Bueno, aquí está el segundo capítulo de la historia. Donde se narra la etapa adolescente del monarca.

Espero que os guste~

~Adolescencia~

Durante esta etapa de la vida, el joven heredero mantuvo contacto con los que sería sus mayores ídolos de aquella época. Los filósofos de la Ilustración francesa. Si bien su madre fue capaz de organizar varias invitaciones que se llevarían a cabo en las ausencia del rey prusiano. A estas reuniones, asistía la pequeña Luisa Ulrica, aunque no de manera oficial. A sus cuatro años, al igual que su hermano, parecía bastante interesada en aquello que esos hombre de elegantes vestimentas y acento extraño le decían a su hermano mayor. Por ello, permanecía en el quicio de la puerta escuchando, hasta que llegaba Prusia, tras enterarse que su viejo amigo Francia había venido con sus ilustres filósofos. Veía a la pequeña de espalda a él y muy concentrada en la conversación, la cogía de la cintura, y la levantaba. En un principio la pequeña se asustaba por aquello, pero luego reía animada, hasta que el país, se la entregaba a su madre, quien la sentaba en su elegantes faldas. Mientras Prusia se quedaba de pie, detrás de su heredero.

Al terminar la reunión, los viejos amigos se encontraban, mientras los filósofos, hablaban de ciertas cosas entre ellos, y la reina jugaba un rato con sus hijos.
—No sabia que tuvieras un lado tan cariñoso.—Le decía Francia, riendo.
—Tsk... el asombroso yo tiene que ser así con sus, no tan asombrosos, herederos. Kesesese—Le respondía este, sabiendo que Francia hacía lo mismo, e incluso se implicaba más con sus paisanos.
Tras una afirmación por parte de este, decidió cambiar de tema.
—¿Y qué haces aquí que no estás conquistando tierras lejanas con tu superior?—Conociendo aquellas ansias de territorio de Prusia, le parecía extraño que estuviera allí sin hacer nada, como el padre de familia.
—Mi superior me deja aquí, por que dice que debo vigilar que su mujer no traiga "a esos idiotas franceses que no hacen más que decir tonterías."—Le explicó mientras reía.
—¿No hablará de mis ilustrados?
El prusiano afirmó con la cabeza, para que el francés palideciera. A decir verdad el francés se sentía como el amante de aquella reina, acudiendo a su casa cuando el marido no estaba. Por supuesto, dicho pensamiento se quedaría para él.
—Tu joven heredero te mira demasiado—Francia volvió a cambiar de tema. Bastante ocurría con sus franceses en su propia tierra, como también para tener que preocuparse de los franceses que salían de ella.
Ante aquellas palabras, Prusia se giró para mirar a Federico, quien rápidamente se volvió y se fue a seguir jugando con su hermana, mientras su madre tomaba algo y charlaba con los filósofos.
—Dice que soy asombrósamente interesante.—Le respondió, mientras se volvía hacia su amigo.
—Oh, pobre, ¿Se golpeo de pequeño?
Tras esas palabras comenzaban una disputa entre ambos repartiéndose comentarios ácidos y golpes fuertes por ambas partes, siempre, claro, con "cariño".

Por la parte de Prusia, el rey nunca se enteró que su hijo se veía con esos "idiotas franceses que no hacen más que decir tonterías". Para él, su hijo seguía aquella educación que habían seguido toda su familia, a pesar de que Federico en aquel momento estuviera rodeado de mujeres -era el único hijo superviviente-. Y durante su estancia en la casa, el hijo tenía que seguir la educación de su padre, por lo que pasaba un tiempo en el ejercito, a mando de Prusia, o se dedicaba a estudiar ciertas cosas que su padre le mandaba. Mientras se dedicaba a mantener contacto con sus filósofos favoritos, por correspondencia. Que era el propio Prusia quien se las daba.

Este iba al lugar donde dejaban las cartas, las ojeaba todas, y se guardaba las que iba para su joven heredero, mientras que el resto se las daba a su padre. Luego subía al dormitorio de Federico, donde este estudiaba cierta guerra, o cierto código del ejercito. Lo que tocase aquel día. Tras ver entrar a Prusia, saltaba de su escritorio, donde debajo de todos aquellos libros escrito en prusiano, sabía el país que tenía varios en francés, con los que mejoraba aquel idioma para mantener mejores charlas con los filósofos, y se acercaba al país, sabiendo que en pocas ocasiones subía allí y la mayoría de ellas, por tener algo importante que darle, como las cartas.

Prusia, antes de darle las cartas, se divertía un poco, diciéndole que las cartas las había descubierto su padre, para luego lanzarle las cartas, a lo que el joven las cogía al vuelo, para luego agradecerle al país todo lo que hacía por él, contradiciendo a su propio superior.

Pero pronto, un nuevo remitente se añadiría a aquellas cartas. Sería tras el nacimiento de Enrique, decimotercer hijo de los reyes. Mientras la familia estaba ocupada atendiendo al bebé recién nacido, Prusia no podía descuidar sus "obligaciones" con el joven monarca, por lo que se acercó donde estaban las cartas, y guardándose las del heredero, todas en francés, salvo una, la que casi se le olvida a Prusia. Sorprendido, y tras el ritual de tirarle todas las cartas, el país le dió aquella escrita en su lengua natal en la mano. Federico se puso nervioso desde el primer momento.

—Es del teniente Hans Hermann von Katte—Le dijo, dejando las cartas francesas encima del escritorio y con esa en la mano.

—Lo sé. El asombroso yo, lo leyó.—Federico rió. Siempre le hacía risa esa forma de hablar de país.—¿Por qué le escribe a usted y no a su padre?

—¿Por qué le caigo mejor?—Sabiendo que aquello no había colado, decidió mostrar su autoridad—Prusia, no debes decirle nada a mi padre, es la primera orden que te doy como Príncipe.

El país afirmó con la cabeza. Mientras pensaba que aquello se le iba a salir de las manos.

Salió de la habitación, justo a tiempo de ver como el joven monarca abrió emocionado aquella carta, el país pasó por las ventanas, viendo al autor de aquella carta, educando a jóvenes soldados para servir al reino.

Sólo esperaba que su joven heredero no hiciera alguna locura, aunque claramente sabía y era conocedor de que si aquella relación iba a más, eso sería lo que acabaría ocurriendo. Suspiró pensando que creía que aquel tipo de relaciones iban a ser más propensas en las mujeres de la familia, que eran más, y no en el por ahora, el único joven de la familia, el recién nacido todavía no contaba.