Capítulo 5: No eres Hugh Jackman.
Los siguientes minutos los pasaron en silencio. Los Weasley que estaban de pie se dispersaron en pequeños grupos por la sala de espera. Nadie decía nada, nadie miraba a los ojos a los demás. El señor Weasley se sentó frente a sus dos hijos más jóvenes. Las comisuras de sus labios se alzaron levemente. La imagen que tenía delante era preciosa, pero todo cambiaba cuando recordaba el motivo. Él, como el resto, estaba convencido de que Hermione había perdido el bebé, y eso lo ponía muy triste. Ron parecía estar más tranquilo, como resignado a aceptar las vueltas que daba la vida. Unas horas antes era el hombre más feliz del mundo y ahora la angustia lo corroía. La incertidumbre estaba a punto de terminar con él.
Ginny abrió los ojos muy lentamente. Se sentía entumecida, con todo el peso de su hermano apoyado en su regazo. Acarició con sus manos el cabello pelirrojo, intentando darle un consuelo que no llegaría hasta que Harry o el doctor Snape salieran del quirófano número dos. Sabía que no era el momento para pensar en él, pero era inevitable. Harry había sabido llevar la situación con diligencia y entrega. Y había sabido infundirle calma y confianza a ella.
- Ginny. –dijo el señor Weasley.
- Dime, papá. –volcó su atención en él.
- ¿Qué hacías aquí, en el hospital? –la pelirroja pestañeó.- Cuando hemos venido, tú ya estabas aquí. ¿Estás herida?
- No, papá. No estoy herida. –Ginny respiró hondo. No era el momento para contarle paso a paso como había terminado allí, así que improvisó un resumen.- Después de abandonar la granja atropellé a un hombre con el coche. Bueno, eso fue lo que pensé yo. Pero resulta que frené a tiempo. El hombre había tenido un accidente con su propio coche y andaba muy desorientado. Así que lo traje aquí al hospital.
- Pero… ¿tú estás bien?
- Físicamente si.
- ¿Y el hombre del accidente, está bien?
- Si, está bien. Es el doctor Potter, el hombre que ha entrado al quirófano con Hermione. es un cirujano muy respetado en el Royal Hospital de Londres.
- Parecía muy competente. –observó el señor Weasley.
- Estoy segura de que lo es. Harry cuidará de Hermione.
Guardaron silencio durante unos segundos.
- Ginny…
- ¿Si, papá?
- Gracias por ser como eres.
La frase arrancó destellos brillantes de los ojos de Ginny.
- Tu madre solo quiere que seas feliz, no entiende que ya eres feliz.
- Papá…
- No digas nada, cielo. –suspiró el señor Weasley.- Todo se arreglará y Hermione se repondrá de esta.
- Estoy segura de que si. –dijo Ginny con la voz entrecortada.
Pasaron cuarenta y cinco minutos que a todos se les hicieron eternos. Entonces, el doctor Snape, acompañado de Harry, se personó en la sala de espera. Ron se levantó como si hubiera sido activado por un resorte. Ginny lo siguió y se situó a su lado. Fue cuestión de un segundo que los hombres morenos fueran engullidos por una horda de pelirrojos. Harry intercambio una mirada con Ginny; hubo de echar mano de toda su profesionalidad para no estrecharla entre sus brazos. Era una necesidad devastadora que no entendía. Hacia solo tres horas que conocía a esa mujer.
"Esto es de locos", pensó.
Pero cuando Ron preguntó, todos los pensamientos del resto quedaron congelados y aguardaron con angustia y esperanza la respuesta del doctor Snape.
- La señora Granger-Weasley se encuentra estable, pero me temo que ha perdido el bebé que esperaba. No hemos podido hacer nada por él. –su tono de voz era uniforme, carente de emoción alguna.- La paciente también ha presentado una hemorragia interna que ha sido localizada y tratada a tiempo.
- ¿Entonces Hermione está bien? –preguntó Ron de nuevo con un hilo de voz.
- Si, aunque en estos momentos está sedada y dormida.
Estaba claro que el doctor Snape no iba a decir nada más que lo estrictamente necesario y siempre refiriéndose al estado médico. En el fondo Harry lo entendía. Era mejor mantener las distancias con los pacientes y los familiares. Los sentimientos encontrados hacían al médico más vulnerable y menos efectivo en su trabajo. Sin embargo, de algún modo, Harry se sentía conectado a esa familia. Así que se aclaró la garganta y después de mirar de nuevo a Ginny, se dirigió al hombre alto y pelirrojo que estaba a su lado.
- Siento mucho lo del bebé, señor Weasley. A veces ocurren estas cosas para las que no tenemos explicación alguna. –no le ofreció la mano, pero su tono denotaba que lo sentía de verdad.
- Gracias. ¿Puedo verla? –había tal desesperación en la voz de Ron, que nadie se habría atrevido a decirle que no.
- Claro. Pero todos a la vez no, por favor. –advirtió el doctor Snape.- La paciente necesita descanso y tranquilidad. Pueden ir entrando de dos en dos.
Todos estuvieron conformes y caminaron por el largo pasillo. Pasaron de largo la habitación donde había estado Harry durante dos horas y torcieron hacia la izquierda. Esa tanda de habitaciones daba al jardín moteado de nieve e inundado por la luz solar. Hermione estaba en la habitación 003. Ginny se preguntó porqué todas tenían tres números si no debían de haber más de treinta en toda la primera planta y unas veinte en la segunda planta. Era una pregunta estúpida dadas las circunstancias, así que la desechó enseguida. Ron entró primero, con el doctor Snape, y los demás aguardaron en el pasillo. Aun así, atisbaron a ver a una pálida Hermione tumbada en la cama. Estaba dormida y conectada a una bolsa de suero.
- Ginny…
Escuchar la voz de Harry hizo que parpadeara varias veces. No sabía explicar cómo ni por qué, pero cada una de sus palabras parecía una caricia destinada a estrellarse contra su mejilla pecosa. Miró esos ojos verdes que le habían llamado la atención desde el principio. Ahora todo parecía tan lejano... Incluso el beso compartido en la habitación 021. Ginny se ruborizó al recordarlo y vio como aguantaba la respiración. Harry estaba muy cerca suyo, sin restricciones. Y Ginny hizo lo que hacia rato deseaba. Abrazó a Harry y dejó salir todo el aire contenido.
No le importaba que su padre y sus hermanos la estuvieran mirando.
- Lo siento. –Harry acarició el cabello largo y rojo entre sus dedos.- Siento no haber podido salvar al bebé. Pero ya lo había perdido antes de llegar aquí.
- Se que has hecho todo lo que has podido. Gracias. –su abrazo era íntimo y sincero. Y los latidos de su corazón acelerados.- Lo importante es que Hermione está bien.
- Si. –se quedaron así seis o siete segundos, hasta que Harry volvió a hablar.- Ginny…no creo que sea buena idea que vaya a tu casa después de lo que ha pasado. Tú y tu familia…
- No, Harry. No me hagas renunciar a tu compañía tan pronto. –las palabras brotaron de su boca antes de que tuviera tiempo de pensar en las consecuencias.- Por favor.
- Pero…-Harry insistió porque no quería interponerse en una crisis familiar.
- No estaremos aquí todo el día. Lo más seguro es que me vaya dentro de unos minutos. Ron no se moverá del lado de Hermione. Y tenemos que darles tiempo para que asimilen la noticia. –Ginny se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos.- ¿Vendrás conmigo?
- Está bien. –repuso él y le dio un beso en la frente.- Iré a cambiarme, así tu podrías estar con tu familia.
- Gracias, Harry. –Ginny apretó su mano y lo dejó marchar.
Por suerte para Ginny, la desgracia de Ron y Hermione evitó que la familia Weasley la sometiera al tercer grado. Sin embargo, no le pasaron desapercibidas las miradas sorprendidas de sus hermanos y sus cuñadas. El señor Weasley había entrado a ver a Hermione. Ginny respiró hondo y aguardó su turno apoyada en la pared del pasillo.
"¿Por qué le has dicho eso a Harry, Ginevra?", se preguntó mentalmente.
¿Qué no le privara de su presencia?
Dios, tenía que estar pensando que la psicópata era ella. O peor aun, que era tonta y estúpida. Nadie le dice esa frase a un hombre al que acaba de conocer. Vale que las circunstancias distaban mucho de ser normales, pero… Y encima no podía quitárselo de la cabeza, ni el sabor de su boca, ni su olor de la nariz. Era como una telaraña que la iba envolviendo poco a poco. Cerró los ojos y se obligó a dejar de pensar en Harry.
Hermione estaba en el hospital; era su mejor amiga y acababa de perder un bebé.
Tenía que pensar en eso y nada más.
Una lágrima rebelde asomó a sus ojos del color del chocolate amargo. Recordó lo contentos y radiantes que estaban Ron y Hermione esa misma mañana. Y ahora su ilusión se había esfumado, ya no existía. La tristeza la fue embargando y de repente se sintió muy pequeña. Se suponía que las cosas malas les ocurrían a las personas malas. Con la mano izquierda se enjuagó una lágrima, pero volvió a aparecer otra en su lugar. Hermione era una de las mejores personas que conocía, no se merecía ese dolor. Ni su hermano tampoco.
Aun seguía llorando cuando entró en la habitación; aunque era un lloro pausado y silencioso. No servía de nada gritar ni patalear. Observó el rostro tranquilo y sereno de Hermione. Aun no había despertado de la anestesia. Estaba muy pálida y se la veía muy pequeña en la cama de sábanas blancas. Ron se aferraba a su mano y aguardaba sin decir nada. Suya era la tarea más difícil, aunque Ginny pensaba que con lo inteligente que era la castaña, lo sabría nada más abrir los ojos. Aun así, era duro tener que decirle que había perdido al bebé.
Después de cinco minutos y susurrarle unas cuantas frases a Hermione de manera cariñosa, Ginny salió. Harry ya la aguardaba en un lado del pasillo. Los Weasley también estaban allí, y la pelirroja se acercó a ellos primero. Su rostro volvía a estar libre de lágrimas, pero estaba triste. Al igual que ella, el resto de la familia pensaba regresar a la granja. El doctor Snape había hablado con Ron y quería tener a Hermione ingresada hasta el día siguiente. No por el aborto, que desgraciadamente era algo natural, sino por la consiguiente hemorragia interna. Quería estar seguro de que la había detenido con éxito.
Volverían al día siguiente, aunque Ginny estaba segura de que su madre se pasaría a la noche y así llevaría la cena a su hijo. Solo esperaba que la mujer tuviera tacto y no los atosigara.
Se despidió de su padre, de sus hermanos y de sus cuñadas. Al encontrarse con Harry a mitad de pasillo, se abrazó a él. Necesitaba unos momentos así, en silencio y calma. El moreno volvió a acariciarle el cabello y ella pudo volver a escuchar los pausados latidos de su corazón. Sin esperarlo ninguno de los dos, Harry estaba siendo un bálsamo para la tristeza de Ginny. Y la pelirroja le estaba devolviendo la confianza en el amor a él. Rodeándola por la cintura con un brazo, los dos salieron del hospital San Mungo.
El cielo se había vuelto más plomizzo y el sol de la mañana había desaparecido. Se estaban acercando a las seis de la tarde y ya había oscurecido del todo. Alrededor del hospital habían focos y farolas, pero prado adentro solo contarían con las luces del coche. El frío y el azote del viento también hicieron mella en sus cuerpos caldeados por la calefacción del hospital. Harry la pegó más a él y Ginny dejó que la guiara hasta su coche. Entraron dentro y les recorrió un escalofrío cuando la pelirroja encendió la calefacción allí también. Ginny se quedó detrás del volante sin hacer nada y con la mirada perdida.
- ¿Estás bien? –preguntó Harry cogiéndole una mano entre las suyas.
Ginny levantó la cabeza para mirarlo.
- No, no estoy bien. –respiró hondo.- Tengo ganas de gritar y de llorar. No es justo lo que ha pasado, a ellos no. –las lágrimas rodaron de nuevo por sus mejillas y ella las removió con rabia.
- Lo siento. –Harry sabía que no podía decir nada más, pero le partía el corazón verla sufrir de esa manera. Quería recuperar su sonrisa, los momentos que habían vivido esa mañana. Pero ahora todo parecía opacado y borroso, como su mirada.
- Gracias, Harry. Gracias por estar aquí, a mi lado. –la pelirroja hizo el intento de sonreír, pero las comisuras de sus labios no le obedecieron. Apretó la mano de Harry.- Siento que hayas tenido que pasar por todo esto. Me refiero a sin ser tu familia.
- Oh, Ginny, no digas tonterías. –removió un mechón de cabello rojo del rostro de ella.- Tú has estado conmigo esta mañana. No me había dado cuenta de que necesitaba a alguien al lado. Ahora sé que no soy de piedra.
- ¿No tienes amigos, Harry? –preguntó Ginny con voz dulce y sintiendo que se perdía en el mar verde de sus ojos.
- No. Ya te dije que estoy solo. –no había rastro de amargura en su voz.
- ¿Crees que podríamos ser amigos, Harry?
Harry se la quedó mirando y suspiró. Acarició su mejilla con la mano izquierda mientras el brazo derecho le rodeaba la cintura. Ginny siguió cada uno de sus movimientos con el corazón desbocado. Cerró los ojos y entonces él la besó de nuevo. Lo abrazó con fuerza y gimió al saborearlo, al sentir la calidez de su piel en el rostro y la cintura. Pero Harry se apartó demasiado pronto.
- ¿Crees que podríamos ser amigos, Ginny?
- No lo se. –contestó aun aturdida.
- ¿Quieres que conduzca yo? –preguntó sin quitarle los ojos de encima.
- No lo se.
Esa segunda repuesta hizo sonreír a Harry. Ninguna mujer le había hecho sonreír así después de un beso. Nunca había besado a nadie del modo en que había besado a la pelirroja. En muchos sentidos lo desconcertaba, pero si de algo estaba seguro era de que la deseaba. Sin embargo, la etiqueta de solitario aun tenía su peso en la conciencia. Se apartó lentamente de Ginny y se recostó en el asiento del copiloto. Solo pretendía darle su espacio.
- Perdona, es que…-Ginny no atinaba a encontrar las palabras adecuadas.- Conduciré yo, no te preocupes.
- Bien. –dijo Harry satisfecho. Al menos había conseguido que dejara de llorar. En el poco tiempo que hacia que la conocía, Harry se había dado cuenta de que no podía verla llorar. Era su debilidad. Y ese era otro punto que lo desconcertaba.
Realizaron el viaje de quince minutos en silencio, escuchando la respiración del otro. Ginny iba algo tensa y aferraba el volante como demasiada fuerza. Demasiadas cosas habían pasado en tan corto período de tiempo. Pero sin duda, la figura de Harry era la que más pensamientos arrancaba. Sobre Ron y Hermione no hacia falta añadir nada más. Habían perdido un bebé, pero se recuperarían. En cuanto a Harry, no estaba segura de nada que tuviera que ver con él. Solo sabía que no quería alejarse todavía de él. "¿Crees que podríamos ser amigos?", le había preguntado él de vuelta. Ginny no lo sabía; su sola presencia había trastocado todos sus valores de la soltería perpetua.
Llegaron a la granja y Ginny detuvo el coche.
- ¿Cómo te encuentras? –le preguntó sin volverse a mirarlo.- Con todo el follón, se me ha olvidado preguntarte. ¿Aun te duele la cabeza?
- Si, aun me duele, pero estaré bien. –Harry le tocó ligeramente un brazo.- ¿Y tú, estás bien? –volvía a hacerle la misma pregunta.
- No, pero lo estaré. –giró la cabeza para mirarlo y sus mejillas se tiñeron de un leve rojo. Respiró hondo antes de coger la mano del moreno.- Harry…
- ¿Me vas a dar las gracias por besarte de nuevo?
- No…no. –miró al frente porque los ojos verdes de él la ponían demasiado nerviosa.- No se lo que estoy haciendo, Harry. Tú me confundes, esta situación me confunde.
- ¿Estás hablando de nosotros?
- No lo se. ¿Hay un nosotros?
Harry la cogió por el mentón e hizo que lo mirase de nuevo.
- No lo se. Yo también estoy confundido por la situación y por ti, sobretodo por ti. –había sinceridad en sus ojos.- Supongo que el tiempo lo dirá. De momento, lo único que puedo decirte es que me encanta estar contigo, como me haces sentir, como te ríes… Y me ha encantado besarte, las dos veces.
- Hace muy poco que nos conocemos. –Ginny se mordió el labio inferior insegura. Las palabras de Harry habían abierto un hueco en su alma.
- ¿Te he dicho ya que me ha encantado besarte, las dos veces?
Su sonrisa la cautivó por completo y terminó ella sonriendo también; lástima que el brillo no le llegara a los ojos. Ginny sufría por su familia, se preocupaba por ella. Y ese era otro rasgo que había hechizado a Harry. Todavía no quería admitirlo en voz alta, pero el moreno se conocía lo suficiente como para saber que la flecha de Cupido le había atravesado el corazón. ¿Había sentido Ginny también el flechazo?
- Gracias, Harry. –le dijo sin soltarle la mano.
- ¿Por qué?
- Por no dejarme sola. Y por…
- ¿Mis besos? –movió las cejas arriba y abajo, provocando que ella riera de nuevo.- Todavía no me has dicho nada de ellos.
- Y por tus besos; son maravillosos. –le acarició la mejilla derecha y descubrió que lo que más le gustaba era perderse en el verde de sus ojos.
Harry no pudo soportarlo y, por tercera vez ese día, cubrió su boca con la suya. Ginny se dejó llevar en ese beso final apoyando su pecho contra el pecho de él. Rodeó su cuello con sus manos mientras Harry rodeaba su cintura. Era un beso en el que se mascaba la intensidad el momento. ninguno de los dos quería soltarse y separarse. Hacia demasiado tiempo que no experimentaban una cosa así. Cuando finalmente despegaron sus labios, se quedaron largo tiempo mirándose a los ojos. Ginny levantó la mano izquierda y le echó el cabello negro hacia atrás.
- ¿Cómo es que consigues que en mi cuarto de oscuridad se cuele un rayo de sol? –le preguntó de la manera más dulce posible.
- No se como responder a eso, la verdad. –dijo Harry con el corazón derretido.
- No hace falta que contestes. –Ginny apoyó la frente contra la de él, y cerró los ojos.
Un par de ojos indiscretos se mantenían muy abiertos. Con la cara pegada al cristal de la ventana del coche, Theo Weasley, de siete años, aguardaba a que su tía lo viera. Él ya había visto bastante. La abuela Molly lo había enviado mientras ella seguía mirando por la ventana. Tía Ginny había regresado con un desconocido y encima se había besado con él frente a la granja. La abuela Molly había dejado de llorar por tía Hermione y tío Ron y ahora sonreía. Theo no entendía por qué. Hizo ruido con los nudillos en el cristal y el hombre que había besado a tía Ginny levantó la cabeza y lo miró. Theo esperaba que fuera su nuevo novio. Así la abuela Molly no tendría que buscárselo. Y también esperaba que fuera más divertido que Cedric y Blaise. Pero ese hombre parecía simpático. Theo sonrió mostrando su dentadura mellada y lo saludó con la mano. El hombre lo saludó de vuelta y eso le hizo muy feliz. Iban por buen camino.
Harry observó al niño apostado contra el cristal y sonrió.
- Ginny, tenemos un admirador, creo.
La pelirroja abrió los ojos y se dio la vuelta.
- Es Theo, mi sobrino de siete años. –suspiró.- Es la señal para que entremos. Solo espero que mi madre no nos haya visto.
- ¿Por qué? No creo que seas vergonzosa ya.
- No, no es por eso. Si mi madre nos ha visto besarnos, no parará hasta que le confieses que vas a casarte conmigo y solucionar su mayor problema. Si le dices eso te querrá de por vida.
- No puede ser tan mala.
- No dirás lo mismo mañana por la mañana. ¿Salimos?
- Claro.
Salieron del coche y se vieron arrastrados por el azote del viento. Harry miró con atención la casa de los Weasley. Era blanca y grande, con tejas marrones y enredaderas por el porche. Se abrochó el abrigo y caminó hacia el otro lado del coche. Ginny abrazaba al niño pequeño y este le hablaba en voz baja al oído como si le estuviera haciendo confidencias. Cuando Harry llegó hasta ellos, el niño se lo quedó mirando con curiosidad y se cogió de la mano de la pelirroja.
Sin embargo, cuando habló no había rastro de timidez alguna.
- Hola, me llamo Theor Weasley. ¿Tú eres amigo de tía Ginny? –sus ojos azules eran muy intensos y, Harry se fijó en que su cabello, debajo del gorro de lana, era de color rojo.
- Si; me llamo Harry. –alargó la mano para estrechársela; nunca había estado con niños y no sabía como había que comportarse con ellos.- Encantado de conocerte.
- La abuela Molly está deseando conocerte, pero no le digas que te lo he dicho.
- Guardaré el secreto. –Harry sonrió y le guiñó un ojo a Ginny.
- ¿Cómo está la tía Hermione? –preguntó Theo volviéndose hacia la pelirroja.- Mamá nos ha dicho que ya no va a tener un bebé. ¿Es verdad?
- Si, cariño. –contestó Ginny seria y triste y le pasó el brazo por los hombros al niño.- Cuando regrese, vamos a tener que cuidar mucho de ella.
- ¿Podré llevarle chocolate?
- Claro.
- Cuando yo estoy triste por algo, mamá siempre me da chocolate y me pongo mejor. –simplificó Theo con su lógica infantil. Pero sus palabras conmovieron a Ginny.
- El chocolate está bueno. –Harry le echó una mano a la pelirroja, que volvía a tener un nudo en la garganta.- ¿Cuál te gusta más, el blanco o el negro?
- Los dos me gustan mucho, pero el negro aun más.
- Si, el negro está definitivamente mejor. –Harry rodeó la cintura de Ginny.
- ¿Entramos? Aquí hace frío. –afirmó Theo y corrió para subir los escalones del porche.
- Gracias. –susurró Ginny.
- Ahora no te he besado. ¿A qué se deben estas gracias?
- A ti, por ser como eres. –llegaron hasta el porche y se detuvieron al pie de los escalones.
- Ginny, aun no me conoces. –Harry bajó la cabeza para mirarla.
- Yo creo que si.
Si Harry tenía pensado añadir algo más a eso, quedó en el aire. La puerta de la casa se abrió de par en par y salió la señora Weasley con los brazos abiertos. Era tal y como Harry la había imaginado. Ginny se parecía muchísimo a ella, casi su viva imagen. La pelirroja respiró hondo y subió los escalones con pesadumbre. Estaba claro que no había perdonado a su madre todavía. Pero la señora Weasley ya tenía puestos sus pensamientos en otra cosa. Se había sentido consternada por Ron, Hermione y el bebé perdido, pero no podía evitar sentirse emocionada por Ginny y se hombre que la había besado en el coche.
- Ginny, cariño, ¿vienes del hospital? –la envolvió con un maternal abrazo que casi la ahoga.
- Si, mamá. Hermione ha perdido al bebé y pasará la noche allí.
- Una mala noticia, sin duda. –y lo decía de verdad, tenía medio corazón roto y en breve iría al hospital para que el resto pudiera regresar a cenar.
- Si, estaban muy ilusionados. –Ginny le indicó a Harry que entrara.- Mamá quiero que conozcas a Harry Potter. Se quedará con nosotros un par de días. Harry tuvo un accidente de coche y aun no es seguro que regrese a Londres.
- Espero que no sea nada grave. –la señora Weasley se apresuró a extender una sonrisa en su rostro y lo cogió de la mano.- Santo Dios, estás helado, querido. Voy a preparar una sopa caliente, una ensalada, mi puré de patatas…-su voz se perdió de camino a la cocina.
- ¿Seguro que no molesto? –preguntó Harry cuando se quedaron a solas en el recibidor. Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero.
- Ya has visto lo encantada que está. –Ginny lo cogió de la mano y lo llevó hasta el salón.- Ven, te presentaré al resto de la familia.
- Debería de tener miedo de cómo suena eso.
- ¿Tienes miedo? –preguntó Ginny enarcando una ceja.
- No, sorprendentemente.
- Bien, es bueno saberlo.
En el salón estaba lo que quedaba de la familia Weasley, niños incluidos. Se notaba que ya habían cenado, pero a juzgar por sus rostros no había sido una cena agradable. La tensión y la preocupación se mascaban en el ambiente, junto con la curiosidad. Harry estaba muy quieto al lado de Ginny; sabía que era objeto de escrutinio por parte de todos. El único hombre adulto que había en el salón se quitó sus gafas de leer y se levantó. Debía de ser otro de los hermanos de Ginny, pensó. Pero la primera que se acercó fue una jovencita rubia. Helena estaba pálida y sus ojos azules hinchados. El chico con el que estaba, en cambio, seguía jugando con su teléfono móvil, como si todo aquello le fuera ajeno.
- Tía, ¿cómo está tía Hermione? –preguntó Helena parada delante de ellos.
- Ella está bien, dormida. Pero ha perdido el bebé. –confirmó la pelirroja.
- Oh, pero eso es terrible. –Helena se puso a llorar y una mujer, asombrosamente parecida a ella, se levantó para consolarla.
- Cariño, tranquila. –Fleur la rodeó con sus brazos.- Lo siento, es una chica muy sensible nuestra Helena.
- ¿Y Ron como está? –preguntó una mujer castaña que llevaba un niño pequeño en brazos.- Soy Katie, una de las muchas cuñadas de Ginny. –añadió sonriendo a Harry.
- Oh, lo siento. Que maleducada soy. Este es el doctor Harry Potter, se quedará con nosotros un par de días hasta que se encuentre mejor. –explicó Ginny.
- ¿He oído médico? –dijo la señora Weasley sin poder ocultar su entusiasmo. llevaba una bandeja con dos platos de sopa, su puré de patatas, una botella de vino y otro plato con canapés variados.- ¡Ginny, no me habías dicho que era médico!
- Y ahora es cuando empieza la función. Lo siento. –le murmuró Ginny a Harry. Él solo atinó a sonreír.
- Buena jugada, cuñadita. –se acercó a ellos una mujer menuda con cara de duendecillo y el cabello corto y puntiagudo.- No podrías haberlo hecho mejor ni aunque quisieras.
- Harry esta es mi cuñada Dora. –pasó por alto el comentario de la castaña.
- Espero no ser ninguna molestia. –dijo Harry algo cohibido.
- ¡¿Molestia? No digas tonterías, querido. –se apresuró a contradecirlo la señora Weasley. Miró a su alrededor y se fijó en el reloj de cuco que había encima de la chimenea.- ¿Han comido algo tus hermanos y tu padre?
- No lo se. –Ginny se encogió de hombros.
- Detesto conducir de noche, pero… ¿Qué clase de madre seria si no fuera a ver a mis hijos? Lo deben de estar pasando tan mal.
- Ron no estaba nada bien, la verdad. –admitió la pelirroja.
- ¿Así que eres doctor, Harry? –la angustia iba y venía de la mente de la señora Weasley como si fuera un boomerang.
- Si, señora. Soy cirujano en un hospital de Londres.
- ¿Y estás casado?
- ¡Mamá! –interrumpió la pelirroja.
- Solo es una pregunta inocente. –sonrió y miró a Harry esperando su respuesta.
- No, señora. Estoy soltero y sin compromiso…-ladeó la cabeza para mirar a Ginny-…de momento.
- ¡Oooohhhh! –fue imposible que la señora Weasley contuviera un gritito de emoción.- ¡Que maravilla!
Ginny se limitó a rodar los ojos y respirar hondo. Le dio un codazo a Harry para que no le siguiera tan bien el juego. Miró a Percy, que había comenzado a ponerse el abrigo. Era el hermano más callado, prudente y aburrido de todos. Los gemelos no se cansaban de hacerle bromas, pero todos contaban con él cuando hacia falta. Ginny vio que realmente estaba preocupado esa noche. No era ningún secreto que era con Hermione con quien mejor se llevaba. Los dos poseían una mente inteligente y ávida de más conocimiento.
- ¿Vas al hospital?
- Si, quiero pasar por allí. pero antes dejaré a Justin en su casa; se lo prometí a Bill si la cosa se alargaba. –estrechó la mano de Harry de menara ceremoniosa.- Percy Weasley.
- Encantado.
- ¿Te llevarás a mamá contigo? –preguntó Ginny mientras suplicaba con la mirada.
- Bueeeeeno…
- ¿Me harías ese favor, querido? Ya sabes lo poco que me gusta conducir; es tu padre el que lleva el coche siempre.
- Claro, mamá. –Percy se vio en la obligación de aceptar.- Me debes una. –añadió mirando a su hermana.
- Claro, haré de canguro para Patrick, y gratis. –Ginny amplió su sonrisa.- Por cierto, ¿dónde están el resto de mis sobrinos?
- Durmiendo. –explicó Fleur ya libre de su llorosa hija. Helena se había escabullido para despedirse de Justin.- Ha sido un día intenso para ellos.
- Imagino.
- Bueno, queridos, detesto tener que irme así, sobretodo cuando tenemos un invitado, pero… -la señora Weasley regresó con su abrigo y bufanda puestos y miró al moreno con una sonrisa.- Ha sido un placer conocerte, Harry, querido. Espero que mañana tengamos tiempo para hablar un ratito.
- No si yo puedo evitarlo. –murmuró Ginny sin que su madre la oyera.
- Claro, señora Weasley.
- Ginny, asegurate de que Harry se tome la cena y se sienta cómodo.
- Claro, mamá.
- ¿Y donde está ese chico? –miró a ambos lados del pasillo.- Fleur, ¿dónde está mi nieta?
- Creo que están en el porche, Molly. Solo se están despidiendo.
- Ummmm…no termina de convencerme ese chico. –refunfuñó camino de la puerta.
- Si esta mañana decías que era encantador.
- Pues he cambiado de idea. Bueno, no nos esperéis despiertos. No se lo que tardaremos en volver.
La señora Weasley salió al porche y se arrebujó mejor en su abrigo. Miró a su izquierda, mientras Percy encendía el coche, y vio a Helena y Justin besándose. Torció el morro y carraspeó un par de veces.
- Joven…joven… ¡Joven! Es hora de irse. –le dijo dándole golpecitos en el hombro.
- Me llamo Justin, abuela. –contestó el chico mascando chicle.
- No soy tu abuela, joven. –besó a su nieta.- Hasta mañana, querida.
- Dale un abrazo a tía Hermione de mi parte.
- Descuida, lo haré.
Cuando la señora Weasley y Justin hubieron subido al coche, Percy arrancó y este se perdió en la oscuridad de la noche.
Ginny se recostó en la puerta después de cerrarla.
- No ha ido tan mal después de todo ¿no? –opinó Harry a su lado.
- ¿De veras lo crees? Pobre Helena. –se masajeó la sien y cerró los ojos agotada.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque ahora su objetivo es ella. –abrió los ojos para mirarlo.- Gracias a tu comentario, se cree que ya me tiene colocada y su misión para conmigo ha terminado.
- Entiendo.
- Le has dado esperanzas. –caminaron de regreso al salón.
- ¿Dónde están tus cuñadas? –preguntó Harry al encontrar el salón vacío.- Estaban aquí.
- Parece que mis cuñadas son más sutiles que mi madre. –Ginny respiro hondo y se abrazó a si misma. Fue a sentarse en el suelo, junto a la chimenea, y apoyó la espalda en el sofá. Sobre la mesita de centro, estaba la bandeja con la cena.- Vamos, ven a cenar.
- Es la primera ver que ceno en el suelo. –dijo Harry sentándose a su lado.
- Si quieres podemos ir al comedor.
- No, aquí está bien. Por cierto, ¿dónde voy a dormir? Nadie ha dicho nada al respecto.
- Eso es porque todos piensan que dormirás conmigo, en mi cama.
- Pero eso no va a ser así, ¿verdad?
- Bueno, depende. –lo miró a los ojos verdes.- No tiene por qué pasar nada.
- Cierto, no tiene por qué.
- ¿Por qué no cenamos y ya veremos después?
- Perfecto.
- Bien.
Cenaron prácticamente en silencio, excepto cuando Ginny le hablaba de su familia y le contaba anécdotas de su infancia. Harry estaba encantado de tenerla enfrente. El fuego arrancaba destellos anaranjados y amarillos a su cabello rojo. Las mejillas lucían arreboladas y tenía un brillo especial en la mirada. De vez en cuando levantaba la cabeza y se encontraba con que Harry la estaba mirando. Era confuso verse pasando la noche de navidad con Harry después de lo ocurrido ese día. La mitad de su corazón estaba con Ron y Hermione, por supuesto, pero la otra mitad latía apresuradamente por estar tan cerca de Harry.
Terminaron de cenar y vieron el reflejo de la nieve que caía a través de la ventana. Ginny alargó el brazo para coger el mando de la cadena musical y la puso al volumen más bajo. No se sorprendió al reconocer la magnífica voz de Aretha Franklin, que los envolvía como un arrullo. Era la favorita de su madre. Harry alzó la mano por encima de la mesa y cogió la suya. Sus ojos se encontraron; habían llegado a una situación de no retorno. La pelirroja siguió el trazo de los dedos de Harry y se llevó la mano a los labios. Harry la observaba en silencio y con paciencia. Tiró de ella para que se acercara más a él. Ginny se sentó delante suyo, apoyando la espalda contra su pecho y dejando que sus brazos la envolvieran por la cintura.
- Harry…-murmuró.
- Hmmm. –él estaba embriagado por su olor.
- Llámame pesada si quieres, pero…gracias por estar hoy conmigo.
- Gracias a ti por salvarme la vida.
- ¿Crees en el destino?
- No. ¿Y tú?
- Antes no. Ahora no lo sé.
Harry sonrió y le dio un beso en el cuello.
- No se si estoy hecha para tener una relación sentimental duradera. –confesó ella.
- Tampoco yo. –admitió Harry.
- Hasta hace unas horas estaba convencida de que terminaría mis días sola. Y no lo digo con amargura. Era solo mi realidad.
- Lo se.
- Pero entonces apareciste tú. –apretó sus manos.
- Que romántico. –sonrió Harry.
- Te vi el culo en el hospital; un culo estupendo, por cierto. Y encima besas muy muy bien. –se volteó para mirarlo.- Me confundes, Harry.
- Tú a mi me hechizas. –no había ni una vena sarcástica en su voz.
- ¿No crees que podamos ser amigos?
- Es difícil ser amigo cuando solo piensas en volver a besar a la otra persona. –acarició la mejilla pecosa.- Yo siempre he sido un solitario. Me cuesta confiar en la gente.
- En mi has confiado.
- Si.
- Y no te ha dado miedo mi familia. –sonrió al recordarlo.
- Cierto.
- ¿Qué estamos haciendo, Harry?
- Compartir algo juntos.
- Hay muchas cosas que pensar. –Ginny se dio la vuelta y volvió a apoyarse en el pecho de Harry.- Siempre envidié a mis padres y a mis hermanos por poder compartir momentos como este con personas especiales para ellos.
- Sería difícil no poder decir nada.
- Estaba acostumbrada.
- Ginny, si buscas que te prometa algo, no lo voy a hacer. –el tono de voz de Harry era serio, pero dulce.- Yo nunca prometo nada, porque las promesas son muy fáciles de romper.
- ¿Sabes una cosa? No te pareces en nada a Hugh Jackman. –los ojos de Ginny estaban medio cerrados y había una sonrisa bobalicona en sus labios.
- ¿De verdad? –distraídamente Harry acarició un mechón de pelo rojo.
- Hmm. Por eso me cuesta entenderlo. –su voz sonaba ya muy lejana.
- ¿El qué te cuesta entender, Ginny?
"Que me he enamorado de ti en un día", habría querido contestarle.
Pero la pregunta de Harry se quedó sin respuesta.
Ginny se había quedado dormida en sus brazos.
