¡UN MILLÓN DE GRACIAS POR TODOS LOS REVIEWS! No he podido contestar, porque he dejado que se me acumularan y se me ha hecho tarde T.T pero esta vez intentaré ir contestándolos según los recibo que me sabe mal dejaros sin respuesta. Pero de verdad, muchísimas gracias por la gran acogida que le habéis dado al fic. Me daba un poco de respeto la idea de escribir un dramione adulto y post-epílogo para más inri, además de que mi visión de Draco 20 años después es "particular". Es una alegría saber que os ha gustado :)

Sin más, os dejo con el siguiente capítulo.

Nota: si firmáis de manera anónima y queréis que os conteste, dejadme una dirección de correo :) pero recordad ponerla con espacios/paréntesis o la página se la comerá. Por ejemplo: firebolt(arroba)hotmail(.)com

Nota 2: Olvidé publicitarlo antes. Para quienes leísteis Savin' Me o aunque no lo hayáis hecho, Keira22 ha hecho un maravilloso fanvid inspirado en ese fic :D Podéis encontrarlo aquí http : / / youtu(.)be/ H7zKhG1Wk88 (sin espacios ni paréntesis) El link está en mi profile también :) Si os gusta, dejadle un comentario a Keira que se lo merece!

Sig, como siempre, va por ti :)


Capítulo 2

Say my name, but it's not the same.

You look in my eyes, I'm stripped of my pride.

And my soul surrenders and you bring my heart to its knees.

Hermione nunca sabría exactamente por qué había aceptado la invitación de Draco Malfoy a tomar algo en El Caldero Chorreante. Quizás porque la pilló tan por sorpresa que no fue capaz de negarse, quizás porque todo en Malfoy la desconcertaba y sentía cierta curiosidad. Probablemente porque era bueno que mantuvieran una relación cordial ahora que sus hijos se habían hecho amigos, rompiendo una larga tradición de odio y rencillas.

Pero el hecho es que aceptó. Se aparecieron en un callejón cercano y entraron en la taberna sin decir nada. Malfoy le preguntó qué quería y fue a pedir él las bebidas. Se quedó en la barra esperando a que le atendieran y las trajo luego a la mesa apartada donde le aguardaba Hermione.

Los años no se habían portado mal con él. Su pelo platino comenzaba a ralear en la frente en forma de pequeñas entradas, pero su rostro seguía igual. Anguloso, con barbilla puntiaguda afilando sus facciones orgullosas y los mismos misteriosos ojos grises. Alto, delgado, con porte elegante por naturaleza, había apoyado un brazo en la barra del Caldero Chorreante mientras aguardaba que le atendieran, pero lo apartó rápidamente con gesto de desagrado y se frotó la túnica escrupulosamente.

Cuando posó las dos cervezas de mantequilla en la pequeña mesa que habían ocupado, Hermione recordó que siempre había tenido las manos grandes, con dedos delgados y delicados. Ahora había alguna dureza en ellas y unas cuantas pequeñas cicatrices, algunas antiguas, otras recientes. Posiblemente se las había hecho en el trabajo.

Era curioso que Draco Malfoy trabajara. Sabía que no necesitaba el dinero. Y si lo hubiera necesitado, un trabajo en la Sección de Pociones no sería el puesto escogido.

Era bueno en Pociones, pero lo cierto es que Malfoy era bueno en todas las asignaturas. Él y Ernie McMillian, de Hufflepuff, habían sido los mejores de la clase en su promoción, junto a Hermione.

Podría haber conseguido un trabajo mejor. Algo menos tedioso, sucio y discreto, algo más prestigioso. Al menos, tenía la capacidad para ello.

Pero al ver cómo algunos de los clientes de la taberna le miraron –todavía con el rencor de la guerra, con los prejuicios –comprendió que quizás, su apellido le había cerrado muchas puertas.

Los Malfoy no habían hecho gran cosa por reinsentarse en la sociedad mágica. Pasaron unos años en el extranjero y cuando regresaron, se retiraron a su mansión, apartados de la vida pública. Hermione llevaba años sin saber nada de ellos.

—Es irónico, ¿no crees? —comentó Malfoy tras dar un sorbo a su cerveza de mantequilla que a juzgar por el rictus de su boca, le supo amargo —Nuestros hijos, amigos.

—No lo sabías, ¿verdad? Hasta que Scorpius te presentó a mi hija —aventuró Hermione.

El otro día, en King's Cross, Hermione había visto la expresión de sorpresa en los ojos, por lo general indiferentes, de Malfoy cuando Scorpius presentó a Rose como su hija. Hermione, en cambio, ya estaba al tanto de la amistad entre sus retoños: Rose se lo había contado en una carta, con cierto tono de disculpa, como si temiera su reacción.

Estaba segura de que no había informado a Ron de eso. Hermione también se sorprendió en su día, especialmente porque habría apostado todo su oro de Gringotts a que Malfoy había prevenido a su hijo sobre relacionarse con algún Weasley o Potter, o en general con cualquier mestizo o sangre sucia. Pero había sido Scorpius quien había entablado conversación con Rose en clase de Herbología como si no supiera de quién era hija, es más, se había mostrado maravillado al saber que era sobrina de la famosa Ginny Potter, capitana retirada de las Hollyhead Harpies, como si el apellido Potter y el escudo de Gryffindor no le produjeran alergia.

Hermione había tratado de no transmitir sus recelos sobre todo lo que tuviera que ver con los Malfoy a su hija, pero no podía negar que su amistad la inquietaba. Y cuando recibió una invitación de puño y letra de la actual señora Malfoy –Hermione siempre olvidaba su nombre –sencillamente no supo cómo reaccionar.

Una cosa era que sus hijos se relacionaran en el colegio y otra muy distinta que Rose fuera a visitar a los Malfoy, en su casa. Sabía que Ron pondría el grito en el cielo si se enteraba que su pequeña iba a visitar, voluntariamente, "territorio hostil".

Ya el primer día de curso, medio en broma, medio en serio, había advertido a Rose, exhortándola a superar en todo al hijo de Malfoy. Había contado con que Malfoy fuera de la misma opinión, pero le había sorprendido que él se mostrara tan ofendido ante sus reticencias. La había desarmado esa especie de arrepentimiento por su comportamiento hacia ella cuando eran adolescentes.

No había hablado mucho con Malfoy en todos esos años, no más que un saludo o un comentario sobre el tiempo cuando compartían ascensor y el silencio se había demasiado incómodo para soportarlo, pero seguía teniendo la misma imagen de él que cuando tenía 18 años y se sentaba en el banquillo de los acusados.

Quizás la guerra había demostrado que en realidad no era una mala persona, que no era un asesino ni un mortífago, pero tampoco era un dechado de virtudes. Dudaba que sus convicciones hubieran cambiado en lo más mínimo, simplemente ya no podía permitirse el lujo de airearlas públicamente.

Y sin embargo se encontraba con que él mostraba menos prejuicios ante una amistad entre sus hijos que ella misma. Quizás, después de todo, ya no conocía a Draco Malfoy en absoluto.

—No, no lo sabía —reconoció él —Mi hijo es más inteligente que yo.

La forma en que pronunció esas palabras, la forma en que la miró, hizo que Hermione se sintiera incómoda, como si se le estuviera escapando algo. No sabía cómo interpretarlo y tenía la sensación de que había mucho más en esa frase de lo aparente.

—Pensé que, quizás, te molestaría —apuntó, con cautela, girando el vaso de cerveza entre las manos.

—¿Molestarme? —repitió Malfoy, como si hubiera sido algo que jamás se le había pasado por la cabeza —No, pero confieso que me pilló por sorpresa. Imaginaba que tu hija estaría advertida contra todo aquello que lleve el apellido Malfoy.

Por una vez fue Hermione quien no pudo sostenerle la mirada. Aunque había sido Ron quien había advertido a Rose al respecto, no podía negar que sencillamente nunca se había planteado la posibilidad de que sus hijos pudieran acabar relacionándose en Hogwarts. Había dado por sentado que ambos frecuentarían compañías muy diferentes.

—Rose sabe juzgar por sí misma —respondió evasivamente.

—Scorpius también. Por si te lo estás preguntando, nunca le hablé de ti.

—Oh.

Debería haberlo supuesto. Sencillamente Draco Malfoy nunca se molestaría en hablarle a su hijo de Hermione Granger, la comelibros de su generación, para colmo, hija de muggles.

No era lo suficientemente importante para que la mencionara.

—No me refiero a eso —murmuró Malfoy rápidamente, como si pudiera leer en la expresión de Hermione todo lo que ella había pensado —Lo que quiero decir es que nunca le dije "No te juntes con la hija de Granger". Además, eso habría implicado que le dijera quien eres. Contarle cómo te traté cuando íbamos a Hogwarts no me habría dejado en muy buen lugar. Si no te importa, si Rose lo sabe… te agradecería que no le mencionara nada a mi hijo. No quiero que… no quiero… —él apartó la mirada de ella y la fijó en su cerveza —No quiero que me vea igual que tú.

Hermione separó los labios pero no fue capaz de articular palabra. Por alguna razón, su corazón había empezado a latir a una frecuencia nueva. Antes había insinuado sentirse arrepentido de haberse metido con ella en el pasado. Ahora parecía avergonzado y convencido de que ella tenía un concepto tan horrible de él que podría hacer que su propio hijo lo viera con otros ojos.

Realmente parecía estar seguro de que lo había pintado ante su hija como el hombre del saco, pero Hermione estaba demasiado aturdida para contarle que no lo había hecho.

No le odiaba y nunca, ni siquiera en sus años en Hogwarts, lo había hecho. Era cierto que nunca le cayó bien y que más de una vez la hizo llorar, pero desde que supo que no había sido capaz de matar a Dumbledore, empezó a sentir cierta compasión por él. Recordaba que Harry había tenido visiones en las que Voldemort le obligaba a torturar a otros mortífagos y también recordaba que en la Sala de los Menesteres, había desviado las maldiciones mortales que Crabbe les había lanzado.

Quizás nunca conseguiría una Orden de Merlín, pero él tampoco había tenido una vida fácil. Y todo el rencor que pudo haber sentido por él, se fue diluyendo con los años.

—Malfoy… —comenzó, sin saber muy bien qué decir a continuación.

—Es la única persona en el mundo mágico que no me ve como un delincuente y me gustaría que siguiera siendo así —continuó él, y trató de imprimir a su tono cierta indiferencia, como si todo aquello fuera una broma, pero Hermione vio que apretaba su jarra de cerveza tan fuerte que la yema de los dedos se le había blanqueado.

Y su mirada, su mirada era tan triste, que por un momento a Hermione le costó asimilar que estaba sentada frente a Draco Malfoy y no frente a otra persona.

—Malfoy, yo no te veo así y dudo que alguien lo haga. Éramos niños cuando todo pasó.

Malfoy se quedó mirándola, sin decir nada. Había alzado ligeramente las cejas, como poniendo en duda las palabras de Hermione, pero tampoco intentó rebatirlas.

—¿Entonces dejarás a Rose pasar un día en Malfoy Hall? —dijo, de pronto.

Hermione dio un sorbo a su cerveza para ganar tiempo. El día anterior, cuando recibió la carta de la mujer de Malfoy, había pensando que al hablarlo con él los dos convendrían que no era una buena idea y olvidarían el asunto. Nunca había sopesado seriamente la posibilidad de permitir a Rose hacer una visita a Malfoy Hall.

Sin embargo, después de ese atípico día con el padre de Scorpius, no se le ocurría ninguna excusa razonable –o confesable –para declinar la invitación más allá del hecho de que Ron la mataría si se enteraba.

—Está bien —cedió finalmente. Esperaba no arrepentirse de su decisión —Pero tiene que ser antes de año nuevo.

Malfoy la miró con curiosidad y Hermione apretó los labios, deseando que él no le preguntara por qué.

—¿Por qué?

Hablar de su divorcio nunca era un tema agradable, pero hablar de su divorcio con Draco Malfoy era sencillamente terrible. Sin embargo, le parecía ridículo eludir su pregunta o inventarse alguna excusa. Posiblemente él ya estaría al tanto.

—Ron y yo nos divorciamos hace un año —explicó con sencillez —Tenemos la custodia compartida de Rose y Hugo: pasarán la primera semana de vacaciones conmigo y la segunda con su padre, y dudo que Ron permitiera a Rose poner un pie en Malfoy Hall.

Malfoy asintió, discretamente. No hizo ningún comentario irónico, ni se burló ni pareció alegrarse de que su matrimonio se hubiera ido a pique. Solamente la miró, esa mirada penetrante, directa, como si quisiera leer hasta el último de sus pensamientos.

Al menos tuvo la decencia de no preguntarle por qué se habían divorciado, como alguna compañera de departamento con poco tacto había hecho al conocer la noticia.

Hermione no sabía cómo explicarlo. Ron y ella habían sido amigos toda la vida, hasta los dieciocho años. Entonces empezaron a salir y cuando Harry y Ginny se casaron, les pareció el paso lógico hacerlo ellos también.

Tuvieron a Rose y luego a Hugo. Y después…Hermione se dio cuenta de que habían vuelto a ser amigos, solamente amigos. Dormían juntos pero no se tocaban, se despedían con un beso en la mejilla antes de ir al trabajo y todas sus conversaciones giraban únicamente sobre sus hijos o sobre sus quehaceres, pero nunca sobre ellos.

Ya no se cogían nunca de la mano. Ron ya no le decía que estaba guapa y ella ya no le colocaba bien el cuello de la pomposa túnica de Sortilegios Weasley.

Pasó un tiempo antes de que Hermione empezara a darse cuenta de todos esos detalles. Pero de pronto quedaban con Harry y Ginny, o con Neville y Hannah, y Hermione se daba cuenta de que estaban en una sintonía muy diferente a la que ella tenía con Ron. Se miraban a los ojos al hablar, se tocaban, y en cierto modo, giraban el uno alrededor del otro, incluso cuando estaban con más gente. En cambio Ron y ella parecían sólo dos amigos tomándose una cerveza de mantequilla.

Un día decidió hablarlo con Ron. Seguía queriéndole, había querido a Ron desde que podía recordar y seguramente siempre seguiría haciéndolo. Pero ya no estaba enamorada de él. Ni él de ella.

Para tristeza de Hermione, Ron no negó la situación. Aquella fue la confirmación de que su matrimonio se había acabado hacía tiempo, pero habían seguido por inercia. Esa noche durmieron abrazados. A la mañana siguiente decidieron separarse.

Tuvieron una conversación con sus hijos en la que les explicaron la situación. Después Ron se mudó a la planta de arriba de Sortilegios Weasley que George había abandonado al casarse.

A las pocas semanas fueron al Ministerio para firmar la disolución del contrato matrimonial que habían hecho casi quince años atrás. Y así, con un par de firmas, todo acabó.

Al principio le había resultado difícil porque estaba tan acostumbrada a vivir con Ron que la casa le resultaba extraña sin él. Pero poco a poco todos se fueron habituando y ella y su ahora exmarido, seguían viéndose a menudo. Al llevar a los niños, cuando se reunían en casa de Harry y Ginny, en todas las fiestas y cumpleaños. Resultaba paradójico cómo en lugar de sentirse incómodos al estar juntos otra vez se sentían más a gusto. Se comportaban como amigos porque eso era lo que eran.

—Lo lamento —murmuró Malfoy al cabo, sacando a Hermione de sus pensamientos.

Lo miró, volviendo al presente, pero le dio la sensación de que Malfoy no lo sentía. Sólo trataba de ser cortés.

Hermione se sentía incómoda hablando de su vida personal con su viejo demonio de Hogwarts así que decidió lanzar la pelota a su tejado.

—¿Y qué me dices de ti, Malfoy? ¿Alguna novedad?

—Mi padre murió hace dos años —dijo, inexpresivo.

Hermione ahogó un pequeño "oh" de sorpresa. Lucius Malfoy había muerto y ella ni siquiera se había enterado. El viejo matrimonio Malfoy se había prodigado tan poco en la vida pública durante la última década que la noticia del fallecimiento del patriarca no había llegado a oídos de Hermione.

—Nunca se recuperó del todo de su estancia en Azkaban ni de… —Hermione creyó que iba a pronunciar el nombre de Lord Voldemort, pero Malfoy pareció pensárselo mejor y en su lugar dijo —de la guerra.

Aunque hablaba con un tono tranquilo y casi indiferente, como estuviera anunciándole la muerte de un viejo conocido cualquiera, su mirada gris se había oscurecido. Había erguido la espalda, apoyándola contra al respaldo de su asiento rígidamente, y los ojos contemplaban las vetas en la madera de la mesa del Caldero Chorreante en la que reposaban sus cervezas casi vacías.

—Lo siento mucho, Malfoy —dijo Hermione y era sincera. Él asintió con la cabeza y los dos se quedaron en silencio.

Fue entonces cuando Hermione vio la hora en el reloj de pared con forma de mandrágora (regalo de Neville a su esposa, sin duda) que estaba colgado junto a la chimenea del Caldero Chorreante. Su descanso se había acabado hacía diez minutos.

—¡Oh, Merlín, voy a llegar tarde! —murmuró Hermione, poniéndose en pie de golpe.

—Eres la directora del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Inventa una ley por la que puedas llegar tarde —sugirió Malfoy, con total tranquilidad.

A Hermione le recordó a cuando ella vagaba por el colegio histérica por sus TIMOS y en cambio Malfoy se pasaba las tardes soleadas en los terrenos de Hogwarts sin preocuparse de nada, pero luego sacaba notas casi tan buenas como las de ella.

—No puedo hacer eso —replicó, ofendida —Además, tengo mucho trabajo que hacer. Y tú has abandonado tu puesto sin avisar.

—¿Acaso crees que Donovan habrá notado mi ausencia? —preguntó él, con sarcasmo.

Hermione recordó al mago anciano que dormitaba encorvado sobre un caldero con suficiente capacidad como para que se diera un baño dentro. No se había movido ni siquiera cuando Thickey derribó una estantería de frascos.

—Pues quédate si quieres, pero yo tengo que irme —apostilló.

Malfoy no dijo nada, pero se levantó de su asiento y la siguió fuera de la taberna. Caminaron en silencio hasta el teatro abandonado que había junto al Ministerio. Una vez dentro, antes de dirigirse a los aseos, Hermione se volvió hacia Draco.

—¿Qué día os viene bien que vaya Rose? —preguntó, deseando zanjar la cuestión cuanto antes.

—¿El día siguiente a Navidad? —sugirió Malfoy.

—Está bien.

Se despidió de Malfoy con un gesto y entró en un cubículo de los aseos conectados mágicamente con las chimeneas del Ministerio. Mientras se subía en el wáter y tiraba de la cadena, Hermione pensó que era la primera vez que tenía una conversación civilizada con Draco Malfoy.


Astoria, Draco y Scorpius fueron a buscar a Rose Weasley y Alex Dunham al Callejón Diagon el día acordado y usaron un traslador para aparecerse en Malfoy Hall.

La mansión era una versión reducida y discreta de Malfoy Manor, con un jardín considerablemente más pequeño y sin pavos reales como mascotas. Astoria, pese a ser de una familia adinerada, no era muy dada a la ostentación, así que la decoración, aunque elegante, era sencilla.

Lo único que era más grande que en la mansión Malfoy por antonomasia era la biblioteca. No había manuscritos de antiguos magos oscuros, ni libros de magia negra, pero sí una gran cantidad de obras clásicas mágicas, enciclopedias de hechizos, pociones e historia de la magia.

Dejaron que fuera Scorpius quien les enseñara la casa a sus pequeños invitados, y su hijo se mostró emocionado en el papel de anfitrión. Astoria y Draco se limitaron a observarlos de lejos fingiendo dedicarse a otras cosas.

Rose se había comportado de manera muy educada desde el primer momento pero Draco no habría sabido decir si su comportamiento era natural u obedecía a las indicaciones de su madre. Gran parte del personal estaba disfrutando de sus vacaciones de Navidad así que Hermione en persona había acompañado a su hija hasta el Callejón Diagon.

Cuando vio aparecer a los Malfoy, los saludó con una mano, se despidió de Rose y se marchó por la callejuela que daba a Sortilegios Weasley. Draco se preguntó, no sin cierta amargura, si iría a ver a Ron Weasley.

Durante el resto del día observó con curiosidad a Rose. No parecía muy impresionada por la mansión –como su madre, seguramente no le daba importancia a ese tipo de cosas –pero su rostro reflejó auténtica admiración cuando Scorpius, como de pasada, les enseñó la biblioteca.

Alex y él no le prestaron demasiada atención –para ellos sólo eran un montón de libros viejos –pero Rose Weasley se quedó maravillada y pasó un largo rato caminando entre las hileras de estanterías de ébano, rozando con los dedos los lomos de los libros que quedaban a su altura.

Alex y Scorpius pusieron los ojos en blanco y dijeron que la esperarían en el jardín probando la Saeta Dorada que le habían regalado en su último cumpleaños. Astoria salió a la terraza con una copa de vino de saúco para vigilar que no se hicieran daño.

Entonces Draco vio su oportunidad. Cruzó las puertas de la biblioteca, bajo las que había estado parado, llevando un paquete pesado y alargado.

Rose apartó la mano de los libros, como si temiera que fueran a regañarla, y se quedó mirándole, a la expectativa.

—Tengo algo para ti —dijo Draco, y le tendió el paquete.

La niña lo cogió, desconcertada. Le miró durante unos segundos, como si no supiera si abrirlo o no, así que Draco le hizo una seña, invitándola a hacerlo.

Con cierto titubeo, Rose retiró el papel de regalo, descubriendo un pesado libro titulado "Historia de Hogwarts". Contempló el libro asombrada y después lo miró a él con los ojos muy abiertos.

—A tu madre le encantaba leerlo cuando iba a Hogwarts. Pensé que te gustaría —dijo él, como respuesta. Y sin más, se dio media vuelta y salió de la biblioteca.

—¡Gracias, señor Malfoy! —oyó exclamar a Rose Weasley.


Hermione se encontró deseando que se terminaran sus vacaciones para poder volver al Ministerio. No se trataba de que fuera adicta al trabajo –le gustaba lo que hacía, pero disfrutaba de poder pasar más tiempo con sus hijos y sus amigos –sino de que estaba ansiosa por volver a ver a Draco Malfoy y tener unas palabras con él.

Rose había vuelto de su visita a Malfoy Hall ilesa, muy contenta y con un montón de regalos de sus amigos (habían esperado a dárselos en persona, en lugar de mandárselos por lechuza como había hecho ella). Se puso a enseñárselos a Hermione y a su hermano muy ilusionada, pero se paró en seco cuando su madre vio que entre ellos estaba un ejemplar nuevo de "Historia de Hogwarts".

Hermione cogió el enorme libro y lo observó con nostalgia. En sus tiempos en Hogwarts debía de haberlo sacado de la biblioteca unas mil veces. Lo había leído una y otra vez hasta que prácticamente se lo aprendió de memoria.

Rose debía de hacer lo mismo, por eso sus amigos se lo habían regalado.

—Es un gran regalo —dijo, ojeando el libro con nostalgia —¿Quién te lo regaló? ¿Scorpius o Alex?

Su hija rehuyó su mirada como si hubiera hecho algo malo. Aquello preocupó a Hermione.

—Fue el padre de Scorpius —dijo, en voz baja.

Hermione se quedó tan sorprendida que no atinó a decir nada.

—Dijo que tú lo leías mucho cuando estabas en Hogwarts así que pensó que me gustaría —continuó Rose.

Hermione se esforzó por disimular su turbación delante de su hija y se comportó como si todo aquello no tuviera ninguna importancia para tranquilizarla. Pero el hecho es que se había quedado tremendamente descolocada.

Probablemente Draco Malfoy sólo intentaba ser amable con los amigos de su hijo. Seguro que también le había regalado algo a Alex pero el hecho de que le hubiera regalado precisamente ese libro a Rose argumentando que su madre lo leyó muchas veces cuando estaba en Hogwarts era demasiada casualidad.

Nunca hubiera imaginado que Malfoy estuviera al tanto de sus hábitos de lectura. Era cierto que no se trataba de un libro que pasara desapercibido debido a sus enormes dimensiones, pero de aquello habían pasado casi veinte años y no daba crédito a que el antiguo Slytherin recordara detalles como aquel de una persona que tanto había despreciado.

Cuando Rose le confesó que, que ella supiera, no había regalado nada a Alex, Hermione empezó a sentirse irritada.

Podía ser que se hubieran tomado una cerveza de mantequilla y mantenido la conversación más extraña que Hermione hubiera tenido en los últimos años. Vale que hubiera dado permiso a su hija a visitar Malfoy Hall, aunque hubiera sido a regañadientes. Pero de ahí a hacerle regalos a Rose sin ninguna razón había un largo camino.

Una cosa era que Rose y Scorpius fueran amigos: eran niños, nada o poco sabían de la antigua enemistad de sus padres; y otra muy distinta era que Malfoy intentara ¿comprarse? el favor de Rose.

¿Por qué?

Todas esas preguntas daban vueltas en su cabeza cuando Hermione entró en el Ministerio, el día siguiente a Año Nuevo. Estuvo tan distraída la primera mitad de la mañana que su asistente, Joanna Creevey (hija de Dennis Creevey), tuvo que repetirle un par de veces su agenda para ese día. Convocó una reunión con el Wizengamont el mismo día y a la misma hora que debía recibir su homólogo italiano y luego tuvo que enviar un montón de lechuzas para arreglar el desaguisado.

De manera que cuando al fin llegó la hora de su descanso, se encontraba bastante irritada. De mal humor cogió un ascensor y emprendió el camino hasta la quinta planta, en las profundidades del Ministerio, donde se encontraba el laboratorio de Pociones en que trabajaba Malfoy.

Lo encontró llenando una hilera de pequeños frascos con el contenido de una humeante poción. Donovan seguía durmiendo en el mismo taburete en que Hermione le había visto hacía más de una semana. Roncaba ligeramente inclinado hacia delante, de manera que la punta de su larga barba gris estaba dentro de un caldero de poción. A su lado, descansaba Thickey. Tenía la cabeza apoyada en el hombro de Donovan formando un ángulo extraño. Su cuerpo estaba rígido y Hermione se dio cuenta de que una membrana naranja unía los dedos de sus manos.

Aunque parecía dormir, sus ojos estaban entrecerrados y en el espacio entre sus párpados se veía sólo blanco, sin iris.

—Malfoy, ¿Thickey… Thickey se encuentra bien? —dijo a modo de saludo.

Draco levantó la mirada del puchero relleno de poción que con tanto cuidado vaciaba en un tarrito de cristal. No parecía muy sorprendido de verla allí, de hecho sus ojos relumbraron de manera extraña, como los de un gato en la oscuridad.

—Ha vuelto a hacer de las suyas, pero sólo está inconsciente. Se le pasará en un rato. Creo —respondió, con tranquilidad.

Hermione se mordió el interior de las comisuras de la boca. Por una parte quería llevar a Thickey a San Mungo para asegurarse. Por otra, quería encontrar a la supervisora del Comité de Pociones y tener unas palabras con ella acerca de la seguridad laboral de sus trabajadores. Una tercera parte sólo quería gritarle a Malfoy.

—¿Qué te trae por aquí, Granger? —la interrogó él.

Hermione iba a responder pero en ese momento un tercer brujo apareció por la puerta del almacén. Se trataba de Higgs. Era un mago cincuentón, extremadamente delgado, con ojos nerviosos y gesto malhumorado. Cuando Hermione entró en el Ministerio, él trabajaba en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional. Pero pasados un par de años, empezó a obsesionarse con que los suizos le querían envenenar. Luego los franceses, los polacos y al final todos los europeos. Su paranoia se extendió después a África y América y cuando empezó a sospechar de los asiáticos, directamente dimitió.

Hermione sabía que seguía en el Ministerio porque se lo cruzaba de vez en cuando, pero ignoraba que trabajaba con Malfoy. Por un momento sintió compasión por él. No parecía tener ningún compañero de trabajo normal.

Higgs se quedó mirando a Hermione con cautela, como si temiera que ella fuera a envenenarle también. Después, sus ojos esquivos se dirigieron al caldero de poción con el que trabajaba Malfoy.

—Está envenenado —dijo.

—No está envenenando, Higgs —respondió Malfoy con tono aburrido —La he hecho yo mismo y no la he perdido de vista en ningún momento.

—El veneno estaba en los ingredientes —aseguró Higgs —Los he estado revisando. La bilis de armadillo está envenenada.

Hermione cayó en la cuenta de que llevaba una pequeña pipeta llena de una sustancia amarillenta en la mano. Al escuchar las palabras de Malfoy, la exhibió como prueba.

—¿En qué te basas, Higgs? —preguntó el Slytherin, con cansancio.

—¡Su color! —exclamó Higgs alterado, señalando la pipeta con un tembloroso índice —¿no lo ves? ¡Es amarillo oscuro! ¡Debería ser amarillo claro!

Draco puso los ojos en blanco y lanzó un largo suspiro.

—Higgs —intervino Hermione —Dámela a mí, lo comprobaré —y al ver la expresión de desconfianza del brujo, añadió —Trabajo en el departamento de Aplicación de la Ley Mágica, si es cierto que está envenenada quizás pueda llegar al fondo de esta cuestión.

Higgs titubeó unos instantes, pero finalmente se la entregó a Hermione en un movimiento rápido, asegurándose de que sus dedos no rozaran en ningún momento los de la mujer. Posiblemente pensaba que su piel también era venenosa.

No obstante, el mago pareció calmarse una vez se hubo librado de la prueba del delito, y fue a sentarse junto a Donovan y Thickey. Se puso a remover el caldero de poción en el que nadaba la barba del anciano, sacando pequeñas cucharadas y observándolas con detenimiento, como si esperaba encontrar más veneno allí.

En ese momento, Malfoy se levantó, se acercó a Hermione y le puso una mano en la cintura para guiarla fuera del laboratorio. Ella se dejó llevar, envarada, pero en cuanto salieron al pasillo se apartó de su mano.

No recordaba que Malfoy la hubiera tocado nunca jamás. Él pareció leer sus pensamientos a juzgar por la manera en que apretó los labios, como si se hubiera sentido despreciado.

Por un instante, Hermione se sintió culpable, pero después recordó la razón por la que estaba molesta con Malfoy.

—¿Y bien? ¿Qué te trae por aquí? —la interrogó él —¿Querías saber si Thickey seguía vivo o sólo venías a resolver el misterioso caso de la bilis de armadillo envenenada por los rusos?

—Ni una ni otra —respondió Hermione, cruzándose de brazos —Venía a resolver el misterioso caso de Draco Malfoy haciéndole regalos a mi hija.

Si Draco Malfoy estaba sorprendido por su acusación, no lo demostró. Ni siquiera se molestó en parecer avergonzado. A Hermione incluso le dio la impresión de que encontraba todo aquello muy divertido.

—Es sólo un libro —respondió con tranquilidad —Te pasaste años sacándolo de la biblioteca y cargando con él por todo Hogwarts. Quería ahorrárselo a tu hija.

Hermione se quedó boquiabierta.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Malfoy se encogió de hombros con naturalidad.

—No eres la única interesada en Historia de Hogwarts, ¿sabes? Siempre que quería sacarlo de la biblioteca, Pince me decía que lo tenías tú. Al final tuve que comprármelo.

Era una explicación razonable. Lo que sorprendía a Hermione era no haber sido la única persona de su curso que había leído el libro. Ron, Harry, Neville, Seamus… ninguno lo hizo. Cuando un día, exasperada, les preguntó si era la única que lo había leído, Ron le respondió que no les hacía falta leerlo porque ella se lo sabía de memoria.

Resultaba extraño pensar que fue precisamente Malfoy el único, además de ella, que había leído Historia de Hogwarts.

—Eso fue hace mucho tiempo —repuso Hermione —No sé cómo aún lo recuerdas.

Malfoy se quedó mirándola muy intensamente con sus ojos grises. A Hermione le dio la impresión de que se inclinaba ligeramente hacia ella, como si fuera a decirle algo en voz baja. Un secreto susurrado en su oído.

Pero él reculó en el último instante. Dio un paso atrás y su rostro se ensombreció.

—Te sorprenderían todas las cosas que recuerdo —dijo y su tono sonó amargo.

Hermione guardó silencio, no sabiendo qué responder a esa declaración. Malfoy, como si percibiera su inquietud, relajó la expresión y miró su reloj.

—¿Estás en otro de tus descansos? —preguntó.

—Pues de hecho, sí.

—Qué casualidad. Acabo de empezar el mío. ¿Te apetece otra cerveza de mantequilla? Puedes seguir riñéndome por regalarle un libro a tu hija en El Caldero chorreante.

Y una vez más, Hermione aceptó la invitación, sin saber muy bien por qué.


¡Hola!

Como veis, Hermione aceptó la invitación de tomar algo juntos. Han hablado de sus hijos, del pasado y de sus vidas, y ya sabemos por qué se divorciaron Ron y Hermione. Yo no dudo que se querían pero siempre he pensando que Ron es demasiado infantil y simple para Hermione y que a la larga los sentimientos más allá de la amistad desaparecerían. No he querido poner una separación traumatica ni en malos términos: eran amigos de toda la vida y cuando se les acabó el "amor" pues siguieron siéndolo.

Por otro lado, Draco le ha hecho un regalito a Rose. Sabe más el demonio por viejo que por demonio jajaja y sabía que así seguro Hermione volvía visitarle ;)

También hemos conocido a otro compañero de trabajo de Draco xD Pobrecillo, me divierto poniéndole compañeros raros e inadaptados xD Se admiten apuestas sobre Thickey, ¿sobrevivirá al fic? xD

La buena noticia (según se mire) es que la historia no se acaba en el siguiente capítulo. Habrá al menos cuatro capítulos, que me enrollo más que las persianas (lo hasta en las N/A así que xD). De verdad, MUCHAS GRACIAS POR TODO, sois un amor!

Con cariño, Dry.