Capítulo Ocho
Durante todo el mes, por acuerdo tácito, Edward y Bella evitaron verse en su apartamento, optando por largos paseos a la orilla del río.
Un martes, con la nieve cayendo sobre la ciudad, fueron juntos a comer a la cafetería del hospital, algo que no habían hecho hasta entonces para evitar rumores.
Bella estudiaba la relajada expresión de Edward y, a pesar del frío, sintió un cierto calor por dentro. En momentos como aquel, se preguntaba si debía contarle lo de su experiencia en la clínica. Habían pasado dos meses, pero seguía dudando. En realidad, él no tenía por qué saberlo y abriría una discusión que no estaba preparada para compartir con él por el momento; su deseo de tener un hijo. Lo último que deseaba era que Edward pensase que él no era más que una forma de conseguir su objetivo.
Y, en realidad, desde que había conocido a Edward, su objetivo había cambiado. Bella quería algo más que un hijo.
Se sentían cómodos el uno con el otro y muchas veces ni siquiera tenían necesidad de hablar. Como en aquel momento, cuando él tomó su mano y le regaló una sonrisa.
– ¡Bella! –escucharon entonces una voz familiar. Millie y Hazel estaban a su lado, con una sonrisa de oreja a oreja. Hace siglos que no te vemos –dijo Millie, sin disimular que estaba leyendo el nombre de Edward en la placa de su bata. ¿No eres tú el joven que trabaja con el doctor Weber?
–Sí, señora –contestó él.
–Sabía que tu cara me resultaba familiar.
Hazel apartó a su hermana para acercarse a Edward
–Yo soy Hazel y ella es mi hermana Millie. Somos muy amigas de los Weber –explicó, orgullosa.
–Encantado de conocerlas –sonrió Edward.
–Mira qué coincidencia, –empezó a decir Millie, Hazel y yo nos estábamos preguntando si podrías hacernos un favor. Tenemos dos entradas para El cascanueces y no podemos ir.
– ¿No podemos? –preguntó Hazel.
Millie le dio un codazo en las costillas.
–¡Ay! –exclamó su hermana, sorprendida. Pero después se dio cuenta de que Millie tenía un plan. Ah, no, claro. No podemos ir. Qué pena.
–Son para el jueves. Es el día de Acción de Gracias, pero hemos pensado que a lo mejor querrías ir. Seria una pena desperdiciar unas entradas tan buenas.
Bella tenía que hacer un esfuerzo para disimular la risa. Las dos hermanas eran tan sutiles como un tanque, pero adorables y bien intencionadas.
–Me encantaría –dijo por fin. Y seguro que encuentro a alguien que quiera ir conmigo –añadió, para proteger a Edward.
Millie miró de uno a otro y después tomó a su hermana del brazo.
–Bueno, mañana te llevaremos las entradas –se despidió. Que lo paséis bien.
En cuanto desaparecieron, Edward se inclinó hacia ella.
–Todo el hospital lo sabrá antes de media hora.
–No sé –rió Bella. Les gusta jugar a las celestinas, pero no creo que se dediquen a ir por ahí hablando de la gente.
–Espero que tengas razón.
– ¿Tanto te importaría si la gente se enterase?
–No –sonrió él. Solo estoy intentando evitar los cotilleos. Ya sabes cómo son los hombres, sobre todo los médicos.
Bella sonrió. Le encantaba el lado protector de Edward. Él no se preocupaba por él mismo, sino por lo que otros pudieran decir sobre ella.
–Me encantaría preparar un pavo el día de Acción de Gracias. Podría dejarlo en el horno y estaría listo para después del ballet.
– ¿No vas a cenar en casa de tu hermana?
–Se ha ido a California a pasar unos días con Alice –explicó ella. Edward apretó su mano y la temperatura de la habitación pareció aumentar varios grados.
–Le pediré a Jake que haga mi turno. Pero no hace falta que te molestes en cocinar. Podemos ir al ballet y después comer cualquier cosa.
–No me molesta. La verdad es que me encanta.
– ¿Quieres decir que por fin voy a conocer tu apartamento?
–Sí –contestó ella. En realidad, no podía retrasarlo durante mucho más tiempo.
–Tengo que advertirte una cosa –murmuró Edward, inclinándose hacia ella. No sé cuánto tiempo más voy a poder aguantar sin tocarte. ¿Seguro que quieres que vayamos a tu casa?
Bella se quedó sin aliento durante un segundo, pero había tomado una decisión.
–Sí. Estoy completamente segura.
Los dos salieron de la cafetería sin decir una palabra. Bella sabía exactamente lo que había hecho…
La multitud que había acudido al centro de Detroit para disfrutar del desfile del día de Acción de Gracias había disminuido considerablemente cuando Edward y Bella salieron del teatro.
Pasearon de la mano hasta su apartamento y, cuando Bella abrió la puerta,Edward se quedó boquiabierto.
– ¡Vaya! Qué sitio más elegante –exclamó. Bella tomó su abrigo y lo colgó en el armario del pasillo, encantada con el cumplido. ¡Y menuda vista! –añadió, frente al ventanal desde el que podía verse el río.
Media hora más tarde, Edward estaba haciendo puré de patata, mientras Bella preparaba la salsa y poco después, los dos estaban sentados a la mesa, disfrutando de un delicioso pavo.
Pero cuando terminaron de cenar, Edward se dio cuenta de que Bella estaba pálida e insistió en quitar la mesa y guardar los platos en el lavaplatos, mientras ella se relajaba en el sofá.
Cuando terminó, la vio leyendo un periódico de noticias económicas y tuvo que sonreír.
–Ella cocina, entiende de bolsa... ¿qué otros secretos tienes guardados?
–Ya te gustaría saberlo –sonrió Bella. Y, aunque Edward sabía que estaba bromeando, detectó cierto nerviosismo en su voz. En realidad, sí le gustaría saber muchas cosas. Por ejemplo, ¿cómo podía pagar aquel apartamento? Estaba en una de las mejores zonas de la ciudad y era un piso de lujo. En caso de que te estés preguntando, sabias inversiones es la respuesta –dijo ella, como si hubiera leído sus pensamientos.
– ¿En serio sabes algo de bolsa?
–No soy una experta, pero sé algo. Si lo haces bien, los dividendos son un buen suplemento anual.
–El día que me sobre un dólar, tendré que dártelo a ti –dijo Edward. Bella sonrió y después volvió a la lectura.
Edward se preguntaba cuántos suplementos harían falta para pagar un apartamento como aquel, su coche nuevo, su ropa... No le gustaba andarse con rodeos, pero el recuerdo de Valerie seguía siendo una herida abierta. Tenía que estar seguro.
– ¿Sabes que yo ni siquiera tengo tarjetas de crédito?
Ella pasó la página, sin levantar la cabeza.
–Yo tengo dos. Una la uso a diario y la otra está guardada en mi escritorio, para un caso de emergencia.
– ¿Qué interés se paga por las tarjetas últimamente?
–No lo sé. Yo pago mensualmente, así que no me cobran intereses.
–Chica lista –dijo él. Se preocupaba tontamente. Bella era una mujer honrada. Debería haber sabido que podía confiar en ella y se sentía culpable por dudar. ¿Te sientes mejor?
–Mucho mejor –contestó Bella, sonriendo. Yo... me parece que estaba demasiado emocionada por... lo de esta noche –añadió, bajando los ojos.
Edward sabía a qué se refería y, aunque ninguno de los dos había mencionado el asunto durante todo el día, su propia excitación estaba llegando a niveles preocupantes. Sin embargo, mirándola en aquel momento, pálida y nerviosa, se preguntaba si no se habrían apresurado.
Estaba a punto de decir que quizá debería marcharse cuando ella lo llamó con un gesto. Edward tiró el paño que tenía en la mano y se acercó al sofá. Bella enredó los brazos alrededor de su cuello, dándole el primero de los muchos besos que Edward pensaba compartir con ella durante la noche. Sus labios eran cálidos e invitadores y no había error; le estaba dando permiso. Después de un segundo beso, más profundo, la tomó en brazos, levantándola del sofá.
–Confías en mí, ¿verdad? –preguntó al ver miedo en sus ojos. Ella asintió, mordiéndose los labios. Yo nunca te haría daño, Bella. Cuando quieras que pare, solo tienes que decírmelo.
–Muy bien.
Edward la llevó al dormitorio y la dejó suavemente sobre la cama. Después, se tumbó a su lado. La luz del salón iluminaba apenas la habitación. Cuando se inclinó para besarla, notó que estaba temblando y lenta, suavemente, le quitó el jersey. Sus pechos amenazaban con escapar del sujetador de encaje que Edward desabrochó con dedos temblorosos.
–Eres preciosa –murmuró. Cuando empezó a acariciar uno de sus pezones, ella cerró los ojos y emitió un leve gemido. Edward, impaciente, le quitó la falda y la dejó solo con las braguitas de encaje. Después, mirándola a los ojos, pasó la mano por su monte de Venus y entre sus muslos, sintiendo la humedad a través de la tela. La expresión de ella le decía que podía seguir y la besó ansiosamente, metiendo la mano por debajo de sus braguitas.
Cuando introdujo un dedo dentro de ella, Bella lanzó un gemido y empezó a moverse bajo la mano del hombre, mientras él acariciaba su parte más sensible con el pulgar.
–OH, Edward –murmuró ella, arqueando la espalda.
–Déjate llevar, cariño –dijo él con voz ronca. Su pulgar seguía acariciando cada vez con más fuerza, más deprisa, inclinándose sobre el pecho de ella, jugando con su lengua mientras intentaba controlar su excitación. Un poco después, Bella se quedó muy quieta y levantó los ojos, avergonzada. Edward se colocó sobre ella y la besó suavemente en los labios mientras Bella empezaba a desabrocharle los botones de la camisa. –Edward, yo...
Él la besó en la frente y le apartó un mechón de pelo de la cara.
–Puedes decir cualquier cosa, Bella. No seamos tímidos el uno con el otro.
Ella lo miró, buscando la forma de decirlo. –Yo no tengo hermanos y nunca... nunca... –Mi dulce, inocente Bella –sonrió él, tomando su mano para guiarla hacia abajo. Sus dedos temblaban mientras recorrían su erección a través de la tela y cuando le desabrochó el pantalón y él llenó su mano, Bella lanzó un gemido de sorpresa.
Edward no podía contenerse más y se levantó a toda prisa para quitarse los pantalones. Después, sacó algo de uno de los bolsillos.
– ¿Tenemos que utilizarlo? –preguntó ella.
– ¿Quieres decir que podemos... estás segura?
Ella lo besó y saltó de la cama, cubriéndose modestamente con una almohada.
–Voy a asegurarme.
Edward respiró profundamente, esperando que Bella volviera del cuarto de baño, sorprendido y excitado al darse cuenta de que, obviamente, ella deseaba aquello tanto como él.
Bella volvió a la cama y su sangre se enardeció de nuevo. Pero cuando se tumbó y la besó en los labios, notó que estaba temblando.
–Bella, ¿pasa algo?
Ella miró fugazmente hacia abajo.
–Es solo que... eres tan grande –dijo, sin mirarlo. Quiero decir...
Él la tomó en sus brazos, riendo.
–Ángel mío, eres maravillosa para el ego de un hombre –murmuró, besándola con fuerza. Confía en mí. No habrá ningún problema –añadió, deslizando la mano por su vientre, buscando lo que quería. Cuando pensó que era el momento, abrió las piernas de ella con sus rodillas. Con un brazo bajo su cintura, la abrió poco a poco, introduciéndose en su húmeda cueva. Intentaba controlarse para no hacerlo demasiado rápido, pero podía sentir que Bella se tensaba. Relájate, cariño. Solo será una pequeña molestia. No te va a doler.
Las embestidas del hombre se volvían más y más fuertes, esperando romperla con el mínimo dolor.
Pero entonces Edward se dio cuenta de que la había penetrado completamente y que no había nada en su camino. Su cerebro registró ese hecho, pero cuando Bella levantó las caderas hacia él, la pasión reemplazó a la confusión.
Él la besó en la boca y la montó con fuerza, jadeando, sus lenguas imitando el ritmo de sus sudorosos cuerpos.
Unos minutos después, cayó sobre ella, temblando espasmódicamente.
–Bella –susurró. Ella acariciaba la espalda masculina, disfrutando de aquella nueva intimidad. Y Edward supo que volvería a hacerla suya aquella noche.
Al amanecer, Edward saltó de la cama y se dirigió al cuarto de baño. Tenía que estar en el hospital en menos de una hora. Su mente empezó a repasar la noche anterior, pero no quería dejarse arrastrar por oscuros pensamientos. En cuanto estuvo vestido, besó a una adormilada Bella y salió corriendo hacia el hospital.
Solo cuando estaba en el tren dejó que las dudas tomasen forma. Mientras la abrazaba, nada había tenido importancia excepto hacer el amor con ella. Pero en la fría mañana, sin tenerla a su lado, no podía dejar de hacerse preguntas. No quería pensar mal de Bella, pero había cosas que no entendía.
Primero, su apartamento. Aunque hiciera sabias inversiones, era necesario tener dinero para ello. Mucho dinero. Bella le había contado que su madre nunca había trabajado fuera de su casa y que no tenía buenas relaciones con su padre, de modo que ¿de dónde salía el dinero?
Y cuando hicieron el amor... Ella le había dicho que era virgen y, sin embargo, no había evidencia física de ello. Podría haber tenido algún tipo de accidente; era habitual que las chicas perdieran la virginidad por un pequeño accidente o algún tipo de exploración médica. Esas cosas pasaban.
Edward se apartó el Pelo de la frente y se apoyó en la ventana. No podía soportar aquellas dudas.
Además, se preguntaba qué tipo de protección había usado Bella antes de hacer el amor. En el momento, no había querido pensarlo porque estaba demasiado excitado.
Cuando salió de la estación, intentaba convencerse a sí mismo de que todo aquello eran tonterías, que había conocido a una mujer maravillosa y que la única razón para sentirse incómodo era que todo era perfecto con ella. Pero, cuando estaba poniéndose la bata en la sala de médicos, se dio cuenta de que había muchas cosas de Isabella Swan que no conocía. Le gustase o no, su instinto nunca lo engañaba. Ella estaba escondiendo algo.
Un saludo especial a:
roxii_cullen Exodo0o, Grandmas_blue_eyed_angel, Hadelqui, Betty Cullen, Dulce Amor, Alis Cullen Swan, Supattinsondecullen, kanikcami_cullen
Un besos grande a todas ustedes gracias por su apoyo, y por darse el tiempo de leer esta historia,
Karen Amiga como siempre eres la mejor Gracias por tu paciencia nos vemos pronto I miss you Bye…
