Esta historia pertenece a Anne Eames, yo solo jugué un poquito cambiando los personajes a los de crepúsculo escrito por Stephany Meyer
Capítulo Cinco
Estaba dándole demasiada importancia a una simple cita, pensaba Edward. Quizá había sido un error invitar a Bella a salir. , ¿Qué pasaría si se gustasen de verdad? ¿Qué podría él ofrecerle? Muy poco dinero y menos tiempo. Entonces, ¿por qué lo había hecho?
Edward estaba cambiándose en la sala de médicos. Sabía por qué y eso era lo que lo molestaba. Tenía la necesidad de estar con ella, de conocerla, de saber qué cosas le gustaban.
Habían pasado años desde la última vez que se había sentido atraído por una mujer como se sentía atraído por Bella. Aún así, debía tener cuidado. La última vez había sido un desastre. Si hubiera seguido con Valerie se habría arruinado. Ella no había tenido ningún reparo en usar sus tarjetas de crédito más allá del límite, imaginando que pronto él empezaría a ganar mucho dinero y podría pagar sus deudas.
Pero entre Valerie y Bella había una gran diferencia. Los ojos de Bella mostraban inteligencia, personalidad y un gran sentido del humor. Pero si pensaba que era solo su personalidad en lo que estaba interesado, se estaría mintiendo a sí mismo. Entre ellos, existía una química innegable. Y, en lugar de intentar calmar su libido, Edward se preguntaba si debía pasar por la farmacia para comprar un surtido de preservativos.
«Pero, ¿en qué estás pensando?», se dijo, irritado consigo mismo. Ella no le había demostrado que estuviera interesada en ninguna relación, ni física ni de otro tipo. En realidad, siempre parecía un poco incómoda cuando estaban juntos.
Y era mejor no pensar, se decía. Ya era hora de relajarse un poco y pasarlo bien.
Pero cuando vio a Bella, no se relajó en absoluto. Los pantalones le quedaban como un guante y el jersey lila marcaba su más que amplio busto.
Ella sonrió y Edward perdió la cabeza. En aquel momento, le hubiera dado cualquier cosa. Hasta su hijo primogénito, si lo tuviera.
–Hola –dijo, sin saber qué hacer con las manos.
–Hola –sonrió ella, nerviosa.
Ninguno de los dos parecía saber qué decir y Edward lanzó un suspiro.
– ¿Lo estás pasando bien?
Una suave carcajada se escapó de los rosados labios femeninos.
–No hago esto a menudo.
–Pues ya somos dos –sonrió Edward. La secretaria del turno de noche llegaba en ese momento y Edward tomó a Bella del brazo. ¿Tienes hambre?
–Un poco.
–En la plaza Hart sirven los mejores perritos calientes de la ciudad.
–Eso suena estupendo –dijo ella.
– ¿Te importa si vamos caminando hasta la estación?
–Hace una noche preciosa –sonrió ella, disfrutando de la fresca brisa de octubre. Me apetece dar un paseo.
–Espero que te guste el jazz.
–Me encanta –sonrió Bella. Afortunadamente, porque no podía llevarla a otro sitio, pensaba Edward.
Mientras caminaban juntos hasta Greektown, Edward la miraba por el rabillo del ojo. Bella parecía más relajada y él intentaba tranquilizarse, pero aquella mujer lo ponía nervioso.
– ¿Dónde vives? –preguntó, sin saber qué decir.
–Hasta que murió mi madre, vivía con ella en las afueras. Ahora vivo en un apartamento en el centro.
– ¿Y tu padre? –preguntó él. La expresión de Bella le dijo que había tocado un tema doloroso.
–Viajando por el mundo con su novia –contestó ella. Por su tono amargo, Edward descubrió que no se había equivocado.
–Hablando de novias... –sonrió él, señalando la ventana de su casa.
– ¿Sally?
–Sally. Y parece indicar que nos acerquemos –dijo él, tomándola del brazo. Prepárate. Nunca se sabe lo que va a decir.
Sally los saludó, sonriendo de oreja a oreja.
–Me alegro de verte, Edward. ¿Te he dicho que mañana van a cortar el agua?
–Sí, Sally. Me lo has dicho –sonrió Edward.
–Me parece que no conozco a tu amiga. Soy Sally Williams.
–Bella Swan. Encantada de conocerla.
–Nunca he visto a Edward con una chica y estaba empezando a pensar mal –sonrió la mujer, guiñándole un ojo. Me alegro de que te diviertas un poco, para variar.
Poco después, se despidieron y siguieron caminando hasta la estación.
–Estabas hablándome de tu padre –dijo Edward
–Era un médico muy conocido. Un hombre que siempre estaba ocupado... fuera de casa.
A Edward no le pasó desapercibido el tono de reproche y, absurdamente, sintió la necesidad de demostrarle que no todos los médicos eran iguales.
Pero, al mismo tiempo, no pudo dejar de notar la marca de unas diminutas braguitas debajo de su pantalón y se preguntó de qué color serían... y si lo descubriría aquella noche.
Desde luego, no era muy inteligente pensar esas cosas si quería probarle que él no estaba deseando jugar a los médicos. Y tampoco creía que a Isabella Swan le gustara esa clase de juegos.
Parecía una mujer que tenía en alta estima la virtud, alguien que no buscaba seguridad en los brazos de un hombre.
Siguieron caminando sin decir nada hasta que llegaron a la estación y, cuando subieron al andén, Edward la tomó de la mano. El contacto fue como una corriente eléctrica que subía por su brazo y llegaba hasta su pecho. Algo sorprendente que no había sentido nunca al tocar a una mujer.
Bella no lo miraba y Edward se preguntó si ella había sentido lo mismo. Habría dado cualquier cosa por entrar en aquella preciosa cabecita y leer sus pensamientos.
Había ocurrido tan rápido que Bella no había tenido tiempo de pensar.
El contacto con la mano del hombre la hacía desear que el tren no llegara nunca y miró hacia otro lado para disimular. No quería que Edward supiera cuánto la excitaba su proximidad, cómo despertaba en ella algo primitivo que era como un reto para sus convicciones sobre la pureza y la paciencia. No quería ni pensar qué pasaría si él la besaba.
Pero lo pensaba. Y, si era sincera consigo misma, lo estaba deseando.
Un poco después, llegó el tren y Edward soltó su mano para entrar con el resto de los pasajeros.
Se sentaron y Bella miró los largos dedos del hombre, como si quisiera conjurarlos para que volvieran a los suyos. Como no lo conseguía, suspiró, admirando el paisaje de Detroit a través de la ventanilla.
Él no hablaba demasiado y parecía un poco distraído. Quizá estaba cansado, se decía, o pensando en algún paciente.
Bella se movió un poco en el asiento y su muslo rozó la pierna de Edward.
Él no se apartó. Y ella tampoco.
El tren paró con brusquedad en la siguiente estación y su pecho se aplastó contra el brazo del hombre.
– ¿Disfrutas del paseo? –preguntó él, pasándole torpemente un brazo por la espalda.
–Sí –contestó ella.
–Me alegro.
«Menuda conversación», pensó Bella, disimulando una sonrisa.
Poco después llegaron a la plaza Hart. Cuando salieron del tren, Edward volvió a tomar su mano y, aquella vez, ella la apretó con una sonrisa.
La orilla del río estaba llena de quioscos y, en el anfiteatro, una banda tocaba música de jazz.
Caminaron hasta la barandilla que los separaba del río Detroit y, más allá, de Canadá, y el mundo pareció desaparecer para los dos. Las luces del Casino Windsor brillaban en las quietas aguas y Bella disfrutaba de la presencia masculina a su lado.
–Gracias –dijo él entonces.
– ¿Por qué?
–Por traerme aquí.
–Tú eres el que me ha traído –rió ella. ¿Es que no te acuerdas?
–Yo te he pedido que vinieras, pero tú me has dado el motivo –insistió él, mirándola con aquellos ojos tan verdes. Me he convertido en un tipo muy aburrido.
–Pues yo soy el remedio para eso. .
–Me alegro –susurró Edward, inclinándose hacia ella. Bella cerró los ojos, preparada para recibir un beso, pero cuando sintió los labios del hombre en la frente, tuvo que ahogar un gemido de desilusión. Edward se colocó tras ella y la rodeó con sus brazos, para mirar el río. Bella nunca se había sentido más segura y, sin embargo, asustada, más protegida y, sin embargo, vulnerable. Pero no cambiaría aquel momento por nada del mundo. Eran una pareja perfecta, pensaba, sintiendo la barbilla del hombre en su cuello. ¿Tienes hambre? –preguntó él, unos segundos después.
–No tengo prisa.
–Me alegro. Yo también estoy muy a gusto así –dijo Edward. La música de jazz sonaba a su lado y él empezó a moverse, llevando el ritmo. Bella Swan... mi ángel celestial. Eres como un trocito de cielo.
Bella rió nerviosa.
–Nunca me habían llamado ángel celestial. Quizá deberías hablar con mis hermanas.
– ¿Y qué me dirían?
–Probablemente que soy demasiado independiente y obstinada como para ser un ángel.
– ¿Por qué?
Bella no podía contarle el ejemplo más reciente de su obstinación. Aunque quizá tendría que hacerlo algún día. Pero, por el momento, no dejaría que nada estropease la noche.
–Tendrás que preguntarle a ellas –contestó Bella.
–Creo que es hora de taponar nuestras arterias con un perrito caliente. ¿Qué te parece? –sonrió él, tomando su mano.
–Estupendo –mintió ella. No era precisamente en comida en lo que estaba pensando.
Comieron sentados en el anfiteatro, mientras escuchaban al grupo de jazz y Bella no podía dejar de darle vueltas a la situación. Dos semanas antes, Edward no era más que una cara. Y, de repente, en unas horas, se había convertido en mucho más. Era un hombre amable y cálido, en absoluto pretencioso y arrogante como había creído. Y si se sabía guapo, no lo demostraba.
Mientras no hubiera quedado embarazada de su hijo... ¿Cómo podría explicarle algo así?
Bella solo llevaba un par de días de retraso y, con su ciclo irregular, no era para sentirse alarmada.
Pero si estaba embarazada y seguía viendo a Edward, ¿cuándo sería el mejor momento para decírselo? ¿Y qué pensaría él cuando le dijera que iba a tener un hijo suyo?
Bella sabía lo que pensaría. Que lo había engañado. Él no estaba buscando eso y no era justo...
-¿Tienes frío? –Preguntó Edward, poniendo el brazo alrededor de sus hombros. Estás temblando. Quizá deberíamos marcharnos.
– ¿Tienes que trabajar mañana?
–Me temo que sí.
–Entonces será mejor que nos vayamos –sonrió ella. Lo he pasado muy bien. Gracias, Edward.
Él la besó delicadamente en los labios y el corazón de Bella se llenó de emoción.
–Yo también –dijo él. ¿Crees que podríamos repetirlo otro día?
–Claro –contestó ella, intentando aparentar tranquilidad. Pero la verdad era que sus sentimientos por el doctor Cullen iban mucho más allá de lo que hubiera esperado.
