Capítulo Dieciséis
Después de una visita improductiva al sindicato de médicos y otra, menos productiva aún a su banco, donde tenía una cuenta corriente bastante ridícula, Edward volvió al hospital sintiéndose derrotado.
Bella estaba tomando un vaso de zumo, con los ojos brillantes.
–Hola –sonrió al verlo. Su sonrisa calentó el desalentado espíritu de Edward, que intentó disimular su depresión mientras la abrazaba.
–Me tenías preocupado. ¿Cómo te encuentras?
–Mucho mejor.
Edward le puso una mano en la frente.
–Sigues teniendo un poco de fiebre.
–Mientras el niño esté bien, no me importa. Estaba tan preocupada...
–Lo sé, cariño –dijo él, sentándose a su lado en la cama.
– ¿Sigues pensando...?
–He perdido mucho tiempo y tengo que recuperarlo –dijo él, compungido.
En ese momento, Bella miró hacia la puerta y abrió los ojos como platos. Detrás de un enorme ramo de flores, estaban Millie y Hazel.
– ¡Flores! –sonrió Bella. Edward se hubiera dado de tortas por no haberle comprado nada. Menudo patán debía pensar que era. Nunca me han regalado un ramo tan grande. Muchísimas gracias.
–De nada, cariño –dijo Hazel, antes de que Millie empezara a tirar de ella hacia la puerta.
–Será mejor que dejemos solos a los tortolitos –dijo su hermana. Volveremos más tarde.
–Son un encanto, ¿verdad? –sonrió ella, oliendo las flores. Edward no podía mirarla a los ojos. Edward, ¿qué ocurre?
–Soy yo quien debería haberte traído flores.
–Tú me has dado un regalo algo mucho más hermoso, Edward –dijo ella, poniendo la mano sobre su vientre ahora que sabes que es tu hijo, todo es perfecto –añadió, con una sonrisa. Excepto que él ni siquiera podía comprarle un ramo de flores, pensaba Edward. Por no pensar en el anillo y en el futuro que ella y su hijo se merecían. Al menos, no durante un par de años. ¿Por qué estás tan triste?
–Cada vez que me imagino a los tres en mi diminuto apartamento... tú y el niño solos todo el tiempo... no lo puedo soportar.
– ¿Y quién ha dicho que vamos a vivir en tu apartamento? ¿Qué le pasa al mío?
Él negó con la cabeza.
–No puedo pagarlo, Bella. Y no puede consentir que tú nos mantengas.
–No será para siempre –dijo ella, obligándolo a mirarla. Dentro de unos años tú ganarás un montón de dinero y te dejaré pagar las facturas, si eso hace que te sientas mejor.
–Hablas como si no tuviera importancia.
–Es que no la tiene.
–Bella, no lo entiendes...
–No. No lo entiendo, Edward –lo interrumpió ella. Aquel tema otra vez, pensaba. Era increíble la importancia que Edward le daba al dinero.
–Weber me ha prometido una plaza fija como cardiólogo, Bella –intentó explicar él. Dentro de dos años podremos celebrar la gran boda que seguro que tú has soñado siempre...
–A ver si lo entiendo. ¿Quieres que abandone un apartamento precioso solo para vivir contigo? –preguntó ella, incrédula.
–Solo hasta que pueda pagar...
– ¡Fuera de aquí! –gritó Bella.
–Bella, por favor...
–A menos que quieras que te tire este jarrón a la cabeza, te sugiero que te vayas.
–Sé que no te encuentras bien. Este no es buen momento para...
– ¡Fuera! –gritó ella.
–Vale, vale. Volveré más tarde y hablaremos.
Bella se cruzó de brazos y apartó la mirada.
–No te molestes.
Edward salió de la habitación, sintiéndose como un canalla. Y, para empeorar la situación, se chocó con las dos curiosas hermanas que, por supuesto, habían estado escuchando la conversación.
–Pero bueno, ¿tú qué te has creído, jovencito? –le espetó Millie.
– ¿Perdón?
–A Bella es a quien deberías pedirle perdón –intervino Hazel.
–No queríamos escuchar, pero no hemos podido evitarlo –siguió Millie, como si tuvieran el discurso ensayado. Vamos a ver, si tú estuvieras ganando montones de dinero y Bella quisiera esperar un par de años antes de casarse para pagar sus deudas, ¿cómo te sentirías? ¡Con un hijo en camino!
–Es diferente...
– ¿Por qué? ¿Porque eres un hombre? ¿Es que no te das cuenta de que da igual quién tenga el dinero mientras se tenga suficiente para criar al niño?
–Eso es –asintió Hazel.
–El cáncer es un problema. O el Alzheimer.
–O las uñas encarnadas –intervino Hazel. Su hermana la miró, irritada. Bueno, es que también duelen...
Si hubiera pensado que no las animaría aún más, Edward hubiera lanzado una carcajada. A pesar de todo, era imposible ofenderse con aquellos dos excéntricos ángeles.
–En fin, si tan preocupado te tiene el dinero, nosotras podemos prestártelo y nos lo devolverás cuando seas un cardiólogo famoso.
Edward las miró, incrédulo.
–Todo el mundo sabe que el doctor Weber te apoya –dijo Hazel, buscando la aprobación de su hermana con la mirada.
–El doctor Weber aún no me...
–Venga, ya. Es una formalidad y tú lo sabes –lo interrumpió Millie.
– ¿Qué te parece lo del préstamo? –preguntó Hazel.
–Es muy generoso por su parte, señoras, pero me parece que no se dan cuenta de la cantidad...
– ¿Cuánto? –preguntó Millie, siempre directa al grano.
Edward no podía creer que estuviera hablando de aquello en medio del pasillo, pero estaba seguro de que, cuando les diera la respuesta, las mujeres se asustarían.
–Más de cien mil dólares.
Las hermanas se miraron y empezaron a reírse.
– ¿Nada más? –Rió Millie. Eso no es nada, hijo.
–Serías un tonto si dejaras escapar a Bella –dijo Hazel. Una chica como ella no se encuentra todos los días.
Millie sacó una tarjeta del bolsillo del mandil.
–Llámanos cuando hayas recobrado el sentido común. Por cierto, nosotras estábamos pensando en un préstamo que podrías empezar a pagar dentro de dos años. O un poco más, si quieres. Ah, y no le diremos nada de esto a Bella. Ella no tiene por qué saber de dónde ha salido el dinero a menos que tú quieras decírselo –dijo la mujer, poniendo la tarjeta en su mano, antes de entrar en la habitación.
Edward se apoyó en la pared, con la boca abierta. No entendía nada.
Pero estaba demasiado cansado como para seguir pensando. Dormiría un par de horas y después volvería a hablar con ella.
Le dijo a la enfermera dónde podía encontrarlo si había algún cambio y después fue a buscar una cama vacía, sin poder olvidar el furioso brillo en los ojos de Bella
Ella tenía que saber lo que sentía. Cuando él se lo dijera...
Dándose un golpe en la frente, Edward se dio cuenta de que no se lo había dicho, no con las palabras que cualquier mujer querría escuchar.
Edward encontró una cama y se tiró sobre ella.
–Cullen, eres un imbécil –murmuró, antes de quedarse dormido.
Unas horas después, Edward estaba leyendo el informe clínico de Bella cuando la enfermera lo llamó. El doctor Weber quería verlo inmediatamente en su despacho.
Edward tomó el ascensor, pensativo. ¿Habría cometido algún error?, se preguntaba. Durante los últimos días había estado tan cansado y distraído que quizá se le había pasado algo.
–El doctor le está esperando –dijo su secretaria.
Kevin Weber lo saludó con un apretón de manos y lo invitó a sentarse.
–Sé que estás muy ocupado, así que iré al grano –dijo el hombre, echándose hacia atrás en el sillón de piel. Si sigues interesado en la plaza de cardiología, es tuya.
Edward se quedó boquiabierto. No había esperado oír aquello hasta muchos meses después y se preguntó por qué se lo ofrecía en aquel momento.
–Gracias, doctor Weber. Por supuesto estoy interesado, pero...
– ¿Pero qué?
–Tengo que preguntar... ¿Esto tiene algo que ver con...?
– ¿Con que eres el mejor candidato que he tenido en años? –Lo interrumpió el doctor Weber. Eso es lo único que cuenta, Edward. Tú eres el hombre que necesito. Si el momento es el más adecuado, mejor que mejor.
–No sé qué decir.
Kevin Weber se puso de pie.
–Yo sí –dijo, alargando la mano. Enhorabuena.
Edward se sentía abrumado.
–Gracias, doctor Weber. No puedo decirle cuánto se lo agradezco.
–Hablaremos de los detalles más tarde. Solo pensé que te gustaría saber la noticia.
Edward tuvo que hacer un esfuerzo para no salir de la oficina dando saltos de alegría, pero cuando llegó a la habitación de Bella, la cortina estaba echada y el corazón se le subió a la garganta.
Edward esperó en el pasillo, angustiado. Se sentía tentado de entrar, pero sabía que no debía hacerlo. Cuando metió la mano en el bolsillo de la bata, tocó la tarjeta de Millie y Hazel. Sabía lo primero que iba a hacer después de hablar con Bella.
En ese momento, el doctor Wilson abrió la cortina.
–El niño está bien, Bella. Puedes irte a casa, pero te aconsejo que dejes de trabajar durante un tiempo.
Edward respiró aliviado. Cuando salía de la habitación, el ginecólogo le dio un golpecito en la espalda.
–Es toda tuya.
Edward esperaba que el doctor Wilson tuviera razón. Pero, por la mirada con la que Bella lo recibió, se dio cuenta de que no iba a ser tan fácil.
– ¿Cómo te encuentras? –preguntó, a distancia.
–Bien –contestó ella, apartando la mirada.
– ¿Te importa si me siento?
–Pues sí, me importa –replicó ella. Quiero marcharme a casa, así que di lo que tengas que decir.
–Muy bien –dijo él, aclarándose la garganta. No había tenido tiempo de prepararse y seguramente le saldría fatal, pero tenía que hacerlo. Te quiero, Bella. Y quiero casarme contigo.
Ella lo miró durante largo rato antes de que su expresión se suavizara.
–Muy bien. Ahora puedes sentarte –dijo. En sus labios había un ensayo de sonrisa que animó a Edward.
–Isabella Swan... ¿quieres casarte conmigo? –preguntó, tomando su mano.
– ¿Cuándo? –preguntó ella.
–En cuanto tengamos la licencia de matrimonio –contestó él.
– ¿Lo haces por el niño?
–Bella, estoy loco por ti. Quizá esto está pasando un poco más rápido de lo que yo esperaba, pero no te pido que te cases conmigo por el niño. No puedo imaginarme la vida sin ti.
Por fin, ella enredó los brazos alrededor de su cuello y Edward sintió la cara húmeda de lágrimas. Las de Bella y las suyas.
–Iremos a vivir a tu apartamento si quieres –murmuró ella. Lo único que quiero es que estemos juntos, Edward
–No creo que eso sea necesario –sonrió él.
– ¿Qué quieres decir?
–El doctor Weber acaba de ofrecerme el puesto.
Bella lanzó un grito y lo abrazó, llorando y riendo a la vez.
–Oh, Edward. Es maravilloso. Estoy tan orgullosa de ti –dijo, emocionada. Pero... ¿en qué cambia eso las cosas por el momento?
–Voy a pedir un préstamo. Y no tengo que empezar a pagarlo hasta dentro de dos años –explicó él, adorando la expresión de felicidad en la cara de Bella. Y ahora, hablemos de la boda. ¿Cuándo y dónde?
Bella sonrió.
–Si no te importa y tienes días libres, dentro de dos semanas. Ángela me ha ofrecido su casa y Millie y Hazel se han ofrecido para ayudarme.
Edward se quedó perplejo.
– ¿Lo tenías todo preparado?
–Pues... –empezó a decir ella, poniéndose colorada. Solo por si acaso.
Edward la abrazó, riendo.
