~Madurez~
Una vez que Federico se casó con la que sería su consorte, pero con la que sin embargo nunca consumaría el matrimonio, y con la que sólo se le verían juntos en contados actos público, el joven monarca volvió a recibir su título de Príncipe heredero al trono. A pesar de eso, el chaval se pasaría siete largos años en Rheinsberg, lejos de su trono y de su esposa.
Durante ese tiempo estudió la filosofía mientras mantenía una relación por correspondencia con Prusia, y respondía las cartas que le mandaba su padre para saber si su hijo volvía a cometer alguna locura como la de su juventud. Y menos ahora que estaba casado.
La siguiente noticia que la familia pudo tener y que les sorprendería en gran cantidad sería el hecho de que en 1739, un año antes de ser rey publicará un libro Anti-Maquiavelo. Donde ponía en su punto de mira a este personaje, y toda su obra.
En 1740, el rey Guillermo Federico I moriría, dejando a su hijo al cargo del trono y del país. Nunca olvidaría el día de su coronación, donde, junto con la nación, todos sus súbditos se arrodillarían ante sus pies, una vez colocada sobre su cabeza la corona.
Su esposa, sería también coronada como reina, aunque poco actuó como tal, ante la ignorancia que su marido le daba. Al volver de su viaje espiritual, fue consciente de que su hermana Sofía Dorotea María ser había casado justo un año después de su propio enlace. Tras felicitarle como correspondía, a pesar de los años que habían pasado, el nuevo monarca comenzó a impartir justicia ilustrada en su reino, siempre con la aceptación del que sería su mayor consejero y amigo durante aquella época, Prusia.
Durante los primeros meses del mandato, Federico tuvo una visita. Su hermana mayor, con la que no hablaba de manera normal desde su encarcelamiento se había acercado al Palacio, y había estado hablando con el monarca en secreto. Más tarde, cuando esta se hubiera ido, recuperando la confianza de su hermano, el rey, le contó de la conversación a su mano derecha de ojos rojos. Con todo detalles, le informó de la infelicidad de su hermana en su matrimonio, aceptado por su parte por el simple hecho de alegrar la existencia de la vida de Federico. Motivo por el cual, a pesar de estar sufriendo de infidelidades, aun seguía aparentando no ocurrir nada.
Sin duda, hubo algo que Prusia le echaba en cara a Federico, y que más tarde tras ver como empezaba a perder la cabeza, se guardaba para él. El trato a su consorte. Prusia estaba de acuerdo con el rey a que le habían hecho una encerrona con ella, pero no tenía la culpa como para que la dejara sola y olvidada en un palacio. Por no decir, que era algo que alimentaba mucho las bocas de los más cotillas y creadores de rumores.
Ante las negativas que le daba Federico, Prusia, fue en varias ocasiones al palacio que el monarca había preparado para ella, algo que alegraba a la esposa de su jefe, y la que también era su superior, en todas las veces que él la había ido a visitar, esta le preguntaba por su esposo. Prusia se sentía mal por no poder hacer más por ella.
Durante una de sus visitas, la consorte Isabel Cristina, le dio al país una solución a un problema que hacía perder mucho dinero.
—Prusia... ¿Por qué no nos dedicamos nosotros también al cultivo de la seda?—Le preguntó, mientras tomaban una taza de café.
—¿Eso se puedo?
—Por supuesto. He visto como se hace, podría enseñar ha hacerlo.—La reina tenía ganas de hacer algo por aquel país, al igual que lo hacía su marido, y si podía hacer aquello, aunque fuera poco, ya podría estar feliz.
—Claro. Te iré trayendo a personas para que les enseñes.—Prusia sabía lo importante que era eso para la consorte.
—Muchas gracias.
Federico, quien era conocedor de las visitas del país a su esposa, una vez escuchada la historia de la seda, simplemente se sorprendió por la iniciativa de su esposa, y no dijo nada más.
El primer enfrentamiento al que se tenía que hacer frente y que su padre le habría dejado tras su muerte, sería la Guerra de Sucesión Austriaca, que enfrentaría a ambos países, con la victoria del ejercito prusiano. Lo que haría que le diera la oportunidad a Prusia de burlarse de Austria por varios años, y siglos.
Cuando aquello sólo logró que años más tardes, ambos países, esta vez con aliados se volvieran a enfrentar en la Guerra de los Siete Años. El país prusiano, aliado con un estado, Hannover, hubieran sido capaces de ganar aquella guerra contra Austria, Sajonia, Rusia y Francia, si hubiera sido corta. Pronto el ejercito prusiano comenzó a derrotarse, y aunque oficialmente habían perdido, con la llegada a Rusia del rey Pedro III, quien tenía admiración por el rey prusiano, mandó a retirar sus tropas, y le cedió las que Rusia había ganado.
—¿Admiración? ¿O lívido sexual?—Le preguntó el país una vez que habían llegado al palacio
—Prusia, tenme un respeto, soy tu superior—El rey se mostraba tranquilo, aunque ciertamente algo rojo, pero sólo por la vergüenza que le daba hablar de esos temas.
—Oh, vamos, estamos en confianza.
Un soldado raso les interrumpió, diciendo que el rey ruso y el propio Rusia, estaban en palacio.
—¡No puedes dejar entrar a ese aquí! ¡No puedes! ¡Tienes que protegerme al asombroso yo! ¡No puedes!—Prusia corría por la habitación buscando algo con lo que tapiar la puerta.
Pero llegó demasiado tarde.
—¿Da? ¿Ocurre algo, Prusia?—El ruso estaba en la puerta, junto con su superior, quien saludaba a Federico, que se había acercado.
—N-nada... ¿Todo bien Rusia?—Prusia lo saludaba desde lejos, ante la vista de ambos superiores.
—Prusia, pero si tenemos que ser amigos, ¿da?—Saludó hacia ambos jefes, para luego acercarse a Prusia y darle un abrazo, ocasión que aprovechó para susurrarle.—Pero si al final todos vais a ser uno conmigo...—Lo que hizo que el país anfitrión se estremeciera y se le pusiera el vello de punta.
—Prusia, ¿te encuentras bien?—Le preguntó Federico.
—S-sí...
Los personajes rusos se fueron una vez hablado la posibilidad de atacar a Dinamarca, para anexionar a Rusia, territorios de donde había nacido el zar. Cosa que nunca se pudo dar, ya que Pedro III fue destituido antes de su cargo.
La Guerra de los siete años, trajo también dos reuniones familiares en las que sería las contadas ocasiones en las que se verían. Ambas para decirle a su esposa que tenía que huir de su palacio, a otro. A lo que ella aceptaba sin decir nada. En la segunda, el rey tras mirar a su esposa, comentó en tono despectivo.
—La señora se ha convertido en grasa...
Aquella sería la última vez que se les vieran juntos.
