Capítulo Diez
Kevin y Ángela estaban dándole la bienvenida cuando Bella descubrió a Edward en el salón. Estaba muy guapo con un traje de chaqueta azul y corbata roja. Un traje que le sorprendía que poseyera y más que pareciese tan cómodo con él. Había muchas cosas que no sabía de aquel hombre.
Ángela la tomó del brazo y la llevó hacia el elegante comedor. Una ponchera de plata decoraba el centro de la mesa, llena de bandejas de canapés. En el bar, un elegante camarero servía las copas.
– ¿Qué prefieres, un cóctel o un vaso de ponche? –preguntó Ángela.
–Ponche, por favor.
– ¿No puedo tentarte con algo más fuerte? –sonrió su amiga.
–No bebo mucho últimamente –contestó ella. Si lo hubiera dicho por un altavoz, no lo habría dejado más claro.
Ángela abrazó a su amiga, riendo.
–No sabes cuánto me alegro por ti.
–Aún no se lo he dicho a nadie –dijo Bella.
–OH, entonces me siento halagada –murmuró
Ángela, sirviéndole un vaso de ponche. ¿Quieres comer algo o prefieres que te presente al resto de los invitados?
–La verdad es que no tengo mucha hambre –dijo ella.
Ángela la llevó de la mano hasta la biblioteca, donde la gente estaba tomando copas y charlando animadamente.
–Por cierto, si estás buscando un ginecólogo, te recomiendo al doctor Wilson. Es estupendo –murmuró su amiga.
–Gracias. Aún es un poco pronto, pero lo llamaré cuando llegue el momento.
Uno de los invitados llamó a la anfitriona y Bella se quedó sola en medio de un montón de desconocidos. Pero no quería ir al salón. Edward y ella se encontrarían en el momento adecuado.
Un par de cabecitas asomaron entonces por la puerta del pasillo y Bella se acercó. Los gemelos de Ángela llevaban sendos petos de terciopelo color rojo y estaban para comérselos.
Pensar que pronto ella también...
Edward se acercó al comedor para tomar un canapé y, cuando miró hacia el pasillo, vio a la persona a la que había estado buscando. Bella estaba inclinada al lado de los gemelos de Kevin y Ángela y hablaba animadamente con ellos. El hecho de que a Bella se le dieran bien los niños lo llenaba de una extraña sensación de orgullo.
Pero no sabía por qué se sentía orgulloso de una mujer que, seguramente, lo escupiría a la cara cuando lo viera. Edward se colocó frente a la puerta, esperando que ella lo viera. ¿Estaría esperando que él diera el primer paso o lo ignoraría durante toda la noche?
Antes de decidir si debía arriesgarse a hablar con ella, dos mujeres lo tomaron del brazo.
–¡Doctor Cullen! –exclamó Millie.
–Cuánto nos alegramos de verlo –dijo Hazel.
Edward no sabía cómo lo habían hecho, pero las hermanas lo habían empujado hacia Bella.
–Bella, cariño. Estás guapísima. ¿Verdad, Hazel?
–Sí. Me encanta cómo llevas el pelo.
–Muchas gracias. Vosotras también estáis muy guapas.
–Nos gustó mucho tu nota de agradecimiento por las entradas para el ballet –dijo Hazel.
Bella miró a Edward, sonriendo.
–Lo pasamos muy bien.
–Bueno, nosotras nos vamos, tenemos que seguir saludando a todo el mundo. Que lo paséis bien –dijo Millie, que, por supuesto, tenía todo aquello preparado.
–Sí, sí, tenemos que irnos –sonrió Hazel.
Bella se volvió hacia Edward, con una sonrisa en los labios. Edward la miró de arriba abajo y lanzó un silbido de admiración.
– ¿Te gusta mi vestido?
–Me gusta más lo que hay dentro –dijo él. Bella lanzó una carcajada alegre. No parecía enfadada, como había esperado. Podría decirte más cosas, pero me tirarías el ponche a la cara –sonrió él, acercándose. El familiar aroma a la colonia masculina la envolvió.
–No lo haré. Dilo.
Edward tenía los ojos clavados en su escote.
–Estás para comerte –murmuró. Bella... lo siento. Tenías razón. Era un problema de confianza, pero era mi problema.
– ¿Y lo has resuelto?
–Eso espero –contestó él.
–Yo también. No quiero pensar que puede volver a ser un problema entre nosotros –dijo ella, ofreciendo su mejor sonrisa. Edward tuvo que hacer un esfuerzo para no tomarlo en sus brazos y besarla hasta dejarla mareada.
–Entonces, ¿me has perdonado?
–Digamos que estás a prueba –sonrió ella, dando un beso en la mejilla. Edward la tomó por los hombros antes de que pudiera apartarse y la besó en la boca. Cuando la soltó, vio que Bella parecía sorprendida.
– ¿No tienes miedo de lo que diga la gente?
– ¿Tú crees que hay alguien que no se lo haya imaginado?
Ella acarició su mejilla y lo miró con tal ternura que Edward deseó decirle cosas que no tenía derecho a decir. Al menos, no allí. No en aquel momento. Lo haría pronto, cuando ella hubiera vuelto a confiar en él.
– ¿Eso quiere decir que podemos irnos juntos de la fiesta? –preguntó Bella, haciéndole saber lo que deseaba.
–Cuando tú quieras –contestó él, apretando su mano.
–No tengo prisa. Solo quería saberlo.
–Bueno. Pues ya lo sabes.
Él se habría marchado en aquel mismo instante, si ella se lo hubiera pedido. Pero no lo hizo. Y no era difícil de imaginar que quería ir despacio.
Una hora y media más tarde, Bella se ofreció a llevarlo a casa. Pero no subió a su apartamento. Edward se sentía desilusionado, pero no sorprendido.
La sorpresa llegaría dos semanas más tarde…
Un compañero del hospital había cambiado su turno con él y Edward pudo tomarse libre el día de Nochebuena. Estaba sentado en el salón de Bella, abriendo los regalos de Navidad.
–Siento no haber podido comprarte nada más.
–No seas tonto. Esta es la mejor Navidad de mi vida –sonrió ella, tomando su cara entre las manos. Tú me has dado algo que no puede ponerse debajo de un árbol.
–Eres un cielo –dijo él.
Bella lo miró entonces, como si hubiera tomado una decisión.
–Edward... ¿qué celebramos en Navidad?
– ¿Te refieres al lado comercial o al espiritual?
–Al espiritual, por supuesto.
– ¿El nacimiento de Jesús?
–Sí –sonrió ella. El nacimiento de un niño que cambió la vida de todo el mundo.
Una alarma sonó en el cerebro de Edward.
–Bella...
Ella tomó su mano y la puso sobre su vientre, mirándolo a los ojos. Él corazón de Edward latía desbocado.
–Estoy muy feliz, Edward. Todo va a ser maravilloso.
Él se quedó mirándola, como si, de repente, fuera una extraña. Parecía como si ella hubiera querido aquello desde el principio, como si lo hubiera planeado. No había excusas, ni explicaciones. Solo una mujer tranquila y sonriente.
Diciéndole que iba a tener un hijo suyo.
–Por favor, Edward, no te asustes. Yo quiero este niño.
Edward tenía miedo de hablar. Miedo de que, si abría la boca, soltaría por ella toda la rabia que tenía dentro.
– ¿Y no se te ha ocurrido pensar que yo podría no quererlo? –Preguntó, levantándose del sofá y paseando, furioso, por el salón. Por favor, Bella. Ni siquiera puedo comprarte un regalo decente o llevarte a cenar. Pasarán años antes de que pueda tener una situación económica estable; –murmuró, pasándose la mano por el pelo, deseando tomarla por los hombros y zarandearla. Entonces recordó la noche que habían hecho el amor, cómo ella le había dicho que no tenían que usar protección. Aquella noche te pregunté si podíamos hacerlo, ¿recuerdas? ¿Qué hiciste en el cuarto de baño? ¿Peinarte?
–Yo... miré el calendario de ovulación.
– ¡Estupendo! –exclamó él. El famoso método Ogino. Pues ya has visto lo bien que funciona.
–Creo que deberías marcharte –dijo Bella, con voz temblorosa. Él dio un paso hacia ella, respirando con dificultad. Hubiera deseado tomarla entre sus brazos, pero eso solo lo enfurecía más. No quiero nada de ti, Edward. Solo esperaba que quizá...
– ¿Que nos casáramos y viviéramos felices para siempre? Bella, despierta de una vez. Esta no es una de tus novelas de amor. Yo no puedo mantener un hijo –la interrumpió él. Sin decir una palabra, Bella se dirigió a la puerta y la abrió, con la expresión más triste que Edward había visto nunca. Yo no quería que las cosas fueran de este modo.
–Yo tampoco, Edward –dijo Bella, cerrando la puerta tras él.
Bella pasó el día de Navidad en casa de Rosalie. Alice y Jasper estaban allí pasando las vacaciones y los dos niños, Tommy y Keri, disfrutaban como locos abriendo sus regalos.
Aunque se sentía inmensamente triste por Edward, disfrutaba de su secreto y se negaba a dejarse hundir. Iba a tener un hijo y tenía que ser fuerte para él. Eso era lo único importante.
Además, en el fondo de su corazón, seguía pensando que había una oportunidad para Edward y ella. Incluso entendía su reacción. Quizá cuando se acostumbrase a la idea...
Pero no podía poner todas sus esperanzas en ello. Después de todo, el plan original era tener un hijo y criarlo sola. Si eso era lo que tenía que pasar, estaba preparada.
Pero después de cenar, cuando los niños y los hombres estaban en el salón y las tres hermanas en la cocina, Bella decidió que era el momento de contarles su secreto. Había decidido que aquel era el día, su regalo de Navidad.
–Estoy embarazada.
Rosalie y Alice dejaron lo que estaban haciendo y la miraron boquiabiertas.
Bella siguió secando un plato, esperando que sus hermanas salieran de su estupor. Un segundo después, las dos la abrazaban, saltando como niñas.
–Debes de estar muy emocionada –dijo Rosalie, apartando una lágrima.
–No puedo creer que lo hayas hecho –consiguió decir Alice, riendo y llorando al mismo tiempo.
Rosalie la tomó de la mano y las tres se sentaron frente a la mesa.
–Qué sorpresa. Ni siquiera sabía que hubieras vuelto a la clínica.
Bella apartó los ojos y las dos hermanas entendieron.
–¿Isabella? –Empezó Alice. ¿Hay algo que no nos has contado? Bella suspiró.
–No me lo digas –dijo Rosalie. El doctor... ¿cómo se llama?
–Edward Cullen –contestó. Sabía que se enterarían tarde o temprano y lo mejor era contárselo. Nunca había guardado secretos para sus hermanas.
– ¿Quién es Edward Cullen? –preguntó Alice.
–Es un joven médico del hospital. Bella ha salido con él –contestó Rosalie.
– ¿Un médico? –Repitió Alice, incrédula. ¿Ha salido con un médico?
–Estoy aquí, Alice. Puedes preguntarme a mí.
–Vale. ¿Qué pasa con ese Edward?
–Es el padre del niño –contestó Bella, sintiendo un extraño dolor en el corazón. Pero aquel era un día feliz, se recordó a sí misma. Tenía que controlar sus emociones.
– ¿Quieres decir que no ha sido por inseminación? –preguntó Rosalie, atónita.
–No. Ha sido por... el método normal –contestó ella, esperando que sus hermanas no le dieran una charla. Alice y Rosalie intercambiaron una mirada. Lo sé, lo sé. Pero pensé que había encontrado al hombre de mis sueños –explicó, con la voz rota.
– ¿Y no es así? –preguntó Alice.
–No lo sé.
En ese momento, el control de sus emociones desapareció y Bella lloró durante un rato, con lágrimas que había guardado para ella misma durante demasiado tiempo.
– ¿Seguro que estás embarazada? –preguntó Rosalie cuando se hubo calmado. ¿Has ido al ginecólogo?
Bella se sonó la nariz.
–Pensaba esperar un poco más. Solo he usado una prueba de la farmacia.
–No sé si esas pruebas son del todo fiables –murmuró Alice
– ¿Seguro que estás embarazada?
–Estoy embarazada –aseguró Bella. Noto que mi cuerpo es diferente y he ensanchado de cintura.
Sus hermanas estaban de acuerdo en que una mujer sabía esas cosas y pronto la conversación derivó hacia la habitación del niño, el nombre y cosas así. Y el día transcurrió con más risas que lágrimas.
Más tarde, mientras volvía a su casa, Bella seguía sintiéndose alegre. Era mejor que sus hermanas lo supieran todo. Bueno, en realidad, todo no. Mientras aparcaba, pensaba en lo que no les había contado. No les había dicho que había usado la esperma de Edward para inseminarse.
Encogiéndose de hombros, salió del coche. ¿Qué importaba eso ya? Había quedado embarazada después.
