El colmo de la vanidad

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"Vale más consumir vanidades de la vida, que consumir la vida en vanidades."

Sor Juana Inés de la Cruz


Elizabeth Lilian Potter era una adolescente diferente a las demás, no sólo por poseer una herencia millonaria de más de siete ceros, una casa de tres hectáreas con lago incluido en Francia y una pequeña villa en las Bahamas, o al menos eso era lo que decía el testamento de su padre la última vez que lo leyó tres años atrás cuando le dieron su primer tarjeta Platino.

No, Lizzy (como le decían sus amigos más cercanos) era diferente por la belleza clásica y natural que poseía. Con ojos color verde esmeralda rodeados de pestañas negras, grandes y rizadas; labios delgados y rosas y con el inferior ligeramente más grande que el superior; una nariz recta, pequeña y respingona. De una palidez que ni el mejor salón de broceado podía quitar y con el cabello negro azabache muy flexible para peinar.

Además y gracias a la insistencia de Lili Potter a que estudiara Ballet, poseía unas piernas grandes y muy bien torneadas, una cintura de avispa y, debido a la dieta muy rigurosa que se había visto obligada a hacer, los kilos demás que tenía habían desaparecido y la grasa se había ido a los lugares indicados formando unas redondeadas caderas y unos senos de buen tamaño, es decir, ni muy grandes que pareciesen globos, ni muy pequeños que ni se notaran. También y por fortuna, el aparato dental que usaba desde los cinco años había cumplido con su trabajo y había sido retirado dejándole unos dientes dignos de una comercial de pasta dental.

En resumidas cuentas y pocas palabras: Elizabeth Potter era una hermosa y rica adolescente de diecisiete.

Una verdadera lástima que el chico del que estaba enamorada desde que tenía memoria no lo notara.

Con un suspiró y luego de haberse acomodado los zapatos, se paró enfrente el espejo de cuerpo completo de su habitación.

¿Quién se hubiera imaginado que la niña que antes le rehuía como la peste a los espejos ahora no podía vivir sin verse en uno?

-¡A desayunar!- Lizzy oyó el grito de su madre y rodó los ojos, y antes de que Lili irrumpiera en su habitación para saber por qué tardaba tanto en bajar, tomó sus cosas y caminó hacía la cocina.

-¡Buenos días!-saludó dándole un beso en la mejilla a su mamá.

-Hola, princesa. ¿Quieres fruta o solo cereal?

-Sólo fruta y un poco de leche. ¿Mi hermano no va a bajar?

-Harry se fue temprano, dijo que tenía que hablar con Ron y Draco- comento Lili depositando frente a su hija un plato con papaya, melón y plátano.- ¿Necesitabas hablar con él?

Lizzy negó con la cabeza y a regañadientes se metió un trozo de melón en la boca.

Sabía perfectamente a qué había ido Harry. Tenía ser muy idiota como para no darse cuenta de las ondas que su hermano se traía en el colegió, le basto una semana para darse cuenta de la especie de reinado que profesaba junto con su par de amigos, y sí, se habían enfrentado cuando la primera FA de año escolar había aparecido, había habido insultos, malas palabras y un buen numero de groserías que aumentaron en volumen cuando Lizzy le reclamo todo lo que muy amablemente le había contado Luna. Desafortunadamente lo único que Lizzy había logrado era que Harry dejara de hablarle por dos semanas y que tres estudiantes se vieran afectados por las FA que aparecieron más seguido de lo normal.

Y sí, Elizabeth era consciente de que sus amigas se habían decepcionado de ella, y ella también lo estaba ¡por dios, que sí!, lo que no sabían era que tenía otras cosas más importantes en la cabeza y necesitaba preocuparse primero por sus problemas para después dedicarse a los de los demás, ya llevaba huyendo cinco años de ellos y ya era hora de plantarles cara.

Terminó su desayuno el que por cierto le supo a cartón y con un escueto "llego al rato" se montó en su camioneta. En cuanto la puerta se cerró y el vehículo se puso en marcha sus recuerdos brotaron.

La diferencia de edades que había entre los cuatro era mínima que nunca tuvieron problemas serios para poder llevarse bien incluso con el contraste de que ella era la única mujer.

Elizabeth había aprendido a jugar soccer, a golpear, a eructar y a maldecir al mismo tiempo que Ron, Harry y él.

Se sabía todas las reglas de cualquier deporte y conocía todo lo que había de saber de coches mejor que un mecánico con siglos de experiencia. Trepaba a los árboles y hacia llaves de lucha dignas de cualquier cuadrilátero, era buena hablando de ciencias con Ron, de libros con su hermano y ¡Dios! Incluso pintaba y leía poesía por él.

Soportó burlas, malos ratos y que le tocaran el cabello (lo que más odiaba) solo por estar con él.

Recordaba perfectamente el instante mismo en que se enamoró, no había sido romántico ni digno de mención en alguna de esas novelas del tipo de Kat Martin o Diana Palmer que solía leer, ni los cielos se habían abierto y, mucho menos, había oído campanas, simplemente había intentado bajarse del árbol en el que se habían trepado de la misma manera que ellos y había aterrizado sobre su trasero y, mientras su hermano y Ron se revolcaban de la risa, él se había acercado, le tendió la mano y con el ceño ligeramente fruncido le había preguntado: ¿estás bien?

Ese simple gesto había bastado para que sintiera por primera vez el impulso de pasar las manos por su pelo rubio platinado; para que notara lo delgados y bien formados que tenía los labios; la mandíbula fuerte cubierta ligeramente por la barba que le empezaba a salir y sus ojos… ¡Dios! Sus ojos grises como plata líquida que destilaban preocupación por ella.

Fue ese momento el que marco los siguientes, Lizzy aprendió cada gesto y cada ademan de Draco. Sabía que cuando se tocaba el mentón estaba pensando, que cuando fruncía el ceño, mientras jugaba, hasta que una diminuta arruga aparecía era porque iba a intentar una jugada complicada.

También era una de las pocas personas que sabía su secreto.

Lo había descubierto por casualidad una tarde de octubre, jamás confesó que lo sabía, pero sí que se aficionó a la poesía y estudió pintura, todo para agradarle.

Lástima que a los doce años él le hubiese roto el corazón. Le había costado mucho trabajo armarse del valor suficiente para confesarle sus sentimientos, lo hizo después de una de las practicas de soccer…

-¿Puedo hablar contigo?-le preguntó cuando lo vio salir de los vestuarios.

Con un gesto de curiosidad Draco asintió con la cabeza y se despidió de Ron y Harry con gesto de mano, éste último los miró inquisitivamente antes de dejarlos solos.

-¿Necesitas algo?-le había preguntado él.

-Eh… yo…-su corazón latía rápido y el nudo que sentía en su estómago se apretaba más y más, sus manos temblaban y a pura fuerza de voluntad logró sacar una hoja doblada de su pantalón.-Te… te…ten-tartamudeó y le estiró el brazo con la hoja. Tal vez no era la mejor forma de una declaración, pero era lo más cercano a un "cara a cara" que se atrevía.

Draco tomo la nota y la desdoblo y Lizzy jamás olvidaría la sorpresa que expresaron sus ojos cuando comenzó a leer ni la manera en la que su ceño se fue frunciendo cada vez que sus ojos grises terminaban un reglón.

Los segundos se hicieron eternos y el nudo de su estomago cada vez más apretado amenazaba con hacerla vomitar. Tanía las manos fuertemente unidas al frente para evitar evidenciar sus temblores y sabía que su cara estaba tan roja cual sandia, pero con estoicismo espero a saber su respuesta.

Draco terminó de leer la carta y con mucho cuidado la había vuelto a doblar, recorvada haberlo escuchado suspirar y la manera tan seria con la que había levantado la mirada para encararla.

-Lo siento-le había dicho regresándole el papel-, yo no salgo con chicas feas.

Como autómata ella había recibido la carta y lo había observado, ninguno dijo nada por un par de segundos, minutos quizá, pero cuando todo su cuerpo había captado el significado de las palabras ella reaccionó. Le hizo una inclinación de cabeza, rompió la hoja con sus sentimientos plasmados por la mitad y se alejó de allí.

Llegó a la camioneta donde la esperaba su hermano y le sonrió para tranquilizarlo, su corazón aún latía acelerado y sus ojos comenzaban a picar, pero aún no era tiempo para llorar.

-Señorita… señorita, Potter

-¿Eh?

-Ya hemos llegado-informó su chofer apartándose para cederle el paso.

-Eh… gracias Joe-le sonrió en parte por buenos modales, en parte porque le caía bien y en parte por sacarla de sus recuerdos.-Te llamaré más tarde para que vengas por mí.

-Desde luego, señorita Potter.

-Te he dicho que me llames Lizzy-lo reprendió haciendo una mueca antes de entrar a la escuela.


Siempre me habían gustado las películas de acción, tenían la dosis justa de romance, muchos chicos guapos, misterio suficiente como para tenerte pegado a la pantalla y la necesaria cantidad de balas para que no te durmieras. Así que no podía negar que en determinado momento de mi vida quisiese ser parte de una historia de ese tipo: elegante, fatal, con un cuerpo de infarto, capaz de tirarse al chico guapo y salvar al mundo con un lápiz labial.

Con lo que definitivamente no contaba era experimentar ese tipo de vida en un día normal de colegio, además tampoco contaba con una gabardina, lentes obscuros ni comunicador portátil.

Saqué mi pequeño espejo de "Hello Kitty" para asegurarme de que no hubiese nadie cerca y poder cruzar el pasillo hasta mi clase de historia. No había dado más de dos pasos cuando algo amarillo fue captado por el rabillo de mi ojo derecho. Inmediatamente mi corazón se puso en taquicardia y mi respiración se aceleró, sentí una mano en mi hombro y solté un grito.

-¿Tan mal me veo en las mañanas?-me cuestiono Lizzy enganchando su brazo al mío.

-¡Demonios, Liz!-exclamé levándome una mano al pecho.- ¿No te enteraste que estoy por recibir mi sentencia de muerte?

Hizo una mueca y agachó la cabeza.

-Lo supe cuando mi madre me dijo a donde había ido mi hermano. Lo siento-me dijo muy apenada.-Intenté hablar con él pero…

-No te preocupes-dije resignada.-Sabía que tarde o temprano tendría que hacerle frente. Supongo que al estar cerca de terminar el colegio mis expectativas de que eso no sucediera crecieron un poco.

-Te prometo que si el idiota y sus amigos te hacen algo hablaré con mi padre y con Sirius, ya es justo que alguien le ponga un alto a mi hermano.

Sonreí agradecida, pero sabía que eso no impediría que recibiera mi FA. Lo único que podía hacer era aguantar con la frente en alto.

Pasé el resto del día saltando y poniéndome en guardia ante cualquier cosa que se acercase al color amarillo, por ejemplo, me había dado tal ataque de histeria a mitad del patio cuando un compañero había destapado un chicle de sabor plátano de su bolsillo, que Luna me había tenido que dar dos bofetadas para que dejara de hiperventilar.

Además lo que me tenía con los nervios de punta era que del TD no se veían ni sus luces, a eso hay que agregar el hecho de que era, hasta donde sabía, el único estudiante que tenía la certeza de saber que recibiría una FA. Los demás ignoraban que el TD conocía su secreto, asistían a Hogwarts como cualquier otro día y cuando menos, y donde menos, se lo esperaban la Flor Amarilla aparecía.

MI abuelo siempre decía que la esperanza muere al último así que para las tres de la tarde cuando las clases llegaron a su fin me permití creer que ya nada pasaría, que el hecho de ser la amiga de la hermana del líder del TD sí importaba y que Potter me dejaría terminal el colegio en paz.

Un poco más contenta que en la mañana y con esa absurda creencia, me arriesgué a ir a la biblioteca a terminar un trabajo de bilogía en lugar de huir a mi casa. Pase dos horas de lo más agradables y conforme el reloj avanzaba la creencia de que no recibiría ninguna FA iba consolidándose. Recogí mis cosas mientras tarareaba la canción que Luna me había pegado en el descanso, me despedí de la bibliotecaria y aún cantando salí del edificio, fue entonces cuando lo vi.

Estaba recargado en una de las columnas del corredor, con el saco perfectamente abrochado, la corbata bien anudada y los pantalones perfectamente planchados. El sol que estaba por ocultarse a sus espaldas creaba sombras en su cara y le arrancaba reflejos a su pelo. Parecía uno de esos modelos de revistas, o mejor aún, el protagonista de una película de acción, tendría que haber estado ciega como para no darme cuenta de que Harry Potter, sin su mirada de desdén y su sonrisa petulante, era un hombre muy, muy guapo.

El tintineo de mis llaves en el bolsillo de mi saco atrajo su atención. Enfocó sus ojos en los míos y sonrió de una manera que me quitó el aliento, se enderezó y dio dos pasos hacia mí.

Jamás supe porqué mi corazón latió muy rápido en cuanto lo tuve enfrente, una parte de mi cabeza decía que era porque conocía el motivo de su presencia, pero la otra mitad insistía que era por otra cosa que en ese momento no quise ni imaginar.

-Hola, señorita numero dos.-Saludó y sus ojos brillaron cual esmeraldas.

Me quede quieta sin saber qué hacer igual que un condenado, que resignado, espera saber su sentencia.

Sus movimientos fueron como en cámara lenta. Vi como una de sus manos iba directo a los botones de su saco, sentí mi respiración cortarse de tajo y a mis ojos abrirse como platos. Él hizo su sonrisa más grande y más arrogante. Su mano derecha se introdujo en el fondo de su saco y haciendo una reverencia del más puro siglo XVIII me entrego mi destino: una rosa amarilla.


-¡Pero si yo no creo en las ha…!

-¡NO TE ATREVAS A DECIR ESO JAMÁS!- gritó Luna tapándole la boca con las manos.- ¿Es que no sabes que cada vez que alguien dice eso una hada muere?

Su compañero movió la cabeza con brusquedad para quitarse las manos que le cubrían la boca y frunciendo le lanzó una mirada que Luna supuso asustaría a cualquiera que no hubiese hecho contacto con algún Dream Hunter*

Tragándose los improperios que se moría por decirle, Luna le hizo un gesto con la cabeza invitándolo a entrar.

Se sentía incomoda teniendo que dejar entrar a alguien a lo que consideraba su refugio pero como le había explicado su profesora de letras esa misma mañana, no tenía otra opción si no quería suspender.

-Ponte cómodo-le dijo mientras se quitaba el saco del uniforme y ponía su bolso en una mesita de cristal que estaba cerca del perchero de la entrada.-Eh… ¿gustas algo de tomar?

-Mientras no sea agua de ojos de sapo…

-Lo siento-contestó Luna camino a la cocina.-Solo hay licuado de hígado de tiburón.

¡Y pensar que en determinado momento se declaró fan de ese idiota!

Era cierto que tenía unos ojos azules de perrito desvalido que te hacían derretirse, un cabello rojo y desordenado que producía picor en los dedos por quererlo peinar, y ella en particular, la volvía loca su estatura, asimismo, más de una vez se vio parándose de puntitas y mordiéndole el labio inferior.

Sí, Ron Weasley era un adonis en el mundo personal de Luna Lovegood, una verdadera lástima que lo único que saliera por la boca sensual que se moría por probar fueran puras tonterías.

Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos y acomodó los vasos de jugo en una charola.

Antes de atravesar la puerta que la sala donde la esperaba su compañero de proyecto dejo escapar un suspiro para prepararse ante lo que se le venía encima.

Lo encontró sentado en el sofá admirando el Renoir que su padre le había dado como regalo de cumpleaños seis años atrás. Puso la bandeja en la mesa ratona y le tendió un vaso.

-Es una pócima ultra secreta-le dijo-, siéntete afortunado de poderla probar. Sólo la preparo cada tercer luna llena.

-Genial.

Ron tomó el vaso que a simple vista parecía jugo de naranja y le dio un sorbo. Se sentía extraño, incomodo y como si tuviera el trasero sobre una bomba de tiempo. Si bien él se había entrado de quien era su compañera de proyecto días atrás, Lunática Lovegood, lo había hecho esa misma mañana.

Recordada perfectamente que se había puesto pálida cuando McGonagall lo había señalado y que es sus enormes ojos azules habían pasado una sin fin de emociones incluidos el miedo, la vergüenza, la desconfianza y la resignación. Sentimientos que, desde luego, no le hicieron ni pisca de gracia al joven Weasley, quien estaba que acostumbrado a ser recibido con júbilo y no con miedo en un equipo.

-Bueno-dijo Luna poniéndose de pie y caminando a la puerta,-las formalidades ya han sido cumplidas. Conoces mi casa y sabrás responder correctamente las preguntas que de seguro te harán.

-¿Qué…?

-Puedes irte. Yo hare el trabajo, si quieres te daré una copia antes de que lo entregue y así sabrás de que trata.

-Espera un segundo yo…

-Mira-lo corto Luna,-sé que no te agrado, sé que te disgusta mi manera de ser y sé que lo que menos quieres es pasar tiempo con una loca que cree en las hadas pudiendo irte a otro lugar con compañía más agradable. Así que haznos un favor y vete.

-¿De qué diablos estás hablando?-explotó Ron- ¿Hacer el trabajo sola? ¡¿Pero quién te crees que soy?!-añadió caminando hacia ella.

-Pues no Peter Pan.

La respuesta le salió tan natural y tan espontánea que lo dejo perplejo y gratamente sorprendido, comenzó a reír. Era increíble que ella, una loca obsesionada con fantasmas, fuera alguien tan perspicaz y con una mente asombrosamente rápida.

"Bueno, al menos tiene sentido del humor", pensó Luna mientras miraba a su invitado desternillarse de la risa.

-¿Si no piensas irte-hablo alto para parar su risa-, podemos empezar a trabajar?

No quería tenerlo ahí, no quería encontrar a otra persona para que luego la abandonara. Era mejor guardar las distancias, pero ¿Cómo hacerlo si se moría de ganas por saber que pasaba por su mente, por borrar ese seño fruncido, por hacerlo reír?

-¿Por qué recitas tanto ese libro?-le contestó Ron

-¿Cuál?

-Peter Pan-respondió.-Lo citaste cuando hablamos de las canicas y después con lo de las hadas y me acabas de decir que, aunque tengo el pelo rojo, no soy él. ¿Qué tiene que te gusta tanto?

Luna agachó la cabeza y saco varios libros de su mochila antes de sentarse y encarar a su invitado.

-Fue el último libro que me leyó mi mamá. Aún recuerdo cómo actuaba a los personajes, se ponía un gancho de ropa en la mano cuando hablaba el Capitán Garfio, un gorro verde para hacer Peter Pan, y me ponía unas halas de tela que ella hizo para que yo fuera Campanita…decía que por mi pelo me parecía a ella.-Ron iba a hacer un comentario sarcástico ante a comparación del hada con la mujer que tenía enfrente, pero las siguientes palabras de su anfitriona lo callaron de golpe.

-Murió cuando tenía seis años.


Como un robot recibí la flor que de manera muy caballeresca Potter me tendía. Para ser honesta he de decir que era una rosa muy bien cuidada, con pétalos que parecían de terciopelo y de un amarillo que casi parecía dorado, además, y sin necesidad de acercarla a mí nariz, podía percibir el dulce aroma que desprendía.

-Su flor, señorita numero dos-me dijo haciendo otra vaina. Y odié el apodo. ¿Cómo se atrevía a darme una FA y enseguida recordarme mi posición en el cuadro de honor? Si el muy… desgraciado quería humillarme, iba por muy buen camino.

-Gracias-contesté tragándome el orgullo. Potter levantó levanto las cejas extrañado.

-¿Sabes que me estas agradeciendo lo que viene siendo el inicio de tu tormento?

-¿No querrás que me ponga a llorar? Aunque si eso funciona…

-¿Te pondrías de rodillas?-preguntó con una sonrisa.

-Aún tengo orgullo, Potter.

-¡Ah! ¿Por eso es que te resignas sin pelear, numero dos?-. Hice una mueca por el apodo y él lo notó.

-Ya te dije-endurecí la voz, perdiendo la paciencia,- si supiera que llorar e implorar sirvieran de algo, haría el intento. Pero los dos sabes que eso solo aumentaría tu ego, y ¡Dios me libre, si permito eso! Así que ahórranos a los dos esta escena y deja que presuma mi flor a lo que queda del colegio.

Caminé pasando a un lado de él dispuesta a marcharme con la frente en alto, cuando su mano me detuvo.

El muy cínico volvió a sonreír, y las ganas de borrarle la perfecta sonrisa de su perfecta cara a bofetadas, hicieron cosquillear a mis manos.

¿Qué no entendía que lo que quería era irme? ¡Dios, estaba muerta de miedo! Quería irme sin que los demás estudiantes me vieran con la FA, quizás si era cuidadosa nadie se enteraría y podría llevar la fiesta en paz. Al medos unos cuantos días.

-Tsk, tsk-chasqueó la lengua.- ¿Quien dijo que tenías que presumirla?-señalo la rosa.- Si me tomé la molestia de entregártela personalmente y a solas, es por algo.

¡Genial! Y yo pensando que después de todo tenía un angelito de la guardia. Debía de haberme dado cuenta de que el TD no dejaba cabos sueltos y que el hecho de que me fuera entregada la FA sin testigos no era por obra y gracia del Espíritu Santo.

Potter hizo crecer su sonrisa, y si no hubiese estado a punto de orinarme del miedo, juraría que era la sonrisa más sexy que había visto.

-¿Sabes que está por comenzar el campeonato de Soccer y que Hogwarts va a ser la sede?-asentí ¿Qué carajos tenía eso que ver con mi FA particular? ¿No querrá que baile desnuda en la inauguración? Me puse pálida en cuanto esa idea llegó a mi cerebro, no él no sería capaz. "Querida, a colgado a tipos de los pies desde la azotea solo por mancharle la camisa" me recordó muy amablemente mi consciencia logrando que bruscamente inspirara una bocanada de aire.

Potter frunció ligeramente el ceño ante mi reacción pero aún así continuo con su explicación:

-Y como sabrás, las fechas del torneo coinciden con el término del bimestre, por lo que la entrega de trabajos y los exámenes aumentan. Así que mi petición es simple: tú haces mis trabajos, tareas y unos tipo "acordeón"* para que pueda presentar mis exámenes, mientras yo me dedico enteramente al soccer. Si lo haces todo bien, esta FA junto con el hecho de ser becada y pobre, queda solo entre nosotros dos.

Cuando la imagen de mi corriendo como Dios me trago al mundo alrededor de la cancha de soccer se fue y pude entender lo que me estaba pidiendo, casi me caigo de espaldas.

-¡Que!-exclamé.-¿Me estas pidiendo que sea algo así como tu esclava académica?

-Veo que eres lista número dos. Es eso, o que todo el colegio sepa que eres becada y tu querida imagen se vaya al caño.

Ni siquiera tuve que pensarlo, la oferta, dentro de lo que cabe, era demasiado buena para ser verdad: unos cuantos trabajillos extra a cambio de no recibir cubetas de agua fría, huevos podridos y ratas muertas en el casillero (eso era lo más leve que habían producido las FA), era la gloria.

-¿Cuándo empezamos?-le pregunté con una falsa sonrisa.

-¿Por qué no desde ahora?- me dijo extrayendo una hoja de su bolsillo.-Sirve que te vas acostumbrando. Tengo que entregar un análisis de mínimo quince cuartillas del siguiente libro, una investigación acerca de la ley de Ohm* y una maqueta de la Pinocitosis*, todo para mañana.

-¡Hey!-dije luego de recibir la hoja con toda su tarea.-Yo también tengo tarea que hacer. ¡Esto es muchísimo!-blandí la hoja- ¡Y ese libro (Los poemas del Mio Cid) ni siquiera lo tengo!

-Pues yo que tú, número dos, le corría. Ya casi cierran la biblioteca.-Me tomó de los hombros y me empujo en dirección al mencionado edificio.- Lo quiero todo antes de las ocho, así que por favor llega temprano. Nos vemos-se despidió sacudiendo su mano y caminando se fue.

¡Maldito hijo de p…!

La figura de Madame Prince en la puerta de la biblioteca con las llaves en la mano, cortó mi maldición e hizo que me echara a correr.


*Dream Hunter: hace referencia a la serie de Sherrilyn Kenyon

*Acordeón: En México se usa este termino para hacer referencia a pequeños papelitos que los estudiantes hacen con resúmenes o datos que les facilitan el estudio o copiar en un examen.

*Ley de Ohm: postulada por el físico y matemático alemán Georg Simon Ohm, es una de las leyes fundamentales de la electrodinámica, estrechamente vinculada a los valores de las unidades básicas presentes en cualquier circuito eléctrico y establece que "la intensidad de la corriente eléctrica que circula por un conductor eléctrico es directamente proporcional a la diferencia de potencial aplicada e inversamente proporcional a la resistencia del mismo".

*Pinocitosis: proceso biológico que permite a determinadas células y organismos unicelulares obtener líquidos orgánicos del exterior para ingresar nutrientes o para otra función.