Esta historia pertenece a Anne Eames adaptada a los personajes de crepúsculo

Capítulo Cuatro

A pesar de su decisión, Bella volvió a tomar la novela, sintiendo envidia de la protagonista, que había encontrado al hombre de sus sueños.

El hombre de sus sueños.

Últimamente, cada vez que cerraba los ojos, solo había un hombre en los suyos. Y aquel hombre tenía una cita en quince minutos. Había esperado que Edward la cancelara, pero no lo había hecho.

Bella cerró la novela y apoyó la cara en las manos. Edward estaba casado, se recordó a sí misma. De modo, que no había esperanza alguna. Aún así, cerró los ojos y recordó su sonrisa...

Pero cuando los abrió, casi se cayó de la silla.

Edward estaba apoyado en su escritorio, sonriendo y Bella parpadeó, intentando separar la realidad de la ficción.

Él seguía allí.

– ¿Estabas durmiendo?

–No. Solo estaba... –empezó a decir ella. Pero no sabía cómo terminar la frase. Llegas pronto.

–Lo sé –dijo él. Es que quería hablar contigo.

– ¿Sobre qué?

–Quería darte las gracias por no decir nada el otro día.

–No tenía por qué hacerlo. No es asunto de nadie.

Edward parecía tan incómodo como ella.

–No sé por qué venir aquí resulta algo tan embarazoso. Al fin y al cabo, soy médico. Es solo que... bueno, me gustaría saber si tú...

En ese momento, empezó a sonar el teléfono.

–Perdona –dijo Bella. Edward se metió las manos en los bolsillos y se sentó a esperar.

Cuando estaba terminando con la llamada, la puerta del pasillo se abrió y la enfermera se llevó a Edward.

Solo más tarde, cuando él abandonó la clínica, Bella recordó que Edward había empezado a decir: «me gustaría saber si tú...»

¿Qué habría querido decir?

« ¿Si querrías que yo fuera el padre de tu hijo? Ah, pues sí. Muchas gracias.», imaginaba Bella, irónica.

Tenía que hacer algo con su imaginación porque algún día iba a meterla en un buen lío. Quizá era el momento de empezar a leer novelas de terror, se decía.

El jueves, Bella entró en la tienda del hospital para echar un vistazo a la ropita de niño. Estaba mirando unos patucos cuando se encontró con Edward.

–Hola –la saludó él.

–Hola –sonrió Bella. Edward tenía en la mano un diminuto peto vaquero, pero después de mirar el precio, volvió a dejarlo donde estaba. No se le había ocurrido pensar que podría tener hijos. Por alguna extraña razón, había esperado que el suyo fuera el primero. Edward volvió a mirarla y Bella intentó disimular sus pensamientos. ¿Para tu hijo?

–OH, no –sonrió él. Estoy buscando un regalo para una de mis pacientes, añadió, orgulloso… ¿Alguna sugerencia?

Bella no sabía cuánto dinero quería gastarse y le daba vergüenza preguntar, pero como la mayoría de los interinos del hospital no tenía un céntimo, señaló una bolsa que contenía un babero y un chupete.

–Ese es un buen regalo.

–Estupendo. Gracias –dijo él. Después, pareció dudar un momento. Mira, a mí esto no se me da bien, pero... ¿te gustaría salir conmigo mañana por la noche?

Bella lo miró, incrédula. Él mismo había estado hablando sobre su chica la noche del partido. ¿Qué clase de mujer creía que era?

–Perdona. Tengo que volver a trabajar –contestó, dándose la vuelta.

–Espera un momento –dijo Edward, tomándola del brazo. ¿Qué he dicho que haya podido molestarte?

–No es lo que has dicho. Es lo que se te ha olvidado.

–No te entiendo.

– ¿Ah, no? Pues deja que te ayude. ¿No te espera tu chica en casa?

Edward la miró, sorprendido, y después soltó una carcajada.

– ¿Te refieres a Sally?

–Sí, Sally.

–Es mi casera. Una señora encantadora de sesenta y cinco años que cuida de mí como si fuera su hijo –explicó él. Bella lo miraba, deseando creerlo. Edward se hizo una cruz a la altura del corazón. Te lo juro. No te mentiría sobre una cosa así.

Bella se cruzó de brazos, sonriendo. – ¿Y sobre qué me mentirías? –preguntó. Cuando él sonrió, Bella se dio cuenta de que se había metido en un lío. Un buen lío.

–A ti no te mentiría. Estoy seguro de que me pillarías siempre.

–Eres muy listo.

–Pero no has contestado a mi pregunta. Yo había pensado ir a escuchar un poco de jazz al otro lado del río...

Bella estaba jugando con fuego y lo sabía. Él solo era la cara, se recordó a sí misma. No sería inteligente...

–Me encantaría.

Después de quedar el viernes a las cinco, se separaron. Bella se decía a sí misma que aquella cita no era tan importante, pero tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse en el trabajo durante el resto de la tarde.

Por la noche, sin embargo, no podía dejar de pensar en ello. Colocó media docena de trajes sobre la cama y, después de probárselos todos, se decidió por unos pantalones azul marino y un jersey de color crema con rebeca a juego. Esa era la razón por la que no le gustaba salir con hombres. Se volvía loca con aquellas tonterías.

A las cinco menos cuarto del viernes, cuando Bella tenía un nudo en el estómago, el teléfono empezó a sonar. Era Edward.

–Lo siento muchísimo, pero vamos a tener que dejarlo para otro día. Ha habido un accidente en la autopista y tengo que quedarme a trabajar. No sé a qué hora terminaré.

–Lo entiendo –murmuró Bella, esperando que él no se diera cuenta de su desilusión.

–Desgraciadamente, tengo que trabajar todo el fin de semana.

–En fin, así es la vida de los médicos –suspiró ella.

–Bueno, tengo que irme. Ha llegado la ambulancia.

Bella colgó el teléfono, entristecida. Aunque estaba segura de que Edward no estaba mintiendo.

Aquella vez.

En ese momento, recordó las veces que había oído a Reneé llorar en su habitación. El recuerdo formó un nudo en su garganta. ¿Cuántos aniversarios había pasado su madre sola?, se preguntaba. ¿Cuántos de los cumpleaños de Bella se había perdido su padre? No recordaba que hubiera estado en ninguno de ellos.

Cuando salió de la clínica, se sentía triste, pero había tomado una decisión.

Edward podría ser el padre de su hijo. Podría ser... pero era mejor recordar que los médicos no eran buenos padres.

Aquella noche durmió mal y el sábado por la mañana lo pasó en casa de Rosalie, jugando con su sobrina. No le había vuelto a hablar a su hermana sobre la inseminación. Tenía suficiente con comprobar el calendario y contar los días.

Pero por la noche, a solas en su cama, Bella tuvo que admitir que se sentía angustiada. Angustiada porque quizá estaba siendo demasiado dura con Edward. Porque quizá existía la posibilidad de tener una relación con él. Y más angustiada porque vería a Edward el lunes y no sabía cuál sería su reacción. Quizá él no volvería a mencionar la cita, quizá lo había hecho de forma impulsiva y después se había arrepentido.

El fin de semana fue largo y Bella no le dejaba de darle vueltas a la cabeza. El lunes por la mañana, cuando sonó el despertador, estaba agotada. En la clínica, leyó las notas que había dejado la enfermera del fin de semana y preparó un café. Después, volvió a su escritorio y abrió el libro de citas. Lo primero que llamó su atención fue que la cita de la una había sido cancelada.

Edward había cancelado su cita.

Bella se decía a sí misma que podría haber mil razones, que no debía tomárselo como algo personal, pero la lógica no la estaba ayudando nada.

Había estado haciéndose preguntas durante todo el fin de semana y aquello hacía que volviera a torturarse.

No se había dado cuenta de cuánto deseaba volver a ver a Edward y tenía unas ganas tontas de llorar, pero era culpa suya. Había dejado volar su imaginación y tenía que pagar el precio. La próxima vez, se decía a sí misma, no se haría ilusiones.

Durante los días siguientes, se llevó la comida a la oficina para no ir a la cafetería del hospital. Pero el jueves olvidó el almuerzo en casa y decidió arriesgarse. Echó un vistazo por la cafetería y, al no ver a Edward, se sentó a comer su ensalada en una mesa cerca de la puerta.

Pero unos minutos después, el ruido de una silla hizo que levantara la mirada.

Y se encontró de frente con aquellos increíbles ojos verdes.

– ¿Te importa si me siento contigo? –preguntó Edward. Era una pregunta retórica porque ya se había sentado. Bella terminó su vaso de agua, preguntándose si habría algún tipo de vacuna para inmunizarla contra aquel hombre. Siento mucho lo del viernes... –empezó a decir él.

–No te preocupes –lo interrumpió Bella. Así era como debía actuar. Indiferente. Ella era una mujer segura de sí misma, independiente. Podía estar con aquel hombre y no dejarse afectar por él. Bueno, tengo que irme.

– ¿Quieres que... lo intentemos mañana? –preguntó Edward.

Bella respiró profundamente, como buscando valor para decirle que no.

–Muy bien.