ADAPTACIÓN
Capítulo Quince
A finales de marzo, la nieve cubría la ciudad y los pasillos de urgencias estaban abarrotados de heridos en accidentes de tráfico.
Edward terminó su turno a las nueve de la mañana del sábado. Estaba agotado y necesitaba desesperadamente una ducha y varias horas de sueño, pero había algo rondando su cabeza que lo hacía permanecer de pie.
Y aquel día resolvería ese asunto de una vez por todas.
Fue a la estación de tren y después corrió todo el camino hasta el apartamento de Bella No tenía energía para ensayar un discurso, pero daba igual. Ella tendría que escucharlo.
Bella abrió la puerta vestida con un albornoz largo. Estaba despeinada y muy sexy, a pesar de estar embarazada de seis meses.
–Hola, Edward –lo saludó ella. ¿Te apetece un café? –sonrió, como si hubiera estado esperando aquella visita.
–No –contestó él, con sequedad. Ella se sirvió un café y se sentó en el sofá, haciéndole un gesto para que la acompañara, pero Edward lo ignoró y se dedicó a pasear por el salón.
–Lo has estropeado todo, ¿sabes? –dijo, mirándola. Bella tomaba su café tranquilamente, como si aquello no fuera con ella y Edward siguió paseando, negándose a dejarse afectar por su tranquila actitud. Me gustaba mi trabajo. Me encantaba trabajar aunque fueran veinte horas diarias –añadió, pasándose la mano por el pelo. Y ahora estoy distraído todo el tiempo... ¡Maldita sea! Ya ni siquiera puedo hacer ejercicio sin pensar en ti. Nada... absolutamente nada es lo mismo que antes. ¡No encuentro paz en ninguna parte! –exclamó. Bella simplemente lo miraba, sin cambiar de actitud. Mira, he tomado una decisión.
– ¿Sí?
–Quiero que lo intentemos... sea de quien sea el niño. Es tuyo y eso es suficiente para mí.
–Ya veo –murmuró ella.
– ¿Ya veo? –repitió él. ¿Es eso todo lo que tienes que decir?
–Es muy amable por tu parte, Edward. Pero no es suficiente.
Él abrió los brazos, desesperado.
– ¿Qué quieres de mí, Bella?
–Todo –contestó ella.
– ¿Puedes ser un poco más específica? –preguntó Edward, casi a gritos. Aquella mujer lo estaba volviendo loco.
–Para empezar, quiero que confíes en mí. Si nuestra relación no está basada en eso, es como si estuviéramos construyendo castillos en el aire.
–De acuerdo. Confío en ti.
–Si lo hicieras, no estarías cuestionando quién es el padre del niño –dijo Bella, tocando su vientre. Te he dicho que eres el padre, pero tú sigues dudando. Quizá piensas que voy por ahí acostándome con todo el mundo.
– ¿Y cómo demonios voy a estar seguro? Dímelo –dijo él, volviendo a pasear.
–Esperaba que me conocieras lo suficiente como para saber que yo no te mentiría. Había esperado que tu corazón te dijera que es la verdad.
Haciendo un esfuerzo, Bella se levantó del sofá y se dirigió a la puerta.
–He venido aquí esperando que llegásemos a un acuerdo –bramó él. Y lo menos que tu hijo merece es un padre.
–Nuestro hijo, Edward –lo corrigió ella. Y sí, es verdad. Pero prefiero criarlo sola que con un hombre que no confía en mí.
Edward tuvo que resistir el impulso de zarandearla... y otro impulso de tomarla en sus brazos y besarla como nunca la había besado antes.
–No será fácil criarlo sola –dijo, entre dientes. Algún día lo lamentarás, Bella
–Ya lo lamento, Edward. Pero tengo que ser fuerte por el niño. No puedo aceptar lo que me ofreces. Cualquier niño se merece un amor incondicional y si el padre no está seguro... sería como no tener nada.
Edward golpeó la puerta con el puño.
–Maldita sea, Bella, en estas circunstancias, ¿no te parece que me estás pidiendo demasiado?
Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas.
–Sí –contestó, abriendo la puerta. Edward la miró durante largo rato, respirando con dificultad y después salió del apartamento.
Bella llevó su taza de café a la cocina, obligándose a no llorar y sintiéndose contenta de tener tantas cosas que hacer aquel día. Solo tenía tiempo de darse una ducha antes de que Rosalie fuera a buscarla para ir de compras.
Aquel día compraría la cuna del niño y otras cosas que necesitaba para la habitación. Nada, ni siquiera Edward, le robaría la alegría de aquel día.
Aún tenía tiempo de convencerlo, pensaba, quitándose el albornoz. Pero, una vez dentro de la ducha, Bella dejó que las lágrimas rodaran por su rostro, sabiendo que se sentiría mejor si no las escondía. En su corazón sabía que estaba haciendo lo mejor para los tres.
Sólo rezaba para no esperar el final feliz que podría no llegar nunca.
Un mes más tarde, Rosalie hizo una fiesta en su honor. Asistió Alice, que se había mudado a Detroit por fin, Ángela, Millie, Hazel y muchas otras amigas y primas.
Bella disfrutó mucho abriendo todos los regalos, pero fue al final de la fiesta cuando recibió la mejor de las sorpresas.
Ángela estaba ayudándola a secar copas cuando se colocó a su lado, con cara de conspiradora.
–Tengo una propuesta que hacerte.
– ¿Sobre qué? –preguntó Bella.
–No sé qué planes de trabajo tienes, pero yo necesito ayuda con mi negocio –explicó su amiga. Me veo obligada a rechazar trabajos interesantes porque no tengo gente y he pensado en ti como posible socia.
– ¿De verdad?
–Tú conoces bien los sistemas informáticos con los que trabajo y eres especialmente buena con las base de datos.
Angela le explicó que solo tendría que trabajar veinte horas a la semana y lo mejor de todo era que podía hacerlo en casa, con el niño. Cuando mencionó el salario mensual, Bella aceptó sin dudarlo y decidió hablar con su jefe para presentar la dimisión.
Al menos, ese era el plan.
Edward acababa de quedarse dormido el lunes por la mañana cuando su busca empezó a sonar. Abriendo un ojo, miró el aparato, que marcaba el teléfono de la unidad de urgencias y, murmurando una maldición, se sentó a duras penas en la cama.
Su historia con Bella lo impedía dormir hasta el punto de que iba a trabajar todos los días como un zombi y rezaba para no cometer un grave error con alguno de los pacientes.
Después de lavarse la cara con agua fría, fue corriendo hasta el hospital y, en cuanto entró, Jake lo tomó del brazo.
– ¿Qué es tan urgente como para sacarme de la cama? –preguntó, irritado.
–Creí que tenías que saberlo... Bella está en urgencias. En la número ocho.
Edward corrió por el pasillo sin esperar una explicación y apartó la cortina con tal fuerza que Bella se sobresaltó.
– ¿Qué ha pasado?
–Creo que... tengo contracciones, Edward –susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas. Pero es demasiado pronto.
–Intenta relajarte, Bella. Podría ser una falsa alarma –intentó tranquilizarla él. ¿Qué ha dicho el doctor Wilson?
–Aún no me ha visto.
– ¿Estás sangrando? –preguntó Edward, palpando su vientre de forma profesional, mientras intentaba recordar los textos de obstetricia que había estudiado en la universidad, con el corazón angustiado. Ella negó con la cabeza. De repente, Edward notó algo y se quedó quieto.
– ¿Qué pasa? –preguntó Bella, alarmada.
–He sentido algo.
Ella puso la mano sobre su vientre y después la apartó, sonriendo.
–Creo que es un pie. Lo hace todo el tiempo.
–Eso es buena señal –murmuró Edward, con un nudo en la garganta. Después, sintiéndose como un imbécil, admitió lo que había sabido durante algún tiempo. Aquella mujer no era una mentirosa, ni una manipuladora. El niño que se había movido bajo su mano era su hijo. Nunca había estado más seguro de algo en toda su vida. Voy a buscar al doctor Wilson y a pedir que te coloquen un monitor. Volveré enseguida.
Bella lo sujetó del brazo.
–Me crees, ¿verdad, Edward?
Edward se inclinó y la besó suavemente en los labios.
–Sí, cariño. Siento mucho haber dudado de ti. Y ahora deja que vaya a buscar ayuda, ¿de acuerdo? '
Bella asintió, dejando que las lágrimas rodasen por sus mejillas mientras él salía corriendo por el pasillo.
El doctor Wilson estaba en el vestíbulo, estudiando su informe y Edward prácticamente se le echó encima.
– ¿Le parece que coloquemos un monitor? ¿Sí, verdad? Iré a pedirlo.
–Un momento –lo detuvo el doctor Wilson. Ya lo he pedido. ¿Por qué no te calmas un poco? Iré a hablar contigo en cuanto haya examinado a Bella.
–Pero yo...
–Mira, Edward, tengo un trabajo que hacer y, francamente, en este momento eres un estorbo.
Edward fue a la sala de médicos y se dejó caer pesadamente en una silla, intentando calmarse, como había hecho tantas veces en momentos de gran tensión.
Pero aquella vez no podía hacerlo.
Aquella vez era diferente.
Empezó a rezar: «Por favor, Dios mío, salva a mi hijo... Salva a nuestro hijo». Palabras que eran como un mantra.
Cuando sintió una mano en la espalda, se levantó de un salto. Jacob estaba a su lado, con expresión preocupada.
– ¿Ha pasado algo? ¿Bella...?
–No lo sé. Wilson sigue con ella. Solo he venido a hacerte compañía. ¿Estás bien?
–Sí. Solo estoy preocupado por Bella y por nuestro hijo –suspiró Edward. Jacob sonrió. ¿De qué te ríes?
–De nada. Solo que, de repente, ese niño se ha convertido en nuestro hijo. ¿Cuándo has llegado a esa conclusión?
–No lo sé. Pero sé que es verdad –explicó. No sé cómo vamos a arreglar esto, pero tenemos que encontrar alguna forma. Y pronto. Pase lo que pase con... –empezó a decir. Pero la angustia no lo dejaba terminar la frase. Es posible que no vuelva a aparecer otra mujer como Bella en mi vida.
–Vaya, si que estás colado –sonrió su amigo.
–Quizá pueda conseguir otro préstamo. Quizá Weber pueda avalarme...
El busca de Jake empezó a sonar y su amigo se despidió, dándole un golpecito en la espalda.
–Buena suerte. Si puedo hacer algo por ti, dímelo.
En ese momento, Wilson entraba en la sala de médicos. Su sonrisa parecía genuina y Edward lanzó un suspiro de alivio.
–El niño está bien, Edward. Parece que Bella tiene un leve problema intestinal y lo ha confundido con las primeras contracciones –explicó el ginecólogo. Tiene un poco dé fiebre, pero estoy seguro de que no pasa nada. Probablemente, volverá a casa mañana.
–Gracias, doctor Wilson –dijo Edward. Perdone el nerviosismo de antes...
–No te preocupes –lo interrumpió él. Médico o no médico, cuando uno va a tener su primer hijo, se pone nervioso.
El hombre se despidió y Edward se apoyó en la pared, murmurando una plegaria de agradecimiento. Después, salió de la sala decidido a arreglar lo que había estropeado.
Pero ¿por dónde empezar? Edward recordó lo que había pensado sobre el préstamo. Cuando llegó a la habitación de Bella y la encontró dormida decidió que quizá... Sí. Tenía el día libre y quizá, cuando volviera a verla, podría darle buenas noticias.
