Capítulo Once

Las siguientes cuatro semanas fueron las más largas en la vida de Edward. ¿Cuántas veces había tomado el teléfono para llamar a Bella? Y, sin embargo, no lo había hecho. Necesitaba tiempo para pensar.

Era de noche y una lluvia persistente golpeaba los cristales de su ventana. Edward añadió peso a la barra y siguió haciendo ejercicio hasta que su cuerpo estuvo cubierto de gotas de sudor. Con un gemido de agotamiento, dejó las pesas y lanzó una maldición.

¿Cómo podía haberle hecho aquello?, se preguntaba. ¿Lo había planeado sin decirle nada? El se había convencido de que Bella no era como Valerie y, sin embargo... Quizá no pensaba en el dinero que algún día podía tener, pero obviamente quería algo de él. ¿Pero qué? ¿Un marido? ¿Para eso se había quedado embarazada?

Edward se secó la cara con una toalla sin dejar de darle vueltas a la cabeza. Ella lo había engañado y, sin embargo, parecía tan segura de sí misma, tan autosuficiente, desde luego nada que ver con el tipo de mujer que necesita un marido.

Edward tiró la toalla al suelo. Nada de aquello tenía sentido.

Pero ¿cuándo había tenido sentido una mujer para él? Quizá debería dedicarse solo a curar seres humanos, no a intentar entenderlos.

Mientras tomaba un refresco de la nevera, recordaba el día que Kevin Weber lo había llamado a su despacho. Si no fuera por Bella, estaría celebrándolo en aquel momento. No todos los días recibía la noticia de que era el candidato con más posibilidades para ocupar una plaza fija de ayudante con uno de los cardiólogos más renombrados del país. Si seguía trabajando como hasta el momento, unos meses más tarde el puesto sería suyo.

Pero ni siquiera se lo había contado a Jacob. No se sentía con ánimos.

Edward terminó el refresco y tiró la lata al contenedor de reciclaje bajo el fregadero. Solo había una forma de encontrar un poco de paz. Le gustase o no, tendría que hablar con Bella

Antes de que pudiera cambiar de opinión, tomó el teléfono y marcó su número. Eran más de las diez y ella contestó con voz adormilada y demasiado sexy para su gusto.

–Tenemos que hablar –dijo sencillamente.

–Muy bien –asintió ella, esperando que él dijera cuándo y dónde.

Ni en su apartamento ni en el de ella, desde luego. Y tampoco en el hospital. Tenían que verse en algún sitio público y lleno de gente.

– ¿Has estado alguna vez en el Alley Cat, el bar de la calle Woodward?

–Sí.

–Podríamos vernos allí el sábado a las nueve.

–Muy bien.

Los dos se quedaron en silencio. Edward no quería colgar, quería seguir escuchando su voz.

–De acuerdo –dijo, disgustado consigo mismo. A las nueve entonces.

El sábado a las nueve, Edward entraba en un bar abarrotado. Tanto, que tuvo que abrirse paso a codazos para llegar a la barra.

Él había querido que se vieran en un lugar público, pero aquello era ridículo. Tendría que gritar para hablar con Bella. De repente, se imaginó que, cuando gritara la palabra embarazada, todo el mundo se quedaría en silencio, mirándolos y tuvo que sonreír, pero la sonrisa desapareció de sus labios cuando recordó la gravedad del asunto.

– ¿Qué le sirvo? –preguntó el camarero.

–Una cerveza.

– ¿Alguna en especial?

–Da igual –contestó él, mirando alrededor. El bar está hasta arriba, ¿eh?

–Como todos los días –sonrió el hombre, sirviéndole su cerveza.

–Hola, Edward.

Edward se dio la vuelta y casi tiró la cerveza de la impresión. Bella, con vaqueros y una camiseta ajustada, estaba impresionante. Pero lo que más llamó su atención fue que tenía una copa de cerveza en la mano.

–No deberías beber alcohol.

–Es una cerveza sin alcohol, Edward.

–Ah –murmuró él, buscando una mesa vacía con la mirada. La proximidad de Bella estaba haciendo que olvidara lo que tenía que decirle. No estarás sentada en alguna mesa, ¿verdad?

–Me temo que no –dijo ella.

En ese momento, un hombre empezó a hablar desde el escenario donde tocaba un grupo de música country.

–Esta es la oportunidad para cualquiera que quiera aprender a bailar. Vamos, no seáis tímidos.

Bella miró la pista de baile y sus ojos se iluminaron.

–Ni lo sueñes –dijo él, sin moverse. Yo no bailo.

– ¿Podemos dejar las copas en la barra? –preguntó Bella al camarero.

–Claro.

Bella dejó su copa y tomó la mano de Edward. A regañadientes, él la siguió. Pero le gustaba tanto sentir los dedos de ella enredados en los suyos que, por un momento, olvidó que estaba enfadado. Un minuto después estaban bailando, rodeados de un montón de gente.

– ¿Tú crees que deberías estar dando saltos en tu condición? –preguntó.

Ella lo miró, incrédula. – ¿No eres médico? Pues deberías saber que no pasa nada.

–Es diferente cuando... – ¿Cuando tú eres el padre? –lo interrumpió ella.

El padre. No le gustaba la emoción que había provocado aquella palabra. Pero Bella reía, feliz, y su alegría era contagiosa. A él ni siquiera le gustaba la música country, ¿cómo podía estar bailando delante de un montón de desconocidos?, se preguntaba. Sin embargo, tenía que reconocer que lo estaba pasando bien.

De repente, la banda empezó a tocar una canción lenta y, antes de que pudiera reaccionar, Bella estaba entre sus brazos. Entonces Edward tiró la toalla. Al demonio con lo que tenía que decir, pensaba. Le gustaba abrazarla. Le gustaba mucho.

Edward la apretó con fuerza y empezaron a moverse al ritmo de la música. Si le hicieran un corte en el brazo en aquel momento, estaba seguro de que no sangraría. Toda su sangre estaba por debajo del cinturón. No podía encontrar una sola razón para no abrazar a Bella. Quizá era porque tampoco había una gota de sangre en su cerebro, pensaba.

Pero cuando la banda empezó a tocar de nuevo música country, Edward la tomó de la mano y la condujo de nuevo hacia la barra. –Querías hablar conmigo, ¿no? –sonrió ella.

–Sí. Y deja de intentar distraerme.

– ¿Te estoy distrayendo?

–Más que eso. Y lo sabes.

– ¿Debería lamentarlo? –rió ella, con los ojos brillantes.

–Tú sabrás –contestó él.

Bella dejó de sonreír.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Me has tendido una trampa, Bella?

–Sí, claro. Siempre he deseado casarme con un médico y perder mi virginidad con un hombre que desaparecería a la mañana siguiente –contestó ella, irónica.

–Bella... me importas. De verdad, pero...

–Pero no quieres soportar la carga de una familia –lo interrumpió ella. Eso ya lo sé. ¿Qué más querías decirme?

–Quiero ayudarte.

– ¿Cómo? –preguntó Bella

–Pues, aportando dinero para el niño...

–No necesito tu dinero –dijo ella, cruzándose de brazos. ¿Qué más?

–Te guste o no, ese niño también es responsabilidad mía y quiero que me escuches –dijo Edward, irritado por su actitud. Podemos llegar a un acuerdo económico. Ahora no tengo dinero, pero puedo abrir una cuenta y poner algo todos los meses. Cuando tenga una plaza fija en el hospital, aumentaré la cantidad.

–Parece que estás hablando de un préstamo.

–Bella, sé razonable. Solo quiero ayudar.

–Pues no lo estás haciendo –dijo ella. Y hablando de dinero. Espero que no hayas dejado de ir al banco de esperma solo por mí.

–No he dejado de ir. Ahora voy los sábados.

–Ah.

–Tú podrías quedarte con ese dinero –sugirió él entonces. Una lágrima escapó de los ojos de Bella, pero ella la limpió de un manotazo.

–He dicho que no necesito tu dinero, Edward. Y tampoco necesito tu compasión –dijo, antes de darse la vuelta. Edward pagó su copa e intentó abrirse paso entre la Multitud que llenaban el local.

Pero Bella había sido más rápida y cuando llegó a la calle, la buscó, sin éxito.

Había desaparecido.

Edward miraba alrededor, pero la nieve casi le impedía ver.

Bella no debería conducir en una noche como aquella, pensaba mientras se dirigía al aparcamiento.

–Estupendo, Edward. Ahora sí que la has hecho buena –murmuró, mientras entraba en su coche.

El coche patinó peligrosamente y Bella levantó el pie del acelerador. Sujetando el volante con las dos manos consiguió controlarlo y suspiró, aliviada.

Se había comportado como una tonta. ¿Por qué había pensado que, si volvían a verse, él se mostraría más comprensivo? Edward no tenía ningún interés en ser padre.

–Dinero –murmuró, disgustada. El dinero era lo único importante para él. Ella tenía más que suficiente y él no tenía nada. ¿Si fuera al revés, sería un problema?, se preguntaba. Probablemente. Entonces, pensaría que eso era lo que buscaba.

Quizá era el momento de aceptar el plan A. Aunque su plan inicial de tener un hijo y criarlo sola era un buen plan, tenía que admitir que el plan B hubiera sido mejor. Si no se hubiera dejado llevar por la ilusión, pensaba. Si no hubiera tenido tantas esperanzas locas. Deseaba estar con Edward y el baile solo había espoleado su necesidad de tocarlo, de tenerlo cerca.

El limpiaparabrisas apenas podía apartar la nieve y Bella aminoró la velocidad, buscando un rayo de esperanza en lo que parecía imposible. Algo seguía molestándola sobre ese asunto del dinero, pero no sabía qué exactamente.

Pensó en ello hasta que llegó a su apartamento y, mientras estaba aparcando, se dio cuenta de lo que era.

En realidad, no le había contado que había recibido una herencia. ¿Sería ese el problema? Casi riendo, Bella salió del coche sabiendo exactamente lo que tenía que hacer. Quizá no funcionaría, pero tenía que intentarlo.