Capítulo Doce
Bella llegó el lunes a trabajar llena de energía y buscó el teléfono de ginecólogo que Ángela le había recomendado, el doctor Lawrence Wilson. Estaban a principios de febrero y solo estaría de dos meses, pero quería confirmarlo.
Bella marcó el número y pidió una cita.
– ¿Es su primera consulta? –preguntó la enfermera.
–Sí. Creo que estoy embarazada –contestó ella, tan emocionada como cada vez que pensaba en lo que significaba aquello.
– ¿De cuántos meses?
–De dos.
–Bueno, entonces tenemos tiempo –dijo la enfermera. ¿Le parece bien dentro de dos semanas, el lunes a las cuatro y media?
–Muy bien.
Bella dio su nombre y dirección y colgó, sintiéndose alegre.
El día pasó más rápido de lo habitual, dándole poco tiempo para pensar en Edward y en su idea, pero más tarde, en su casa, después de quitarse los ajustados pantalones y jurarse a sí misma que no volvería a ponérselos, corrió hacia el teléfono y marcó el número de Edward. Imaginaba que no estaría en casa, pero tenía que intentarlo.
Cuando estaba a punto de colgar, él contestó, con voz estrangulada.
– ¿Te pillo en mal momento?
Al otro lado del hilo hubo una pausa y el corazón de Bella dejó de latir por una décima de segundo. ¿Estaría con otra mujer?
–No –contestó Edward por fin, tomando aire. Estaba hablando con Sally cuando oí el teléfono.
Bella suspiró, aliviada. Incluso el sonido de su respiración la excitaba.
Nunca había sentido aquello por un hombre. ¿Qué tenía Edward Cullen que la dejaba sin habla?
–Yo... bueno, quería preguntarte si... –empezó a decir ella si te importa que vaya a verte.
– ¿Ahora?
–Sí.
–De acuerdo.
–Nos vemos en media hora –dijo Bella, antes de colgar. Después, corrió al armario, diciéndose a sí misma que no debía tener demasiadas esperanzas. Lo que iba a decirle quizá no cambiaría nada.
Pero quizá sí.
Tenía que ponerse algo ancho y cómodo, pensaba, sacando del armario un vestido de algodón. Perfecto. No era ajustado y tampoco sexy. Tenían que hablar de negocios y no quería que él pensara que iba a su apartamento a seducirlo. Para asegurarse, se puso calcetines y unas zapatillas de deporte.
Veinticinco minutos más tarde, Bella subía a su apartamento.
–Hola –la saludó él, tomando su abrigo. Edward llevaba una toalla alrededor del cuello, unos pantalones cortos y... nada más. El vello de su pecho estaba húmedo de sudor y la imagen la dejó momentáneamente sin aliento. Estaba haciendo ejercicio –explicó él. Bella apretaba su bolso, sabiendo que debía parecer una frágil octogenaria asustada de los ladrones, pero no podía dejar de pensar en los papeles que llevaba dentro. ¿Te apetece una Coca Cola?
–No, gracias.
–Siéntate –dijo Edward, sentándose en el sofá.
Bella no había esperado un recibimiento tan cordial, después de cómo se habían despedido en el bar. Incluso parecía contento de verla.
Bella se sentó a su lado, pero tan lejos de él como pudo. Edward sonreía y esperaba pacientemente a que ella dijese lo que tenía que decir, lo cual era desconcertante.
–He estado pensando... Bueno, hay muchas cosas que no sabemos el uno del otro y quizá podríamos...
– ¿Qué quieres saber?
Bella se quedó desconcertada. –Cuéntame algo sobre tu familia –contestó por fin.
–Tengo una hermana mayor, Victoria. Vive en Florida con su marido James. Mi padre murió hace unos años y mi madre vive con Victoria desde que sufrió un infarto –empezó a decir él. En mi casa nunca hubo mucho dinero y, cuando yo empiece a ganarlo, pienso enviar parte a mi familia. Mi hermana y su marido llevan años cuidando de mi madre –añadió. Aquello explicaba su preocupación por el dinero, pensaba Bella. ¿Y tú? Cuéntame cosas sobre tu familia.
–Reneé era ama de casa porque le gustaba serlo –empezó ella su relato. En mi casa sí había dinero y mi madre invertía en bolsa. Como te dije, tenía mucho talento para descubrir buenas inversiones. Para eso y para ser madre. Era la mejor del mundo.
–Pero tu padre no era así, ¿verdad?
Bella no tenía deseos de hablar sobre su padre, pero sabía que tendría que hacerlo.
–Una vez le oí decirle a uno de sus colegas que yo había sido un error... ya sabes, un hijo que no había buscado. Mis hermanas son mucho mayores que yo y él nunca me quiso.
–Lo siento –murmuró Edward.
–Lo gracioso es que mi padre era ginecólogo. Se ganaba la vida trayendo niños al mundo mientras yo, sin embargo, era un inconveniente –sonrió ella, irónica. Bueno, el caso es que mi padre nunca estaba en casa.
Cuando no estaba trabajando, estaba jugando al golf. Reneé nunca se quejaba y siempre lo defendió hasta que... la abandonó por otra mujer.
Edward sacudió la cabeza, comprensivo.
–Por eso crees que todos los médicos son basura.
–Siempre lo había creído, así –sonrió ella.
– ¿Ya no lo crees?
–No.
–Me gusta esto de que nos contemos nuestra vida –dijo Edward
–Tú dijiste que habías tenido malas experiencias en el pasado –se atrevió a decir Bella. Tenía que hacerlo en algún momento y aquel parecía el más adecuado.
–Ah, eso –murmuró él. Se llamaba Valerie y ocurrió hace mucho tiempo, cuando aún estaba en la universidad. Debería haberme dado cuenta de qué clase de mujer era cuando, antes de terminar la carrera, ya me presentaba a sus amistades como doctor Cullen. Cada vez que le preguntaba de dónde sacaba dinero para comprar tanta ropa y coches nuevos, ella me decía que no me preocupase. Entonces, un día se dejó el bolso en mi casa y... bueno, no estoy orgulloso de ello, pero eché un vistazo –siguió diciendo. Había más de veinte tarjetas de crédito y, en uno de los papeles del banco, descubrí que tenía una cantidad importante en números rojos. Cuando le pregunté por ello, Valerie se encogió de hombros y me dijo que algún día yo ganaría mucho dinero como cardiólogo y podría pagar sus deudas. ¿Qué te parece? – sonrió Edward, irónico. No he vuelto a salir con muchas mujeres desde entonces. Cuando lo he hecho, siempre estaban muy interesadas en saber en qué iba a especializarme y yo no podía dejar de imaginar que estaban haciendo cálculos.
–Y cuando viste mi apartamento... –intervino Bella.
–Eso es.
Bella abrió su bolso y sacó un sobre.
–Edward, yo he hecho todo lo posible por esconder lo que tengo... probablemente por las mismas razones que tú. No quiero que nadie me quiera por mi dinero. Nunca le he enseñado esto a nadie, pero he pensado que podría ayudarnos –dijo, dándole el sobre.
– ¿Qué es esto?
–Ábrelo –insistió ella. Edward abrió el sobre y empezó a leer su contenido mientras Bella observaba su expresión de sorpresa.
–¡Bella! ¡Aquí hay más de un cuarto de millón de dólares! –exclamó él, por fin.
–Mi madre me dejó la mayor parte de ese dinero como herencia, pero yo he añadido una buena cantidad –explicó ella.
Edward la miraba, incrédulo.
–Pero, Bella... –empezó a decir él, pasándose la mano por el pelo.
– ¿Sigues creyendo que lo que busco es el dinero que puedas ganar algún día?
–No, claro que no –contestó él. Pero...
–Edward, puedes preguntarme lo que quieras –lo animó ella.
–Cuando hicimos el amor...
– ¿Sí?
–Dijiste que eras virgen, así que esperaba...
–Ah, eso –murmuró Bella. No había pensado contarle lo de su visita a la clínica, pero tendría que hacerlo. El médico lo rompió cuando...
Edward cubrió su boca con la mano.
–No sigas –la interrumpió. Debería haber confiado en ti, Bella. Lo siento.
Bella tomó su bolso y empezó a levantarse, pero él la detuvo.
–No pensarás marcharte, ¿verdad?
–No quiero molestarte más...
–Quédate. Por favor.
–De acuerdo. Pero sigue haciendo ejercicio.
– ¿Mientras tú me miras?
–Sí –contestó ella, poniéndose colorada.
Edward lanzó una carcajada. Él no se daba cuenta de lo sexy que estaba con aquellos pantalones cortos, ni de las fantasías que Bella estaba empezando a tener.
–Muy bien –sonrió él, tumbándose sobre el banco de ejercicio. Podrías ayudarme.
– ¿Cómo?
–Cuando me canso, tiendo a arquear la espalda y eso no es bueno. ¿Por qué no te sientas encima de mí?
Bella lo miró, con las cejas levantadas.
– ¿Qué pretende, Doctor Cullen?
–Hacer ejercicio –contestó él, sonriendo.
A Bella no le importaba cuáles fueran sus intenciones, de modo que se subió el vestido y se sentó a horcajadas sobre su estómago.
– ¿Así?
–Perfecto –sonrió Edward, respirando profundamente antes de levantar la barra.
Bella observaba los músculos masculinos con admiración. Edward tenía un físico que podría rivalizar con el de cualquier modelo.
Levantaba la barra aparentemente tranquilo, pero Bella notaba algo duro debajo de su cuerpo y empezó a moverse, sintiendo cómo la tela de sus braguitas se humedecía al entrar en contacto con la erección del hombre. Edward soltó la barra bruscamente y, con manos ardientes, empezó a acariciar la parte interior de sus muslos.
Cuando Bella vio cómo se abultaba el pantalón, su corazón empezó a latir con fuerza y, con dedos temblorosos, empezó a acariciarlo hasta que él puso su mano sobre la suya, apretando hacia abajo con fuerza. Con más audacia de la que creía poseer, le bajó el pantalón y Edward la atrajo hacia sí para besarla en la boca, su lengua jugando como quería que lo hicieran otras partes de su cuerpo. Ella le devolvía el beso con ansia, sin dejar dudas sobre lo que deseaba.
Edward acariciaba sus pechos, jugando con sus pezones a través de la tela. Después, apartó a un lado la delgada tela de las braguitas y metió los dedos. Cuando Bella creía que no podría soportarlo más, él la penetró suavemente, casi sin moverse.
La llenaba tan perfectamente que Bella se preguntaba cómo podía haber vivido sin él durante tanto tiempo. Pero cuando empezó a empujar hacia arriba con un ritmo frenético, dejó de hacerse preguntas.
Sus bocas se exploraban de nuevo con un beso largo, húmedo y desesperado.
–Me vuelves loco, Bella –murmuró él con voz ronca. Entonces empezó a salirse de ella y Bella se sintió confusa. Pero solo por un momento. Edward, sin salirse del todo, empezó a restregarse contra su parte más sensible, entrando de nuevo, volviendo a salir y a restregarse contra ella hasta que Bella sintió que un escalofrío la recorría entera. Edward embistió con un gemido ronco por última vez y Bella sintió que se quedaba rígido debajo de ella. Su respiración era entrecortada. Bella, no sabes lo contento que estoy de que hayas venido –sonrió un poco después.
–Yo también –dijo ella, besándolo en un hombro antes de ir al cuarto de baño. Cuando salió, Edward estaba bebiendo agua en la cocina y le ofreció un vaso que ella bebió, ansiosa, sintiendo que se había quedado sin fluidos.
–Tengo que volver al hospital dentro de una hora.
–Ah. ¿Quieres descansar un poco?
–Por favor, quédate –dijo él, mirándola a los ojos. De repente, puso la mano sobre su vientre. Está empezando a notarse –murmuró, confuso. ¿No es demasiado pronto?
– ¿Lo es?
–No estoy seguro, no es mi especialidad. ¿Qué dice tu ginecólogo?
–Aún no lo he visto. Tengo una cita con él dentro de dos semanas.
–Por lo que veo, no tiene que confirmar que estás embarazada –sonrió Edward, inseguro.
Bella se pasó la mano por el vientre, sorprendida de que se notase tanto.
–Creo que últimamente he comido demasiado. Y hablando de comer... estoy hambrienta. ¿Por qué no vamos a Comer una pizza? Yo invito –sonrió.
–Esto de salir con una mujer rica tiene sus ventajas –rió él, besándola suavemente en los labios. Oye, ¿no tienes nada en la nevera de tu casa?
–Sí –murmuró Bella, sin entender.
–Yo puedo cenar en el hospital –murmuró él, acariciando su pecho. Y así podríamos aprovechar la hora que me queda.
– ¿Tú crees? –susurró ella. Edward le quitó el vestido y se quedó sorprendido al ver que no llevaba las braguitas. Las he dejado en el cuarto de baño –explicó Bella.
–Creo que deberías dejarte puestos los calcetines. Me excitan –rió él, mientras se quitaba los pantalones, quedando gloriosamente desnudo frente a ella.
Sintiéndose valiente, Bella alargó la mano y acarició su sedosa erección.
– ¿Por eso te has puesto así?
–Desde luego. Tienen que haber sido los calcetines –murmuró él, tomándola en brazos.
