Capítulo 4: Brumas de inquietud.
En la sala de espera del hospital San Mungo, Ginny miraba por la ventana. Estaba nerviosa y no paraba de restregarse las manos en el regazo. Aun no sabía cómo había levantado al desconocido, introducido en su coche y traído al hospital. Pero era lo único que se le había ocurrido, que se había abierto paso en su confundida mente. Hacia cuarenta y cinco minutos que estaba allí y nadie salía para informarla. El hecho de que no conociera al hombre era irrelevante para ella. Tenía que saber que estaba bien, que se recuperaría.
Después de la incoherente petición de ir a un centro comercia, el desconocido no había vuelto a recuperar el conocimiento. El golpe que tenía en la cabeza sangraba profusamente al principio; Ginny estaba segura de no habérselo producido ella. ¿Pero entonces como se lo había hecho? ¿Cuándo? La única explicación plausible era que hubiera tenido un accidente en la zona. Eso explicaría su desorientación y el qué hacia caminando por allí el día de navidad.
Sin embargo, todas las preguntas deberían esperar.
El hospital regional era pequeño y tranquilo, y a Ginny le trajo recuerdos de su niñez. Algunos agradables, otros no tantos. La voz de su conciencia estaba inusualmente callada. Aparte de ella, en la sala de espera había un matrimonio joven con su hijo pequeño, un señor mayor con los ojos cerrados y tres adolescentes riendo y recordando lo que había sucedido la noche anterior. Ginny tenía el estómago revuelto y se sentía fuera de lugar. Pero al mismo tiempo, era esa necesidad de saber que el hombre se pondría bien la que la retenía allí.
Ahora los motivos de la discusión con su madre le parecían tontos y ridículos. Estaba claro que cada una tenía una visión de la vida, nunca se pondrían de acuerdo, pero no por eso tenían que hacer un drama.
Los pensamientos de Ginny volvieron momentáneamente al desconocido. Pasada la adrenalina del momento, evocó su aspecto en su mente. Era un hombre alto y atractivo, con el cabello negro y barba de tres días. Eso último le confería un toque sexy. Pero realmente lo que le había quedado grabado era el color de sus ojos. Nunca había visto un verde esmeralda tan intenso, y eso que por el accidente carecían de brillo. Decidió que en estado normal era todo un rompecorazones. Ninguna mujer podría resistírsele. Y su voz era ronca, honda y masculina, como el rugido de un león.
Perfectamente podría haber sido el hombre de sus sueños, ese que con tanta insistencia negaba que existiera.
Al fin y al cabo, Hugh Jackman era una ilusión platónica.
Pero el desconocido era de carne y hueso. Lo había tenido en sus brazos, había tocado casi todas las partes de su cuerpo, en pos de subirlo al coche. Debajo del abrigo de tela negro y el traje de ciudad, había un hombre fornido y en plena forma.
"¿Pero qué estás pensando, Ginevra? Estás en un hospital, ni siquiera conoces a ese hombre. ¿Y ya estás fantaseando con él? Un poquito de decoro, por favor", le recordó, por fin la voz de su conciencia.
Miró el reloj de pulsera y vio que eran casi las dos de la tarde del día de navidad. Su familia estaría sentada a la mesa, sin ella, y disfrutando de un magnífico ágape. Porque si una cosa era cierta, era que Molly Weasley era una excelente cocinera. Y ese pensamiento hacia su familia la entristeció. Se suponía que ese día no era para estar sola como ella estaba en esos momentos. Se abrazó a si misma y recostó la espalda y la cabeza contra la pared.
El sonido de su teléfono móvil la sobresaltó y corrió a buscarlo dentro de su bolso. Como se suponía que dentro del hospital los móviles tendrían que estar apagados, se disculpó con las otras personas que estaban en la sala de espera. Al mirar la pantallita azul, se sorprendió. ¿Qué hacia Luna llamándola? ¿Habría pasado algo? ¿Estaría bien? Echaba de menos a su excéntrica amiga. Descolgó el teléfono mientras iba hacia la entrada del hospital.
- Luna, ¿estás bien? –preguntó a bocajarro.
- Ah, hola, Ginny. –desde el otro lado de la línea llegó la voz cantarina de la rubia.
- Luna…
- Claro que estoy bien. ¿Por qué no habría de estarlo? Los planetas están alineados de forma favorable para los de mi signo. Todo lo contrario se puede decir del pobre Neville, pero…
- Luna, me has preocupado. –la interrumpió Ginny.
- Ay, pues no era mi intención, Gin. Es que estoy echando las cartas con mi baraja especial, ya sabes, esa que me compré en La India y que todo el mundo me pide pero yo no la presto nunca. Esa que tiene los dibujos hechos a mano y…
- Si, Luna, ya sé que baraja es. –dijo la pelirroja con paciencia.
- ¿Ah, ya sabes cual es? ¡Perfecto!
- Luna…
- Pues eso, estaba yo con mi baraja de cartas del tarot de La India cuando me he acordado de ti.
- Que amable eres. –sonrió Ginny.
- No, cariño. No lo hago porque sea amable, sino porque soy tu amiga,
- Bueno, pero…
- El caso es que he visto algo muy interesante y me he dicho que tenía que llamarte. Esta última semana del año va a estar llena de altibajos para ti.
- No me digas. –dijo Ginny pensando en lo que ya había pasado.
- Si te digo, cielo. Mis cartas de La India nunca me fallan. –Luna había adoptado el tono más serio del que era capaz.
- Lo se, cariño. ¿Qué más has visto? –Ginny nunca había creído en esas cosas pero las toleraba y le seguía juego por la propia Luna.
- Vas a conocer al hombre de tus sueños, ese al que hace tantos años que esperas.
- ¿Al fin voy a conocer a Hugh Jackman? –saltó con su comodín de siempre.
- No, tonta. Será un hombre de carne y hueso.
- Luna, Hugh Jackman es un hombre de carne y hueso.
- Pobrecita. Eso es lo que nos quieren hacer creer, pero en realidad es un lobo con corazón humano. Vi como se transformaba en directo. Además, las cartas me…
- Bueno, da igual. Dejemos a Hugh. ¿Cómo es el hombre de mis sueños? ¿Cómo lo reconoceré? –Ginny había recuperado el buen humor gracias a su amiga.
- Pues alto y moreno.
- Como Hugh.
- No como Hugh. Pero su nombre también empieza por "H". ayer hice una sesión de guija especialmente consagrada al amor y el tablero me dijo eso cuando le pregunté por ti. Ah, y después marcó una "P" y se detuvo.
- ¿HP? Nadie se llama así, Lunny.
- Eso es lo que me dijo.
- Está bien, lo tendré en cuenta. –dijo Ginny, aunque ya se había olvidado de qué letras eran.- ¿Algo que deba saber sobre ese hombre? ¿Algo más?
- Él te encontrará a ti.
- Pues que bien.
- Ah, y vas a tener un accidente de coche antes de que termine el año.
- ¡Luna! ¿Cómo me puedes decir eso?
- Yo no lo digo, Gin. Yo solo transmito lo que me dicen las cartas: que vas a conocer al hombre de tus sueños y vas a tener un accidente con el coche. Y todo antes de que termine el año.
- Perfecto. Voy a morir habiendo conocido al hombre de mi vida pero sin casarme con él. No se si eso servirá de consuelo para mi madre.
- Si quieres se lo puedo preguntar a las cartas.
- No, tranquila. No será necesario.
- Bueno.
- Oye, Lunny, tengo que dejarte. –dijo Ginny al ver que el médico que había atendido al desconocido se acercaba a ella.- Feliz navidad. Te quiero, cielo.
- Feliz navidad, Gin. Y ten cuidado; las cartas me advierten de numerosos peligros contra ti.
- Lo tendré, adiós. –cerró el teléfono y lo guardó de nuevo en el bolso. Caminó de regreso hacia el interior de la sala de espera del hospital y se plantó delante del médico.
- ¿Es usted familiar del doctor? –el médico era un hombre de mediana edad, con el cabello negro y una característica nariz ganchuda. Llevaba una plaquita con su nombre: Dr. Severus Snape.
- Perdone, ¿ha dicho doctor? –Ginny estaba algo confudida.
- Si; el hombre que ha traído es médico. Lo vimos en la documentación. –leyó la carpeta que traía en una mano.- Harry James Potter. Doctor en cirugía por la universidad de Cambridge, facultad de medicina. Trabaja en el Royal Hospital de Londres. Nacido el 31 de julio de 1980.
- Vaya, no sabía nada.
- Ya me doy cuenta. –el doctor era sumamente serio y daba la impresión de que estaba cabreado con el mundo.- Sin embargo, lo ha traído usted al hospital.
- Lo he explicado al llegar. Yo iba en mi coche y él salió de la nada. Frené y giré el volante, pero cuando bajé del coche él estaba tirado en el suelo y le salía sangre de la cabeza. –Ginny respiró hondo.- No era mi intención atropellarlo, ni a él ni a nadie, pero no pude esquivarlo. Yo…me asusté mucho cuando vi que sangraba y lo traje aquí con urgencia.
- El señor Potter ya nos lo ha explicado todo.
- ¿Está consciente?
- Así es, aunque un poco desorientado. –contestó el doctor Snape, que no ocultó su fastidio porque Ginny lo hubiera interrumpido.- Al parecer, fue él mismo quien tuvo un accidente con su propio coche y se golpeó en la cabeza, de ahí la herida y la sangre.
- Pero no vi ningún coche en la carretera de camino aquí.
- Pues estará en otro sitio. –dijo el doctor secamente.
- Tendrá que estar. –aseveró Ginny.
- El señor Potter recibirá el alta dentro de dos horas, pues quiero tenerlo en observación ese período. ¿Es usted de por aquí?
- Si, no, si. –Ginny se aclaró la garganta.- Quiero decir que si, pero no vivo aquí. Mis padres tienen una granja a las afueras del pueblo. Yo solo he venido a pasar las fiestas navideñas.
"¿Por qué le estoy contando todo esto?", se preguntó la pelirroja.
- Perfecto. El señor Potter recibirá el alta y necesitará tranquilidad y comodidad durante al menos un par de días. Pase a buscarlo dentro de dos horas. –el doctor Snape se dio la vuelta para marcharse.
- Un momento. ¿Pretende que me lo lleve dos días a casa de mis padres?
- Usted lo ha traído y lo ha atropellado.
- ¿Qué…? Pero si acaba de decir que tuvo el accidente con su coche.
- Puede hacerse cargo de él o no.
- Si, pero… ¡no le conozco!
- Está en la habitación 021, pase a verlo y conózcalo. –dijo el doctor Snape y se marchó a un área restringida.
Ginny se quedó estupefacta en la sala de espera. ¿Ahora se tenía que hacer cargo de un desconocido?
A pesar de su enfado para con el doctor Snape y su forma de tratar a las personas, la pelirroja se encaminó hacia la habitación donde estaba su desconocido particular. La curiosidad le podía más que cualquier otra cosa. No se molestó en arreglarse el cabello o el maquillaje, aunque si se atusó un poco la ropa, que se había arrugado durante el esfuerzo. Llamó a la puerta 021, que se encontraba en el mismo pasillo por el que había desaparecido el doctor Snape. Ginny esperó la respuesta, pero nadie contestó. Picó con los nudillos una segunda vez, sin suerte tampoco. Así que se decidió a abrir sin más. Total, lo más seguro era que estuviera dormido.
Estaba tan convencida de que lo hallaría durmiendo en la cama, que al no verlo pensó que el doctor Snape se había equivocado de habitación. Tampoco es que tuviera una dolencia que le impidiera salir de la cama, pero Ginny pensaba que, de ser así, era muy precipitado. Volteó la cabeza hacia un lado y a otro buscando el rostro del posible paciente. ¡Que extraño!, pensó. Reconocía la ropa que había sobre la cómoda blanca; era cara y de ciudad. ¿Dónde se había metido su misterioso hombre? La habitación no era muy grande y…
Ginny abrió los ojos de golpe.
"¡Claro! Tiene que estar en el baño.", se dijo contenta con su resolución. Aunque enseguida la asaltaron las dudas. ¿Y si el golpe de la cabeza había hecho que se desmayara en el suelo del cuarto de baño?
Señor… ¿podía tener ella tan mala suerte?
Cerró la puerta de la habitación y caminó de puntillas hacia el cuarto de baño privado. Había luz que se colaba por la rendija de la puerta. Así que estaba dentro. Al igual que había hecho antes, Ginny llamó con los nudillos sobre la madera blanca. Y al igual que antes, su respuesta fue el silencio. Se apartó unos centímetros para tomar aire. El desconocido no contestaba, y ella estaba segura de que estaba dentro. Era imperativo que abriera la puerta e intentara reanimarlo si aun tenía posibilidades.
Ginny no lo pensó más y abrió la puerta muerta de miedo. Si estaba tirado en el suelo gritaría, si estaba inconsciente gritaría, si estaba…
¡Pero no estaba en el suelo, ni inconsciente, ni nada de nada!
¡Estaba orinando!
Y desde donde estaba parada Ginny con los ojos abiertos de par en par, tenía una excelente visión de su culo desnudo.
- ¡¿Se puede saber qué está haciendo? ¿Es así como tratan a los pacientes aquí? ¿No ve que está ocupado? –la voz del hombre era airada y sus ojos verdes estaban puestos directamente en el rostro de Ginny.
Pero Ginny no era capaz de ver más allá de su trasero firme, redondeado y perfecto. El hombre maldijo en voz alta los camisones de hospital, pero no cambió su postura hasta que no hubo terminado. Se volteó ya del todo para mirar a la pelirroja, que se había quedado muda.
- ¿Es que las enfermeras de este hospital no tienen otra cosa que hacer más que espiar a sus pacientes? –siguió hablando el hombre mientras se lavaba las manos y tiraba de la cadena.
El sonido del agua trajo de vuelta a Ginny, que parpadeó varias veces.
- No soy enfermera. –dijo al fin.
- ¿Enserio? –el hombre pasó por su lado; era alto, al menos veinte centímetros más que ella.- ¿Entonces es una mirona sin más?
- Tampoco soy una mirona. –dijo Ginny recobrando su orgullo. El hombre se acomodó en la camilla, aunque parecía no encontrar la postura correcta.
- Pues entonces ¿qué es? ¿Vendedora de libros, Biblias o enciclopedias? ¿De la compañía de seguros? ¿Recepcionista? ¿Psiquiatra? ¿Psicóloga?
- Ni psiquiatra ni psicóloga, aunque no le vendría mal uno. Tampoco vendo nada ni represento nada ni soy recepcionista. –Ginny se cruzó de brazos delante de él.
- Pues no lo entiendo. –el hombre se cruzó de brazos también.
- Está acostumbrado a tenerlo todo bajo control ¿verdad? –una sonrisa asomó a los labios de la pelirroja.- Me han dicho que es médico. Apuesto a que tampoco está acostumbrado a ser el paciente.
- Mire, si es usted un payaso del área de pediatría que ha venido a tomarme el pelo, que sepa que no estoy de humor. –hizo una mueca de dolor.- He tenido un accidente de coche y me duele la cabeza horrores.
- Ya sé que acaba de tener un accidente. –a Ginny le gustó verlo gruñón y el brillo de sus ojos verdes cada vez que le hablaba.- Y tampoco soy un payaso del área de pediatría.
- ¿Quién coño es usted entonces? Pienso llamar a seguridad.
- Bonita forma de darle las gracias a su salvadora y pronto cuidadora.
- ¿Cómo dice? –el hombre se incorporó un poco en la camilla.
- Yo lo encontré en la carretera; cayó justo delante de mi coche y pensé que lo había atropellado. Lo traje aquí, al hospital. –Ginny se apoyó en la pared de la derecha.- Le darán el alta en un par de horas.
- ¿Por qué no me lo ha dicho antes? –el tono de voz del hombre cambió a más amistoso y cálido.
- Bueno, nada más verme ha comenzado a hacerme preguntas estúpidas.
- Usted ha entrado al cuarto de baño cuando estaba yo. –le acusó él.
- No he entrado, solo he abierto la puerta y me he encontrado con su trasero. –Ginny no pudo evitar sonrojarse.
- ¿Y ha sido culpa mía?
- Pues si. He estado llamando y nadie ha contestado.
- Lo siento. No la he oído.
- No pasa nada. Reconozco que yo tendría que haber esperado a que saliera. Pero pensé que podría haberse desmayado y caído al suelo. Ya sabe, por el golpe de la cabeza. Y me preocupé. –el sonrojo ahora era más visible en las mejillas de Ginny.
- Se preocupó por mí. ¿Por qué? –preguntó el hombre con una extraña curiosidad.- Quiero decir que no me conoce de nada. ¿Por qué habría de preocuparse por mí?
- ¿Y por qué no? Mire, ha tenido un accidente de coche y yo lo he traído al hospital. –luego, entrecerrando los ojos, añadió.- No está acostumbrado a que la gente se preocupe por usted ¿no?
- Pues…no. Soy una persona muy solitaria. –admitió el hombre. Carraspeó y alargó una mano.- Me llamo Harry Potter, gracias por traerme aquí.
- De nada, Harry. –dijo ella estrechando su mano y notando algo parecido a una descarga eléctrica.- Yo soy Ginny Weasley.
- ¿Así que voy a tener que estar aquí otras dos horas? –el tono de voz de Harry era de fastidio y provocó que la pelirroja riera quedamente.
- Eso es lo que ha dicho el médico. –esperó unos segundos y volvió a hablar.- ¿Así que es cierto que los médicos sois los peores pacientes?
- ¿Cómo sabe…?
- El doctor Snape lo mencionó. –acotó Ginny.
- Ah. Pues supongo que tienes razón, no estamos acostumbrados a que nos cuiden, sino a cuidar nosotros de los demás.
- ¿Y qué hacías por aquí el día de navidad? –Ginny se sentó en la silla que había junto a la cama bajo la atenta mirada del moreno.- Quiero decir, ¿no deberías de estar con tu familia?
- No tengo familia. Las carreteras suelen estar vacías y me gusta conducir a mis anchas.
- Pues tuviste un accidente.
- Se me cruzó un ciervo en el camino. ¡Es verdad! –añadió al escuchar la risita de ella.- Eso me pasa por ser miembro de Greenpeace.
- Eres algo extraño, Harry. –afirmó la pelirroja.- Vistes ropa cara y de ciudad, trabajas como cirujano en uno de los mejores hospitales de Londres y eres miembro de Greenpeace.
- Ey, eso tampoco es tan extraño. –Harry se encogió de hombros.- Al fin y al cabo, la organización está llena de pijos y niños de papá que no tienen otra cosa que hacer en la vida. Mucho reivindicar pero luego se marchan a su casa en Ferraris y Lexus.
- Bonita forma de promocionarla. Así no te saldrán muchos adeptos.
- No critico a la organización ni sus metas, sino a la mayoría de sus miembros. –aclaró el moreno.
- Es una forma de verlo. –dijo Ginny poniendo las manos en su regazo. Se sentía muy a gusto al lado de ese hombre que acababa de conocer. De pronto, la idea de alojarlo en su casa durante un par de días no se le presentó tan descabellada. ¡Era de Greenpeace!, pensó y sonrió.
- ¿Por qué sonríes? –preguntó Harry intrigado. Estaba sorprendido de mostrarse tan comunicativo, pues normalmente rehuía el contacto con la gente. Tal y como había dicho al principio, él era un solitario.
- Por nada. Es que no me había imaginado terminar el día de navidad en la habitación de un hospital sentada con un extraño. –sus ojos se ensombrecieron de manera que parecían dos esferas negras.
- ¿Problemas familiares?
- ¿Lo llevo pintado en la cara?
- No, solo ha sido una intuición.
- Pues ha sido muy buena. –suspiró y respiró hondo.- Se que no me vas a entender y que lo que voy a decir te parecerá una aberración, pero…a veces desearía no tener familia. Ser una solitaria, como tú.
- Tienes razón, no lo entiendo. Yo me he pasado toda mi vida anhelando el amor de una familia. –ahora fue Harry quien respiró hondo.- Pero no soy nadie para juzgarte; seguro que a tu modo de ver tienes tus razones.
- Las tengo, si. –aseveró Ginny.
- Que no te entienda no significa que no te pueda comprender.
- Buff, es una historia muy larga.
- Tengo dos horas libres. –Harry le ofreció una pequeña sonrisa a modo de consuelo.
- Soy la pequeña de siete hermanos, la única chica y la única soltera. Y en agosto cumpliré treinta años; por supuesto, no tengo novio ni nada que se le parezca en este momento.
- Ya entiendo.
- ¿Si? –Ginny enarcó una ceja.
- Sufres el síndrome de Bridget Jones. Siendo tú más guapa y brillante que ella, por cierto.
- Gracias. –contestó la pelirroja complacida.- Mi problema, básicamente, se resume en una persona: mi madre.
Durante la siguiente media hora, Ginny procedió a contarle a Harry todo lo que había ocurrido en su vida desde que tres días antes recibiera el vestido de boda de su bisabuela con la correspondiente nota recordatoria de su madre. El moreno se mostró divertido, incrédulo y consternado por momento. Y así, repasándolo con él, Ginny fue encontrado la gracia que en realidad tenía el asunto si lo mirabas con perspectiva. Claro que cuando eres la protagonista… Aun se sorprendía de hasta qué punto podía llegar su madre con tal de verla casada.
Narró a Harry las "citas" con Cedric y Blaise, antiguos amigos y compañeros de sus hermanos, y como había intentado salir indemne del asunto. Pero la soga de Molly Weasley no aflojaba y Ginny había acabado por asfixiarse. El moreno lamentó mucho la discusión que había precedido a su encuentro, y en su interior se dio cuenta de que estaba enfadado con Molly, por como había tratado a su hija. Había que ser un imbécil para no ver el daño que le producía a Ginny las palabras de su madre.
No conseguía compartir con ella su deseo de no tener familia y estar sola, pero si que ahora la entendía y comprendía. Y así se lo dijo cuando la pelirroja terminó de contar su vida familiar.
- No te ofendas, pero tu madre es digna de un personaje de novela.
- No me ofendo, tranquilo. Hay veces en que la realidad supera la ficción.
- ¿Por qué dejas que te afecte? Ya sé que es tu madre, pero…también es tu vida.
- No conoces a mi madre…aún.
- ¿Aún? –Harry frunció el ceño.
- Si, se me había olvidado. El doctor Snape dijo que necesitabas descansar durante un par de días al salir de aquí. Quiere asegurarse de que no tienes ningún traumatismo.
- No tengo ningún traumatismo. –confirmó el doctor Potter con indignación.- Sé perfectamente detectarme un traumatismo.
- Bueno, yo…
- De todas formas, no puedo seguir abusando de tu hospitalidad. Buscaré un hotel en la zona y me quedaré allí.
- No hay hoteles por aquí. Como mucho encontrarás una pensión; pero siendo navidad…habrán cerrado hoy.
- No estarás hablando en serio ¿no?
- Hablo muy enserio. –Ginny se levantó y apoyó la cadera al final de la cama.- No tienes otra opción, Potter.
- ¡Pero si no me conoces! Podría ser un psicópata o un asesino o…o…
- ¿Eres un asesino? –preguntó ella con paciencia.
- No.
- Tampoco eres un psicópata porque ya tengo uno particular en mi casa de Londres y no te pareces en nada a él.
- Eh…Pero…
- Así que ya está.
- Ginny…
- Aun nos queda una hora y ya estoy cansada de hablar de mí. –se sentó en la cama.- Háblame de ti, Potter.
- Esto no funciona así, Ginny. –Harry la miró con sus profundos ojos verdes.- No quiero molestarte ni a ti ni a tu familia. Es navidad, deberías de estar allí con ellos en vez de aquí conmigo. Somos dos desconocidos que no tenemos nada en común. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mi, pero…
- Estoy segura de que ese truco te ha servido con mucha gente, la mayoría mujeres, no me equivoco. –se cruzó de brazos y le sostuvo la mirada.- Pero yo no soy como todo el mundo; creí que había quedado claro tras mi relato de hija rebelde. Conmigo no sirve, Potter.
- Ginny…
- Voy a salir unos minutos a buscar una taza de té caliente. De paso le preguntaré unas cosas al doctor Snape. –se levantó y le dio un golpecito en la pierna.- Cuando vuelva no quiero más tonterías de niño pequeño.
Ginny salió de la habitación dejando a Harry con la palabra en la boca. Había sido agradable hablar con él, sentirse escuchada y en cierto modo comprendida. Miró su reloj de pulsera: estaban a punto de dar las tres de la tarde. La mayoría de la gente estaría reposando la comida y compartiendo anécdotas familiares. Sintió que se le formaba un nudo en el estómago y volvió a sentirse más sola que nunca. Pero ese sentimiento le duró muy poco; no iba a permitírselo. Se recordó que en la habitación 021 la esperaba un hombre apuesto y sensato, y que no tenía nada que ver con su madre.
¿Y si las cartas tenían razón y había encontrado al hombre de sus sueños?
- Pero ¿qué estás pensando, Ginevra? Pasas demasiado tiempo con Luna. –se dijo mientras desechaba la idea.- Además, no ha habido ninguna de las señales habituales.
"Claro, como estás acostumbrada a conocer al hombre de tus sueños todos los días…", habló de nuevo la voz de su conciencia.
- Oh, cállate de una vez. –contestó la pelirroja de forma despectiva.- Ni que fuera Hugh Jackman; no se le parece en nada.
Habló con el doctor Snape, que se mostró algo menos hosco que antes, aunque mantuvo el gesto adusto en todo momento. Las pruebas de Harry habían salido bien, la hemorragia se había detenido y no se había formado ningún coagulo. Ginny también preguntó cuando se lo podía llevar a casa, y se sintió extraña al decirlo. Harry no era nada suyo pero…en fin. El doctor Snape le dijo que antes de marcharse, la enfermera Rita les entregaría unas pastillas que el moreno habría de tomar. Le durarían un par de días, hasta que se volvieran a ver.
- ¿Ya se han conocido? –preguntó el doctor Snape cuando estaba a punto de marcharse.
- Un poco. –fue la escueta respuesta de la pelirroja.- No quería meter en mi casa a un desconocido. –añadió mordiéndose el labio inferior.
- Técnicamente aun es un desconocido.
- Pero sé que no es un psicópata, un asesino o un ladrón. –insistió Ginny.
- Algo es algo. Buena suerte, señorita Weasley. –dijo el doctor Snape y se marchó de nuevo por el mismo pasillo que la vez anterior.
Ginny se quedó unos minutos a solas, apoyada contra la pared de la sala de espera de urgencias. A pesar de que tenía cosas más inmediatas en las que pensar, la pelirroja no podía quitarse de la cabeza lo ocurrido en la granja de sus padres. No se arrepentía de su comportamiento ni de su decisión, pero le dolía la situación en la que había quedado todo. Ella siempre había intentado ser una buena hija y sentía que nunca había estado a la altura. Aunque las relaciones con su madre se restablecieran, que así sería, las cosas entre ellas habían cambiado para siempre.
Quería a su madre…
…pero le guardaba rencor.
Y pensar que eso no era de recibo, la estaba matando por dentro. Sintió como los ojos le ardían, pero supo contener el llanto y el tipo. No iba a derramar más lágrimas por no ser como su madre siempre quiso que fuera. Tendría que aprender con la decepción, el rencor y el dolor. Cerró los ojos con fuerza, respiró hondo y los volvió a abrir. Aun tenía que conocer mejor a Harry. Agradeció que de algún modo no pasara el día de navidad sola. Si no se hubiera "topado" con Harry, lo más seguro que estaría sentada en la barra de un bar mediocre y totalmente borracha.
Caminó de regreso a la habitación del moreno y lo encontró tal y como lo dejó. Esbozó una sonrisa sin darse cuenta y cerró la puerta tras de si. En ese momento, Harry levantó la cabeza y la miró. Ginny se sintió desnuda ante él, como si esos ojos verdes fueran poseedores de rayos x. advirtió que la congoja disminuía cuando estaba con él. Extraño, pensó, muy extraño teniendo en cuenta el tiempo que hacia que se conocían.
- Hemos hecho un trato. Ahora te toca contarme cosas sobre ti. –le dijo sentándose en el borde de la cama y apartando la mirada del torrente verde.
- Yo no he hecho ningún trato. –Harry se cruzó de brazos, aunque esbozó una sonrisa.- Te has ido dejándome con la palabra en la boca.
- Lo siento, es que estabas siendo muy tonto.
- ¿Tonto yo? Eres tu la que quieres meter a un desconocido en tu casa.
- Si no fueras tan reacio a hablarme de ti, ya seríamos un poco menos desconocidos. –insistió la pelirroja.
- Está bien. –accedió Harry con paciencia.- ¿Qué quieres saber?
- Lo que quieras contarme. –se encogió de hombros.- ¿Por qué dices que eres un solitario?
- Mis padres murieron cuando yo tenía un año; pasé mi infancia con un tío-abuelo muy mayor que me enseñó a apreciar el valor de los libros y la educación. Cuando tenía diez años, tío Albus murió y me metieron en un internado. No hice muchas amistades en los ocho años que estuve allí, no les gustaban los huérfanos. Cuando salí de allí fui a la universidad y me matriculé en medicina. –respiró hondo.- Esa es la historia de mi vida.
- Así que eres un solitario por elección propia. –afirmó Ginny.
A Harry le gustó que de su boca no saliera un inútil "lo siento", como acostumbraba la gente. ¿Qué era lo que sentían? Él nunca había conocido a sus padres, en el sentido estricto de la palabra. No los echaba en falta porque nunca los había tenido. Lo que si echaba de menos era la sensación de pertenecer a una familia, a una unidad, a un todo. Saber que nunca estaría solo del todo. Levantó la cabeza decidido a buscar la compasión en los ojos de la pelirroja, pero no la encontró.
- Ahora si. –dijo a modo de contestación a la afirmación de ella.- Pero hubo un tiempo en que no. Estuve casado. –añadió con un suspiro.- Un error de juventud.
- ¿Cuánto hace de ello?
- Seis años. Yo era aun residente…y ella se cansó de ser la esposa del fantasma de un médico residente. –se encogió de hombros ante la atenta mirada de ella.- Hace mucho tiempo de eso.
- Así que ahora te has pasado a mi bando ¿no? –sonrió Ginny.
- ¿Al de los solterones? Si, pero en mi caso no está tan mal visto. A nosotros no se nos pasa el arroz. –no lo dijo con ánimo de ofender, así que Ginny no se ofendió.
- A mi me lo vas a decir. –resopló.
- La sociedad aun no ha evolucionado lo que debería.
- Eso pienso yo.
Intercambiaron una mirada que podría haber fundido los plomos de todo el hospital de lo chispeante que era.
Siguieron hablando de ellos y de sus vidas durante la media hora siguiente. Rieron mucho, como dos viejos amigos que se reencuentran después de años sin verse. Compartieron anécdotas y situaciones embarazosas del pasado. Y volvieron a cruzar una mirada fogosa y anhelante. Era como si un hilo transparente los atrajera a lo inevitable.
La enfermera Rita entró unos segundos para informarles de que ya se podían ir. Harry tenía el alta provisional. Volvería dos días después a buscar el alta definitiva. Ginny esperó en la habitación mientras el moreno se cambiaba en el cuarto de baño. Cuando finalmente salió vestido con su ropa de ciudad, el corazón de la pelirroja latía acelerado. Harry se acercó a ella en dos zancadas…y ocurrió lo inevitable.
Le rodeó el rostro con las manos, le cubrió los labios con los suyos e hizo lo que tanto deseaba. Ella emitió un anhelante sonido gutural, se puso de puntillas para acercarse más, y el beso se convirtió en una explosión de ardor y movimiento. Harry bajó las manos a su cuello, acarició la suave piel blanquecina y siguió bajando hasta estrecharla por la cintura. Ginny sentía el latido acelerado del corazón de Harry. Hacia mucho tiempo que no se sentía así.
Fue ella quién rompió el beso cuando ya no puso sostenerse más de puntillas. Respiraba con dificultad porque Harry la había dejado sin aire, literalmente. Apoyó las manos en el pecho de él, corroborando el buen estado físico en el que se encontraba. Harry levantó la cabeza y la miró.
- Lo siento. No suelo hacer cosas como esta.
Ella le perfiló los labios con los dedos.
- Yo tampoco. Pero hoy lo necesitaba. Gracias.
- Un placer. –dijo Harry besando los dedos que se paseaban por sus labios. De nuevo compartieron una mirada chispeante.
Con el corazón más desbocado de lo que quería reconocer, Ginny se alejó de Harry y abrió la puerta. El aire frío del pasillo fue como un soplo para su intelecto, atrofiado aun por el beso. Caminó hacia la recepción con piernas temblorosas y echando en falta la cercanía de la piel del moreno. Detrás del mostrador les esperaba la enfermera Rita. La mujer los miró con las cejas enarcadas debajo de sus gafas forradas con lentejuelas falsas. El sofoco de sus mejillas era de lo más revelador.
Después de hablar lo justo con la enfermera, medicación a seguir y cuando debían volver, Harry recogió el alta firmada por el doctor Snape. Tragó saliva mientras la guardaba en el bolsillo de la chaqueta y se giró para mirar a Ginny. Se la veía sexy y deseable, pensó. El beso también había revolucionado a sus hormonas. Y eso era muy raro, porque Harry se consideraba una persona muy comedida en todos los sentidos. Algo tenía Ginny Weasley que le hacia salirse de la norma. Sin embargo, cuando habló no dijo nada de lo que pensaba.
- ¿Aun piensas que es buena idea que me vaya contigo?
Las mejillas de Ginny se pusieron tan rojas que parecía que bullían.
- Si. –se mordió el labio inferior. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Los hombres no provocaban ese efecto en ella. Era como si un nido de abejas se hubieran instalado en su estómago y las manos y los pies se le hubieran vuelto de miel.- ¿Nos vamos?
- Claro. –contestó Harry aparentando despreocupación.
Ginny caminó hacia delante y respiró hondo cuando se aseguró de que Harry no la miraba. "Pie derecho, pie izquierdo. Pie derecho, pie izquierdo. Camina, Ginevra", se dijo a si misma. Alcanzaron la puerta de urgencias cuando volvió a quedarse petrificada y Harry chocó contra ella. El contacto de sus cuerpos fue fugaz, pero aun así mandó escalofríos en ambas direcciones. Lástima que en esta ocasión estuvieran de más. Sobretodo cuando Ginny salió de su estupor y se alejó corriendo. Harry aguzó la vista y su boca se contrajo en una mueca. Un numeroso grupo de personas se acercaba con los rostros llenos de agonía. Un hombre alto y pelirrojo llevaba a una mujer menuda en brazos. El moreno se dio cuenta de que la mujer estaba sangrando profusamente.
- ¡Hermione! –gritó Ginny corriendo al encuentro de su familia.- ¿Qué ha pasado? ¡Está sangrando! ¿Qué…?
Dejó la frase en el aire cuando se temió lo peor.
Ron entró a urgencias como una exhalación y el rostro tan blanco como si hubiera visto un fantasma. Detrás suyo, algunos de sus hermanos y cuñadas. Las manos le temblaban mientras sostenía el cuerpo de su esposa. Estaba muy nervioso y luchaba contra las ganas de llorar. Miró a ambos lados de la recepción de urgencias. ¿Dónde estaban los médicos?
- ¡Un médico, por favor! ¡Un médico! –grito atrayendo la mirada de las personas que aguardaban en la sala de espera.
Los mecanismos de la mente de Harry se activaron como un resorte. Él era médico, era su deber ayudar a aquella pobre mujer. Se quitó con presteza la chaqueta y la bufanda y las arrojó a una silla cualquiera. Corrió hacia el pasillo y regresó con una camilla.
- Yo soy médico. Póngala aquí. –ordenó de manera eficiente. Sus ojos verdes se encontraron con los marrones de Ginny. Ella estaba llorando y se abrazaba a un hombre pelirrojo.
- ¿Que ha pasado? –no dejaba de preguntar la pelirroja.
- No parece que tenga nada roto. –observó Harry mirando de nuevo a la mujer castaña.
- ¿Qué es todo este alboroto? –preguntó la enfermera Rita saliendo de una habitación. Sus pequeños ojos negros se contrajeron en horror al observar la camilla.- ¡Oh, Dios mío!
- Rita, avise enseguida al doctor Snape. Necesitamos un quirófano urgente. –Harry volvió su atención a la mujer y movió las manos por su abdomen. Al no hallar herida alguna, intercambió una mirada con el pelirrojo que la había traído en brazos.
- Está embarazada. –confesó este ya entre sollozos. Dos hombres pelirrojos se acercaron a él e intercedieron para que soltara el brazo de la mujer.- Hermione…-susurró asustado.
- Haremos todo lo que podamos por su esposa y por el bebé, señor…Weasley. –dedujo por el parecido de Ginny con todos los hombres pelirrojos. Debían de ser sus hermanos.- Yo soy el doctor Potter.
- Por favor, que no le pase nada a ella. –suplicó con sus ojos azules abnegados en lágrimas.
El doctor Snape se acercó corriendo por el pasillo mientras la enfermera Rita lo seguía de cerca. La mujer aun estaba algo sorprendida. Harry se preguntó cuánto tiempo debía de llevar trabajando allí si esa era su reacción ante la sangre. Pero no había tiempo que perder. Casi con seguridad la mujer estaba o había sufrido un aborto. Una mala noticia, sin duda, pero al menos su vida no corría peligro. Intercambió una mirada con el doctor Snape y este asintió después de dar un simple vistazo a la paciente.
- Necesitamos un quirófano. –repitió Harry.
- El segundo quirófano está libre y limpio. El primero aun tiene que ser descontaminado tras la operación de esta mañana.
Harry enarcó una ceja, pero después recordó que era un hospital de pueblo.
- Bien. Vamos al quirófano número dos. –decidió y empujó la camilla hacia el pasillo que comunicaba con la sala de espera.
El doctor Snape no protestó porque él hubiera tomado el mando. Siendo el único médico de urgencias, comprendía que toda ayuda era bien recibida. Llevaba trabajando dieciocho horas seguidas y aun le quedaban otras ocho hasta completar su turno. Así era el trabajo en urgencias, aunque fuera en un hospital de pueblo. Tiraba de la camilla por delante mientras corría hacia el quirófano. Tantos años en la profesión le hacían prever el resultado, pero no por ello era menos doloroso.
- ¡Harry! –Ginny se alejó de sus hermanos para encontrarse con él.- Yo… Cuídala, por favor. Es mi mejor amiga; ella…está embarazada de tres meses.
Harry vio el dolor en los oscuros ojos de la pelirroja y asintió en silencio. Estaba por irse cuando en un impulso atrajo a Ginny hacia su cuerpo. Se fundieron en un abrazo silencioso, solo roto por los latidos del corazón del otro. Harry respiró hondo y besó el cabello rojo de Ginny. La apartó de su lado con delicadeza.
- Cuidaré de ella, pero… No quiero mentirte, Ginny. El bebé…-se interrumpió al sentir los finos dedos de ella contra sus labios.
- No lo digas, por favor. No lo digas todavía. –dijo Ginny con angustia.
- Está bien. Ahora me tengo que ir. –le apretó la mano y después de soltarla desapareció dentro del quirófano número dos.
Abatida e impotente, Ginny regresó con sus hermanos. Estos ya se habían adueñado de media sala de espera y aguardaban con rostros circunspectos. Ginny se retorció las manos en el regazo y sintió un pinchazo en la frente. El corazón se le paró al observar a Ron sentado en una silla con las piernas temblándole sin parar y el jersey y los pantalones teñidos de sangre. Quiso extender sus brazos hacia él, pero primero quería saber qué había pasado.
Alejada del grupo, estaba Penélope, hablando por el teléfono móvil.
El señor Weasley, Charlie, Bill, Angelina, Fred y George se encontraban de pie, nerviosos e impacientes. Sus rostros pálidos y preocupados. Ginny fue hacia ellos y se refugió en los brazos de su padre. El señor Weasley le besó el cabello, tal y como segundos antes había hecho Harry. Se sentía desdichada y perdida, y necesitaba un punto de anclaje. Sorbió varias veces por la nariz y esperó a estar segura de que la voz no se le iba a quebrar. Aun conservaba la imagen de Hermione inconsciente, pálida y sangrando. Era para volverse loca.
"Este es el peor día de navidad de mi vida", pensó.
- ¿Qué ha pasado? –preguntó mirando a sus hermanos y a sus cuñadas. Penélope ya había terminado con el teléfono y se había unido al grupo.
- No lo se. –dijo Bill.- Después de que te fueras el ambiente siguió tenso durante bastante rato. Papá y mamá…-desvió sus ojos hacia su padre.
- Tu madre y yo discutimos, hija. –afirmó el señor Weasley en vez de su hijo mayor.
- ¿Por mi? Papá no quiero que discutas con mamá por mi culpa.
- Tenía que hacerlo, pero eso no es importante ahora. –respiró hondo.- Hermione ya estaba muy pálida cuando bajó a desayunar esta mañana. Y después de que te fueras, dijo que le dolía el estómago y subió arriba a acostarse. Ron se fue con ella.
- Todos sabíamos o intuíamos lo del embarazo, así que…pensamos que era normal. Que no se encontraba bien por culpa de las nauseas matutinas. –Angelina se mordió el labio incómoda y Fred le cogió una mano con la suya.
- Pero no era normal. –dijo Ginny con dificultad.
- No. –los ojos de Angelina se llenaron de lágrimas.
- Lo siguiente que escuchamos fue a Ron gritar. –explicó Charlie.- Nunca lo había visto tan consternado y desesperado. Bill y yo subimos las escaleras de tres en tres y llegamos a su habitación. Hermione estaba…sangrando, y se retorcía de dolor. La envolvimos en una manta y la metimos en el coche hasta que llegamos aquí.
- Durante el camino perdió el conocimiento, pero le dolía mucho. –George desvió la mirada hacia su hermano Ron.- Pobrecillo.
- Lo más seguro es que haya perdido al bebé. –Penélope pronunció las palabras que ninguno se atrevía a pronunciar.
- Estaban tan ilusionados. –a Ginny volvieron a llenársele los ojos de lágrimas. Se deshizo del abrazo de su padre y fue a sentarse al lado de Ron. El pelirrojo no parecía haber advertido su presencia, así que le asió una mano con la suya y se la apretó. Cuando Ron levantó la cabeza y la miró, lo que Ginny vio en esos ojos azules le partió el corazón.
- Tengo miedo, Ginny.
- Ron…-no sabía qué decirle, porque ella también estaba asustada. Se limitó a abrazarlo muy fuerte.
- ¿Y si no es un simple aborto y la pierdo a ella también? –dijo Ron entre sollozos.- Había mucha sangre.
- No, Ron. Hermione se pondrá bien, y si ha perdido al bebé, volveréis a tener la oportunidad de ser padres, muy pronto.
- Pero Ginny…
- No. Escúchame, Ron. –Ginny levantó el rostro de su hermano por el mentón y lo obligó a mirarla.- Hermione está en buenas manos. Harry no dejará que le pase nada. No se si podrán hacer algo por el bebé, cariño. Pero…
- Yo solo quiero a mi Hermione.
- Ron…
- ¿Soy mezquino, Ginny? Por preocuparme más por Hermione que por el bebé.
- No, cariño. Todos queremos que Hermione se recupere. Ella es irremplazable. El bebé aun no formaba parte de nuestras vidas de una manera plena. –dijo la pelirroja completamente convencida de sus palabras.- Lo sentiremos si lo pierde, pero…no sería lo mismo que perderla a ella.
- Le partirá el corazón. Quería a ese bebé; los dos lo queríamos.
- Lo sé, cariño. Lo sé. –Ginny volvió a abrazar a su hermano y lo meció como si fuera un niño pequeño.
