Capítulo Nueve

Bella se subió la sábana hasta el cuello, echando de menos el calor de Edward. El aroma de su colonia en la almohada volvía a excitarla.

Bella sonrió. Por fin lo había hecho, pensaba poniendo la mano entre sus piernas. Y había sobrepasado todos sus sueños.

Nunca se habría imaginado que sería tan maravilloso. Había sentido un ligero dolor, pero nada comparado con lo delicioso que había sido sentir a Edward dentro de ella. Deseaba que hubiera una próxima vez, muchas veces. Sabía que nunca volvería a sentirse completa sin aquel hombre.

Cuando miró el despertador vio que eran las ocho y cuarto. Tenía el día libre y podía dormir hasta las doce si quisiera. Y quizá debería hacerlo. Durante las últimas semanas no había dormido bien.

Bella cerró los ojos e imaginó a Edward a su lado. Esperaba que él la llamase pronto para volver a escuchar su voz.

Pero cuando Edward la llamó a las siete, nada fue como ella había previsto. Él le dio las gracias por la noche anterior casi con frialdad y le dijo que tendría que trabajar durante todo el fin de semana. No dijo que la llamaría al día siguiente ni mencionó cuándo volverían a verse y eso la dejó herida y confusa.

Mientras tomaba un baño caliente, Bella intentaba entender la actitud del hombre. Seguramente la habría llamado entre paciente y paciente y, además, debía de estar muy cansado. Probablemente, no había mencionado lo de volver a verse porque, después de lo que había ocurrido entre ellos la noche anterior, le parecería obvio.

Pero estaba segura de que pasaba algo. Aquel tono frío en su voz... pensaba mientras veía desaparecer las burbujas entre sus dedos. Cuando pensó que Edward podría desaparecer de su vida, Bella se echó a llorar.

Antes de quitarse el abrigo el lunes por la mañana, Bella tomó el libro de citas y vio que la de la una había sido cancelada. Había sospechado que ocurriría y aún así sintió que se le encogía el corazón. Insegura, pensaba que quizá él se había sentido decepcionado por su poca experiencia en la cama. Y, sin embargo, creía que para Edward todo había sido tan especial como para ella.

Bella se dejó caer sobre la silla y escondió la cara entre las manos. ¿Qué había hecho para alejarlo?, se preguntaba. ¿Había parecido demasiado ansiosa? ¿Se habría dado cuenta Edward de que lo que ella deseaba era un matrimonio y una familia? ¿Era eso? ¿Iba todo demasiado rápido?

Bella se levantó de la silla y se quitó el abrigo, confusa. ¿Cuándo entendería a los hombres?

Durante los días siguientes, Edward no la llamó y Bella comió en la clínica. No quería encontrarse con él en la cafetería del hospital. No quería que pensara que lo estaba buscando. Si quería verla, sabía dónde encontrarla.

Pero el viernes, decidió que aquello era una tontería. La cafetería era un sitio público y no pensaba seguir escondiéndose.

Diez minutos más tarde, se dirigió hacia allí. Su paso era decidido, como si estuviera retando a Edward mentalmente.

Cuando entró, buscó una mesa vacía. Él no estaba por ninguna parte.

Mentalmente, se sentía segura, pero su estómago se había cerrado y tuvo que hacer un esfuerzo para comer la ensalada. Después de tomar un poco de té, se sintió mejor y sacó la novela del bolso. Al menos en sus novelas siempre había un final feliz.

Casi había terminado un capítulo cuando notó que alguien se sentaba frente a ella. Bella levantó la cara y allí estaba él. Aquella vez, ni siquiera se había molestado en preguntar si podía sentarse.

–Hola –dijo Edward. Bella guardó la novela en su bolso y empezó a levantarse. Espera –la rogó él, sujetando su bandeja. ¿Podemos hablar un momento?

– ¿Sobre qué?

–Mira, Bella, tú eres una persona muy especial, pero yo no estoy preparado para...

–Deja que yo termine la frase. ¿Una relación? Muy típico –lo interrumpió ella, irónica. Y supongo que el día de Acción de Gracias, no te acordabas.

–No es eso, Bella.

– ¿No? Entonces, ¿qué te ha hecho cambiar de opinión? Me encantaría saberlo.

–Muy bien. Si insistes –dijo él. Ella se cruzó de brazos. Tu apartamento.

– ¿Qué le pasa a mi apartamento?

–Vives por encima de tus posibilidades y...

–Un momento. ¿Quién te ha dicho que vivo por encima de mis posibilidades?

–Bella, por favor. Tu sueldo no puede ser...

–Efectivamente. No sale de mi sueldo. Ya te dije que hago inversiones.

– ¿Y de dónde sacas el dinero para esas inversiones?

– ¡Esto es increíble! –exclamó ella, sorprendida. Algunas personas se volvieron cuando levantó la voz. No es asunto tuyo, pero ya que estás tan interesado, te diré que mi madre me enseñó todo lo que sé sobre la bolsa. Era una mujer muy inteligente y tenía un talento especial para descubrir buenas inversiones –explicó. La expresión de Edward se suavizó, pero cuando intentó tomar su mano, Bella se apartó. El malentendido podía haberse aclarado, pero seguía enfadada. Dime cómo creías que pagaba mi apartamento.

–Ya te lo he dicho. Creí que vivías por encima de tus posibilidades, que tenías deudas...

–Ah, además soy una mentirosa.

–Bella…

–Te dije que pagaba mensualmente mis tarjetas de crédito –lo interrumpió ella. Si esto es una cuestión de confianza, cariño, me parece que el problema lo tienes tú, no yo –le espetó. Bella esperó que él dijera algo, pero Edward solo la miraba, sin saber qué decir. Bueno, Edward, mientras tú solucionas tus problemas, te informo que acabas de perder la mejor oportunidad de tu vida –terminó, levantándose y saliendo de la cafetería.

El placer que Bella hubiera podido sentir diciéndole a Edwrad lo que pensaba, desapareció durante el largo y solitario fin de semana. Y, el domingo por la noche, mirando su calendario menstrual, se dio cuenta de que había algo más que la preocupaba. Incluso para una mujer tan irregular como ella, aquello era muy raro.

Pero el fin de semana siguiente, decidió que no podía esperar más y compró una prueba de embarazo en la farmacia. Cuando volvía a casa, las luces de Navidad se encendieron en la avenida Jefferson, pero ni siquiera eso la animaba.

Media hora después, mirando los resultados de la prueba, Bella se negaba a aceptar la verdad que tenía frente a ella.

Estaba embarazada.

Debería estar celebrándolo, se decía. Aquello era lo que siempre había deseado.

Pero no de ese modo.

Lo único que quería en aquel momento era dormir. Bella se tumbó sobre la cama y, en cuanto cerró los ojos, una cara apareció frente a ella, la cara Edward. Pero ya no era solo una cara. Edward era el único hombre con el que había estado, el hombre del que más cercana se había sentido nunca. Y no solo físicamente. Él había conseguido meterse en su corazón. Profundamente. Pero todo estaba perdido.

Bella no quería ponerse a llorar y se levantó de un salto para ir a la habitación donde guardaba los adornos de Navidad. Durante el resto del día se mantuvo ocupada, decorando la casa y escuchando villancicos. De vez en cuando, incluso canturreaba un poco, como si todo fuera bien.

Pero al final, cuando no tenía nada más que hacer, se sentó en el sofá y, con el corazón roto, pensó en cómo podría haber sido aquel día si las cosas fueran diferentes.

El miércoles, Ángela y ella fueron a comer a un restaurante cerca del hospital.

Bella hubiera querido contarle a su amiga lo del niño, pero sabía que no podría hacerlo sin ponerse a llorar.

–Te recuerdo que el sábado por la noche tienes que venir a mi fiesta de Navidad –dijo Ángela.

Bella lo había olvidado y se preguntó si Edward también iría.

–Claro. ¿Quieres que lleve algo?

–Un acompañante, si quieres –sonrió Ángela, levantando las cejas.

–Prefiero ir sola –dijo Bella.

Ángela la miró, como si esperase una explicación, pero no hubo ninguna. Después de eso, hablaron sobre las vacaciones y sobre los adornos de Navidad hasta que llegó el momento de despedirse.

Pero cuando Bella volvió a su oficina, la Navidad era lo último que había en su mente.

¿Estaría él en la fiesta el sábado?, se preguntaba.

¿Y qué haría si estuviera?

Y lo más importante, pensaba mientras volvía a casa, con una sonrisa perversa en los labios, ¿qué vestido se pondría?

Bella lanzó una carcajada por primera vez en mucho tiempo. ¿Cómo podía haberse deprimido de aquel modo?, se preguntaba. Ella tenía un carácter alegre y era una persona luchadora. Si su nuevo objetivo era tener un hijo y un padre para ese hijo, ¿por qué había abandonado tan rápidamente?

Habían discutido.

Y él se había comportado como un auténtico imbécil.

¿Y qué? Mentiría si dijera que no seguía pensando en él día y noche.

Bella subió corriendo a su apartamento y sacó sus mejores vestidos del armario.

Se pondría algo muy alegre y sexy, pensaba, probándose un vestido verde de lentejuelas. Pero cuando intentó abrochárselo, la cremallera no subía. ¿Cómo podía haber engordado tanto?, se preguntaba. No podía ser el niño todavía... El vestido tenía que haber encogido, pensó.

Sonriendo, se puso uno de terciopelo granate con mucho escote que le quedaba perfectamente y destacaba uno de sus rasgos más llamativos.

–Cuidado, Edward Cullen –murmuró, bajándose el escote. Bella Swan va por ti…