Capítulo Trece
A medianoche, Edward fue a buscar a Jake a una de las consultas de urgencias.
–Me apetece una pizza. ¿La compartimos?
–Estupendo. Termino con mi paciente y estoy contigo en veinte minutos.
– ¿Todo menos anchoas?
–Ni pimientos.
–Vale.
Edward llamó por teléfono para pedir la pizza y después volvió al trabajo. Cuando se reunió con Jake en la sala de médicos, un cuarto de la pizza había desaparecido.
–Qué hambre tengo –dijo su amigo, con la boca llena.
–Ya veo como me has esperado –rió Edward, tomando una porción. Jacob, tú has trabajado con el doctor Wilson, ¿no?
–Sí. Un tío estupendo, ¿por qué?
Edward se limpió con una servilleta, evitando mirar a Jake a los ojos.
–Solo quería saber qué tal era –murmuró. ¿Cuándo suele acudir una paciente embarazada al ginecólogo? –preguntó, sabiendo que aquello despertaría las sospechas de su amigo.
Aunque, en realidad, no sabía cómo había conseguido ocultarle lo suyo con Bella durante tanto tiempo.
–Normalmente, a los dos o tres meses. ¿Es gorda o delgada?
–Delgada.
–Pues... a los tres.
– ¿No suelen visitarlo cuando están de dos meses?
–Si ha tenido un niño antes, es posible –contestó Jake, mirando a Edward con suspicacia. ¿Qué pasa, amigo?
–Tienes que jurarme que no vas a decir una palabra.
–Vale, te lo juro.
Edward tiró la porción de pizza. Había perdido el apetito.
–Parece que voy a ser padre.
Si le hubiera dicho que iba a cambiarse de sexo, su amigo no hubiera parecido más sorprendido.
– ¡Ni siquiera sabía que estuvieras saliendo con alguien! –Exclamó Jake. ¿La conozco?
–Isabella –contestó Edward.
Jake seguía atónito.
– ¿Y desde cuándo estáis saliendo?
–Desde que nos conocimos.
– ¿Y me lo cuentas ahora?
–Bueno, la cosa funcionaba a ratos. Ahora estamos bien.
–Ya sé que hace mucho tiempo que no salías con nadie, pero ¿es que no te has enterado de que existe algo llamado preservativo? –Preguntó su amigo, pasándose la mano por el pelo. Eres médico, Edward. Y no tienes un céntimo. ¿Cómo has podido dejar que pasara?
Edward habría dicho lo mismo si le hubiera ocurrido a Jake, así que aceptó la crítica sin decir nada.
–Eso da igual.
–Espera un momento. ¿Dices que está de dos meses?
–Dos meses y algo.
– ¿Y cómo sabes que es...?
–Lo sé –lo interrumpió Edward.
– ¿Vas a casarte con ella?
–Ese tema no ha salido todavía.
–Pero ella lo estará pensando. Todas las mujeres quieren casarse.
Jacob probablemente tenía razón, pero hasta aquella noche el embarazo no le había parecido real. Cuando había visto su vientre...
El busca de Jacob sonó en ese momento.
–Tengo que irme –dijo, levantándose. Si tienes dudas, ve con ella a la consulta del doctor Wilson. ¿De acuerdo? Hablaremos más tarde –añadió, dándole un golpecito en la espalda.
–Vale.
Solo en la sala de médicos, Edward pensaba en lo que había dicho Jake. Muchos maridos iban con sus mujeres al ginecólogo. El problema era que Bella no era su mujer y quizá no querría que los vieran juntos en la consulta.
Un minuto después sonaba su busca y, antes de que se diera cuenta, terminaba su turno. A las siete y media fue a la cafetería a desayunar y estuvo leyendo el periódico hasta las ocho, la hora a la que Bella entraba a trabajar.
–Hola, preciosa –sonrió, cuando ella entraba por la puerta.
– ¡Edward, qué sorpresa! –exclamó Bella. Sus ojos se habían iluminado al verlo.
–Me voy a casa, pero antes quería darte los buenos días. Así me garantizo felices sueños –sonrió. Bella le devolvió la sonrisa mientras se quitaba el abrigo. Llevaba un jersey ancho y Edward recordó lo que Jacob le había dicho. ¿Qué te parece si voy contigo a la consulta del doctor Wilson?
– ¿Quieres venir conmigo? –preguntó ella.
–Sí.
–Me encantaría.
Edward se despidió unos segundos después, con una sonrisa…
El día había llegado y Bella estaba nerviosa. Le había pedido permiso a su jefe para salir antes y los minutos parecían interminables.
Estaba deseando ver al doctor Wilson, especialmente desde que había empezado a sentirse rara unos días antes, nada doloroso, solo una especie de pinchazos que la preocupaban. Rosalie había sufrido varios abortos y no podía dejar de pensar que podría pasarle lo mismo.
Más que nunca, se sentía feliz de que Edward hubiera querido ir con ella.
Seguían sin hablar sobre el futuro, pero el hecho de que quisiera acompañarla al ginecólogo era una buena señal.
A las cuatro y veinticinco, Bella se puso el abrigo y tomó el ascensor hasta el cuarto piso. Cuando entró en la sala de espera, Edward estaba leyendo una revista sobre maternidad y su corazón dio un vuelco. Nunca podría ver a aquel hombre sin tener una reacción parecida.
Él levantó la cabeza y su sonrisa hizo que se derritiera por dentro.
–Hola.
–Hola. Voy a decirle a la enfermera que estoy aquí –sonrió ella, dirigiéndose al mostrador. Unos minutos más tarde, la enfermera los acompañaba a la consulta y le daba una bata.
– ¿Quiere usted esperar en la sala hasta que el doctor la examine? –preguntó, dirigiéndose a Edward.
– ¿Es necesario? –Preguntó Bella. Me gustaría que se quedase.
–Muy bien. El doctor vendrá enseguida.
Bella se puso la bata de espaldas a Edward, sintiéndose un poco tímida.
–Muy sexy –susurró él.
Ella rió, intentando relajarse. No sabía por qué estaba tan nerviosa. Él era su amante, el padre de su hijo. Y además era médico. No iba a ver nada que no hubiera visto antes. Aún así, una extraña sensación de incomodidad la invadía. Tanto que, cuando el doctor Wilson entró en la consulta, Bella estaba a punto de gritar.
–Buenas tardes –los saludó él.
El apretón de mano del médico era firme y seguro y Bella se tranquilizó un poco.
– ¿No es usted el doctor Cullen? –preguntó el ginecólogo, mirando a Edward.
–Sí –contestó él. Nos conocimos hace tiempo. Soy amigo de Jacob Black.
–Ah, claro. ¿Cómo está Jake? Lamenté mucho que eligiera seguir sus prácticas en urgencias.
–Está muy bien.
–Entonces, doctor Cullen, su interés aquí es...
–Soy el padre del niño.
La simple admisión hizo que Bella sintiera un nudo en la garganta.
Afortunadamente, el doctor Wilson no hizo ningún comentario al respecto y, sencillamente, empezó a hacerle preguntas a Bella. Ella le contó que últimamente se estaba sintiendo rara y Edward la miró sorprendido. No le había comentado nada.
Por fin, el doctor llamó a una enfermera y, cuando empezó a examinarla, Edward se colocó al lado de Bella y tomó su mano.
Poco después, el doctor Wilson se quitaba los guantes y volvía a cubrir sus piernas con la sábana.
–Puedes sentarte –sonrió. La enfermera salió de la consulta y el doctor Wilson se sentó en un taburete. Bella estudiaba su cara, con el corazón acelerado. Algo ocurría. Edward también debía haberse dado cuenta porque apretó su mano con fuerza. Parece que todo va bien.
–Pero hay algo raro, ¿verdad? –preguntó Bella.
–No es que sea raro. Es que no estás embarazada de dos meses y medio, como decía tu informe –dijo el hombre. Bella lo miró, sin entender. Tenía que estar embarazada, de eso estaba segura. Yo diría que estás de cuatro meses y medio.
Edward soltó su mano.
–Pero...
–Si tienes un ciclo irregular, es normal que te hayas equivocado en las cuentas. Y esas sensaciones extrañas que dices sentir, bueno, querida, es tu hijo, que te recuerda que está ahí –sonrió el hombre, sin darse cuenta del impacto que había causado la noticia. La semana que viene te haré una ecografía. Y, por cierto, tendréis que decidir si queréis saber el sexo del bebé o no. Es muy posible que podamos verlo –añadió, levantándose. Cuando ninguno de ellos contestó una palabra, el doctor Wilson los miró, sorprendido. ¿Alguna pregunta? –Bella negó con la cabeza. La enfermera te dará instrucciones sobre régimen, ejercicio y todas esas cosas. Si tienes algún problema, llámame y, si no, nos volveremos a ver dentro de una semana.
El doctor se despidió de ellos y desapareció.
Durante lo que parecía una eternidad, Edward no se movió ni dijo una palabra.
–Sé lo que debes estar pensando, pero puedo explicarte... –empezó a decir Bella.
–Seguro que puedes –la interrumpió él. Eres muy convincente. Me has estado engañando durante todo el tiempo.
–Por favor, Edward, yo...
–Nada de lo que digas puede cambiar esto, Bella. Me hiciste creer que yo había sido el único, que este niño era mío. Y, obviamente, ninguna de las dos cosas es verdad.
–Pero...
–Sé que tú quieres a ese niño y sé también que serás una buena madre.
–Edward... –intentó hablar ella, sin saber cómo explicarle lo que había pasado.
Él la miró por última vez y el dolor en sus ojos tan aparente que Bella no pudo seguir conteniendo las lágrimas.
–Adiós Bella. Te deseo suerte.
Edward salió de la consulta y Bella enterró la cara entre las manos.
