Las oficinas se encontraban de un lado y otro del pasillo, llenas de agentes y papeleo interminable, el telégrafo ocupado como parecía estarlo últimamente, al fondo visualizaba una pequeña enfermería, ahí dentro, en uno de los camastros se encontraba George sentado con el brazo izquierdo en el aire, ayudado por una enfermera que le colocaba un cabestrillo inmovilizándolo por un largo tiempo. La enfermería era una habitación escasamente iluminada, tenía bajos camastros alrededor y una lámpara en el medio y justo debajo de esta, una silla y un escritorio. Al visualizar a George y no encontrar cerca de él a Candy, su rostro mostró una gran tristeza, se puso a pensar en cuánto más tendría que esperar para encontrarla, en ese momento George levantaba la vista.

Joven William - exclamó un asombrado George.

George, ¿Cómo estás? ¿Dónde está ella? ¿Dónde está Candy? - preguntaba ansiosamente, sin esperar a que George reaccionara.

¡Eh…! ¿No está aquí? - decía George preocupado- Venía conmigo yo…yo no la salvé - respondió George sin saber que decir, ya que sólo recordaba que la habían subido al buque.

¿Cómo que nadie sabe dónde está? ¡Noooo, no la puedo perder George! - el rubio gritaba con enojo- Dime ¿dónde está? Por favor –le suplicaba dejándose caer al suelo, miraba a George lastimosamente, angustiado y con el mismo dolor que vio en sus ojos en el entierro de su joven sobrino. ¿Desesperación?… sí quizás, no emitía otro sonido que no fuera las lágrimas que estaban por desbordarse en esos minutos.

Nos bajaron del barco, había mucha gente - explicaba George apesadumbrado.

¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto grito? - preguntó otra voz.

Lo siento estoy…desesperado –dijo él limpiándose una sonora lágrima que surcaba hacia su barbilla- , busco a la señorita Andley, venía con George Johnson mi fiel socio - explicaba William.

¡Ah! Usted busca a la señorita rubia, venga por aquí, acompáñeme, soy el Dr. Robson - le comentó a William sonriendo y diciéndole que ella estaba bien por lo que no había de qué preocuparse.

William Andley, mi nombre es William Andley. ¿Está herida? - preguntó un poco más calmado.

Un gusto señor Andley, no precisamente; tiene algunas contusiones y amnesia - decía el doctor Robson calmadamente.

¿Amnesia? - repitió William en shock.

Cuando Wiliam escuchó amnesia, no pudo articular palabra, fue un duro golpe a su corazón tan cansado de no saber de ella por más de tres semanas, había encontrado a su princesa, pero su estado de salud no era de los mejores, hubiera aceptado un golpe o una fractura, pero no amnesia, cualquier cosa menos amnesia. Eso quería decir que no recordaba a su familia, mucho menos al Hogar de Pony y a sus madres y sobre todo a él; una tragedia más se repetía incansablemente mientras su cabeza daba vueltas, pensaba en cómo le daría a todos esta noticia y cómo le diría a su propio corazón que su pequeña ya no le sonreiría.

¿Ha dicho usted amnesia? - preguntó un tanto confundido ante la afirmación del Dr. Robson.

En efecto, la amnesia de la Señorita Andley no es tan severa, reconoce a algunas personas y menciona mucho a un joven llamado Terry, quizás usted lo conozca. – le explicó serenamente.

No, no le conozco - aclaró muy celosamente.

Bien los dejo solos, le dejaré con el Sr. Johnson la receta de los medicamentos y las indicaciones para su cuidado, después podrá llevársela - le indicó saliendo despreocupadamente.

Gracias Doctor. Candy…susurró Albert con voz apacible y a la vez preocupada.

Fin del flash back

Ahí sentado y apoyando su cabeza en el respaldo, divagaba en esa escena de su memoria, recordó que el dibujo de Candy tenía unos ojos azules y una T debajo de ellos, ¡eso era! Debía averiguar si Terrence Grandchester sabía qué había ocurrido. George no le había contado gran cosa, sólo los momentos de caos, como murió Clint y el rescate de Candy por el alférez de marina. George se acercaba y le mostraba una de las hojas que había recolectado en el Castillo Grandchester, el rubio abrió lentamente los ojos al oír el caer de las hojas de los árboles y observó muy detenidamente la hoja que le mostraba George.

El joven Terrence piensa que la Señorita Candy falleció en el naufragio. Al parecer se conocieron en el Mauritania, también estudia en el Colegio San Pablo y lo único que se pasa haciendo todo el día es garabatear, hay ojos en toda la ladera y quiere saber cómo se llama la dueña de estos ojos. ¿Qué pasa William? - inquirió George.

Es igual con Candy, recordé cuando te fui a ver a la enfermería, el doctor Robson me dijo que ella deliraba un nombre… - dijo el rubio muy convencido.

¿Terry verdad?, sin duda debe serlo, Sr. William, al parecer el joven Terry es la última persona que vio - contestó George.

Sí, al parecer no es bueno que sepa quién es por el momento. Sólo debemos de tratar que ella no se altere y que ingrese al Colegio cuidada por una enfermera. Luego tendremos que reunirnos con el joven Grandchester para saber lo que sucedió – dijo Albert muy convencido de lo que habría qué hacer.

Las semanas pasaron sin ningún problema, la salud de Candy había mejorado y William ordenó que Dorothy durmiera en la habitación contigua a la de ella para no llevarse otro susto como el acontecido esa mañana. Candy hacía su vida normal, hasta que uno de los telegramas de la Tía Elroy cayeron en sus manos, se encamino hasta la biblioteca y cuando le hubieron dado el adelante dijo.

¡Hola Albert! ¿Quién es Elroy Andley? – preguntó Candy.

¿Cómo dices? - reaccionó Albert.

¿Quién es Elroy Andley? - volvió a preguntar.

Si, te escuché perfectamente –dijo William asombrado-, es una tía, vive en Chicago. ¿Por qué la pregunta?

En la sala hay una pila de sus telegramas, lo siento no quise ser indiscreta, pero habla de una hija tuya, aunque no tiene mucha lógica, porque esa hija tendría por lo mucho 6 años, ¿quién es tu hija Albert?

Candy, no soy joven como me ves, espero que haya una razón del por qué revisas mi correspondencia - preguntó mientras tomaba un sorbo de brandy.

Lo siento, pero la verdad, me intrigó, ella se llama Candy Blanca… así como yo - aclaró dudosa.

La bebida que en ese momento tomaba William, le ayudaba en poco a aligerar el tema.

Candy, ¿qué pensarías si yo fuera tu padre? – Albert se acercó lentamente y se puso a su altura.

Ja ja ja ja, ¿no hablas en serio verdad? – inquirió Candy.

La mirada que le dio el rubio no era para reírse.

Pues diría que eres demasiado joven, que eres muy guapo y que…- dijo Candy esperando una afirmación de parte de Albert.

William sonrió un poco.

Además serás un padre muy correteado en un par de años. ¿Por qué? – dijo solemnemente tratando de embromarlo.

¡Ah! Gracias por la amenaza. Y ¿si así fuera? – volviendo a preguntar.

Pues… me sorprendería bastante – afirmó Candy bastante confusa.

Pues entonces ha llegado el momento de que veas algo, vayamos a la biblioteca.