Epílogo.
2 años después
23 de diciembre
Vivir con otra persona significaba ceder en muchos aspectos. Ginny Weasley lo había comprobado en el último año y medio. No solo le habrías tu corazón a otra persona ni las puertas de tu casa. Era un compromiso, una promesa de vida. Y aunque no podía ser más feliz al lado del doctor Harry Potter, había veces que la convivencia le sacaba de quicio. Harry poseía mucho libros, muchísimos, y objetos que parecía que coleccionara e iba dejando por ahí olvidados. Por eso, aprovechando que ella estaba ya de vacaciones, había decidido recogerlos todos y guardarlos en una caja.
Ajena a su ataque de ordenanza doméstica, la radio sonaba con el volumen alto. Ginny movía el pie al más puro estilo motown mientras escuchaba al malogrado rey del pop. Miró la caja encima de la cama y suspiró. ¿Dónde podía guardarla? Ya había intentando meterla en el armario del recibidor, pero nada. Allí estaban sus láminas de dibujo. Tampoco cabía en el pequeño estudio que compartían los dos. Lo cierto era que el piso de la pelirroja se les había quedado pequeño.
Miró hacia arriba del armario y se le iluminaron los ojos. La dejaría allí de momento. corrió a la cocina a buscar la escalera de tres peldaños y regresó con ella bajo el brazo. Satisfecha consigo misma, la colocó delante del armario y se subió. Esperaba encontrarse polvo, lo normal. Por eso había traído también un trapo húmedo y otro seco, para limpiarlo. Pero fue una sorpresa reencontrarse con él. Hacia exactamente dos años que lo había guardado allí, irritada. En aquellos momentos tan solo quería quitárselo de la vista.
Y no se había acordado más de él.
El traje de novia de la bisabuela Prewett.
Cogió la caja del vestido y bajó las escaleras con ella. Se sentó en la cama y la sostuvo en su regazo durante unos minutos. No estaba segura de querer verlo; pero al menos, su sola presencia ya no le irritaba. Recordó como dos años antes su madre se lo había mandado. Tenía 29 años y estaba soltera y sin compromiso. Una auténtica tragedia para Molly Weasley, que esperaba que el vestido la hiciera recapacitar.
Pero su propósito venía con dos años de retraso.
Era ahora cuando Ginny se preguntaba qué se sentía al casarse con el hombre de tus sueños, tu media naranja, tu alma gemela, o como lo llamasen. Porque Harry era todas esas cosas para ella. Habían comenzado despacio, aunque con unos sentimientos muy despiertos. Ginny se acordó de sus primeras citas en pleno invierno, cuando solo tonteaban. Durante el verano lo suyo ya había sido del palo serio. Además, Harry había encajado perfectamente en su familia. Decir que la señora Weasley estaba encantada era quedarse corta. Ginny era consciente del brillo en los ojos de su madre cuando quedaban o iban a pasar el fin de semana en la granja.
Todo había comenzado con un accidente de coche dos años antes y podía terminar en boda.
- Pero… ¿qué cosas estás pensando, Ginevra? –se recriminó a si misma la pelirroja.- Es el vestido, solo eso.
Hasta la fecha nunca se le había ocurrido la posibilidad de casarse. Ni siquiera sabia qué opinaba Harry al respecto. Vivían una relación de día a día, sin pensar en el futuro.
Con más ganas de las que quería reconocer, Ginny abrió la caja. Y juró que el espíritu de su bisabuela salió de dentro. Porque al instante la habitación se vio inundada de un aire más romántico. El vestido, envuelto en papel de cebolla, era de color marfil de un estilo muy de principios del siglo XX. La falda de crepé se pegaba a las caderas y caía en varias capas hacia el suelo. En la parte de arriba, el escote del corpiño era de cuello barca y estaba ribeteado con un hilo de oro. Las mangas eran cortas y simples. Pero a Ginny le dejó sin respiración la fragilidad del velo. Estaba hecho de una manera exquisita, y llevaba 150 años en la familia Prewett.
Lo mejor seria que lo guardara y se olvidara de él…otra vez.
En ello estaba, subida a la escalera de nuevo y dejando encima del armario el vestido y la caja con las cosas de Harry que estorbaban. Ginny se había convencido de que si algún día se casaba, lo haría con ese vestido.
- Es tan bonito. –fantaseó mientras Michael Jackson cantaba su éxito más sonado.
Llamaron a la puerta y Ginny miró el reloj de encima de la mesita de noche. Aun era temprano para que Harry hubiera terminado. Se bajó de la escalera y con ella bajo el brazo, fue a abrir. Si llega a saberlo, no se acerca a la puerta ni con un palo. Enserio que ese hombre le provocaba escalofríos. Su vecino Colin seguía obsesionado con ella. No le importaba que Ginny tuviera una relación seria o que Harry viviera allí. En los momentos menos insospechados, allí aparecía. Era desesperante.
- ¿Qué quieres, Colin? –preguntó sin tacto alguno.
- ¿Estás de mal humor, palomitilla? Seguro que ese medicucho no te trata como debería. –Colin se apoyó contra la jamba de la puerta obligando a Ginny a retroceder.- Si yo fuera tu novio, te trataría como a una reina
- Pero es que yo no soy ninguna reina, Colin.
- Para mi si que lo eres. –insistió Colin poniendo ojitos.
- ¿Qué quieres, Colin? –repitió.
- Nada, solo quería oír tu voz.
- ¿Has invadido mi espacio solo para oír mi voz?
- La verdad es que te echaba de menos. Llevaba 6 horas, 47 minutos y 19 segundos sin escuchar tu voz.
Ginny soltó la escalera y se masajeó la frente con la yema de los dedos.
- Colin…
- Ya no me prestas tanta atención como antes. –el rubio hizo un puchero.
- ¿Qué?
- Si, siento que nuestra relación está en crisis. –se llevó una mano sentida al corazón.
- ¿De qué relación estás hablando?
- ¿Es porque cuando nos acostamos juntos te oír roncar? No se lo he contado a nadie. además, no fue casi nada. –se justificó Colin.
- Colin, tú y yo nunca hemos dormido juntos. –dijo Ginny poniendo énfasis en cada palabra.
- ¿Cómo que no? ¿Y el día que estabas borracha y te dejaste la puerta abierta? Me quedé contigo toda la noche. Cuidando de ti y velando tu sueño.
- Colin, a eso no se le llama dormir juntos. ¡Si ni siquiera sabía que estabas ahí!
- Porque no quise despertarte para decírtelo.
- Pues tal vez tendrías que haberlo hecho. –espetó Ginny hablando entre dientes. Le estaba empezando a doler la cabeza.- Mira, Colin…
- ¿Quieres subir conmigo a la azotea?
- No.
- ¿Por qué nunca quieres subir conmigo a la azotea? –Colin parecía a punto de echarse a llorar. Pero Ginny no sentía ninguna lástima por él.
- Por que a la azotea solo va conmigo. –dijo una voz muy masculina a sus espaldas.
Harry Potter terminó de subir las escaleras y pasó por delante de Colin. No le gustaban los ascensores, así que normalmente subía a pie…y de manera sigilosa. Le pasó un brazo por los hombros a Ginny y miró al rubio de manera significativa. Ahora Colin parecía turbado.
- Tú. –acusó a Harry con el dedo.- Como si no hubieras hecho suficiente.
- Colin, ¿por qué no regresas a tu casa? –sugirió Ginny con voz algo más dulce.
- Si, tienes razón. –accedió.- Pero solo lo hago porque él no me gusta.
Después de enviarle una mirada cargada de odio al moreno, se fue por las escaleras. Ginny se apoyó por completo en el cuerpo de Harry y dejó que este la abrazara. Ellos si que llevaban muchas horas sin verse y se echaban de menos. Harry, que seguía trabajando en el Royal Hospital, comenzaba las vacaciones de navidad después de 36 horas en urgencias. Aun así no estaba cansado para buscar los labios de Ginny y darle un beso.
- ¿Así que mientras yo trabajo tu duermes con Colin? –bromeó el moreno.
- Está loco, de verdad.
- Ummm…-le acarició el cabello rojo.
- Nunca en mi vida he dormido con él. Si me pongo mala solo de verlo. ¿Cómo iba a aguantar una noche entera a su lado?
- Cierto. Además, tú no roncas.
- No, no ronco. –afirmó Ginny rotundamente.
- Bueno, puede que un poquito. –la picó Harry.
- ¡Harry! –la pelirroja le dio un golpecito en el hombro con la mano, para después colgarse de su cuello.- Yo no ronco. –le recordó.
Se besaron de manera lánguida y apocada. Estaban muy bien juntos y eran felices. Por lo que Ginny pensó que querer una boda a más a más era una tontería. No necesitaba ningún papel que ratificara que su corazón le pertenecía a Harry y viceversa. Aunque eso, seguramente, marcaría otra desilusión para la señora Weasley. Apoyó la cabeza en el hombro de Harry y dejó que él la guiara hacia dentro del apartamento. Los dos estaban cansados, pero se resistían a separarse. Al final, el encontronazo con Colin había quedado en el olvido. Claro que Ginny seguía pensando que era un psicópata necesitado de ayuda urgente.
- ¿Qué tal la noche, doctor? –le preguntó con voz melosa mirando sus ojos verdes.
- Movidita. Hubo un accidente en una de las carreteras de acceso a la ciudad. –Harry suspiró.- Cinco coches implicados. Ocho heridos y un muerto. No pudimos hacer nada por él.
- Lo siento. –Ginny le quitó el abrigo y le deshizo el nudo de la corbata. Cuando Harry se sentó en el sofá, ella se colocó detrás para masajearle los hombros.- ¿Hay algo que pueda hacer?
- Justo lo que estás haciendo ahora. –sonrió él.
- ¿Qué te parece si pedimos comida china a domicilio y vemos una peli los dos tumbados en el sofá? –propuso la pelirroja.
- ¿No habíamos quedado con Ron y Hermione?
- No. Lo anulé ayer por la tarde, después de que llamaras para decir que hacías turno doble en urgencias. –Ginny abandonó su cuello y se sentó en su regazo.- ¿A que soy buena?
- Ya lo creo. ¿Qué haría yo sin ti? –preguntó Harry mirándola intensamente.
- Pues lo más seguro es que vivieras una vida mucho más tranquila. –sonrió ella, le dio un beso rápido en los labios y se levantó.- Voy a pedir la comida.
- Procura que no sea pollo Kun Pao. –dijo Harry con desagrado.
Mientras Ginny hablaba en la cocina con el chico del chino, Harry fue a cambiarse de ropa. Le sorprendía lo bien que había llegado a conocerlo la pelirroja. Le apetecía muchísimo ver a Ron y Hermione, ambos eran estupendos, pero no esa noche. Necesitaba relax después de una noche de locos. Había perdido la cuenta de las intervenciones que había realizado. Algunas a vida o muerte. Y aunque habían perdido a un adolescente de 16 años, se consolaba pensando que había conseguido salvar a otros ocho. Su trabajo era así, unas veces ganaba la batalla la vida y otras veces la ganaba la muerte. Llevaba demasiados años en el oficio como para dejar que le afectase. Pero Harry era muy consciente de que la vida siempre pendía de un hilo o una decisión del momento.
Desabrochándose los botones de la camisa entró en su habitación. Cada pared estaba pintada con un mural original. Cuando se mudo allí, Ginny se había ofrecido a cambiarlo, pero él se negó. Cada dibujo era Ginny, representaba una parte de ella. Lo que estaba fuera de lugar era la caja alargada que había encima del armario. Harry, que era bastante más alto que ella, no tenía necesidad de subirse a una escalera. Se dio cuenta de que la caja había sido limpiada recientemente y levantó las cejas con sorpresa. Aquello le facilitaba las cosas y le daba confianza.
Con renovada energía se cambió la ropa y regresó al salón. Ginny estaba sentada en el suelo delante de la estantería de DVD's. Harry se sentó en el sofá con una sonrisa tonta pintada en la cara. Esa mujer lo era todo para él. Podía hacer que en un día lluvioso luciera el sol para él. Ginny volteó la cabeza para mirarlo. Ahora la sorprendida era ella. ¿Qué estaría tramando?, pensó. La luz del fuego de la chimenea arrancaba brillos grisáceos en su cabello negro.
- ¿Qué película vemos? –preguntó.- Nunca me doy cuenta de cuantas tenemos hasta que hay que elegir una.
- No se. La que tú quieras.
- No eres de gran ayuda, ¿sabes?
- ¿Vemos una de las viejas? –propuso Harry sabiendo que Ginny era una gran fan del cine clásico. Sus actores favoritos eran Spencer Tracy y Bette Davis, descubrió Harry con sorpresa.
- Oh, si. –exclamó entusiasmada. Se volvió de nuevo hacia el montón y estuvo deliberando durante un par de minutos.- Ya la tengo. "Que bello es vivir". Me encanta esa película, además es de temática navideña.
- Esa es perfecta. –Harry se mostró complacido, y cuando llamaron a la puerta con la cena, fue a abrir. Pagó al chico del reparto a domicilio y regresó al salón con las bolsas.
Ginny había desparecido de la habitación, pero reapareció con varias velas en la mano y un mantel rojo que pusieron en la mesita de centro.
Cenaron del mismo modo en que lo habían hecho la noche que se conocieron. Esa noche hacia dos años, en la granja de los Weasley. Cuando Ginny se dio cuenta de que el hombre de sus sueños se parecía a Hugh Jackman, sino a Harry Potter. Resignado, Harry se comió unos taquitos de pollo Kun Pao. Sabía que Ginny lo había pedido solo para picarle. Terminaron de cenar y Ginny fue a tirar las sobras a la basura. Al regresar, Harry se había estirado en el sofá cuan largo era y le hizo un gesto de mano para que lo acompañara. No hizo falta que se lo dijera dos veces. Ginny se acomodó a su lado y dejó que la abrazara por la cintura.
Disfrutaron de la película a medias, porque estuvo interrumpida por besos y carantoñas mutuas. Llegados a un momento, los dos se habían dormido. La película terminó y el televisor pasó a una imagen azul; las velas de la mesa se fueron consumiendo, así como el fuego de la chimenea. Ginny dormía con la cabeza apoyada en el pecho de Harry. Los latidos de su corazón se habían convertido en su nana particular. En cierto momento, sonó un ruidito parecido a un suave ronquido. Harry sonrió y volvió a dormirse.
La mañana de la víspera de navidad amaneció nevando. Ginny fue la primera en despertarse y se colocó de lado para ver mejor el rostro de su novio. Harry dormía tranquilo, sin apenas mover el pecho. La pelirroja le pasó una mano por el rostro, que comenzaba a mostrar los primeros signos de barba de dos días. Era diferente al tacto, acostumbrada como estaba al Harry imberbe. Pero le daba un toque sexy e interesante, decidió. Trazó las líneas de sus ojos, acarició su frente lisa y echó el rebelde cabello negro hacia atrás. Harry se movió ligeramente, pero siguió durmiendo. Ginny se dijo que era muy afortunada de tener a alguien como él a su lado y que había sido una tonta al lanzar la toalla tan pronto y decantarse por la soltería.
Lo que realmente ella defendía, era que cada uno hiciera con su vida lo que quisiera, lo que le hiciera feliz. Ella era feliz siendo soltera, pero después de conocer a Harry se dio cuenta de que no podía volver atrás.
- ¿Quieres dejar de mirarme mientras duermo? –Harry se desperezó lentamente.- Lo noto, ¿sabes?
- No te quejes tanto, que se que te encanta. –dijo Ginny dándole un beso en la punta de la nariz.- Buenos días.
- Tienes razón, me encanta. –abrió sus ojos verdes y la acercó a su rostro para besarla de verdad, en los labios.- Ahora si. Buenos días.
- Está nevando. –se levantó del sofá entusiasmada y corrió hacia la ventana. Allí sonrió como una niña pequeña al ver los copos caer por primera vez.
- Una navidad sin nieve no es navidad. –recitó Harry. Era lo que ella le había dicho la vez que le preguntó por qué le gustaba tanto la nieve.
- ¡Exacto! –Ginny se dio la vuelta con un saltito.- Voy a darme un baño caliente y relajado. Ese sofá me ha dejado todos los músculos agarrotados.
- Exagerada. –Harry le dio una palmadita en el trasero.- No tardes mucho. Tenemos que salir antes de las diez. Más tarde el tráfico se pondrá insoportable.
- ¿Por qué tenemos que ir? –preguntó la pelirroja haciendo un mohín.
- Porque una navidad sin tu familia no es navidad. –la parafraseó él.
- Odio que tengas razón.
- Pero aun así me quieres.
- La suerte te sonríe, Potter. –afirmó Ginny antes de desaparecer por el pasillo.
Lo cierto era que ir a la granja de sus padres ya no le suponía tantos problemas ni quebraderos de cabeza. Harry era el artífice de ese cambio, en su mayor parte. La señora Weasley estaba encantadísima con él y lo trataba de manera preferente. Al fin y al cabo, había conseguido lo imposible: que su hija dejara de ser una solterona. Sin embargo, Ginny estaba segura de que su madre aun no se había dado por satisfecha. Quería el pack completo. Ginny suspiró mientras el agua caliente se arremolinaba alrededor de su cuerpo. Lo suyo con su madre era una lucha continua.
Salió de la bañera y se vistió con un tejano y un jersey rojo.
El olor a tortitas recién hechas la guió hasta la cocina. Harry, además, había hecho café. Estaba sentado frente a la pequeña barra y la miró cuando ella entró. Ginny estaba algo sofocada por el calor del baño y sus mejillas lucían rojas. El cabello, también rojo, le caía liso por la espalda. A Harry le encantaba su cabello largo y suave. Fue a servirse un poco de café y se sentó en el taburete que había al lado. Se miraron a los ojos y se sonrieron; Harry puso una tortita en su plato.
- ¿Ron y Hermione vendrán con nosotros como el año pasado? –preguntó Harry.
- No. Hermione lleva tantas cosas, por si acaso, que han decidido ir con su coche. –Ginny tragó un trozo de tortita.- Además, si fuéramos con ellos, ya estaríamos en la carretera.
Harry aprovechó para mirar el reloj.
- Hablando de ello, será mejor que nos demos prisa. –se levantó del taburete y le dio un beso en el pelo.- Um, que bien hueles. Voy a darme una ducha rápida y en quince minutos salimos.
- Sois los dos iguales, no me extraña que os llevéis tan bien. –bebió un sorbo de café.- Estáis obsesionados con llegar pronto a los sitios.
- No. Lo que pasa es que a los Weasley os gusta dormir demasiado. –murmuró antes de salir corriendo y esquivando el trapo que Ginny había lanzado.
- Tienes suerte de que hagas unas tortitas tan buenas. –gritó la pelirroja para que la oyera.- Si no te cambiaría por otro.
Terminó de desayunar y recogió la cocina. Le parecía justo, ya que Harry había hecho el café y las tortitas. En el salón ya estaba todo limpio y la chimenea lucía apagada. En su habitación se puso unas botas gruesas, de nieve, y salió al comedor arrastrando la maleta y los abrigos de los dos. Al contrario que Hermione, ellos se apañaban con una maleta pequeña. De todas formas, Ginny tenía ropa en su habitación de la granja. Claro que ese año, Hermione tenía una muy buena excusa.
Harry se reunió con ella en el pasillo, totalmente vestido y recién afeitado. La pelirroja le dio un beso en la mejilla, para lo cual se tuvo que poner de puntillas. Como cualquier otra pareja que va a ausentarse unos días de su casa, pasaron los últimos minutos comprobando que todo estuviera en orden. Cuando ya estaban a punto de salir por la puerta, sonó el teléfono del salón. Ambos se miraron sin saber qué hacer. Finalmente, Ginny se decidió por contestar.
- Ves cargando el coche, enseguida bajo. –dijo la pelirroja y descolgó el teléfono.- ¿Si?
- ¿Ginny? ¡Menos mal que te encuentro! No sabía si llamarte, pero "Medianoche" me convenció de que si. –Luna hablaba de manera acelerada y sin sentido, como siempre. "Medianoche" era su gato atigrado de enormes ojos amarillos.
- Lunny, cariño, ahora no puedo hablar. Harry y yo estamos a punto de salir para la granja.
- He tenido una nueva revelación, Ginny. –informó la rubia como si no hubiera escuchado lo que había dicho su amiga.- Esta vez las cartas me han abierto los ojos. Al principio pensé que se trataba de "Medianoche", pero no. Hablaba de ti.
- ¿Enserio? ¿Cómo has podido confundirme con un gato?
- Algo va a ocurrir esta noche, lo se de una tinta. –predijo Luna.
- Bueno, siempre está vigente la posibilidad de que me cargue a mi madre. Últimamente no para de sacar el tema de la boda. –Ginny se apoyó en el sofá.- Se piensa que lo hace de manera discreta y que yo no me entero, pero si que me entero.
- No, Gin. Es algo agradable. –la interrumpió Luna.
- ¿Y quién ha dicho que eso no sería agradable? De verdad que hace dos años cuando me mandó el vestido de novia de la bisabuela me la habría cargado. Ya sabes como me afectó.
- Si, lo se. Pero estoy segura de que las cartas no se referían a eso.
- ¿Y no me puedes decir nada más? ¿Una pistita?
- Lo siento, solo me han avisado de que algo ocurrirá. –Luna se encogió de hombros.- Puede que te rompas la mano o un dedo. La verdad es que el arte de la adivinación es un poco impreciso.
- No me digas. –dijo Ginny pensando que su amiga estaba más loca que hacía dos años cuando le dijo que conocería al hombre de sus sueños. Aunque en esa ocasión acertó, se recordó. Más le valía tener las manos a buen recaudo, por si acaso.- Bueno, Lu, tengo que dejarte.
- Claro, claro. ¡Feliz navidad!
- Feliz navidad a ti también, cielo. –Ginny colgó el teléfono y salió del apartamento. Se aseguró de que cerraba la puerta con llave y bajó al parking para encontrarse con Harry.- Lo siento. –dijo sentándose en el asiento del copiloto.- Era Luna.
- ¿Qué quería? –preguntó el moreno sin desviar la vista del frente. Salieron del parking y se incorporaron al tráfico de la mañana.
- Una de sus últimas predicciones, solo eso. Al parecer me voy a romper la mano o algún dedo y eso me hará feliz. –se encogió de hombros.
- Es una predicción extraña. –opinó Harry frunciendo el ceño.
Una de las cosas que más le gustaba a Ginny de Harry era que había aceptado a todos sus amigos. No había puesto ni una sola pega sobre ellos. De hecho, se había integrado de manera plena en el grupo. La pelirroja echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Tenían casi cuatro horas de camino hasta la granja de los Weasley. De cuando en cuando, Harry la miraba de reojo para asegurarse de que no abría los ojos. Entonces dejaba entrever un nerviosismo poco común en él. Luna y sus predicciones… En el futuro tendría que ser más discreto con sus intenciones. Por fortuna, había sido a Hermione a quién le había pedido asesoramiento. Durante la primera hora y media, Ginny se durmió. Harry puso los éxitos más memorables de los Rolling Sones y se atrevió a entonar alguna en voz baja. Una de sus virtudes no era el cante, precisamente.
Se detuvieron en una gasolinera el tiempo necesario para llenar el depósito. Y también para intercambiar posiciones en el volante. Con Ginny conduciendo, el moreno se permitió descansar. Cuando se quedó dormido, la pelirroja cambió a los grandes éxitos de Celine Dion. No siempre coincidían en sus gustos musicales. Llegaron a la granja pasada la hora de la comida y la merienda. Había dejado de nevar cuando salieron de Londres, pero Ginny no perdía la esperanza.
- Harry, hemos llegado ya, cielo. –lo zarandeó suavemente hasta que se despertó.
- Umm, he debido de dormirme.
- Ya lo creo. –se inclinó para darle un beso en los labios.
Harry, que tampoco estaba tan dormido, la cogió por la cintura y profundizó el beso. Ambos se acordaron del beso que dos años antes se dieron allí mismo. Pero ahora podían añadir palabras a lo que sentían. Ginny se apartó antes de que se quedaran sin aire en los pulmones.
- Eres todo un experto, eh.
- ¿En qué? –los ojos de Harry la traspasaban.
- En volverme loca.
El moreno sonrió y le dio una palmadita en la pierna.
- Anda, salgamos antes de que Theo nos sorprenda haciendo manitas como la otra vez.
- No estábamos haciendo manitas.
- ¿No?
- No. –se acercó a él para darle un nuevo beso.- Cuando regresemos a casa, te enseñaré lo que es hacer manitas.
- Señorita Weasley, ¿está intentando seducirme? –exclamó Harry con falsa consternación.
- No lo sabes tu bien.
Ambos sonrieron y salieron del coche. El viento les revolvió los cabellos y subieron rápidamente los escalones del porche.
Ginny llamó al timbre y Harry se dio la vuelta para regresar al coche. Con las prisas por alejarse del frío, se habían olvidado de la maleta. El moreno la recogió del maletero y regresó corriendo a tiempo de que abrieran la puerta. Al ver de quien se trataba, comprendieron por qué había tardado tanto. El paso de Hermione se había ido ralentizando con el pasar de los meses. Ron solía bromear diciendo que andaba como un pato. Pero no era para menos. Su vientre de ocho meses y medio de gestación, la precedía allá donde iba.
- ¡Hermione, qué grande estás! –la saludó Ginny entrando en el calor que desprendía la casa. La castaña frunció ligeramente el ceño, pero no dijo nada. Ginny sabía que no le gustaba que le dijeran eso, pero por eso precisamente lo hacia.
- Hermione. –Harry se inclinó para darle un beso en la mejilla.- ¿Qué tal se porta la pequeña Rose?
- Con mucha energía, no ha parado de moverse en todo el día. –respondió Hermione relajando la expresión.- Es como si tuviera montada su propia fiesta de navidad aquí dentro. –se llevó las manos al vientre, más orgullosa que molesta.
- Bueno, ya te queda poco ¿no? –siguió hablando Harry mientras colgaba el abrigo en el armario del recibidor.
- Dos semanas según el cálculo del médico. –suspiró la futura mamá.- Yo me inclino a que no llegaré a los 10 días.
- Eso son las ganas que tienes de verla. –sin el abrigo puesto, Ginny se acercó y abrazó a su cuñada.- Estás estupenda. El embarazo te sienta fenomenal. –añadió tocándole el vientre.
- Gracias. Iré a avisar a los demás de que ya habéis llegado.
- ¿Somos los últimos?
- Ginny, tú siempre eres la última. –comentó Hermione con una sonrisa antes de desaparecer por el pasillo que iba al salón y al comedor.
- No siempre soy la última. –dijo la pelirroja enfurruñada.
- Claro que no, cielo. –Harry le dio un beso en la cabeza.- Todos sabemos que lo único que quieres es minimizar el tiempo en la granja.
- Lo hago por el bien de todos. –sentenció ella.- Y así es como me lo pagan, acusándome de llegar siempre tarde. Además, tú vienes conmigo. ¿Por qué nunca es culpa tuya?
- Por que nunca lo es. –afirmó Harry subiendo las escaleras hasta su habitación.
- Eso no significa nada. –rezongó Ginny subiendo detrás de él. Cuando llegó a la habitación cerró la puerta tras de si.
- Me encanta cuando te pones gruñona. –Harry se acercó y le rodeó la cintura con los brazos.- Los ojos te brillan como si fueran fuegos de artificio.
- ¿Enserio? –Ginny subió las manos hasta su rostro.
- Ajá.
- ¿Ahora quién está intentando seducir a quién? –enarcó una ceja.
- ¿Funciona?
- Bastante bien.
Se besaron en los labios con pericia y pasión. Ambos sabían los puntos que tenían que tocar para que el otro acariciara el cielo. Esa era una de las ventajas que tenía emparejarse con alguien. Aunque Ginny nunca había sido de tener una relación de un día. Pero con Harry cada día, cada momento era diferente. Rompió el beso y apoyó la cabeza en su pecho. El moreno la abrazó con fuerza y respiró hondo.
- Tenemos que bajar. –dijo.
- No quiero bajar. ¿Por qué no podemos quedarnos aquí?
- Por que es la víspera de navidad y la familia nos espera.
- Eres mala conmigo.
- Lo se. Pero más tarde te lo recompensaré.
- ¿Si? –Ginny levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.
- Ya lo verás.
Bajaron al salón cogidos de la mano. Tal y como había dicho Hermione, ya estaban todos los hermanos con sus familias. En los dos últimos años la familia Weasley se había visto incrementada por varios miembros.
El más reciente era el novio de Helena. Por un momento la pelirroja se acordó de Justin "como Bieber". Había sido el primer novio de la chica y a Ginny le había caído fatal desde el principio. Pero esta vez, el novio de Helena era perfecto. Philip era un universitario alto y simpático que se había ganado el favor de todos. Ginny dirigió su mirada hacia la joven pareja y sonrió. Se les veía muy bien juntos. George y Katie habían sido de nuevo papás, esta vez de una niña llamada Charlotte y que no se había librado de los genes Weasley. Y como parecía que los gemelos tenían vidas paralelas, Fred y Angelina habían sorprendido a todos anunciando su dulce espera unos meses después. Así fue como Mattie se había convertido en el benjamín, aunque por poco tiempo.
Después del mal trago que pasaron dos años atrás, Ron y Hermione estaban a punto de cumplir su sueño de ser papás. Tal y como Ginny había apreciado al entrar, la castaña no podía estar más pletórica. La pequeña Rose era un bebé muy deseado y esperado por todos.
- Harry, querido, has venido. –exclamó la señora Weasley con los brazos abiertos mientras corría la encuentro del moreno.
- Claro que hemos venido. No me perdería tus postres navideños por nada del mundo. –Harry siempre tenía las palabras adecuadas.
- Oh, eres un adulador. –la señora Weasley soltó una risita complacida.
- Hace lo mismo cada año. –comentó Ginny a sus cuñadas.- Tan solo porque una vez rompí con mi novio justo antes de venir aquí, no significa que vaya a hacer cada año lo mismo.
- Ya sabes como es tu madre. Hasta que no lo ve entrar por la puerta no está tranquila. –dijo Penélope en voz baja.
- Siempre encuentra algo con lo que pillarme.
- Mientras no saque el tema del matrimonio…-sugirió Dora en un susurro.
- Calla, calla, no le des ideas.
- ¿No quieres casarte? –preguntó Fleur mirándola fijamente.
- ¿Qué? –Ginny volteó la cabeza de manera brusca.
- Quiero decir que Harry y tú ya lleváis dos años juntos. ¿No habéis pensado en casaros?
Atentas a lo que podría decir la pelirroja, las mujeres se apartaron ligeramente del grupo grande. La señora Weasley seguía agasajando a Harry, y los hermanos Weasley estaban repartidos entre atender a sus hijos pequeños y hablar con su padre.
- Pues la verdad es que no hemos sacado el tema. –admitió Ginny.
- Pero tú quieres casarte con Harry ¿no? –inquirió Hermione con los ojos entornados.
- Supongo.
- Esa no es una respuesta. –dijo Angelina.
- Creo que a la solterona confesa le da miedo que sepamos lo que realmente quiere. ¿Me equivoco? –preguntó Dora con una sonrisa de oreja a oreja.
- Odio que me conozcas tan bien. –gruñó Ginny.
- Cariño, eres como un libro abierto para nosotras. –Fleur la cogió de la mano y le dio unas palmaditas tranquilizadoras.
- La verdad es que…ayer pensé en el tema. Pero fue tras encontrar el vestido de la bisabuela Ethelia, así que…
- Eso es una excusa y lo sabes. –la interrumpió Hermione apuntándole con el dedo.
- No todo tiene que ser blanco o negro ¿sabes? –se defendió la pelirroja.
- En este caso si. –afirmó Penélope.
- Cuando os ponéis todas en bloque sois imposibles. –resopló la pelirroja. Miró a su alrededor en busca de Harry, pero no lo vio.- ¿Dónde está Harry?
- Acaba de entrar en la cocina con papá y mamá. –comentó George y le entregó su hija a su esposa.
- Hmm. Será mejor que suba a cambiarme, no quiero asistir a la cena en tejanos. –la pelirroja se levantó.
- Buena idea. –la apoyó Angelina. Su voz sonó demasiado entusiasta.
- ¿Me he perdido algo?
- ¡Que va! –Angelina se apresuró a negar lo evidente.- Son las hormonas, que aun las tengo un poco disparadas.
- Ya. –Ginny no quiso ahondar en el asunto y subió a su habitación.
Había algo que se le escapaba, pero ya averiguaría el qué. Sus cuñadas habían estado demasiado comunicativas entre ellas. Como si estuvieran esperando algo. Se encogió de hombros mientras se quitaba los pantalones tejanos. Técnicamente no había mentido al decir que no sabia si quería casarse con Harry o no. Él no se lo había pedido, así que… ¿Pero y si se lo pidiera? Diría que si, por supuesto. Harry era lo mejor que le había pasado en la vida. Respiró hondo al darse cuenta de lo que implicaba ese pensamiento. Un gran paso para una solterona confesa como ella.
Se puso un vestido de color verde esmeralda, como los ojos de Harry.
¿Cómo había llegado a esa situación?
¿Cómo había llegado a depender emocional y físicamente de una persona?
Por otro lado, tendría que estar loca si no lo hiciera.
Después de besar a incontables ranas, había encontrado a su príncipe.
Con este pensamiento, terminó de vestirse y bajó al recibidor. Estaba en completo silencio, algo totalmente inusual. ¿Dónde se habían metido todos? Caminó por el pasillo siguiendo una luz que titilaba levemente. Y cuando llegó al salón se quedó con la boca abierta. Había una docena de velas repartidas por la chimenea, la mesita de centro y el suelo. Pero lo que la dejó sin respiración fue la figura de Harry recortada contra la luz del fuego. El corazón de Ginny se paró durante unos instantes para volver a latir apresuradamente después.
- ¿Qué…? –las palabras se le tascaron en la boca.
- Quería esperar hasta mañana, iba a ser mi regalo de navidad. –dijo Harry con su voz ronca y masculina.- Pero parece que cuando se trata de ti pierdo la paciencia.
- Harry…
- ¿Recuerdas lo que te dije nuestra primera noche juntos? La pasamos aquí sentados y nos acabábamos de conocer. Sin embargo, en el fondo, era como si te conociera de toda la vida.
- No se qué decir. –Ginny se llevó una mano al pecho.
- No digas nada aun. –suavizó su tono de voz.- Te dije que no creía en las promesas porque son difíciles de mantener.
- Lo recuerdo.
- Pero lo que no te dije es que se pueden mantener si lo que las sustenta es fuerte y flexible.
- Harry, me estás poniendo nerviosa.
- Ginny, nuestro amor es fuerte. Lo suficientemente fuerte como para mantener una promesa.
- Oh, Dios mío. –Ginny subió la mano hasta la boca cuando vio que Harry se arrodillaba a su lado.
- ¿Quieres casarte conmigo, Ginny? –abrió una cajita de terciopelo azul. Dentro había un anillo con un diamante solitario que emitía destellos.
Ginny se quedó sin palabras.
Las lágrimas se le atascaban en los ojos y no era capaz de ver nada. Durante un par de minutos eternos, la vida que había compartido con Harry pasó por su mente. Los buenos y malos momentos, las risas y las lágrimas. No había un solo detalle del que se arrepintiera.
- ¡Por amor de Dios, di que SI! –exclamó la señora Weasley desesperada desde el fondo del salón.
A continuación se escucharon risas nerviosas.
- ¿Qué dices, Ginny? –preguntó Harry riendo.
- Si. –murmuró de manera apenas audible.
- ¡Dilo alto! Esta niña va a terminar conmigo. –interrumpió de nuevo la pronta madre de la novia. Le había costado mucho colocar a su hija y no quería perderse detalle.
- ¡SI! –gritó Ginny y se lanzó a los brazos de Harry para besarlo.
- Te quiero. –dijo el moreno cuando se separaron.
- Y yo a ti. –lo besó de nuevo y se puso el anillo en el dedo.- Te has propuesto cambiar todas y cada una de mis navidades ¿no?
- ¿Una navidad diferente? –Harry enarcó una ceja.- ¿Por qué no?
Toda la familia Weasley fue a felicitar a los novios, pero pronto echaron en falta a alguien que se había mostrado demasiado entusiasta. La señora Weasley no aparecía por ningún lado. Voltearon la cabeza a un lado y otro del salón en busca de la matriarca, sin éxito. Ginny, aunque feliz, estaba un poco mosca.
- Diez años dándome el coñazo para que me case, y cuando me comprometo desaparece. –comentó frunciendo el ceño.
- ¿Pero donde puede estar? –preguntó Harry sin despegar su cuerpo del de su prometida.
Volvieron a mirar y al fin la encontraron siguiendo el hilo de su voz.
- Henry, querido, ya tienes 14 años. ¿Tienes alguna novieta por ahí?
- No. –contestó el muchacho algo sonrojado. Su abuela lo había cogido por banda y lo estaba interrogando en el sofá.
- ¿Alguna chica que te guste? Podría hacer unas llamadas y…
- ¡MAMÁÁÁ! –la amonestaron todos sus hijos.
- ¿Qué? Si me dale como Ginny más vale que empiece pronto. –se explicó ella y siguió a lo suyo con el chavalín.
Pero la historia de Henry pertenece a otra navidad.
Esta termina con Harry y Ginny besándose bajo un manojo de muérdago.
¡FIN!
