Para Sig. Por estos años, por la charla de la otra noche. Porque siempre nos quedarán los frincs *pone voz Humphrey Bogart*


Capítulo 3

I'm not strong enough to stay away
What can I do
I would die without you
in your presence my heart knows no shame
I'm not to blame

Pero una vez en el Caldero Chorreante, no volvió a reñir a Malfoy por el regalo que le había hecho a Rose. Se sentaron en la misma mesa que la semana anterior y Malfoy volvió a pedir (y a pagar).

Hermione le observó, intrigada. Lo cierto era que no dejaba de sorprenderla que Malfoy quisiera pasar su descanso con ella. La semana anterior había tenido sentido, tenían que hablar sobre la visita de Rose a Malfoy Hall, pero esa vez no había ninguna razón en particular.

Era cierto que ninguno de sus compañeros de sección parecían ser grandes conversadores pero aún así, no dejaba de ser sorprendente.

No era ella la única que lo pensaba: Hannah Longbottom le lanzó una mirada interrogativa por encima del la barra. Hermione le hizo un gesto para indicarle que hablarían luego.

En ese instante, Malfoy regresó con dos cervezas de mantequilla.

—Malfoy, ¿crees que Thickey estará bien? —le preguntó. No estaba segura de que hubiera sido prudente dejar a Thickey solo con un hombre dormido y otro que buscaba veneno hasta debajo de las piedras.

—Hace años que Thickey no está bien —respondió él, encogiéndose de hombros.

Aquello llevó a una conversación sobre los compañeros de Malfoy. Worth, la supervisora, estaba viajando por África para recolectar ciertos ingredientes poco comunes. Kettle se pasaba el día con los clabberts. Donovan sólo estaba despierto cuando llegaba al Ministerio y cuando se iba. Thickey pasaba gran parte de su jornada inconsciente, con espasmos o en San Mungo, y en cuanto a Higgs, era un paranoico capaz de deshacerse de un caldero de poción entero si tenía la más mínima sospecha de que podía haber sido envenenado.

A cada momento, le sorprendía más que Draco Malfoy se hubiera conformado con ese puesto. No sólo era monótono y poco reconocido, sino que parecía haberse convertido en el cajón de sastre de todos los incompetentes o inadaptados del Ministerio.

Malfoy era inteligente y culto, además de un mago bien capacitado. Parecía la nota discordante en el pequeño Comité de Pociones. Hermione se descubrió pensando que su talento se estaba echando a perder en esa sección del Ministerio.

—¿Puedo preguntarte algo, Malfoy?

Él pareció tensarse, la línea de sus mandíbulas bien dibujada y los labios apretados, pero asintió con la cabeza. Hermione tardó unos segundos en formular la pregunta.

—¿Por qué trabajas en el Comité de Pociones? Es obvio que está por debajo de tus capacidades.

—Quizás no lo hayas notado, Granger, pero en el Ministerio no está muy bien vista la gente como yo. Aún hay muchos que opinan que mis padres y yo deberíamos habernos podrido en la cárcel —respondió, con ese tono impersonal que usaba para hablar de cosas dolorosas como si le sucederían a otros.

Hermione sabía que era probable que Malfoy tuviera razón. A mucha gente no le había gustado que los Malfoy se libraran de Azkaban, pero eso había sido hacía tantos años que suponía que la sociedad mágica lo había dejado atrás. Pero luego pensó en Lucius Malfoy, muerto dos años atrás en el más absoluto silencio. En otros tiempos, la noticia habría corrido como la pólvora, pero ahora nadie le había dedicado un pensamiento.

—Worth fue la única que aceptó contratarme, aunque no le gusto nada. Pero es evidente que necesitaba a alguien que no estuviera chalado para sacar la sección adelante.

—Pero eso fue hace tiempo, quizás ahora podrías promocionar —sugirió Hermione.

—Granger, seamos realistas —dijo él, tan serio, que Hermione temió haberle ofendido —si dejo el Comité la mitad de la plantilla acabará muerta y el Ministerio se quedará sin pociones. Y no podría vivir con eso en mi conciencia, especialmente con lo de dejar al Ministerio sin pociones.

Sólo entonces Hermione se dio cuenta de que estaba bromeando. Esbozó una sonrisa esquiva casi sin darse cuenta pero la sonrisa se volvió incómoda al percatarse de la manera en que Malfoy se había quedado mirando su boca.

Era esa mirada fija, insistente, casi ávida, que le dedicaba a veces y que la desconcertaba aún más que el hecho de que tuviera sentido del humor o la invitara a cerveza de mantequilla.

Hermione dejó de sonreír, bruscamente, y entonces él volvió a mirarla a los ojos. El ánimo distendido había desaparecido. Malfoy regresó a su mirada distante habitual pero a Hermione le dio la impresión de que en el gris de sus ojos, había un toque de tristeza.

—En realidad ni siquiera necesito trabajar —murmuró él, en voz tan baja, que Hermione no supo si estaba hablándole a ella o a sí mismo.

—Entonces, ¿por qué lo haces? —preguntó, sin poder contenerse.

Malfoy apartó la mirada y la fijó en el reloj con forma de mandrágora de la pared. Después volvió a mirarla a ella.

—La próxima vez te lo contaré —dijo. Y sin más, se levantó y salió del Caldero Chorreante sin esperarla.


Volvieron a verse en King's cross el día que las vacaciones de sus hijos llegaron a su fin. Draco y Astoria fueron a llevar a Scorpius, Granger fue con su exmarido y su hijo pequeño a acompañar a Rose.

Scorpius corrió hacia Rose en cuanto la vio y Draco disfrutó de la expresión de desconcierto absoluto que se dibujó en el rostro de Weasley al ver al hijo de su antiguo enemigo acercándose. Por un instante le recordó a Weasley en segundo curso, cuando intentó hechizarle con una varita rota y acabó escupiendo babosas. La misma expresión de fatal sorpresa y de tener algo en la boca con un sabor desagradable.

Draco apretó las mandíbulas, observando toda la escena desde una distancia prudencial, pero dispuesto a intervenir si el pelirrojo era grosero con su hijo. Astoria, sabiendo exactamente lo que estaba pasando por su cabeza en eso instantes, le puso una mano en el brazo para calmarle.

Entonces Rose, visiblemente preocupada, dijo algo. Al parecer estaba presentándole a su padre su nuevo amigo. Weasley se quedó observándolo con expresión de desconcierto durante unos largos segundos, pero entonces Granger le dio un codazo disimulado y él dijo algo, al parecer un simple "hola".

La aparición de Alex Dunham con sus padres alivió la tensión y pronto los tres niños se enfrascaron en una animada conversación, olvidándose del resto. Draco se dio cuenta de que Granger estaba mirándole, con cierta disculpa quizás. Le saludó con una sonrisa trémula que Draco correspondió con un asentimiento, y luego desvió la mirada.

Se sentía, bueno, en cierto modo se sentía como un idiota. Ella podía estar divorciada de Weasley, podía estar soltera pero nunca estaría disponible para él. Había aceptado tomar un par de cervezas con él, pero sólo había sido porque sus hijos eran amigos. O por curiosidad, la misma curiosidad que la llevaba a querer saberlo todo.

Sentía curiosidad por ese Draco Malfoy venido a menos. En Hogwarts, todo el mundo pensaba –y él también –que sería un hombre influyente como su padre, con contactos en el Ministerio, miembro del consejo escolar del colegio y en definitiva, un mago poderoso.

Pero la guerra había destrozado todas esas ambiciones sin posibilidad de ser reparadas. Tenía dinero, sí, tanto dinero como para que hasta sus tataranietos no necesitaran trabajar. Pero sus contactos con el Ministerio se reducían a cinco magos y brujas, a cada cual más chalado. Nunca le aceptarían en el ridículo consejo escolar del colegio en que estudiaba su hijo y distaba mucho de ser un mago poderoso.

Sólo era Malfoy, el exmortífago, al que permitían moverse por la sociedad mágica mientras no molestara demasiado. Al que le daban un trabajo poco reconocido y peor pagado junto a los magos que ningún otro departamento quería. El que aún, veinte años después, seguía despertando cuchicheos y ganándose miradas de desconfianza.

No podía olvidar su participación en la guerra, porque nadie le permitía hacerlo. Por supuesto, Granger tampoco lo había olvidado. Por eso, se preguntaba por qué alguien como él se molestaba en trabajar.

Pensaría, como todos, que lo único que le importaba era disfrutar de su oro, que se consideraba demasiado bueno para mezclarse con mestizos e hijos de muggles en el Ministerio o en cualquier otro lugar. Que se retiraría, como hicieron sus padres, o quizás se mudaría a algún país extranjero donde nadie supiera lo que había hecho –lo que había sido –.

Nunca sabría que si había escogido el camino difícil, si se había quedado, si había aceptado el rechazo y las miradas por encima del hombro, y un trabajo que ninguna persona en su sano juicio habría tomado, había sido por su hijo. No quería que heredara su estigma, como él lo heredó de Lucius. No iba a esconderse como su padre.

Pero tampoco iba a ser un iluso. Había visto y vivido demasiado para permitirse ese lujo. Granger jamás le vería como alguien digno de ella. Se había apartado de su mano cuando él la tocó y había dejado de sonreír cuando notó que estaba mirando su sonrisa.

Era demasiado educada, demasiado compasiva para ser desagradable con él, pero lo máximo que lograría despertar en ella sería curiosidad o pena. Draco no quería ni una ni otra y los tiempos en los que se conformaba con su odio porque no podía soportar su indiferencia habían quedado muy atrás.

Scorpius regresó en ese momento, interrumpiendo las amargas reflexiones de Draco, para darles un abrazo de despedida. Después regresó corriendo junto a sus amigos y se subió al Expresso, emocionado por volver a Hogwarts.

En cuanto el tren se puso en marcha y Astoria le cogió del brazo, Draco abandonó la estación sin mirar a Hermione Granger.


—¿Qué ha pasado? —preguntó Astoria, en cuanto se aparecieron en Malfoy Hall.

—¿Qué ha pasado con qué? —dijo él, aunque sabía perfectamente a qué se refería su esposa.

Tiny, la elfina doméstica que su madre les había cedido como parte de su regalo de bodas, atravesó rápidamente el hall y cogió sus capas. Llevaba una cortina de raso negro a modo de toga y tenía unos ojos enormes, oscuros y brillantes que ocupaban casi toda su cara.

Draco recordó la plataforma en defensa de los derechos de los elfos que Granger había creado cuando iban a Hogwarts. Aunque por supuesto, no había intentado que ningún Slytherin se afiliara, la noticia había llegado a sus oídos. Entonces había pensando que la Gryffindor estaba loca. Veinte años después había logrado cambiar infinidad de leyes mágicas relacionadas con los elfos domésticos.

Tiny cobraba un modesto sueldo y tenía dos semanas de vacaciones al año. Draco había empezado a pagarle unos años antes de que esa ley entrara en vigor. Cuando su madre le regaló a la elfina, la cara de Granger con su insignia de PEDO o como diantres se llamara ese invento suyo de protección de los elfos domésticos, se le aparecía cada vez que llamaba a Tiny.

Prefería pagar unos galeones al mes y tener sueños tranquilos. O bueno, algo parecido.

—Con ella. Hoy apenas la miraste —dijo Astoria, perspicaz.

Draco no tenía la necesidad de mentir a su mujer. Los dos sabían que sus posibilidades con Hermione eran nulas y Astoria nunca había sentido celos por la sencilla razón de que no le amaba.

—Lo que tenía que pasar —dijo, en voz baja.

Después de veinte años, sus hijos les habían proporcionado un pretexto para acercarse a ella, sólo para descubrir que había cosas que nunca cambiarían.

Draco subió las escaleras en silencio, sintiendo la mirada compasiva de su esposa clavada en la espalda.


En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, Hermione comenzó a escuchar gritos y sonidos que provenían de lo más hondo del pasillo que quedaba a su izquierda. Al final de ese pasillo sólo estaba el laboratorio de Pociones, lo que a decir verdad, no la sorprendió mucho.

Apretó el paso y a medida que iba a acercándose a su destino, las voces le llegaban con más claridad.

—¡Te digo que está envenenado! —ese sin duda debía de ser Higgs.

—Higgs, no lo está —dijo una voz ronca, que Hermione no conocía —La he preparado con ingredientes que hemos usado para otras pociones.

—¡Hay venenos indetectables! No huelen, no saben a nada y no tienen color. ¡Cuando te des cuenta de que son letales ya será demasiado tarde!

—Higgs, relájate —esa era la voz de Malfoy, claramente exasperada —Dudo seriamente que la poción esté envenenada, sin embargo, creo que lo más sensato es que la probemos en un clabbert. Para eso están y Agnes ha amenazado con internarte permanentemente en San Mungo si vuelvo a llevarte al hospital en esta semana, Thickey.

—¡De eso nada! —intervino una voz de mujer, seca y lenta —No pienso darles veneno a mis cachorrillos.

—Por enésima vez, la puñetera poción no está envenenada —la voz de Malfoy se alzó por encima de las demás voces que protestaban —Y si lo está, mejor que la beba uno de tus malditos clabberts y no Thickey. A los clabberts no les hará daño pero a Thickey puede matarle.

—¡Me niego! —repitió la voz de mujer.

—¡Deberíamos llevarle la poción a la ministra para demostrarle que los rusos pretenden envenenar a medio ministerio contaminando nuestros ingredientes! —insistió Higgs, histérico.

—He trabajado muchas horas en esa poción —se quejó otro —Y pienso averiguar qué hace exactamente.

—¡Pues pruébala tú! —contestó la mujer.

En ese instante, Hermione llegó hasta la puerta del laboratorio. Además de Malfoy, Higgs y Thickey (esta vez consciente) había una mujer menuda, ligeramente encorvada, con una nariz fina y alargada y un clabbert en sus brazos. La criatura rodeaba el cuello de la mujer con sus manos palmeadas como si se tratara de un bebé.

Donovan, dormía al fondo, a pesar de todo el barullo que estaban montando. Malfoy sencillamente parecía a punto de matarlos a todos.

—Kettle, por última vez —dijo, con enfado apenas contenido —Los jodidos clabberts no son tus mascotas, están aquí para evitar que tengamos que probar las pociones nosotros mismos.

—Yo digo que votemos —propuso Higgs. Temblaba de pies a cabeza y no quitaba sus nerviosos ojos de un bote de poción que Thickey tenía en la mano como si temiera que accidentalmente fuera a acabar en su boca, envenenándolo mortalmente.

—Esto es ridículo —masculló Draco.

Hermione decidió hacer notar su presencia para calmar los ánimos, carraspeando ligeramente. Todos se volvieron a mirarla. Malfoy parecía el más sorprendido de todos, pero inmediatamente adoptó una expresión fría e indiferente.

—Buenos días —saludó Hermione, entrando en el laboratorio.

—¿Comprobaste lo de la bilis de armadillo? —la abordó Higgs rápidamente —Estaba envenenada, ¿verdad? Veneno de Nogtail, ¿cierto? ¡Eso prueba que fueron los rusos!

—Te alegrará saber que no está envenenado —respondió Hermione, tendiéndole el frasquito de bilis —He hecho que lo examinaran aurores expertos en el tema.

Pero le dio la sensación de que Higgs no parecía nada feliz porque Hermione hubiera desmontado su teoría conspirativa. Sin embargo, no tuvo tiempo de replicar antes de que Thickey, aprovechando que nadie estaba mirándole, se bebiera la poción que había preparado de un solo trago.

Los resultados fueron inmediatos. Se puso muy tieso y el frasco cayó de su mano, rompiéndose en pedacitos al estrellarse contra el suelo. Thickey tendió una mano hacia delante, como si quisiera agarrarse a Malfoy, pero antes de que éste pudiera sujetarlo cayó hacia atrás cuando largo era, temblando frenéticamente.

—¡Veneno! —gritó Higgs, histérico —¡Veneno!

—¿Veis lo que queríais darle a mis pequeños? —replicó Kettle, aparentemente airada, aunque con el tono tan monótono de su voz hubiera sido difícil decirlo.

—Cerrad el pico todos —escupió Malfoy, arrodillándose rápidamente junto a Thickey. Hermione le imitó y le ayudó a sujetar al mago que temblaba frenéticamente. De pronto, el temblor cesó y los parpados de Thickey se cerraron.

Hermione llegó a preguntarse si había muerto, pero entonces su piel comenzó a adquirir un tono verde oscuro y el bigote y la barba recortada del mago se convirtieron en musgo. También apareció musgo en sus orejas y cubriendo el dorso de sus manos, pero se oía su respiración calmada y profunda, haciendo juego con los ronquidos de Donovan.

—¿Está vivo? —quiso saber Higgs, y Hermione creyó detectar cierta decepción en su voz.

—Sí, Higgs, está vivo —replicó Malfoy, irritado —La poción no estaba envenenada pero deberíamos llevarle a San Mungo.

—Te ayudo —se ofreció Hermione.

—No, que lo lleven Kettle y Higgs. Todo esto es culpa suya —y les lanzó una mirada gélida que a Hermione no le habría gustado recibir.

La bruja y el mago titubearon unos instantes, pero finalmente Higgs se acercó y Kettle le imitó después de dejar al clabbert en el suelo. El monito con manos y pies de rana, desapareció rápidamente por la puerta del almacén.

Hermione y Malfoy se apartaron y entre los dos brujos levantaron a Thickey y lo llevaron como pudieron fuera del laboratorio. Entonces se quedaron solos con Donovan, pero el mago estaba dormido.

Se hizo un silencio tenso. Malfoy la miraba, serio, y a Hermione le daba la impresión de que a la defensiva. Igual que el domingo en King's Cross. No había esperado que se acercara a conversar con ella –menos estando su mujer y Ron presentes -pero apenas si la había saludado. Teniendo en cuenta lo ¿amigable? que se había mostrado en sus últimos encuentros, se había quedado un poco confusa.

—¿Qué te trae por la sección más recóndita del Ministerio? —preguntó Malfoy. Solía haber un toque de sarcasmo en su voz –marca de la casa –pero en esa ocasión no era su típico sarcasmo burlón, casi amistoso. Eran un sarcasmo más denso y más difícil de digerir, como si estuviera diciendo muchas cosas sin llegar a decirlas.

—Quería devolverle a Higgs la bilis de armadillo y hacerle saber que no estaba envenenada —dijo, pero cuando las palabras salieron de su boca le sonaron a excusa.

Sin embargo, era la verdad. Se la había entregado a Harry y le había pedido que la examinaran en el Departamento de aurores. Como parte de su estricto entrenamiento, los aurores debían ser capaces de detectar distintos tipos de venenos. Harry se la había devuelto esa mañana, confirmándole que no estaba envenenada.

Como había sospechado, Higgs era un paranoico y nada le haría abandonar sus teorías sobre la conspiración, pero aún así, había querido informarle.

Personalmente.

—No tendrías que haberte molestado —respondió Malfoy, aún tenso —Higgs tiene duendecillos de Cornualles en lugar de cerebro. Me sorprende que no haya abandonado el Ministerio para convertirse en cronista de El quisquilloso.

El periódico del anciano padre de Luna Lovegood seguía en marcha, tan controvertido como siempre. Hermione se había suscrito después de la guerra, cuando hicieron un especial sobre la batalla de Hogwarts en el que entrevistaron a Harry, Neville, Ron y a ella misma, entre otros.

No se había dado de baja con el paso de los años, probablemente por puro sentimentalismo. El quisquilloso le traía muchos recuerdos y siempre lograba arrancarle alguna sonrisa.

Se hizo el silencio de nuevo, más incómodo aún que la vez anterior. Lo más lógico hubiera sido marcharse, Malfoy no parecía tener ganas de conversación y ella estaba perdiendo parte de su valioso descanso. Pero estaba esperando algo, aunque no tenía muy claro qué.

—¿Puedo ayudarte en algo, Granger? —preguntó él con educación pero sus ojos permanecían fríos.

—Ya me iba —dijo y sin saber por qué, añadió —Estoy en mi descanso.

Malfoy asintió. Ella no se movió. Se miraron silenciosamente durante unos largos segundos. Entonces Hermione se dio cuenta de lo que estaba esperando: que Draco Malfoy la invitara a tomar algo con él.

¿Qué demonios le pasaba? Las dos veces anteriores había aceptado, sí, pero con reticencias. Sin embargo comprendió que ese día que había bajado a la sección de pociones esperando que él volviera a hacerlo.

Quizás una parte de ella se sintiera en cierto modo fascinada por ese nuevo Malfoy o quizás se sentía culpable por la manera en que él se había marchado la vez anterior. Pero el hecho es que estaba haciendo el ridículo como una quinceañera vergonzosa. No tenía el valor para invitar a Malfoy y él tampoco estaba por la labor.

Abrió la boca la despedirse, pero la cerró de golpe y se dirigió a la salida, deseando dejar ese bochornoso momento en el pasado. Sin embargo, ni bien cruzó el marco de la puerta, escuchó la voz de Malfoy.

—Está bien, Granger, ya lo pillo —dijo, arrastrando las palabras —No puedes vivir sin mí.

Hermione se volvió hacia él, con una sensación de alivio y expectación que la sorprendió. Ya no había frialdad en los ojos del mago. De nuevo estaba allí, esa manera de mirarla, de todo menos impersonal. Era la misma mirada que la había incomodado en su último año en Hogwarts, cuando pareció perder el gusto por insultarla. O cuando se habían cruzado en el Callejón Diagon, después de la guerra. O la semana anterior, cuando la invitó a una cerveza y se quedó contemplando su sonrisa.

Pero por primera vez no se sintió nerviosa o a la defensiva. Sólo extraña pero de una manera que no era en absoluto desagradable.

—Yo no diría tanto, Malfoy —replicó, alzando obstinadamente el mentón.

—Lo que tú digas, Granger —le dio la impresión de que él sonreía sin mostrar los dientes, los labios apretados con una comisura alzada burlonamente hacia un lado —Pero esta vez pagas tú.

Le puso una mano en la cintura para guiarla hacia el pasillo y, en esa ocasión, Hermione Granger no se apartó.


Se convirtió en una especie de costumbre. No todos los días, claro, pero sí a menudo. A veces Hermione tenía tanto trabajo acumulado que no podía permitirse un descanso, y en otras ocasiones Malfoy estaba en San Mungo con Thickey, pero aún así era habitual que pasaran su descanso juntos en El caldero chorreante.

No era algo que acordaran previamente. Simplemente se encontraban en el ascensor o cuando Hermione entraba en la taberna, Malfoy estaba sentado en la mesa de siempre, leyendo El profeta.

Pedían cerveza de mantequilla y charlaban de todo y nada. Malfoy había viajado a los lugares más mágicos de Europa y de medio mundo y contaba anécdotas fascinantes. Ella y Ron nunca habían viajado demasiado. Al principio habían estado demasiado ocupados con sus respectivos trabajos y después llegaron los niños así que pasaban las vacaciones en destinos más familiares, a menudo con los Potter, con Teddy y con más amigos y familiares.

Además, Ron no era del tipo al que le interesaba demasiado la parte histórica de los pocos lugares que habían visitado. A él le interesaba más la comida, el quidditch y los lugares para divertirse.

También hablaban de libros que habían leído, además de Historia de Hogwarts. De cosas que les gustaría hacer, de sus hijos e incluso de las reformas de la Ley Mágica que Hermione había contribuido a realizar. Para su sorpresa, Malfoy no se posicionaba en contra, incluso en aquellas reformas que habían eliminado privilegios para los sangre limpia que se remontaban centurias.

Nunca hablaban de Hogwarts, al menos de la época en que ambos estudiaron allí. Malfoy se ponía tenso y esquivo cada vez que salía el tema, rehuía su mirada y respondía con monosílabos. Tampoco hablaban de la guerra.

Pero obviando esos dos temas, Malfoy era un gran conversador. Era irónico, perspicaz e inteligente. A menudo, a Hermione le daba la sensación de que se estaba quedando con ella, pero en otras ocasiones hacía comentarios ambiguos sobre el pasado y la miraba de una manera que no sabía cómo interpretar.

Hermione se decía que sólo eran viejos conocidos, pero lo cierto era que quizás la expresión adecuada fuera "viejos desconocidos". En el pasado no habían sido amigos, todo lo contrario, pero el Malfoy que había conocido en Hogwarts no tenía mucho que ver con el que la hacía reír contra su voluntad con comentarios sarcásticos y a veces un poco crueles, pero llenos de agudeza.

Seguía siendo orgulloso en ciertos aspectos, por ejemplo en todo lo que tuviera que ver con su hijo Scorpius, pero ya no era presuntuoso.

"Tengo poco de lo que presumir", le había dicho una vez. Ya no parecía importarle la pureza de la sangre y en una ocasión en la que Hermione le preguntó al respecto, le lanzó una mirada oscura y misteriosa, para luego encogerse de hombros.

"El mundo ya no se divide en sangre limpia y sangre sucia. Se divide entre los que ganaron y los que perdieron" dijo. Hermione no pudo dejar de notar que no se había incluido en el bando perdedor, a pesar de que le daba la sensación de que Malfoy no había olvidado en absoluto su papel en la guerra.

Cuando se entero de que en el Departamento de Transportes Mágicos había un puesto libre, lo informó y lo invitó a presentarse a las pruebas. No era uno de los departamentos más importantes, pero desde luego estaba mucho más valorado y mejor pagado que el trabajo en el discreto Comité de Pociones.

Sin embargo, Malfoy no se lo pensó ni cinco segundos antes de decir que no. En ese momento, su actitud la había sorprendido pero con el tiempo comenzó a comprender que trabajar en el Comité de Pociones con un atajo de locos era una especie de penitencia autoimpuesta.

Pero, ¿por qué? ¿Por lo que había hecho en la guerra? A Hermione le hubiera gustado preguntárselo, pero temía que de hacerlo, Malfoy se marchara como la vez que le preguntó por qué trabajaba si no lo necesitaba.

A diferencia de su exmarido, con Draco Malfoy podía hablar de cualquier tema.

Excepto de cosas personales.


Ese día, cuando Hermione entró en el Caldero Chorreante, no había ni rastro de Malfoy en la mesa en que solían sentarse. Si no se lo encontraba en el ministerio y no estaba en la taberna, solía ser síntoma de que no iba a aparecer.

No importaba lo puntual que fuera Hermione, él siempre estaba esperándola en el ascensor o en la taberna de Hannah. Supuso que habría pasado algo con Thickey –otra vez –así que decidió sentarse en la barra a charlar un poco con la esposa de Neville y hojear El Profeta.

En cierto modo se sentía decepcionada. Se había acostumbrado demasiado a tomar una cerveza con Malfoy. Cuando él no estaba, se aburría enseguida y volvía a pensar en todo lo que tenía que hacer, por lo que acababa regresando al trabajo como media hora antes de lo necesario.

Le costaba recordar qué hacía con sus descansos cuando no quedaba con él, pero llegó a la conclusión de que rara vez llegaba a tomárselos. Hubo un tiempo, varios años atrás, en que iba a Sortilegios Weasley a ver a Ron o él salía de la tienda y la esperaba fuera del Ministerio, pero habían dejado de hacerlo sin que ninguno tuviera claro por qué.

También, cuando Harry tenía un momento libre, solía pasarse por su despacho y obligarla a la fuerza a tomarse un respiro, pero Harry no tenía muchos momentos libres como Jefe del Departamento de Aurores.

—¿Y esa cara larga? —le preguntó una voz familiar.

Hermione tardó unos instantes en darse cuenta de que estaban hablándole a ella. Levantó la vista del periódico al que en realidad no estaba prestándole atención. Hannah Longbottom la observaba al otro lado de la barra. Tenía un rostro dulce, de mejillas redondas y sonrisa afable y llevaba el largo pelo rubio recogido en dos gruesas trenzas.

—¿Qué cara larga? —respondió Hermione con una sonrisa. Hannah le había puesto una jarra de cerveza de mantequilla junto al periódico, sin necesidad de que ella la pidiera.

—Pareces triste, ¿es porque hoy no ha venido tu Romeo? —preguntó.

Hannah era una gran aficionada a la literatura muggle. Al parecer, Hermione le había prestado demasiados libros.

—No tengo ningún Romeo —dijo, con el ceño fruncido, pero Hannah se limitó a sonreír.

—Eres joven y estás soltera…

—Y él es joven y está casado —acortó Hermione —Además, es Draco Malfoy. Sólo somos… amigos, o algo así.

—O algo así —repitió Hannah, sólo que en su boca sonó mil veces peor que en la Hermione, como si fueran sinónimo de un tórrido romance.

La rubia se fue a atender a los nuevos clientes y dejó a Hermione con la palabra en la boca y contrariada.

Intentó pensar cómo se veía desde fuera su extraña relación con Malfoy. Todo el mundo que había ido con ellos a la escuela sabía que no se llevaban precisamente bien, y habían pasado varios años en el Ministerio sin que nadie les viera dirigirse prácticamente la palabra. Pero desde Navidades…cualquiera que visitara frecuentemente El Caldero Chorreante se habría hartado de verles juntos, charlando con una cerveza en la mano.

A veces, Malfoy la agarraba por la cintura para llevarla entre el gentío que solía abarrotar la taberna y en ocasiones, cuando le traía una cerveza de mantequilla, le rozaba los dedos. Podría haber pensado que era casual las primeras veces, pero entonces él la miraba de esa manera que despejaba cualquier duda de que hubiera sido no intencionado.

Algunos clientes del local lo miraban de malas maneras cuando lo veían entrar, pero de vez en cuando alguna mujer lo observaba con interés. Hermione sabía que en Hogwarts lo habían considerado atractivo y a juzgar por las miradas de ciertas brujas, a pesar de los años y las entradas, seguía siéndolo.

La antipatía que le había provocado desde el primer día, había hecho que Hermione nunca pudiera verle de esa manera, sin embargo, reconocía que no había nada desagradable en sus facciones. Eran un poco angulosas, la mandíbula era cuadrada y los pómulos marcados, pero eran elegantes, con la nariz recta y los enigmáticos ojos grises de los Black.

Debía reconocerse que, de un tiempo a esta parte, podía comprender que lo encontraran atractivo. Pero era un hombre casado y para colmo el hijo de Lucius Malfoy, así que evitaba cuidadosamente pensar en el asunto.

Hannah regresó junto a Hermione al cabo de unos minutos.

—¿No te gusta? —preguntó.

Durante un instante, Hermione estuvo a punto de decirle, justamente indignada, que por supuesto que no le gustaba Draco Malfoy. Pero entonces se dio cuenta de que Hannah se refería a la cerveza de mantequilla que seguía intacta sobre la barra, donde ella la había dejado.

—Sí, claro que sí —murmuró, cogiendo la jarra y dando dos largos tragos. Hannah siguió trasteando tras la barra sin prestarle mucha atención, pero Hermione aún se sentía en tensión.

—Hannah —la llamó. Su amiga se volvió hacia ella, secando una jarra con la varita —Te agradecería que no le comentaras a Neville ni a…bueno, te agradecería que no comentaras lo de Malfoy. Ron no lo sabe y no creo que le haga mucha gracia.

—No lo haré, pero si sólo sois amigos, ¿a qué viene tanto secretismo? —le preguntó la camarera.

Hermione no supo qué responder.


¡Hola!

Muchísimas gracias por los reviews del capítulo anterior, logré contestarlos a todos :) Aunque el principio del capítulo Draco ha dado un paso atrás y se ha "rendido", al final Hermione ha vuelto a buscarle y hemos conocido a otra compañera más de Draco, tan normal como el resto xD Thickey ha vuelto al hospital y Donovan sigue dormido durante toda la jornada xD Lo de pasar los descansos juntos se está convirtiendo en una costumbre y Hermione está descubriendo a un nuevo Draco, un nuevo Draco que le gusta. Aunque ha predominado el pov de Hermione, quería meter un poco de Astoria para que veáis que ella está más o menos al tanto, pero no interpreta el papel de esposa celosa porque no tiene sentido, sabiendo , como saben los dos, que el suyo es un matrimonio de compromiso.

Creo que el fic va a tener cinco capítulos, osea, dos más, pero eso dependerá de cuánto me enrolle con lo que viene. Me atrevería a decir que ahora viene lo interesante :)

Muchísimas gracias por todo el apoyo que me estáis dando, ¡así da gusto escribir :)!

Con mucho cariño, Dry.

PD: Click a "Review this chapter" para que Draco Malfoy te invite a una cerveza y lo que surja ;)!