Cuando llegaron al colegio George le abrió la puerta a William y este se cubrió con un sombrero poco tradicional para el tiempo y su larga y negra capa, pasó desapercibido, o al menos eso creía él. Caminó por los pasillos del colegio y luego de cerrar la puerta, vio como Mary Jean limpiaba la frente de Candy.

Candy…mi pequeña - corrió apostándose al lado de ella.

Señor Andley, no lo esperaba tan pronto. Cómo ve, la fiebre no ha cedido.

Voy por más agua y un medicamento a la enfermería, permiso.

William le hablaba a ella conteniendo las lágrimas en la garganta.

Candy…dime qué sucede, no puedo verte así, extraño…- una lágrima caía ya por su mejilla y su garganta no emitía ningún sonido-. Cuando murió Anthony me sentí devastado pues no podía presentarme ante la familia ni ante él, veía tu dolor a lo lejos como era ya mi costumbre, deseé estar ahí para ti…ahora no sé si tomé la mejor decisión, cuando apareció la noticia de que el Mauritania había naufragado me sentí terriblemente mal, no podía concebir la idea de saberte muerta, no en ese momento, era preferible cualquier cosa menos no tenerte conmigo, te extraño Candy, vuelve a mí, vuelve a mi vida, por favor – pedía Albert.

Los sucesos que acontecieron esa noche nadie podría haberlo adivinado, mientras Mary Jean y la hermana Kent esperaban en la enfermería, William estaba con Candy donde los delirios comenzaban y un silencioso Terry se colaba a la habitación de Candy para saber que hacía aquel hombre, llegó en el justo momento para malinterpretar su pedimento.

¿Quién se cree este tipo? – pensaba Terry.

Albert…no llores, no morí en el Mauritania, estoy aquí contigo…no llores por favor, no podría con esta tristeza. Perdí a Anthony y no voy a permitir que sufras por mi causa – le dijo Candy a Albert en un hilo de voz.

Candy…pero qué dices, no te dejaré, me entiendes…te quiero Candy, no me voy a ir aunque otros lo deseen.

Terry no esperaba oír esta confesión, qué pretendía hacer ese tipo, nadie tomaría el lugar que a él le correspondía.

Albert, tengo mucha sed.

Albert retiró su mano, se quitó la capa y tiró el sombrero, Terry vio que era un hombre más grande que Candy, pero no alcanzó a verle la cara debido a la penumbra que emitía el lugar; Albert tomó una jarra que había en el buró y sirvió un poco de agua en un vaso, después se sentó al lado derecho de Candy y tomándola por la nuca le ayudó a tomar un poco de agua de vez en vez.

Gracias – le agradecía Candy.

De nada pequeña.

Albert ¿qué haces aquí? – preguntó jadeando.

Estaba durmiendo muy tranquilamente en casa cuando me avisaron que una princesa requería mi presencia y pues no me pude resistir, aunque la princesa exageró en la hora, ¿no te parece que es muy temprano? – haciéndole cosquillas con el dedo en la punta de su nariz.

No debiste venir, aunque he de confesarte que es muy gratificante tenerte aquí…debido a que recordé a la señorita Pony – decía entusiasmada Candy.

Qué bueno Candy, me sorprende – mencionó Albert.

Clint, ya sé que no es un oso. Mi pequeño, lo extrañaré – dijo un poco triste.

Si preciosa. Sabes, te extrañe mucho ¿y tú?- le preguntó un Albert por demás curioso.

Yo también Albert…yo también - dijo Candy sonriendo. Albert…

Dime pequeña – le contestó él.

Me das más agua, por favor – pidió ella.

Por supuesto, la que gustes - dijo Albert sonriendo.

Así el reloj fue pasando sus horas, Albert tenía su brazo entumecido y en el momento en el que Candy se durmió, se dirigió al baño para lavarse la cara; Terry aprovechó ese momento para acercarse a Candy, darle un beso y salir por la ventana rápidamente. Albert regresó al sillón que estaba al lado de la ventana y durmió un rato, incómodo pero feliz de que su pequeña había reaccionado y recordado todo o al menos gran parte de su vida.

El sueño nunca llegó a la mente de Terry, habían sucedido tantas cosas, se hacía tantas preguntas: ¿quién será ese hombre que al parecer Candy trata con tanta familiaridad? ¿Quién es Anthony? ¿Por qué Archie me trata con tanto recelo? ¿Qué es el hogar de Pony? ¿Y Annie? Estas y más preguntas se formulaba Terry en su mente.

Ninguna con respuesta, no conocía nada de Candy y que otro hombre le haya dicho que la amaba –aunque fuera un amor distinto- eso era muy malo para él, qué había significado él para ella, sin embargo, le había dado un beso, eso no puede borrarse, pero…por qué siempre había un pero en su vida, lo hubo con su padre, lo hubo con su madre y ahora él enfrentaba el pero con Candy, con la chica que le había robado el corazón con tan solo una mirada y un nombre en el momento en el que sucedió el naufragio del Mauritania.

Un sinfín de recuerdos se agolparon en su mente, el más importante cuando la conoció, cómo olvidar esos ojos verdes, ni aún el golpe más fuerte ni la ventisca del Atlántico lo obligaron a olvidar aquellos ojos verdes; el nombre que esa chica le había dado era insuficiente… Candy, Candy que, se veía elegante y pertenecía a primera clase porque su fiel protector le había llamado señorita Candy, que suerte haber sido Clint, pero no hasta el momento de su muerte, hubiera querido conocer a Candy desde pequeña, con cuánto cariño había hablado de Annie y de la Señorita Pony y cuánto amor había recibido.

Eran las ocho de la mañana, los pajarillos cantaban afuera de la habitación de Candy, mientras Albert dormía la hermana Kent y Mary Jean le despertaban para que las ayudara a cambiar a Candy.

Joven William, joven William, despierte – le tocaba el hombro.

Eh sí, que se le ofrece señorita Mary Jean – decía aún con ensueño.

Queríamos ver si podría ayudarnos a cambiar de ropa a la señorita Candy, cuando la cargue le pondremos encima esta bata, ¿de acuerdo?

Sí claro, a ver, ya está – dijo William mientras levantaba a Candy.

Las sábanas de la cama se encontraban muy húmedas, la figura de Candy sobre de ellas estaba perfectamente plasmada en un azul intenso, cuando las hubieron quitado, Mary Jean le indicó a William que la colocara encima del sillón donde se había dormido esa mañana y él tomo unas gasas y las humedeció para que Mary Jean limpiara a Candy como se les hacía a los enfermos. Él miraba fijamente la palangana con agua tibia mientras Mary Jean le colocaba nuevamente ropa limpia y seca, después la retiró y le indicó que la recostara nuevamente sobre la cama.

Candy aún estaba débil, dos días de fiebre habían sido exhaustos para ella, William le daba sus alimentos mientras Mary Jean iba a descansar un rato, ella lo miraba fijamente y sonreía a ratos, mientras Terry daba de vueltas en la colina del colegio pensando en lo que no tenía respuesta, Archie en cómo estaría Candy y Elisa en…

Esto está muy extraño Luisa - afirmó Elisa.

Deberíamos de preguntar qué hacía ese hombre en la habitación de Candy ¿no te parece? Mira ahí está la hermana Kent, vamos camina rápido. Hermana Kent espere - exclamó solícitamente Luisa.

Recuerde hermana que nadie puede saber las condiciones en las que la señorita Candy se encuentra, ¿de acuerdo? - fue el recordatorio que la hermana Grey le hizo a la hermana Kent, cuando observó quién le llamaba.

Si Madre Superiora, no se preocupe. ¿Qué se le ofrece señorita Leagan? – le preguntó distante.

Hermana Kent, no sé si sabrá usted que ayer en la madrugada un hombre entró a la habitación de Candy, es poco irrespetuoso permitir esa conducta ¿no le parece? – intrigosa Elisa quiso saber.

¿Qué hacía despierta en la madrugada Señorita Leagan? - preguntó la hermana Kent dándole vuelta a la pregunta de Elisa.

Me desperté por el ruido que hacían en el pasillo, iba a salir y me tropecé con el hombre que le digo – le explicó Elisa.

No es correcto de una señorita presentarse en ropa de dormir ante un hombre que no es su esposo, ¿acaso se le ha enseñado hacer ese tipo de exhibicionismos? Será mejor que demos unas rondas a su habitación, señorita Elisa Leagan, puede retirarse – exclamó y ordenó la hermana Kent.

Pero cómo es posible Luisa, me dio la vuelta y hasta me reprendió - bufó Elisa.

Sí Elisa, no le conocía ese carácter a la hermana Kent – dijo evitando reír.

Luisa y Elisa se dirigieron a sus clases contrariadas por la actitud de la hermana Kent, tratarían de encontrar alguna explicación ante el acontecimiento de esa madrugada.

Las hermanas llevaban alimentos a las habitaciones de Candy y Mary Jean, los murmullos eran comunes pero en este momento no se sabía que había tres personas hambrientas dentro de esa habitación. Candy se encontraba dormida y Albert tomaba bocados pequeños sin dejar de mirarla, cada plática con ella era tan distinta una de la otra, le encantaban las preguntas que le hacía y si antes su curiosidad era excesiva, ahora no era curiosidad lo que le llamaba la atención, sino la constante expresividad de su pequeña.

Así pasaron un par de días más, en el desayuno la Hermana Grey dio un anuncio general a todos los internos.

El próximo fin de semana se les concederá un permiso especial a todos ustedes, ya se les ha avisado a sus familias sobre este asunto y vendrán a recogerlos. Pueden retirarse a sus labores – comunicó la hermana Grey.