Esta historia pertenece a Anne Eames adaptada a los personajes de crepúsculo

Capítulo Tres

De vuelta en su casa a media mañana, Bella se secaba una lágrima.

Todo había ido bien. Demasiado bien. De una forma fría, eficiente. Bella acariciaba su vientre con la mano. En la clínica le habían advertido que no tuviera demasiadas esperanzas, que a menudo tenían que intentarlo varias veces. Pero no la habían advertido de que se sentiría tan triste.

Ella deseaba un hijo, pero en sus sueños siempre había existido un hombre maravilloso que la adoraba, a quien amaba con total abandono y que la abrazaría en un momento como aquel.

Nunca se había sentido más sola en su vida.

Bella cerró los ojos, intentando imaginar los ojos verdes de Edward Cullen. Pero solo era una imagen borrosa.

El teléfono empezó a sonar entonces. Era Rosalie.

–Iré a buscarte en veinte minutos –dijo su hermana. Bella no respondió. ¿Te encuentras bien?

– ¿Eh?... Sí. Solo estoy un poco cansada.

–Bueno, pues espabílate. Hace un día precioso para ir al partido.

Bella colgó el teléfono y se levantó del sofá. Aquél era un día para celebrar, no para estar pensando tonterías, se decía. Se estaba tomando el asunto con demasiada seriedad.

El partido sería una buena diversión... mientras no le contase a Rosalie lo que había hecho. No, antes de volver a hablar con su hermana, se aseguraría de que tenía noticias que darle.

Mientras se ponía unos vaqueros y una camiseta, se miraba al espejo.

¿Tenía un aspecto diferente?, se preguntaba. En realidad, no. Pero, cuando salía de su apartamento, sentía como si tuviera un letrero luminoso sobre la cabeza, anunciando lo que había hecho.

Cuando quedaban cinco minutos para terminar la primera parte, el Michigan iba ganando.

–Voy por un refresco antes de que se forme cola –dijo Bella, volviéndose hacia su hermana. ¿Quieres algo?

–Un perrito caliente con mostaza y una Coca Cola –contestó Rosalie. ¿Quieres que vaya contigo?

–No hace falta –contestó ella.

Bella se levantó de su asiento y se dirigió hacia el puesto de perritos calientes en el que, afortunadamente, solo había un par de personas.

– ¡Bella! –oyó una voz tras ella. Cuando se volvió, vio a Ángela y las dos mujeres se abrazaron. No sabía que venías al partido. Podríamos haber venido juntas.

–Estoy con mi hermana Rosalie. ¿Has venido con tu marido?

–Sí, está por ahí. Ha venido con un par de médicos amigos suyos. Creo que le ha echado el ojo a uno de ellos para la plaza de ayudante de cardiología –contestó su amiga. Bella estaba deseando contarle lo que había hecho aquella mañana, pero se había empezado a formar cola y temía que alguien la escuchara. Se imaginaba a toda aquella gente quedándose en completo silencio en cuanto pronunciara las palabras banco de esperma y tuvo que contener una carcajada. ¿Por qué no cenamos todos juntos?

–Por mí, encantada. Le preguntaré a Rosalie.

–Será imposible encontrarnos cuando termine el partido, así que nos veremos en el State Grill –dijo Ángela.

–Muy bien. Si no podemos ir, te llamaré esta semana –se despidió Bella, después de comprar los refrescos.

Cuando volvió a su asiento y le preguntó a su hermana si le apetecía ir a cenar, Rosalie aceptó encantada.

Al final del partido, las aceras estaban llenas de aficionados del Michigan lanzando hurras en honor de su equipo. Bella levantó la cara hacia el cielo. El atardecer era precioso, habían disfrutado de un buen partido y, lo más importante, uno de sus sueños podría hacerse realidad aquel día. Su estado de ánimo había cambiado por completo.

– ¿En qué piensas? preguntó Rosalie.

–En nada. Estoy deseando que conozcas a Ángela –sonrió Bella, cuando aparcaban frente al State Grill.

El restaurante estaba abarrotado y Bella vio a Ángela haciéndole gestos desde una mesa del fondo. Sentado a su lado estaba Kevin Weber, su marido, un hombre de aspecto distinguido y sonrisa muy agradable.

Pero cuando los dos jóvenes médicos que los acompañaban se volvieron, Bella se quedó sin aire.

¡Era él!

Rosalie se había sentado al lado de Ángela y, con su habitual desparpajo, se presentó ella misma. Solo quedaba un asiento libre. Al lado de... él.

Ángela presentó a su marido y a los dos hombres, Jacob y Edward. Bella se dio cuenta de que Edward la había reconocido y, por su expresión, no parecía hacerle ninguna gracia encontrarse con ella.

–Bella me ha dicho que tenéis gemelos –estaba diciendo Rosalie en ese momento. Menudo trabajo.

–Pues sí, pero tenemos mucha suerte con las niñeras. Sus abuelas los estarán malcriando ahora mismo.

– ¿Las dos abuelas se quedan con los niños?

–Bueno, en realidad no son sus abuelas. Mi madre murió antes de que nacieran los gemelos y la madre de Kevin vive en Europa. Son dos señoras mayores a las que prácticamente hemos adoptado como abuelas –explicó Ángela.

–Millie y Hazel son voluntarias en el hospital y dos personajes de cuidado –rió Kevin. Las conocimos en un crucero, el día que Ángela y yo nos vimos por primera vez.

Después, Ángela explicó el papel de celestinas que habían hecho las dos mujeres, pero Bella apenas prestaba atención porque sentía dos intensos ojos verdes clavados en su cara. Afortunadamente, la conversación derivó hacia el trabajo y Edward se enfrascó en una discusión con Kevin.

Aprovechando que él había dejado de mirarla, Bella estudió su perfil. Le gustaba cómo caía el pelo sobre su frente, dándole un aspecto juvenil y despreocupado. Y sus ojos seguían siendo tan verdes como recordaba. Brillantes, profundos...

En realidad, le gustaba todo en él. Y su proximidad la estaba poniendo muy nerviosa. Todo aquello era absurdo. Estaban sentados uno al lado del otro, como si no pasara nada, mientras podría llevar el hijo de aquel hombre en su vientre.

Y, a pesar de lo absurdo de la situación, su imaginación no dejaba de trabajar. Se preguntaba si podrían salir alguna vez, si le gustaría ir a bailar, si...

«Si te estás volviendo loca», se dijo a sí misma. Podía imaginar la presentación: «Esta es Bella, trabaja en el banco de esperma del que yo soy donante».

–Vaya, es más tarde de lo que pensaba –dijo Jacob, cuando terminaron de cenar.

– ¿Tienes una cita? –sonrió Edward.

–La verdad es que sí. Pero no estaba pensando en eso. Estaba pensando que será de noche cuando lleguemos a casa.

–No te preocupes, Jake, el hombre del saco no existe.

–Muchas gracias, simpático. Pero yo estaba pensando en tu chica –replicó su amigo. Bella se quedó helada al oír aquello. Sally estará en la ventana, esperando que llegues. Como todas las noches.

–Lo que pasa es que estás celoso porque a ti no te espera nadie –bromeó Edward, mientras todos reían. Todos menos Bella.

¿Por qué le molestaba que Edward tuviera una chica?, se preguntaba. ¿Y qué significaría eso, que tenía novia o que estaba casado? En cualquier caso, estaba claro que vivía con una mujer.

Bella se quedó un poco retrasada mientras salían del restaurante. No quería que nadie viera su expresión. ¿Por qué había creído que aquel hombre tan guapo estaría soltero?, se preguntaba. Aunque le daba igual. Nunca había pensado tener relaciones con él. Edward Cullen no era nada más que una cara para ella.

Y, sin embargo, mientras se despedían, se daba cuenta de que había esperado que fuera mucho más.

– ¿Qué te ha parecido? –preguntó Rosalie, cuando se dirigían hacia el coche.

– ¿Qué?

–Edward –contestó su hermana. Parecía el hombre perfecto para ti, pero resulta que tiene una chica –sonrió, pasándole el brazo por los hombros.

–Qué se le va a hacer –murmuró Bella.

Rosalie permaneció callada durante casi todo el camino y ella lo agradeció. Estaba cansada de disimular. No tenía por qué engañar a Rosalie; podría haberle contado la verdad. Pero se sentía demasiado vulnerable como para soportar los reproches de su hermana. Además, tenía su orgullo. Contarle que se sentía triste, sería como admitir que había cometido un error.

Y no era así, se decía a sí misma. Sería una buena madre y le daría a su hijo todo el amor del mundo. Para eso había hecho lo que había hecho. Si había cometido algún error, había sido dejar volar su imaginación sobre el hombre de los ojos verdes.

Si él hubiera seguido siendo un extraño, se decía. Pero haberlo conocido, compartir una cena con él, tener amigos comunes...

Sencillamente, tenía que apartar a Edward Cullen de sus pensamientos.

Pero cuando estaba sola en su apartamento, se paró delante del ventanal que daba al río, preguntándose si Edward seguiría acudiendo a la clínica, si su chica sabría que era donante de esperma, si se habría sentido tan incómodo aquella noche como ella. Pero, sobre todo, se preguntaba qué estaría pensando él en aquel momento.

Jacob y Edward bajaron del coche en Greektown, insistiendo en no desviar a los Weber de su camino.

Edward era el que vivía más cerca, en un diminuto apartamento en la calle Monroe, a menos de un kilómetro del hospital, lo cual era muy conveniente porque no podía contar con que su viejo cacharro arrancase todos los días. Aunque, en realidad, prefería volver caminando del hospital, para aclarar sus ideas. No siempre era posible dejar atrás el trabajo, especialmente cuando había tenido que tratar casos terminales.

Pero aquel día había tenido suerte. Todos sus pacientes estaban en condición estable y había disfrutado del partido sin preocuparse de nada. Todo había sido perfecto; el tiempo, el partido, la compañía. Todo hasta que...

Edward sacudió la cabeza, intentando apartar a Bella de sus pensamientos. Qué curioso destino el que los hacía encontrarse continuamente, se decía. Primero en la clínica, lo que le había dado estímulo suficiente para hacer el trabajo que tenía que hacer, después en la cafetería. Y de nuevo aquella tarde. Y cada vez la encontraba más atractiva.

– ¿Qué te pasa? Tienes cara de preocupado –sonrió Jake. Venga, chico, anímate. Es sábado por la noche. Vámonos de fiesta.

– ¿No trabajas mañana?

–No. ¿Y tú?

–Algunos tenemos que hacer que el hospital funcione.

Siguieron caminando sin decir nada y Edward pensó que Jake no iba a mencionar a Bella. Pero se había equivocado.

– ¿Qué te ha parecido?

– ¿A qué te refieres?

–A la chica, hombre. ¿Es que no tienes sangre en las venas?

Edward se encogió de hombros, intentando aparentar desinterés.

–No sé. No hemos hablado mucho.

– ¿Y eso qué tiene que ver? ¿No te has fijado cómo le quedaba la camiseta? –rió su amigo, haciendo un gesto muy descriptivo. Creí que iba a estallarle de un momento a otro. Yo creo que es natural. ¡Y qué ojos! Nunca había visto unos ojos de color Chocolate. Son Impresionantes!

Edward tuvo que reír, a pesar de todo.

– ¿Por qué no la invitas a cenar?

– ¿Yo? A mí no me ha mirado ni una sola vez –dijo Jake. Solo tenía ojos para ti.

– ¿Qué dices?

–Te ha estado mirando durante toda la cena, Edward. Si casi no ha probado bocado.

–Por favor...

–En serio. ¿Por qué no la invitas a cenar?

–No.

–Pero, ¿tú qué eres, una especie de monje? No recuerdo cuándo fue la última vez que te vi con una mujer. ¿Durante el tercer año de Medicina? –rió su amigo. Edward ignoró la pregunta. Los dos recordaban cómo había terminado su historia con Valerie –. Dame una buena razón para no invitarla a salir.

–Estoy demasiado ocupado.

– ¡Venga, hombre! –Exclamó Jacob. Yo también estoy muy ocupado, pero siempre hay tiempo para conocer gente.

–Yo no tengo tu energía –insistió él. «Ni tu dinero», hubiera podido añadir. Un hecho del que Jacob nunca se daba cuenta. Aún así, Edward sabía que ni el tiempo ni el dinero eran las razones para evitar a Bella. –Pero tienes que pasarlo bien alguna vez.

–Hoy lo he pasado bien.

Jacob se paró en medio de la calle, como si acabara de tener una idea brillante.

–Podría enterarme de dónde trabaja...

–Olvídalo, Jake –lo interrumpió Edward, irritado.

–Me parece que aquí pasa algo raro. ¿Tengo razón? –preguntó su amigo.

Edward suspiró. Solo había una forma de hacer callar a Jake y era contándole la verdad.

–Vale. Pero no quiero oír el consabido ya te lo advertí.

–Cuéntame.

–Trabaja en la clínica.

– ¿Qué clínica? –preguntó Jake. Edward apartó la mirada. ¡No! ¿No me digas que...? Edward asintió. ¿Seguro que no quieres que salgamos esta noche?

–Seguro.

–Tú te lo pierdes –murmuró Jake.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Edward se había sentido atraído por una mujer pero, durante la cena, la proximidad de Bella le había hecho sentir algo especial. Era raro. Apenas se habían dirigido la palabra y, sin embargo...

Jacob se paró frente a un bar y, cuando dos enfermeras del hospital salieron a saludarlo, Edward, se despidió y siguió caminando hacia su casa. Si iba a pasarse la noche pensando qué iba a hacer con Bella...

Aunque no había nada que pensar, se decía. Pero, si lo había, prefería hacerlo en su cama que en un local con la música a todo volumen.

Su casera estaba sentada frente a la ventana del primer piso, como siempre observando el mundo desde su mecedora.

– ¿Te vas a dormir? –sonrió Sally, cuando Edward entró en el vestíbulo.

–Sí –suspiró él.