Capítulo Seis

Edward no la llamó en todo el fin de semana. Y tampoco le llegó el período. No sabía cuál de las dos cosas le daba más angustia, aunque se decía a sí misma que ninguna de ellas significaba nada. Pero, de vuelta al trabajo el lunes siguiente, no podía dejar de mirar el reloj.

Cinco minutos después de la una, Edward entró en la clínica y el corazón de Bella dio un vuelco. Llevaba una gorra de béisbol, una camiseta y vaqueros gastados.

Nunca le había parecido más sexy.

–Hola. ¿Te gusta mi disfraz? –sonrió él, mirándola con sus ojos verdes.

– ¿Eso es un disfraz? –rió ella, más por nervios que por otra cosa.

–Me estoy volviendo paranoico. No quiero que nadie me vea entrar aquí –dijo Edward

–Yo te veo –le recordó ella.

–Eso es diferente –dijo Edward mirándola a los ojos como si pudiera leer sus pensamientos. Aunque Bella esperaba que no fuera así. Quería preguntarte una cosa... ¿alguna vez ves los resultados de esta clínica? Ya sabes, gente que por fin logra tener un hijo.

–No. Mi trabajo consiste en atender a los donantes –contestó ella, incómoda.

–Me imagino que habrá muchas parejas que se beneficien de la inseminación artificial.

–No siempre son parejas –dijo Bella. Pero se arrepintió inmediatamente.

–Bueno, claro. Pero no habrá muchas mujeres solteras que lo hagan, ¿no?

–Cada día más –contestó ella. Tenía que hacer algo para cambiar de conversación. Bella deseaba que sonara el teléfono, que Llegara otro donante, cualquier cosa...

En ese momento, dos mujeres mayores entraban en la clínica con un carrito lleno de caramelos.

Edward se cubrió la cara con la visera y se sentó en una de las sillas.

Las dos mujeres, vestidas con el mandil rosa de las voluntarias, se plantaron frente a su escritorio, con una sonrisa en los labios.

–Hola. Me llamo Millie. Y ella es mi hermana Hazel. Somos voluntarias y nos dedicamos a comprar juguetes para los niños enfermos –dijo una de ellas.

– ¿Han venido a que les compre caramelos?

Millie se inclinó hacia ella, conspiradora.

–Esta no es nuestra ruta normal, pero los médicos del ala nueva son unos tacaños. No sabes el trabajo que nos cuesta sacarles dinero para juguetes.

–Es verdad –asintió Hazel. Como son nuevos, no están acostumbrados a colaborar.

–Tú también debes de ser nueva, ¿no? –Preguntó Millie . ¿Estás casada, tienes niños?

– ¡Millie! Ese no es asunto tuyo.

Bella rió, encantada con aquel excéntrico par de señoras y, sobre todo, por la distracción.

–Me temo que no. Estoy soltera.

– ¿Una chica tan guapa como tú? ¿Qué les pasa a los hombres? –Exclamó la mujer, mirando a Edward que, sentado en una de las sillas, hacía todo lo posible por taparse la cara. ¿Y ese no te gusta? –preguntó en voz baja.

Hazel miró entonces la pared y vio el cartel que indicaba donde estaban.

–Millie, ¿sabes qué es esto? –preguntó a su hermana.

Bella miró entonces a las mujeres como si las viera por primera vez.

– ¡Un momento! ¡Ustedes tienen que ser Millie y Hazel, las del crucero de Ángela y Kevin!

–Pues sí –asintió Millie. ¿Conoces a los Weber?

–Ángela es muy amiga mía. Ella me consiguió este trabajo.

–Vaya, vaya, el mundo es un pañuelo –sonrió la mujer. En ese momento, el teléfono empezó a sonar. Mientras anotaba la cita, Bella veía por el rabillo del ojo a las dos mujeres riéndose y se imaginaba de qué. El pobre Edward debía estar pasándolo fatal.

De repente, Millie abrió los ojos como platos.

–Ahora lo entiendo. Vaya, vaya, vaya...

– ¿Qué? –Susurró Hazel. ¿Qué es lo que entiendes?

–Yo creo que está aquí para... ya sabes.

–No, no lo sé. Cuéntamelo.

–Por favor, Hazel, qué despistada eres –dijo Millie, inclinándose sobre el oído de su hermana.

– ¡No me digas! –rió Hazel, tapándose la cara con las manos. Afortunadamente, la puerta del pasillo se abrió en ese momento y Bella escuchó los pasos de Edward, alejándose. Hazel se acercó a la mesa y tomó un ejemplar de la revista Playboy que miró, boquiabierta.

–Deja eso, Hazel. No puedo llevarte a ninguna parte –dijo su hermana, sacando una bolsa de caramelos del carrito que Bella pagó, encantada. Bueno, encantada de conocerte... ¿Cómo te llamas?

–Isabella, pero solo llámeme Bella

–Muy bien, Bella. Hasta pronto.

Bella se despidió y, cuando las dos mujeres desaparecieron, soltó una carcajada. En ese momento, sonó el teléfono y tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. Afortunadamente, era su hermana y, entre risas, le contó lo que había pasado. Lo que no mencionó fue el nombre del guapo donante.

Unos minutos más tarde, Edward apareció frente a su mesa.

–Casi me pillan –río él. Son dos señoras encantadoras, pero famosas por su manía de emparejar a la gente –añadió, quitándose la gorra. Si no hay ninguna emergencia, tengo libre el jueves por la noche. ¿Quieres que hagamos algo?

¿Era bueno que supiera que ella siempre estaba libre?, se preguntaba Bella. ¿No debería hacerse la dura?

–Muy bien. ¿Te apetece cenar en mi casa?

–Nunca digo que no a una cena casera –sonrió Edward. Bueno, te llamo más tarde, ¿de acuerdo?

Bella lo miraba alejarse, con expresión soñadora. Si no pensara que podía haber una posibilidad de estar embarazada, ¿seguiría sintiendo aquel deseo por Edward Cullen?, se preguntaba.

La respuesta le llegó alta y clara. Pero, concentrándose en el trabajo, hizo lo que pudo por ignorarla.

Bella cortaba tomates para la ensalada, mientras Rosalie metía la lasaña en el horno.

– ¿Tienes algún plan para el jueves por la noche? –preguntó su hermana.

–Pues... la verdad es que sí –contestó ella. Rosalie la miró con una ceja levantada. No quiero que te pongas pesada, pero tengo una cita.

– ¿Con alguien que conozco?

–Lo conociste después del partido. Edward

–Pero creí que...

–Nos equivocamos –la interrumpió Bella. Después le explicó lo de Sally y que habían salido el viernes anterior. De la clínica no dijo nada, por supuesto.

De repente, su hermana se quedó mirándola fijamente.

–Lo has hecho, ¿verdad?

No tenía sentido seguir mintiendo y aquel era tan buen momento como cualquier otro.

–Sí. El día del partido.

Rosalie la miró, con expresión dolorida.

– ¿Y por qué no me lo has contado?

–Rosalie, perdóname. Pensaba contártelo... si había algo que contar.

– ¿Quieres decir...?

–No lo sé –la interrumpió Bella, moviendo la ensalada. Estoy pensando en hacerme una prueba de embarazo.

–Yo tengo una. Vamos, la lasaña tiene que esperar unos minutos de todas maneras –dijo su hermana, secándose las manos. Bella se dejó llevar hasta el cuarto de baño, sintiéndose emocionada y preocupada a la vez. Pero, al menos, no estaba sola. Rosalie buscó en el mueble que había debajo del lavabo y sacó una cajita mojada. Las cañerías goteaban un poco hasta hace un mes, pero seguro que el interior está intacto –murmuró, nerviosa, mientras abría la caja. Las instrucciones no se ven muy bien, pero parece que todo está en orden. Lo único que tienes que hacer después de usarlo es esperar unos minutos para ver si se vuelve azul –explicó. ¿Quieres que espere en el dormitorio o me voy a la cocina?

–Espera –dijo Bella, empujando a su hermana fuera del cuarto de baño. No tardaré nada.

Pero cuando abrió la puerta unos minutos más tarde, no había necesidad de decir nada. Su cara debió revelarlo porque Rosalie se lanzó a sus brazos.

–Lo siento, cariño. Quizá la próxima vez.

Bella dejó que su hermana la consolase, con el corazón encogido. ¿Tendría que pasar por una interminable espera, como les había ocurrido a sus hermanas?, se preguntaba.

Rosalie le dio un pañuelo y Bella se secó las lágrimas.

–Estaba casi segura porque llevo más de una semana de retraso. Pero debería haberme acordado...

–Sí. Ya sabes: la maldición de las Swan. Podemos saltarnos un período y no pasa nada.

Bella se sonó la nariz, intentando animarse. Había sido absurdo pensar que funcionaría la primera vez. Tendría que volver a intentarlo hasta que lo consiguiera.

–Gracias, Rosalie

– ¿Para qué están las hermanas?

Cuando volvieron a la cocina, encontraron a Emmett sentando a Keri en su sillita y Bella tuvo que hacer un esfuerzo para no ponerse a llorar otra vez.

Más tarde, de vuelta en su casa, se puso un pijama de franela y se metió entre las frías sábanas. Las lágrimas rodaban por su rostro, mojando la almohada y ella las dejaba caer, sintiéndose tan triste como el día que se había inseminado.

Se preguntaba si aquello sería un mensaje. ¿Estaría Dios diciéndole que esperase un poco más? ¿Que Edward podría ser el hombre de su vida? ¿Que quizá debería tener un hijo de la forma tradicional?

Ella nunca había creído en las coincidencias. Su madre siempre decía que Dios tenía un plan, que había una razón para todo.

A través de la ventana, Bella observaba caer los primeros copos de nieve. Suspirando, cerró los ojos y empezó a imaginar unos ojos verdes y una cálida sonrisa.

Bueno y como no podía faltar, tengo que mandar un saludo a la única, Mi amiga Karen Montoya gracias a ti por todo.

Nos leemos en el siguiente capitulo. Gracias a todas las que se pasan por esta historia. Cariños enormes Betty Cyllen, Exodo0o ,Daganegra tamini y obvio a Kanicami Cullen