Capítulo Siete
El jueves por la noche, Bella miraba por la ventana, preocupada por la inminente llegada de Edward. ¿Había sido buena idea cenar en su casa?, se preguntaba. Era un piso de lujo que podía pagar gracias a la herencia de su madre, un hecho que era mejor mantener escondido por el momento. Los hombres que había conocido hasta entonces se dividían en dos categorías: los que, de repente, demostraban un enorme interés por conocer el estado de su cuenta corriente y los que no podían soportar que una mujer tuviera más dinero que ellos.
Quería creer que Edward era diferente, que él no entraba en ninguna de esas categorías, pero era demasiado pronto para saberlo.
Estaba en la cocina, comprobando el asado cuando sonó el teléfono. Bella cerró la puerta del horno de un portazo. Sabía quién llamaba.
Edward le explicó que tenía que quedarse a trabajar porque había muchos pacientes de urgencias.
– ¿Puedo ir más tarde?
–La cena estará preparada dentro de una hora –dijo ella. Durante ese tiempo, había esperado charlar con Edward para conocerse un poco mejor... pero quizá podría arreglarlo. Bella tuvo una idea. ¿No sería mejor cenar en tu casa?
–Si a ti no te importa –dijo él.
–En absoluto.
–Estupendo. En cuanto termine mi turno, saldré corriendo. Llamaré a Sally para decirle que te abra la puerta.
Después de guardar la cena en una cesta, Bella se dirigió a casa de Edward.
– ¡Vaya! Eso huele muy bien –sonrió Sally al verla.
–Hola, Sally. No es más que un asado. Sally le guiñó un ojo mientras subía las escaleras.
–No conozco a ningún hombre al que no le guste el asado –sonrió la mujer, abriendo la puerta del apartamento. Este es. Que lo paséis bien.
–Gracias –sonrió Bella, cerrando la puerta tras ella. El apartamento era lo que había esperado. Una sola habitación que hacía las veces de salón y dormitorio, una cocina francesa y un pequeño cuarto de baño. En el salón dormitorio, .un sofá marrón, una mesa de fórmica, dos sillas y una cama plegable que Edward había dejado sin hacer. Frente a la ventana, un banco de ejercicios con pesas.
Bella dejó la cesta en la cocina y, después de colgar su abrigo, se tumbó en la cama. Se sentía atrevida por invadir un espacio tan íntimo, pero no podía evitarlo. Sonriendo, se puso las sábanas sobre la cara. Olían a la colonia de Edward. Recordaba cómo él la había abrazado en la plaza, cómo la había besado fugazmente en los labios y... cómo ella había deseado mucho más.
Y también recordó el asado y se levantó de la cama de un salto para meterlo en el horno. Después, volvió a mirar alrededor. ¿Debería hacer la cama?, se preguntaba. Eso dejaría claro que ella no quería... Aunque Bella no estaba segura de qué era lo que quería aquella noche.
Cuando terminó de hacer la cama, vio un equipo estéreo en una esquina de la habitación y decidió poner un poco de música. De nuevo, se preguntaba si a Edwrad le gustaría bailar. Casi podía sentirlo pegado a ella, moviéndose lentamente al ritmo de la música...
Frustrada por sus propios pensamientos, Bella volvió a la cocina y empezó a sacar platos, cubiertos e incluso una vela que colocó en medio de la mesa.
Cuando todo estaba preparado, se sentó en el sofá y echó un vistazo a las revistas médicas que había en el suelo.
Pero cuando escuchó pasos en la escalera, su corazón empezó a latir, desbocado. Se sentía como una joven novia esperando que su marido volviera de trabajar. Bella tuvo que hacer un esfuerzo para no salir corriendo hacia la puerta y plantarle un beso en los labios.
Mientras abría la puerta de su apartamento Edward se sentía exhausto, pero saber que ella lo esperaba en casa levantaba su ánimo.
– ¡Qué bien huele! –sonrió, mientras se quitaba el abrigo. Cuando Bella se acercó, Edward sacó la rosa que llevaba escondida en la espalda. Feliz cumpleaños, Bella.
Ella tomó la flor, sorprendida. – ¿Cómo lo sabes?
–Me encontré con Ángela cuando salía del hospital. Le dije que íbamos a cenar juntos, y ella me contó que era tu cumpleaños. ¿Por qué no me lo habías dicho?
Bella se encogió de hombros. –No quería que te sintieras obligado a comprarme algo –murmuró, acariciando los suaves pétalos. Pero gracias. Es preciosa.
–Voy a buscar algo donde ponerla –dijo él, yendo a la cocina. Como no tenía ningún jarrón, sacó de la nevera una botella de vino medio vacía y, después de enjuagarla, colocó la rosa dentro.
–Ya está. Problema resuelto. Pero ahora no tenemos vino para cenar.
–A mí no me gusta mucho el vino. Si tomo un par de copas, no puedo conducir –rió ella, abriendo la puerta del horno para comprobar el asado.
El la observaba, preguntándose si siempre estaría tan nerviosa al lado de un hombre. La verdad era que le gustaba que fuera así. Había conocido muchas mujeres que no disimulaban lo que querían, y no era precisamente conocerlo como persona, sino lo que podían conseguir de él, en la cama o en el futuro. Pero estaba seguro de que Bella no era así.
– ¿Asado? ¿Cómo sabías que es mi plato favorito? –sonrió Edward, tomándola por la cintura. Cuando la volvió hacia él, se perdió inmediatamente en aquellos ojos Chocolates. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que... lo comí –murmuró. Aquello no había sonado nada bien. Edward esperaba que Bella se diera cuenta de que se refería... al asado. ¿Me da tiempo de darme una ducha? –preguntó, aclarándose la garganta.
–Claro –contestó ella. Edward la observó sacando el asado del horno y se dio cuenta de que se sentía más en casa que nunca. Hasta aquella noche, su apartamento solo había sido un lugar para dormir.
Cuando salió del cuarto de baño unos minutos más tarde, la mesa estaba puesta. Con la rosa, la vela encendida y la música, su apartamento parecía, por primera vez, un hogar. La mujer que había conseguido aquel milagro estaba frente a la ventana.
–Gracias –murmuró, tomando su mano.
–Aún no lo has probado –dijo ella, sin apartar los ojos de la boca del hombre.
Edward no pudo resistir el impulso de tomarla en sus brazos y, aquella vez, no la besó en la frente. Bella abrió los labios y la lengua del hombre se hundió ansiosamente en su boca. Cuando ella lanzó un gemido, Edward sintió una presión en la entrepierna.
Sus sentidos estaban borrachos con la música, el olor a comida y el cálido, intoxicante aroma de la mujer que tenía en los brazos.
Edward tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para apartarse, respirando con dificultad.
–Llevo algún tiempo deseando hacer esto.
–Yo también –dijo Bella. Tímidamente, tomó su mano y lo condujo a la mesa. Pero ahora es tiempo de otros placeres.
Era perfecta, pensaba Edward. Todo en ella era perfecto. Y lo mejor era que no parecía darse cuenta.
Bella sirvió el asado. La carne era jugosa y tierna y Edward emitía sonidos de aprobación con cada bocado.
–Está riquísimo –sonrió. Ella parecía encantada, aunque Edward se dio cuenta de que apenas comía. ¿No tienes hambre?
–Estuve picando un poco y se me ha quitado el apetito –dijo ella. Pero tú sigue comiendo.
Cuando terminaron de cenar, Edward la ayudó a quitar la mesa, insistiendo en que él fregaría los platos por la mañana y después la llevó hasta el sofá.
–Bella... –empezó a decir, pensativo. Esto ha sido una sorpresa maravillosa.
– ¿La cena?
–Eso también –sonrió él, levantando su barbilla con un dedo. Eres una chica muy especial...
– ¿Pero? –lo interrumpió ella, al ver dudas en la cara del hombre.
–Pero, ¿qué puedo ofrecerte yo? –preguntó Edward, señalando a su alrededor. Desde luego, dinero no... Y tiempo ya sabes que no tengo mucho.
–Quizá debería marcharme –murmuró Bella, intentando levantarse, pero él se lo impidió. –Por favor, no te enfades. –Mira, soy mayorcita. Si no quieres volver a verme, dímelo.
Edward lanzó una carcajada. – ¿Si no quiero volver a verte? –Repitió, incrédulo. Me gustaría verte todos los días, igual que ahora. Y mucho más –dijo, sin pensar, acariciando su cara. Nada me gustaría más que hacerte el amor ahora mismo, besar cada centímetro de tu piel, oírte murmurar mi nombre por la mañana... –Edward, yo...
–Pero no voy a forzarte a nada, Bella. Quiero que pienses en lo que te estás metiendo. Y si decides que no es lo que quieres, lo entenderé –la interrumpió él. Me quedaría hecho polvo, por supuesto, pero intentaría entenderlo –añadió, sonriendo. Bella intentó sonreír a su vez. ¿Sigues queriendo marcharte? –No.
–Me alegro –suspiró él aliviado. No hay ningún momento bueno para hablar de estas cosas pero... quiero que sepas que me hice la prueba del SIDA antes de visitar la clínica. Y no he estado con nadie desde entonces. En realidad, hace mucho tiempo que no estoy con nadie –explicó, nervioso. Sé que no es muy romántico, pero es mejor decirlo ahora que... quiero decir, por si acaso...
–Edward –lo interrumpió ella, apartando la mirada. Yo... soy virgen.
Edward se quedó atónito y tardó algunos segundos en reaccionar.
–Bueno, ángel celestial, ¿y ahora qué hacemos?
Al escuchar su tono divertido, Bella levantó los ojos.
–Lo que se nos ocurra –contestó, animada. Podía confiar en aquel hombre y lo sabía.
– ¿Estás segura?
–Completamente.
–Pero... a tu ritmo.
–Me temo que sí. Y lo mejor será que me vaya ahora mismo –suspiró ella, besándolo fugazmente en los labios. Él la siguió hasta la puerta, deseando otro beso, pero sin atreverse a pedirlo. Bella tomó su abrigo de la percha y se dio la vuelta para mirarlo. Ha sido un cumpleaños estupendo, Edward. Gracias.
