Esta historia pertenece a Anne Eames adaptada a los personajes de crepúsculo

Capítulo Dos

A las dos de la tarde, Bella abrió su novela y, escondiéndose detrás del ordenador, empezó a leer donde la había dejado:

Sabía que aquella sería la noche. La luz de las velas iluminaba la habitación y la chimenea estaba encendida. El levantó su copa de champaña.

–Por el amor de mi vida –brindó, con una mirada tan intensa que la mareaba. Después, dejó la copa sobre la mesa y la tomó en sus brazos; sus ojos clavados en la boca femenina, sus labios acercándose hasta que...

–Cullen –escuchó Bella, confusa.

–Sí –murmuró ella, con los ojos entrecerrados.

–Edward Cullen. Tengo una cita.

Bella salió de su romántico estupor y se quedó atónita al ver frente a ella al hombre de la cafetería.

–Ah... sí, claro –murmuró, cerrando la novela y buscando en el archivo. Pero cuando volvió a levantar los ojos, él sonrió y Bella hubiera jurado que el aire acondicionado había dejado de funcionar. Rápidamente, apartó la mirada y se concentró en el informe. Veo que se ha hecho las pruebas preliminares y parece que todo está en orden –dijo, sin mirarlo. ¿Cuántas veces piensa venir?

– ¿Perdón?

– ¿Una vez a la semana, al mes?

–Pues... –empezó a decir él, aclarándose la garganta. Bella se dio cuenta de que estaba nervioso. Era normal en los primerizos. No sé, digamos que una vez a la semana.

– ¿Hoy le viene bien?

–Sí. Me viene bien.

–Si no le importa sentarse, alguien lo atenderá inmediatamente.

Mientras llamaba a la enfermera para informar de que tenían un donante esperando, Bella lo observó por el rabillo del ojo. Llevaba una camisa azul y vaqueros gastados, que le quedaban como un guante. Le gustaba más así que con la bata del hospital, aunque la bata también le quedaba de maravilla...

«Pero, ¿en qué estás pensando?», se dijo, irritada. Bella era la primera que criticaba a los hombres por fijarse solo en el físico de una mujer. Además, ella no saldría nunca con un médico. Todos los médicos se creían tocados por la mano de Dios... « ¡Aja!», pensó. Eso era. El había ido allí con la esperanza de crear pequeños dioses. Su contribución a la raza humana.

Bella colocó el informe en el archivo, regañándose a sí misma por sus frívolos pensamientos. Afortunadamente, la enfermera pronto se lo llevaría de allí.

Pero la enfermera no salía y, cinco minutos más tarde, el hombre se acercó a ella y le regaló una sonrisa tan cegadora como la de Brad Pitt.

– ¿Sabe cuánto tiempo tendré que esperar? Tengo que volver al trabajo.

Si fuera rubio, podría ser el doble de su actor favorito, pensaba Bella.

–Voy a ver qué está causando el retraso –murmuró, levantándose. Pero el hombre estaba colocado entre su escritorio y la puerta del pasillo y no le dejaba espacio para maniobrar. Bella se quedó mirando el vello oscuro que asomaba por el botón abierto de la camisa, esperando que él se apartara. Como no lo hacía, nerviosa, levantó la mirada.

Gran error.

Los ojos del hombre eran demasiado Verdes. Demasiado intensos.

La puerta se abrió tras ellos y los dos se volvieron a la vez.

– ¿Señor Cullen? –llamó la enfermera.

–Sí –respondió él, sonriendo por última vez antes de alejarse.

Bella volvió a sentarse, suspirando. Tomó la novela y, después de una última mirada al descamisado héroe de la fotografía, la guardó en el bolso. Quizá su hermana tenía razón. Y, desde luego, aquel no era el mejor sitio para leer novelas de amor.

Afortunadamente, el teléfono empezó a sonar y el trabajo la hizo olvidar momentáneamente aquellos increíbles ojos Verdes.

Pero cuando Edward Cullen pasó frente a ella unos minutos más tarde, lo siguió con la mirada.

Y, en ese momento, una idea empezó a tomar raíces…

Edward caminaba a toda prisa, enfadado consigo mismo. ¿Qué le había pasado?, se preguntaba. Coquetear con una empleada del banco de esperma que pensaba visitar una vez a la semana...

«Muy inteligente, desde luego», se dijo.

Tenía que olvidarse de aquella chica por completo. Aunque pareciese una de las vigilantes de la playa y tuviera un coeficiente intelectual por encima de cien. Él no tenía tiempo para hacer vida social. Al menos hasta que tuviera plaza fija como médico en el hospital. E incluso entonces tendría problemas para pagar el alquiler.

Mientras se ponía la bata en la sala de médicos, Edward intentaba no recordar los años que tardaría en devolver el préstamo de 120.000 dólares con el que había pagado sus estudios.

Aún así, durante el día, sus preocupaciones monetarias fueron reemplazadas por la imagen de aquella chica. Recordaba su largo y sedoso cabello, preguntándose qué aspecto tendría cuando estuviera despeinada, con el pelo cayendo sobre su cara...

Cuando las cosas empezaron a calmarse, hacia medianoche, Edward encontró una cama vacía y se tumbó para dormir un rato. Como siempre, el día había sido largo y agotador. Suspirando, cerró los ojos y... allí estaba ella de nuevo.

Bella había quedado en la cafetería del hospital con Ángela Weber la programadora de informática que la había ayudado a conseguir el puesto en la clínica. Había conocido a Ángela en su anterior trabajo y, cuando ella presentó su dimisión, harta de los arrogantes cirujanos, Bella le había pedido que la ayudase a buscar otro empleo. Desde entonces, se habían hecho muy amigas.

Bella llegó con unos minutos de adelanto y eligió la misma mesa del día anterior, pero aquella vez se sentó en la silla que había ocupado su hermana. Las personas son animales de costumbre, pensaba, y si el hombre de los ojos azules se sentaba en el mismo sitio, podría mirarlo a gusto.

Ángela llegó sonriendo unos minutos más tarde.

– ¿Qué tal el trabajo? –preguntó, dejando la bandeja sobre la mesa.

–Muy bien.

La mesa detrás de Ángela seguía vacía y las dos charlaron mientras comían, hasta que Bella encontró valor suficiente para contarle a su amiga la razón por la que la había llamado.

–Me gustaría hacerte una pregunta personal, pero si no quieres contestar, lo comprenderé.

–No me puedo imaginar qué puede ser tan privado, pero pregunta.

–Tu inseminación –dijo Bella, directa al grano. Ángela le había confiado que había acudido a la clínica unos años antes y Bella quería que le diera detalles.

–Ah, eso –sonrió Ángela. ¿Qué es lo que quieres saber?

Antes de contestar, Bella le contó que había decidido tener un hijo y que se había hecho las pruebas en otra clínica de inseminación artificial que trabajaba en coordinación con la del hospital de Detroit.

–Sí, es mejor que lo hayas hecho en otra clínica. Así te ahorras los cotilleos –dijo Ángela. Me sorprende que hayas tomado esa decisión siendo tan joven, pero supongo que tendrás tus razones.

–La verdad es que aún tengo ciertas reservas. Te va a parecer una bobada, pero... ¿no te asustaba pensar que no conocías la cara del padre y, que...? –en ese momento Edward Cullen entraba en la cafetería y Bella dejó la frase a medias.

–Pues sí –dijo Ángela. Bella no podía dejar de mirar al hombre de los ojos Verdes, que, como esperaba, se sentó en el mismo sitio que el día anterior y se dispuso a leer el periódico, aparentemente sin fijarse en ella. Por eso inventé al hombre de mis sueños.

– ¿El hombre de tus sueños? –repitió Bella, intentando concentrarse en la conversación.

–Suena patético, pero miraba fotografías en las revistas buscando la cara del hombre de mis sueños. Alguien que me pareciera real, la clase de hombre por el que me sentiría atraída. – ¿Y lo encontraste? Ángela sonrió.

–En las revistas, no. Conocí a Kevin en un crucero el mismo día que me inseminaron. Y ya conoces el resto de la historia.

Bella volvió a mirar por encima del hombro de Ángela y se encontró frente a un par de intensos ojos verdes. Edward Cullen estaba mirándola con expresión de estupor. Quizá estaba intentando recordar dónde la había visto antes. O quizá sabía dónde y se sentía avergonzado. – ¿Bella, te encuentras bien? – ¿Eh?... Ah, sí. Me había perdido un momento. Me pasa muchas veces –contestó ella. – ¿Eso era todo lo que querías preguntar? –No quiero que pienses que soy una cobarde, pero ¿te hicieron daño?

–Más de lo que yo había imaginado, pero es muy rápido. Mucho más rápido que el resultado del proceso, te lo aseguro –sonrió su amiga. Estoy segura de que oirás muchas historias cuando llegue el momento.

Por encima del hombro de Ángela, Bella vio a Ojitos Verdes salir de la cafetería, con la bandeja en la mano. Caminaba con seguridad, pero no con arrogancia y de nuevo se fijó en sus musculosos brazos y en sus largas piernas. Buenos genes, pensaba. ¿Qué más podía pedir?

– ¿Ya te has fijado un calendario?

Edward desapareció y Bella volvió a prestarle a Ángela toda su atención. Ni siquiera le había dicho aquello a su hermana, pero se sentía más cómoda con su amiga. Además, estaba deseando contárselo a alguien y ¿a quién mejor que a una persona que ya había pasado por ello?

–Pues... cualquier día de estos.

–Es maravilloso, Bella –dijo Ángela, tomando su mano. Te deseo suerte. Cuenta conmigo para lo que quieras.

–Gracias –sonrió ella. Le gustaba hablar con Ángela porque no la trataba como si fuera una niña. Aunque era de la edad de Alice y Rosalie, siempre la había tratado como a una adulta.

Mientras salían de la cafetería, Bella se sentía tentada de contarle más; por ejemplo que creía haber encontrado al padre de sus sueños. Pero al final decidió que algunas cosas era mejor guardarlas para sí misma.

Más tarde, en su apartamento, Bella estudiaba la lista de potenciales donantes de su base de datos. Después sacó del bolso el número de orden de Edward Cullen y lo contrastó con los datos de la clínica de fecundación asistida. Lo encontró en la página cinco. Decía:

Un metro ochenta y cinco centímetros, setenta y cinco kilos, ojos verdes y cabello claro. Campo de trabajo: Medicina.

Antes de que pudiera cambiar de opinión, tomó el teléfono y llamó a la clínica. Cuando la enfermera contestó al teléfono, Bella se identificó y, con voz temblorosa, le dijo el número de donante que había seleccionado. La enfermera le aseguró que todo estaría dispuesto para el día que ella estuviera preparada.

Pero no fue hasta el sábado por la mañana, el día del partido, cuando Bella descubrió que era el momento. Se hizo la prueba dos veces y comprobó que estaba ovulando. Afortunadamente, la clínica estaba abierta y le dijeron que no había ningún problema.

Su corazón latía a toda velocidad mientras conducía por la autopista y, antes de entrar en la clínica, volvió a repasar mentalmente las razones por las que había tomado aquella decisión: los problemas de fertilidad de su familia, que no había encontrado ningún hombre que la interesara, que había elegido un buen donante... Bella se quedó pensando en aquello último. Ella no pensaba pedirle a Ojitos Verdes que mantuviera a su hijo, no quería nada de él. Solo quería ver una cara detrás de la fría jeringuilla.

Y por fin. Pensó en el cuidado de su hijo. Sus hermanas podrían ayudarla si deseaba volver a trabajar y, si no era así, afortunadamente la herencia de su madre le permitiría quedarse en su casa cuidando de su hijo. Bella cerró los ojos, imaginando la suave piel de un niño, el olor a talco... y los preciosos ojos verdes de su padre.

Sí, era el momento de hacerlo. Aquel era el día.