Capítulo Catorce
Bella pasó la noche sola en su apartamento y, después de llorar durante horas, llamó a Rosalie para contárselo todo.
Como siempre, su hermana la consoló y la aconsejó sin juzgarla, pero insistió en que, pasara lo que pasara, tenía que contarle la verdad a Edward. Al fin y al cabo, el niño era suyo y merecía saberlo.
Bella colgó sintiéndose un poco mejor y se preparó un té. Cuando el líquido caliente llegó a su estómago, empezó a sentirse un poco mejor.
Y entonces volvió a notar aquella sensación.
Bella dejó la taza en la mesa y se puso la mano sobre el vientre. Allí estaba, pensó con lágrimas de alegría. Aquello era lo que había querido toda su vida. Un hijo.
Bella estuvo sentada en aquella silla durante una hora, sintiendo a su hijo y deseando que Edward estuviera con ella para compartir el momento. Y, entonces, decidió cómo le contaría la historia. No habría más visitas inesperadas a su apartamento, ni tampoco hablaría con él en el hospital. Le explicaría todo por carta y dejaría que él decidiera lo que quería hacer.
No iba a engañar a nadie; quería a Edward en su vida, pero no iba a ponerle una pistola en la cabeza. Y tampoco iba a poner todas sus esperanzas en él. Al fin y al cabo, Edward no había tomado la decisión de tener un hijo.
Durante toda la semana, Bella intentó terminar la carta más importante de su vida y el viernes por la mañana la envió por correo. A partir de entonces, lo único que podía hacer era esperar la reacción de Edward…
A medianoche del lunes, Edward abría su buzón y sacaba la consabida propaganda, junto con un par de sobres que imaginaba serían facturas. Una vez dentro de su apartamento, lo dejó todo sobre la mesa y abrió la nevera para comer algo.
Se preparó un bocadillo de atún y se disponía a comer apoyado en la encimera cuando se fijó en un sobre escrito a mano.
Edward lo abrió, sorprendido. No tenía que leer la firma para saber de quién era la carta.
Cuando terminó de leerla, se quedó inmóvil, demasiado perplejo como para reaccionar.
¿Estaría Bella diciendo la verdad? ¿O sería una mentirosa patológica?, se preguntaba. Aquella historia sobre la inseminación con su esperma era digna de un guionista de Hollywood.
Edward volvió a dejar la carta en la mesa y se dirigió a la ducha, furioso.
¿Cómo demonios podía saber la verdad? Si esperaba a que naciera el niño y las pruebas demostraban que él era el padre, se habría perdido los meses más importantes en la vida de Bella y nunca se lo perdonaría a sí mismo. Sin embargo, si la creía y ella le estaba mintiendo, se sentiría destrozado.
El lunes anterior en la consulta del doctor Wilson había recibido una dolorosa desilusión. Sus sentimientos por Bella eran cada día más profundos y había empezado a acostumbrarse a la idea de que iba a ser padre... solo para darse cuenta de que había sido engañado.
¡Maldita sea! –exclamó, saliendo de la ducha. ¿Qué podía hacer?...
Unos días después, Bella estaba segura de que Edward había recibido la carta y, sencillamente, no quería contestar.
El trabajo era su salvación y, afortunadamente, estaba más ocupada que de costumbre. Además, había comprado un montón de libros sobre la maternidad y se dedicaba a estudiar, hacer compras y, en general, a disfrutar de cada segundo de su embarazo.
Pero cuando se iba a la cama no podía dejar de pensar en Edward.
El domingo siguiente por la noche, Bella no podía dejar de dar vueltas y vueltas en la cama, incapaz de dormir.
Si se lo hubiera contado antes, se decía, quizá la habría creído. Recordaba que había empezado a decírselo la noche que estuvo en su apartamento, pero él la había interrumpido.
El lunes por la mañana, agotada, pensó en llamar a la clínica para decir que se encontraba mal, pero aquel era el día de la ecografía y la sola idea de ver a su hijo la llenaba de energía.
De alguna forma logró soportar las ocho horas de trabajo y, más tarde, tumbada en la camilla, miraba la pantalla oscura del monitor esperando al doctor Wilson.
Cuando escuchó que se abría la puerta se volvió, sonriendo.
Pero era Edward.
Él cerró la puerta y se quedó mirando a Bella que, atónita, no podía decir palabra.
–No sé si debería estar aquí –susurró.
Ella hubiera querido decir que era suficiente con que estuviese, pero ¿lo era? No sabía qué pensar de su repentina aparición.
Antes de que pudieran decir nada más, entró el doctor Wilson.
– ¿Preparados para ver la película? –Bromeó el hombre, mientras abría un tubo de gel y lo extendía sobre el vientre de Bella. ¿Cómo te encuentras? ¿Comes bien?
Bella apartó la mirada.
–Sí. Todo va muy bien.
–Me alegro –sonrió el ginecólogo, volviéndose hacia Edward. Podrás verlo mejor si te acercas.
Por el rabillo del ojo, Bella vio que Edward se acercaba, preguntándose si el doctor Wilson se daría cuenta de la tensión que había entre ellos. Pero cuando el médico colocó un instrumento parecido a un ratón de ordenador sobre su vientre, Bella se concentró en la pantalla del monitor, en la que había aparecido una figura borrosa.
–Aja. Como había pensado. Estás de veinte semanas –dijo el hombre. De repente, levantó el ratón. ¡Vaya!
– ¿Qué pasa? ¿Algo malo? –preguntó Bella, casi sin voz. Edward se acercó un poco más.
–Perdona, no quería alarmarte –sonrió el hombre. Es que el bebé está en una posición en la que puede determinarse el sexo y aún no me habéis dicho si queréis saberlo.
Bella suspiró aliviada y oyó que Edward hacía lo mismo. Había vacilado durante toda la semana sobre el asunto, pero la decisión estaba tomada.
–Yo quiero verlo –murmuró, mirando a Edward. No necesitaba su permiso, pero esperaba que estuviera de acuerdo.
Él le devolvió la mirada con aquellos intensos ojos verdes y Bella se dio cuenta de que él, aunque inseguro, también quería.
–Sí. Queremos verlo.
El doctor volvió a colocar el ratón sobre el vientre de Bella.
–Esa es la cabeza. Y eso, el corazón –explicó. Edward apretaba su mano, emocionado, y los ojos de Bella se llenaron de lágrimas. El doctor Wilson estaba trazando una línea con la mano sobre el monitor. Este es el cordón umbilical, lo que significa que esto –añadió, señalando un pequeño apéndice no lo es. Parece que vais a tener un niño –sonrió.
Bella miró a Edward. Los ojos del hombre, más brillantes que nunca, estaban clavados en la pantalla. Cuando por fin los apartó del monitor y la miró, Bella supo que, ocurriera lo que ocurriera, entre ellos se había creado un lazo que nunca podría romperse.
Un hijo. Un niño pequeñito que algún día necesitaría el apoyo de los dos.
–Podemos sacar una fotografía, si queréis.
–Sí, por favor –dijo Bella, mirando lo que parecían bracitos y piernas moviéndose continuamente. Su corazón parecía querer estallar de alegría. Si el niño no le había parecido real, lo parecía en aquel momento.
Iba a ser madre.
Y el hombre que sujetaba su mano iba a ser padre.
Con aquella realización, se dio cuenta de otra cosa; lo egoísta que había sido. Había estado tan cegada por su deseo de tener un hijo que no había pensado en lo que significaba negarle un padre.
Bien, se dijo a sí misma, sintiéndose furiosamente maternal, todavía tenía tiempo para cambiar eso. A la porra el orgullo. Si había alguna forma de convencer a Edward, la encontraría.
El doctor Wilson apretó un botón y sacó dos fotografías en blanco y negro.
–Tomaos vuestro tiempo. Si tenéis alguna pregunta, estaré fuera –dijo, antes de salir de la consulta.
Bella se quedó mirando la fotografía, mientras buscaba palabras. No podía dejar pasar aquel momento sin intentar un acercamiento.
–Edward, yo... –dijo, aclarándose la garganta. Te juro que es tu hijo.
–Bella...
–Siento no haberte dicho antes lo de la inseminación –lo interrumpió ella. De verdad. Es que las cosas se complicaron y... Edward, yo creo que me enamoré de ti el día que te vi en la cafetería –añadió. Él apartó la mirada, confuso. Este niño te necesita, Edward. Yo te necesito.
Edward negó con la cabeza.
–Tú no me necesitas, Bella.
–Muy bien, quizá no te necesito. Pero te quiero.
–Tú te mereces un marido. La clase de hombre que va todas las noches a cenar, que tiene los fines de semana libres. Alguien que pueda aportar dinero para los gastos de la casa, que no esté endeudado hasta el cuello.
Bella sentía que él se apartaba y se dio cuenta de que su resistencia la ponía furiosa.
–Si hace que te sientas mejor, podrías pagar la mitad del alquiler. Y si tanto te preocupa tener que pagar el préstamo de tus estudios, yo podría pagarlo mañana mismo y se acabaría el problema.
Edward la miró muy serio.
– ¿Y cómo crees que me sentiría?
–Aliviado, por ejemplo –intentó sonreír ella.
–Ni siquiera he aceptado el hecho de que este es mi hijo y tú quieres que acepte tu dinero –dijo Edward, con los dientes apretados. No puedes comprarme, Bella. Por mucho que quieras un marido y un padre para tu hijo.
–Eres un arrogante y un imbécil... –dijo ella entonces, sintiendo que las lágrimas asomaban a sus ojos de nuevo. No estoy intentando comprarte. Solo quiero resolver el problema. Perdone si he ofendido su delicado ego, doctor Cullen. Tenga cuidado, no se ahogue con él cuando salga de aquí.
Él la miró, furioso y, sin decir una palabra más, salió de la consulta dando un portazo.
Bella se limpió el gel, se vistió y salió del hospital a toda prisa, furiosa.
Solo cuando llegó a su casa y volvió a mirar la fotografía de su hijo, consiguió calmarse.
–Lo siento, pequeñín, me parece que voy a tener que empezar a tener paciencia, ¿verdad? –sonrió, sintiéndose culpable por cómo había tratado a Edward. Vamos a tener que darle a tu padre un poco más de tiempo. La verdad es que es una buena persona. Y, aunque no quiera admitirlo, yo creo que también nos quiere.
