El colmo de la vanidad
2
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"Lo que hace insoportable la vanidad ajena es que hiere la nuestra."
La Rochefoucauld
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-Vamos, dormilón. Mamá quiere que desayunemos antes de ir al colegio.
-¿Será posible tener un momento de paz en esta casa?-me incorporé en la cama haciendo a un lado las cobijas. Mi despertador había sonado quince minutos antes e ingenuamente había creído poder disfrutar de un poco más el calorcito de las cobijas.-Solo llevas tres días en Inglaterra y ya estas molestando, ¿Por qué volviste?- Frote mi cara con mis manos y tomándola desprevenida, con un movimiento rápido, tiré a mi hermana en la cama.
-¡Harry James Potter!- exclamó, luego de rebotar un par de veces.- O me sueltas ahora mismo, o grito hasta que venga papá.
-Lilian Elizabeth Potter-le dije imitando su tono y sujetando sus dos brazos con mi mano derecha.-O me dices lo que quiero oír, o te despeino antes de que suba el viejo.
-No te atreverías…-dijo entrecerrando los ojos.-No te atrevas, Harry. Hablo enserio.
-Yo también, Lizzy-levante peligrosamente mi mano hacia a su cabello y ella soltó un grito. Si había algo que mi hermana definitivamente odiaba era que le tocaran el pelo, sobre todo cuando acababa de pasar los últimos treinta minutos cepillándolo.
Para mi fortuna y desgracia de mi madre (que desistió de intentar peinarla a los dos años) yo era la única persona que gozaba del privilegio de poder tocarlo, y definitivamente, tomaba ventaja de ello algunas veces. Ésta, por ejemplo.
-Bien, bien-se rindió.-Te lo diré.-Me miró con los ojos brillando de rabia y compuso una sonrisa siniestra.
-Te escucho-la animé, mientras, por mi parte, componía una sonrisa socarrona.
-¡Eres el hermano más guapo, valiente, lindo e inteligente que nadie podrá tener jamás!-su tono de voz fue tan falsamente dulce y entusiasta que ni ella ni yo pudimos contener las carcajadas.
-¡Pero bueno!-exclamó mi madre desde la puerta haciéndoos saltar y quedar sentados.-Mando a uno para que despierte al otro y los dos terminan en la cama. ¿Qué no piensan ir a la escuela?-preguntó poniendo sus manos en la cintura.
-Pues desde luego que sí, mamá.-Respondió Lizzy aceptando mi mano para ayudarla a levantarse.-No me perdería por nada mi primer día en Hogwarts.-Lizzy se volvió a mirarme con una sonrisa genuina esta vez.-Regresé porque te extrañaba- dio dos pasos y se refugió en mis brazos.
-Yo también, trol, yo también.
Aún desconocíamos porque a mi hermana de una día para otro se le había metido en la cabeza irse a estudiar al extranjero. Solo recuerdo que un día, cuando regresó de la escuela, hizo todo un dramón para que mis padres le dejaran ir. Alejó que ya había hablado con Lupin (su padrino y amigo de mis padres) y que este le había dicho que no tenía ningún problema con cuidarla. También nos hizo prometer que no le diríamos a nadie donde estaba, así que un año se convirtió en dos, luego en tres, cuatro y por fin, luego de cinco años ella estaba de vuelta lista para incorporarse a Hogwarts.
Mi despertador de emergencia sonó indicándome que disponía de una hora para arreglarme y desayunar antes de que Malfoy pasara por mí. Con desgana tomé del armario mi uniforme gris y me encaminé a la ducha.
Los chorros de agua tibia dieron de lleno en mi cara cuando entré y poco a poco la somnolencia fue desapareciendo. Una vez un poco más despierto comencé a vestirme de manera lenta queriendo, de alguna forma, retrasar mi ida a colegio.
Hogwarts era una escuela para ricos, en donde el nivel social y la cantidad de ceros en las cuentas bancarias era lo más importante. El colegio tenía una serie de complejos educativos que te permitían estudiar desde el jardín de infantes hasta la universidad, con la misma calidad educativa y el mismo prestigio.
Mis amigos y yo, pertenecíamos a familias ricas e importantes de las cuales éramos los herederos.
Ron, era hijo de un importante político que en unos meses iniciaría su campaña para postularse como Ministro. Es el sexto de siete hijos y el varón más joven de la familia Weasley. Todos sus hermanos eran famosos y mundialmente conocidos: uno de ellos era el presidente de una asociación dedicada a salvaguardar el medio ambiente; otro, acababa de realizar su tercer descubrimiento arqueológico; el tercer Weasley, estaba supervisando el guión para la película basada en su nuevo best-seller; los gemelos, que a los quince se habían salido de la escuela y arriesgado sus ahorros en una inversión en una fábrica de juguetes, tenían ya trece sucursales a nivel mundial; por último Ginny, la más pequeña y mejor amiga de Lizzy, estaba en Paris, cumpliendo su contrato como modelo.
Draco Malfoy era el único hijo del que se decía era un muy peligroso e influyente mafioso (nunca se ha comprobado nada) y de una actriz y modelo famosísima de los años ochenta.
"Potter &Black, corporation" era la compañía financiera que mi padre, James Potter, y su mejor amigo y mi padrino, Siruis Black, presidian y de la cual eran dueños. Lo que la hacía tan especial y por ende a mí y a todos los Potter (Black aún no daba señales de querer dar descendencia), era que dicha empresa era el soporte financiero de todo el país.
Si por separados Weasley, Malfoy y Potter eran nombres equivalentes de respeto y poder, juntos eran una fuerza gigantesca con la que había que tener cuidado, nosotros tres lo descubrimos desde pequeños y sacábamos ventaja de ello.
Ningún maestro nos regañaba jamás pues nuestras familias aportaban sumas exorbitantes de dinero a la escuela. Los alumnos nos tenían miedo, nadie fue lo bastante valiente para acercarse a nosotros, y los pocos que lo intentaron lo hicieron por interés.
Nadie creía (ni siquiera nosotros) que las calificaciones obtenidas y los lugares-los tres primeros-del cuadro de honor, que nos asignaban fueran por nuestro propio merito, así que desde ese entonces los tres decidimos que cambiaríamos esa opinión.
Es cierto que usamos la influencia y dinero de nuestra familia: en vez de solo leer sobre la Capilla Sixtina, la visitamos en un fin de semana; los tres éramos fanáticos del soccer, y, en lugar de entrenar en un parque o en las canchas de la escuela, lo hacíamos en el estadio del esquipo del cual mi padrino era el dueño.
También hicimos uso de las inmensas bibliotecas que cada familia poseía, leímos, leímos y leímos, con la única intención de que jamás volvieran a pensar que comprábamos las calificaciones, y leímos tanto que algunas veces sabíamos más del tema que los mismos profesores. Draco, incluso, se atrevió a corregir a uno de ellos y desde entonces nos ganamos la fama de arrogantes, mientras que la de maleducados se nos atribuyó por todas las travesuras que hacíamos como consecuencia al aburrimiento que nos causaban las clases.
El estudio intensivo al que por propia voluntad nos sumergimos trajo también como consecuencia que cada uno de nosotros encontrara, por decirlo de laguna forma, su especialidad: Ron era un as con las ciencias y las mates, además era un ajedrecista excepcional, había ganado por tres años consecutivos el Torneo Nacional de Ajedrez; Draco, aún con toda esa facha de "niño malo" y cinta negra en tres disciplinas, era un amante del arte y un gran pintor, había montado más de tres exposiciones y vendido uno que otro cuadro en unos muy buenos miles de euros, todo, claro está, bajo su seudónimo: Lady Ann Becker (había una reputación que mantener).
Por mi parte, me inclinaba por las letras: literatura, filosofía, lenguas (hablaba cinco idiomas y pensaba comenzar con el japonés), me encantaba la música y tocaba el piano y la guitarra. Componía mis propias canciones, pero no tenía el valor para publicarlas. Al igual que mis amigos me gustaba le soccer y además de ser defensa era el capitán del equipo.
Nos encantaba estudiar y por supuesto nos encantaba Hogwarts, ¡Diablos! Jamás lo diría en voz alta pero esperaba con ansias las clases de McGonagall, esa mujer tenía una perspectiva tan amplia que asistir a sus clases y escuchar su opinión sobre algún clásico (era profesora de literatura) era de lo más sorprendente ¿por qué sino habría leído "Orgullo y Prejuicio"? También estaba el profesor y director: Albus Dumbledore. Él enseñaba filosofía, ¡Y qué filosofía!
Ellos dos eran los únicos profesores que me habían hecho batallar un poco, que habían exigido algo de esfuerzo y que habían hecho que realmente me ganara las calificaciones.
Las clases no eran el problema, éste radicaba en lo aburrido que se estaba volviendo la vida en la escuela, solo había una cosa que lograba divertirnos y esa era la Flor Amarilla.
Ninguno de nosotros tres imaginamos que el resto del colegio se lo tomaría como una declaración de guerra del Trío Dorado. Admito que las buenas intenciones se perdieron en el camino y ahora repartíamos FA a cada estudiante becado para que fuera tiranizado por el resto del colegio, con el único propósito de divertirnos.
-¡Potter!
-¿Cuántas veces debo decirte que hay que tocar?- le pregunté a mi hermana mientras cerraba el gel.
-Hasta que lo entienda-contestó con una sonrisa y se cruzó de brazos recargándose en la puerta que acaba de abrir de un portazo.- Matt acaba de llamar diciendo que el señorito Malfoy ya viene para acá, que traer el carro.
-¿Tú no vienes?-cogí mi mochila y le pase un brazo por los hombros al salir.
-¿Y que todo el colegio sepa que somos parientes? Ni soñarlo-Lizzy se separó de un empujón y me mostro su lengua.-Voy a irme con Joe, en un carro normal.
-¿Intentas decir que mi coche es de Marte? ¡Mamá!-exclamé al entrar a la cocina-Elizabeth dice que mi coche es de Marte- me queje y le di un beso de buenos días, saludé a mi padre y él bajo el periódico para saludarme y besar a Lizzy.
-¿Cómo es posible que no puedan dejar de pelear?-nos preguntó mi Lily, mi madre, mientras nos servía el desayuno.-Cualquier pareja normal de hermanos se mostrarían más amables y cariñosos luego de estar años sin verse.
-Pero Lily, -contestó papá- tú misma lo has dicho, una pareja normal.
-Exacto-lo apoyé.-Una hermana linda y comprensiva jamás insinuaría que mi auto es de Marte.
-¿Marte? ¿Qué no era de Italia? James, que hijos tan raros tienes. ¿Qué no les has enseñado que los Ferrari son de Italia?
-¡Siruis!-gritó Lizzy en cuanto mi padrino entro por la puerta.
-¡Hey, pequeño trol! ¿Qué dice Nueva York?
Gracias a Dios en ese instante entró el mayordomo informando que Draco acaba de llegar en la limusina para irnos, no me creía capaz de aguantar otra vez todas las "pato-aventuras" que mi hermanita había vivido en NY. Me despedí de todos y salí justo a tiempo para ver a Joe, nuestro chofer, sacar de la cochera una Mercedes, en el que supuse llevaría a mi hermana a la escuela.
-¿Todo bien?-preguntó mi rubio amigo una vez que el coche se puso en marcha.-Te vez un poco fastidiado.
-¿Y quién no lo estaría ante la perspectiva de un aburrido año de clases?-suspiré dejándome caer en el asiento.
-Supongo, entonces, que tendremos que buscar algo para divertirnos.
-¿Qué, repartir mas FA para que el resto del alumnado nos entretenga?-le pregunté.
-Debes de admitir que eso de esconder el pupitre, fue muy divertido-. Dijo Draco, y los dos nos soltamos a reír.
Recogimos a Ron quince minutos más tarde y juntos planeamos cómo conseguir los datos de nuestra nueva víctima, porque, para ser sinceros eso era lo que nos entretenía más: la búsqueda de la identidad de nuestras victimas.
Cuando llegamos a la escuela, las puertas dobles de madera antigua estaban cerradas lo que hacía que nuestra llegada fuese más impactante.
Bajamos de la limosina y nos dimos un retoque, nunca nos perdonaríamos que nuestras fans (porque teníamos cada uno un club de fans) nos vieran en fachas.
Una vez listos, le hicimos una seña con la cabeza al prefecto para que abriera la puerta.
Los gritos, los suspiros y dos que tres desmayos nos dieron la bienvenida.
-¡Demonios!-se quejó Ron-¿No podrían gritar dos decibeles más bajo?
-¿Por qué mejor no pides que deje de gritar?-contestó Draco
-Porque me gusta que me griten, no que me destrocen el oído. Y no te atrevas a decir que a ti también te molesta.-Y para probar que el pelirrojo tenía razón señaló a dos chicas que gritaban histéricas a las que segundos antes Draco había sonreído.
Negué con la cabeza, bastante divertido, por la actitud del par de mis amigos y le giñé el ojo a un par de chicas que, debían de ser de nuevo ingreso pues se desmayaron en el acto, pasé por su lado y cuando iba a preguntar qué clase teníamos… la vi.
La señorita número dos.
