¿Cuándo te darás cuenta? –la pregunta de Ginny se asemejó más a un lamento.
- Solo dices eso porque no has encontrado al hombre adecuado.
- ¿Y si no hay hombre adecuado para mí?
- Nunca lo sabrás si no lo buscas.
- ¿Y si no quiero encontrarlo?
- ¡Claro que quieres encontrarlo! Todo el mundo quiere conocer al hombre de sus sueños. –dijo la señora Weasley con más convicción que nunca.
- ¿Y si hay personas que estamos destinadas a pasar por la vida sin conocer al hombre de nuestros sueños? –era una reflexión que Ginny llevaba haciéndose muchos años.
- Eso es totalmente ridículo.
- Piénsalo, mamá. No digas que es ridículo sin pensar. ¿Aceptarías que tu hija fuera una de esas personas? –Ginny tragó saliva mientras aguardaba a la respuesta de su madre. Había puesto las bases para una decisión que había postergado durante mucho tiempo. Notaba que se le estaba rompiendo el corazón y que el causante no era ningún hombre, sino su propia madre.
Mientras, en el rincón del recibidor donde estaban los hermanos Weasley junto a sus mujeres, la tensión era más que evidente. Habían observado cada acto en absoluto silencio, con sus propios corazones en un puño, debatiéndose entre la madre y la hermana, entre la razón y la locura. Todos sabían que la cosa estaba a punto de terminar muy mal.
- Necesitamos algo que distienda el ambiente. –pidió Percy.
- Pero… ¿qué? –preguntó Penélope.
- Pues estoy en blanco. –dijo Dora.
- Si, yo también. –afirmó Charlie.
- Ya se nos ocurrirá algo. –Fleur ofreció unas palabras esperanzadoras.
- No tenemos tiempo, cielo. –dijo Bill.
- ¿Alguna broma? –sugirió Fred mirando a su gemelo.
- Umm, no. –desechó Angelina.
- ¿Y si anunciamos que Bruno ha dicho su primera palabra? –propuso George.- Eso es algo alegre, bonito ¿no?
- Funcionaría si no fuera porque dijo su palabra hace dos meses y desde entonces no ha dejado de repetirla. –lo contradijo Angelina.
- Mierda.
Ron y Hermione, que habían estado callados en todo momento, se miraron a los ojos y después de respirar hondo, asintieron. De todas formas, pensaban anunciarlo ese día; y si servía para desviar un poco la atención y así bajar la tensión reinante…
- Hermione y yo puede que tengamos algo. –dijo Ron con cautela.
- ¿El qué? –preguntaron todos al unísono.
- Un anuncio. –fue la escueta respuesta de Hermione.
- ¿Funcionará? –tanteó Bill.
- No estamos seguros. En condiciones normales si, pero al punto al que han llegado las cosas… No lo se. –suspiró Hermione.- Pero es mejor que nada ¿no?
Perdidas en su propio drama, la señora Weasley y Ginny seguían mirándose fijamente la una a la otra.
- ¿Y bien, mamá?
- Ginny, tú no eres una de esas personas. Yo me aseguraré de que no sea así.
- ¿Cómo? ¿Concertándome citas con todos lo hombres solteros de Inglaterra?
- Si, si es necesario.
- Lo siento, mamá. –Ginny se dio la vuelta y caminó hasta el ropero para coger su bolso y la bufanda.
- ¿Qué? ¿Dónde vas, Ginevra? –la señora Weasley, por fin, mostraba algo de nerviosismo por lo que pudiera hacer su hija.
- Lejos de aquí, lejos de ti. Ahora mismo no pudo estar en el mismo sitio que tú. –dijo Ginny con la mano en el pomo de la puerta.
- Pero si es navidad. Es un día para estar en familia y…
- Feliz navidad, mamá. –la pelirroja le dedicó una triste sonrisa a su progenitora, abrió la puerta y salió.
- Ginny…Ginny…
- Ahora, vamos. Decid lo que habíais preparado. –azuzó Fred.
- No, hoy no es el día para decirlo. –se apresuro a decir Hermione.- Hoy es un día triste.
La castaña se metió en la cocina y en segundos fue seguida por su esposo. La señora Weasley caminó hacia la puerta y vio como su hija buscaba su coche. Cogió un pañuelo cualquiera del perchero, se lo echó a los hombros y salió al porche.
- Ginny… Ginny…no puedes irte.
- Me voy, mamá.
- ¿Dónde vas a ir?
- Eso no me importa, siempre y cuando no estés tú.
- ¿Por qué eres tan dura conmigo?
La pelirroja se detuvo en seco.
- ¿Qué yo soy dura contigo? ¿Sabes por qué me fui a vivir a Londres? Porque quería alejarme de ti y respirar. Igual que ahora.
- Yo solo…lo único que siempre he pretendido…es que seas feliz. –dijo la señora Weasley afectada.
- ¡Pues déjame vivir mi vida como me de la gana, mamá! ¡Coño!
- ¿Cómo puedes ser feliz llevando la vida que llevas? –siguió insistiendo la señora Weasley.- No tienes a nadie que cuide de ti.
- Se cuidarme sola perfectamente; no necesito a nadie a mi lado. –terminó de decir Ginny y se subió a su coche. Tenía calor por el sofoco y el enfado. Pero no era un enfado que la pusiera triste, sino más bien era una resignación silenciosa.
Ginny puso el coche en marcha ante la clara pasividad de su madre y del resto de su familia. No culpaba a sus hermanos y cuñadas por querer mantenerse al margen y celebrar una navidad en familia y armonía. Pero eso solo ocasionó que la pelirroja se sintiera más sola aun. Mientras dejaba atrás el camino de grava y la granja se iba haciendo cada vez más pequeña, Ginny pensó que no volvería.
No quería volver.
Agarró el volante del coche con más fuerza de la necesaria, tiñendo los puños de blanco y marcando las venas. Había sido un suicidio pasar las navidades en la granja después de la declaración previa de intenciones que escondía su madre. Bueno, no la escondía, y eso era lo peor de todo. Desde la llegada del paquete con el vestido de boda de la bisabuela Ethelia, la vida de Ginny estaba avocada a caer en picado esa navidad. Ni el esfuerzo más titánico, ni presentarse con Dean fingiendo ser su pareja, habrían frenado a su madre.
La realidad de Molly Weasley era que en ocho meses, tendría una hija de 30 años soltera y sin compromiso. Y eso la consumía por dentro. Al más puro estilo señora Bennett, Molly había resuelto casar a su hija como fuera.
Tan solo había olvidado tener en cuenta un pequeño factor: la propia Ginny.
Ya desde pequeña, la pelirroja se había esforzado por diferenciarse de su madre. Nunca habían compartido gustos, ni opiniones, ni confidencias. Lo único que compartían, y todos los hombres de la familia evitaban, era el genio. Las dos eran mujeres de armas tomar que hacían lo que les venía en gana. El señor Weasley tenía clara la razón por la que chocaban tanto: en el fondo, eran iguales.
Y Ginny seguía alejándose.
Para calmarse un poco los nervios, puso la radio y sintonizó su emisora favorita. Cogió los últimos acordes de uno de los éxitos actuales y se dejó llevar por la banalidad del momento. Era mejor que pensar que acababa de defraudar a su madre una vez más. Defraudar a sus padres era una carga que siempre llevaban los hijos, ya sea de manera consciente o inconsciente. Aunque en el caso de Ginny se había convertido en una bombona de oxígeno acoplada a la espalda. Ya era hora de que se deshiciera de ella.
La pelirroja no tenía ningún problema con su vida tal y como era. En cierto modo, había desnudado su corazón en el recibidor momentos antes. Nunca había creído que encontraría al hombre de sus sueños y seria feliz de una manera convencional. Justo lo que le reclamaba su madre. Porque en opinión de Molly, si no lo había logrado aun era por culpa de la propia Ginny. Si no fuera porque estaba metida, emocionalmente hasta el fondo, se habría reído un rato. Era algo ridículo para cualquier persona con dos dedos de frente. Ginny era feliz. "Soy feliz", se repetía una y otra vez a si misma. "Soy feliz con mi vida, mi trabajo, mis amigos, mi apartamento…"
¿Por qué su madre no podía aceptarlo?
Cambió de dial la radio, a ver si escuchaba algo más animado; algo que alejara sus pensamiento de lo que había pasado en la granja. Pero como si fuera una señal de la providencia, comenzaron los primeros y pegadizos acordes de una canción de Jennifer Lopez. Ginny no sabía si reír o llorar. Parecía que de verdad había alguien allí arriba observándola. Porque el título de la canción no era otro que "What is love?"
Eso mismo se preguntaba ella: ¿Qué era el amor al fin y al cabo?
Una ilusión perfecta y maravillosa creada por las novelas románticas y las leyendas medievales.
Había que ser realista.
Ginny Weasley no iba a encontrar al hombre de sus sueños de una manera casual. Como un tropiezo en medio de la calle, una mirada en una fiesta rodeados de gente o…
Miró a su alrededor; estaba en medio de la nada. Una carretera sinuosa con prados y abetos teñidos de blanco por la nieve a ambos lados de la carretera.
¿Cómo iba a encontrar al hombre de sus sueños en medio de la nada?
"Ya estás divagando otra vez, Ginevra. ¿Por qué piensas tanto en conocer al hombre de tus sueños si no crees que exista?"–se preguntó mentalmente.
- Pero es que sería tan maravilloso si existiera…-suspiró.- Podría darle con un canto en los dientes a mamá.
"Pero tu estás bien sola, ¿no?"–ahora hablaba la voz de su conciencia, que se parecía demasiado a Hermione.- "Tienes una vida fantástica."
- La tengo, la tengo. –reconoció la pelirroja.- Pero siempre se quiere algo más. No quiero casarme, pero si tener a alguien al que abrazarme.
"Entonces si que quieres una relación", afirmó su conciencia de nuevo.
- Bueno, eso es ir demasiado deprisa, ¿no crees?
"Yo no pienso. Solo estoy aquí para tratar de abrir una brecha en tus inseguridades."
- Yo no tengo inseguridades. –negó Ginny tajantemente.
"¿Ah no? ¿Qué harías tu si te encontraras a un hombre guapo ahora mismo?"
- ¿Aquí, ahora? Buff, seguramente nada. –y tras unos segundos añadió.- Pero no es porque tenga ninguna inseguridad ni nada de eso. Aun estoy demasiado afectada por lo ocurrido con mamá, eso es todo.
"¿Estás segura de que no es ninguna excusa?"
- Claro que no.
"A lo mejor tienes miedo de enamorarte de verdad. ¿No has pensado en eso?"
- Claro que he pensado en eso. Pero el enamorarme no forma parte de mi, eso lo dejo para el resto del mundo.
"¿Entonces renunciarías a conocer al hombre de tus sueños porque enamorarte no forma parte de ti?"
- No se adonde quieres llegar con esta conversación. –Ginny frunció el ceño y agarró con más fuerza el volante.
"A que dejas pasar las oportunidades que te brinda el destino."
- Eso no es cierto. Pero no voy a permitir que la persona que trace mi destino sea mi madre.
"Dejaste pasar a Cedric. Que vale, si, era un gilipollas. Pero… ¿y Blaise? Ni siquiera lo conoces. Y parece buena persona."
- Elegida por mi madre. –interrumpió Ginny a su conciencia.
"Parece que no nos vamos a poner de acuerdo."
- Obvio, si sigues pensando de ese modo…-Ginny se encogió de hombros.
"Tal vez sea mejor que me retire antes de que atropelles a ese hombre. Recuerda que cualquiera puede ser el hombre de tus sueños."
- El hombre de mis sueños es Hugo Jackman, y no creo que haya venido de la soleada Australia para… ¡Un momento! –Ginny abrió muchísimo sus ojos color chocolate y se le puso la voz chillona al hablar.- ¿Has dicho que iba a atropellar a un hombre?
Pero su conciencia ya se había retirado y no contestó.
- ¡Oh, Dios mío! Frena, frena, frena, Ginevra. –se dijo a si misma.
Al girar la curva lo vio emerger de entre la neblina blanca. Iba con la cabeza gacha y agarrándose el cuerpo con las manos para conservar el calor. Ginny iba a demasiada velocidad como para frenar a tiempo. Y el hombre parecía no haberla visto.
- Mierda, mierda, mierda. –Ginny apretó el claxon repetidas veces, pero el hombre seguía caminando en su dirección.- ¿Es que no me ve? ¡Aparta, hombre! ¡Aparta!
Como último recurso, la pelirroja se vio obligada a dar un volantazo que hizo rechinar las ruedas del coche contra el asfalto helado. Resbalando y dando tres vueltas circulares, el coche finalmente quedó parado, atravesado en medio de la desierta carretera. Ginny estaba tan pálida como la nieve que se amontonaba por doquier. Tardó un par de minutos en reaccionar y darse cuenta de que el hombre ya no estaba. "Dios mío, lo he atropellado", pensó. Se quitó el cinturón de seguridad y salió a trompicones del coche. Hacia mucho frío, pero no iba a pararse a ponerse el abrigo.
Rodeó el coche y halló al hombre tirado en el suelo, cerca de la parte trasera del coche. ¿Y si le había golpeado al efectuar el volantazo? Era la primera vez que tenía un accidente y no sabía qué hacer. Corrió a arrodillarse al lado del hombre. Respiraba, menos mal. Ginny volvió a respirar ella misma. Pero su alivio se vio ensombrecido al ver los restos de sangre seca y húmeda, de los dos tipos, alrededor del cuello de la camisa del hombre. ¡Estaba herido!
- Ehh… ¿hola? ¿Puedes oírme? –preguntó al hombre dándole unas palmaditas en las mejillas.
Para sorpresa de la pelirroja, el hombre abrió los ojos y la miró.
- Centro…comercial. –susurró el desconocido que pronto volvió a internarse en un mar de inconsciencia. Sus ojos verde esmeralda parecían sumamente cansados.
Sin embargo, esos segundos bastaron para que Ginny apreciara lo apuesto que era.
- ¿Centro comercial? ¿Quieres ir a un centro comercial? –inquirió preocupada y confundida.- Pero si te acabo de atropellar. No puede ser que estés pensando en hacer las últimas compras de navidad. Además, hoy es navidad y ya está todo cerrado. Ehh…oye…oye…hombre guapo y desconocido… -él había vuelto a perder el conocimiento.- ¿Hola? ¡Mierda! ¡Mierda! Genial, Ginny. El único hombre apuesto en 30 kilómetros a la redonda, que no conoce a tu madre (por favor, que así sea) y vas y lo atropellas.
¿Y si acababa de conocer y atropellar al hombre de sus sueños?
¿A eso se refería su conciencia con el destino?
