Capítulo 6: Love Happens.

Ginny se despertó arropada con una manta en el sofá del salón. Había comenzado a amanecer; el sol se colaba tímidamente por las ventanas. En la chimenea aun ardían los rescoldos de la noche anterior. Eso y su presencia en el sofá eran lo único que detallaba lo ocurrido. Ginny levantó la cabeza del cojín a modo de almohada, pero Harry no estaba por allí. Observó que había recogido la bandeja de la cena, y en su lugar, sobre la mesita de centro, había una nota. Ponía simplemente "Ginny".

Se sentó en el sofá para leerla.

"El tiempo pasa demasiado deprisa cuando no tienes poder sobre él.

No sé lo que siento por ti, Ginny. Pero sé que siento algo. Algo que hacia mucho tiempo que no sentía por nadie. ¿Tiene sentido?

Ni siquiera han pasado 24 horas desde que nos conocemos.

La necesidad que siento de ti me asusta y me confunde.

Necesito tiempo para aclarar esa y otras cosas.

Esto no es una despedida, sino un hasta luego.

Harry."

La nota era muy corta, pero tampoco necesitaba decir nada más. Se sentía exactamente igual que él. Los dos necesitaban espacio. Corroborar que eso que creían que sentían era real. Nunca pensó en encontrarse en esa situación. Pero sin Harry no habría soportado toda la angustia del día anterior. Ahora podía ver las cosas en perspectiva. Lo único que no cambiaba era lo que sentía cuando la besaba. Siempre había pensado que lo de las mariposas en el estómago era una tontería. Pero eso era justamente lo que sentía con Harry. Tenía razón al decir que las cosas habían ido demasiado deprisa.

Aunque había comenzado a tener una cosa clara: en menos de 24 horas se había enamorado de Harry Potter.

Deseó tener a Hermione a su lado para contárselo. Su mejor amiga siempre ponía el toque racional a sus locuras. Porque todo aquello era una locura. La segunda vez en veintinueve años que se enamoraba… ¡y tenía que ser de un desconocido! ¿Qué sabía de Harry en realidad? Él le había dicho que era un solitario. Y ella se había acostumbrado a ser una solterona.

La pareja perfecta, pensó con amargura y chasqueó la lengua.

No dudaba de la palabra de Harry, pero de alguna manera el embrujo se había roto.

Se levantó del sofá y miró el reloj de la chimenea: las seis y media. ¿A qué hora se habría marchado Harry? ¿Lo volvería a ver? Mejor no pensar en ello. Era un nuevo día con nuevas situaciones que afrontar. Tenía que ir a ver a Hermione al hospital. Tanto su amiga como su hermano debían de estar pasándolo fatal. ¡Y ella fantaseando! Sin embargo, por mucho que se reprendiera por hacerlo, volvía a pensar en Harry. No recordaba la última vez que un hombre había dejado una huella tan profunda en ella.

En su habitación se duchó y se cambió de ropa. No servía de nada darle tantas vueltas a la figura de Harry si él no estaba allí. Sentía curiosidad por saber quién lo había acercado hasta donde fuera que hubiera ido. Pero una cosa era segura, se había llevado el brillo de la mirada de Ginny y toda su energía. La pelirroja se arrastró a su cama y se dejó caer en ella. Empezaba a dolerle la cabeza de pensar tanto. Ella era más bien una persona de impulsos. Los mismos impulsos que la habían llevado a pasar todo el día de ayer con un desconocido. Y a besarlo, le recordó la vocecita insidiosa de su cabeza. Besaba muy bien, pensó. En una escala del 1 al 10, Ginny le daba un 11, puede que hasta un 12.

Estaba muy confundida; más con cada minuto que pasaba.

Movió la cabeza hacia un lado y otro de la almohada. Normalmente, ese gesto conseguía relajarla. Lástima que siempre hubiera una excepción a la norma. Resopló con muy poca elegancia y se levantó. Comenzó a mover una pierna con impaciencia. Ya volvía a ser una adolescente a la espera de la llamada del chico que le gustaba. Tenía que hablarlo con alguien, y tenía que ser ya. Su primer pensamiento fue Hermione, nuevamente, pero aparte de que no estaba allí, no sería justo.

Siguió pensando.

Y cuando dio con la solución se puso en marcha. Se miró distraídamente el reloj de pulsera y asintió. Eran más de las siete, así que no estaba haciendo nada malo. Necesitaba una reunión de chicas. Llamó con los nudillos en la puerta de la habitación de Angelina y Fred. De dentro llegó un gruñido y Ginny abrió la puerta levemente. Su hermano se dio la vuelta en la cama y murmuró algo, pero Angelina levantó la cabeza y la miró. Ginny le hizo señas para que saliera y fuera a su habitación. Lo mismo hizo con Fleur y Penélope. Katie estaba dándole el biberón a Lucas, pero asintió. Ya solo quedaba Dora. Subió las escaleras hasta el tercer piso y caminó de puntillas para no hacer ruido. Allí estaban las habitaciones de los niños, de Charlie y Dora, y de sus padres. Repitió el proceso y llamó a la puerta. No obtuvo respuesta, así que se aventuró a abrirla levemente.

- Oh, Dios mío. –masculló Ginny y cerró la puerta de golpe. No sabía si terminar de escandalizarse o echarse a reír. Acababa de pillarlos haciendo el amor. ¿Quién iba a pensar que…a esas horas de la mañana…? Pegó el oído a la puerta y llamó de nuevo, pero esta vez no abrió.- Dorita, te espero en mi habitación.

Bajó las escaleras y soltó una carcajada sin poder evitarlo.

En su habitación la esperaban sus cuñadas, todas con cara de sueño y algunas bostezando sin parar. Ginny entró y no dijo nada. Tampoco comentó la forma en que había encontrado a Charlie y Dora. No lo hizo porque se conocía y sabía que se desviarían del tema. Se sentó encima de su tocador y respiró hondo. Cuando cinco minutos después entró Dora, todas la miraron con curiosidad. A través de la ventana entreabierta, una suave brisa se colaba hasta las mejillas de la pelirroja.

- ¿Qué hacemos aquí, Ginny? –preguntó Penélope, que se había sentado en la silla del tocador.

- Si, algunas estábamos durmiendo. –apuntó Angelina metida en la cama de la pelirroja junto a Katie y Fleur.

- Estoy confundida. –anunció Ginny.- Normalmente estas cosas las discuto con Hermione, pero… -hizo un gesto con la mano.- Harry se ha ido; ya no estaba cuando me he despertado.

- ¿El médico que atendió a Hermione? –Penélope también estaba confusa, pero por distintas razones.

- Ese.

- ¿Cómo que se ha ido? –dijo Fleur bostezando a la vez.

- ¿Y por qué eso te confunde? –Katie miraba fijamente a los ojos de Ginny.

- Ya no se si soy carne de solterona o no. –la pelirroja suspiró.- Es más, ya no se si quiero ser una solterona o no.

- ¿Quieres decir que…? –Dora dejó la pregunta incompleta.

- ¿Cuánto tardasteis vosotras en enamoraros de mis hermanos?

- Buff, depende…-comenzó a decir Angelina.

- Un instante. –dijo Fleur sin vacilar.- ¿Qué? Me quedé con el hermano más guapo. Yo no tengo la culpa. –se defendió cuando la miraron todas con la boca abierta.

- Supongo que sería de tontas negar que Bill es guapo. –convino Katie.- Pero yo me quedo con mi George.

- Y yo con mi Freddie. –sonrió Angelina.- No le digais que le he llamado así.

- ¿Por qué quieres saberlo, Ginny? –despues de Hermione, Dora era la cuñada que mejor conocía a la pelirroja.- ¿Estás enamorada?

- Nooooo. –contestó demasiado pronto.- Si. No. Bueno, no se. Puede. No lo sé. –se tapó la cara con las manos.

- ¿De Harry el médico? –preguntó Penélope.

Ginny asintió con la cabeza.

- ¿En un día? –exclamó sorprendida.

- Puede que no me haya enamorado de él. –se apresuró a decir Ginny.- Puede que…las circunstancias, estábamos viviendo un momento intenso…

- No creo que estés enamorada de él…todavía. –opinó Dora.- Lo que pasa es que el primer hombre que te tambalea los cimientos. Enamorarse de alguien no es cuestión de horas, pero si creo que has reconocido a tu media naranja.

- ¿Los demás pensáis igual?

- Si. Ahora lo que sientes es efecto de un flechazo, no amor propiamente dicho. –asintió Fleur.

- Ginny, ¿has estado enamorada alguna vez? –curioseó Penélope.

- Si, pero fue hace mucho tiempo y era una cría aun. He querido a los hombres con los que he estado, pero…nunca me he sentido enamorada de ellos. –confesó.- En cambio, con Harry…es como si tuviera un cartelito colgado que dice: es él. El ÉL con mayúsculas.

- Nena, lo tuyo promete. –sonrió Katie.

- Él está igual de confundido. Eso es bueno ¿no? Porque si no le provocara nada…no estaría confundido.

Todas asintieron y Ginny respiró hondo.

- Molly está a punto de salirse con la suya. –añadió Angelina y se echaron a reír.

Como si hubiera escuchado su nombre, la señora Weasley escogió ese momento para abrir la puerta. Sus ojos, del mismo color que los de su hija, se abrieron con sorpresa. Allí estaban todas sus nueras y su hija. ¿Qué estarían tramando?, pensó. Pero se le pasó enseguida porque estaba entusiasmada con la perspectiva de ver colocada a su hija pronto. ¡Y con un médico!, nada más y nada menos. Estaba que no cabía en si de gozo.

- El desayuno está listo, y ya todos están abajo. Daros prisa si no queréis quedaros sin nada. –informó limpiándose las manos en el delantal.- Ron ha llamado. A Hermione le van a dar el alta dentro de poco y vendrán esta tarde para aquí.

- ¿Cómo está? –preguntó Ginny.- ¿Te ha dicho algo?

- Está bien. Triste y apenada, pero lo está llevando con mucha entereza.

- Hermione es fuerte, lo superará. –afirmó Dora.- Y Ron está loco por ella. Volverán a intentarlo y cuando menos lo esperemos tendremos otro pelirrojo correteando por la casa.

- Si, tienes razón. –sonrió la señora Weasley agradecida.- Bueno, bajad a desayunar.

Siguiendo esa orden, bajaron e hicieron suyos los restos de sus maridos e hijos. Ginny casi no comió, pues seguía dándole vueltas al "asunto Harry". Hablarlo con sus cuñadas la había tranquilizado un poco, pero aun así… Si Harry no se hubiera marchado tan de repente, podrían haberlo hablado con más tranquilidad. Su mente se agarraba a la frase "esto no es una despedida" de su nota. Porque si no pensaba volver a verla, no se habría molestado en escribirla.

Harry le había dicho que él no pensaba prometerle nada, porque las promesas son fáciles de romper. Pero de algún modo, esa frase sonaba a promesa. Ginny suspiró y dejó la tostada a medio comer encima de la mesa. Para que luego dijeran que encontrar a tu alma gemela, al hombre de tus sueños, era un trabajo fácil. Las cosas nunca eran fáciles en la vida real. Decidió que necesitaba poner un poco de fantasía en su vida y se levantó para trabajar un rato en sus dibujos. Al menos eso la distraería hasta que llegaran Ron y Hermione.

Organizó su puesto de trabajo en un rincón de la biblioteca. Encendió la radio y tamborileó con los dedos encima de la mesa al ritmo de una canción de los Red Hot Chili Peppers. Distribuyó las láminas de dibujo y las clasificó por grupos. Primero el tema, después si estaban terminadas o no y por último los esbozos. Se quedó mirando un esbozo de una historia que había creado ella misma. Los dibujos y los diálogos recordaban al mundo del cómic. De hecho, había creado una guerrera a su imagen y semejanza: Brianna. Dudó sobre si ponerle su nombre, pero eso ya sería demasiado. Y como siempre que hacia, después de 10 minutos mirando las láminas y perfilando el argumento, las guardó en el fondo de su carpeta de dibujo. Si quería trabajar un rato, mejor que se concentrara en lo que le pedía la editorial. Conectó los auriculares a la radio y se desconectó del mundo.

Así se mantuvo trabajando durante las siguientes tres horas.

Levantó la cabeza y soltó un gritito cuando notó una mano suave en su hombro. Por fortuna, el respingo no había afectado al dibujo que estaba coloreando. Había perdido la noción del tiempo y se dio cuenta de que fuera estaba nevando. Se dio la vuelta para encontrarse con una Hermione de ojos tristes y sonrisa resignada. Aun seguía algo pálido. Con un nudo en la garganta que le impedía hablar, Ginny se limitó a abrazarla.

- Estoy bien, Ginny. –dijo Hermione con voz temblorosa.- Ya ha pasado todo.

- Debería de ser yo quien te consolara a ti. –la voz de Ginny sonó amortiguada por el cuerpo de la castaña.

- Podemos consolarnos mutuamente.

- Teníamos tanto miedo por ti. –Ginny se dio cuenta de que hasta ese momento no había mostrado lo asustada que estaba. Solo con Harry se había permitido bajar la guardia.

- No ha sido nada especial, Gin. Muchas mujeres sufren abortos como yo. –a Hermione volvió a temblarle la voz, pero luchaba por ser fuerte.

- No intentes quitarle importancia, Hermione. –la pelirroja levantó la cabeza para mirarla a los ojos. Su cuñada seguía tan pálida como un vampiro.

- No lo hago, Ginny. Pero tampoco puedo soportar regodearme en mi dolor. –se apartó suavemente de la pelirroja y fue a sentarse al sofá.- Ron y yo hemos tenido toda la noche para hablar y llorar.

- Tenéis que estar unidos. Ron no te dejará caer, Hermione. –Ginny abandonó la mesa donde tenia su trabajo y fue a sentarse en el sofá también.- Si lo hubieras visto…estaba desesperado.

Hermione guardó silencio unos minutos.

- Era un niño. –dijo finalmente con un hilo de voz. Unas tenues lágrimas se arremolinaron en sus ojos y consiguieron poner un nudo en el estómago y la boca de la pelirroja.- Ron se ha portado estupendamente conmigo.

- Claro que si, él te quiere y te adora.

- Y yo a él. ¿Sabes? El riesgo de aborto es una posibilidad viable durante los tres primeros meses de embarazo, pero de alguna forma…nunca piensas que te va a ocurrir a ti.

- Oh, Hermione…-apretó su mano con fuerza a modo de apoyo y consuelo. Era una situación que ella tampoco se imaginó que estaría viviendo.

- Y ahora solo puedo pensar en cómo podría haberlo evitado. ¿Tomé las precauciones necesarias? ¿Descansé todo lo que necesitaba? ¿Hice algún movimiento brusco? ¿Qué hice mal, Ginny? –sus ojos se llenaron de nuevo de lágrimas y su cuñada solo atinó a abrazarla.

- No fue culpa tuya, Hermione. Deja de pensar eso.

- Lo sé, lo sé. Pero… ¿por qué a mi, Ginny?

- No lo sé, cariño. Pero no puedes mortificarte por eso. –acarició el cabello castaño.- Piensa que Ron y tú tendréis más posibilidades. ¿Qué ha dicho el médico al respecto?

- Nos ha aconsejado que esperemos seis meses antes de volver a intentarlo; no ve que haya ningún problema para que vuelva a quedar embarazada.

- Centra en eso todos tus pensamientos, Hermione. No quiero verte derrumbada, y estoy segura de que Ron tampoco.

- Él también lo está pasando fatal.

- Normal, los dos habéis perdido un hijo, y ha estado muy preocupado por ti.

Hermione se enjuagó las lágrimas y respiró hondo. Sus ojos ya no brillaban, como hacían el día anterior por la mañana. Pero Ginny atinó a ver una gran fuerza interior que luchaba por salir a la superficie. En silencio, Hermione agradeció el apoyo de la pelirroja y volvieron a fundirse en un abrazo. La puerta de la biblioteca se abrió cuando ya se estaban separando. Ron acudió a rodear por la cintura a su esposa y le dio un beso en la mejilla. Tenía algunas ojeras, sin duda de haber pasado la noche en vela. Ginny se abrazó a si misma y le dedicó una mirada cargada de sentimientos y palabras a su hermano.

Ron y Hermione abandonaron la biblioteca dejando a Ginny con un pensamiento agridulce. Era emotivo ver lo mucho que se querían a pesar de estar pasando un mal momento. Seguían juntos ante la adversidad. Como Harry había hecho con ella la noche anterior. Le había ofrecido su consuelo sin tener que pedírselo. Y esa faceta acrecentaba el sentimiento de Ginny de que le moreno podría ser ÉL. Ginny suspiró y decidió salir también de la biblioteca. El tiempo había pasado más deprisa de lo que pensaba. En la larga mesa del comedor ya estaban colocados sus hermanos y sus familias. La señora Weasley salió de la cocina con una fuente de ensalada en las manos.

- Ah, Ginny, querida, ¿dónde está el médico de ayer? Tus hermanos no han sabido decírmelo. –las mejillas de la señora Weasley estaban arreboladas y Ginny notó como los adultos presentes paraban sus conversaciones y aguzaban el oído.

- No está, mamá. Se ha marchado.

- ¿Marchado? ¡¿Cómo que se ha marchado? ¡¿Adonde? –los ojos de la señora Weasley se abrieron sorprendidos.

- No lo se. –Ginny se encogió de hombros tranquilamente. Se prometió que no iba a caer en su trampa de nuevo.- A casa, supongo. A Londres.

- ¿Qué? ¿Pero qué le has hecho para que se vaya?

- Qué no le habrá hecho sería más acertado decir. –murmuró Fred y chocó las manos con George.

- Estáis hablando de vuestra hermana pequeña. –les recordó Angelina en el mismo tono de voz baja.

- Arrgg, que asco. –dijo George mirando hacia otro lado.

- Si. ¿Cómo se nos ha podido olvidar? –Fred ladeó la cabeza hacia el lado contrario.

- Peor que sus hijos. –opinó Katie rodando los ojos.

Ginny, recuperada de la acusación, se preparaba para contestar a su madre. Pero era difícil intentar mantener la compostura delante de una persona cuya especialidad era meter el dedo en la yaga. ¡Continuamente!, pensó la pelirroja.

- Mamá, no le he hecho absolutamente nada.

- Pues tal vez tendrías que haberte mostrado más hospitalaria. –insinuó la señora Weasley provocando un murmullo como un tsunami entre sus nueras y sus hijos.

- ¡Mamá! –se quejó Ginny.

- ¡¿Tu sabes las posibilidades que hay de que un médico se fije en ti? ¡Una entre un millón! ¡Y tu has desperdiciado tu oportunidad!

- Mamá…

- Ahora estamos como al principio.

- Ni que me hubiera pedido matrimonio después de 24 horas juntos. –Ginny evitó mirar a sus cuñadas, que sabían realmente como se sentía.

- Eso nunca lo sabremos. –durante unos segundos, la señora Weasley pareció consternada.- Que poca consideración tienes conmigo, Ginevra. Me pones la miel en los labios para después quitármela de la forma más vil y premeditada.

- ¡Pero bueno! –Ginny se llevó las manos a las caderas.- ¿Qué narices estás diciendo de miel? ¿Ahora soy vil?

- Menos mal que una es previsora. –la señora Weasley no prestó atención a las últimas palabras de su hija.

- Ay, que se va a liar de nuevo. –dijo Penélope llevándose las manos a la cabeza.

- Habría sido preferible un médico de Londres como yerno, pero todo no se puede tener en esta vida. Soy muy consciente de ello. –siguió diciendo la señora Weasley.- Pero tú tranquila, hija. Seguiremos probando.

- ¿Probando el qué? –preguntó Ginny entre temerosa e indignada.

- ¡A tus citas de navidad, por supuesto!

- ¿Co-como? –había intentando no irritarse. Lo había intentado con todas sus fuerzas. Pero ahora sentía que perdía la batalla.

- Por un momento pensé que ya que teníamos al médico, debía de anularlas. Menos mal que no lo hice. –la señora Weasley le dio unas palmaditas en la espalda.- Cariño, cada vez te dura menos un hombre.

- Me…me… ¿has invitado a otros hombres?

Ante el tono de voz de Ginny, los hermanos Weasley se apartaron ligeramente de su campo de visión. El señor Weasley levantó la cabeza e hizo una mueca disconforme. Su esposa nunca cambiaría. Se concentró en seguir dando la papilla de frutas a su nieto más pequeño. Cuando dos leonas se enzarzaban era mejor quitarse del medio.

- ¡Pues claro que he invitado a otros hombres! Ginevra, querida, ya no era una chiquilla de quince años. No puedes estar sola eternamente. Ahora agradece que tengas tantos hermanos mayores; sus agendas escolares me han sido de mucha ayuda.

- Vamos a ver… ¿por qué te molesta tanto que siga soltera?

- Porque es antinatural, cielo. –contestó totalmente convencida de sus palabras.- Yo a tu edad ya tenía a Bill, Charlie y Percy. Y estaba embarazada de los gemelos.

- Eran otros tiempos, mamá.

- Y todos tus hermanos se casaron antes de los 30. –arguyó la señora Weasley satisfecha y miró a los cinco hijos que tenía sentados alrededor de la mesa rectangular del comedor.

Ginny respiró hondo siete u ocho veces antes de contestar a su madre. No merecía la pena irritarse si la señora iba a seguir haciendo de las suyas. Porque al final la única que salía perdiendo era ella. Ginny estaba dispuesta a aceptar el dichoso vestido de novia de la bisabuela Prewett (siempre y cuando no bajara de lo alto del armario) y a soportar las citas navideñas que quedaban ese año. Si su madre quería hacerse tontas ilusiones allá ella. Pero Ginny tenía bastante claro el resultado. Y ese iba a ser el último año.

- Muy bien, mamá. Espero que tus candidatos sean divertidos y tengan sentido del humor. Vamos a jugar a las citas a ciegas. –dijo Ginny finalmente sorprendiendo a todos los presentes.

- Oh, Ginny, ya sabía yo que era cuestión de tiempo que entrases en razón. Lo hago por tu bien, cariño. –pletórica, la señora Weasley abrazó a su hija.

- No fuerces la rueda, mamá. –le avisó Ginny.- Solo he accedido comportarme delante de esos hombres y disfrutar de su compañía.

- Oh, y lo harás. Ya verás como si. Lástima que ese médico…

- Mamá.

- Bueno, yo solo digo que él…

- Mamá. –dijo por segunda vez la pelirroja. Si conseguía mantenerse, se prometió que esa noche se emborracharía en su habitación. ¡Que menos!, pensó.

- Parecía un hombre muy majo, perfecto para ti. Solo iba a decir eso. –la señora Weasley pareció comprender que no le convenía forzar la rueda.- Bueno, y ahora comamos.

A excepción de Ron y Hermione, todos comieron en familia. No faltaron las risas de los más pequeños y los comentarios de los adultos. Se dejaban entrever un ambiente distendido, algo totalmente imposible 24 horas antes. Nadie hizo referencia a la vuelta de Hermione, pero Ginny vio como después de comer Fleur subió una bandeja a la habitación de la pareja. El tiempo seguía manteniendo el espíritu navideño y no dejó de nevar en toda la tarde. Ginny decidió que podía terminar el trabajo que había empezado por la mañana. Todos estaban ocupados con diferentes cosas, así que no la echarían de menos.

Lo malo de su trabajo, pensó Ginny, era que dejaba demasiado tiempo para pensar. Y encima, si sus pensamientos terminaban siempre en Harry, podía darse por vencida. Lo echaba de menos; era absurdo, pero así era. Con su actitud callada, era el contrapunto perfecto para Ginny. Y eso de que la reconfortara con un simple abrazo, que supiera cuando necesitaba que la besara, cuando quería hablar y cuando no… Todo ello era un plus. Era como si el hombre de sus sueños se hubiera materializado en la tierra.

¿Y si su madre tenía razón y había perdido su oportunidad?

No, por favor, quiso gritarle al cielo.

Cualquier cosa menos que su madre tuviera la razón.

Confiaba en Harry, y en su nota había dicho que no era una despedida. Comprendía que se había asustado, como ella. Habían surgido unos sentimientos demasiado intentos para tan poco tiempo juntos. No quería pensar en la tontería de que era el hombre de sus sueños, pero las evidencias estaban ahí. Como si el cielo y la tierra se hubieran confabulado para ello. Ginny rodó los ojos. Se había pasado con ese último pensamiento. Estaba empezando a volverse loca y dentro de poco consultaría con la guija todas sus decisiones, como Luna.

Dejó de trabajar antes de que se le ocurriera incluir una bruja en la lámina o cualquier señal de la clarividencia. Pasaba demasiado tiempo con Luna. Eso era todo. ¿No había sido la misma Luna la que le había dicho que el hombre de sus sueños se llamaría HP? Si hubiera estado bebiendo algo se habría atragantado. En su lugar estuvo a punto de caerse de la silla. ¿Y si…?

- No, no, no. No puede ser. –dijo en voz alta para convencerse.

Pero…

¿Y si eran las iniciales del nombre? ¡Qué tonta…y qué miedo!

Tonta por no haberlo pillado a la primera. Pero había que comprenderla. Pensaba que era una más de las excentricidades de Luna. Ninguno de sus amigos se tomaba enserio las predicciones de la rubia.

Y miedo porque… ¿y si había acertado esta vez?

- Harry…Potter. –escuchó su propia voz mientras pronunciaba el nombre lentamente.- HP.

No pudo controlar el grito que salió de sus labios y que le hizo tropezar con el mueble y caer al suelo. Harry era el hombre de sus sueños y la predicción de Luna se había cumplido. No podía creérselo. Se llevó una mano a la cabeza y se dejó caer hacia atrás en el suelo. Y así fue como la encontraron algunos de sus hermanos y cuñadas. La sorpresa se reflejaba en sus rostros y Fred y George luchaban por contener la risa.

- Ginny, ¿qué ha pasado? –preguntó Angelina con una sonrisa también en los labios.

- ¿Te has caído? –inquirió Dora.- ¿En qué estabas pensando?

- Seguro que tenía la cabeza en otra parte. –dijo Katie.

Ginny se levantó y se llevó una mano a su dolorido trasero.

- Muchas gracias por vuestra ayuda. –se quejó.

- ¿Es que nos estabas pidiendo ayuda? –preguntó George y miró a su gemelo.

- Yo creo que no, Georgie. Más bien seguía tirada en el suelo cuando hemos venido.

- ¿Cómo íbamos a saber que necesitabas ayuda para levantarte?

- Podrías haberlo dicho claramente.

Ginny respiró hondo, tal y como hacia cuando hablaba con su madre.

- Bueno, ya basta vosotros dos. –terció Angelina.- ¿Estás bien, Ginny?

- Si, si, todo bien. Es solo que…me di cuenta de algo. –respondió con aire ausente.

- ¿De qué te diste cuenta? –Fred la miró intrigado.

- Si, venga, cuéntanos. –George movió las cejas hacia arriba y hacia abajo, lo que arrancó una risa grupal.

- Nada que os interese a vosotros dos. –Ginny salió de la biblioteca pasando por delante de sus hermanos y levantando la cabeza orgullosa. Eso si, una mano seguía apretando su trasero, que le dolía al caminar.

- ¿Tu has entendido algo, Fred?

- No, George.

- Mira que sois payasos, eh. –suspiró Katie y regresó al salón.

Ginny subió las escaleras; no sabía a donde ir. Su mente era un hervidero de ideas sin sentido. ¿Quién iba a pensar que Luna acertaría con una de sus predicciones? Bueno, eso aceptando que Harry era el hombre de sus sueños. ¿Por qué el amor era tan confuso? Palabras, palabras y más palabras. Pero la respuesta seguía sin llegar. Levantó la cabeza sorprendida. Sentada en el último escalón estaba Hermione. Apoyaba el hombro derecho y la cabeza contra la pared. Las piernas flexionadas y las manos en el regazo. Se la veía tranquila y serena. Aunque Ginny sabía que en su interior solo había infierno. Respiró lentamente y se sentó a su lado en silencio. Hermione levantó la cabeza y sonrió de manera queda.

- ¿Qué haces aquí? –preguntó Ginny.- ¿Dónde está Ron?

- Durmiendo, estaba muy cansado después de la noche que hemos pasado. –explicó la castaña en tono bajo.

- ¿Y tú qué haces aquí? ¿No deberías de estar descansado también?

- Puede. Pero no podía estar más tiempo tumbada en la cama. No puedo dormir. –Hermione suspiró.- Y si no duermo…pienso.

- Entiendo.

- No es el mejor momento para pensar. Ni siquiera para una persona tan racional como yo. –se aclaró la garganta.- ¿Qué ha pasado allí abajo? He oído un ruido, y luego voces. Pensaba bajar, pero luego he pensado que mi presencia cortaría el rollo a todo el mundo.

- Tienes razón: no es bueno pensar. Mira que eres boba. –le dio un golpecito tierno en la pierna.- Tampoco te has perdido tanto. Solo a mi tirada en el suelo y a mis hermanos diciendo tonterías en vez de ayudarme a levantar.

- ¿Y qué hacías en el suelo? –en el tono de voz de Hermione había una mota de curiosidad.

- Es largo de contar y difícil de comprender. –dijo Ginny pensando más en ella misma.- Quédate con la explicación lógica de que tropecé y me caí.

- Está bien. Si no quieres hablar de ello…no lo hagas.

- No es que no quiera hablar. –Ginny se pasó una mano por el cabello.- Tu eres la persona con la que comparto todas mis cosas. Pones orden a mis locuras. Pero hoy no seria correcto recurrir a ti.

- ¿Por qué?

- Tienes otras cosas en las que pensar.

- Pero…

- Acabas de perder un bebé, Hermione. No sería justo que te acribillara con mis dudas sobre si he encontrado al hombre de mis sueños o no. Además, que Luna acertara sus iniciales es pura coincidencia. –habló Ginny de carrerilla.

- ¿Qué? –exclamó Hermione sorprendida de verdad.- ¿Cuándo ha ocurrido eso? ¿Por qué yo no sabía nada?

En el fondo, la pelirroja se alegraba de haber hablado más de la cuenta. Había conseguido que Hermione saliera de su estado catatónico durante unos minutos.

- Es muy largo de contar.

- Tengo todo el tiempo del mundo.

- Ocurrió ayer, nada más marcharme de casa. Pero luego pasó…lo del bebé. Y no iba a comentarte nada en tales circunstancias.

- Entiendo. –dijo Hermione escuetamente.

Ginny le contó le contó como había creído que había atropellado a Harry, como lo había llevado al hospital y había esperado los resultados con él. Como había decidido que se quedaría en la granja esas 48 horas, como le había hecho reír, como era de perfecto su trasero y como se habían besado con ansiedad y pasión. Luego venia el momento en que arribaron los Weasley al hospital con la propia. Hermione. Ginny elogió la diligencia que demostró Harry en todo momento; pero no se demoró demasiado en tema para no entristecer a Hermione. Le explicó que se habían vuelto a besar en el coche y otra vez delante de la chimenea. Y que se había quedado dormida en sus brazos. Terminó con la nota de esa mañana al despertarse sola en el sofá.

Los ojos de Ginny brillaban y se adivinaba emoción en su voz. Hermione la observaba sin perderse palabra.

- Y luego esta mañana me acordé de Luna.

- ¿Qué tiene que ver Luna en esta historia?

- Mientras Harry era atendido en el hospital, recibí la llamada de Luna. Ya sabes como es. Me dijo que había hecho una guija y que tenía el nombre del hombre de mis sueños. –Ginny suspiró.- Yo le seguí el juego, como siempre. Pero tú sabes que no creo en esas cosas. Además, en ese momento no sabía ni como se llamaba Harry.

- ¿Cuáles eran las iniciales, Ginny? –la apremió Hermione.

- Ah, si. Lo siento. HP.

- ¿HP?

- Si. Y esta tarde he caído en que HP es Harry Potter. No es un nombre, son iniciales. ¿Pero como pudo saber Luna…? ¡Ni siquiera yo lo conocía! ¿Entiendes mi confusión ahora?

- Ummm…me faltan unos datos aun. Ginny… ¿tú sientes algo por ese tal Harry?

- Siento que es ÉL, Hermione. Pero si me preguntas si le quiero o estoy enamorada de él…la respuesta es no…aun.

- ¿Y qué ha pasado con tu defensa a ultranza de la soltería? –Hermione la miró a los ojos fijamente.

- Defendía la soltería para las personas que no han encontrado a su alma gemela. ¿Qué sentido tiene vivir con otra persona que no sea ÉL o ELLA? En ese caso, mejor estar sola que mal acompañada.

- Estoy de acuerdo contigo en eso.

- ¿Y qué piensas del resto?

- Pienso que si nunca has creído en todas esas patochadas de las cartas, las velas y la guija, no le des más importancia de la que tiene. Ha sido una casualidad, eso es todo. Y pienso que si realmente te gusta ese Harry, deberías de llamarlo y quedar con él. Ir al cine, empezar de cero, como todo el mundo.

- Tienes razón, como siempre. –Ginny le ofreció su mejor sonrisa.

- Molly tiene que estar en una nube.

- Calla, no me hables de ella.

- La oveja descarriada ha encontrado un médico nada más y nada menos. –sonrió.

La puerta de la habitación más cercana se abrió y salió Ron con cara de sueño.

- ¿Qué hacéis aquí? –preguntó mirando alternativamente a su esposa y a su hermana pequeña.

- Solo hablábamos un rato. –respondió Hermione.

- ¿De qué? –curioseó el pelirrojo.

- Cosas de chicas. –se limitó a decir la castaña e intercambió una mirada con Ginny.

- ¿Tiene algo que ver con el médico que has dejado escapar? –Ron bostezó de nuevo.

- Pero… ¿tú como sabes eso? –Ginny lo miró menguando los ojos.

- Todo el que tenga oídos en esta casa lo sabe. –se encogió de hombros.- Mamá no para de lamentarse por la cocina.

- De verdad, un día de estos me la cargo. Freud, Nietze o algún pensador de esos, tendría que haber hecho un estudio sobre las razones que llevan a una hija a cargarse a su madre.

- Tampoco será para tanto. –afirmó Ron, pero enseguida quiso desaparecer.

- Eso solo lo dices porque tú no tienes el vestido de novia de la bisabuela mirándote con ojos insidiosos desde lo alto del armario.

- Tienes razón, no lo tengo.

Satisfecha con la última respuesta de su hermano, Ginny se levantó. Hermione la imitó y pronto se vio asaltada por el abrazo del pelirrojo. Ginny sonrió al verlos tan enamorados a pesar del mal tiempo.

- Bueno, me voy a darme un baño de agua caliente y relajante antes de tener que volver a enfrentarme con mamá.

- Ya queda menos, Gin.

- Gracias por escucharme, Hermione.

- Para eso estamos. –suspiró y añadió.- Nos vemos a la hora de la cena.

- ¿Vais a bajar?

- Si, no tiene más sentido atrincherarnos en la habitación. –reconoció la castaña ante la sorpresa de Ron.

- Te quiero. –dijo este y la besó.

- Vale, ahora si que me voy.

Ginny se dio la vuelta y caminó hacia su propia habitación. La inseguridad había dejado paso a la paz de espíritu. Ya sabía lo que tenía y lo que quería hacer. Hablar con Hermione era justo lo que necesitaba, se dijo. Aguardaría a que Harry se pusiera en contacto con ella. Sino, pasadas las fiestas navideñas lo llamaría ella y le pediría una cita.

Estaban en el siglo XXI , pensó. Las chicas también pedían citas.

Con ese pensamiento fue capaz de superar con éxito la cena de esa noche. Aunque también ayudó que Ron y Hermione bajaran a cenar. Esta última pidió que no la trataran de manera especial, y que si había que reír que rieran, o si alguien quería gastar una broma que la gastara. Entre todos tenían que ayudarles a volver a la realidad. Ginny se sintió extra orgullosa de su mejor amiga y le dio un afectuoso beso en la mejilla. Los demás hicieron suyas las palabras de Hermione y cenaron como cualquier otra familia inglesa.

Los siguientes días estuvieron repletos de preparativos para la noche de fin de año. Pero Ginny siempre encontraba un hueco para pensar en Harry. Aun no había llamado o dado alguna señal, admitía con un suspiro. A Hermione le gustaba verla de esa forma. Decía que era un gran cambio en la mente de una solterona confesa. Todos los días nevaba un par de horas, y los niños disfrutaban creando muñecos de nieve o haciendo ángeles en el jardín. Por fin se respiraba un ambiente navideño y familiar en la granja.

Los señores Weasley habían invitado a varios amigos. Fred y George tenían guardado bajo llave su arsenal de fuegos artificiales. Pensaban encenderlos al dar las doce de la noche. Ginny aplaudió la idea de sus hermanos y estaba muy emocionada. El toque triste esta vez lo puso Helena. Al parecer, la muchachita había roto como Justin "como Bieber", alias piltrafilla. Ginny tenia que hacer balanza entre mostrarse alegre y triste por su sobrina.

La mañana antes del último día del año, Ginny salió a pasear con Helena. Habían pillado una franja en la que no nevaba, pero eso no impedía que la nieve ya cuajada les entorpeciera el paso. El cielo era de un azul muy claro y el sol asomaba tímidamente tras un grupo de nubes blancas. Helena caminaba en silencio y con la cabeza gacha. Ginny, que era de su misma altura, le pasó un brazo por los hombros.

- ¿Estás bien? –le preguntó con mucho tacto. Todo el mundo sabía que las adolescentes eran seres emocionales inestables.

- Si, claro. ¿Por qué no habría de estarlo? –Helena la miró con sus intensos ojos azules y se apartó y un mechón de cabello rubio.

- Bueno, no se. Como has terminado con Justin, creía que estabas un poco triste.

- Justin es un imbécil. –afirmó la muchacha y Ginny se tuvo que contener para no saltar de la alegría y decirle que estaba totalmente de acuerdo con ella.

- ¿Qué te hace pensar eso? –dijo en su lugar.

- Después de estar aquí el día de navidad…-se interrumpió y negó con la cabeza de manera furiosa.- Da igual, no quiero hablar de ello.

- Está bien.

Ginny contó mentalmente hasta cinco: 1…2…3…4…

…5.

- Me envió un e-mail al día siguiente muy desagradable. Decía que no le había gustado mi familia, que erais todos unos histéricos. Y que la peor eras tú. Que no entendía como siento tan mayor no habías madurado todavía y que…

- ¡Pero bueno! Este niño… ¿Quién se cree que es? –Ginny se paró en seco con las manos en la cintura.

- Eso mismo le contesté yo. Y que no tenía ningún derecho a criticar a mi familia. Pero él no se retractó y me dijo que no quería tener nada que ver con nosotros.

- Que cara más dura. Lo siento, cielo.

- Así que yo le dije que perfecto, que habíamos terminado. –sentenció Helena levantando la cabeza con orgullo.- Y él, para decir la última palabra, nos acusó de haberle hecho pasar el peor día de navidad de su vida. Y que yo le había decepcionado.

- Lena, cariño, siento mucho que tuvieras que pasar por todo eso. – Ginny suspiró.- Caray con Justin "como Bieber", nos ha salido rana. Bienvenida al club de las princesas sin príncipe. Te esperan unos cuantos reptiles por el camino.

- No me importa. Solo me ha disgustado como ha hablado de ti.

- Oh, cariño, eso es lo de menos. Si puedo soportar lo que diga tu abuela, puedo también con las opiniones de la rana Bieber.

Helena rió.

- Me ha gustado eso último. –dijo.- La rana Bieber.

- Buff, es tan repelente como ese chico. –afirmó Ginny poniendo cara de asco.- Sigo sin entender por qué tiene éxito. En mi época el fenómeno fan era mucho mejor. –suspiró.- Ay, esos mágicos noventa.

- Me habría gustado verte.

- Pues iba la mar de mona con mis mayas (que ahora les llamáis leggins) y mis camisetas amplias. Tenía una de Take That, de Robbie Williams, George Michael, Lenny Kravitz, Michael Jackson… ¡Brad Pitt! Ay, que hombre este último.

- Eres muy divertida, tía Ginny.

- Gracias. –le dio un beso a su sobrina en la mejilla y regresaron al calor del interior de la granja.

Hablar con Helena había conseguido relajarla. Durante unos minutos había dejado de pensar en Harry. El moreno había estado muy presente en su mente esos días. pero ahora que tenía tan cerca la última noche del año, se daba cuenta de que deseaba pasarla con él. Al menos estaba segura de que Harry no representaba un interés pasajero. Era el primer hombre que la hacia pensar y suspirar como una colegiala tonta e inexperta.

De la cocina salió la señora Weasley. Traía cara de circunstancias y se retorcía las manos con nerviosismo. Era tan poco habitual verla así, que Ginny disfrutó durante un par de minutos. Luego recordó las cosas que conseguían poner nerviosa a su madre y la sonrisa se le borró de la cara. En su estómago comenzó a gestarse un malestar que le provocó nauseas. Estaba claro que nunca podría tener la fiesta en paz.

"Todo me pasa a mi, coño", se dijo mentalmente. Cuando ya creía que tenía solucionado el tema con su madre…eso. Porque no necesitaba que Molly Weasley se lo confirmara con palabras.

- Oh, Ginny, querida, acabo de hablar con tus tías. –la señora Weasley se acercó a su hija.- Se han apuntado a la fiesta de mañana. He intentado detenerlas, pero dicen que somos la única familia que tienen.

- Que comience el espectáculo. –argulló la pelirroja.- ¿Quién crees que ganará la discusión este año?

- No es un tema con el que bromear, Ginevra. Esas mujeres…todo lo critican. Todo tiene que ser como ellas digan. ¡Y son tan poco comprensivas! –la señora Weasley retornó a la cocina mientras decidía si llamaba primero a sus amigas o a los responsables del catering.

- ¿Poco comprensivas? ¿Y ella? ¡Ella no ha sido nada comprensiva conmigo! De tal palo tal astilla. –dijo Ginny en voz alta.- Que no bromee con el tema. Claro como ahora la afectada es ella…espera palabras de consuelo. ¡Ja!

Las dos únicas personas que inspiraban miedo a Molly Weasley eran dos tías ancianas que tenía Minerva McGonagall y Muriel Prewett eran las hermanas de su madre. Las dos mujeres rondaban los noventa años, pero eso no impedía que impusieran su voluntad allá donde fueran. Desde que Ginny recordaba, las dos siempre se ponían de acuerdo en todo. Y criticar los esfuerzos de Molly por complacerlas era su mayor hobbie.

Esa noche Ginny se fue a la cama con una sensación rara en el cuerpo. Estaba segura de que no tenía nada que ver con la visita de sus tías, ni con la cita que le había concertado su madre. Por eso estaba confundida dio muchas vueltas hasta dormirse. Y durmió mal y a intervalos. Sin embargo, cuando se levantó al día siguiente estaba fresca como una rosa. O al menos así era como se sentía.

La histeria de ser el último día del año se apoderó de la casa y todos sus habitantes. La señora Weasley estaba especialmente irritable, así que Ginny procuraba mantenerse fuera de su campo de visión. Como tampoco quería trabajar en ese día festivo, se subió al coche y partió hacia el pueblo con Hermione y casi todos sus sobrinos. Ron no había estado muy de acuerdo en que la castaña se marchara, lo que había ocasionado una fuerte discusión entre ellos. Todo había terminado cuando Hermione había gritado a todo pulmón que había tenido un aborto, que no se estaba muriendo. Eso había dejado un ambiente pesado y negativo y explicaba la mueca de disgusto que tenia en el asiento del copiloto.

- No le des más vueltas. –le aconsejó Ginny.- Cuando lleguemos a la granja le das un beso y ya está.

- He sido muy injusta con él. Después de todo lo que ha hecho por mi. –Hermione suspiró.- Yo solo quería que comprendiera que no hace falta que me tenga entre algodones.

- Hermione, Ron siempre te ha tenido entre algodones.

- Ya, pero no como ahora, Ginny. Tenía que salir de la habitación, me estaba volviendo loca.

- Si yo no te discuto nada, Herm. –dijo Ginny aparcando el coche cerca de la calle principal. Había mucha gente haciendo compras de última hora para las celebraciones de esa noche.

- ¿Sabes qué? No me siento cómoda paseando por aquí mientras Ron está en la granja con mal humor por mi culpa. –Hermione salió por su lado.

Helena ayudó a sus primos a bajar del asiento de atrás.

- ¿Y qué piensas hacer? –Ginny miró a Hermione mientras se colocaba el bolso cruzado.

- Voy a regresar a la granja. –afirmó la castaña decidida.- No quiero pasar el último día del año peleada con Ron. Que tonta soy.

- No eres tonta, Herm. –la pelirroja llegó a su lado.- Lo que eres es una mujer muy enamorada. –miró más allá a espaldas de su cuñada.- Y con razón.

Ron había aparcado a una manzana de donde se encontraban ellas. Salió del coche y caminó con decisión hacia su esposa. Ginny observó como el rostro de Hermione se derretía de amor.

- Escucha, Hermione, siento haberte agobiado tanto. –comenzó a decir el pelirrojo.- Yo solo…

- Shhh. No ha sido culpa tuya, Ron. Yo he sido una tonta. –lo interrumpió ella.- Lo siento.

- No, Herm. Tienes razón, no puedo mantenerte siempre encerrada en la habitación por miedo a que te pase algo más.

- Ron… -Hermione estaba muy emocionada.

- Por amor de Dios, besaros ya. –intercedió Ginny con una sonrisa. Miró a sus sobrinos.- Vamos de compras. Dejemos a los tortolitos a solas.

Ron y Hermione se quedaron besándose contra el coche. Ginny no tenía pensado esperarlos. Después de la pena, merecían una bonita reconciliación. La pelirroja guió a los pequeños hasta la juguetería y se perdieron entre el bullicio de la gente. Les compró chocolatinas y algunos caramelos, pero les hizo prometer que se los guardarían hasta después de comer. Helena le ayudó a encargarse de Anna y Patrick, que tenían cuatro y tres años, respectivamente. Los hijos de los gemelos se habían quedado en la granja. Al salir de la juguetería entraron en una hamburguesería familiar y allí comieron. En la zona de atrás había una gran piscina de bolas que hizo las delicias de todos.

- Tía Ginny…-Henry, de doce años, era alto y pelirrojo como su padre. Los dos estaban sentados en la mesa mientras Helena vigilaba a sus primos en la piscina de bolas.- ¿Puedo preguntarte algo?

- Claro. –sonrió la pelirroja y cogió su vaso de naranjada para beber.

- ¿Por qué la abuela Molly tiene tanto interés en que te cases?

La pregunta pilló a Ginny con la guardia baja y se atragantó. Tosió varias veces y tuvo que dejar el vaso encima de la mesa. Henry la miró con cara de culpabilidad y ligeramente sonrojado.

- Lo siento. –se disculpó el niño.- Helena me dijo que no te preguntara, pero yo…

- ¿Sentías curiosidad? –Henry asintió.- No pasa nada, cielo. Ha sido el tema estrella de las navidades.

- Si.

- Tu abuela y yo tenemos una visión diferente de lo que significa ser feliz.

- Pero tu eres feliz ¿no? –dijo Henry con voz esperanzada.

- Por supuesto que lo soy. Pero eso a tu abuela no le basta.

- ¿Y por eso vas a casarte con el médico que atendió a tía Hermione?

Ahora la que se sonrojó fue la pelirroja.

- ¿De donde has sacado esa idea?

- Puede que lo escuchara por ahí. –el niño era reticente a delatar su fuente.- Pero es verdad o no.

- No, no es verdad. No voy a casarme con el médico ni con nadie.

- Ah, vale.

- ¿No te gusta la idea de que no me case?

- No lo sé. –Henry se encogió de hombros.- Eso es cosa tuya.

- Si, lo es. –admitió Ginny de manera reflexiva.

- ¡Henry! –Helena llamó a su hermano para que se uniera al juego con los primos pequeños.

Ginny se quedó sola en la mesa y suspiró.

Ahora hasta tenía conversaciones sobre el amor con su sobrino de doce años.

Su soltería se había convertido en un asunto de estado.

Y ella estaba a punto de perder la cabeza.

El viaje de regreso a la granja transcurrió con tranquilidad. Ginny iba más pensativa que nunca y sus tres sobrinos más pequeños habían caído rendidos en los brazos de Morfeo. Helena, que había ocupado el asiento del copiloto, puso la radio a un volumen bajo. Ginny la miró de soslayo varias veces y decidió que parecía satisfecha consigo misma. Al contrario que ella. El asunto de su soltería le había servido para darse cuenta de lo frágil que era en realidad. Había dejado que las opiniones de los demás se impusieran a la suya propia.

Harry Potter tenía todos los números para ser el hombre de sus sueños. Pero si no lo era, si como decía su madre había perdido su oportunidad con él, tampoco pasaba nada.

Asintió con la cabeza de manera queda y detuvo el coche al llegar a la granja. Las temperaturas habían vuelto a bajar, pero no se esperaba que nevara la última noche del año. Las mamás y los papás salieron a buscar a sus hijos y Ginny prefirió aguantar un poco más a la intemperie. Caminí hasta el viejo columpio que había sujeto a la rama de un árbol. Llevaba allí desde que era pequeña. Con la mano enguantada retiró la nieve que había cuajado en la banqueta. Se balanceó durante cuatro o cinco minutos, disfrutando de la libertad que le otorgaba el aire helado contra el rostro.

Esas habían sido las navidades más extrañas de su vida.

Realmente no sabia si se arrepentía de haber ido o no.

Lo cierto es que había tenido sus momentos buenos, y había conocido a Harry. Seguramente, de no haber ido nunca habría conocido a Harry. Aunque también cabía la posibilidad de que no volviera a verlo nunca. No había dejado ni dirección ni teléfono. Solo la promesa de que aquello no era una despedida. ¿Pero no había dicho él mismo que nunca hacia promesas?

Las promesas son difíciles de mantener, le había dicho.

Ginny esperaba que ene se caso, él mantuviera la suya.

A las cuatro y media de la tarde comenzó a oscurecer y Ginny entró en la casa. El ambiente seguía bullendo de actividad, pero algo le decía a ella que se mantuviera alejada. Se merecía un relajante baño de agua caliente. Así se relajaría y daría la bienvenida al año nuevo con propósitos nuevos. Subió las escaleras con presteza, aprovechando que no había nadie en los alrededores. Se quitó la ropa de abrigo y las botas de nieve. Estaba a punto de ir al cuarto de baño cuando escuchó que rascaban en la puerta. Soltó una exclamación, pero fue a abrir.

- Viruta, eres solamente tú. –dijo Ginny respirando hondo y acariciando al perro por detrás de las orejas. Lo entró y cerró la puerta tras él.

Se fue despojando de la ropa hasta quedar con las braguitas y el sujetador. Y ahora si que pudo ir tranquilamente hasta la bañera para abrir el grifo del agua caliente. Echó mano de una bolsa de verlas y las repartió por el pequeño cuarto. La bañera se llenó rápido y con la ayuda del jabón formó una superficie blanca y nubosa. Encendió la radio y se quitó las últimas prendas antes de meterse de lleno en el agua.

Abandonada a un estado de relajación máximo, procuró mantener la cabeza despejada. No había nada más que la sensación del agua del agua extremadamente caliente contra su piel. Viruta empujó la puerta del baño con el hocico y se coló dentro. Apostado en el suelo junto a la bañera, parecía su guardaespaldas. Ginny cerró los ojos y pensó que solo le faltaba la copa de champán para parece una diva del cine. Pero a ella le gustaba su vida tal y como era y no pensaba en cambiarla.

Entre la música, las velas, el agua caliente y el vacío de pensamiento, la pelirroja se quedó transpuesta. Estaba en una especie de duermevela, ni dormida ni despierta.

- Ginny…-susurró una voz muy cerca de su oído.

- La persona a la que busca no está disponible o se encuentra fuera de cobertura. –respondió la pelirroja sin abrir los ojos.

- Ginny… Ginny, soy yo, Katie. –insistió la voz.

- ¿Katie? –Ginny abrió un ojo primero y después el otro.- ¡Katie! ¿Qué haces aquí?

- Por lo visto darte un susto de muerte. –se apartó hasta sentarse en el baño y miró a su cuñada con una sonrisa reticente.

- ¿Qué hora es?

- Las cinco. Tranquila, los invitados aun no han llegado. Pero Molly no deja que nadie entre ni al comedor ni al salón. Está muy nerviosa.

Ginny bostezó.

- No pienso decir que me siento mal por ella. –declaró.

- Muy bien. –Katie se miró las uñas de las manos.

- ¿Qué pasa, Katie? No creo que hayas venido solo para decirme eso de mi madre. –se medio incorporó en la bañera.

- Tienes razón.

- Bueno, ¿qué es? –preguntó Ginny expectante.

- Buff, es algo bueno, pero que tal vez no venga en el mejor momento para la familia.

- No entiendo.

- Estoy embarazada.

- Ahora ya entiendo.

- No se qué hacer, Ginny. Me preocupa como pueda tomárselo Hermione.

- Estoy segura de que se mostrará feliz por ti y por George. Al igual que yo, por cierto. Enhorabuena a los dos. –añadió con una sonrisa.

- Gracias.

- Pero si aun te preocupa, lo mejor que puedes hacer es hablarlo con Hermione a solas.

- Si, supongo que si. –Katie suspiró.- Sabíamos que Hermione estaba embarazada e iba a contarlo el día de navidad. Pero después pasó lo del aborto… George y yo íbamos a anunciarlo hoy, para no quitarles su momento en navidad.

- Es todo un detalle. –dijo Ginny con sinceridad.- ¿De cuanto estás?

- Dos meses y medio. –Katie se levantó.- Será mejor que te deje terminar tu baño. Gracias por el consejo.

- De nada.

Katia salió del cuarto de baño y de la habitación. Ginny se quedó pensando que el destino era caprichoso. Pero Hermione tenía buen corazón, y aunque le doliera por lo que ella había perdido, se alegraría por Katie y George.

Con el agua ya enfriándose, Ginny salió de la bañera y se envolvió en una toalla gigante. Revisó su armario pensando qué se pondría para esa noche. Se decidió por el vestido negro de manga larga, entallado en el pecho y falda acampanada por encima de la rodilla. Se lo puso con unas medias de fantasía y unos zapatos de tacón rojos. Se secó el cabello de manera que le cayera en hondas por toda la espalda. Lo más seguro era que tanto su madre como sus tías encontrara alguna pega en su atuendo. Pero cuando ella se miró al espejo se sintió satisfecha con el reflejo.

Remoloneó hasta casi las seis y bajó a la planta baja.

Nadie le había avisado de que sus tías ya habían llegado y se dio de bruces con ellas en la biblioteca.

Las dos ancianas iban engalanadas de arriba abajo para mostrar su estatus. Les encantaba dejar constancia de que los Prewett eran más ricos que los Weasley. La tía Muriel llevaba un vestido rojo que apenas podía contener su gran busto en su sitio. Las manos, el cuello y las orejas con joyas familiares de rubíes y diamantes. Era la más dicharachera de las dos y no se había casado nunca. Aunque eso no era motivo para que apoyara a su única sobrina-nieta. Los ojos de lince de tía Muriel enseguida dieron con ella.

- Ginevra, querida, estás demasiado delgada. Ven a saludar a tus tías. –tenía una voz aflautada que hacia daño a los oídos.

- Hola, tía Muriel. ¿Qué tal el viaje? –Ginny se obligó a sonreír.

- Fatal, por supuesto. –dijo tía Muriel con satisfacción. Era una mujer que siempre le encontraba una excusa a todo.

- ¿No piensas saludar a tu otra tía, niña? –pregunto tía Minerva dándole con el bastón en la pierna.

- Claro que si, tía Minerva. –Ginny le dio un beso en la fría mejilla empolvada.

Tía Minerva era la hermana mediana y la más seria. Pocas eran las ocasiones en las que aparecía una sonrisa en su rostro. Sus ojos de gata estaban escondidos tras unas gafas de montura cuadrada. Para esa noche se había puesto un vestido verde botella que se pegaba a su figura delgada y espigada. Hacía muchísimos años que su marido había muerto y desde entonces vivía con la tía Muriel. La abuela de Ginny era la más pequeña y la única que había tenido una hija, Molly. Ginny se llamaba así por ella.

- Todavía sigues soltera. –observó tía Minerva.

- Así es. –Ginny no perdió la sonrisa.

- Pensaba que Molly tenía más mano en el tema. –apuntó tía Muriel.

- Si por mí fuera, ya se habría casado y habría traído un par de críos al mundo. Pero Molly siempre ha sido muy blanda con ella.

- A su edad ya no creo que encuentre marido.

- Tendremos que pensar a quién dejarle las joyas, Muriel.

- Umm, tienes razón, Minerva, tienes razón.

Las dos fruncieron el ceño.

- ¿Alguien quiere té? –preguntó Ginny para poder marcharse.

- Si, querida. Con dos terrones de azúcar. –pidió tía Muriel.

- El mío con limón. –dijo tía Minerva.

- ¿Y ninguna lo quiere con cianuro? ¡Brujas! –murmuró la pelirroja.

Salió de la biblioteca con mal humor y sin ningunas ganas de volver.

Esas viejas chochas eran de lo peor. Que repartieran sus joyas, ella no las quería para nada.

Llegó al recibidor y se sentó al pie de la escalera. Ignoraba donde estaba el resto, huyendo de esas dos, seguro. Consultó el reloj de pulsera, aun era demasiado pronto. ¿Por qué la noche de fin de año se celebraba a la doce de la noche y no a las seis de la tarde? Por ejemplo. Como mínimo le quedaban otras seis horas de tortura. ¡Como si no fuera ya suficiente cambiar de año y darte cuenta de que eres un año más vieja!

¿Es que no había ninguna clase de consuelo para las personas que pensaban como ella?

Llamaron al timbre de la puerta.

¿Quién podría ser? Según tenia entendido, los invitados de su madre estaban citados a partir de las ocho y media. A esa hora era cuando tendrían que haberse presentado las dos urracas de la biblioteca. Ahora lo único que habían conseguido había sido enojarla. Se levantó y fue a abrir la puerta con el ceño fruncido. Como fuera el hombre-cita que le había buscado su madre para esa noche, estaba tentada a cerrarla la puerta en las narices.

Abrió la puerta…

…y era un hombre.

Pero no tenía una cita con él ni su madre había concertado nada con él.

Ginny abrió los ojos sorprendida.

- Harry. –susurró. Estaba segura de que había perdido la capacidad del habla.- ¿Qué…que haces aquí?

- Hola, Ginny. –el moreno estaba más guapo de lo que recordaba. Con una barba de cuatro días y su traje negro de ciudad. Llevaba en la mano una orquídea azul que le ofreció a la pelirroja.

- Gracias.

- Feliz año nuevo.

- Bueno, aun faltan seis horas para que oficialmente entremos en el…-Ginny se interrumpió porque Harry no dejaba de mirarla fijamente.- Feliz año nuevo, Harry.

- Llevo toda la semana pensando en ti.

- ¿Enserio?

- Si. –Harry sonrió.

- ¿Qué haces aquí, Harry? –repitió Ginny con el corazón descocado.

- Te dije que era malo hacer promesas difíciles de mantener.

- Oh, Dios mío. Has venido hasta aquí para decirme que en realidad si que era una despedida y que no sientes nada por mi y que…-Ginny hablaba tan deprisa que Harry tardó en poder pararla.

- ¡Wow! Tu imaginación viaja más deprisa que la realidad.

- Lo siento. –dijo ella mordiéndose el labio inferior.

- Como iba diciendo, las promesas son difíciles de mantener. Me prometí a mi mismo que esperaría a después de las fiestas para volverte a ver, pero…me estaba volviendo loco.

Ginny contuvo la respiración.

- Creo que nuestro encuentro no tuvo nada de casual. –cogió una mano de Ginny y la guió hasta su corazón.- ¿Lo sientes?

- Si.

- Late fuerte por ti. ¿Sientes tu lo mismo, Ginny?

- Si. –dijo la pelirroja con un nudo en la garganta.

- Ya se que para ti tu independencia y tu soltería son muy importantes, pero… ¿querrías salir conmigo?

- ¿Cómo una cita?

- Si.

- ¿Tu y yo?

- Si. –rió Harry.- Quiero conocerte mejor, si tu me dejas.

- Claro que te dejo. –dijo Ginny con una sonrisa y le echó los brazos al cuello.

- ¿Estamos saliendo juntos?

- Estamos saliendo juntos, Harry Potter.

Harry soltó una carcajada muy masculina. Pero enseguida recobró la seriedad y bajó la cabeza para besar a la pelirroja. A pesar de las previsiones del tiempo, a su espalda empezó a nevar. Y detrás de la pelirroja, la familia Weasley era testigo del comienzo de una bonita historia de amor.

La soltería tendría que buscarse a una nueva abanderada.

Porque Ginny Weasley había encontrado al hombre de sus sueños.

Y el amor había nacido entre ellos.

FIN

Secándose las lágrimas con el trapo de cocina, Molly Weasley miró a su hija pequeña. Todos sus esfuerzos habían dado sus frutos. Sin embargo, aun tenía algo que hacer. ¡Anular las citas navideñas! Eso si, todavía no quemaba las agendas escolares de sus hijos. Con Ginny nunca se sabía, pensó. Y más contenta que toda su familia junta, abandonó el recibidor para encerrarse en la cocina. Al fin era feliz. Lo único que le quedaba era casarla. Pero podría comenzar a agobiar a Ginny al día siguiente.

- Una boda en navidad. –exclamó juntando las manos y llevándoselas a los labios.- ¡Ya la tengo colocada!

AHORA SI

FIN